Son todavía 9 capis los que faltan! Chale! xD

Y la mayor razón por la que no pude postear este capítulo antes fue porque el es #$"% internet estuvo fallando además de la interfaz de la página, lo cual lejos de guardar lo que escribía, lo borraba. Y tengo que admitirlo, llegó un momento en el que me harté de reescribir la historia al grado de que lo último es bastante sloppy, so... beware! and I'm sorry?

Hate the casualties not the writer please!


FADED

MELISSANDRE

"El príncipe que fue prometido"

Durante toda su vida, Melissandre había atesorado ésa frase como si la verdad absoluta se encontrase oculta tras ésas palabras. Era una misión de vida que tendría que aceptar tan pronto se convirtiese en una sacerdotisa roja. Desde que era una niña, el señor de la luz la había llamado a servirle, mandandole sueños proféticos y secretos a través de las llamas del fuego sagrado.

Pero cuando llegó a sus 17 años, empezó a tener visiones estando despierta, ajena incluso de mirar las llamas danzantes del hogar. En todas ésas ensoñaciones ella había visualizado a una niña gris corriendo sobre un manto de nieve que de a poco se manchaba de sangre y la niña se convertìa en un lobo.

Fue entonces cuando el sacerdote al que estaba a cargo, le indicó que su misión sería buscar a ésa chica gris y descubrir la relación que tendría con el príncipe prometido y la segunda gran guerra. Porque ésta última debía suceder, nada de lo que hicieran podría detenerla; pero el que la misma se hiciese eterna o culminase en la elección de un camino que uniría al mundo, dependía de encontrar a ése mesías.

Cinco años después, Melissandre aún no tenía una respuesta clara y las visiones habían comenzado a desvanecerse. Para entonces su pronunciación como servidora del señor de la luz pendía de que recibiese un mensaje del mismo. Pero no había habido ningún mensaje. Fue en diciembre cuando ésto cambió.

Melissandre se encontraba entonces en Volantis. El fuego crepitaba en la chimenea, afuera nevaba pero adentro el ambiente estaba cálido. La desesperación y la desilusión habían empezado a agobiar a su frágil corazón cuando las llamas bailaron entonces, elevándose frente a sus ojos. Y entonces el mensaje se le entregó...


"Querido Jon,

¿Dónde estás?

Apenas ayer te tenía en mis brazos... Estabas llorando porque no me encontrabas... Tuve que abrazarte fuerte, muy fuerte, tan fuerte... tan fuerte que acabaste por convertirte en agua entre mis dedos... No puedo alcanzarte.

El mundo en el que estoy, es un mundo ahogado; estoy hundida en un mar que no tiene fondo. No hay luz ni sombras, pero se siente paz, todo es cálido y frío al mismo tiempo. ¿Te has sentido así, Jon? El mundo a mi alrededor se desvanece. Corro de un lado a otro entre fragmentos de nuestros recuerdos que se rompen en miles de pedazos... Tengo miedo de olvidarte.

Tengo mucho miedo pero...

Tú ya no estás aquí.

Te perdí aquél día en que solté tu mano... No sabía lo que hacía, lo juro...! ¡Estaba confundida y herida por tu silencio! ¡Estaba enojada! ¡Molesta! ¿¡Por qué tenías que irte Jon?! ¿Por qué?...

No quiero una corona, no quiero ser reina, nunca quise serlo. Pero estaba dispuesta si con ello conseguía el derecho de quedarme a tu lado, conocería el mundo de la mano contigo, seríamos uno... Fuimos uno...

Ahora no sé ni quién soy. ¿Quién debería ser? Pintaste cada recoveco de mi alma con los colores de tu corazón; palpitante y vivo, rojo e intenso. Todo era intenso contigo. Tu sola presencia me consumía, tu mirada, tu calor, tus manos... Te odio por hacerme añorarte, me he vuelto patética, una mujer que llora la ausencia de su hombre... Lo he perdido todo... Mi vientre está vacío.

¿Dónde estás, Jon?

Han ido quitando trozos de mi mente, me cuesta dibujar tu rostro; ayer sellaron puertas de la casa que conforma mi subconsciente, retiemblan los cimientos, se destroza el mundo que construimos.

Sentí que estaba volando... llevada hacia las nubes.

¿Dónde estás, Jon?

Estoy a punto de desaparecer... y aún busco algo a lo que aferrarme...

¿¡Dónde estás?!

¡Jon!

...¿dónde estás?"


Melissandre dobló la carta, tras leerla por tercera vez aquél día. En ése momento era una mujer con una misión, debía encontrar la puerta de entrada para el enviado de la luz que acabaría con un reinado de anarquía y evitaría el que la guerra se volviese eterna. La carta que tenía en sus manos, no era de ella por supuesto; había sido un mensaje visto en las llamas, una pista que la guiaría hacia su destino.

Habían pasado 9 años desde que recibiera aquella visión y su mano escribiese por sí misma las palbras en aquél papel, mientras su mente visualizaba los pensamientos de la chica gris que había visto en su infancia. Lo que la mujer ignoraba, era que la carta aún no había sido escrita y que faltarían cerca de treinta años antes de que siquiera su dueña concibiera la misma.

...

Ahora se encontraba en una de las salas del castillo de Valyria, en el ala este donde los aposentos de la familia real se encontraban. Esperando mientras pensaba que se acercaba al camino correcto hacia su destino.

-Bienvenida mi señora -Le saludó uno de los guardias -Su alteza la recibirá en un momento

Melissandre observó la sala, no tan grande como originalmente había previsto, ni tan ostentosa como se decía que eran las salas de palacio. Aunque elegante a su manera, cualquier aristócrata podría tener una pequeña habitación similar a ésta, pensó.

-Lamento la demora

-Su alteza

En ése momento entró el por siempre príncipe, hermano del actual rey Aeris, Maekar. A su lado y dos pasos a sus espaldas se encontraba el heredero al trono.

-Melissandre, la sacerdotisa roja de Volantis. Sin duda los rumores no le hacen justicia mi señora, es usted aún más hermosa de lo que se presume.

La mujer hizo la reverencia apropiada.

-Su alteza me halaga. ¿Es él el chico? -cuestionó, prestando atención al joven de no más de 13 años, cuyos rasgos targaryen lucían amenos y contrarios a los de su estirpe.

-Lo es. Demasiado taciturno para mi gusto, pero lo es. -Luego miró a su sobrino. -Saluda muchacho

El aludido se irguió entonces, estirándose en toda su altura y elevando el semblante. La mujer contuvo el aliento al ver lo regal que resultaba el chico entonces.

-Buen día mi señora.

-Buen día su alteza, es un honor el conocerlo.

El corazón de la mujer latía con fuerza, preguntándose si sus corazonadas eran certeras y estaba descubriendo al mismísimo príncipe prometido. Sólo el señor de la luz podía decirlo.

