1976, Navidad sexto año/Navidad 1981
Tenían una tradición. Desde Hogwarts.
Sirius, como el sangrepura que era, no había celebrado nunca la navidad hasta llegar al colegio. Para él, el 25 de diciembre era el quinto día del Yule y eso significaba comida. El quinto día de Yule era el único en el que su madre cocinaba, preparaba una cena suculenta para su padre, como marcaba la tradición. Después, invitaba a sus hijos a cenar con ellos, porque también era lo que marcaba su tradición.
Una vez empezó el colegio, Sirius no volvió nunca a celebrar un Yule con su ó como costumbre quedarse en el colegio, a pesar de las invitaciones de los Potter, porque Remus se quedaba también.
El día de Navidad había un banquete en Hogwarts, así que durante sus primeros años olvidó la cena directamente. En su sexto año, una idea empezó a darle vueltas por la cabeza unos días antes de las vacaciones. Dio esquinazo varias veces a sus amigos para bajar a las cocinas a hablar con los elfos.
Ese día de Navidad, por primera vez en siglos, los elfos no sirvieron ni un solo postre con chocolate. Fue curioso. También fue curioso que Sirius buscara una excusa para desaparecer a media tarde, dejando a Remus solo en la biblioteca.
Cuando Remus, demasiado lleno aún para pensar en cenar, decidió subir a su habitación y tumbarse a leer hasta que apareciera Sirius, no tenía ni idea de lo que le esperaba.
Su fino olfato le avisó desde la sala común: olía a chocolate. Siguió el rastro hasta su habitación. Extrañado, abrió la puerta, que se cerró con un chasquido mágico a sus espaldas. La habitación estaba iluminada con pequeñas velas que le daban un ambiente acogedor. Allí el olor a chocolate era tan fuerte que empezó a salivar.
Entonces lo vio: tumbado sobre su cama, desnudo, Sirius era la fuente del olor a chocolate.
Tenía bombones y chocolatinas repartidos por el pecho y el abdomen. Los brazos y las piernas pintados con chocolate líquido, que bañaba trozos de fresa y melocotón, las frutas preferidas de Remus. Y sobre la entrepierna, un coulant del tamaño de un plato de postre.
Remus se quedó congelado por un momento. Por un lado, el olor le estaba volviendo loco. Por otro, su mente racional le decía que ahí estaba Sirius, su Sirius, su sueño húmedo, desnudo, claramente ofreciéndose. Entonces habló:
— Feliz Yule, Rem. Según la tradición, es la noche en la que alimentas al ser amado.
Remus soltó una carcajada, absolutamente feliz, antes de quitarse toda la ropa y abalanzarse sobre su banquete.
No sabían que aquella noche lo cambiaría todo, para bien. Desde entonces, cada quinto día de Yule, la noche era para ellos dos solos. Sirius siempre se las arreglaba para sorprenderle, daba igual el momento en el que se encontraran.
La noche del 25 de diciembre de 1981 los encontró en la peor de las circunstancias que les había tocado vivir. Apenas dos meses antes, su vida había dado un terrible giro al perder a James y Lily. Para ellos había sido una decisión lógica hacerse cargo de Harry, juntos.
Estaban aprendiendo a ser padres a marchas forzadas, superando a la vez el duelo. Todo era confuso y triste, aunque habían tratado de hacer que Harry se sintiera feliz y tranquilo en las primeras navidades sin sus padres.
Remus no se sentía con fuerzas para pensar en noches locas de chocolate aquel año. Mientras Sirius acostaba a Harry, él encendió el fuego y se sentó con un vaso de whisky en el viejo sillón de su padre. Apenas alzó la mirada cuando entró Sirius y se sentó frente a él.
— Ya está dormido —La voz ronca de Sirius era apenas un murmullo cansado.
Remus lo miró. Las ojeras en el rostro de su pareja le hicieron sentirse fatal. Se habían centrado tanto en la pérdida, que apenas había considerado como se sentía Sirius con la idea de haber estado a punto de ir a Azkaban por culpa de Peter.
— Ven aquí —le dijo, dejando el vaso sobre la mesita y abriendo los brazos.
Sirius se levantó y se acurrucó en su regazo. Estuvieron un rato en silencio, Sirius aferrado a su camisa, él acariciándole el cuello y detrás de las orejas, como le gustaba hacer cuando estaba en su forma animaga.
— Yo tenía un plan para esta noche, ¿sabes? —Sirius se incorporó a mirarle, los ojos grises brillando, su sonrisa de siempre intentando salir— Mucho antes de que todo pasara, yo tenía esta noche planeada.
Remus sonrió a su vez y se acercó a besarle suavemente los labios.
— Quizá el año que viene.
Sirius negó con la cabeza, su pelo oscuro revoloteando alrededor. Hizo un gesto con la mano y sobre la mesa apareció un coulant en un platito, con solo una cuchara.
— Déjame hacer esto, por favor.
Remus nunca había podido negarse a esos ojos y ese tono de voz. Tratando de sonreír de nuevo, abrió la boca cuando vio venir la primera cucharada. En silencio, Sirius fue tomando trozos de esponjoso bizcocho y dándoselo. Cuando fue a romper el centro, y liberar el chocolate derretido, la parte preferida de Remus, la cuchara hizo un sonido extraño.
— Verás, esto iba a ser de otra manera, mucho más acorde a nosotros y nuestras tradiciones. Pero, —Tomó aire profundamente, antes de tomar su varita para sacar del centro del bizcocho la causa del extraño sonido— no es momento para arriesgarnos a que te atragantes antes de que haga esto.
Ante sus ojos, del coulant surgió un anillo, cubierto de chocolate, pero un anillo. Flotó en el aire mientras Sirius hacía un hechizo para limpiarlo.
Con cuidado, Sirius se bajó de su regazo y se puso de rodillas delante de él. Para ese momento, a Remus ya le caía un lagrimón rodando por la cara.
— Iba a hacer esto hoy igualmente, sin saber que estos meses me enseñarían cosas de ti que aún no había visto, y me darían aún más ganas de hacerlo. Por eso no puedo esperar a un momento más feliz, necesito que sea ahora. Cásate conmigo, Remus.
Se tiró del sillón a abrazarle, riendo y llorando a la vez. Los dos de rodillas sobre la alfombra, le dijo sí mil veces al oído y extendió su mano para que le pusiera el anillo que llevaría con él hasta el final de sus días.
