V
Una vez, mientras practicaba con los Jutsus de invocación, Jiraiya desapareció en su propia nube de polvo. Hiruzen, asustado, no supo dónde meter el pescuezo, así que fue a dar una vuelta, a ver si aparecía por una esquina cualquiera. Se asomó por el distrito de las transformaciones, a donde le gustaba al pequeño Jiraiya ir a espiar a los despechados, pero ninguna de las muchachas confirmó haberlo visto ni por casualidad, pero prometieron, tronando los puños, que no dejarían que nada le pasara a su pequeño Jiraiya.
Probó de todas las técnicas (que, siendo el Shinobi camino a dominar todas las técnicas que era, no eran pocas) y revisó sus viejos pergaminos lastrados. Pero nada le sirvió. No había escuchado de ninjas que desaparecían con una invocación más que en leyendas o chistes. Desilusionado, fue a tomarse un buen sake. Tres semanas después, tras un funeral modesto en el que Tsunade lloró desconsolada y tomó mucha agüita de azahar y donde Orochimaru se mantuvo estoico junto a la tumba hasta que cayó el sol derrotado, el muchacho reapareció en otra nube de polvo. Parecía un salvaje, deshilachado y rabioso, pero su panza hacía notar que había llevado la buena vida, aunque se le habían espaciado los dedos de los pies y no se puede subestimar su sed por aceite de oliva. Habló de un mundo exótico, de vapores sublimes, donde los sapos y las ranas lo dominaban todo e invocaban hombres para pelear sus guerras contra los lobos y los monos. Contó que, tras sobrevivir en ciénagas de fuego atestado de plantas carnívoras y burlonas, cazar y evitar ser cazado por bestias de alas plegables y picos zigzagueantes, y todavía enfrentar una plaga de langostas samuráis, alcanzó el templo en el Monte Myoboku donde un sapo gigante le iba revelando una interminable profecía conforme iba lamiendo pequeñas ranitas que caían ocasionalmente en sus ancas. Al tiempo, los jefes sapo lo entrenaron brutalmente durante el día y lo aterraron jocosamente durante la noche. Tuvo que acostumbrarse a comer la comida de los sapos y a meditar en el equilibrio de los sapos y más de una vez a hacer sus necesidades como un sapo se supone que hace lo propio. Jiraiya no contó que uno de los jefes sapo –el bueno de Gamabunta- aceptó firmar un Contrato de Invocación a cambio de casarse con una de sus hijas sapo. Jiraiya sería conocido en un futuro como el gran Invocador de Sapos y mediano malabarista de ranas (Maestro Sapo, para abreviar), pero por ahora simplemente era Jiraiya el loco de los Sapos. Desde su retorno no dejó de pregonar a gritos por todo el pueblo que el mundo se acabaría en 1984 y que un líder revolucionario aparecería bien para salvarlo o bien para destruirlo. Se entregó entonces a la búsqueda de ese joven prometido, pues la profecía aseguraba que sería discípulo suyo, y era de esperarse que su influencia en él determinara su decisión. Jiraiya se hizo más insoportable desde entonces, y Tsunade cambió el beso prometido a su regreso por un derechazo que perforó la mandíbula, a lo que Orochimaru, muy calmado él, se sirvió a recordarle lo patético que siempre había sido y siempre sería.
Decidido a probar que sus alucinaciones eran al menos un 50% reales, se auto-exilió a los montes inhóspitos, naufragó en pantanos venenosos, y luchó contra corrientes engreídas que lo zarandeaban contra las rocas antes de arrojarlo a cataratas refulgentes. De vez en cuando volvía al Monte Myoboku usando una ruta que le habían enseñado los pejesapos, sumergiéndose en los asquerosos pantanos de la ciénaga más allá del Valle del Fin, y saliendo por una ensenada verde, al compás de un sapo guitarrero. Llegaba con ganas de aprender, pero participaba de reventonazos tales que cuando volvía a Konoha, sin saber cómo o por qué, él mismo ponía en duda la estabilidad de su mente, hasta que conoció a una pareja de ranas ancianas muy gruñona pero muy amable que le invitaron a comer frutas dulces y a bañarse en aderezo y ayudar picando las zanahorias, pero como se escapó de la olla a tiempo, decidieron adoptarlo y Jiraiya aceptó porque le enseñarían una técnica secreta y poderosa con la que impresionar a Tsunade y también un poco porque esa aislada pareja le dio algo de pena. Eran Fukasaku y Shima, y por 3 largos años le enseñaron a dominar el Modo Sabio: un secreto ancestral que los humanos modernos habían olvidado, Senjutsu.
—¡Miren, logré dominar el modo Sennin! —volvió entusiasmado a la Aldea.
—Ah, el Primer Lord Hokage ya lo tenía —le despreciaron.
—¿Qué, cuándo? —se extrañó, pero prontos todos estaban comentando lo bien que se veía el Primer Hokage con el modo Sennin.
—Ah, sí, sí, yo me acuerdo. Era tan guapo. Y alto. Lástima lo que pasó a sus sobrinos. Terrible. ¿Lo recuerdas? Sí, yo también, ¡eres un fraude, Jiraiya!
—¿Pero cuándo le vieron el Modo Sennin al Hokage? —se atrevió a cuestionar el muchacho, ya en las puertas de ser un hombre.
—¿Te burlas de la memoria del Primero? ¡A él! —y lo persiguieron con machetes y látigos. Lo hubieran acorralado contra el río si la Princesa Tsunade, en otra de sus clásicas escapadas, no lo hubiese ayudado a camuflarse con los árboles. Jiraiya se sintió desubicado, pero pronto entendió que se encontraba en el Cementerio Secreto Senju, en lo más profundo del Bosque Nara. Allí habían ido a parar los últimos miembros Senju, azotados por la terrible Enfermedad del Árbol, el mejor de los legados de Hashirama. La piel se les endurecía para cuartearse y liberar un fluido resinoso, mientras los pies echaban literales raíces y dificultaba el movimiento, arruinando los calzados. Muchas veces se encontraban escuchando el dulce sonido producido por la cítara, solo para darse con la cacofonía de sus dedos fusionados con el diapasón. Quizás las espaldas floridas podían resultar atractivas para las damas, pero pronto daba paso a comezones inaguantables, que empujaron a desesperadas técnicas de jardinería. El aroma primaveral pronto se vio desplazado por el penetrante olor de la corteza podrida, y las termitas, esas eran lo peor. Así que al final, paralizados y retorcidos, eran llevados al viejo terreno, donde los plantaban y regaban y prendían velas cada aniversario. A Tsunade solían presentarle a tíos o primos señalándole esos regordetes árboles con rostros lamentables, y de niña era común encontrarla durmiendo entre ellos tras sus escapadas.
—Es que ellos me llaman —respondía la Princesa. Ya más crecidita, mostrando los primeros signos de sus inigualables dotes, ella misma se encargaba de regar a sus parientes y arrancarles la hierba mala. Y Jiraiya solía ver ese extraño ritual en silencio, creyendo que así se traslucía un poco de la humanidad de esa chica tan radical y fascinante. En realidad, nadie sabía si los Senju convertidos en arboles seguían o no con vida, pero se dice que en algunas tardes frías donde el viento sopla con particular sinfonía, si prestas mucha atención, puedes oír a los Senju conspirar contra los Uchiha.
—Uchiha... Madara... que se pudra...
