IV

Quizás Hiruzen Sarutobi pudo sentir en esa mañana aciaga, en ese bosque húmedo, que su Sensei Segundo Lord Hokage Tobirama Senju, estaba dispuesto a sacrificar lo máximo con el fin de mantener las legiones leónicas de su poder en Konoha. Morir terminaría de cimentarlo como un ícono. Pero, típico de él, desechó esa idea. Consideraba, a diferencia del resto de Shinobis, de la gran mayoría, casi todos, que el instinto era algo peligroso en un guerrero silencioso y sorpresivo como el Ninja; que solo lo empujaba al aventurerismo, que tal vez había generado uno o dos héroes en la difusa historia oral de las Aldeas, pero que la más de las veces había significado una condena injustificada o traición innecesaria. Hiruzen era joven todavía, no descubriría hasta varios lustros después la verdad de tontos triunfos de la razón o la importancia de diseñar su propio final.

Mientras eso, Danzo, que no terminaba de recuperarse de la decepción de su asalto primerizo al poder, y que nunca acabaría por aceptar la traición de su Sensei, resolvió volver a su cómoda y sombría posición de espera, dedicándose a misiones menos glamorosas y considerando que un Hokage como Hiruzen no podía durar demasiado, sin imaginar que se enfrentaba al reinado más largo jamás visto. Pero justo cuando empezaba a desesperarse, Hiruzen apareció con el niño de los bosques, el último de los Hombres Serpientes, y reconoció de inmediato en esos ojos verdes y lineales lo que Hiruzen se negaría a aceptar hasta esa noche terrible en que se revelara al fin de lleno la putrefacción del alma que tan descuidadamente cultivó. Supo Danzo que tenía una oportunidad única, y rezagado por un designio incomprensible, aprendió a encontrarle el gusto al trabajo en las sombras.

Resulta que Tobirama no solo se había dedicado a crear Jutsus con nombres largos e instituciones respetables. Había también creado, a espaldas de su hermano, pero con su beneplácito y la gracia de sus satisfacciones, un escuadrón elite de Shinobis ultra-fieles que llevaran a cabo misiones secretas contra los enemigos de la joven Aldea. Con el tiempo, este pequeño comando creció y extendió sus influencias. Como Segundo Hokage, Tobirama lo instituyó en la matriz primordial de Konoha, designándole recursos que se evaporaban de los almacenes, presupuesto que se esfumaba en acrobacias aritméticas, y personal que se reportaba desaparecido en batalla. Durante el Tercero, el ANBU creció, secreta y subterráneamente al mando de los Sabios Ancianos, y ahora constituía la principal fuerza de ataque Ninja en tiempos de paz. Más encima, el aprovechado de Danzo se dio el gusto de crear La Raíz, una división todavía más secreta, si se puede, bajo las mismas narizotas de Hiruzen y que operaba directamente a sus órdenes.

La mentira nunca progresa —Danzo había llegado con esa frase. La había leído en un libro extranjero, alguno de esos que traía de contrabando desde el continente más allá del desierto y que ocultaba en un baúl bajo su cama—, ¿sabes por qué, Hiruzen? Porque si progresa, nadie le llama mentira.

Hiruzen prefería desoírle. Nada podía aprender de esa papelería insulta y pagana. Él se tenía por bien servido con las grandes enseñanzas de Konoha. Como Tercer Lord Hokage llegaría a fundar el Instituto de Investigación de La Voluntad de Fuego, que quizás fue lo único que se mantuvo en pie tras su muerte, a manos de un alumno serpentino que pudo haber matado a tiempo pero que impidió su sentimental corazón.

—Deberías concentrarte en mejorar tu control de Chakra, Danzo —le repetía Hiruzen, un obseso del entrenamiento. Danzo estaba obsesionado con otras cosas, entre ellas el poder, pero en un sentido pragmático y algo filosófico.

—Deberías concentrarte en cuidar tu Aldea, viejo amigo...

—¿Qué dijiste?

—Nada, nada...

Cada cara tiene su cruz. También lo aprendió de un libro de numismática, pero le encontró las extrapolaciones filosóficas. A pesar de que el relato de la Voluntad de Fuego atraviesa cada generación de Konoha, inflando los pechitos e instigando las pequeñas revueltas hasta convertirlas en colosales guerras, no es posible omitir ese correlato de cobardía perversa que impregna a los marginados de la memoria. La Maldición del Odio, una formulación maliciosa, a veces avivada con fines políticos, a veces achacada a un asunto genético, una suerte de trastorno mental heredado, comúnmente la vergüenza necesaria para que las hazañas luzcan más espectaculares, más singulares, más excepcionales.

—Los avances occidentales sobre el cuerpo humano son realmente llamativos —comentaba Danzo, auspiciando un ritual de desmembramiento donde los recién conseguidos ANBU extraían, con más o menos proeza, los secretos de un compañero muerto.

—Hemos logrado descubrir que el cerebro de un Uchiha es particularmente distinto a los demás —señalaba la Doctora [sic] Tsubaki Yamanaka—, posee una configuración peculiar de los canales de irrigación, y una extraña gandula que segrega una hormona única, que creo es el secreto de sus poderes... Eh, por cierto, ¿puedo saber quién es nuestro donante?

—Puedes reír. Setsuna Uchiha ha tenido el gran favor de maravillarnos con los misterios de su mente de pueblerino.

