Capítulo 4: Es una lata el trabajar
Nancy:
"Una vez tuve un amor. Era divino. Pronto comprendí que estaba perdiendo la cabeza. Parecía real, pero estaba tan ciega"
Hay una niñata cantando en la radio. Nancy no se acuerda de su nombre y eso que últimamente no paran de poner su maldita canción en todas partes. No lo hace mal en verdad. Tiene garra, pero a nancy le da pena. Quisiera decirle a esa cría que tenga cuidado, que en un principio todo el mundo te adora, pero que luego cuando creces y dejas de ser una novedad todos te dejan de lado. Quisiera que alguien se lo hubiera dicho a ella. Tal vez si una sola persona se hubiera preocupado por los tres chavales que formaban el grupo Mala espina no hubiera acabado todo tan mal como acabó.
Una señora mayor se acerca a la caja. Nancy se esfuerza en sonreír. Esas viejas brujas siempre le van con el cuento a su jefa si no sonríe. Nancy las detesta, a ellas y a su jefa. Al menos ya queda poco para que cierre la pastelería y podrá irse a casa. Sobre todo tiene ganas de quitarse ese asqueroso uniforme. Nancy entiende que vende dulces, pero sigue sin comprender por qué tiene que ir vestida de rosa de la cabeza a los pies. Al menos puede seguir llevando su colgante. Nunca se lo quita. Si la hubiesen obligado a quitárselo no habría aceptado el trabajo ni muerta.
Sale de la pastelería y va directa a casa, si es que al piso de estudiantes donde vive se le puede llamar casa. Se supone que es para cuatro, pero están allí metidos seis y de vez en cuando se queda alguien más. Nancy ha pensado alguna vez en mudarse con su chico y salir de esa leonera, pero Paul y ella no están en ese punto de la relación. Además, vivir con una panda de universitarios despreocupados tiene sus ventajas.
Está precisamente fumándose una de esas ventajas cuando llaman a la puerta. Le toca ir a abrir, básicamente porque es la que está menos colocada de todos. Eso sí, deja el porro en la mesa. No quiere aguantar una charla de las de Paul sobre el daño que hacen las drogas.
A veces Nancy siente que Paul la juzga. Él tiene su misma edad, pero se las da de maduro y de adulto responsable solo por ser capaz de conservar un trabajo por varios años y llevar al día todas sus facturas. Nancy podría hacerlo también si encontrara un trabajo que le gustara de verdad, es decir, si volviera a cantar.
Sin embargo, parece que Paul no tiene ganas de bronca ese día. Al fin y al cabo, Nancy lleva en la pastelería dos meses y no está todavía puesta del todo. Lo que Paul quiere es enseñarle algo. Él dice que es una oportunidad y Nancy en un principio no lo cree. Paul fue quien le consiguió el trabajo de mierda en el que está ahora. Está claro que sus conceptos de oportunidad no son los mismos. Lo deja hablar por no discutir, pero no lo escucha demasiado hasta que una palabra capta su atención: fama.
Cuando Paul termina con su explicación, que nancy ha escuchado casi entera, ambos están sonriendo. Nancy lo abraza y le da un beso más apasionado que cualquiera de los que le ha dado antes. Eso sí que es una oportunidad. Saldrá en un reality show. Es justo lo que estaba buscando.
Esa misma noche graba el vídeo. Lleva puesta su ropa de verdad, no ese horrible uniforme rosa. Su ropa de verdad es su ropa de rockera, con su chupa de cuero y las uñas pintadas de negro aunque sea con un esmalte del barato. Sonríe a la cámara. Eso siempre se le ha dado bien.
«Hola, gente. Soy Nancy Ramos y tengo veintisiete años. Algunos a lo mejor me recordáis. Hace tiempo fui la vocalista de Mala espina, pero todo eso ya pasó. Eso sí, sigo siendo una diva del rock. Hace tiempo que quería volver a los focos y esta es mi oportunidad perfecta. Me considero ambiciosa, decidida y algo caótica. Mi color favorito es el negro y podría contaros un montón de cosas más sobre mí, pero prefiero no agotar todos mis cartuchos y así poder sorprenderos después»
Edward:
"Él juega a las cartas como una meditación y aquellos contra los que juega nunca sospechan que él no juega por el dinero que gana. Él no juega por respeto. Él juega para encontrar la respuesta"
La rutina de Edward siempre es igual. Todos sus días comienzan con su pequeño tratamiento facial. Nunca se lo salta. Luego se prepara una taza de té. Es té del bueno, del caro. No soporta la insipidez del té de marca blanca. Mientras desayuna suele ver algo en la televisión. Hay un programa matinal de corazón que le gusta bastante. Ahora están comentando un reality de famosos que buscan el amor. A veces lo ve por pasar el rato cuando no tiene nada que hacer, así que sabe de lo que hablan.
