Sexo, Pudor y Lágrimas
Un gemido ahogado escapó de su garganta cuando él, posicionado sobre ella, succionó en un punto particularmente sensible bajo su oreja con desespero.
Dejando un rastro de humedad con cada beso, le recorrió el cuello por completo y la hizo retorcerse bajo él.
En un tierno acto en medio de la agitación del momento, él le acarició el rostro con una mano mientras se sostenía con el antebrazo contrario para no caer sobre ella.
Ella abrió sus ojos zafiro, y se encontró con su mirada chocolate encendida de necesidad pura y de deseo. Le sonrió con dulzura.
Movido por sus instintos, y ya situado en medio de sus piernas, el chico bajó su cadera para frotarse contra ella. Su insoportable y rígido deseo escondido bajo el bóxer de tela oscura, rozó sin pudor por sobre la lencería femenina de encaje color blanco invierno. Casi la hace gritar.
Estaba por perder el control, lo supo porque no era la primera vez que se encontraban en esas condiciones, ya lo había visto así. Esa mirada fogosa, su respiración totalmente descontrolada, las perladas gotas de sudor adornando su frente mientras se mordía el labio inferior en una promesa de lo que venía... Extrañaba tanto verlo así, extrañaba tanto su cuerpo, sus palabras amorosas y cargadas de devoción que la transportaban al mismo olimpo, su energía abrumadora que la hacía explotar en delirios... Extrañaba tanto hacerle el amor que ya no podía parar, ni siquiera para preguntarse si aquello era correcto.
El repitió el movimiento una y otra vez, y ella le escucho un suave rugido.
Arqueó sutilmente la espalda e imitó sus movimientos de cadera buscando aliviar su propia premura, y un nuevo y agudo gemido se perdió entre las paredes de la habitación. Se desesperaba por quitarle esos molestos boxers que la separaban de la gloria, pero él tenía otros planes. Sin detener el movimiento, le amasó un pecho por sobre el sujetador de encajes estilo strapless que iba perfectamente sincronizado y en juego con sus bragas.
Acercó sus labios a la parte que aún no se ocultaba bajo el brasier, justo en la unión de sus senos, y lamió por aquí y por allá con seguridad mientras insistía masajeando uno de ellos, alimentándose de su dulce sabor. Repitió su nombre sin cesar al son del movimiento de sus caderas, temiendo perderla una vez más si dejaba de hacerlo.
—Saori... Saori... —lo escuchó murmurar y la aludida se encendió aún más, porque sólo en esos casos la llamaba así, sin sufijos y sin rangos, haciéndola sentir ajena a todo lo referente con sus pesares y dolores divinos. Y aún así, fue diferente a antaño, pues podía sentir claramente en él el tiempo perdido y las ansias reprimidas por los años, y la suyas propias también.
Con una mano se aferró desesperadamente a sus rizos castaños empapados en sudor, mientras con la otra se retiraba los propios de encima de los ojos, notando también la humedad en ellos.
Le tiró suavemente de los cabellos para sacarlo de entre sus pechos, y él detuvo el vaivén sobre su centro. La miró con extrañeza, quejándose cual niño.
Apoyándose en su antebrazo, se incorporó levemente y lo besó con impaciencia, mordiéndole los labios con firmeza y aplicando fuerza desmedida sobre su nunca para profundizar el contacto, sacándole otro ronco gemido. El comenzó nuevamente con sus sensuales y deliciosos movimientos ahí abajo, y ella sintió que se ahogaba.
Se vio obligada a tomar una fuerte bocanada de aire entre suspiros, y en su nariz se mezclaron perfectamente el olor natural y animal de su acompañante con el de la humedad del bosque, el cual inundaba la habitación desde el ventanal corredizo aún abierto. Las respiraciones desesperadas del hombre se sincronizaron rítmicamente con el oleaje lejano del mar que resonaba suavemente dentro del lugar en medio de la noche. Completamente abrumada, regresó de golpe a su habitación en medio de la isla y fue consciente de la situación.
No, no estaba soñando, él estaba de regreso con toda su convicción, con su pasión desmesurada, con su cosmos ardiente e incontenible. Después de días, Seiya estaba de regreso en todo su ser.
Ella se alejó de su boca para encararlo con incredulidad en sus ojos color mar, los que él pudo ver sin dificultad a pesar de la oscuridad en una noche sin luna.
—Por fin... Eres tú, estás de regreso en cuerpo y alma. Te amo tanto...
El se conmovió hasta las lágrimas, y reaccionó recostándola hacia atrás sobre la cama, dejándose caer por completo sobre ella en un abrazo que prometía traspasar todo tipo de fronteras, incluso a la misma eternidad.
Fue feliz al sentir la real esencia de Seiya regresar a ella después de días de incertidumbre y años de lejanía, y gimió movida por la emoción de saberlo de regreso más que por el desesperante deseo aún inconcluso. Le rodeó la espalda desnuda, sintiendo el calor y la humedad de su piel tostada en cada centímetro de su cuerpo. Felicidad, no cabía otra definición, y se arrepentía tanto de no haberlo hecho antes,
porque días atrás...
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—Si permites mi opinión, Atena, necesitamos iniciar el proceso lo antes posible. Las bajas son incontables y no hay tiempo que perder —dijo el santo de Aries, hincado frente a ella con una rodilla en el suelo.
—Lo sé bien. Mañana regresaré a Tokio y tendré una respuesta para lo requerido. Kiki, te pido que te hagas cargo de lo que haga falta, necesito apoyo en mi ausencia —le pidió con voz firme y mirando de reojo al santo de Sagitario. Esperaba alguna reacción por parte de él, pero el guardián se mantuvo inamovible, en la misma posición de su compañero y con la cabeza baja. Por unos segundos la diosa no pudo evitar una expresión de decepción, la que rápidamente escondió tras su ya ensayada faceta al más estilo poker face. Aún así, la punzada en su corazón no desapareció.
—Como tú digas.
—Bien, hemos terminado. Ante cualquier inconveniente les haré saber de inmediato. Pueden retirarse a sus respectivos templos, gracias por venir.
Ambos se levantaron y presentaron sus respetos con una pequeña reverencia, emprendiendo la retirada.
Saori se impacientó y estuvo a nada de detenerlo, pero, ¿y qué le diría? Le ganó el miedo y lo dejó ir, una vez más.
El reloj marcaba las 8:18 pm y se retiró directo a sus aposentos a descansar.
Acostada sobre la cama de piedra a la que creyó que nunca se acostumbraría, pensaba sobre lo que le estaba sucediendo: no se caracterizaba por perder el control sobre sí misma, pero esto la estaba superando.
Le dolía tanto su indiferencia... No entendía muy bien qué pasaba con él, pero parecía que intentaba evitarla. Casi 2 semanas y sólo habían cruzado algunas palabras. Frustrada e impotente, se lamentaba por ver que equivocó al creer que la soledad quedaría en el olvido con su regreso; al contrario, se sentía más sola que nunca.
Dos semanas que se le hicieron eternas. El proyecto de la nueva Palaestra le revolvía la cabeza pues necesitaba el apoyo y los fondos de la fundación para crear lo que sería una gran escuela para nuevos santos, algo así como lo fue la fundación Graad con Seiya y los demás antes de sus respectivos viajes por sus distintos centros de entrenamiento, aunque a gran escala. Así, la escuela pasaría de ser un centro exclusivo para santos a uno de aspirantes. Con ello pretendían aumentar el número de guerreros para una posible nueva guerra santa.
Para concretarlo, viajó a Tokio unos días antes a unas cuantas reuniones y a visitar a Koga al hospital. Muchas actividades requerían de su total atención, pero en las cuales no pudo estar completamente presente pues no podía obviar la angustia que le oprimía el corazón.
Intentó descansar, mas no pudo conciliar el sueño. Al día siguente regresaría a Tokio a entregar y presentar esos informes y parte de la primera etapa del proyecto, y no quería ir así. ¿Y qué podía hacer?
Con los pensamientos a mil, se levantó y se sentó en su mesita para estudiar los papeles que necesitaba para la reunión, eso le llevaría a despejar también sus emociones. Confiaba en su experticia, pero debía ser convincente.
Se concentró en su trabajo hasta altas horas de la noche, le estimulaba bastante aquello de regresar a sus actividades terrenales. Siempre le apasionó su faceta como empresaria, aunque está vez los motivos no fueran los más esperanzadores.
Alrededor de las 12 am se fue a la cama. Intentó dormir, fallando nuevamente.
Al día siguiente haría abandono del santuario, y no regresaría en varios días. No, no se iría nuevamente con la duda y con ese dolor en el pecho.
Sin pensar en las consecuencias, se levantó de la cama de piedra y, tal como se había acostado, con el vestido blanco de mangas largas y peinado casual que usaba para descansar, con dos finos mechones que unía atrás en una media coleta, salió corriendo de su templo.