...

Sin embargo, a pesar de que Melissandre intentó instruir a Rhaegar y aunque estaba consciente de que la guerra no podría ser evitada; sentía que había un hueco enorme que no podía cerrar. ¿Cómo encajaba la carta dentro de todo el complot? Y también, ¿de qué manera Rhaegar podría ser a quien ella estaba buscando? ¿Sería acaso que lo había entendido todo mal? No había visto a ninguna chica gris en todo el tiempo que llevaba al lado del príncipe coronado y tampoco a nadie bajo el nombre de Jon que pudiese tener valor para el mismo.

-Melissandre

Rhaegar la encontró en el jardín aquella tarde. El verano se había asentado en las costas de Valyria con mayor fuerza que los años anteriores, y la mayoría prefería estar al aire libre que encerrado en el palacio.

-Su alteza -saludó.

Rhaegar se sentó a su lado en la fuente, su semblante melancólico como siempre.

-Siempre cargas esa carta contigo y la lees siempre que puedes estar sola.

-¿Su alteza encuentra interesante el observar a una dama sin su consentimiento?

-No era mi intención -se apresuró a disculparse.

Ella lo observó.

-Príncipe Rhaegar, sois siempre tan ingenuo.

El aludido sonrió aunque la sonrisa no alcanzó los ojos. La pelirroja estaba consciente de que el muchacho había resultado ser un genio, pero le faltaba coraje, y era por eso mismo que ella había comenzado a tener sus dudas.

-¿Es de alguien a quien amabas? -cuestionó él sacándola de sus pensamientos.

-La carta no es mía. -Contestó directa. -Pero vuestra alteza ya sabias eso, ¿por qué el repentino interés después de casi diez años de conocernos?

Rhaegar suspiró. Era cierto que la mujer llevaba casi una década instalada en Valyria, en el castillo como una invitada de su tío Maekar, a pesar de que la Corona no rendía culto a los 7, Aeris no parecía tener problema con las desviaciones de su hermano, como él las veía; de ahí que llevase tanto tiempo con ellos, que incluso su forma de hablar era ya una mezcla con la del país.

-Como sabes, me he comprometido.

Ella asintió.

-La princesa Elia es una buena elección, como mujer y como peldaño político. Pero no la amáis, ¿es eso lo que os preocupa?

Siempre tan acertada, pensó el príncipe.

-No exactamente. -Confesó. Después de todo, no estaba tan en contra de aquél enlace. -He estudiado las profecías en las que me has instruido y tengo la sospecha de que el descifrar algunas de ellas será imposible en este lado del mundo. Siento que la respuesta está un lugar opuesto a Valyria.

-¿Habeis tenido otro sueño?

Durante los años en lo que había visto crecer al príncipe, Melissandre tenía la certeza de que, incluso si él no resultaba ser el príncipe prometido, él sería una pieza clave en la guerra por venir; y aún más cuando el chico comenzó a tener sueños proféticos, igual que había sido con ella.

-Algo así. -Contestó. -Pero has sido tú quien me ha instruido. Debo confiar en que si hay otro camino que deba seguir, tú me lo dirás, ¿no es así?

Él la miraba directamente, de modo que la mentira fue dicha así.

-Sí, su alteza.


Melissandre sabía que lo que Rhaegar pedía era que le salvara de alguna manera de dar un paso en falso, o de que le convenciera de que lo que estaba por hacer sería lo correcto. La única forma en la que ella pudiese tener ésa certeza era si ella misma veía tal respuesta en las llamas. Pero entonces las llamas permanecieron en silencio, aún cuando viajaron a Dhorne y conocieron a la susodicha princesa, aún cuando el principe Rhaegar ya no se veía tan desesperado; Melissandre volvió a intentarlo.

Pero la respuesta que recibió entonces, fue la imagen de una mujer que tenía fuego en el cabello. La piel blanca y los ojos azules como un río que conecta con el océano.

-No eres un alma de esta era. ¿Qué mensaje traes?

La mujer la miraba sin verla y su semblante lucía esperanzado.

-Debes llevarlo al Norte. Donde los lobos aúllan y danzan bajo la luna. Donde la nieve cae hasta cubrir el suelo en un manto blanco, donde los árboles sabios lloran sangre y los niños del bosque prenden fogatas para alejar al caminante blanco... Allí encontrará a su reina.

Entonces, Melissandre ignoraba que el alma de la mujer del futuro que la había visitado se llamaba Catelyn, y que la misma no estaba hablando de Rhaegar...

Sino de Jon.

El verdadero dueño de la carta que ella aún guardaba junto a su corazón.

...

Sin embargo, todo era parte del plan, y todos los caminos llevarían al mismo castillo.

Fue por esto que ella, al seguir viendo en las llamas vislumbró la oportunidad que había estado pidiendo el príncipe melancólico y sin saberlo ella misma también.

-Habrá un revuelo en Westeros causado por las Islas de Hierro. Si intercede ahora, no sólo encontrará grandes aliados en naciones poderosas, sino que se hará de tierra nueva para vuestra nación.

Aeris tan codicioso como siempre había sido, no tardó en aceptar la sugerencia de la mujer, incluso si la misma profesaba una religión diferente de la de él. Como él no podía abandonar el país, había mandado a su propio hijo al frente, si el mismo moría todavía le quedaba uno, pensaba el soberano.

-No puedo creer que convencieras a mi padre.

A estas alturas, pensaba Melissandre, no deberías de sorprenderte. -¿Os asusta la guerra? -preguntó en su lugar.

-No realmente... Me asusta lo que estas manos puedan hacer con tal de mantener mi cuerpo con vida.

Ella le tomó ambas manos en las suyas propias.

-Encontrareis las respuestas en vuestra última batalla.

Y lo había hecho.

Habían ganado con bastante facilidad y el resto de Westeros se había visto agradecido de su intervención en el asunto. Los piratas quedaron reducidos y los saqueos se eliminaron casi por completo.

Pero había sido en esa ultima batalla cuando el dragón había conocido a una loba que lo cautivó al grado de renegar de su compromiso.

...

Melissandre lo había visto y, ni lenta ni peresoza, había expuesto la posibilidad ante Maekar, quien les hubiera acompañado en la travesía de la guerra.

-Él ya está comprometido. -había tratado de razonar el hombre.

Pero la pelirroja ya tenía su plan trazado y no había forma de que éste se viniese abajo.

-Es cierto, todavía no está atado a un matrimonio, el compromiso será fácil de deshacer.

Discutieron durante un largo rato, en el que sólo Maekar pareció perder los estribos, la sacerdotisa roja se mantuvo tranquila y éso sólo hizo dudar al hombre. Al final, había optado por escuchar por una vez, la decisión de su sobrino.

