1972, segunda semana de 2ºcurso

Entró en su habitación con paso cansado. Llevaban una semana de curso y aún dolía. No se arrepentía de haberse interpuesto entre ella y su hermano, se lo recordaba a sí mismo cada vez que las heridas tiraban, y cada vez que se encontraba con la mirada angustiada de Regulus por los pasillos.

No había ido a curarse, por orgullo o por vergüenza, aún no lo tenía claro. Se sentó en la cama con cuidado, porque algunas llegaban a su trasero, y se quitó la camisa despacio, decidido a mirarse en el espejo.

Una exclamación ahogada le dijo que no estaba solo en la habitación, estaba tan abstraído en su dolor que no había mirado siquiera, pensando que sus compañeros estarían en el comedor.

Fue a taparse, pero una mano sorprendentemente fuerte le sujetó la muñeca. Tras él, la voz dulce de Remus preguntó.

— ¿Qué ha pasado, Sirius?

Black apretó los labios, el orgullo tirando de él. No hablaría, no diría nada... Sintió los dedos corriendo por los trozos sanos de su espalda. Y una pequeña corriente, era la primera vez que alguien le tocaba de esa manera.

— Tengo un ungüento. No te muevas.

No quería obedecer, pero estaba tan cansado y tan dolorido.

— Esto escocerá un poco, pero ayudará a que cure más rápido. Deberías haber ido a la enfermería.

Dejó caer la cabeza para que su compañero no le viera apretar los dientes. Durante unos minutos, Remus se concentró en extender el ungüento con dedos suaves, trazando pequeños círculos. Cuando llegó a la parte baja de su espalda, carraspeó levemente.

— Si te tumbas puedo llegar mejor a la parte de abajo.

Se sonrojó y negó con la cabeza. Ni en broma iba a dejar que le diese ungüento en el trasero. Remus suspiró y le oyó cerrar el frasco y moverse por el cuarto para volver a guardarlo en su baúl. Después, lo sintió acercarse hasta sentarse junto a él en la cama.

— Puedes contarme lo que sea Sirius, soy muy bueno escuchando y guardando secretos.

Meneo de nuevo la cabeza, sin dejar de apretar la mandíbula.

— El ungüento hay que aplicarlo tres veces al día —le dijo suave, levantándose de la cama.

Lo sintió dirigirse al baño y lavarse las manos antes de salir en silencio para bajar al comedor. Al quedarse solo, Sirius se permitió levantar la mirada y destrabar la mandíbula. Con cuidado, se levantó de la cama para ir al baño. No pudo evitar asustarse al verse la espalda. Y que se le llenaran los ojos de lagrimas.