Con la mano temblorosa intentó una vez más tocar a la gigantezca puerta metálica del templo, pero no pudo. Se estremeció por el frío implacable dentro de una noche sombría, tan oscura como la desdicha que por fin espera dejar atrás
Dos semanas dentro de la incertidumbre, esa noche entendió que no soportaría una más y decidió terminar con todo eso antes de caer en la locura. ¿Y si no quería recibirla? El no había dado señas de querer verla en las últimas semanas, mucho menos la aceptaría a altas horas de la noche. Probablemente estaría durmiendo y descansando, recuperando su cuerpo de las heridas ocasionadas tras esa última batalla...
Lo mejor era retirarse y regresar en otro momento, si es que fuera posible...
Dio la media vuelta, resignada a regresar, pero sus planes se vieron frustrados por un fuerte y estruendoso ruido. El corazón le dio un vuelco y se giró de prisa.
La pesada puerta del templo se abrió a paso lento, resonando por todo el lugar y develando a su dueño entre sombras, sólo iluminado por las llamas de los faroles de fuego que brillaban desde el interior de la morada; ya no podía huir.
—Ho... la... —atinó a decir al verlo ahí, expectante.
—¡Hola! ¿Qué haces aquí a estas horas? —preguntó él con prisas, mezcla de inquietud y sorpresa.
Por un segundo creyó vislumbrar en él un atisbo de luz, de su sonrisa alegre de siempre, esa con la que soñó por tanto tiempo, pero seguro se lo estaba imaginando.
—Disculpa, yo... no debería estar acá, no quería molestarte ni interrumpir tu descanso, lo siento —intentó explicar, tropezando con cada palabra y retrocediendo unos pasos con intención de retirarse. ¿Cómo pensó que podría pasar desapercibida? El cosmos de Atena es fácilmente reconocible por todos sus compañeros de batalla, y especialmente por él.
—¡No! No te vayas... —rogó él, y ella se detuvo de golpe.
Ironías de la vida, pues su cosmos siempre se ha desplegado con tal solidez, que cualquier enemigo cae paralizado ante ella; pero bastan unas simples palabras salidas de la boca del chico de ojos de fuego para inmovilizar por completo a la diosa de la estrategia.
—Debes estar cansado, hace muy poco que tú...
—¡No! Yo estoy bien, en serio, no...
—Sólo vine a confirmar si todo iba bien, ya sabes, tus heridas...
Una risita de complicidad en él y ella enmudeció al sentirse tonta por sus propias palabras. ¿A media noche? ¡Qué tonta! Se había acusado a sí misma y a sus ya desesperadas ganas de verlo.
—Ven, hace frío y no puedes quedarte ahí —le dijo abriendo el gigantesco portón casi en su totalidad, dejándose ver por completo.
Ella se derritió ante las ansias del muchacho y se sintió confusa por su actuar, tan distinto a los últimos días. Dudó por unos segundos, pero su brillante y expectante mirada le hizo perder el juicio. Por fin parecía darse la oportunidad de pasar unos momentos con él, y el corazón le estallaba por el deseo reprimido de concretarlo.
Asintió con la cabeza, y avanzó lento para adentrarse en la gigantezca morada. El se quedó atrás cerrando la puerta y ella caminó hacia el centro del gran salón con un nudo en la garganta, las manos apretando fuerte a la altura del corazón.
Observó con detalle a su alrededor... ¿Cuántas veces estuvo ahí, en medio del templo oscuro, vacío, aspirando ese característico olor a humedad y abandono, con el corazón completamente roto y derramando mares de lágrimas en sollozos de desesperación, implorando por un milagro que creía imposible?
—Pero este lugar se siente vivo, impregnado de su cosmos, de su esencia cálida y enérgica, y de su olor que nunca puede olvidar... —susurró.
Lo buscó de reojo y lo vió apoyado sobre la puerta, lo atrapó observándola. Sus pupilas se encontraron y él desvió la mirada, con la pena de un niño que es descubierto en una dulce travesura. Se apartó rápidamente de la puerta y caminó nervioso hacia otro lado de la sala.
"Tantos años y esto sigue igual... " —meditó ella con nostalgia y el corazón tibio.
—¿Y... Koga se encuentra mejor? —preguntó él, acercándose a una pequeña ventana dentro del templo y perdiéndose en el paisaje nocturno, dándole la espalda.
—Se está recuperando en el hospital de la fundación, Tatsumi está a cargo de él y de los chicos.
—Ah, Tatsumi...
—Le ofrecimos un viaje a Shunrei para que ella y Shiryu visiten a Ryuho en el hospital, aterrizaron hoy en Tokio.
—¡Qué bien!
—Creo que a Yuna le tomará más tiempo, sus heridas fueron bastante profundas.
—Yuna, vaya qué sorpresa nos dio.
Saori le observaba con detención, y pudo distinguir una consistente cicatriz en el antebrazo; en su cuello, una aún más profunda. Intentó no inquietarse.
—Sohma se ha recuperado bien, regresará a Palaestra para ayudar en la enseñanza de los nuevos aspirantes —se sentía frustrada, él no daba indicios de querer voltearse a mirarla, y la conversación que se desarrollaba entre ellos le parecía más que absurda—, pero primero debe recuperarse por completo.
Sus palabras decían una cosa, pero su mente estaba en otro lugar. ¿Y si lo hacía? ¿Sería correcto?
—Ahora que las cosas están tranquilas, me gustaría visitar a Koga en el hospital. Shaina, Tatsumi, también quiero verlos, ha pasado tanto que...
—Ya habrá tiempo, primero debes sanar. Cuando estés recuperado puedes ir con ellos —le respondió nerviosa, pues ya había tomado una decisión.
El quiso decir algo, pero lo interrumpió un dulce y tímido abrazo por la espalda que lo dejó sin aliento. Las delicadas manos de su diosa se aferraron con fuerza a su pecho, y sintió su cuerpo cálido apoyarse sobre él. Reaccionó cerrando los ojos y riendo suave, mientras posaba sus manos sobre las de ella. Saori se estremeció al sentir el contacto y al escuchar el corazón de Seiya latiendo desbocado.
Se quedaron así por largo tiempo, simplemente disfrutando del contacto y conectando con mil recuerdos jamás olvidados; porque ese reencuentro lo esperaron tanto, incluso cuando pensaron que no sería jamás.
Ella se habría quedado así por horas, pero sorpresivamente él le sujetó las manos y las separó de su cuerpo para girarse; y cuando lo hizo, el frío le golpeó por la espalda a través de la pequeña ventana, haciéndolo temblar de pies a cabeza. Casi se olvidó de respirar cuando se perdió en esos ojos color océano. ¡Cuánto los amaba! No habría sobrevivido ni un día dentro de la oscuridad sin ellos, sin la lejana esperanza de verlos una vez más.
Ella se sintió aliviada y feliz al recibir su mirada dulce e inocente. Si él la hubiese rechazado...
Liberó sus manos de las de su protector para acunarle el rostro, y con su característica delicadeza le acarició las mejillas con los pulgares.
—Te extrañé tanto... —dijo sin contención alguna. Los ojos de fuego de él destellaron de emoción al escuchar esas dulces palabras y por el reflejo de las llamas casi extintas de los faroles que coloreaban el ambiente de un anaranjado fluctuante.
Iba decir algo, pero ella nuevamente lo interrumpió con un dedo sobre sus labios. La diosa definitivamente había tomado el control de la situación, como era su costumbre.
Una mano traviesa le recorrió el cuello a Seiya con lentitud, buscando esas marcas que ella moría por sanar. Encontró una bajo la barbilla, la dibujó con una suavidad que lo enloqueció y lo hizo suspirar. Ella acercó sus labios y besó la herida, aspirando su olor tan familiar como un dejavú. Rápidamente encendió el cosmos en su mano y la posó sobre la herida. El no pudo controlar un suave suspiro de felicidad al sentir, después de tanto tiempo, el inmenso amor y la compasión incondicional de Atena.
Su mano bajó con cuidado por sobre su piel, descubriendo pequeños lugares escondidos bajo la camiseta. Encontró una herida más profunda que la anterior cerca de sus clavículas; le dolió pensar que pudo ser provocada por ese niño al que tanto se esmeró en cuidar, criar y proteger. Un pequeño rayo de su cosmos volvió a incendiarse en su mano y lo situó allí, rogando por su sanación, sintiéndose culpable por hacerlo vivir en un eterno calvario.
El le acarició sus largos cabellos, tan suaves y delicados como recordaba. Le parecía más hermosa que nunca, familiar y serena con ese peinado de media coleta estilo princesa.
—Tardaste mucho...
Ella sonrió.
—Lo siento.
—Ha sido una tortura tenerte cerca sin poder tocarte...
Sus ojos zafiro se humedecieron ante su sincera confesión.
—No hubo oportunidad de estar solos.
—Desde que regresamos al santuario todas las miradas se posaron sobre nosotros. También fue sorpresivo para ellos mi regreso.
—Y luego tuve que viajar para ocuparme de Koga y lo demás...
—Y desde que regresaste de Tokio sólo pude pensar en abrazarte como no lo he hecho en años...
Y después de más de una década, él se permitió tomarla con un brazo por la cintura, con la otra por la cabeza, la acomodó sobre su pecho y besó sus cabellos, llenándose de ella, su aroma y su cosmos divino.
—Yo también —le dijo escondida entre sus brazos—, pero creí que no querías verme...