-¿Es esto lo que quieres?

Rhaegar había asentido de inmediato.

-Quiero casarme con ella... con Lyanna. Lyanna de la Casa Stark.

No era ningún secreto, que la loba deseaba lo mismo.


Mientras el tiempo pasó y de vuelta en Valyria, y tras el nacimiento del primogénito del príncipe coronado Rhaegar, Melissandre ya no podía seguir negando el que el príncipe prometido no se encontraba ahí.

Precisamente tras el nacimiento del niño, Rhaegar le había confrontado en el respecto.

-No fui yo, ¿cierto?

Ella se quedó en silencio, mirando el paisaje que el balcón le permitía ver entonces, las aguas agitándose en el océano.

-¿Quién entonces?

La aludida finalmente se giró a verlo.

-Vuestra alteza debería estar feliz de haber conseguido lo que su corazón anhelaba. No debería hundirse en más conjeturas sobre las profecías, no ahora que ha sido nombrado príncipe coronado y se ha hecho oficial su herencia al trono.

Ésa misma tarde se había llevado a cabo la ceremonia y anunciado el retiro anticipado del Rey Aeris, quien dejaría el trono en favor de su primogénito. Las tensiones de la guerra civil ya se sentían en el ambiente, y lo que el parlamento pretendía era reducir las posibilidades de un golpe de estado, lo cual era un vano intento, dado que las divisiones eran cada vez más claras.

-Hay una razón por la que me instruiste y creo en el bien mayor. No puedo simplemente hacerlo a un lado.

-¿Por qué creeis que no sois vos? -Cuestionó ella en su lugar.

Rhaegar suspiró.

-La Segunda Gran Guerra no ha estallado.

El semblante de la sacerdotisa perdió la tranquilidad, enseriándose hasta fruncir el entrecejo en clara molestia y advertencia.

-Cuidado príncipe, no deberías invocar un conflicto ahora. El señor de la luz podría interpretarlo como un deseo.

Él apretó las manos.

-No he evitado nada entonces.

-Vos no. -Asintió. -Pero sin duda sois parte del plan de salvación. Tenga fe.

Renuente él terminó por asentir.

...

Tras aquella conversación, se le permitió a la sacerdotisa entrar a la habitación de la reina. Melissandre sabía por las llamas que ésta no viviría más allá de un par de días más, pero se había guardado esa información consciente de que no haría bien a nadie el saberlo, no había cura para su destino.

-Felicidades por vuestro nuevo bebé -felicitó sincera. Incluso si ella nunca llegaría a ser madre y ni siquiera saboreaba la posibilidad, amaba la vida misma y era la razón por la que seguía al dios de las llamas.

-Muchas gracias Melissandre. -Agradeció Lyanna, tan hermosa aún a pesar del cansancio del parto. -¿Ya te he dicho su nombre?

-No, no lo habeis hecho. Pero he escuchado el anuncio.

Lyanna puso los ojos en blanco, evidentemente molesta.

-Oh sí, Jahaerys II Targaryen. -Comentó y luego volvió a sonreír. -Pero no. -Melissandre la miró con curiosidad, no era raro que la realeza tuviese más de un nombre, al contrario, era un honor recibir nombramientos de reyes pasados; pero conociendo a la Stark y teniendo conocimiento de que las tradiciones norteñas eran diferentes, supo interpretar que había algo peculiar con el segundo nombramiento. Más aún con la sonrisa llena de afecto que portaba la mujer norteña. -Su primer nombre es Jon.

...

"¿Dónde estás Jon?"

...

El corazón le dió un vuelco en el pecho. Y las llamas se encendieron en su psique. Éste era el niño que ella estaba buscando, él era el príncipe prometido y el trabajo de ella ahora sería el mantenerlo con vida hasta que el mismo pudiese abrirse camino por sí mismo.

-Visitareis a vuestra familia, supongo -comentó Lyanna, sacándola de sus pensamientos.

-Tan pronto esté lista lo haré. -Asintió Melissandre, tenía mucho trabajo que hacer. -Que el señor de la luz os ilumine el camino. -Fue lo último que le dijo.

...

Se fue antes de que la princesa muriese, antes de que pudiesen culparla de no haber sido capaz de salvarla, lo suficientemente a tiempo para que en vez de eso lamentaran su partida.

Ahora estaba de frente con la muerte misma.

-Es extraño recibir a una sacerdotisa roja en la Casa de Blanco y Negro. Normalmente su señor de la luz se encarga de sus propios quehaceres. A menos que éste sea uno de ellos.

-Todos bailamos en la misma pista de baile y bajo el mismo reflector. He dejado a alguien a mi cargo en Valyria, puesto que esto es mucho más importante.

Vida y Muerte cara a cara. Melissandre sabía que la casa de Blanco y Negro no le negarían ayuda.

-La escucho mi señora.

La sacerdotisa entregó la carta al hombre sin rostro, quien inspeccionó la misma de inicio a fin, desde el material del papel en el que estaba escrita hasta la caligrafía misma.

-Esta carta no es suya, y aún así ha sido escrita con vuestra letra.

La mujer arrugó el gesto, casi en tono acusatorio.

-Quitar trozos de la mente... es cosa vuestra, ¿no?

El hombre sin rostro sonrió de medio lado.

-La chica todavía no está aquí. -Declaró.

-Pero lo estará. Nombra tu precio.

El hombre dedicó otra mirada furtiva a la carta que aún tenía entre sus manos, la misma emitía un tipo de poder antiguo, había magia oscura en las líneas negras.

-Normalmente no se nos paga por mantener a la gente con vida. Mucho menos a una que todavía no nace.

-No estoy pidiendo eso. Por el contrario, matarás a todo aquél que pida por la vida de ella o la de él.

Él la miró un instante confuso antes de entender a lo que ella se refería.

-¿Él? El chico Jon que es mencionado aquí.

Melissandre asintió.

-Confío en que el dios de los muchos rostros, les muestre a ambos; de lo contrario todo este lugar no será más que la burla de un circo y una tremenda decepción.

Aquello era un reto, uno que la Casa de Blanco y Negro no estaba dispuesta a dejarse vencer.

-Puede confíar, dulce sacerdotisa roja, que no hay rostro que el dios de la muerte no conozca.

-Ya lo veremos.

Acto seguido, recuperó la carta y se preparó para pagar el precio de sangre requerido. Estuvo atrapada durante cerca de cuartro años cubriendo la cuota que había sido fijada por las vidas del príncipe Jon y la chica gris. Pero quien pudiera ser ella era una búsqueda basada en predicciones y supuestos; empezando por las áreas de la nobleza en la que se movía el príncipe targaryen y su familia, hasta las líneas lejanas del Norte; pero ahí los dioses antiguos se negaban a revelar sus pasos.

