III

Los rojos se retiraron de las montañas en cuestión de semanas, pero Sarutobi tardó aún dos meses más de lo previsto en regresar. Resulta que la embajada británica se hizo un lío y abandonaron al joven Tercer Hokage a su suerte en Nueva Delhi. Vivió de vender las vasijas que creaba con su Jutsu de Barro, y recorrió el territorio del viejo enemigo a punta de carreta, mula y patada. Quedó sorprendido de cada sonrisa que se le cruzaba, y las etnias hasta entonces relegadas le contaban grandes historias del reino celestial llegado a la tierra, y se quedó bastante satisfecho con la vigorosidad de los campesinos.

—Así deberían ser los campesinos en nuestras tierras, desviviéndose por su nación en lugar de dedicarse a revueltas inútiles.

En Hong Kong volvió a ver al Avatar Korra, pero no pudo cruzar el cerco de seguridad y si ésta llegó a verlo, no lo reconoció. Se dedicó a arriar botes hasta que una marea alta lo enrumbó a su destino. Quizás sabía que le necesitaban, porque Mito y Naori habían dispuesto un gran dominio dual, mantuvieron a raya a los inquietos aliados y calmando los nervios ninjas con demostraciones de espiritismo y espectáculos ilusorios. Mucho se habló de la cercana relación de estas dos mujeres, se desempolvaron profecías y se revitalizaban las teorías con cada pequeño rumor, siempre advirtiendo que un Uchiha y un Senju no podían relacionarse sin acarrear desastre.

—Pero Mito no es una Senju, es una Uzumaki.

—No, cuando me casé con Hashirama acepté todo de él, hasta sus células.

Acusada de canibalismo, Mito se enfrentó a un motín de los clanes, que estando a punto de lincharla, señalaron la llegada de un vagabundo mugroso que olía a raíz podrida. Cuando los niños se disponían a tirarle piedras, descubrieron que se trataba de Hiruzen Sarutobi, el Hokage que Konoha había olvidado. Retomó su poder de inmediato, y la lápida con su nombre que esperaba en la funeraria fue destruida. Por su largo viaje, y las grandes maravillas que había visto alrededor del mundo, que lo habían cambiado de formas poco previstas, se le llamó el Hokage Peregrino, aunque nunca más salió del País del Fuego (apenas llegó a la frontera para reunirse con su homólogo de la Tierra, en un futuro todavía difuso). Pero la gran parte del resto de su vida, apenas rozaría los alrededores de la Aldea, incluyendo esas contadas veces en que gustaba salir a pasear sin resguardo respirando el aire del campo, coleccionando hongos, y fue en una de esas salidas que hizo su más grande y fatal descubrimiento. Regresó a la Aldea con un jovencito bajo el brazo. Su piel era delicada y blanca como el papel, su cabello largo y negro como una cascada nocturna, y llevaba dos hipnóticos ojos serpentinos. Lo descubrió al interior de un roble, cubierto por una membrana sabor a durazno, y como no tenía collar se lo llevó a casa, y como era muy flexible, pudiendo alcanzar las monedas bajo la cama que ningún Jutsu había podido recuperar, lo adoptó y porque se entendía con las serpientes y al preguntarle cómo se llamaba solo señaló a una serpiente y dijo "así", lo llamó Orochimaru.

—¿Cada que sales vas a traer un niño nuevo? —le reclamaba Koharu, ahora encargada de los gremios femeninos.

—¿Qué? Si es el primero...

—¿Eh? ¿Acaso ya te olvidaste del que trajiste de tu viaje?

Hiruzen rememoró. Fue cuando cruzaba la Aldea oculta entre los Pantanos que hizo otro hallazgo, menos glorioso, más rústico. Un niño sin nombre que vivía en las calles, con una greñuda melena blanca y las patas sucias. Sobrevivía haciendo encargos vía barril y practicaba como aprendiz de un viejo barquero, un hombre ciego que lo molía a palos y le arrojaba elotes mutilados para alimentarlo. Aun así, mantenía una gran actitud, siempre jugando bromas, y siempre escapando de las turbas que lo perseguían para latiguearlo. Hiruzen creyó reconocer un atisbo de habilidad ninja, y entabló contacto con él.

—¿Dónde están tus padres?

—Mi padre no sé, nunca supe quién era. Mi mamá se fue hace mucho, no sé a dónde y no me importa. Puedo cuidarme por mí solo.

Hiruzen parecía más intrigado por la polvorienta melena del niño, esa actitud simple y despreocupada y esa predisposición ninja, de notable potencial.

