VI
—Otra vez estás herido, ven...
Tsunade siempre curaba las heridas de su amigo, ya que Jiraiya solía sobreestimar sus recientes habilidades y se chuleaba en tareas que lo sobrepasaban, desde ordeñar las vacas siendo unos niños hasta enfrentar a los remilgosos monstruos del pantano siendo mayorcitos; Jiraiya siempre aprendía las lecciones tarde y a la mala. Cierto es que Jiraiya recibía los peores golpes cuando hacía una propuesta indecorosa o deslizaba un comentario de doble sentido. Más cierto es todavía que la mayor herida que recibió jamás Jiraiya fue en el corazón, desde descubrir el enamoramiento de su Princesa por el Serpentario Orochimaru, pasando por la decepción del exilio, hasta su noviazgo y el compromiso casi realizado con ese tal Dan Kato. Con esas heridas andaría el Maestro Sapo, menguando su dolor en piernas extrañas, pero sin jamás haberse podido quitar el kunai enterrado que era el haber dejado que tan hermosa flor se marchitara tan amargamente.
En realidad Tsunade tuvo dos grandes amores en su vida, y ninguno era Orochimaru, hacia quién más bien sentía una fascinación exótica como el científico que se siente atraído por un animal extraño pero majestuoso, aunque también podía deberse a las feromonas que soltaba al caminar y que constituyeron el objeto de una de sus primeras investigaciones serias. Volviendo a los amores de Tsunade, el primero era su pequeño y tonto hermano menor, Nawaki Senju, al que le decían "Aserrín" por lo chiquito e inquieto, hijo de un matrimonio formal de su madre Ise con un irrelevante miembro del clan Sarutobi quién intentó ganar más popularidad por las nupcias contraídas pero que murió pronto durante la Primera Guerra Ninja por un kunai perdido y mal lavado. Quizás ello ayudó a que la relación entre ambos hermanos fuera más fuerte. Hubo otra hermana, pero a ella la historia y el Mundo Ninja como tal la han olvidado por completo.
El segundo verdadero amor que tuvo Tsunade llegó en la forma de ese ninja tan peculiar del clan Kato, llamado Dan, que por su posición y su talento siempre se ubicaron en un punto intermedio entre la carne de cañón y las grandes casas. En realidad no tenían nada relevante más que el esfuerzo sobresaliente que dedicaban al estudio, la lectura y la comprensión de cada pequeña técnica ninja, que ya era decir mucho, en realidad, porque si tu nombre no sonaba en una gran batalla entonces no eras nadie en el Mundo Ninja, y Dan Kato no era ni sería nadie nunca.
Resulta que una vez Tsunade andaba contándoles una de sus historias sobre las antiguas guerras a otros niños de la Aldea, quienes la veían como una heroína juvenil que lo sabía todo. Habló de cómo su abuelo Hashirama derrotó él solo y sin ayuda al Zorro Demonio de 9 Colas, y justo cuando llegaba a la parte más interesante pasó por allí Shinara Nara, que en realidad se debía llamar Shikaru, pero los tira y afloja de la política ninja habían sellado su nombre en la libreta del destino. Ella al escuchar esa vanagloria sobre la que se regodeaba la joven Senju decidió intervenir y le dejó claro a todos que Hashirama no había sido el único en pelear en aquella batalla, y que muchos familiares suyos lucharon y murieron, y los que no, resultaron malogrados para toda la vida. Puesta en entredicho, no le quedó otra opción a Tsunade que hacer una apuesta, y si de verdad existía un Nara lisiado por una batalla contra el Kyubi entonces Tsunade comería tierra.
La princesa Senju y un par de niños más fueron metidos a la mansión de los Nara para escuchar la historia de Itashi Nara, el despreocupado hermano menor de Shika que nunca se había interesado por las guerras ninjas ni sus chistosas Alianzas en forma de Aldea rellenas de su drama político y vivía más bien a su rollo. Pero cuando supo que Kiyo, su hermana menor favorita, había muerto por culpa de Madara Uchiha, volvió a la aldea para no irse nunca más. Luchó contra el Zorro Demonio junto a los otros clanes, todos dirigidos por los Senju y los Uzumaki. Todos quedaron fascinados, pero ni el sabor a tierra mojada, que de hecho estuvo más rica de lo que se esperaba, pudo borrar de la mente de Tsunade aquella imagen de aquel hombre acabado que apenas rozaba los 40, sin una pierna, un brazo y un ojo tuerto cubierto por el cabello, fumando todo el día para aliviar el perpetuo ardor, contando una versión inédita de una historia que había escuchado mil veces de niña y que idealizaba como campos de cuerpos tendidos y mutilados hasta donde alcanzaba la vista sobre el que se alzaba la única y magnánima figura de su desconocido abuelo.