Tras el tiempo que estuvo encerrada, la sacerdotisa entendendió que de momento lo único que podía hacer era atender al príncipe y cuidar que el corazón del mismo se hundiera lo suficiente como para amar con desventura.


Sin embargo, con el trascurrir de los años y su reciente ausencia, otros llegaron a querer tomar su puesto. Y con la demencia del rey Aeris empezando a hacerse presencia en la corte, cada vez resultaba más difícil moverse con libertad por el reino de los dragones.

Una de estas indeseadas nuevas presencias, había sido la de Varys quien había sido asignado a la compañía de la princesa Daenerys. Un verdadero dolor de cabeza que en constantes ocasiones ponía en tela de duda las visiones de la sacerdotisa roja.

-¿No podrías aceptar que quizá el príncipe era en realidad una princesa?

Ésta era una de ésas veces.

Jon y Danny estaban en uno de los patios de palacio, ambos chicos entrenándose en varias artes de autodefensa y no se podía negar el potencial que ambos niños mostraban. Melissandre sin embargo, le miró con evidente molestia en su semblante, seria como raras veces solía portarse.

-¿Ha escrito ella la carta?

Ahora fue el turno de Varys de mostrarse molesto.

-No. No lo ha hecho. Pero yo no creo en el señor de la luz para empezar.

-Entonces no sugieras nada sobre mis profecías. -Le interrumpió, ambos miraban desde uno de los pisos superiores el desempeño de los príncipes.

-Pienso que pierdes el tiempo. -Intentó provocarle.

Aunque en vano.

-A veces es necesario un espacio de ocio. -Contestó tranquila, fijando la mirada en Jon y pensando que Daenerys no era para nada una chica gris.

-¿Por qué no puede ser ella? -Volvió al tema, no era un secreto que el rey de los suspiros deseaba poner a Daenerys en el trono, aún a pesar de que por derecho de sucesión ella quedaba fuera por ser mujer.

Melissandre finalmente le miró en serio, sin una pizca de molestia en su rostro, tomando a Varys por sorpresa.

-Porque él no la ama. -Contestó.

Dejando al eunuco sin palabras.

...

Cuando las muertes comenzaron en Valyria, Melissandre fue la primera en advertir a Maekar del peligro que correría el príncipe heredero si permanecía en la capital. Sabía que Maekar entendía que la mujer ya no tenía interés en Rhaegar pues no era la persona que ella había estado buscando, pero el hombre halló comforte en saber que al menos su nieto estaría a salvo. Siguiendo el consejo de la sacerdotisa roja, a la vez en que ésta se guiaba del recuerdo de la emisaria de cabellos de fuego y ojos azul océano; se convenció a Rhaegar de mandar a Jon a Winterfel.

-Lamento que tengas que ocultar quién eres.

Jon la encontró aquél día luciendo un traje negro y un rostro más viejo; medidas que tuvieron que tomarse una vez Aeris comenzase con su cacería de enemigos.

-Jamás dejaré de ser quien soy, incluso si mi apariencia cambiase.

Jon asintió, antes de poner atención nuevamente en el papel entre las manos de ella.

-Padre no mentía. Siempre llevas ésa carta contigo. Debe ser muy importante. -Señaló, el brillo de curiosidad era evidente en sus orbes grises.

Melissandre asintió. Llevaban apenas una semana instalados en el Muro, la mujer se había reunido con él días después de su llegada debido a que el Norte no era partidiario del señor de la luz, incluso si ella era una enviada del mismo Rhaegar.

-Lo es. Y lo será para ti también, algún día. -le dijo.

Ella no le permitió cuestionarle más, por supuesto, había cosas que todavía no debían de saberse y el corazón del príncipe era todavía muy joven. Su amor por la chica gris no debía ser predispuesto ni mucho menos apresurado, eso sólo podía generar el resultado contrario al deseado. Razón por la que la sacerdotisa estaba convencida de que el príncipe debía esconderse aún más al Norte, pero ¿cómo convencer al Rey Stark?

Su respuesta le vino en otro sueño en las llamas.

...

"Querido Jon,

Ayer tomé la decisión de olvidarte. Incluso si hago algo tan cruel, tengo la certeza de que no me odiarás por salir huyendo. Incluso si llegases a gritarme, a decirme que soy una tonta... al final me dejarías hacerlo, ¿cierto? Especialmente si supieras que no vas a volver... Yo tampoco te odiaría si decidieses abandonarme, jamás podría sentir por ti otra cosa que no fuera amor.

Jamás seré la dama que esperará por su caballero en su blanco corcel. Y sin embargo, durante el tiempo que estuviste en Valyria me sentí justo así, y sentí que te odiaba por eso. Aunque el bulto en mi vientre me llenaba de paz y me decía que valía la pena, por él...

Ahora mi vientre está vacío. Y tú has desaparecido.

Jamás me quitaría la vida, lo sabes. Pero, deseo acabar con esta vida. Rob lo entiende y va a dejarme hacerlo, va a dejarme ir a pesar de lo mucho que lo hiere. Soy un monstruo egoísta pero me rehuso a seguir siendo un caminante sin vida.

Te extraño Jon... ¡Te extraño!

¿Dónde estás, Jon? Quiero alcanzarte... Quiero creer que esta vida al desvanecerse se unirá a la tuya en la muerte. Pero cómo saberlo!?... Te has ido.

¿Dónde estás?"

...

Melissandre finalmente lo había entendido. La chica gris no era de Essos, y la emisaria de sus sueños era Catelyn Stark. Al dar con la identidad de ésta última había sido capaz de vislumbrar dónde y quién podía ser la chica gris.

No era secreto que Brandon Stark no había tomado esposa debido al amor unilateral que había sentido por su prima Lyanna. Tampoco lo era el que el mismo deseaba recuperar a su sobrino para el Norte, enderezar la línea como él decía. Melissandre usó esto en su favor para convencer al hombre de que una unión entre su sobrino y una de sus sobrinas, hijas de Eddard Stark podrían ser la respuesta que llevaba años buscando. Pero consciente del peligro que dicha unión pudiese representar si descubría antes de tiempo, lo ideal era mantener al chico oculto en el Muro.

No podía permitir que un amor que sería épico se enfriase antes siquiera de empezar...

Fue así que Melissandre se dedicó a cuidar de las chicas Stark, tratando de discernir cuál de ellas sería la destinada a convertirse en el corazón del príncipe targaryen, un corazón que necesitaría para evitar convertirse en el villano que traería la destrucción del mundo como lo conocían.

Su respuesta llegó cuando la noticia de la muerte del Rey Brandon sacudió a todo Westeros. De pie afuera de Castle Black, tal como su señor le había dicho, esperaba a la chica gris que saldría al patio lleno de nieve recién caída.

