Christian me ha mentido. Justo cuando dijo que no podían existir mentiras en nuestra relación, que debíamos ser honestos el uno con el otro. Al parecer eso no se aplica a él. Solo a mí. Salgo de la habitación dispuesta a pedirle una explicación. Porque debe haber una explicación para que la cama esté desecha. Y la única es que durmió allí y después vino y se acostó a mi lado. Pero porque me iba a engañar. ¿Que gana con eso? Además de mentirse a si mismo, y a mí. ¿Acaso no le importan mis sentimientos?
Para cuando llego a la sala, estoy algo furiosa. Si el cree que no voy a decir nada está equivocado. Le voy a exigir una explicación y va a tener que confesar lo que hizo. Camino en su dirección, está al teléfono hablando con alguien de espalda a mí. Se gira cuando siente mis pasos y me mira muy serio.
—Muy bien, haremos eso. —alguien le habla del otro lado mientras yo frunzo el ceño, no tengo idea de con quien esta hablando. —Sí, Creo que podrían hacerlo aquí. —hace otra pausa. —Si, ella ya está aquí. —le dice a quien esté del otro lado de la línea, con quien parece que habla de mí. —Muy bien, nos vemos en un rato. —y cuelga.
El se queda analizando la expresión de mi rostro por un momento. Pero no lo dejo hablar mientras me detengo frente a él.
—Pensé que habíamos dicho nada de mentiras, que fuéramos honestos el uno con el otro. —lo miro a los ojos.
—Ana. ¿Qué sucedió?
—¡Me mentiste descaradamente! —le digo golpeándolo en el pecho.
—Puedes calmarte y explicarme que te sucede. —me sostiene las manos, pero sin hacer fuerza sobre ellas.
—Sucede que nunca dormiste conmigo, pero porque fingir, porque no contarme la verdad. Eso es lo que quiero entender.
—¿Quién te dijo que no dormí contigo? —pregunta frunciendo el ceño.
—Crees que soy idiota, ¿cierto? —aparto mis manos de su toque.
Es mejor que no me toque mientras tenemos esta conversación, ya que su toque puede hacer que me olvide de todo lo que tengo que decirle.
—Por el contrario, creo que eres una mujer muy inteligente.
—Entonces no pongas a prueba mi inteligencia, porque acabo de ver la cama de la habitación de invitados completamente desarreglada. —le grito señalando hacia la habitación. Christian me sonríe levemente.
—Creo que hay una explicación perfectamente lógica para eso.
—Sí, que dormiste ahí anoche y te cambiaste a mi lado en la mañana.
—Creo que hay una explicación más razonable que esa locura que estás contado.
—¡Ahora estoy loca! —le grito.
No sé cuanto pueda soportar sin abofetearlo para que confiese.
—No es lo que quise decir. —me dice pasándose una mano por el pelo desordenado. —Porque no hablamos más tarde, debemos…
—¡Y una mierda! —no va a aplazar esta conversación ni un segundo más.
Lo que me hacer recordar lo de esta mañana en la ducha y fuera de ella.
—¿Por qué no quisiste tocarme esta mañana? ¿Por qué no me dejaste darte placer?
—Ana no es momento para esta conversación, debemos preparar…
—¡Respóndeme demonios! —me acerco y lo golpeo nuevamente en el pecho— ¡Necesito una respuesta! —le grito desesperada golpeándolo una y otra vez. —¿Por qué nunca me has dejado darte placer?
—¡Porque pierdo el control! —me grita mientras yo abro los ojos ante su respuesta y retrocedo de repente como si su cuerpo quemara mis manos. —Pierdo el control cuando me tocas o cuando tu boca está en esa parte de mi cuerpo.
Esta respuesta no me la esperaba. Aunque tiene sentido. Por eso nunca me ha dejado masturbarlo, de ninguna forma. Me ha permitió tocarlo, pero no durante mucho tiempo. Y la única vez que lo tuve en mi boca yo estaba atada, así que esa no cuenta. El tenía todo el control.
—Hablaremos más tarde de esto, los de la revista vienen en camino.
Aparto de mi mente los pensamientos del reciente descubrimiento y me concentro en lo que acaba de decir.
—¿Cómo dices?
—Han tenido un problema con el local donde harían la sesión de fotos y la entrevista. Hablaron de aplazarla hasta que encontraran otro local, pero les ofrecí mi gimnasio y estuvieron encantados de conocer donde vive el ex campeón. —me contesta con una sonrisa.
Acaba de quedar olvidado el motivo de mi enojo. Esto es mucho más importante.
—¡Men fitness viene hacia aquí! —exclamo mientras corro hacia la cocina.
Comienzo a buscar en todas partes. Tengo que preparar unos aperitivos. Abro la nevera y echo un vistazo dentro, y me detengo cuando siento a Christian riendo detrás de mí.
—¿Qué haces? —contesta en medio de una carcajada.
