SEGUNDA PARTE
Mantener el gran árbol desde la profundidad de la tierra
I
Un día llegó un mensajero de más allá de la red montañosa.
- El Reino Tierra ya no existe. Los rojos han tomado el poder.
Había un trecho de 40 años entre cada oración. El Reino Tierra había caído cuando el Loto Rojo asesinó a la última estéril reina y los nacionalistas intentaron crear algo llamado República. Los rojos anduvieron dando largas marchas y sobreviviendo a terribles cacerías por décadas hasta que, tras alianzas y traiciones, lograron acorralar a los nacionalistas en la isla anexa. Igualmente, tales informaciones calaron y helaron la sangre
Es importante señalar que el Armisticio de Izami fue más una obligación que una legítima búsqueda de paz. Si por ellos fuera, lucharían hasta extinguirse. No, fue un enemigo mayor, más común, lo que obligó a los Shinobi a dejar su despreciable escaramuza. Ahora se asomaba una nueva amenaza desde el Este (que es el Oeste en nuestro sistema de orientación). El enorme y monstruoso País del Hierro se precipitaba con su gigantesco ejército de 600 millones y traían consigo una manera inédita de asesinar a distancia, llamada ametralladora. Los Feudales, aterrados por el reclamo territorial chino, mandaron terminar esa tonta guerra de una vez y preparar la defensa generalizada.
No hace falta decir que la Segunda Cumbre de los Kages fue un evento incómodo. Algunos de ellos estaban matándose entre sí hasta hace unas horas, y sus tropas, todavía excitadas, había que mantenerlas distanciadas. Los recientísimos líderes, con sus apenas estrenadas capas, se veían las apenas reconocibles caras. Cuando el Tercer Tsuchikage intentó dar un discurso sobre la superioridad Shinobi, atropellándose las ideas, enredándose la lengua, faltando al respeto sin enterarse, el Tercer Raikage lo desautorizó con un regaño y quiso llevar la batuta, pero el Tercer Mizukage se cerraba en los comentarios sobre las purgas que había en sus islas, mientras el Segundo Kazekage, el único que había sobrevivido a la guerra ocultándose en el hueco en la tierra que llamada Aldea, y que se había puesto cachetón en cuestión de semanas, solo atendía las urgencias de su ombligo. El Tercer Hokage se sintió perdido, pero Mito Uzumaki lo apartó y tomó el control de la reunión.
—Mírense. Payasos, todos y cada uno.
—¿Cómo me llamó? —Se puso de pie furioso el Raikage.
—¡Payasos! —Con el grito lo sentó— nos enfrentamos al final de nuestro estilo de vida. Los Señores Feudales con sus culos perfumados solo saben llorar y esconder en las faldas de sus putas, ¿ustedes no son mejores que eso? ¿No merecemos algo más digno que eso? Somos Shinobi, somos Ninjas, ¡vamos a luchar por nuestras aldeas, no por esos putos flojos!
Los Kages se entusiasmaron hasta las lágrimas y celebraron emocionados, se perdonaron las ofensas y se estrecharon manos.
Fue una masacre. Divisiones enteras corrían hacia las trincheras chinas, y eran acribillados por la maquinaria soviética. Muchos cuerpos se acumularon, haciendo murallas de cadáveres, de donde salían ríos de sangre, tan roja como las banderas que ondeaban los invasores. Quizás hundieron algunos tanques, quizás emboscaron algún que otro batallón, pero los Shinobi desconfiaban tanto los unos de los otros, se coordinaban tan poco, se traicionaban tanto, se abandonaban y se enviaban a sendas muertes, que era logísticamente imposible ganar esta batalla.
El Segundo Kazekage corrió a esconderse, y con el grito de Ya vienen los rojos puso a la Aldea en un eterno estado de emergencia, que consistía en un nomadismo circundante. Recorrerían el desierto una y otra vez, montando y desmontando todos los atavíos y tiendas, ocultándose en tormentas de arena y tras espejismos delirantes, huyendo siempre de un enemigo que ni los buscaba. El Tercer Mizukage se recluyó en sus crustáceas edificaciones en sus archipiélagos, confiado por las defensas marítimas, y aprovechó el pánico colectivo para reforzar la fe en Kaguya y ajustar las tornas de un despotismo innecesario. Solo la Hoja, la Roca y la Nube continuaron en una batalla perdida. Siguieron confiando en la barrera geográfica natural, y si faltaban montañas podían levantar algunas más, hasta que vieron los primeros halcones metálicos dejando su diarrea explosiva sobre ellos. Su causa parecía absurda, hasta que se anunció la visita del protector del mundo asiático, del que se acababan de enterar que formaban parte. Una luz de esperanza apareció en esos rostros derrotados. Una diosa había bajado a la tierra a protegerles, los espíritus protectores han despertado. Sus ruegos tenido tenido respuesta. Y estaban ansiosos de cobrar la venganza.
Así que prepararon un gran recibimiento. Con danzas, para las que inventaron trajes exagerados llenos de plumas no típicas y purpurinas, y representaciones teatrales de sucesos apenas imaginados pero que predijeron de una forma ambigua el porvenir al presentar a todo el elenco ejecutado para revivir por el poder del Fuego. La Comitiva finalmente arribó. El sonado Avatar Korra resultó ser una mujer, muy alta, morena y fibrosa, que sin ser la criatura más ceremonial que hubiesen visto, expelía un aura potente de divinidad. Cualquier sensor, hasta el más patético, podía darse cuenta de la gran concentración de Chakra que cargaba esa mujer castaña de potentes ojos celestes. No vino sola. La acompañaba una alta comitiva. Primero, su más cercana consejera (y mejor amiga) May Fey, sacerdotisa principal del Clan Fey, la más famosa tribu espiritista del desaparecido Imperio Japonés. Su mejor guardaespaldas era Luong Lao Shi, el Guerrero Dragón, un rol legado por siglos en el Imperio Chino, con el poder del fuego y la transmutación draconiana. Y finalmente, Kai Yee, el egocéntrico Te Xuan Ze, guerrero indomable, aliado y homólogo, el Protector de Indochina.
Ellos esperaban una guerrera, pero les llegó una comitiva diplomática.