Cuál fue su sorpresa, al ver a la más pequeña de las princesas Stark, escabulléndose de sus hermanos hacia el patio. Se miraba perdida.

-Dulce niña, ¿a dónde vas? -le llamó.

Arya se sobresaltó al notarla por fin, pero se recompuso al instante para sorpresa de la mujer, quien en ése momento evaluaba el carácter de la misma.

-Sólo quiero explorar, no voy a hacer nada malo. -Declaró en tono fiero.

Melissandre le dedicó una larga mirada antes de responder. Observó la determinación en el semblante de la niña y cómo, a pesar de la duda y el temor que se reflejaba en su psique, mantenía una postura rígida como dispuesta a enfrascarse en una pelea de ser necesario. Pero lo que más le llamó la atención fueron sus ojos, grises, grises como una tormenta en el océano.

-¿Os gusta escalar? -Inquirió.

-¿Cómo lo supiste?

Ella sonrió.

-Hay una zona boscosa en el Castillo Negro, si gusta, os puedo guiar hasta ésta. -Ofreció, consciente de que el encuentro se llevaría a cabo justo ahí. -Hay muchos árboles para escalar. -Le tentó.

Arya le siguió sin refreno alguno.

...

Tal como lo predijo, el encuentro se hizo. Las llamas bailaron con aprobación, el señor de la luz estaba contento de enfrascarse en duelo con los dioses antiguos del Norte y al mismo tiempo con la elección hecha. El corazón del príncipe había sentido un atisbo, una chispa de calidez que lo anclaría sin duda por y para siempre a la chica de ojos grises.

Más pronto que tarde, el príncipe Targaryen entró rumiando a sus aposentos, azotando la puerta al entrar y sin importarle el que estuviese siendo grosero ante la presencia de ella, sentada cerca del fuego, con un libro abierto entre las manos; la nueva carta oculta entre las páginas de éste.

-¿De regreso tan pronto? -Le dijo la mujer con cierta burla. -Pensé que como su alteza estaba tan molesto, le tomaría todo el día y la noche el desahogarse. Como es, ni siquiera es la hora de la cena. -Señaló.

Jon bufó antes de dirigirse hacia la ventana, todavía con el semblante en el suelo y molesto. Ahora Ser Barristan y Melissandre eran los únicos de su guardia que seguían sin esconderse al ojo público, pero habían (igual que el resto de su escolta) comenzado a distanciarse del príncipe; hecho que sólo le desquiciaba aún más al mismo.

-Me distraje -gruñó restringiendose a sí mismo, Jon no deseaba poner más carga sobre la sacerdotisa.

Ella elevó una ceja, contrario a lo que él pensaba ella quería enfrentarle.

-¿Con una pequeña dama? -tentó.

Él saltó al instante, mirándola con verdadera sorpresa y quizá hasta algo de culpa.

-¿Nos viste?

-¿Cómo pateaste el tronco y la hicisteis caer?, claro que sí -Contestó con cinismo para vergüenza del chico, cuyo rostro se coloreó de rojo hasta las orejas. -Aunque dudo que alguien más salvo la princesa salvaje se haya dado cuenta. No debeis preocuparte porque el hermano de la damita pueda mantenerlo en vuestra contra.

Jon, un tanto más calmado, frunció el gesto.

-Hablas igual que Ser Barristán -se quejó.

-Pero tengo muchos mejores fundamentos, de éso puede estar seguro. -Le dijo con seriedad. -Dele una oportunidad.

Él suspiró, sintiéndose vencido, acercándose a ella se paró frente al fuego. Las llamas danzaban con prisa.

-No puedo ir tras ella. Y no deseo hacerlo. -Declaró.

-Quizá no ahora. -Aceptó ella. -Pero después con certeza lo hará. -Le aseguró, él la miró con cierta intriga, Melissandre sabía que él entendía que aquello era una premonición de las llamas, aunque incompleta. -Hágase un favor y no la rechace cuando sea ella quien lo busque a usted.

-Yo nunca... -Trató de defenderse, pero ella le cortó.

-El señor de la luz me ha ordenado que me dirija al sur. A partir de este momento estará solo, pero tenga la certeza de que nos veremos antes de su regreso a Valyria -le informó.

La mujer casi fue capaz de sentir la esperanza estirarse en el pecho del muchacho.

-¿Cuàndo será éso? -cuestionó emocionado.

-No pronto, me temo. -Contestó, casi arrepentida de haber destrozado las esperanzas del príncipe.

Se puso de pie entonces, dejando el libro sobre la mesilla baja frente a la hoguera, y caminó hasta él, le tomó una de las manos y le depositó un objeto pesado en ésta, duro y rugoso.

-¿Qué es? -Preguntó mirando.

-Es madera de pino blanco, tiene magia dentro de sí y de ahí su color. -Contestó -Su alteza necesitará de este pequeño tronco meses adelante de hoy.

Él la miró con evidente confusión en su rostro.

-¿Qué se supone que debo hacer con él?

-Un bonito regalo. -Le sonrió, dejándolo aún más confundido que al inicio. Y luego cerró ambas manos de él alrededor de la madera blanca. -Con vuestras propias manos. -Recalcó, clavando su mirada en la de él, casi como si estuviese echándole un hechizo encima.

Y quizá así había sido.

Pues Jon pasó cerca de tres largos meses tallando la figura de un dragón de hielo.


Melissandre se dirigió entonces al sur. La tormenta en los ojos de la princesa gris le había indicado el siguiente lugar al que debía dirigirse. Aunque no esperó tener una audencia directa con el rey, no podía decir que no le agradaba la cálida bienvenida que recibió por uno de los príncipes. Después de todo, Stannis Baratheon era conocido por ser una persona fría y distante. Aquello casi podía tomarse como un halago.

-En Bastión de Tormentas no rendimos culto al señor de la luz -Empezó él.

-Y aún así usted me llamó mi lord. -Sonrió ella.

Stannis la miró un instante antes de decidirse a ir directo al grano.

-Tengo una petición a tu dios. Y si escucha a mi plegaria, yo escucharé la suya.

La sacerdotisa sonrió, estaba tejiendo una red mucho más firme que la de la araña y sin duda podría ganarle sin problema. Durante el siglo anterior Westeros había caído en la decadencia, llenándose de reyes que sólo habían generado un mundo de caos. Las raíces del árbol de la realeza debían de ser sacudidas, al grado de poder plantar una nueva generación de reyes y reinas.

...

Stannis lo sabía, la razón por la que estaba entonces intentando discernir cómo acabar, si es que no podía evitar, la guerra civil que se avecinaba. Durante los siguientes meses previos a la guerra en alta mar, Melissandre fue partícipe de las reuniones de guerra.

-El chico es demasiado inocente. Y vuestros hermanos no lo son -Señaló la sacerdotisa.