Luego se viste para ir al trabajo. Su ropa es de la mejor calidad, por supuesto. Es cara, pero es mejor eso a llevar algo no tan bueno. Va en coche hasta el banco y oyendo la radio, están retransmitiendo un resumen de la rueda de prensa que dio el gobernador la noche anterior. Edward es muy bueno leyendo a las personas, pero hasta el más romo en ese sentido podría detectar que ese hombre miente como un bellaco.
En el banco se para unos minutos a hablar con Sandra, la recepcionista, que le agradece por el libro que Edward le recomendó hace unos días. Eso tampoco es novedad. Edward y Sandra siempre se están recomendando libros y, dado que comparten gustos, suelen acertar.
Es a partir de ahí donde la rutina de Edward se altera. En lugar de subir a su despacho se dirije a la planta superior. Tiene que hablar con su jefe. Va a pedirle vacaciones. Sabe que se las dará porque lleva dos años sin pedirlas, pero aun así está nervioso. Siempre se pone nervioso cuando tiene que hablar con alguno de sus superiores.
Por suerte su jefe parece estar bastante ocupado y no le dedica más de unos minutos. Edward sale de su despacho contento. Ha obtenido lo que quiere. Ni siquiera le ha preguntado para qué, aunque no es como si esperara que lo hiciese. Edward es el tipo de persona que siempre se interesa por la vida de los demás. No es cotilla, pero sí que le gusta preocuparse por los demás. Es algo que las personas suelen valorar de él. No obstante, nadie suele devolver esa preocupación interesándose por las cosas de Edward.
Charlote es la escepción. Ella es la única que sabe que Edward hizo el casting para entrar en un reality de televisión y que la noche anterior recibió un correo en el que le decían que lo aceptaban.
Se la encuentra en la cafetería a la hora de comer. No trabajan en el mismo departamento, pero por suerte tienen el descanso para la comida a la misma hora, así que pueden sentarse juntos. Ella le sonríe abiertamente cuando lo ve. Edward se pregunta por enésima vez cómo es posible que tenga esa fama de seria con lo alegre y divertida que es en las distancias cortas.
–¿Te han dicho ya cómo será el reality exactamente? –pregunta mientras comen.
–No, solo que me presente en un sitio la semana que viene para empezar. Se supone que allí me lo explicarán todo.
–Ay, espero que sea un concurso de supervivencia.
–¿En serio? No creí que te gustaran esas cosas.
–¿Bromeas? Verte a ti llevando chanclas y comiendo cocos y peces recién pescados tiene que ser genial. No me lo perdería por nada.
Edward no puede más que reírse. Es cierto. La supervivencia le iba a costar. Espera que no sea un reality de esos.
–¿Me vas a enseñar ya el vídeo de presentación que enviaste? Si te han aceptado, no te puede dar vergüenza.
Edward asiente. De todos modos si no se lo enseña lo verá por la tele cuando emitan el programa.
«Mi nombre es Edward Henry Dorsey. Tengo veintisiete años y trabajo en un banco. Nunca he salido en televisión, pero veo muchos programas de todo tipo incluidos reality shows. También me gusta leer y jugar a las cartas, en especial al pócker. Me encanta esa combinación entre la suerte y la inteligencia que se da cuando juegas y que te hace ganar la partida. Creo que es la misma combinación que hace falta en la vida y la que yo espero tener al participar en este concurso»
Tracey:
"Pasé por mucha mierda, debería ser una amargada. ¿Quién iba a pensar que me convertiría en una salvaje?
«Hola, mundo. Soy Tracey Davidson y tengo treinta y dos años. Lo sé, no los aparento. ¿Qué os puedo decir de mí que no sepáis ya? Llevo desde los dieciseis delante de las cámaras. He aparecido en series, telenovelas y en programas de todo tipo, pero este será mi primer reality. Será la primera vez que mis fans podrán conocerme a fondo y verme las veinticuatro horas del día. Estoy emocionada. ¿No lo estáis vosotros?»
Cuando el vídeo termina Tracey tiene una gran sonrisa en la cara. Le ha quedado genial. No le extraña que la hayan cogido. El teléfono no para de sonar. Le gustaría que fueran periodistas, pero sabe que es alguno de sus ex. Últimamente no paran de llamarla. Supone que quieren quejarse de lo que ha estado diciendo de ellos en sus redes en los últimos días.
No ha dicho nada que sea mentira: Exmarido número uno duraba menos en la cama que un caramelo en la puerta de un colegio; Exmarido número dos disfrutaba de intercambiar fotos guarras con cuanta persona se le pusiera por delante; Exmarido número tres tenía una obsesión muy poco sana con los pies de la gente y Exmarido número cuatro coqueteaba con las drogas y con otro puñado de vicios más.
Lo ha estado comentando en Twitter. Hizo un hilo sobre cosas extrañas que hacían sus ex para ver si algún medio picaba el anzuelo y la llamaba, pero nada. Son unos hipócritas. Tracey lleva años despellejando a sus exmaridos en televisión, revistas y hasta programas de radio, pero ahora pasan de ella y todo porque una periodistucha de tres al cuarto publicó en un periódico que no pagaba sus impuestos. Ni que ella fuera la única, por dios.