A Saori se le hacía muy difícil confesarse de esa forma. Desde que era una niña se le crió como una chica fuerte, no le gustaba exigir ese tipo de atenciones que parecían más apropiadas para mujeres con vidas más sencillas.
Seiya arqueó una ceja.
—Me estabas evitando. Creí que si no venía por ti, no te vería jamás.
—Ah... Lo siento, Saori-san... —se disculpó revolviéndose el cabello como siempre hacía cuando se sentía nervioso—. Tienes razón, fui muy tonto. Yo... Tenía miedo.
—¿Miedo?
—Ven —le pidió haciéndole una seña para que se sentara junto a él en el piso. Apoyado con su espalda en la pared, acomodó a Saori entre sus piernas y la hizo descansar nuevamente sobre su pecho, rodeándola con sus brazos.
—Qué bien se siente tenerte así.
—Hace unos días me tuviste así.
—Pero no es lo mismo.
—No, pero luego no volvimos a estar juntos.
—Lo siento. Tuve miedo, porque desde el momento en que Koga te lanzó a mis brazos desde la oscuridad, caí en cuenta que a pesar de los años y la lejanía, siento exactamente lo mismo por ti.
Saori agradeció la posición en la que se encontraban y la poca luz de la habitación, pues le dio algo de vergüenza el calor que repentinamente apareció en sus mejillas al escucharlo hablar así.
—Saori-san, ha pasado tanto tiempo... Todo es desconocido para mí, todo es nuevo. Mi vida se congeló, la tuya no.
—¿A qué te refieres? —le preguntó buscando su mirada, sin dejar su cómodo lugar.
—Son 12 largos años, yo no sé si tú aún...
—¿Entonces tienes dudas?
—¿Y tú no?
Saori meditó por unos segundos lo que planteaba Seiya. ¿No es que ella no se atrevió a hablarle por la misma razón?
—Es cierto, pero para mí son otros motivos.
—¿Otros?
—Tú lo haz dicho, tu vida se detuvo por todos estos años, la mía no. Seiya, yo no soy la misma...
—Lo sé.
—Mi vida ha cambiado, acá en el santuario, en Tokio, con Koga... ¿Y si no te acomoda? ¿Y si no te gusta?
—¿Tú crees que eso es posible?
Saori cayó en cuenta que se sentía demasiado bien esa libertad para expresar sus miedos e inseguridades, cosa que sólo sucedía con él y que no experimentaba desde hace tanto.
—Yo te vi cambiar a través de los años, te vi despertar como Atena y tomar el mando de Graad, estuve ahí cuando te convertirte prácticamente en madre, y sigo deslumbrándome aún más de ti.
—Qué considerado —le dijo en tono jocoso, en un intento por pasar desapercibido su nerviosismo. El rió.
—Sé que todos estos años no han corrido en vano para ti, y no sabía...
—Entiendo. Tenías miedo de que yo te hubiese dejado de querer.
—Jum... —hizo un sonoro puchero, algo avergonzado por las directas palabras de Saori.
Ella se incorporó, incándose sobre sus propias rodillas y quedando sobre él. Desde ese ángulo esperaba una mejor visión de su cuerpo y sus heridas.
—¿Puedo? —le preguntó jugando con su camiseta roja, con claras intenciones de arrancarla.
El afirmó con un sutil movimiento de cabeza, y ella le descubrió con cuidado la parte baja del abdomen, encontrándose con una horrible cicatriz que abarcaba casi todo el lado izquierdo. No perdió tiempo, se concentró en su cosmos y lo encendió, llenando el ambiente de un color dorado rosáceo. Con mucho cuidado aplicó la energía sobre el lugar usando ambas manos, una sobre la otra.
Aunque la marca no desapareció por completo, su color y consistencia cambiaron en tan sólo unos segundos.
—Gracias...
Ella sujetó la camiseta nuevamente y la levantó aún más, dejando libre hasta las costillas. Lo que encontró ahí le angustió de sobremanera.
Vio algunas cicatrices viejas ya talladas en su piel morena, que aunque no había visto la luz del sol en años, aún guardaba ese exquisito tono tostado. Junto a ellas, unas horribles cicatrices nuevas que intentaban cerrar, frescas y oscuras.
Rozó una de sus manos sobre el oblicuo izquierdo. Lo recorrió con lentitud y dedicación, como queriendo hacer propio ese dolor.
El la miraba completamente fascinado, incapaz de interrumpirla y entregándose sin más a la sanación que la diosa le otorgaba.
Pars ella era bastante complicado. Mientras sus dedos acariciaban esa cicatriz, ella pudo sentir el dolor ocasionado por esos golpes, como si él le estuviese traspasando la experiencia de lo acontecido.
Con una mano se aventuró a subir aún más la camiseta, descubriéndole el pecho por completo, mientras con la otra se deslizaba por su tórax.
El se removió en su sitio cuando la caricia le generó un leve cosquilleo que lo hizo temblar. Todo lo que Saori hacía con él lo llevo al pasado, porque ella lo había curado muchas veces.
Recordó cuando lo sanó después de la batalla contra Hades, luego de tanto tiempo sumido en sueños escalofriantes; también cuando usó su cosmos para cerrar las heridas producidas por el primer enfrentamiento contra Marte. Le parecía una delicia disfrutar de momentos tan íntimos con ella, los atesoraba en el alma.
La diosa se detuvo en una costilla, iluminando una marca con su energía dorada, para después situarse en el costado. En ese instante sintió una estocada justo al lado del pecho que le cortó la respiración, y se dibujó una expresión de dolor en su rostro. Se deslizó por sobre los pectorales, y la embargó un sentimiento de desolación y tristeza.
Se preguntó si esos fueron los reales sentimientos de Seiya cuando le hirieron y mientras estuvo encerrado en la oscuridad. Una oleada de angustia comenzó a crecer dentro de ella, la que amenazaba con salir de su cuerpo en contra su voluntad.
El seguía inmerso en sus recuerdos, sus caricias y su cosmos sanador, cuando a la altura del pecho sintió una pequeña gota caer, y luego otra inmediatamente después. Una suave explosión de aire frío se expandió por todo su cuerpo, seguida de otra dulce llamarada tibia y agradable que prometía arrasar con todo lo que en ese momento le causaba dolor y malestar. Sus cabellos se mecieron suavemente a consecuencia del vaivén ocasionado por ambos golpes de energía, y él supo inmediatamente lo que estaba sucediendo.
Abrió los ojos sólo para encontrarse con una de las escenas más ambivalentes para él: Saori, Atena, estaba llorando. Una de sus manos se mantenía apoyada completamente sobre la herida en la parte derecha su pecho, mientras con la otra se secaba las lágrimas que silenciosamente escapaban de ella.
Para Seiya el misterio de las lágrimas de Atena siempre fue un tema complicado de entender y tratar. Todo guerrero se sentiría honrado de recibir el líquido milagroso de la diosa, el cual se dice es capaz de aliviar cualquier tipo de dolor en una persona; pero él simplemente detestaba verla llorar. Sin importar qué tan bien se sintiera su cuerpo con el elixir de los dioses, ese regalo divino no era capaz de mitigar el dolor que le causaban sus lágrimas.
—Saori-san... No lo hagas, no es necesario —le pidió en un susurro.
Ella simplemente negó con la cabeza y encendió su cosmos con más fuerza. Unió ambas manos sobre la herida, intensificando el poder curativo. No pudo evitar unas cuántas lágrimas más.
—No me gusta verte así, se supone que estoy aquí para evitarlo.
Seiya tomó una de las manos que Saori utilizaba para transferirle su cosmos, y la llevó a sus labios para besarla, obligándola a detener su labor.
—Ya te lo dije, no es necesario —le pidió decidido a esperar más por su recuperación con tal de no verla llorar.
—Fue duro tenerte lejos de mi vida.
—Entonces déjame permanecer a tu lado de aquí en adelante. Fui parte de este mundo y puedo hacerlo de nuevo.
Saori sonrió con los ojos aún brillantes. Tembló despacio y Seiya lo percibió. Le acarició el rostro y la notó tan fría como sus manos.
—Estás helada, espérame aquí.
Más rápido de lo que Saori pudo reaccionar, él se acomodó la camiseta y se puso de pie para buscar algo al fondo del templo. Regresó con lo que parecía una frazada. Se sentó nuevamente junto a ella, apoyado sobre la pared, y le hizo una seña. Ella se acomodó nuevamente entre sus piernas, descansando su cabeza en el pecho de Seiya. El los cobijó con la manta y la rodeó con sus brazos, quedando ambos bajo la tela, abrazados y protegidos del fuerte frío nocturno.
Por varios minutos no hubo más, sólo silencio y el consuelo de sentirse el uno al otro después de tanto tiempo. Junto a él, Saori sentía su corazón cada vez más tranquilo, lento y pausado. Se sintió en paz después de tantos años de tristeza, y no pudo evitar expresarle una preocupación que traía por dentro.
—Dime, Seiya...
—¿Mmm? —respondió él, un poco lento.
—¿Crees que Koga esté realmente preparado para lo que le depare el futuro?
—¿A qué te refieres?