—¡Te has vuelto loco! ¿Cómo se te ocurre decirles que vengan hacia aquí? Hay que preparar unos aperitivos y ordenar el apartamento y …
—Ana detente. —me dice cogiéndome por los hombros y dándome una pequeña sacudida.
Cuando mi cuerpo deja de moverse, mis ojos se enfocan en su rostro libre de preocupaciones. ¿Por qué no está preocupado? Me da una sonrisa.
—Ya alguien se está encargando de ordenar el apartamento.
—¿Cómo?
—Te mencioné que tengo un ama de llaves, ¿cierto? —me dice mientras me lleva hacia el sofá y hace que me siente antes de hacer lo mismo a mi lado.
Niego con la cabeza. No recuerdo que el me lo haya mencionado, si lo hizo, lo olvidé.
—Está arreglando las habitaciones, hoy es día de lavado, debe estar cambiando la ropa de cama.
¿Cambiando la ropa de cama? Esa sería una buena explicación para la cama desordenada que vi antes. Ahora me arrepiento del escándalo que le forme. Él tenía una explicación más lógica.
—¿Puedo conocerla?
—Seguro, déjame llamarla. ¡Elizabeth! —da un grito que resuena por todo el apartamento. —Puedes llegarte a la cocina.
Unos segundos después siento unos pasos acercarse por el pasillo. A cada segundo resuenan más cerca hasta que veo aparecer por el pasillo a una mujer de mediana edad, con el pelo corto negro que me sonríe cuando se detiene frente a nosotros.
—¿Es ella? —pregunta mirando a Christian mientras el se pone de pie y tira de mis manos para que haga lo mismo.
—Sí, esta es Ana. —contesta el con una sonrisa.
—Mucho gusto en conocerla, Christian no deja de hablar de usted, no veía la hora de conocerla.
—Encantada. —le contesto mientras le tiendo mi mano, pero ella me estrecha en u fuerte abrazo que me deja momentáneamente sin respiración.
—Tenemos visitas llegando en aproximadamente treinta minutos para hacer una entrevista, vamos a necesitar unos aperitivos, café, agua y todo ordenado por si quieren un recorrido por el apartamento.
—Todo estará listo, me pongo en ello enseguida. —le contesta con una sonrisa mientras se marcha hacia la cocina.
—Dejémosla hacer lo suyo. —me dice sacándome de la cocina y llevándome rumbo al gimnasio.
Miro hacia atrás y veo a Elizabeth metida en la cocina. Es imposible que tenga todo listo en media hora, pero ni digo nada. Cuando pasamos por la habitación de invitados, la puerta está cerrada, pero apuesto a que las sábanas están cambiadas al igual que las de la habitación de Christian. Entramos al gimnasio y lo veo dirigirse hacia un armario en el fondo mientras yo me siento en un banco. Regresa con una bolsa que deja caer frente a mí y después se agacha a abrirla y sacar lo que sea que hay dentro.
—Lo siento. —le digo mientras el se detiene de abrir la bolsa y alza su mirada hacia mí.
—Más tarde hablaremos. Preparémonos para la entrevista.
Abre la bolsa y comienza a sacar cosas de su interior poniéndolas en el banco a mi lado. Saca unas vendas de color rojo y plateado y unos guantes. Saca un short corto de color azul con franjas plateadas a los costados y una sudadera de color azul y parteada con un lobo en la parte trasera. Un lobo parecido al de su tatuaje.
—¿Un lobo?
—El lobo gris.
—¿El lobo gris? —termina de sacar los protectores y me mira aun agachado a mi lado.
—Te gusta el kick boxing y no conoces como me decían.
—En realidad lo practico como método de defensa, no soy una admiradora de los profesionales.
—¿De veras? ¿Nunca has ido a una pelea? —niego con la cabeza. —Hum, tendremos que hacer algo al respecto.
—¿Me vas a llevar a una pelea de MMA?
—Veamos qué puedo hacer.
Se levanta del suelo y sin apartar la mirada de mi comienza a zafarse los jeans, muy, muy lentamente. Y no me puedo mover mientras tengo mi mirada clavada en sus manos deshaciéndose lentamente de los jeans y deslizándolos por su cintura. No pierdo el movimiento de los jeans cayendo al suelo. Ni tampoco me pierdo sus dedos pulgares deslizándose por el elástico de los bóxer negros.
A quedado olvidado mi enojo de hace un rato. En estos momentos en lo único que puedo pensar es en sentir sus manos sobre mi cuerpo.
—Cuando estemos solos. —me dice con voz ronca mientras yo alzo la mirada y me pierdo en la suya oscurecida repentinamente. —Vamos a hablar. —se saca la camiseta ajustada y automáticamente mis ojos van a sus abdominales que se tensan ante mi mirada escrutadora. —Y después vamos a tener un pequeño intercambio físico.
Y los músculos por debajo de mi cintura se tensan en anticipación a lo que me está prometiendo. Es la primera vez que utiliza las palabras intercambio físico y no sé exactamente a que se refiere.
—¿Me provocará un orgasmo? —el me sonríe antes de colocarse el short.
—No lo dudes ni por un segundo.
