diciembre 1976, sexto curso
Sirius se paseaba arriba y abajo en la sala común. Sentado en uno de los sillones, los ojos oscuros de su mejor amigo lo seguían con regocijo.
— Vamos, Padfoot, cálmate. Bajará enseguida.
— Se trata de ponerse una túnica, ¿por qué tarda tanto?
— ¿Cuánto rato has tardado tú en peinarte?
— Desde luego más que tú —intervino una voz.
Los dos chicos se giraron a mirar hacia las escaleras de las habitaciones de las chicas. Lily y sus amigas acababan de aparecer por el arco. Marlene y Dorcas vestían túnicas a juego en lugar de vestidos de fiesta. Alice caminó directamente hasta una esquina de la sala común, al encuentro de Frank Longbottom. El muchacho, largo y torpe, tropezó con la pata de la silla al levantarse y se puso rojo como un tomate cuando la menuda Alice tuvo que detener su caída.
James miró embobado a Lily mientras ella pasaba de largo para reunirse con un alumno de séptimo año que la miraba casi igual de alelado. Sirius gruñó un "patético" mirando a su mejor amigo y volvió a centrar su atención en el arco de las escaleras de los chicos. Al cabo de un par de minutos apareció Peter, peleándose con los bajos de su túnica, y tras él entró Remus.
Escuchó de fondo la risita de James, devolviéndole el "patético", cuando caminó directo hacia su pareja de baile con una sonrisa boba.
— Estás muy guapo —le murmuró, fijando una flor en la solapa de su túnica, acariciando después el tejido y de paso su pecho.
— Sirius, es una túnica vieja, tiene al menos dos remiendos —respondió Remus avergonzado, mirando al suelo.
Con una sonrisa tierna, Sirius le levantó la barbilla con un dedo y le besó en la mejilla.
— Para mí tú siempre estás muy guapo, Moony. ¿Vamos a mover las caderas?
Remus movió la cabeza negativamente pero con una sonrisa asomando antes de echar a andar junto a él.
El gran comedor estaba adornado con motivos navideños, guirnaldas, luces de colores y ramilletes de muérdago. Un gran árbol de navidad adornaba una esquina y el techo simulaba una noche estrellada.
Ya había parejas bailando cuando llegaron. En un extremo había un grupo de Slytherin mirando fatal a una de las parejas que bailaban, que Sirius reconoció con orgullo como Regulus y Snape.
— ¿Has visto a tu hermano? Ha conseguido que parezca que Snape sabe bailar —le dijo James con una sonrisa burlona.
— Es el momento de demostrar que todo lo que sabe Reg se lo enseñó su hermano mayor. ¿Quieres bailar, mi caballero acompañante? —preguntó, haciendo una exagerada reverencia.
Consiguió sacar una risa a Remus y eliminar parte de la tensión que se acumulaba en sus hombros. Le ofreció el brazo y Moony lo tomó, dejándose llevar a la pista de baile.
Bailaron durante un rato. Para Sirius lo importante no era la perfección en sus pasos, era ver reír a Remus. Conforme se hacían mayores, el licántropo se había vuelto más serio e introvertido, cada vez más atormentado por su condición. Un buen número de las payasadas y las trastadas que capitaneaba estaban dirigidas a hacer reír a su amigo.
Cuando sonó la primera canción lenta, se acercó a su pareja con una sonrisa un poco insegura.
— ¿Nuestra cita incluye canciones lentas? —le preguntó, tendiéndole la mano.
Remus le miró fijamente un momento antes de asentir y tomarla. Se acercó hasta casi pegarse a él, dejándole dirigir, sin importarle lo que eso dijera de él. No había estado tan cerca de su cuerpo desde que se habían besado tres meses atrás. Tenía la altura perfecta para esconder su cara justo en la unión entre su cuello y su hombro. Pudo sentir como Remus olía su coronilla y le abrazaba con un poco más de fuerza.
Miró fatal al profesor Flitvick, el encargado de la música, cuando acabaron las baladas y sonó un ritmo más movido. En lugar de bailar, tomó a su pareja de la mano y lo arrastró hasta la mesa de la comida.
— No bebas ponche —le susurró, mirando al grupito en el que Peter reía tontamente.
Como Remus no le contestó, se giró a mirarlo. Su amigo le estaba mirando de una manera que no supo interpretar.
— ¿Qué pasa Moons?
— Deja lo que llevas en la mano —le ordenó, serio.
Sirius levantó una ceja pero le hizo caso, dejó el plato que estaba llenando para los dos sobre la mesa. En cuanto lo hubo soltado, uno de los largos brazos lo enganchó de la cintura y lo pegó al pecho de Remus.
— Prefiero las lentas, ¿tú no? —le susurró al oído, moviendo lentamente las caderas como unos minutos antes.
— Con diferencia, desde luego, bailar pegados es lo mejor, yo... —balbuceó.
— Cállate, Sirius.
Y le besó. A Sirius le temblaron un momento las rodillas cuando sintió de nuevo los suaves labios sobre los suyos. Un calor feliz le inundó el pecho antes de que enlazara las manos tras el cuello del rubio y abriera los labios para acariciar sus labios con la punta de su lengua.
Un grito indignado les hizo separarse. A veinte metros, Peter volvía a vomitar de nuevo sobre James, que estaba muy rojo y gesticulaba lleno de asco. Tras el grito, lo siguiente que se escuchó en el comedor, de repente silencioso, fue una risa. Una risa que evolucionó a una corriente de carcajadas cantarinas que desviaron la atención de la gente hacia la pelirroja que se reía a unos pasos de la asquerosa escena.
La cara de James pasó de indignada a precavida y después a embobada mientras miraba a Lily secarse las lágrimas de la risa. Siguió mirándola mientras ella se acercaba a él, varita en mano, y limpiaba el desastre. La vieron inclinarse a decirle algo en el oído que hizo a James sonreír de oreja a oreja, tanto que parecía que se le iban a romper las mejillas.
El comedor entero observó perplejo como Lily le ofrecía la mano y lo arrastraba a la pista de baile.
