Capítulo 2: Fama y fortuna

Anya:

"Un mundo tecnicolor hecho de música y máquinas me llamaba a estar en esa pantalla"

Anya llega al teatro con tiempo de sobra para cambiarse y calentar la voz antes de la función. Es una compañía muy modesta que solo hace representaciones a nivel local, pero eso no significa que ella no se lo vaya a tomar en serio. Anya adora actuar y conoce el dicho "no hay papeles pequeños. Desde luego ella disfruta muchísimo independientemente de cuál sea el papel y cuánta gente asista. Es algo que aprendió ya desde niña. En vano se quedaba siempre esperando que en el último momento sus padres cambiaran de opinión y fueran a ver cualquiera de sus obras escolares para luego aparcar la decepción y disfrutar del momento de actuar sin importar que no hubieran venido.

Al entrar al camerino que comparten las actrices, sus compañeras se le echan encima hablando todas a la vez. Anya ya se lo temía. La noche anterior lo dejó con Seb y seguro que las chicas quieren saber el chisme. Realmente no hay ningún chisme que contar. La relación pasó la fase de luna de miel. Seb ya empezaba a hablar de vivir juntos y Anya decidió que, puesto que ambos tenían objetivos diferentes, lo mejor era separar sus caminos. Tiene tan solo diecinueve años y no está lista para comprometerse tanto. A lo mejor nunca lo está.

De todos modos eso no es de lo que las chicas quieren hablar. En cuanto se calman un poco y Anya puede entenderlas descubre que el motivo de tanto alboroto es una nueva audición. El tema capta su interés de inmediato. Anya, como todas allí, está abierta a cualquier posible casting. Según le explican atropellándose unas a otras al hablar, se trata de un reality show muy misterioso.

–Es uno nuevo y nadie sabe de qué va exactamente.

–Sí, pero dicen que los participantes van a vivir en una casa muy lujosa.

–Y el premio es increíble.

–Déjate de premios. ¿Tú sabes la fama que da aparecer en un sitio de esos?

–Han dicho que quieren gente que no sea conocida. Podría ser nuestra catapulta hacia el estrellato.

Anya las deja hablar. Ella no es muy dada a las muestras de entusiasmo, pero también la emociona lo que está oyendo. Podría ser una buena oportunidad para que un cazatalentos se fije en ella.

–¿Qué hay que hacer para participar? –pregunta.

Las chicas se apresuran a darle los datos y ella los apunta en su teléfono mientras les da las gracias.

–Así que tengo que hacer un vídeo hablando de mí. No tendré que contar cosas muy personales ¿no?

A Anya nunca le ha gustado demasiado hablar sobre sí misma. Está dispuesta a hacerlo si la cogen porque es consciente de que quien algo quiere algo le cuesta y de que para llegar a progresar en el mundillo tendrá que hacer algunos sacrificios, pero espera no tener que empezar tan pronto.

–Na, es solo un vídeo genérico. Les dices lo que te gusta y por qué quieres entrar y poco más.

La que ha hablado es Jessie. Es la mayor del grupo de actrices y sabe de todo. Ha hecho más audiciones que cualquiera y siempre tiene un buen consejo para dar. Anya le sonríe agradecida.

–¿Tú también te presentas, Jessie?

–¿Yo? Ni que fueran a cogerme a mí con esta edad y estas pintas. Esos buscan gente joven y guapa como tú y como estas locas.

Las otras ríen ante el comentario, pero Anya niega con la cabeza. Nunca le ha gustado que la gente se dé por vencida sin intentar las cosas.

–Eso no lo sabes. Al final lo que importa es el talento.

Jessie le dedica esa sonrisa condescendiente de madre de todas que a veces pone, pero no dice nada más. Es hora de salir a actuar. Anya sale junto a sus compañeras y, tal y como le ocurría cuando era pequeña, se olvida de todo lo que no sea la actuación. Ya pensará en el reality más tarde. Ahora es el momento de brillar.

«Me llamo Anya Howard y soy actriz. De hecho, el teatro es lo que más amo en la vida junto con la música. Sé que en este vídeo debería hablarles de mí, pero prefiero contarles sobre mis personajes porque interpretando es como más emociones he sentido. En cierto modo, mis personajes son mucho de lo que soy. Empecé siendo un niño huérfano inglés, pero he sido muchas personas más. Fui una chica enamorada del enemigo de su familia, una sirena que soñaba con conocer la superficie, una niña que conoció nunca jamás y hasta una tetera que cantaba "Se oye una canción que hace suspirar y habla el corazón de una sensación grande como el mar". No he podido evitar cantarles algo, ya dije que me gusta mucho»

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Sam:

"Yo sé que pasé por su vida tratándolo loco. Ya ve que aunque se haga la víctima usted no es tan bobo"

«Mi nombre es Sam Jonas. Tengo veinticuatro años y soy surfista profesional. Me encanta el riesgo. Por eso siempre tuve claro que el surf era lo mío. Esa sensación cuando estás en lo alto de la ola y sientes que puedes hundirte o volar es insuperable. También me encanta ayudar a los demás. Creo que he tenido mucha suerte en la vida y me gusta devolverle eso al universo colaborando para mejorar las vidas de gente que no ha tenido tanta suerte como yo. Actualmente hago voluntariado con gente que acaba de llegar al país. Les echo una mano con el idioma y también doy cursos de surf a los niños. Me encanta trabajar con ellos. También me encantan las fiestas. No lo voy a negar. Ya he dicho que he tenido mucha suerte, pero hay algo en lo que la fortuna no me sonríe y eso es el amor. He salido con muchas chicas, pero nunca he encontrado la indicada. De todos modos yo sigo intentándolo. La esperanza es lo último que se pierde»

Cuando el vídeo termina sus amigos aplauden. Sam sonríe orgulloso. Cree que le ha quedado bastante bien.

–Seguro que te cogen, tío.

–Sí, estarían locos si te dejaran escapar.

–A ver si tenéis razón.

Los chicos siguen asegurándole que lo cogerán mientras él va a la cocina a por unas cervezas. Aprovecha para mirar el móvil. Tiene un mensaje de Roxie. Su novia le pregunta qué va a hacer esa noche. Sam contesta que va a quedarse en casa. Podría escribirlo ya que es una frase tan corta, pero prefiere mandar un audio. Luego lo escucha y asiente satisfecho. Se escucha de fondo el ruido que están haciendo los chicos en el salón. Seguro que Roxie pensará que ha salido. Últimamente siempre piensa que Sam le miente. Es verdad, pero aún no ha sido capaz de pillarlo en falta.

Ella contesta con un te quiero. Sam responde "Tb te quiero Rose". Luego corrije el nombre con el asterisco, aunque su corrector no ha tenido la culpa del fallo. En realidad no ha sido un error en absoluto.

En la vida de Sam sí que hay una Rose, una compañera en el voluntariado con la que se hace muchas fotos demasiado cerca para el gusto de su novia. No ha habido nada entre ellos, aunque a Sam no le importaría que lo hubiera. De todas formas lo de las fotos tampoco es una casualidad.

Vuelve al salón. Roxie le ha puesto algo más, pero no lo mira. Eso terminará de desquiciarla. Les da las cervezas a sus amigos y la noche sigue hasta que una media hora después Roxie lo llama por teléfono. A esas alturas han puesto música y los chicos, medioborrachos, hacen más ruido todavía que antes.

–¿Dónde estás, Sam?

–En casa, ya te lo dije antes.

–Se escucha demasiado ruido como para que estés en casa.

–Han venido estos. Ya sabes lo escandalosos que son.

–Ya, y ¿por qué no me dijiste que ibas a estar con ellos? Creo que tienes algo que esconder.

–¿De qué hablas? Solo estoy aquí tomando unas cervezas con los chicos. Puedo hacerte videollamada y que lo veas.

Ella está de acuerdo y Sam lo hace. Los chicos la saludan mientras él mueve el teléfono para que vea que están en su salón. Roxie parece a punto de llorar y se ha puesto muy roja. Intenta balbucear una disculpa, pero Sam la corta.

–Mira, Roxie, yo no puedo seguir así. Estos celos no son normales. No puede ser que siempre estés dudando de mí. En una relación la confianza lo es todo.

Ella ni siquiera pone objeciones a cuando él le dice que es mejor dejarlo. Está demasiado confundida. Sam ya se ha encargado de eso en las últimas semanas. Así funciona el juego del amor: conoce a una chica bonita y se la liga; disfruta por un tiempo y luego empieza la parte más divertida, romperle el corazón sin ensuciar en el proceso su reputación de chico bueno.

–Siempre te tocan las locas –comenta uno de sus amigos pasándole el brazo por los hombros.

–Es que nuestro Sam las vuelve locas a todas –replica otro muy borracho entre risas.

Sam no puede disimular una sonrisa. No tienen ni idea de lo real que es eso.

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Abby:

"Quiero que sepas antes de que me vaya que yo no temo el sonido del viento"

Abby se sirve otra taza de café. No sabe ni cuántas lleva ese día y tampoco le importa. Le encanta el café. Su padre la mira desde el otro lado del sofá, pero no dice nada. Es lo bueno de haber estado secuestrada, que nadie juzga lo que haces o dejas de hacer. Todas tus acciones podrían ser por el trauma y cualquier objeción podría matarte. Así de exagerado es su padre. Abby piensa que tiene mente de novelista de terror, o sea, de lo que es, y que por eso ve cosas horribles en lo más simple.

