II

Todos consideraron un insulto que el Avatar Korra no se reuniese con el Tercer Hokage Sarutobi, pero se aliviaron al saber que lo hacía con Mito Uzumaki. Fueron largas conversaciones, primero tensas, luego tentativas, finalmente cómicas, hasta que salieron de los salones con los collares intercambiados. Resolvieron mediar una solución internacional.

—Genial, ¿ahora qué imperio nos va a patear el culo? —se quejaba Setsuna Uchiha, abanicando su asado. Hikaku había sido metódicamente excluido de las decisiones importantes, y más bien era Naori, heroína de guerra, congraciada con el reconocimiento de La Voluntad del Fuego, la que pudo departir con las magnánimas mujeres.

—Debería aprender a cerrar su boca —le comentaba, sentada en su parsimoniosa posición, respirando los humos del hachís.

—¿Me lo dice una traidora del clan? —eran palabras mayores las que Setsuna disparaba—, una lagartona que asesinó a todo su escuadrón para saciar su hambre de poder.

Efectivamente, eso había pasado, pero al volver se le reconoció como heroína de Konoha al prestar lo que Danzo llamó "servicios de importancia inestimable", y puso sal a la herida al confesar públicamente su deseo de: Ojalá hubiera más Uchiha así de dispuestos a preservar la paz.

Quizás era lo que estuvo pensando Setsuna al ver a Naori inmediatamente frente a él, con el brazo extendido, sujetándole con sus dedos el ojo derecho. Un terrible miedo, pero también una inmensa paz.

—Me gustaría saber una cosa —comentaba Naori Uchiha manteniendo la calma—, si el ser derrotado por una mujer es menos humillante por ser esta del propio clan, ¿qué opina, Jefe Setsuna?

Setsuna sintió la sangre hirviendo, y cómo una pulsión de chorros que fueron desde su cerebro hasta los ojos, liberando una rabia tremenda.

—¿Será que abusar de las sirvientas de sus rivales es un acto de redención o venganza? Dígame, Jefe Setsuna, ¿es más hombre porque puede hacerlo, o porque lo hace siendo el Jefe de la Policía Militar?

Algo se quebró dentro de la mente de ese perturbado hombre.

—¡Jamás me arrodillaría ante una traidora Uchiha, perra tuerta!

Naori abrió los ojos. El izquierdo era blanco lechoso, sin brillo, y solo el derecho mantenía el Sharingan, pero era uno inaudito, que llenó la habitación de un terror inimaginable.

Cuando Setsuna comprendió que se trataba del mítico Mangekyo Sharingan, su cabeza ya rodaba hacia la salida, para ser echada a la basura y devorada por miles de gusanos. Al despertar, vomitó las tripas, se retorció de dolor durante días, y finalmente murió. Los más ancianos lo reconocieron, o se lo inventaron: Era el Tsukuyomi, un Genjutsu mortal.

Danzo respiró tranquilo. Era una mañana muy hermosa, a pesar de todo. Los bombardeos habían cesado y el Mundo Ninja, apenas estrenado y bautizado, se preparaba para una lenta pero vigorosa recuperación. Les esperaba un brillante futuro de conquistas y expansión, pero Hiruzen estaba próximo en regresar. El Avatar Korra había solicitado que el Hokage viajase al mundo occidental para presentar su causa, y Mito había insistido para que aceptase. El Tsuchikage alegó que su país estaba demasiado desestabilizado con escultores bombas y la plaga Fósil como para ausentarse tanto tiempo, y el Raikage declaró que no se subiría a vehículo motorizado alguno. En realidad le temía a volar y jamás le perdió la desconfianza a los trenes. Por lo tanto, Hiruzen Tercer Lord Hokage sería el representante de los asuntos Shinobis más por circunstancia que por convicción. Lo despidieron con grandes festejos, endeudando a miles de campesinos que recibieron el alferazgo, y se dispusieron a seguir con sus existencias.