—El no está bien.
—Lo sé, pero dijiste que se está recuperando.
—No me refiero a eso, lo fui a visitar y estoy preocupada.
—¿Qué sucedió? —preguntó intrigado.
Ella comenzó su relato.
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Lo primero que hizo al aterrizar en el helipuerto del centro de salud de la fundación fue visitar a Koga. Luego de la obligatoria visita con el médico, se dirigió a su habitación.
Llamó a la puerta antes de abrir, él creyó que se trataba del personal de salud por la revisión matutina y se sorprendió de sobremanera al verla entrar.
—¡Saori-san...! ¿Porqué no me avisó que vendría? —le dijo con algo de incomodidad. Saori le sonrió con melancolía, desde que el chico entró en la adolescencia, su actitud con ella cambió bastante; si bien el cariño se mantenía intacto, las formas cambiaron entre ellos y se mostraba más tímido.
—Acabo de aterrizar en el helipuerto, discúlpame por no ponerte en sobre aviso —se excusó entrando en la habitación y cerrando la puerta tras ella—. ¿Cómo va tu recuperación?
—No soporto un día más acá.
—Ten paciencia, por favor, tus heridas fueron profundas y es mejor asegurarnos. Hablé con el doctor y cree que en pocos días te dará el alta —se sentó a sus pies y observó todo a su alrededor, asegurándose que al chico no le faltara nada; pero siendo el protegido de Saori Kido, lo atendían como a un rey.
—Ya estoy bien, siento menos dolor, además... ¡Quiero ver a mis amigos! —le dijo impaciente.
—No te preocupes. Ellos se recuperan acá y todo va muy bien.
—¡¿Aún se encuentran acá?! Creí que ya les habían dado el alta.
—La mayoría de ellos se encuentra en mejores condiciones que tú, excepto Yuna, ella fue de las más afectadas.
Algunas escenas escondidas de sus memorias tras la posesión de Abzu llegaron a su mente como lluvia de imágenes y sensaciones desagradables, descontrol, ira indomable, pánico, odio... Todo junto. Y entre toda esa vorágine, la calidez de un abrazo, «¡Eres luz!», y una explosión de energía compasiva.
Una expresión de terror le llenó el rostro, la que no pasó desapercibida por Saori, que pronto cambió a una de confusión, sus mejillas sonrosadas.
—Yuna... ¿Ella aún está aquí?
La diosa desvió su atención ante la evidente incomodidad del chico, ya desde un tiempo atrás le complicaba abordar al muchacho de forma directa.
—Sí, si el médico lo permite, podrías ir a visitarla pronto.
Koga no dijo una sola palabra pero su corazón iba a mil. ¿Qué le diría a Yuna, cuando aún no tenía claridad de lo que había sucedido mientras Abzu hacía uso de él? Pero de una cosa sí estaba seguro.
—Eso no es cierto...
—¿Mm? —lo buscó con curiosidad.
—Yo no soy luz. Todo lo que dijo Yuna no es más que un consuelo sin sentido. Yo nací de la oscuridad, esa es la verdad.
—No te culpes por eso, Koga, él te usó como su recipiente, pero tú...
—¡De eso se trata! Yo no soy todo eso que dicen. Si es cierto lo que dijo Seiya, lo que cree Yuna, ¿acaso no tendría el poder suficiente para contener a Abzu? El podría haberla destruido a usted, Saori-san, usando mi cuerpo...
—Eso no es verdad.
—Claro que lo es. Yo soy un hijo de la oscuridad, nunca seré parte de este mundo...
—Koga, tú eres un santo de Atena, fuiste escogido por la cloth de pegaso y...
—No regresaré. Lo siento, esa cloth ya está muerta y no tengo nada que hacer ahí. Seiya y los demás podrán cumplir esta labor mucho mejor que yo.
Y zanjó el tema tirándose de golpe hacia atrás sobre la cama y escondiéndose bajo las sábanas.
Saori soltó el aire con fuerza, resignada. Quizás lo mejor era darle un poco de tiempo y espacio.
—Bien, descansa, ya habrá tiempo de hablar. Recupérate pronto para llevarte a casa —le dijo levantándose de la cama para la retirada.
—Lo siento.
Le escuchó decir escondido entre la sábanas, justo antes que ella saliera de la habitación.
Saori se sintió mal al verlo tan descompensado, y en sus labios se dibujó una sonrisa triste.
—No es tu culpa, te espero en casa —y salió del lugar, más preocupada que cuando llegó.
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—No sé qué hacer con él, no me escucha.
—Me gustaría visitarlo —le dijo realmente involucrado con la situación del chico. Saori se conmovió con la genuina preocupación de Seiya por el que consideraba su protegido.
—Seguramente a ti sí te escucharía.
—¿Porqué lo dices?
—Desde que me supo Atena se alejó de mí. Debí decírselo antes...
—Pero eso lo decidimos entre todos por el peligro de Abzu y la oscuridad.
—Lo sé, pero no pude evitar el daño, ¿lo entiendes? No pude protegerlos, ni a ti ni a él —se lamentó la diosa, porque cuando ascendió a Seiya de Sagitario buscaba también resguardarlo, cortar ese lazo maldito que lo separaba de ella una y otra vez, pero no lo logró.
—Ya no te preocupes tanto, te ayudaré con Koga y verás que todo saldrá bien —le dio un dulce beso en la mejilla, pero ella sonrió con un aire doloroso. El no entendía y mucho menos recordaba, su espíritu humano no lo permitía—. Koga, ante todo, es un santo de Atena y ha nacido bajo la protección de pegaso. Tú lo dijiste una vez, cada quien debe vivir de acuerdo a la estrella bajo la que nació. Estoy seguro que Koga lo entenderá pronto, nadie puede escapar de su destino.
O quizás lo había subestimado. Sólo un poco. Ella se incorporó y él pudo ver la emoción en los ojos zafiro de la diosa.
—Tienes razón, gracias por recordármelo. Sólo puedo hablar estas cosas contigo —le dijo más tranquila, porque a fin de cuentas, ese hombre siempre fue su cable a tierra. De alguna forma él le recordaba constantemente el motivo de su existencia y la razón de su lucha. Al día de hoy, con la madurez a cuestas y a muchos años del inicio, le parecía increíble la forma en que sus vidas se entrelazaron y la influencia que cada uno impregnó en el otro. Definitivamente la convicción de Seiya vivía en ella, y le hizo mucha falta durante todos esos años de soledad.
—Ya fue suficiente —añadió en voz alta para sí misma. Ya era suficiente de tantas lamentaciones, no quería desaprovechar ese momento con él así. Se acomodó nuevamente sobre el pecho de Seiya, y él verificó que ambos fueran totalmente cobijados por la frazada.
El farol del centro del templo luchaba con todas sus fuerzas por mantenerse encendido, pero inevitablemente la pequeña llama terminó por extinguirse. La luminosidad del templo se redujo, quedando a cargo de los faroles restantes. Un brillo apenas anaranjado llenaba el lugar, y Saori sintió que el sueño le iba a vencer debido al cansancio, al ambiente relajante y a la serenidad que la invadió al descansar entre sus brazos mientras escuchaba el relajante latir del corazón de su acompañante. El simple hecho de aspirar su aroma cercano al almizcle le hacía sentir arrullada como una niña. Después de tantos años obligándose a ser fuerte, de mantenerse firme para dar estabilidad y seguridad a un ser humano que prácticamente se había convertido en su hijo, por fin era ella la consentida.
—Vine a verte hoy porque mañana debo viajar a la mansión, no quería irme una vez más sin resolver esto —le explicó sin despegarse de él y con voz adormilada.
—Lo sé, me gustaría acompañarte.
—Mañana formalizaré esos documentos a los accionistas. Si todo va bien, conseguiré lo necesario para la primera etapa de la renovación de Palaestra. No ha sido fácil convencerlos, no puedo entregarles todos los detalles.
—Ah... Pero lo haz hecho en otras oportunidades. Suena complicado —meditó Seiya un poco mareado, en realidad poco entendía sobre lo que Saori hacía dentro de la fundación, le parecía demasiado confuso.
—Sí, de esa forma conseguí también el aporte a Rodorio para mejorar la calidad de vida de sus habitantes. Después de todo, eso ayuda a la situación del santuario y a la seguridad del lugar.
—Ya veo... —¿Cómo es que Saori era capaz de manejar todo eso? Nunca lo entendería—. Y entonces, ¿puedo acompañarte?
—¿Estás seguro?
—¿Porqué no?
—Si no te molesta la presencia constante de Tatsumi, sería maravilloso.
—No creo que sea un problema —le respondió para luego soltar un sonoro bostezo, pronto amanecería y el cansancio también le estaba ganando—. Por ahora descansa, con todo lo que me cuentas, tendrás un día pesado.
Saori suspiró contra su pecho y él le hizo unos mimos en la cabeza con los que la diosa terminó por rendirse a Morfeo y entró en un reparador y cálido sueño.
Cuando Seiya verificó que ella al fin descansaba pacíficamente, se dejó ir también por el cansancio acumulado y la atmósfera nocturna del templo, cayendo dormido a medio sentar, con la cabeza apoyada en la pared y con Saori entre sus brazos, ambos bajo la manta.