No era un secreto que Gendry era una semilla llena de ingenuidad, la clase de idealismo que si bien puede ser una salvación para un pueblo bajo el yugo de una dictadura, muere antes siquiera de poder realizarse.

-¿Qué es lo que sugieres?

-Unirse a la causa de Winterfel y mandar al joven heredero Gendry Baratheon a un viaje de autodescubrimiento. Su lugar al igual que el resto de los herederos será el país de la nieve. Pero él deberá llegar a él por sus propios medios.

A su lado, el consejero de Stannis saltó al instante.

-¡No podemos abandonarlo, sería traición!

-Es, lo que se necesita para que el mismo sobreviva. -Recalcó la mujer, mirando el tablero en donde estaba una representación de Westeros, Stannis por su parte digería cada una de las palabras de la mujer aceptando la importancia de cada aspecto que ella mencionaba. -Le dará más gloria como héroe el haber estado al frente de la batalla y salir victorioso. Además de conocer las condiciones en las que vive su gente.

-¡¿Cómo puede asegurar que estará a salvo?!

-Porque usted lo ayudará Ser Davos.

El hombre entonces se quedó sin palabras, después de todo no tenía modo de negarse y mucho menos si era su alteza misma quien se lo ordenaba.

-La guerra civil está por estallarnos en la cara, además. -Recordó Stannis -Mandarlo por el paso de los reyes sería peor que mandarlo en el incógnito. -Dijo más para sí mismo que para los demás. -Le informaré a mi hermano.

-Como usted guste, su alteza. -Aceptó Davos a regañadientes.

Stannis abandonó la sala entonces, y Ser Davos se dirigió a la mujer con veneno en la voz -Más vale que no te equivoques, bruja.

Contrario al aire de amenaza que emanaba el hombre, Melissandre sonrió con complacencia.

-Ser Davos, será usted quien me pruebe inocente o culpable, será usted quien me dé la razón o me la niegue. -Le advirtió. -Será usted quien mantenga a salvo al chico o lo deje morir.

Ser Davos fue incapaz de decir nada más.


Casi tres años después, tras asegurarse de dirigir el curso de la batalla en Westeros, Melissandre tal como lo prometió volvió al Muro. Encontró al príncipe Targaryen en el árbol sangriento, aunque no rezaba, su semblante estaba perdido en la distancia.

-Oh, vaya... Os habeis convertido en un joven muy apuesto.

-Melissandre

Jon saltó a recibirla, pero ella le detuvo con una mano, nunca encariñada con las expresiones de afecto. El muchacho se detuvo a pasos de ella.

-Escuché que estais listo para ir a Valyria. Pelear al frente de todo, ¿quién lo diría? -Señaló con voz divertida, pero aún así resultaba difícil si de verdad estaba mostrándose verdaderamente asombrada o si solamente estaba siendo cínica.

Jon apretó las manos en puño.

-No puedo acabar con la guerra desde la distancia. -Declaró.

La mujer lo miró con detenimiento, apreciando cada una de las emociones enmarcadas en el semblante del chico.

-No. No puedes. -Le dió la razón, admirando la nueva figura del príncipe prometido. Una lástima que el mismo le perteneciese a una sola mujer, pensó. -Pero que vayas tampoco asegura el que ganes. -Le recordó. Jon se removió en su sitio, evidentemente incómodo. -Quieres preguntar algo. -Señaló.

-Varias cosas en realidad -aceptó él.

Melissandre tomó asiento en la roca en la que él había estado sentado antes, fijó la mirada en la distancia antes de volver a hablar.

-Empieza entonces.

A su lado, Jon inspiró con fuerza, armándose al parecer de valor.

-Tú sabías, que Arya era mi compañera

Melissandre ni siquiera intentó negarlo.

-Sí.

-¿Sabía mi padre-

-No -Le interrumpió. Consciente de las dudas que gobernaban el corazón y la mente del chico, era mejor disiparlas de tajo a permitir que cosecharan ideas erróneas, ideas que podían alejarlo de su destino. -Murió sabiendo la importancia de tu existencia y tenía la sospecha de que quizá contrayeras nupcias en este continente, pero no tenía modo de saber que sería una Stark; incluso si Lady Catelyn estuvo con él y puede que le haya dado un indicio.

-Y Lady Catelyn...

-Sí. -Volvió a interrumpir. -Antes de morir, los vio a ustedes dos juntos. Su fantasma incluso, me visitó en el pasado -confesó -Aunque entonces, no sabía que se trataba de ella, ni tampoco que su deseo se relacionaba a ti. Entonces ni siquiera habías nacido.

Un silencio los envolvió entonces. Un silencio pesado que agobiaba al príncipe mucho más de lo que podía alcanzarla a ella.

-Hay una pregunta que os da miedo preguntar -Señaló.

Jon se removió aún más incómodo, nervioso, casi con miedo antes de atreverse a preguntar.

-¿Perderé a Arya?

Mutismo.

Melissandre no podía hablar.

El aire silbó alrededor de ellos.

-¿Me perderá a mí? -Intentó una vez más, con la voz a punto de quebrarse, cambiando la pregunta si de verdad no podía recibir una respuesta directa.

Melissandre inspiró con fuerza. La carta en el bolsillo de su abrigo parecía arder. De pronto se sentía insegura, casi asustada.

-¿En qué cambiaría lo que estás a punto de hacer? -Cuestionó en su lugar. -En nada. -Contestó también.

Y luego se levantó hasta mirar de frente al muchacho. Levantó la mano derecha y señaló el pecho del mismo.

-Perderás tu corazón, Jon Snow.

Aquello había sonado más como una maldición que como una advertencia.

Jon lo sintió como una sentencia de muerte.

"Pero puede que no para siempre." Pensó para sí misma.


Meses después, se llevó a cabo el ataque al Muro y a Winterfel. La moral del Norte estaba por los suelos e incluso la del resto de Westeros. Por años el reino norteño se había mantenido por encima del resto de las naciones de Westeros, siendo la única nación cuya estirpe seguía siendo Stark desde el inicio de los tiempos hasta el día actual. La pérdida además del príncipe targaryen y su prometida la princesa Stark, se consideraban como otro tipo de derrotas.

Pero Melissandre tenía un trato con la Casa de Blanco y Negro y estaba consciente de que no era la única. Arya Stark había resultado ser una pieza en el juego incluso mucho más valiosa que el mismo Jon. La chica tenía una mente hábil y era capaz de inspirar a la gente alrededor de ella. Sin duda, podría convertirse en la espada flamante que Jon necesitaría en la corte.