Entonces se dio cuenta. Era la viva imagen de su fallecido Sensei.

—Dime, niño, ¿te gustaría venir conmigo?

—Sácatelas, viejo, ¿por qué iría con un vagabundo apestoso como tú? Estoy mejor solo —y se volteó a dormir sobre unos maderos, rascándose la cola.

Así que Hiruzen se lo llevó. Solo a mitad de camino, cuando le habló sobre la gran Aldea que era Konoha, dejó de patalear. En ese tramo también le puso su primer nombre que no fuera un insulto.

—A ver... te llamaré Tenma.

—¡Oye, yo no soy perro callejero para que me pongas nombre!

—¿Y qué prefieres?

—Alucinas, viejo.

En lo restante, le contó que sus padres habían muerto en la Guerra Ninja.

—¿Y si era tan bueno por qué se murió?

—Precisamente, los mejores son los que menos viven —confesó, sin percatarse de la ironía que conllevaba.

—¿Y mi madre?

—Ella no fue ninja, pero criar a un hijo sola es en sí una guerra.

—No entiendo, viejo, ¿cómo es que sabes tanto de mí?

—... Porque tengo una deuda, y tengo pensado pagarla.

—Los muertos no pueden cobrar deudas, viejo tonto.

—No es eso. Voy a convertirte en un Shinobi de Konoha.

Al llegar se encontraron con el tumulto de la histeria, y solo cuando el hombre fue reconocido como el líder absoluto de ese pueblo de locos, supo el niño que podía dejar de desconfiar y empezar a temblar. Temblaba de entusiasmo. Lo primero que hizo fue revelarle su nombre, el que su madre le había dado: ¡Soy Jiraiya, y seré el próximo Rey de los Ninjas!

—¡Te dije que es Hokage!

—Pero Hokage suena como a diarrea explosiva o algo.

—¡Cállate!

Y así inició esa intermitente relación.

—Ah, sí, es verdad... —respondió Hiruzen—, ¿y dónde está ahora?

—No preocupes, no ha muerto. Tiene un cuarto en el centro y recibe una canasta de comida cada semana. Ya empezó a ir a la academia. Está bien, y no gracias a ti, Sarutobi. Pronto serán los exámenes Chūnin, así que deberías estar atento.

—Vaya, los niños son un fastidio.

—¡Ni se te ocurra tener hijos!

—Deberías hablarme con más respeto, soy tu Hokage.

—Y una mierda, ¡ve a visitarlo! —lo echó del despacho a empujones.

Anduvo por la Aldea fastidiado, pateando lata, llenándose los bolsillos con los puños. Su rostro era tan común y su nombre tan reciente, que todavía gozaba del privilegio de pasear por ahí sin hacer zozobras, y sin proponérselo encontró al joven Jiraiya no en la Academia ni en su casa, sino espiando en los Baños Termales. ¿Por qué no le sorprendía? Lo jaloneó de las orejas, lo regañó y Jiraiya se defendió alegando que solo estaba realizando una Misión Súper Secreta y Real para Conseguir Información, así como sus incursiones en el Barrio Rojo era Documentación Seria sobre Técnicas de Seducción Ninja, y esas películas que alquilaba y escondía bajo la colcha era Investigación Madura sobre la Anatomía del Enemigo. Se limpiaba de responsabilidades exponiendo que si las Kunoichi son entrenadas para usar sus cuerpos contra los Shinobi, estos debían ser entrenados para no sucumbir ante la suculencia de tales encantos. Lo llamaría el Método Jiraiya, y mostró grandes pliegos de escritos al respecto.

—¿Qué es todo esto?

—Mis Fan-fics.

—Uhm... Entonces, Madara despechado y herido, buscó los pechos de su amada Haruko, pero esta le rechazó, molesta por haber perdido el puesto de Hokage, y furioso y frustrado, el Uchiha buscó a la joven...¡¿Qué es toda esta basura?!

Jiraiya recibió más reprimendas y Hiruzen destrozó sus hojas por montones y confiscó sus obscenos dibujos, no sin antes descubrir en esos bocetos un rostro singular, trazado con un especial cuidado, capturando una inocente belleza cautivadora.

—Esta es... —se escandalizó en silencio.

Resulta que Jiraiya solía espiar las ceremonias, colarse en los banquetes y trastocar los vestuarios dejando a las muchachas confundidas, además de hacerle arreglos a las máscaras del Teatro Kabuki. Y en esas ominosas reuniones fue que descubrió, tras cortinas de seda fina y atuendos ataviados, a la última joven heredera del Clan Senju, nieta de Mito Uzumaki, hija de Ise Senju, la Princesa Tsunade, y Jiraiya estaba profundamente enamorado de ella, sin saber que era su sobrina, por lo que Hiruzen lo volvió a reprender.

