1975, primer trimestre quinto curso

Remus les miró a los tres como si se hubieran vuelto locos. Vamos, es que ¡se habían vuelto locos!.

Animagos. Ilegales. ¡Con quince años! Y pretendían enfrentarse a su lobo, ese ser salvaje y despreciable al que temía más que a nada en el mundo. Dementes, tanto hechizo les había dejado dementes.

— Lunático...—intentó mediar James.

— ¡NO!

— Pero nosotros...—intentó argumentar Peter.

— ¡He dicho que no!

Sirius no dijo nada. Se limitó a plantarse delante de Remus y buscar sus ojos . Remus le mantuvo la mirada con la mandíbula apretada.

Silenciosos, los otros dos merodeadores salieron del dormitorio.

Al cabo de dos minutos, el gesto de Remus pasó del enfado a la preocupación. Con los ojos brillantes, Sirius extendió la mano y siguió con la punta del dedo la cicatriz que le bajaba desde debajo del ojo hasta la comisura del labio.

— Es una locura —susurró Remus.

Por toda respuesta, Sirius se encogió de hombros. Abrió la mano y acunó la mandíbula de Lupin, que giró ligeramente la cabeza para aumentar el contacto.

— Si os hiciera algo me moriría —se lamentó, en un último intento de argumentar.

Black siguió sin contestar. Le sonrió, como le sonreía solamente a él y le abrazó, con todo el cuerpo, sintiendo como Remus apoyaba su frente en su hombro.

— Todo irá bien, Rem. Juntos somos invencibles.

Y Remus no pudo evitar sonreír y sentirse un poco optimista.