Christian está terminando de poner las lozas que había quitado. Lo observo trabajando, sin camisa, rodeado de herramientas. Está bañado en sudor y no sé porque, súbitamente empiezo a sentir mucho calor. Así que abro la botella de agua y le doy un buen trago sin apartar mi mirada de él.
Y los recuerdos de la noche anterior inundan mi mente. No recuerdo haberme sentido nunca, como me sentí anoche mientras el me daba el masaje. Me muerdo el labio inferior mientras contengo un gemido. Y el beso de esta mañana. Mmmm. Creo que la espera de dos años estaba valiendo la pena. Si anoche me sentí de esa forma mientras sus manos me tocaban. ¿Cómo me voy a sentir cuando lo tenga en mi interior? ¿O cuando sus labios recorran mi piel? ¿O cuando me acaricie íntimamente? Solo de pensarlo hace que comience a excitarme.
Hasta el momento, Christian no me ha decepcionado. Ni sus manos, ni su beso. Y repentinamente me le quedo mirando la entrepierna. Entrecierro los ojos preguntándome que tamaño tendrá.
—¿Necesitas una ducha fría, Ana? —me pregunta de repente.
Aparto la mirada de su entrepierna y lo miro a los ojos. No me he dado cuenta que me está mirando fijamente con una sonrisa en sus labios. Ya ha terminado lo que estaba haciendo y me mira alzando una ceja.
—¡Que! —le pregunto pues no escuché lo que me dijo.
Da un paso en mi dirección. Ya no tiene ninguna herramienta en sus manos. Se detiene frente a mí.
—¿Te vas a tomar el agua? —me pregunta de repente.
Y mientras lo miro fijamente niego con la cabeza mientras le ofrezco el pomo que tengo en la mano del que apenas he bebido un sorbo. Christian coge el pomo y sin apartar la mirada de mí, lleva el pomo hacia sus labios y comienza a beber. No puedo apartar mi mirada de su boca. He inconscientemente me deslizo la lengua por los labios. Verlo tomando agua ha hecho que tenga mucha sed. Súbitamente, el deja de beber, y me ofrece el pomo.
—¿Quieres?
Asiento. No tengo idea de como lo hace, pero ha hecho que me excite tan solo verlo tomando agua. Intento quitarle el pomo de la mano, pero él lo retira.
—No, déjame a mí. —me dice en un tono que me resulta demasiado erótico y sensual en esos momentos.
Da otro paso junto a mí. Sube una mano hacia mi mejilla acariciándome lentamente y después la deja sosteniéndome la mandíbula mientras lleva la botella a mis labios lentamente. Entreabro los labios y bebo el agua que el me ofrece lentamente. Pero por más que lo intento, no puedo apartar mi mirada de la suya. Comienza a retirar la botella lentamente y dejo de beber.
—¿Ya has terminado? —le pregunto mientras aparto mi mirada de la suya.
No puedo continuar mirándolo fijamente, porque cuanto más lo miro, más comienza a afectarme su presencia. Y los músculos por debajo de mi vientre, que desde anoche se han despertado, comienzan a tensarse en anticipación. Y en lo único que puedo pensar es en sentir sus labios nuevamente sobre los míos.
—Si, debo esperar hasta mañana para utilizarlo. —me dice mientras puedo ver una sonrisa en sus labios. —Voy a tener que utilizar el tuyo nuevamente hoy.
—Si, no hay problema. —le digo mientras él me sonríe y siento como se forma un nudo en mi estómago mientras me imagino compartiendo una ducha con él o la tina.
—Deberíamos comenzar a prepararnos. —me dice mientras mira la hora en su reloj. —Haremos una parada por el camino para almorzar. —me dice con una sonrisa.
Había olvidado el trabajo.
—De acuerdo, me voy alistando entonces. —le digo mientras salgo de su habitación rápidamente.
De camino a las entrevistas de la tarde, nos detenemos en un restaurante de comida china donde nos comemos un delicioso Chop Suey y unos rollitos de primavera.
La tarde, al igual que los días anteriores, pasa de una entrevista a la otra. La última entrevista se retrasa un poco, y para el momento en que termino y me despido, está atardeciendo. Abro la puerta trasera del auto y agotada, una vez más, me dejo caer sobre el cuero.
—¿Qué ha sucedido? —me pregunta girándose hacia mí.
—Hubo un accidente en el gimnasio, y la persona que debía entrevistar estaba para el hospital.