Tsunade había tenido una vida de lujo hasta ese entonces, todo lo contrario de Jiraiya, a quien solía referirse como "campesino afortunado". Ser nieta del Primer Hokage y miembro del clan Senju le garantizó vivir en el Castillo y tener un ejército de criadas a su disposición. Durante el gobierno de Tobirama nada le faltó y más bien todo le sobraba. Llevó los mejores vestidos que pudiesen confeccionarse con las técnicas de la época y probó todas las delicateces de los "mugrosos gitanos", como les decía con cariño. Ni siquiera la guerra pudo reducir sus privilegios. Bajo el mandato del Tercero, no hizo sino volverse aún más consentida y caprichosa. Se inventaban platos y manjares solo para su degustación y se escenificaban episodios de la historia Shinobi para su mero entretenimiento, como los años de Eterna Caravana, la Alianza Senju-Uchiha, la Fundación de la Hoja, las guerras antiguas y recientes, y hasta del Exilio de los Uzumaki, clan de su abuela a quien se sentía muy apegada. Pero sin duda la historia que más le fascinaba y exigía que se representase una y otra vez, era La Caza de las Bestias con Cola, en la que se contaban lo dura que era la vida antes del Sistema de Aldeas haciendo especial énfasis en cómo debían sobrevivir a la sola existencia de los Nueve Bijus, los Demonios con Cola. Todo ello le dio una idea más bien retorcida del Mundo Ninja: lo encontraba fascinante. Apenas existían registros reales sobre hecho alguno, y ningún suceso podía ser demasiado clarificado por los profesores que le traían, cada uno el mejor en su rama, que era lo mínimo que se exigía para ella. Su educación fue sin duda la mejor de todo Konoha, tanto que una generación quedó privada de las letras para enriquecer todo lo posible la mente de una muchachita que había sido designada como el "futuro". Esas suelen ser las peores condenas, las que se hacen en agonías. Con ello, los destinos de ella y de la Aldea habían quedado sellados sin solución. La opulencia de su crianza también hizo aflorar un sesgo de su psicología: una obsesiva actitud por controlarlo todo. La Princesa Tsunade era conocida por obligar a sus criadas a jugar cartas con ella y apostar desde granos de arroz hasta horas de trabajo. No solía perder, no por la dejadez de sus contrincantes, sino porque era genuinamente buena. Desvalijaba a las criadas y despreciaba las modestas alcancías de chanchito. Tenía un huerto, y se había hecho un nombre a base de préstamos internos y financiamientos que le rindieron frutos a largo plazo. Esta conducta que supieron mantener oculta por buen tiempo luego sería sindicado como una herencia malsana de su abuelo Hashirama, quién según dice también era un apostador compulsivo y un mal perdedor, pero si repasamos la historia reciente sabremos que Hashirama no pudo haber enseñado a su nieta cosa alguna que no sea pedir un pañal, por lo que se cree que fue Tobirama el culpable de inculcar tan mal hábito en una niña tan refinada, a quién el excesivo amor y cuidado habían convertido más bien en una malcriada, codiciosa e insolente. Pero la verdad sea dicha, el verdadero culpable de esta manía fue Hiruzen, quién en una tarde de ocio y aburrimiento decidió enseñarle a jugar al Shogi primero, a los dados después y ya al final a las cartas, metiéndole dinero de propinas y vueltos para hacerlo más divertido y demostrando que era tan mal perdedor como su maestro.

Así que esa era Tsunade, una muchachita respetuosa de las buenas formas pero empedernida en sus propios vicios. Alimentaba cada aspecto de su vida con un conocimiento envidiable que muy pronto la volvería visionaria, y más tarde cínica. Tsunade, que crecería para convertirse en una poderosa mujer, jamás podría entregarse a la sinrazón del amor, perturbada por los designios malignos que pesan sobre ella y cuelgan de su cuello sobre su canalillo. El Collar que le regalase su abuelo, a quien no ha visto más que un par de veces fundido en la tierra del gran árbol, destella simpático cuando la muchachita de mejillas sonrosadas brinca de una copa a otra, dejando atrás al torpe campesino y comentando infidencias con el confiable serpentario. Desdichas sobran, Hiruzen formó su primer equipo con aquel trío de pasiones desbordantes y desastres heredados: El irreverente Jiraiya, la malcriada Tsunade y el sombrío talentoso Orochimaru.