La Academia de Aurores.
—La Comisión de Registro de Hijos de Muggles era solamente una excusa para atrapar y encarcelar a cualquier mago o bruja que tuviera parientes muggles. El ministerio los citaba a un juicio, que obviamente era manejado a su conveniencia, y después los enviaba a Azkaban.
Rose soltó un bufido y le dio una probada a su helado de vainilla con nueces antes de continuar su explicación.
—Lo que en verdad se pretendía era que los sangre pura gobernaran a la comunidad mágica y que los muggles se sometieran a su poder.
—No es posible que tanta gente en el ministerio haya estado de acuerdo con esa porquería —comentó Albus frunciendo el entrecejo. Su helado de menta comenzaba a derretirse.
Ambos primos estaban sentados alrededor de una de las mesitas que había afuera de la Heladería Florean Fortescue, en el Callejón Diagon. A su alrededor, la gente iba y venía con prisa, cargando pesadas bolsas y admirando los escaparates de las tiendas. Antes de volver a hablar, Rose miró a su alrededor, asegurándose de que nadie estuviera prestándoles atención.
—No toda la gente estaba a favor, Albus —dijo en voz baja—. Recuerda que en ésa época Lord Voldemort tenía controlado al ministerio.
Aunque había pasado mucho tiempo, la gente todavía solía sobresaltarse ante la mención del nombre del mago más tenebroso de todos los tiempos. Albus sabía que ese hombre había hecho cosas horribles, inhumanas, pero aun así no podía dejar de sorprenderse ante la idea de que toda la comunidad mágica siguiera recordándolo, aún después de tanto tiempo.
— ¿Qué hay con la tal Miranda Savage? ¿La conoces?
—No, pero a mamá no le gusta nada —contestó Rose terminando su helado—. Por lo que he escuchado, empezó a trabajar hace poco en su departamento y siempre hace comentarios un poco… Bueno, no muy agradables. El otro día mamá estaba contándole a papá que Miranda Savage había dicho que tal vez los "héroes de guerra" deberían retirarse y dejar de influenciar al ministro.
— ¿Los "héroes de guerra"?
—Nuestros padres, Albus —dijo Rose con impaciencia—. Y todas las demás personas que jugaron un papel importante en la guerra.
En ese momento aparecieron Lily y Hugo cargando varios paquetes entre los brazos. Rose y Albus se callaron rápidamente.
— ¡Al fin! —exclamó Lily dejándose caer en una silla junto a ellos. Hugo dejó los paquetes en la mesa y luego se encaminó al mostrador—. ¡Estoy exhausta! ¿Por qué nos encargaran tantos libros nuevos cada año? Y yo que pensé que sexto curso sería más fácil ahora que se terminaron los odiosos TIMOS… ¿Ustedes terminaron las compras?
—Todo está aquí —respondió Albus señalando un par de bolsas.
— ¿Seguro que compraste todo? —preguntó Lily con las cejas arqueadas—. Porque mamá te va a matar si te has olvidado de algo.
—Rose me ayudó a revisar la lista que venía junto a la carta, no te preocupes. Todo lo que necesito para entrar a la Academia de Aurores está en esas bolsas.
— ¡No pareces emocionado! —lo reprendió Lily—. Yo en tu lugar, estaría muriéndome de los nervios.
—Está emocionado, pero no le gusta demostrarlo —dijo Rose sabiamente. Conocía bien a su primo—. Tú también quieres ser auror, ¿verdad, Lily?
—Eso quería, pero no conseguí los TIMOS que piden —dijo ella encogiéndose de hombros despreocupadamente, aunque Albus notó una ligera nota de tristeza en su voz—. Supongo que tendré que buscar otra cosa.
— ¿Y tú, Hugo? ¿Ya pensaste que quieres hacer luego de Hogwarts? —le preguntó Albus a su primo, que acababa de regresar a la mesa cargando dos helados de frambuesa.
—Hugo tiene la loca idea de irse a Rumania con el tío Charlie para estudiar dragones —respondió Rose soltando un bufido.
—Rose piensa que es una bobería, lo mismo mi mamá —explicó Hugo mientras devoraba uno de los helados y le daba el otro a Lily.