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Un pequeño rayo de sol entraba por la ventana directo sobre su rostro y la despertó, aún acurrucada bajo la manta y sintiendo su respiración calma, su olor familiar y su cosmos destellante. Se acomodó para abrazarlo más fuerte.
El abrió los ojos y se desperezó con un ronco sonido.
—Vaya, ¿tan pronto ha salido el sol?
—Así parece.
—¿Cómo dormiste? —preguntó fijándose en ella y ordenándole el cabello que se esparcía desenfrenado tanto bajo como por sobre la frazada.
—Creo que bien —le respondió impasible, aunque en realidad había disfrutado de su mejor noche en mucho, mucho tiempo—, pero debo salir pronto, Tatsumi aterrizará en unas pocas horas y aún faltan algunas cosas por ordenar.
Seiya se quejó.
—Entiendo, entiendo.
Aún algo somnolienta, retiró la frazada que los cubría y se levantó. Ordenó su cabello, su vestido y la poca joyería que llevaba encima.
Seiya la observó detenidamente de arriba a abajo, ahora con luz de día y los faroles completamente extintos, lo que le daba otra perspectiva. ¿Cómo era posible tanta perfección nada más al despertar?
—Voy... al baño, no puedo ir así a mi templo —le informó un poco nerviosa porque de nuevo lo había descubierto mirándola de esa forma...
El sólo afirmó con la cabeza y la vio alejarse hacia el final de la casa, a la puerta del baño junto a la inmensa escalera que conduce al segundo piso. Qué tonto había sido al no acercarse antes, al sentir miedo, al creer que esta vez saldría mal. ¡Y qué afortunado! Estaba decidido a ser parte de su vida una vez más y a acompañarla y apoyarla en lo que fuese necesario.
Se levantó rápidamente del suelo, dispuesto a comenzar un nuevo día junto a ella y a conocer sobre lo que hoy en día movía a Saori Kido en su cotidianidad.
Cuando ella salió del baño, ya arreglada y con su cabello totalmente suelto y ordenado, él bajaba las escaleras desde una de las habitaciones del segundo piso, donde había dejado la manta y se había cambiado las prendas de su ropa por otras limpias.
—¿Te veo más tarde?
—Sí, terminaré unos asuntos y voy para allá cuando llegue Tatsumi —le dijo bajando el último escalón y acercándose a ella.
—Estará feliz de verte.
—Puedo apostar a que no es así —hizo una mueca y se encogió de hombros, alcanzándola y quedando frente a ella.
—Aunque no lo creas, Tatsumi te estima mucho, no pienses mal de él.
—No lo sé, siempre se molestaba conmigo por cualquier cosa.
—El también ha cambiado con los años.
—Claro... Bueno, en unas horas estoy por allá.
Aunque Saori debía salir de ahí lo antes posible, sus pies no se movieron ni un centímetro. Sus miradas se encontraron y algo cambió.
Los ojos castaños brillaban con tanta intensidad como la noche anterior, con la salvedad que ya no era de noche y los faroles del templo llevaban horas sin actividad. Fue entonces que, como antaño, quedó prendada una vez más.
Observó sus labios y el corazón humano de la diosa se disparó al entender que ese momento había llegado una vez más. Recordaba claramente esa primera vez, ese día en que decidió aceptar su vivencia humana y se hizo valiente. Recordaba que fue difícil, y después de tantos años y tantas vivencias, tanto juntos como separados, se le hacía complicado una vez más.
Pero quería hacerlo, porque estaba segura que si no hacía eco de sus impulsos, terminaría por arrepentirse.
Aunque el corazón se le iba a salir por la boca, se tomó el atrevimiento de acortar la distancia entre ellos.
Seiya comprendió lo que ella iba a realizar, y no pudo más que cerrar los ojos y esperar, con la respiración entrecortada.
Y entoces ella le robó ese beso que ansiaba quitarle y con el cual llevaba soñando por más de una década, noche tras noche. Sintió el roce de sus labios y simplemente se dejó llevar, disfrutando de lo que por tantos años le fue negado; y aunque los nervios la carcomían como la primera vez y no podía dejar de temblar, ciertamente no fue como esa primera vez, porque el cuerpo y el alma no olvidan fácilmente, porque ya no eran unos niños, sino dos adultos llenos de experiencias, de risas y tormentos a cuestas. Eso lo pudo notar bien en él, porque al contrario de esa primera vez, en esta nueva primera vez él se mostraba más activo y receptivo, invitándola a perderse en una confusión de emociones pasadas y futuras.
Cuando el momento se enfrió, ella intentó alejarse, pero él la atrapó en un fuerte abrazo que le quitó el aire. Lo sintió calmo, aunque notoriamente emocionado.
—Te veo más tarde.
Ella sólo sonrió, y cuando la dejó libre, afirmó con un movimiento de cabeza, saliendo por la gigantezca puerta de metal del noveno templo con el alma destellante, dejando a Seiya feliz y esperanzado.
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Fueron 3 días muy extraños y difíciles para Seiya.
Unas pocas horas después que Saori regresó a su templo, Tatsumi apareció con el jet junto a la estatua de Atena. Seiya se sorprendió mucho al ver al ahora anciano mayordomo con bigote blanco y la piel más arrugada. No fue un reencuentro amistoso, pero al menos lograron algo de cordialidad.
En un principio todo fue perfecto, se sorprendió con las nuevas tecnologías presentes en el jet, rió a carcajadas con las ocurrencias del viejo mayordomo y recordó algunas anécdotas de viejos tiempos con Saori, pero llegó un momento en el que fue incapaz de seguir el hilo de la conversación entre Tatsumi y la chica.
Durante el último tramo del viaje, quedó absorto mirando por la ventana. Un hermoso paisaje desde las alturas llamó su atención: nubes bajo sus pies que se abrían a un océano turquesa, pequeñas islas tiñendo el escenario de un verde brillante, el sol atravesando los espacios entre las nubes e iluminando todo a su paso sobre el mar... le pareció curioso que mientras fue parte de la caótica vida de este planeta, nunca notó la belleza que se escondía en él. Pensaba en eso cuando sintió una mano posarse discretamente sobre la suya.
—¿Te encuentras bien?
—Ah, sí, sólo miraba el paisaje. ¿Falta mucho? —le sonrió tranquilo.
—Ya pronto.
Aterrizando en la mansión fue aún más confuso.
La estancia había renovado sus jardines y los muebles de la terraza. En la parte interior, nuevo mobiliario, algunas habitaciones y salas intercambiadas. Del personal de guardia y servicio, nadie conocido.
Para las noches le asignaron una habitación nueva.
El automóvil que los trasladaba a la fundación era nuevo también, la empresa contaba con nuevo personal y nuevas construcciones en sus terrenos.
En cuanto a la ciudad: Automóviles de marcas y modelos que nunca había visto, nuevas edificaciones, locales, restaurantes, moderna tecnología para publicidad y para las señaléticas del tránsito...
Además Saori usaba trajes, peinados y joyería que no reconocía.
Lamentablemente la chica tuvo mucho trabajo y no pasaban juntos todo el tiempo que ella hubiese querido.
Pocos días después, y ya con todo lo de Palaestra resuelto, ella vio que Seiya se comportaba cada vez más introvertido, algo impropio de él. Se sentía cansada de tantas reuniones y no encontraba un espacio seguro para estar con él, con suerte pasaban unos minutos al día en el almuerzo o la cena, siempre rodeados de gente o del mismo Tatsumi.
Tomó una decisión, y a 3 días de su llegada a la mansión, durante el atardecer, regresaba a su casa de la isla junto con Seiya. El entraba en la morada mientras el jet que los llevó al lugar iniciaba el vuelo de salida.
Ella le pidió un poco de tiempo para cambiarse de ropa por algo más ligero, y le ofreció descansar en el sillón de la sala.
Saori se encerró en su habitación, pero él no descansó; en cambio recorrió todo el lugar que se mantenía con un agradable olor a rozas, probablemente desprendido por uno de esos artefactos aromatizadores.
La residencia era bastante acogedora, menos ostentosa que la mansión pero más que la cabaña de campo de los Kido. Derrochaba elegancia.
Miró por la cocina junto al gran comedor, sencilla y con diseño minimalista, aunque bastante moderna. Encontró dos baños completos; varias habitaciones, una que parecía ser la de Koga (por las fotos estilo familiar que la adornaban y en las cuales el protagonista era el nuevo santo de Pegaso durante prácticamente todas las épocas de su corta vida), otra habitación que parecía ser utilizada por una mujer, y una tercera que probablemente era la de Tatsumi. La de Saori se encontraba un poco más al fondo y separada por otra puerta que llevaba a otro pasillo, bastante aislada de las demás.
Regresó hacia la sala algo abrumado, se sentó en el sillón y cerró los ojos. Le dolía fuerte la cabeza, probablemente debido al cansancio mental. Llevaba 3 días de viaje con Saori y le estaba resultando muy agotador.