—¿Lograste hacer la entrevista?
—Si. —le digo algo decepcionada.
—Pero…
—Pero no me convence aun ninguno de los candidatos.
—¿Y que vas a hacer? ¿No queda nadie más en la lista?
—No, voy a tener que escoger uno de los entrevistados y presentárselo el viernes a los de la revista.
—Entonces. ¿Es todo por hoy?
—Si. Es hora de que regresemos, estoy muerta. —le digo mientras me recuesto en el asiento y cierro los ojos.
Christian comienza a conducir mientras yo descanso en el asiento. Voy pensando. De los entrevistados de hoy hay dos que debo valorar y comparar con el que ya tengo escogido. Aunque ninguno de ellos me convence del todo.
Abro los ojos y me quedo mirando a Christian frente a mí. Y una idea pasa por mi mente. Porque no se me ocurrió antes. Sé que no está en la lista de candidatos, pero no sería una mala opción. De pronto me siento en el asiento y me sujeto del espaldar suyo.
—Christian. ¿Puedo preguntarte algo?
—Sí. —me contesta dudoso.
—¿Tú fuiste campeón de MMA?
—Sí, pero ya no compito, estoy retirado. —me dice mientras siento algo de melancolía en su voz.
—¿Por qué te retiraste?
Christian demora un poco en responder. Durante la cena no me había contestado que le había sucedido, me había dicho que en otro momento.
—Por el accidente. —me dice en voz baja.
Puedo ver como aferra fuertemente el timón haciendo que se le pongan blancos los nudillos. Y el tono de voz en que me lo ha dicho, me dice que es mejor que no le pregunte nada más.
—¿Te molestaría dar una entrevista para una revista?
En ese instante siento una explosión muy fuerte en el auto y como este se descontrola momentáneamente. Me aferro con fuerza al asiento. Christian aprieta el freno y mientras aparta el auto hacia la orilla de la carretera nos detenemos.
—¿Te encuentras bien? —me pregunta girándose hacia mi preocupado.
—Sí. —le digo mientras intento recomponerme del susto. —¿Qué fue eso?
—Al parecer se nos ha reventado un neumático. —me dice mientras se quita el cinturón de seguridad y baja del auto.
Estamos en una carretera apartada, de poco tráfico y no mucha iluminación. Bajo del auto y me paro junto a él. Al mirar al auto veo que tiene una de las ruedas traseras pinchada.
—Creo que debemos llamar a una grua. —le digo mientras voy por mi teléfono.
—No pierdas el tiempo Ana, no tenemos señal aquí. —me dice mientras lo veo sacarse la americana y la camisa y ponerlas en el asiento.
Christian se queda con una camiseta blanca de tirantes y se dirige al maletero. Lo abre y saca un overol que se coloca y anuda hasta la cintura.
—¿Qué vas a hacer?
—No es obvio. Cambiar el neumático. —me dice mientras saca el de repuesto del maletero y también las herramientas.
Intento en vano buscar señal con el móvil. Como mismo ha dicho él, no tenemos cobertura. Estamos en una zona muerta.
—¿Me puedes alumbrar aquí?
Enciendo la linterna del móvil y alumbro para ayudarlo a cambiar el neumático. Verlo trabajar con las herramientas solamente me hace acordarme de lo sucedido en la ducha. Aferro el móvil con ambas manos pues sé que se me va a caer si no lo hago. Y mientras observo cada movimiento que hace, siento como se me va acelerando el pulso. Acabo de llegar a una conclusión.
Me excito cuando lo veo ejercitándose o haciendo algún esfuerzo físico. Ya sea arreglando una ducha, cambiando un neumático o golpeando ferozmente un saco. Contengo un gemido que quiere escapar de mis labios mientras aprietas las tuercas de la rueda.
—Listo.
Salgo de mis pensamientos y veo que ha terminado y está guardando las herramientas y el neumático pinchado. Cuando cierra el maletero me monto en el auto nuevamente. Christian se asegura de no dejar nada olvidado y monta también.
Llegamos al edificio pasadas las 8:00 pm. Salimos del ascensor y caminamos hacia el apartamento. Christian lleva la camisa y la americana colgando en la mano. Yo camino a su lado, pensativa. Lo miro de reojo. Tiene la camiseta manchada de grasa por algunas partes.
Trago saliva e intento bajar el nudo que se ha formado en mi garganta mientras el abre la puerta del apartamento.