Hiruzen atravesó en buque el gran Mar Amarillo. No era tan amarillo, pero sí muy grande, y paraban en puertos especiales cada fin de semana donde cargaban especias y exóticas aves de picos pintarrajeados. Llegó a Calcuta, donde presenció huelgas de hambre y peleas a machetazos entre hombres de ropas muy curiosas. No salió del hotel, pero el ambiente indio le dejó una impresión considerable como para no querer volver más. Un tren atestado lo llevó de un extremo al otro del subcontinente, donde tomaron otro barco que se introdujo en el golfo pérsico. Navegaron por dos franjas de tierra arenosa, cruzándose con cargueros y buques militares gigantes e imposibles en la débil concepción global de este hombre. Descansaron en Suez para reponer combustible, porque allí era muy barato. Conoció la maravilla del Canal, y pensó que el Mundo Ninja se vería muy beneficiado con uno, aunque no sabía cómo. Hiruzen conoció a Jeques y coptos, y antes de seguir su camino le ofrecieron vírgenes en abundancia con la esperanza de forjar nuevos tratos. Al arribar a una silenciosa Grecia, donde las fuerzas realistas habían vencido a los comunistas imaginarios, vio argollas turcas y un jovencito de melena ondulada y ojos bellísimos como estrellas le hizo llegar una invitación de un tal Gran Patriarca. Sin querer retrasarse de más, rechazó con ortodoxia, y pasó a sobrevolar Europa central. Hiruzen asintió cuando el Avatar Korra le preguntó si podía ver el Telón de Acero, y opinó que le faltaba algo de brillo. Llegaron a Londres, una ciudad de piedra muy elegante, aunque tenía un cielo gris horrible.

—Así que así sería el mundo si ganaran los comunistas.

—Por favor —rió Attlee—, Stalin se horrorizaría, aunque aquí entre nosotros, yo nunca dije eso.

Su mano extendida fue respondida con una reverencia. En las reuniones, conoció al gobierno chino, a los que recriminó desaforado, pero le explicaron que este era el "Gobierno Oficial", residente en esa isla que cruzaron de camino a Occidente, y que el gobierno que protagonizaba las pesadillas ninjas era uno "Usurpador", que no contaba con más apoyo que el soviético y de sus marionetas. Hiruzen no terminó de entender cómo un ejército que había vencido, humillado y hecho con el poder podía no ser reconocido como victorioso o legítimo, pero pensó que no debía ser tan raro, pues lo invitaron a una Mesa que llamaban Redonda pero era más bien rectangular y muy larga, así que sería algo similar a la idea nunca expresada del Hokage en las Sombras.

Lo siguiente se conoce solo por las actas, que como entenderán carecen de profundidad, detalles o gracia. Se sabe que Hiruzen no quiso, o no supo, señalar en el mapa la ubicación de los pueblos que representaba. También es cierto que dio una versión muy manipulada de la historia Ninja, poniendo muy por encima a la Hoja y apoderándose de descubrimientos ajenos. Luego, vinieron los bombardeos de papelería y sellos y títulos y grados. A lo mejor añoraba los días en que les llovía fuego y no burocracia. Aprendió a estrechar manos, a disfrazar sus sesgadas opiniones por conclusiones pragmáticas y hasta se acostumbró a esa agua sucia que los ingleses llaman té. Pronto, su ingenuo idealismo heredado conmovió a los hombres de frac con sus chistosos sombreros, y se acordó que estaba bueno joder a esos rojos.

—¿Nos ayudarán? —dudó Hiruzen ante la tinta fresca y la pluma goteante.

—Pero no se olvide de nuestra condición —se plantó un pequeño hombre, calvo y barrigón, de rostro mafioso—, ustedes los Shinobi o como carajo se llamen no pueden abandonar a los Señores Feudales. Su supervivencia depende de ello, firme, firme.

—Los chinos no van a estar tranquilos —dijo pero firmó.

—Olvide a los chinos. No durarán más d años —hablaba el Comodoro satisfecho, certificando la hora en su reloj de oro.

—¿Y nosotros? —se ponía de pie Hiruzen.

—Por eso no se preocupe. Ustedes acaban de dejar de existir.

De esas reuniones resultó el Acuerdo Westminster-Sarutobi, que certificaba la condición de Sociedad Secreta a las Naciones Ninjas.