—Pero si es lo que tú quieres, tendrán que aceptarlo tarde o temprano—dijo ella palmeándole el hombro en señal de apoyo—. Por cierto, Albus… ¿Ya supiste quienes serán tus compañeros en la academia?
—Bueno, Scorpius recibió su lechuza de confirmación el mismo día que yo. No tengo noticias de nadie más —Albus se encogió de hombros—. Supongo que es diferente al programa ése en el que Rose fue aceptada. A ti si te dijeron quiénes serían tus compañeros, ¿no? Fue así cómo te topaste de nuevo con Goldstein.
—Sí, así es —dijo Rose dirigiéndole una mirada desafiante. Al ver que su primo no iba a hacer ningún comentario más sobre el muchacho con el que salía, relajó un poco el gesto—. Por cierto, hablando del programa… ¿Ya te mencioné que debo ir por unos días a Alejandría?
— ¿Disculpa? ¿Alejandría? ¿Eso no está…?
—En Egipto, sí —dijo Rose con una sonrisita orgullosa, parecida a la que hacía cuando alguien la felicitaba por sus buenas notas en Hogwarts—. El Programa Nacional de Investigación Histórica de la Magia consiste en recopilar datos históricos de cualquier lugar. El primer sitio que visitaremos será Alejandría porque ahí es dónde está oculta la biblioteca mágica más grande del mundo.
— ¿No es de lo más aburrido? —comentó Hugo con una risita.
— ¿Cuándo te vas? —preguntó Lily.
—El lunes, pero será solo por unos días.
—Entonces, ¿no vas a estar conmigo en mi primer día como estudiante de auror? —preguntó Albus fingiéndose ofendido—. ¡Eres de lo peor, Rosie!
—Me voy en la tarde, no seas dramático —dijo ella conteniendo la risa—. Podemos ir a comer cuando salgas.
Cuando los cuatro hubieron terminado sus helados, se pusieron de pie y atravesaron el Callejón Diagon. Pasaron por la tienda de Sortilegios Weasley para saludar a su tío George, que al parecer se divertía mucho ordenándoles a Fred y a Dominique que limpiaran el lugar; Lily se detuvo en una tienda de golosinas para comprar una gran barra de chocolate que luego envolvió con esmero, aunque no quiso decirles para quien era; cuando llegaron al Caldero Chorreante saludaron a Alice Longbottom que vivía ahí con sus padres (su madre, Hannah, era la dueña de la taberna), luego los cuatro se metieron en la gran chimenea y desaparecieron en medio de las llamas color esmeralda que producían los polvos flú.
Los días se pasaron tan rápido que Albus ni siquiera tuvo tiempo de volver a preocuparse por el asunto de La Comisión de Registro de Hijos de Muggles y Rose, que estaba agobiada con todos los preparativos de su viaje a Alejandría, tampoco tuvo tiempo de recordárselo.
Cuando llegó la mañana del doce de Agosto, Albus se despertó más temprano que de costumbre, con un hueco en el estómago y la garganta seca.
—Buenos días, Al —le dijo su madre en cuanto lo vio entrar a la cocina—. Hoy preparé tu platillo favorito.
Kreacher se apresuró a entregarle un plato de empanadas de carne. El elfo hizo una reverencia y empezó a servirle jugo de naranja mientras lo miraba con desprecio.
— ¿Estás nervioso? —preguntó su madre. Albus negó con la cabeza, pero al querer tomar una servilleta, derramó accidentalmente el jugo que Kreacher le estaba sirviendo—. Todo estará bien, ya lo verás.
En ese momento aparecieron Lily y James discutiendo por alguna trivialidad, como de costumbre. Detrás de ellos venía Harry, que le dio un beso a su esposa y luego se sentó en la mesa con los demás.
— ¡Por Merlín! ¡Te ves horrible! —exclamó James observando el rostro de su hermano menor—. ¡Venga, Al! No me digas que estás nervioso.
—Déjalo en paz —gruño Lily mientras se servía un par de empanadas—. Tú tenías peor pinta el día de tu primer partido en el Puddlemere United.
—No quiero que discutan en la mesa —les advirtió Ginny mientras se sentaba. Todos comenzaron a comer inmediatamente.