Estoy exhausta. Christian va hacia su habitación y yo hago lo mismo hacia la mía. Necesito un relajante baño en la tina. Entro al baño y la pongo a llenar vertiéndole las sales y la espuma. ¿Por qué mi habitación tiene tina y la de él no? Quizás fue cosa de Beth. Me la puedo imaginar recostada en la tina durante horas. Sonrío mientras me quito la blusa y la falda y recuerdo la crema que Christian tomó del baño anoche. Regreso hacia la habitación por ella.
—Crees que pueda utilizar…
Me giro rápidamente hacia la puerta. Ahí está el. Congelado. Mirándome fijamente. No solo me está mirando. Está deslizando su mirada por mi cuerpo. Y yo me encuentro en bragas, ajustador y tacones en medio de la habitación. No sé si debería cubrirme, pero al igual que él, no me puedo mover de mi lugar. Lo observo fijamente. Su mirada depredadora. El me desea con la misma intensidad que lo deseo yo. O más. Su rostro está manchado de grasa y no puedo evitar reír.
Puedo sentir la tensión sexual en el aire. El deseo que me atrae hacia él y me impulsa a caminar en su dirección.
Y eso es exactamente lo que hago. Camino con paso firme y decidido hasta detenerme frente a él olvidándome por un segundo que estoy en sujetador de encaje y un tanga, de encaje también. Alzo la mirada hacia su rostro. Levanto una mano y deslizo la lengua por el pulgar antes de llevarlo a su rostro y limpiarle una mancha de grasa.
—Tienes grasa en el rostro. —le digo con una sonrisa.
—¡Humm! —es lo único que consigue articular en ese instante mientras sus ojos se quedan fijos en los míos.
Creo que he logrado dejarlo sin habla. Sonrío para mis adentros.
—Te aviso cuando termine para que lo uses. —le digo mientras doy media vuelta y camino hacia el baño apartándome de él.
Mientras camino hacia el baño me siento sensual y atrevida. Una idea pasa por mi mente y cuando llego a la puerta me giro hacia él y le sonrió.
—O si quieres puedes acompañarme en la tina. —le digo mientras entro y dejo la puerta abierta.
Termino de desnudarme y me meto en la tina con la respiración acelerada. Y me quedo con la vista fija en la puerta del baño abierta. En lo único que puedo pensar mientras el agua y la espuma cubren todo mi cuerpo es en que él entre por esa puerta y se meta aquí conmigo.
Cada segundo que pasa, es como una tortura. Mientras el tiempo corre, sé que él no va a hacerlo. Así que aparto la mirada de la puerta, me giro hacia el lado y cojo la esponja del suelo.
—Permíteme. —me dice mientras sus dedos rozan los míos y me quita la esponja de la mano.
Puedo sentir mi corazón acelerarse con solo ese contacto. Me le quedo mirando fijamente mientras los músculos por debajo de mi vientre se tensan en deliciosa anticipación. Pero cuando me fijo bien en él, sé que me llevaré una decepción.
Aún está vestido mientras se sienta detrás de mí a un lado de la bañera y coge el gel para echar en la esponja.
—¿No te vas a meter aquí conmigo? —le pregunto mientras lo siento reír a mi espalda.
—Si entro ahí contigo Ana, no creo que pueda resistir la tentación de tomarte exactamente como deseo y terminaré haciéndote daño. —me dice mientras comienza a deslizar la esponja por mis hombros.
—¿A qué te refieres con hacerme daño? —le digo mientras cierro los ojos.
—Otro día te lo explicaré. Déjame conocerte. Antes de convertirme en tu amante, quiero ser tu amigo.
—Los amigos no hacen estas cosas. —le digo abriendo los ojos y girándome brevemente para mirarlo.
—Pretende que soy gay. —me dice con una sonrisa mientras yo río a carcajadas.
—¿Y tú que harás? ¿Pensar que soy tu hermana?
—¡No dios! Mi hermana no. Es muy odiosa y pesada. —me dice con una carcajada. —Quiero conocer tu cuerpo. —me dice mientras desliza las manos por el contorno de mi cuerpo rozando levemente mis senos.
—¿Conocer mi cuerpo? —le pregunto con la respiración acelerada.
—Si, como lo conoce un verdadero amante. —me dice mientras vuelve a subir sus manos hacia mis hombros.
No sé qué tipo de relación quiere tener conmigo, pero si esto es lo que viene con su amistad, pues que sea mi amigo.