Al menos los productores de este reality tienen más visión y han decidido contratarla. Tracey espera que le sirva para limpiar su nombre y aumentar su fama, y su cuenta corriente, claro.
Coge el teléfono, hastiada de tanto ruido. Ni siquiera mira quién es.
–¿Qué coño quieres?
–Tracey, hija, soy yo.
–Mamá, lo siento mucho. Ni te imaginas la tarde que me están dando. Mis ex no paran de llamarme.
–A lo mejor si no te dedicaras a insultarlos en las redes te dejarían en paz.
Su madre siempre tan directa. Tracey frunce el ceño. No debería haberle cogido el teléfono. Sabe que nunca la ha apoyado. Da igual. Pronto estará en el reality y allí podrá hablar de lo que quiera sin tener que aguantar ni a sus ex, ni a sus padres ni a todos los que la andan despreciando.
Marco Antonio:
"De lunes a domingo voy desesperado, el corazón prendido en el calendario"
Marco Antonio limpia sus cuchillos con mucho cuidado. Son su herramienta de trabajo y tienen que estar en el mejor estado posible. El restaurante acaba de cerrar. Los camareros están limpiando el salón y en la cocina los pinches como él y los cocineros están recogiéndolo todo.
–¿Te queda mucho con el fregadero, Marco Antonio?
–No, ya termino, Dana, reina.
–Perfecto.
Termina de enjuagar los cuchillos y los deja en el escurridor para que se sequen. Mientras tanto va a ver qué puede hacer. Sonríe con un poco de ternura. La nueva parece que tiene problemas con el lavaplatos.
–Kimie, guapísima, ¿necesitas ayuda?
La chica se pone toda colorada y asiente con la cabeza. Marco Antonio le explica lo que tiene que saber. Esa condenada máquina es bastante más complicada de lo que parece.
–Gracias, Marco Antonio. Eres un cielo.
–Y tú eres tan bonita como el sol, Kimie.
Ella vuelve a ponerse colorada. A menudo tiene ese efecto en las mujeres. Su madre dice que es todo un galán. Él no lo hace a propósito. Solo le gusta piropear.
Termina de guardar sus cuchillos ya secos y se va a casa. Tarda un poco porque antes se despide de todo el mundo y con algunos se para a charlar, pero es que le encanta hablar con los demás. Su jefa suele decirle que menos mal que no es camarero porque se pasaría la vida hablando con los clientes. De todos modos a marco Antonio lo que le gustaría ser es chef.
Le encanta el ambiente en el restaurante, aunque su sueldo desde luego se podría mejorar muchísimo, pero lo que de verdad ha querido siempre es tener su propio negocio. Ha estudiado en la escuela de hostelería y ahora trabaja duro para ahorrar y poder algún día abrirlo.
De camino a su casa mira el móvil. Su cara se ilumina cuando en la bandeja de entrada ve que tiene un nuevo correo. Se apresura a leerlo y sonríe todavía más. Es la oportunidad que estaba esperando.
Por más que aprecie a sus compañeros del restaurante sabe que trabajar ahí no le basta para conseguir el dinero que necesita. Es por eso que se propuso buscar una fuente alternativa de ingressos. Estuvo mirando por Internet y descubrió que en un reality show buscaban participantes. Pensó que podría estar bien y el premio que prometían era jugoso, así que mandó su vídeo. Ahora le confirman que está dentro. Es genial.
Se muere de ganas de contárselo a su familia. Sus padres y su tío Vladimir siempre lo han apollado muchísimo y sabe que celebrarán que esté más cerca de conseguir su sueño.
«Hola, ¿qué tal, gente? Me llamo Marco Antonio Ramírez Monte de Oca. Nací en Cuba, pero me vine con mi familia a este país cuando era pequeño. Me considero un chico alegre, simpático y con ganas de pasarlo bien. Mi mayor sueño es ser chef y tener mi propio restaurante. Por eso quiero entrar en este reality. Con el dinero del premio podría abrir el mejor local de toda Florida. A los organizadores decirles que gracias por tomarse el tiempo de ver mi vídeo y si me han elegido pues gracias por elegirme. A los espectadores les digo que espero dar juego en la casa y que se entretengan conmigo. A ver si les caigo bien y luego vienen a mi restaurante. Al resto de los participantes solo decirles que tengan cuidado, que como buen cocinero sé usar muy bien los cuchillos. Na, es broma. Espero que haya buen rollo entre todos»
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Muchas gracias a Rebeca por nancy, a Soly por Edward, a Pau por Tracey y a Jefe por Marco Antonio. Con ellos ya tenemos a los doce tributos que estarán en la casa uno. Sus canciones son Heart of glass de Blondie, Shape of my heart de Sting, Seven rings de Ariana grande y Torero de Challán.