Tras la bomba atómica, Melissandre se dedicó a esperar al teléfono. Todavía como inquilina, ahora de High Garden, se mantuvo a la espera de que su ubicación se revelase a los leones. Inevitablemente el día llegó. Haciendo uso de un favor de la corte, la sacerdotisa roja se permitió el contactar con el canciller de Casterly Rock, donde sabía que la reina dorada residía de momento.

Cuando la audiencia se concedió, ambas mujeres quedaron la una frente a la otra, escondidas en una casa de citas para evitar el que el encuentro fuese descubierto.

-Bruja Roja -escupió la leaona.

-Reina Cersei -contestó tranquila.

-Veo que has logrado sobrevivir con el mismo rostro petrificado. -Señaló con molestia.

Hasta el momento, Melissandre lucía de la misma juventud que hacía una década, cuando la leona la había conocido.

-Estoy viva en un nivel distinto del tuyo, es todo.

-Eso seguro. -Bufó.

-¿Me necesita, su majestad?

-Sabes bien que sí. -Gruñó, cansada de tener que jugar a pedir favores fingiendo que la bruja roja no estaba enterada del problema -Fuiste tú quien me dijo del plan de Viserys, aunque ignoro cómo lo supiste. Pero ahora debes ser tú quien me diga cómo resolverlo. -Declaró, interiormente Melissandre sonrió. -Si regresa al Norte, el Rey Rob Stark perderá credibilidad tras haber lanzado la bomba atómica sobre Valyria, pero no puedo ocultárselo. Gendry además, ya ha pedido audiencia con él.

-La princesa desea olvidar. -Señaló.

-Eso es bastante obvio. -Gruñó Cersei, sonando desesperada. -Pero no puedo tenerla aquí por siempre, así como tampoco puedo mandarla lejos a su suerte.

-Hay otra opción. -Le dijo, esperando que la rubia no perdiese la cordura. -La Casa de Blanco y Negro puede hacerse cargo.

-Sabía que estabas loca pero creo que no te dí el suficiente crédito en ello. -Se burló con evidente molestia.

-Sólo escúcheme y entenderá a lo que me refiero.

Para su buena suerte, Cersei había escuchado y tras una larga hora de discusiones al final había accedido. Primero habló con Genry y después con Arya, a quien la oferta de olvidar le resultó una especie de regalo agridulce, algo que sin duda podría abrazar con mayor facilidad que la misma muerte.

...

Viendo a la chica tan acabada, Melissandre tuvo que recordarse que la misma apenas y tenía trece años, en muchos aspectos era apenas una niña que poco sabía del mundo. Pero la destrucción de la que había sido testigo y la dolorosa experiencia de perder a un niño en un estado infantil tan inocente, serían el obstáculo que, una vez vencido, la convertiría en una reina de temer; de eso Melissandre se aseguraría.

Fue así que tras el reencuentro entre la misma y su hermano Rob, la sacerdotisa se permitió acercarse a ella con una sugerencia, igual que cuando se conocieran la primera vez.

-¿No escribireis una carta? -Invitó con el fantasma de una sonrisa en los labios.

Arya le miró sin interés.

-Despedirse ayuda con el proceso. -Volvió a animar.

Finalmente Arya pareció recuperar algo del brillo perdido en sus ojos.

-¿Cuál sería el propósito si no habrá nadie que la lea? El destinatario está muerto.

-No todas las cartas que escribimos deben llevar un remitente que no sea nosotros mismos -le dijo. Arya le miró con cierto fastidio pero con curiosidad también. -Piénselo pequeña dama. Si en algún momento el arrepentimiento llegase a alcanzarla sería mejor tener la evidencia de que pensó esto con calma.

Aquella noche, Melissandre por fin quemó la carta que la había perseguido hasta entonces. Reemplazandola ahora con la carta de puño y letra de la princesa Stark. Ella sabía que el remitente no estaba muerto, pero tampoco estaba listo aún para leer aquellas letras.

...

Cuando el barco estaba por zarpar rumbo a Bravos, Melissandre se acercó a la acólita.

-Recuerda nuestro trato.

La aludida asintió sin sonreír, pero la sacerdotisa roja sabía que el pacto no se rompería.

Y tuvo razón.

Por meses Arya estuvo viviendo como cualquier citadina del pueblo bravoosi. Cuando Melissandre finalmente la alcanzó decidió que había perdido suficiente tiempo jugando a ser una muñeca. No. La grandeza que ella había visto en los ojos de Arya desde el instante mismo en que descubriera la tormenta de sus ojos grises, indicaba que la misma no podía ser un simple peón. Ni siquiera un simple caballero. No. De momento ella debería de moverse como Arfil y atacar desde la distancia. El pueblo dividido de Valyria necesitaría a un soberano que no dudase en mancharse las manos de sangre cuando la situación lo ameritase.

Y así, había sido ella misma quien le incitase a convertirse en una doble agente.


"Necesitas un entrenamiento apropiado, necesitas un entrenamiento completo como asesina."

"¿De qué te servirá ser siempre una sirena?"

"Eres la estrella del show, jamás una espectadora!"


Había matado donde había sido requerido el que lo hiciera y, al mismo tiempo, se había encargado de pintar la imagen del príncipe prometido como la de un santo que aún velaba por el bienestar de su gente.

Lamentablemente, Ramsay la había alcanzado antes de tiempo, y con ello los recuerdos en la mente de la princesa norteña se desataron antes de lo previsto. La Casa de Blanco y Negro rompió el acuerdo con ella, una vez la misma Arya pagara su propia liberación y Melissandre entendió que ya no tendría control sobre ésta.

Incluso las llamas del señor de la luz le abandonaron durante todo el año siguiente. El tiempo se le estaba acabando.

Durante todo ese año, y aún dada la ironía, permaneció oculta entre las sombras.


Sin embargo, estar en la oscuridad también tiene sus ventajas y la sacerdotisa roja había logrado sobrevivir hasta la cumbre de naciones. Volvió a Westeros entonces, con una nueva lista de sacrificios para el fuego sagrado. Durante el último mes, Melissandre había vuelto a tener sueños proféticos y, consciente de que el regreso de Jon a Valyria era inminente, su misión ahora consistiría en volver a limpiar el camino para el mismo. Pero para ello, necesitaba recuperar a la loba perdida.

La encontró descansando en uno de los jardines del Hospital Central de Winter Town. La mujer había visto en las llamas el momento en el que ambas almas se habían encendido, después de todo había sido obra suya. Había sido paciente y había esperado porque Arya ahora Arry se recuperase lo suficiente como para deambular por los pasillos escapando a su doncella.

-Eres bastante escurridiza. Pero al fin te atrapé.

La Stark apenas y pestañeó, era evidente que la había estado esperando. Al parecer su entrenamiento bravosi seguía latente en sus sentidos.

-Bruja roja. -Le dijo a modo de saludo.

