julio 1981/julio 1982

Discutieron antes de ir a casa de James y Lily. Remus no estaba para nada de acuerdo con el regalo que había comprado Sirius y estaba seguro de que Lily iba a poner el grito en el cielo.

Llegaron a Godric's Hollow sin hablarse, cada uno con un regalo. Al llamar a la puerta de la casa de los Potter escucharon claramente el sonido de algo que se rompía y el maullido enfadado del gato de la familia.

— Solo les falta el niño volando a medio metro del suelo —renegó Remus.

La puerta se abrió. James los miró a los dos, captando rápidamente la tensión entre ellos. Sin decir nada, se hizo a un lado y les dejó pasar.

En el salón, Lily estaba sentada en el sofá hablando bajito con Harry, que le miraba con un puchero porfiado y las pequeñas cejas fruncidas.

— ...y no puedes agarrar a Argil del rabo de esa manera, porque le haces daño, Harry. Esta vez ha roto una figura, pero la siguiente podría arañarte o morderte. ¿Sí?

El pequeño miró a su madre un momento y luego a los tres hombres que se apiñaban en la puerta, y decidió que ir a saludar a sus padrinos era más divertido, y productivo seguramente, así que se bajó del sofá con facilidad y correteó torpemente hasta Sirius, que lo recibió con los brazos abiertos.

— Trataba de tener una conversación con mi hijo, Black —protestó Lily, levantándose a abrazar a sus amigos después de varios días sin verlos.

— No lo va a hacer más, Lils. ¿Verdad que no volverás a tirar a Argil del rabo, Harry?

La cabecita morena negó vigorosamente. Su madre le miró un momento, desconfiada, antes de salir de la habitación de camino a la cocina.

El timbre volvió a sonar.

— Serán Regulus y Severus —dijo Lily desde la cocina.

Sirius gimió sonoramente e hizo el mismo puchero porfiado que su ahijado, para diversión de Remus y Lily.

Un año después

Remus miraba a Molly dar los últimos toques a una gran tarta de chocolate. Afuera en el jardín, un montón de niños pelirrojos gritaban y corrían de un lado para otro junto a un perro, un niño moreno y una niña con el pelo rosa.

— Tienes la misma cara que los gemelos cuando quieren rebañar el cazo del chocolate.

El codazo amistoso de la matriarca Weasley le sacó de sus meditaciones.

— ¿Estás bien, Remus? —preguntó afable, tendiéndole una cuchara y el cazo.

— Hace un año, Sirius y yo estábamos discutiendo porque le había comprado a Harry una escoba. No sabíamos que sería la última vez que cenaríamos los seis juntos. —Miró por la ventana a Harry, que reía abrazado al cuello de Padfoot— Lily estaba embarazada, nos lo dijo aquella noche. Severus y Regulus iban a ser los padrinos.

La cara pecosa de Molly se llenó de pena y una de sus manos tomó una de las de Remus y le dio un cariñoso apretón.

— Harry es afortunado de teneros a vosotros —le dijo con dulzura.

Le devolvió el apretón y, con un suspiro, introdujo la cuchara en el chocolate, sin perder de vista el jardín. Una sonrisa le llenó de repente la cara, haciendo que Molly se girara también para ver a Harry corriendo a abrazarse a un sonriente Regulus Black.

— Al final han venido —murmuró, levantándose para salir a saludar a sus cuñados y al pequeño ahijado rubio que les acompañaba.