Conociendo ahora la verdad, y con la ira de haber perdido la apuesta, Tsunade volvió hecha una fiera al Castillo para reclamarle a sus criadas por el fraude cometido por años contra su imaginación. Exigió que se le mostraran los muertos, y sin saber qué hacer las criadas la llevaron al pobre hospital de Konoha, donde diario, aun en esos intermedios de la guerra que algunos llamaban paz, llegaban siempre uno o dos ninjas con algún traumatismo severo. Desde entonces Tsunade hizo su pasatiempo pasar de vez en cuando por el hospital para examinar aquellas extrañas condiciones clínicas, y fue allí que descubrió lo que era una enfermedad incurable, la mayoría contraída en lejanas tierras donde la misión imponía el objetivo a conseguir. La que más le fascinó fue la Enfermedad Come Recuerdos, la cual estaban seguros era una especie de Jutsu malvado que se introducía por las heridas abiertas, subía por el cartílago y atacaba al cerebro, desvaneciendo cada vivencia del portador hasta convertirlo en una cascara vacía. Tsunade siguió visitando a los enfermos y heridos hasta que se les hizo habitual verla llegar con su cesto de membrillos y paltas. Naturalmente algunos morían, pero otros sobrevivían un día más para ver a la Princesa Senju paseándose y repartiendo jugo de yuca con huacatay, lo que entendían al principio como un acto de proselitismo, luego como una simpatía juvenil y después como simple morbo.
Fue en esas visitas que reconoció a un joven de cabello blanco que venía todos los días a dejar hojas de papel ante Biwako Sarutobi, la segunda al mando del hospital y esposa del Tercer Hokage. Siempre lo veía quejarse hasta los gritos con aquella mujer, reclamando por esto y lo otro. Nunca prestaba atención, hasta que un día simplemente se cansó y decidió escuchar.
—¿Pero por qué el Tercer Hokage no le interesa mi idea?
—El Tercero tiene muchas cosas que hacer, así que no puede perder tiempo en pequeñas solicitudes.
—¿Pequeñas solicitudes? Tengo la impresión de que el Hokage no leyó ni una sola de las páginas que le envié. ¿En verdad se las entregó?
—¡Claro que sí! ¿Qué se cree?
—Pues no le creo. Exijo ver al Tercero.
—Pff, eso no se puede, intenta mañana...
—He estado viniendo todos los días desde hace 3 meses.
—Ya te dije que el Tercero está muy ocupado.
Y así era más o menos por media hora. Biwako simplemente fingió que le llamaban en otra parte para dejar con la palabra en la boca a aquel joven. Tsunade se le acercó cuando refunfuñaba en la salida del hospital.
—¿Qué es tan importante que exiges ver al Tercero?
—¿Qué más podría serlo? ¡El Plan para salvar al Mundo Ninja!
—¿De qué rayos hablas?
Y así fue como se conocieron. Dan Kato se presentó ante Tsunade, sin preguntarle siquiera su nombre. Le habló durante otra media hora sobre su plan para implementar el Ninjutsu curativo en el campo de batalla, capacitando a ninjas para llevarlo a cabo en pleno combate y asegurándose que cada escuadrón tuviera estuviese conformado en una proporción mínima de dos a uno entre Shinobis de Asalto e Infiltración y los Shinobis Médicos.
—Eso es ridículo. Reduciríamos nuestro poder militar y los ninjas médicos serían inútiles en medio de un combate.
—¿No escuchaste nada de lo que dije? Dije que capacitaríamos a ninjas para hacer Ninjutsu medico en plena batalla. El Ninjutsu medico es la disciplina que más control de Chakra requiere. Por tanto, los ninjas médicos bien entrenados no solo no serían una carga, sino que sería un apoyo fundamental, y capaces de curar heridas en pocos segundos. ¡Nuestros índices de mortalidad disminuirían drásticamente y nuestro poder militar mejoraría en consecuencia! ¡Solo a un tonto no le interesaría esta propuesta! —Tsunade quedó fascinada por esa energía, ese entusiasmo, esa preocupación por la condición humana y esa ambición imperial— Nuestro Hokage es un inútil. Te lo juro, un día seré Hokage y todos estarán obligados a aprender Ninjutsu médico.
A Tsunade no le gustaba que hablaran mal de Hiruzen, su sensei, y tampoco creía que aquel muchacho flacucho y pálido pudiera convertirse en Hokage sin morir y renacer antes, pero debía admitir que su idea y sus ánimos le habían parecido interesante. Se presentó ante quién consideraba un nuevo amigo y a quien esperaba convertir en un imprescindible aliado.
—Soy Tsunade, pero me puedes llamar Princesa Tsunade Senju O Sama.
La mirada de Dan cambió a una de rabia.
—¿Eres una Senju? Entonces eres igual de culpable de esto como el Hokage. ¿Cómo puedes actuar de forma tan descuidada? ¿Acaso no sabes la historia y el legado que tienen los Senju con el Ninjutsu médico? ¿Cómo puedes no hacer nada? Bla, bla, bla, bla. —Y así fue por otro rato más.