De todos modos ese día su padre está contento. Abby se alegra por él. Últimamente no es fácil ver a su padre sonreír. De hecho, con una mujer enferma terminal y una hija que parece cada día más aburrida de vivir, Joe Nevermind, afamado escritor y padre de Abby, no tiene muchos motivos para estar alegre.

El motivo de su alegría no es otro que la propia Abby, que le ha anunciado que ha aceptado una oferta de trabajo. Cuando su madre enfermó Abby tenía diecisiete años y había decidido que no quería estudiar ni trabajar. Se quedaría en casa cuidando de ella y eso llevaba haciendo los últimos tres años con la única escepción de los días que pasó secuestrada.

A su padre siempre le había preocupado su falta de interés en tener una ocupación. Ahora, no obstante, abby acaba de comunicarle que va a formar parte de un reality show y a su padre solo le falta montar una fiesta para celebrarlo.

–Será una experiencia muy buena para ti, Abby. Conocerás gente nueva; te enfrentarás a retos y saldrás de esta ciudad. Será toda una aventura. Además, ganarás dinero. Eso siempre es bueno. Puede que no lo necesites, pero ganar dinero por uno mismo siempre sienta bien.

Abby piensa donar el premio y el dinero que le darán, como a cada concursante, solo por participar. Aún está pensando a que ONG se lo va a dar, pero no quiere quedárselo. No va al reality por eso. Lo que la motiva es justo lo que ha dicho su padre: vivir una aventura. Está demasiado aburrida allí en su ciudad.

Abby piensa que la vida en general es aburrida. Ni siquiera la experiencia de su secuestro le resultó mínimamente emocionante. Harry, el tipo que la secuestró, era incluso agradable y le facilitó hasta papel y bolígrafo para que pudiera escribir algunos poemas mientras esperaba a que su padre pagara el rescate o a que la policía la encontrara. Al final pasó lo segundo y Harry acabó en la cárcel.

Su padre ha seguido hablando y le pregunta si está ilusionada.

–La verdad es que sí –responde–. Será algo interesante.

Aceptó la propuesta más por aburrimiento que por otra cosa, pero ya que está en ello va a intentar disfrutarlo al máximo. Contradictoria como ella sola, Abby piensa que la vida no tiene mucho que ofrecer y a la vez que hay que intentar disfrutarla al máximo. La gente no lo entiende. No comprenden como puede ser una chica de lo más optimista y que intenta buscarle el lado positivo a todo, o en su defecto trabajar lo mejor posible con los pros y los contras de las situaciones, y a la vez ser una persona que dice sin tapujos que algún día, cuando se canse de la vida, se piensa suicidar.

Nadie la entiende. Quizá es por el hecho de ser hija de dos escritores que ella parece un personaje de novela más que otra cosa. Claro que sus padres no la entienden tampoco. Su madre siempre ha sido una luchadora, una escritora reivindicativa y alternativa. Su padre es todo lo contrario, mucho más comercial y quizá incluso un poco vendido. Ellos no ven la vida como ella. Nadie la ve así. A veces se siente sola sin nadie que comparta su punto de vista. No espera encontrarlo tampoco en el reality. Solo espera salir de la monotonía.

Se levanta del sofá y se excusa con su padre. Tiene que ir a su cuarto a grabar su vídeo de presentación. Ella ha sido invitada por uno de los organizadores debido a la fama de sus padres y también a la suya, otra ventaja de ser víctima de secuestro. No tiene que pasar ninguna prueba, pero aun así tiene que grabar el vídeo que le sirva de presentación en el programa.

«Me llamo Abby Nevermind y tengo veinte años. Tal vez me conozcan. Soy hija de dos célebres escritores, aunque también soy famosa por méritos propios. Si es que se le puede llamar mérito propio a que te secuestren. Pueden reírse. No se preocupen. No me molesta. Me encanta bromear con todo. La mitad de lo que digo es broma y la otra mitad, bueno, también. Me considero una persona sociable. No me gusta llevarme mal con nadie y se me da bien hacer amigos. Me encanta la música country y mis películas favoritas son la trilogía de Regreso al futuro. Mi escritor favorito es Brandon Sanderson. Lo siento, papá y mamá. Podría contaros más cosas de mí, pero creo que lo mejor será que nos vayamos conociendo en el programa»

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Ridley

"Si las maneras hacen al hombre como alguien dijo, él es el héroe del día"

Llega al bar a la hora exacta. La puntualidad es algo en lo que su madre y su abuelo siempre le han hecho mucho hincapié. Sheldon ya está allí. Ridley chasquea la lengua.