Se dejó literalmente desparramar sobre el sillón, y se tomó la cabeza con las manos en una forma inconsciente de aliviar el dolor. Al menos ahí en la isla, alejado de todo, no se sentía tan invadido por esos estímulos vertiginosos, descontrolados y desconocidos de la ciudad.
Entonces un pensamiento intrusivo apareció en su mente, acompañado por una sensación punzante e incómoda.
¿Realmente Saori estuvo ahí durante todos esos años... sola? Sí, sí, una de las habitaciones para el mayordomo, otra para Koga y la siguiente estaba seguro que era de una mujer, probablemente fue usada por Shaina mientras entrenaba al Pegaso.
Pero eso tampoco era seguridad de nada.
¡Qué tonto! Se había pasado semanas enfrascado en sus sentimientos por ella, pensando que quizás Saori no sentía lo mismo, o quizás sí; se sintió demasiado bien con lo que ella manifestó esa noche en el noveno templo... El le había expresado sus temores por los años transcurridos, pero a fin de cuentas, al intentar ser parte nuevamente de su vida cotidiana, fue realmente consciente de lo que aquello significaba.
Nah, pero Saori-san estuvo muy ocupada con Koga y por lo de Abzu y Marte, seguro no tenía cabeza para otra cosa. Aunque si fue más de una década... Ella conoció a mucha gente durante ese tiempo. ¿Qué tanto sucede en la vida de una persona en 12 años? Para él fue tiempo muerto, pero por acá todo siguió su curso. En teoría él lo sabía y lo experimentó a baja escala en el santuario, pero este viaje resultaba un certero golpe de realidad referente a la vida ordinaria de Saori, vista con sus propios ojos.
Como diosa y empresaria ella no tenía mucho tiempo para otras cosas, pero si con él había accedido y fue tan maravilloso, ¿porqué con otro no? ¿Y quién le impedía hacerlo? ¿Y porqué creía que ella lo estaría esperado durante todos estos años?
Saori salió de su habitación con un vestido blanco mate de tirantes y de largo hasta la rodilla que él no había visto antes, y el mismo peinado de días atrás, con dos finos mechones que unía atrás en una media coleta. Lo encontró tirado en el sillón con actitud extraña y un poco perdido.
—¿Sucede algo malo?
El se levantó rápidamente, un poco nervioso.
—No, no es nada, sólo pensaba en lo agradable que es este lugar —le mintió con un dejo de tristeza y algo de vergüenza, porque en realidad su cabeza le había jugado una mala pasada, recordándole algunos momentos bastante íntimos que, por su parte, sólo había experimentado con ella. Se sentía mal al pensar que quizás Saori, su Saori-san, podría haberlos compartido con otro... No la odiaría por ello, tampoco se sentía en un derecho de exclusividad como para exigirle algo después de todo lo sucedido, pero si era cierto, estaba seguro que se moriría de la tristeza.
—No es un sitio lujoso, pero fue perfecto para Koga. Estoy muy feliz de estar aquí contigo.
—Tatsumi vivía acá con ustedes, ¿o me equivoco?
—El no nos habría abandonado bajo ninguna circunstancia, se lo agradezco mucho, fue bueno para Koga. También la presencia de Shaina.
—¿Y ella en dónde está?
—Buscó un lugar lejos de acá para vivir. Y Tatsumi... Se quedó en la mansión a cargo de las firmas y coordinación para iniciar la primera etapa del proyecto —le explicó culminando con una risita nerviosa. En realidad el viejo no estuvo para nada de acuerdo, y Saori tuvo que usar todas sus artimañas y estatus para convencerlo de quedarse allí.
El sólo hizo una mueca y eso la preocupó.
—¿Seguro que estás bien?
—Sí, tan sólo me duele un poco la cabeza.
—¿Quieres comer? Creo que hay algo por ahí.
Saori fue a la cocina estilo americana y abrió el refrigerador para preparar unos sándwiches con dos vasos de leche.
Seiya se sentó en la pequeña mesa estilo desayunador de la cocina, con los codos sobre la mesa y la cabeza apoyada entre sus manos por la barbilla.
Ella le sirvió su plato y él casi no se fijó que la mujer se había sentado en frente suyo.
—Come, seguro te asienta bien.
—Ah, sí —dijo tomando un sorbo de leche.
El comió prácticamente en silencio, mientras Saori le explicaba algunos detalles de la reunión. Lucía bastante aliviada, pues todo resultó muy bien, culminando en la aprobación del presupuesto para comenzar el proyecto en Palaestra.
—... Así que debo ir a Palaestra a informar y programar algunas cosas —terminó con su relato, pero él no la estaba escuchando—. ¿Seiya?
—Ah, disculpa, sí, me alegro que vaya bien.
Saori indagó en su expresión, buscando algún indicio de lo que le ocurría. Se levantó de la silla y le invitó a hacer lo mismo, extendiéndole una mano.
—Vamos a Palaestra entonces —le dijo él poniéndose de pie y sujetando la mano que ella le ofrecía.
—Dime lo que te sucede, por favor.
Seiya suspiró fuerte.
—No es nada, en serio, sólo es mi cabeza.
—Estás exhausto.
—Sí, muchas cosas nuevas, mucho que conocer.
—Ve a dormir, yo prepararé la cena —le ofreció dándole un abrazo renovador de energía.
—No te preocupes, debes estar agotada también, deberías descansar.
—Estar acá me relaja, me gusta cocinar, y más si es para ti —le dijo besándole la mejilla.
—Me gustaría que sólo quisieras cocinar para mí y para nadie más —se dio cuenta de lo que había dicho después de soltarlo, su ansiedad le pasaba la cuenta una vez más.
—¿Qué? —le dijo separándose de él.
—Olvídalo, es una tontería.
—No lo creo. ¿Porqué no me lo dices?
Se encontró en una encrucijada: le urgía saber tantas cosas, pero al mismo tiempo no estaba seguro de querer conocer las respuestas, la ignorancia le parecía un lugar relativamente cómodo y más fácil de manejar que una verdad angustiosa.
—Veo que haz conocido a muchas personas, te ves distinta, tu cabello lo llevas distinto... ¿Es en serio que me quieres aquí, a tu lado?
—¿Aún tienes dudas?
—Lo siento, pero no puedo creer que una mujer como tú esté esperando a alguien como yo por más de una década... —le dijo al fin y haciendo una notoria intención en la palabra "esperando".
Ella se tensó.
—¿Intentas saber si durante este tiempo hubo alguien más?
—No te estoy exigiendo algo, tampoco me voy a enfadar si así fue... —se apresuró en responder, intentando hacerle ver que no quería juzgarla.
Saori recordó esa noche lejana, muchos años atrás.
Fue durante su juventud. Sus memorias como Atena habían regresado, tantas dudas rondaban por su cabeza y corazón... La diosa no sabía cómo actuar, su razón le decía una cosa, pero su cuerpo y alma le gritaban otra. La situación se tornó intolerable para ella, hasta que un día tuvo una revelación que la llenó de un sentimiento de dolor y desolación, y lloró desconsolada.
¿Y cómo no hacerlo luego al verlo morir tantas veces? Malditos sean sus recuerdos, podrían quedarse escondidos en su pasado y ya, pero no. Lo vio morir una y otra vez, y en cada oportunidad con más sufrimiento que en la anterior.
Siendo Atena, había decidido desde siempre no involucrarse con hombre alguno para evitar distracciones y dolor, autodenominándose la diosa casta de la guerra.
Luego de tanto llorar y llorar, entendió que con su decisión no había evitado enamorarse perdidamente de él, y lo único que lograba en cada una de las vidas de su amado pegaso era alejarlo más y más de ella, para luego verlo perecer de la forma más cruel.
Y entonces, ¿servía de algo mantener esa dura barrera que ella misma había creado entre ellos? Vida tras vida sufría arrepentida por verlo partir, rechazando sus sentimientos, sus impulsos, su deseo, y sin lograr lo que realmente quería para él.
Supo que no valía la angustia, y ese día tomó una fuerte decisión: entregarse a él en cuerpo y alma, haciéndolo suyo para siempre y tallando su nombre en su aún casta piel.
Por el insoportable amor reprimido desde tiempos infinitos, por el dolor de verlo partir de su lado en un ciclo sin final, por el deseo que le rompía desde las entrañas, hacerle el amor a Seiya fue la experiencia más hermosa que recordaba, de esta vida y de todas las anteriores. Y no se arrepentía de nada.
—¿Pero qué estás diciendo? —le preguntó con sorpresa, pero luego razonó algunas cosas: para los humanos, cuyas vidas son realmente efímeras, una década es mucho tiempo; por otro lado, las mentes humanas no tienen la habilidad de recordar sus vidas pasadas, por suerte o por desgracia. Las dudas de Seiya sonaban completamente razonables. Le tomó el rostro entre las manos y lo besó, aunque ésta vez de forma casi posesiva. Aún así, ella sabía que aquello no bastaría para dejarlo tranquilo.
—Si acaso tienes dudas, no, no hubo otra persona, estoy en las mismas condiciones que tú esta vez —le dijo un poco desesperada, porque le faltaban herramientas para hacerle entender.
Una sonrisa de alivio se dibujó en él.
