1984

Severus había aprendido pronto que Regulus era especial y tenía la capacidad de sorprenderle. Bueno, siempre había sido especial, diferente, por eso eran amigos. Pero a los catorce años había empezado a sentir cosas que no se sienten por un amigo.

Se levantaba muchas mañanas sabiendo que había soñado con él y que su cuerpo lo sabía también. Le avergonzaba, claro, porque sus sueños eran... los chicos no deberían soñar en hacer esas cosas con otros chicos, ¿no? De seguro su padre le daría una paliza si se enterara.

Aún así, no podía decirle que no cuando Regulus le buscaba por las noches. Tenía pesadillas y decía que dormía mejor con él. ¿Era incómodo? Seguramente, pero su amigo lo valía.

La primera sorpresa que le dio Reg fue roja. Una mañana al levantarse, había una gran mancha roja en las sábanas blancas. Blancas como la cara del muchacho al verla. Ese día lo supo, aunque aquello no cambiaba nada, era Regulus.

La segunda sorpresa se la dio unos meses después, cuando una mañana le despertó con un beso. Lily dijo que era obvio desde hacía meses, que estaban hechos el uno para el otro. Severus solo asintió.

La tercera sorpresa se la acababa de dar. Había pasado el tiempo, ya no eran escolares, habían vivido cosas tristes y difíciles, pero siempre juntos. Y esa cercanía, esa intimidad eran la causa de que no se molestara porque su novio le hubiera pedido, con el rostro demudado, que repitiera el hechizo. Positivo de nuevo, aunque no sabía porque se sorprendía tanto, era lo que cabía esperar, ¿no? Serían padres.