La aludida arrugó el gesto ante el apodo, a pesar de que mucha gente le había llamado así, por alguna razón que no lograba ubicar el que la Stark le llamara así le molestaba en demasía.

-Pensé que después de tanto dejarías de llamarme así.

Arry rió por lo bajo.

-Te creía muerta -dijo, sonriendo de medio lado.

-He estado muerta mucho tiempo pequeña. Y tú también.

Aquello sirvió para que el semblante de Arry ahora Cat se enseriara nuevamente. Ella y la mujer de rojo intercambiaron información a través del intercambio de miradas. Al final, las pupilas de Cat se dilataron en cierto asombro y emoción.

-Tienes una nueva lista. -Declaró.

Melissandre asintió.

-¿Todavía estás dispuesta para el desafío?

-Siempre. -Contestó la chica gris. -¿Dónde deberemos ir?

La sacerdotisa respiró hondo antes de contestar.

-Valyria.

Lo siguiente que le encomendó a la chica gris fue reunirse con el príncipe. No le dió más instrucción que el hecho de ir a la habitación del mismo. Se lo debía al heredero Targaryen, después de todo, ella había sido la culpable de que Jon hubiese intentado quitarse la vida hacía unos días.

...

Había ido a verlo tras recibir el aviso del señor de la luz. Su guerrero estaba listo para leer las líneas de su amada, líneas que acabarían de destrozarle por completo el corazón de niño que aún latía en su pecho y, si lograba superar la prueba, de las cenizas renacería un corazón maduro, mucho más difícil sino imposible de quebrar.

Jon desde luego había estado sorprendido de que ella le encontrara. Había pasado menos de un mes desde que Ygritte le abandonara, y aún con todo no era capaz de hurgar en la caja de recuerdos ni en tratar de descifrar las últimas palabras de su antigua compañera.

-¡Melissandre!

La aludida le había sonreído entonces. Estaban en el árbol blanco, cerca de Winter Town.

-Se ve sorprendido de verme, su alteza.

Jon frunció el gesto, analizando la figura de su compañera.

-¿Eres realmente tú? -cuestionó dubitativo.

Melissandre nuevamente lucía igual que la última vez que la había visto.

-Ha pasado un tiempo. Escuché que ha roto lazos con su compañera salvaje -dijo en vez de contestar la pregunta de él.

Jon mordió el anzuelo, luciendo culpable.

-Ygritte merece algo más de lo que yo puedo ofrecerle...

Ella negó fervientemente y le levantó el rostro.

-Vuestro lugar es uno que conlleva a la grandeza, no debeis menospreciaros mi príncipe. Aunque es cierto que vuestro corazón no está en manos de aquella mujer.

Jon se soltó del agarre y dió dos pasos hacia atrás. Sin duda el tiempo con Ramsay le había hecho más cuidadoso y desconfiado que antes; pues esta vez tenía motivos para ver enemigos por todas partes, principalmente en rostros supuestamente familiares.

-¿Por qué estás aquí? -Cuestionó.

Ella se encogió de hombros, restándole importancia.

-Estoy simplemente cumpliendo con lo que se me encomendado.

Jon volvió a analizarla y tras un instante de silencio volvió a hablar.

-Nunca me dijiste cuál era realmente tu misión. Ni siquiera mi padre tenía idea de cuál era tu verdadero propósito.

Sospechas

Quedaba claro que el príncipe comenzaba a sospechar de ella.

Melissandre decidió no perder más tiempo entonces y rebuscó en su abrigo hasta dar con el objeto.

-Quizás esto, os ayude a entender mejor. -Le dijo, entregándole un sobre que le resultó a él bastante conocido.

-La carta que siempre llevabas contigo. No. Es diferente. -Se dió cuenta.

-Es vuestra. -Declaró con solemnidad.

-¿Mía? -Jon le miró sobresaltado y en extremo confundido, volviendo a mirar el sobre como si de pronto fuese un enigma.

-Vos decidireis cuándo estéis listo para leerla. -Le dijo, en su semblante ya sólo quedaba lugar para una abrumadora tristeza. Saber que todo estaba cerca de terminar le deprimía un poco al mismo tiempo en que la hacía sentirse aliviada. -Una vez más, os pido que no la rechaces cuando ella venga hacia ti.

Melissandre supo el momento en el que el corazón del chico se saltó un latido. Se dió la vuelta sin embargo lista a marcharse.

-¿Finalmente viene de regreso mi corazón? -cuestionó Jon, la voz apenas un susurro, su semblante bajo, mirando fijamente el sobre en sus manos.

Quedaba tan clara la súplica que bailaba en sus palabras. Por un instante su esperanza se volvió la de ella.

-Puede que sí Jon Snow, puede que sea así...

...

Días después Arry se reunió con ella cerca del puerto, ocultas en una de las avenidas sin salida del desembarcadero. Fiel a su palabra, la chica gris había llegado por sí misma dispuesta a cumplir con la enmienda aún a pesar de no haber recuperado del todo sus recuerdos y de sentir que deseaba revelarse a Jon incluso si sólo era un cascarón vacío.

"Jon me querrá. Jon siempre me querrá, incluso si nadie más lo hace". Repetía constantemente.

Sin embargo, Melissandre sólo se dedicó a explicarle lo que tendría que hacer en el camino. A quién se encontraría en éste y a quién debía salvar para poder ayudar a Jon y con ello a la Valyria que intentaba reestablecerse. Arry no era tonta y entendía que aquello era una despedida, aún así le cuestionó.

-¿No vendrás conmigo?

Melissandre le dedicó una larga mirada antes de responder.

-Estás aquí para cerrar mis ojos también. -Declaró, no era una pregunta, ni tampoco una orden, simplemente algo que era. -Ha sido un viaje bastante largo. -Completó, más para sí misma que para su compañera.

La sal en el aire proveniente del mar, le causaba una sensación de paz que hacía mucho no sentía. La mujer de rojo, se estaba acercando a la muerte sin duda, y con ésta a su antiguo hogar.

-¿Qué me espera en Valyria? -Cuestionó Arry a sus espaldas.

La sacerdotisa cerró los ojos; acto seguido respiró hondo una última vez, saboreando ése momento en el que todo parecía quieto y al mismo tiempo se movía sin detenerse. Aspirando los aromas que durante años se había negado disfrutar.

Cuando se hubo sentido satisfecha volvió a abrir los ojos para mirar de lleno a su compañera y responderle.

-Otra guerra.

...

Al día siguiente, fue reportado el cuerpo inerte de una anciana cerca de la zona de descarga de los barcos. Sin embargo, cuando intentaron levantarla para llevarse el cuerpo a la morgue, el mismo se deshizo en cenizas.


A/N: Faltan 9 capis más _ Pero sinceramente estoy pensando en reducirlos aunque no sé cómo le voy a hacer.

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