—M... No estoy muy convencido. Si repites lo de antes quizás te crea —bromeó él, mordiéndose seductoramente el labio y esbozando una mirada traviesa. Recordar sus encuentros íntimos con ella, la declaración de Saori haciéndole sentir especial más allá que por su rol como santo dorado, el beso apasionado que ella le dio... Todo aquello lo había excitado demasiado, y aunque no estaba totalmente seguro si lo que estaba haciendo era correcto, cuando ella repitió el beso con la ansiedad viva de poseerlo, él no pudo contenerse y la tomó fuerte por la cintura para apegarla desesperadamente a su cuerpo y luego ir directamente al ataque de su suave y dulce cuello con tiernos besos que le hicieron cosquillas. La escuchó reír quedo.
El sabor de su piel se mezcló con el olor a rosas del ambiente y le despertó aún más los sentidos. Amaba oírla reír. Aunque ella no era de soltarse en carcajadas, su suave risa casi susurrada era algo que compartía con muy pocas personas.
Saori se aferró a su fornida espalda con la fuerza de quien se aferra a la vida, y su risita dulce cambió por suspiros, y los suspiros por ahogados gemidos mientras él besaba, lamía y succionaba su cuello, recorriendo su piel sin descanso y bajando hasta sus clavículas, para luego soltarle el tirante del vestido, deslizándolo por sus hombros con la expectación de quien está por abrir el más bello de los regalos.
Unas manos tibias luchando contra la camiseta roja, finos labios teñidos de color rosa devorando los de su compañero, un arrastre a traspiés hacia un dormitorio, palabras de amor y pleitesía. Ella volvió a sentir sus manos acariciándole el cabello con cariño mientras se dejaba tomar por el hombre que tanto amaba y extrañaba, y él se permitió perderse en la felicidad de saberse en casa, porque para él, quien nunca conoció el calor de una familia y un hogar, Saori Kido se había transformado en eso que siempre deseó, y donde ella estuviese sería su hogar y ese lugar en el que se sentía feliz.
Cuando la noche hizo su aparición en la isla, los encontró casi desnudos sobre la cama, completamente perdidos el uno en el otro.
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Aún prisionera bajo su cuerpo, se removió levemente para que él le diera espacio.
El se levantó y ella tomó la oportunidad para intercambiar los papeles, tumbándolo sobre la cama y subiéndose sobre él a horcajadas.
Sin darle tiempo de reaccionar, comenzó a llenarlo de besos calientes por todo el abdomen, en cada sitio al que pudo acceder, sanando sus heridas de una forma bastante diferente a la vez anterior, y llevándolo al cielo con sus besos, su lengua sedosa y sus manos traviesas que lo recorrían sin más.
Sin dejar de besarlo, bajó con una de sus manos al elástico del bóxer, y jugó con sus dedos por sobre él, aumentando la expectación del chico.
El se relamió los labios en un acto encantador para ella, y despertó sus manos del letargo para soltarle el brasier.
Nada más ver sus pechos erguidos y preparados para él, se acomodó para tenerlos a merced de su boca sedienta, y lamió y succionó uno de ellos a voluntad mientras estimulaba el otro con la palma de la mano sin descanso.
Saori gimió una y otra vez en sincronía con sus caricias, y se atrevió a bajar aún más la mano que con algo de dificultad aún mantenía en el elástico del bóxer, estimulándolo deliciosamente por sobre la tela húmeda y haciéndolo temblar.
El aplicó un muy suave mordisco acompañado de un profundo ronquido ocasionado por un certero movimiento hecho por su ella ahí abajo, y Saori no pudo soportarlo más, dejando sus caricias y separándose de él para retirar de una vez las telas que se interponían entre ellos.
Tomó con fuerza el empapado bóxer de su amado para bajarlo, y él movió sus piernas para ayudarla. En seguida Saori hacía lo propio para despojarse de su húmeda lencería.
Sin esperar más, fue ella la que posicionó su cadera sobre él nuevamente y le hizo entrar en su cuerpo, exclamando un fuerte suspiro de alegría. El casi no pudo con la sensación de hacerse uno con ella una a vez más después de tanto tiempo, y respiró hondo, pidiendo a su cuerpo un poco de piedad y algo más de aguante; pero todo se fue al carajo cuando la chica se apoyó con sus manos sobre su pecho y comenzó a danzar. Fue ella la que gritó su nombre insistentemente esta vez, perdida en un mundo de sensaciones que no creyó volver a experimentar.
Al borde del límite, él le agarró las nalgas para ayudarla a impulsarse con más fuerza. Dobló las rodillas hacia arriba y se unió al movimiento con sus caderas, permitiendo un contacto aún más intenso y profundo. Ella se inclinó hacia adelante para besarle y moderle la oreja mientras gemía descontrolada cerca de su oído, acariciándole y jalando sus cabellos castaños.
Con la astuta acción de Saori, tuvo un acceso más firme y duro a sus glúteos. Los apretaba con desesperación mientras sincronizaba perfectamente sus movimientos a los de ella con sus embestidas. Conocían de memoria sus gustos, sus ritmos y sus formas, y ni el tiempo ni la lejanía parecían haber roto esa conexión.
El roce del vaivén de los senos sobre su delantera y los gemidos de la mujer lo llevaron a la cima.
—E... Espera, ya estoy cerca... —le suplicó él con angustia, pero surtió el efecto contrario en ella. Ella casi se volvió loca, nada le era más placentero que oírlo y sentirlo así por ella. Ser capaz de entregarle tal nivel de satisfacción la hacía fuerte y poderosa como nada en la vida.
—Mm... ¡No! No te detengas, yo también estoy cerca... Sigue así, justo así —secundó ella, y ya no pudieron alargarlo más. La profundidad del movimiento aumentó, mas no el ritmo, acercándolos inevitablemente a la esperada cúspide en cada asalto, más intenso y necesitado que el anterior.
En el preciso momento en el que él estaba listo para volar, ella dejó sus caricias en sus rizos castaños para incorporarse rápidamente y sacarle las manos de sus nalgas, sin dejar de moverse. Las llevó a los lados de la cabeza de Seiya sobre la almohada, inclinándose nuevamente y entrelazando sus dedos con los de él con tanto amor como sólo ella era capaz.
—Te amo, te amo —alcanzó a decir ella entre gritos cerca de su oído, justo antes de entrar al punto del no retorno.
El respondió con palabras indescifrables, sintiendo que se rompía por dentro.
Ella se abalanzó sobre sus labios, devorando su boca con desesperación.
La sintió tensarse fuerte, y su último pensamiento lógico fue de gratitud, porque se sentía tan afortunado de vivir nuevamente la experiencia de la mano de la mujer que tanto amaba... ¿Cómo era posible tanta dicha?
Y sin sostenerlo más, se dejó ir, explotando su deseo en todas las direcciones del cosmos, ahogando un grito contra sus labios, y aferrándose fuerte a sus manos para invitarla a volar con él hacia el mismo delicioso destino.
Y ella no tardó en caer en el mismo lugar, llenándose de la felicidad que él le otorgaba y sintiéndose la mujer más dichosa del universo, sin poder controlar las convulsiones que venían una tras otra sin cesar, haciendo vibrar todo su cuerpo presa del más hermoso y excepcional de los placeres.
Ya saciada, suspiró fuerte en su oído, le besó la mejilla y se separó de él para tenderse a su lado, recostándose sobre el pecho de su amante y siendo abrazada por él, ambos aún algo incrédulos. Saori pensó en ir al baño pero nada más sentir los brazos de él rodarla con tanto cariño, no fue capaz.
Minutos después descansaban aún sobre la cama, con sus respiraciones ahora calmas y él acariciándole el cabello. El ventanal aún abierto, con la brisa de la noche de verano refrescando la habitación.
—Creo que tenías razón, tus heridas no estaban tan mal, sino no me lo explico...
El rió con ganas.
—Con tus atenciones eres tú la que sana mi cuerpo y mi alma, Saori-san —confesó él con un aire de admiración.
—Ah... ¿Ahora soy Saori-san? Hace unos minutos me llamaste insistentemente y estoy segura que no utilizaste ese honorífico —le respondió ella con intención de avergonzarlo. En sus años de juventud amaba incomodarlo con eso luego del acto, pues sabía que en el momento no era capaz de pensar en esas cosas y terminaba llamándola insaciablemente por su nombre a secas, y eso la hacía sentir aún más cerca de él. Efectivamente al chico se le subieron todos los colores a la cabeza al recordar el contexto.
—¡Siempre con lo mismo! Ya te dije que no lo hago a propósito, lo siento.
—¡Es broma! En realidad me encanta, no dejes de hacerlo —le respondió para tranquilizarlo.
—Yo... Creí que esto no volvería a suceder jamás. Me haz hecho inmensamente feliz —dijo de pronto.
Por toda respuesta, ella le tomó la mano libre y jugó acariciando sus dedos con los propios.
—Te lo prometo, estaré a tu lado mientras así lo desees.
—Claro que lo quiero, quédate junto a mí para siempre.
—No te voy a decepcionar. No importa lo que suceda, te voy a acompañar y a proteger, Saori-san, te lo juro —le dijo totalmente convencido de sus palabras.