–Llegar temprano es casi tan de mal gusto como llegar tarde.

–¿Y entonces cuándo hay que llegar?

Sheldon sonríe. No se toma a mal las excentricidades de su amigo. Ridley vuelve a chasquear la lengua.

–¿No es obvio? Hay que llegar a la hora justa. Te iba a preguntar si no te lo enseñaron en la escuela, pero imagino que en la escuela pública no enseñan ese tipo de cosas.

Ridley alza la barbilla. Los padres de Sheldon no son precisamente pobres, pero decidieron enviar a su hijo a un colegio público. A Ridley le parece una ridiculez y algo por lo que Sheldon debería estar indignado, pero a su amigo le hizo mucha gracia la primera vez que Ridley le dijo eso.

–¿Puedes repetir escuela pública? Me hace gracia el tono con el que lo dices.

–¿Con qué tono lo digo?

–Como si hablaras de una enfermedad.

–Es más o menos lo mismo: un sitio donde se acinan treinta alumnos por clase que a saber de dónde vienen. Seguro que más de una enfermedad te pegaron.

–Joder, Ridley, no te pases.

Ridley decide ser magnánimo e ignorar el taco.

–¿Me has llamado para algo en especial?

Sheldon sonríe.

–Tengo noticias. Me presento a un reality show. Ya he hecho el vídeo para el casting y me gustaría que le echaras un vistazo. Si consigo que le guste a alguien tan tikismikis como tú, seguro que consigo entrar.

–¿Y para qué quieres entrar en un reality show?

Ridley arruga la nariz. Sheldon y él son mejores amigos desde los trece años, pero algunas veces de verdad que no lo entiende.

–Puede ser divertido. Para ti no, claro, te morirías si pasaras más de doce horas sin poder echar mano de tu tarjeta de crédito. Yo en cambio quiero vivir una aventura y si es una aventura en la que además me van a pagar, pues mejor que mejor. El dinero nunca viene mal.

Esa frase es muy de nuevo rico, pero Ridley no hace comentarios. Le está dando vueltas a lo que ha dicho Sheldon sobre él.

–Yo podría sobrevivir perfectamente en un sitio de esos. No me apuntaría ni muerto, por supuesto, pero poder podría.

–Ya, ya, seguro que conquistarías al público cuando te pusieras a llamarlos pobres transmisores de enfermedades.

–Puedo ser muy discreto y fingir que los pobres no me parecen tan desagradables.

–Sí, eres una oda a la discreción. Ya lo veo. Venga, Ridley, te quiero mucho, pero tú y yo sabemos que si no es por el dinero de mami nunca has conseguido nada. En un concurso en el que la cartera no te saque de apuros no durarías ni cinco minutos. ¿Me vas a ayudar entonces con mi vídeo?

Ridley remueve con el palillo el martini que el camarero, viejo conocido de ambos, ha traído para él. ¿De verdad no podría conseguir nada sin el dinero de su madre? Nunca se lo ha planteado realmente. No ha hecho falta, pero el comentario de Sheldon le ha removido algo. Finalmente da un trago a su martini y toma una resolución.

–Solo si tú me ayudas con el mío.

Ya verá Sheldon lo que puede o no puede hacer él.

«Buenos días, tardes o noches. Mi nombre es ridley Charleston. Tengo veinticinco años y soy jefe de contabilidad en la empresa de importaciones y exportaciones Charleston, que fundó mi padre. Mi madre, Harper Charleston, desciende de la nobleza inglesa. He sido educado en varias escuelas y universidades privadas y soy muy bueno en el tiro con arco. También practico equitación. Quiero presentarme a este programa porque participar en un concurso sería algo muy diferente a lo que estoy acostumbrado. Sería un placer y un honor ser elegido y me comprometo a dar lo mejor de mí, como debe ser»

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Aquí están los primeros cuatro participantes. Gracias a Cath por Anya, a Gato por Sam, a Soly por Abby y a Rebe por Ridley. Las canciones de este capítulo son Another day of sun de Lalaland, Usted de Juan Magan y Mala Rodríguez, All around the world de High king y la última es Englishman in New York de Sting.

Voy a seguir este formato de narración en tercera y luego un fragmento en primera que ahora son los vídeos de presentación y luego serán intervenciones de los personajes directamente a la cámara. Espero que se entienda bien. Aún me faltan tributos y no sé cuándo voy a volver a actualizar porque últimamente estoy bastante bloqueada. De todos modos me hacía ilusión actualizar justo un mes después y aunque al final no lo he conseguido publicar a tiempo sí que lo he escrito el día once.