Cuando Homura, jefe del Departamento de Finanzas, se enteró de las indignas exhumaciones que estaban teniendo lugar, entró al lugar pegando alaridos sobre ¡qué barbaridad! ¡¿Cómo nos perdonarán los Dioses?! ¡¿Qué dirá nuestro Lord Hokage?! A lo que Danzo solo respondió, tranquilo, ¿y quién crees que autorizó todo esto? Por supuesto, no se refería al payasesco Lord Hokage que tenían ahora, sino al insuperable Lord Segundo Hokage.

—Nuestro insuperable Sensei es, podría decirse, el padre de toda esta ciencia.

—¿Te pasas de listo, Danzo?

—Soy realista, Homura. ¿Crees que podemos confiar en esa perra Uchiha para mantener la paz? Son unos psicópatas que se deleitan con la sangre de sus hermanos, el Odio corre por sus venas.

—Pero mantienes al muchacho cerca de ti, ¿verdad?

—Amigos cerca, y enemigos aún más. Kagami cree estar haciendo lo correcto por Konoha, y mientras lo siga creyendo, lo seguiré utilizando.

—Mito se va a enterar...

—Anda, di lo que quieras, por lo que a mí respecta esos Uzumaki son igual de inestables que los psicópatas Uchiha con sus chistosos ojos rojos. No olvides que fueron ellos quienes trajeron la maldición del Remolino a nuestra Aldea.

Y quizás por miedo, quizás por apatía, quizás por flojera, Homura Mitokado no dijo una sola palabra, no acusó a nadie, y pronto se vio él mismo colaborando en hacer más grande y más eficaz el poder oculto de Danzo. Pasarían algunas cosas que lo terminarían de convencer de la ineficiencia del Tercer Hokage, pero para eso faltaban algunos años. Por el momento, Danzo lo instruyó en su doctrina de "Mantener al gran árbol de Konoha desde la profundidad de la tierra". Esa y no otra era su ideología impartida por décadas, y solía decirles a sus discípulos que los excesos eran una cuestión de adjetivos. Más ninjas de lo que jamás quisieron admitirlo pasaron por manos de Danzo, y Orochimaru, hasta donde sabemos, es el caso menos defendible, quizás solo superado por el genocida Itachi Uchiha, pero, de nuevo, nos estamos adelantando.

Por el momento, Danzo detalló su meticuloso plan y sus docenas de retorcidas conspiraciones en una novela auto-biográfica que nunca publicaría, y que solo tuvo el título tentativo de Cómo dominar una aldea en simples 5436 pasos, donde aconsejaba usar triples o hasta cuádruples agentes, confundirlos hasta que no supieran a quién ayudaban o a quien traicionaban, y hacía hincapié constante en la construcción de una suerte de Eje Político del Mal (subrayado suyo). Era una vergüenza, ¿qué Ninja se dedicaba a dejar registro de sus planes o pensamientos? Ese manuscrito jamás debía "dar a luz", no por las atrocidades que allí exponía, sino por el pecado de la letra.

Si Tobirama actuó desde una racionalidad muchas veces fría aunque sincera, Sarutobi no tuvo más opción que vivir en el pánico constante, el miedo sempiterno a su propia sombra. El "Dios de los Shinobi" no era más que una construcción de Danzo, diseñado entre sueños febriles y maquinaciones oscuras. Y mientras más crecía la imagen del Hokage Inmortal, más grande era la sombra de sus latrocinios perpetrados en nombre de la paz.

El historial del ANBU es largo y terrible, símil de otras cosas largas y terribles que es mejor no mencionar. Azuzó rebeliones en la Niebla, que concluyeron con la imposición de una dictadura todavía peor, la del Cuarto Mizukage y su Neblina Sangrienta, mientras intentaba repetidas veces matar al Tercer Raikage, nunca consiguiéndolo por la inaudita velocidad de este y sus guardas, por lo que intentó hacer más bien que se le cayera la barba para afectar su imagen pública. Por el otro lado, financió corpúsculos terroristas en la Roca, con cuyas escisiones tuvieron que lidiar por décadas, sin nunca saber qué reclamaban o a quién representaban. Cuando llegó a oídos de Danzo que la Arena había ganado el favor de Shukaku, intentó por todos los medios promover una invasión definitiva y total que borrase esa miserable Aldea de una vez, pero se encontró con resistencias de los clanes, por lo que se tuvo que conformar con sabotear la producción e imponer pesadas sanciones económicas, alegando que la Arena se armaba para asaltarlos, calificándolos de bandidos, borrachos y violadores en manada, y generando así un odio visceral en las nuevas generaciones de ninjas en el País del Viento. Por esas cosas y más que descansan en la auto-biografía de Danzo para nunca revelarse, a los Shinobi de Konoha, tan asesinos como laureados, pronto se les empezó a llamar los Malditos de la Hoja, y cuando Hiruzen, el Hokage Ciego, se enteró, encaró a su viejo amigo para decirle:

—Déjate de huevadas, ah.

Pero no todo fue malo. Danzo fundó y financió secretamente misiones de salvamento a los niños asolados por el fragor de una guerra desconocida o atrapados en combates sorpresivos, aunque ellos mismos los hubiesen dejado en la orfandad. Fue la red política de Danzo la que veló por el fortalecimiento de la condición Secreta de las Naciones Ninjas, lo que trajo protección, pero también atraso y anacronismos, promoviendo el surgimiento de inusuales mafias que vivían del tráfico de tecnologías extranjeras. Pero no olvidemos que fue la unión con el Líder Político y Militar de la Aldea Oculta entre la Lluvia, el Amekage Hanzo de la Salamandra la que trajo la PAX y el control a los Ninjas, excepto por esa vez que accidentalmente iniciaron la Segunda Guerra Ninja, y para eso ya no falta mucho que digamos.