—Lo sé, Seiya, siempre lo haz hecho y confío plenamente en ti, estoy muy feliz de tenerte de regreso, no imaginas cuánto.
—Sí, sí, creo que ya lo demostraste hace un momento... —le quiso devolver la mano, y ella rió, avergonzada.
Esa noche durmieron abrazados, desnudos bajo las sábanas, inmersos en el olor fresco del bosque de la isla y siendo arrullados por el sonido calmo del mar.
Algunas horas después toda esa felicidad se vería opacada.
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A la mañana siguiente, un relajado jovencito viajaba en su bote camino a su hogar. Tendido a lo largo de la embarcación, con los brazos tras la cabeza y la vista perdida en el cielo, ordenaba sus ideas.
Había decidido regresar para hablar con Saori-san, porque después de su visita en el hospital, meditó las cosas un poco mejor. Estaba seguro que no volvería a usar la cloth de pegaso, que no era la persona indicada para esa labor y que no había más que hacer ni discutir con eso, pero no quería abandonarla. Esa mujer se había esforzado tanto por cuidarlo... Sin ser su hijo le había entregado el amor incondicional de una madre, una infancia feliz, y no creía ser capaz de pagar tanta dedicación.
Logró su salida del hospital esa madrugada gracias a su porfía. Luego de un altercado con el personal de salud y al verlo sin signos de gravedad, el médico no pudo más que darle el alta al testarudo y obstinado protegido de los Kido. Sí, tuvo que aplicar algunos trucos y amenazas, pero lo importante es que ya estaba fuera de ese terrible lugar.
Lástima que para esas alturas Yuna no estaba allí. Le habría gustado visitarla, pero mejor ir por partes, y lo primero era ver a Saori-san.
Llegando al muelle se encaminó directo a la casa que conocía como la palma de su mano, pero algo le llamó la atención, presintió que Saori-san no estaba sola y su visita no se trataba de Tatsumi.
Cuando el muchacho llegó a casa, encontró a Seiya terminando un trozo de pan en la mesita de la cocina, donde había además otro puesto con otro un plato usado y una taza sucia vacía. ¿Qué hacía él ahí?
Seiya se apresuró en levantarse a saludar al muchacho, y un tanto incómodo le ofreció algo para comer, pero el chico no respondió. Escuchó con atención el agua que caía desde el baño privado de la habitación de Saori.
Un vistazo rápido a todo el lugar, y bastaron unos pocos segundos para que sus neuronas hicieran conexión. No había mucho que analizar.
La primera impresión lo descolocó tanto que no pudo ni saludar a su antecesor. Conocía tan bien a Saori-san que nunca en su vida se le habría pasado por su cabeza verla en una faceta distinta. Eso sin contar que no era un hombre cualquiera...
Cuando pudo reaccionar, le pareció que todo ese sentimiento de furia regresaba a él. Se sintió engañado por Saori-san, dolido, sorprendido... ¿Cómo es que él no sabía? ¿Qué más le escondían? ¿Sería que él se estaba aprovechando de ella? No lo creía posible, quizás estaba exagerando, ella no lo permitiría, ¿o sí?
La mirada que Seiya recibió del chico lo desconcertó, y supo que la cosa no iría bien.
—Saori-san debe estar por salir, estará feliz de verte —le dijo para intentar llegar al muchacho, pero no obtuvo la respuesta deseada. No fue ni por lejos el encuentro que esperaba con el jovencito.
El chico sólo le lanzó una mirada de odio con toda la rabia contenida, para luego dar media vuelta y salir por la puerta principal de regreso al muelle.
—¡Koga, espera!
—¡Dile que estaré en la mansión! ¡Si quiere, que vaya a buscarme por allá! —le gritó desde afuera, justo antes de cerrar la puerta de un golpe y salir corriendo a toda velocidad del lugar.
Seiya se dejó caer sobre la silla para, literal, tragarse el último trozo de pan.
—¡Qué mocoso! —vociferó con enfado, aunque en realidad se sentía avergonzado por la situación.
Pocos minutos después, Saori salió del baño con un vestido limpio y sencillo, algo más largo que el del día anterior. Llevaba el cabello mojado.
—¿Qué sucedió? ¿Dónde está Koga? —preguntó con preocupación. Seiya se encogió de hombros, sus mejillas un poco teñidas.
—Creo que no esperaba verme aquí.
—Lo siento, no lo esperaba hoy en casa —le dijo con preocupación y algo de vergüenza también.
Ese día todo cambió con Koga. Toda la admiración que alguna vez sintió por el guerrero legendario, se transformó en un indeseable rechazo. Se sorprendió de sí mismo al darse cuenta que, si de él dependiera, no volvería a cruzarse con él en toda su vida.
Y en cuanto a Saori-san... Con esfuerzo había logrado superar el hecho que no le hubiese dicho sobre Atena y todo lo que involucraba. Se sintió traicionado esa vez, y poco a poco se esforzaba por entender sus razones, pero con esto... Ya no sabía qué pensar de ella. Siempre se preguntó porqué se mantenía sola y alejada de otros hombres, porqué no buscaba una pareja. Lo que no se imaginaba era que el motivo fuera él...
Definitivamente no regresaría al santuario.
A los pocos días, Saori decidió regresar al sitio sagrado, y Seiya junto a ella. Quería a Koga en casa y esperaba su regreso a la isla, pero estaba segura que no lo haría con ellos ahí. Además estaba lo de Palaestra. Decidió quedarse en el santuario, y debía aceptar que con algo de cobardía, porque no se atrevía a enfrentar al chico.
Al poco tiempo Koga tuvo una revelación. Tal como dijo Seiya, no pudo hacer a un lado su destino. Aunque se rehusaba a la responsabilidad de su cloth y constelación, no pudo evadirlo.
Aún con algunos signos de la guerra anterior, con unos parches sobre la piel y con el peso de la cloth sobre sus hombros, se vio obligado a ir a ese lugar. Y cuando se reencontró con ella se sintió feliz.
—¡Saori-san! —la llamó con una sonrisa, hasta que notó su rostro cansado, un brazalete extraño en su brazo y la preocupación en su rostro.
Para hacerlo aún más difícil y confuso, Seiya estaba con ella. ¿Es que ese tipo no la dejaba tranquila?
—Ok... No te separes de Saori-san, por favor, me enfadaré contigo si algo le ocurre.
—No tienes que decirlo, mi trabajo como santo es protegerla —le respondió con autoridad, preguntándose si realmente el chico podía enfurecerse aún más con él...
Y en cada oportunidad que Koga visitó a Atena en el santuario, junto a ella se encontraba el santo de Sagitario. Y cada vez se sentía aún más incómodo y enfadado con la situación, pero nada podía hacer. Por el momento su trabajo era ignorar su malestar y luchar por un bien mayor.
Ellos no lo sabían, pero los tres caminaban un sendero de fuertes aprendizajes.
Koga tendría que madurar, no le servía de nada lamentarse. Sus temas personales ya serían resueltos, lo primordial era la seguridad de Atena.
Seiya se sentía como un real fracaso. No dejaba de pensar en esa noche, en sus propias palabras, "No te voy a decepcionar, Saori-san, te lo juro", pero eso no valía de nada. En el momento de la verdad no fue más que un cobarde incapaz de cumplir su promesa y proteger a la mujer que amaba, a su diosa. ¿Para qué había regresado? Incluso la oscuridad parecía un lugar más propicio para él, su regreso sólo lo convertía en un estorbo y había desencadenado lo inimaginable. Pero lo iba a enmendar, ¡claro que sí! Aunque la vida se le fuese en ello.
Saori comprendió que la guerra sería una constante en su vida. Atena era el símbolo del sufrimiento, porque donde ella esté, habrá guerra, y también personas sufriendo. Si bien siempre buscó escapar de ello, no pudo evitar el dolor de Seiya, de Koga, de sus seres amados. Supo que no podría escapar esta vez, debía prepararse para luchar, y sería imposible hacerlo sin ellos, porque Saori los amaba y los necesitaba a su lado para levantarse cada vez que la incertidumbre le golpeara el corazón y la llenara de dudas. Seiya y Koga serían todo para ella, y enfrentaría un nuevo desafío de la mano de ambos.
Y este fic ya cambio de rate 😅
Bueno, hay historias que parecen una excusa para hacer lemon, ¿este es un lemon con una excusa para hacer una historia?
Hahaha nooo. Nunca tanto.
En realidad quise darle un giro o un motivo para el extraño comportamiento que vimos de Koga por Seiya entre el final de la primera temporada y el inicio de la segunda.
Por otro lado, asirse experimenta con mi primera temática adulta. ¿Que les parece? ¿En qué puedo mejorar? Necesitaba ya hacerlo y para practicar qué mejor que estos dos y un one shot.
Además quise retratar lo que sucedió con Seiya, según el punto de vista de una persona que desaparece de un sitio por más de 12 años. ¿Te imaginas desaparecer por ese tiempo, y despertar más de una década después? ¡Qué confusión!
Me encantaría leer sus opiniones. Muchas gracias por leer, espero se hayan entretenido con esta historia que no tiene tantas aspiraciones más que a estos dos.
❤️