—Te cuidado con Adams, es el maestro de Ocultamiento y es un poco estricto —le dijo Harry a Albus, mientras los demás se enfrascaban en una plática sobre el último artículo que Ginny había escrito en El Profeta—. Craig Proudfoot es el director de la academia y fue mi jefe en el Cuartel de Aurores por un tiempo, es un tipo amable, pero nunca le preguntes cómo se hizo la cicatriz que tiene en la cara, no le gusta hablar de eso. Helena Dench será tu profesora de Pociones, siempre toma nota en sus clases, te ayudara… ¡Nunca vayas a batirte en duelo con alguien, a menos que estés en clase de Harrison! Odia que sus alumnos tengan enfrentamientos sin su consentimiento. No conozco a los demás profesores porque son un poco más actuales y no alcanzaron a darme clases a mí… Estoy seguro que te irá bien, Al —añadió, al ver la cara pálida de su hijo.
—Si —balbuceó él, intentando recordar todos los consejos de su padre sin que sus manos comenzaran a temblar.
—Estabas igual de preocupado cuando ibas a entrar a Hogwarts —le recordó Harry con nostalgia.
—Solo porque no quería que me pusieran en Slytherin —dijo Albus con una sonrisa torcida—. Luego me dijiste que no importaba dónde quedara, pero que si era tan importante para mí, podía darle mi opinión al Sombrero Seleccionador. Y lo hice, le dije que me pusiera en la casa más adecuada para mí.
—Y fuiste a parar a Slytherin.
—Y estaba preocupado, pero tú me mandaste una lechuza diciéndome que estabas orgulloso de mí, sin importar los colores de mi túnica.
—Y así será siempre —concluyó Harry mirándolo a los ojos.
Ginny se levantó de la mesa y con un movimiento de varita recogió los platos sucios. Pronto todos se dirigieron a la chimenea: James desapareció rumbo a su entrenamiento de quidditch, Lily atravesó las llamas para ir a casa de su amiga Cécille, Ginny le dio un beso a Albus antes de marcharse a las instalaciones de El Profeta, y Harry se volvió antes de adentrarse por completo en las llamas.
—Todo irá bien —dijo. Albus sonrió y luego su padre desapareció.
La Academia de Aurores de Gran Bretaña estaba escondida al este de Londres, en la zona industrial, dentro de un edificio grande y viejo que los muggles solían confundir con una de las tantas fábricas que se encontraban ahí. Tenía una gran verja de cobre en la entrada que únicamente permitía que ingresaran a las instalaciones los profesores o alumnos de la academia, las ventanas estaban completamente cerradas y las altas chimeneas despedían un humo negro que no era real y solo servía para aparentar que la fábrica funcionaba.
Albus se apareció en un callejón cercano cuando faltaban solo diez minutos para las ocho de la mañana. Solo unos segundos después, Scorpius Malfoy apareció a su lado, con su habitual sonrisa torcida adornándole el anguloso rostro.
— ¿Asustado, Potter?
—Cierra la boca —gruñó Albus, y los dos juntos atravesaron la verja del edificio.
El vestíbulo de la academia era espacioso y elegante. Había una gran araña de luz en el techo y una enorme escalera de madera que conducía a los pisos superiores. De las paredes colgaban grandes retratos de aurores importantes que habían estudiado ahí durante su juventud, todos inclinaron la cabeza solemnemente cuando Albus y Scorpius entraron al lugar.
— ¡Eh, mira! —le dijo Scorpius señalando uno de los retratos.
El rostro de su padre les sonreía ligeramente desde uno de los marcos dorados.
— ¡Ah, sí! Harry Potter —dijo una voz ronca a sus espaldas—. Un muchacho con talento, mucho talento… ¡Mira que derrotar al mago más tenebroso de todos los tiempos con tan solo diecisiete años! ¡Excepcional!
Albus y Scorpius se volvieron. El hombre que había hablado tenía casi todo el cabello blanco y una gran cicatriz atravesaba su cara confiriéndole un aspecto tosco.
—Bienvenidos —dijo—. Soy Craig Proudfoot, director de la Academia de Aurores en Gran Bretaña. Si son tan amables, vayan a registrarse con la señorita Thomas —señaló a una muchacha morena que estaba sentada tras un escritorio de madera—, y después pueden pasar al aula de reuniones que está cruzando el pasillo de arriba. En un momento me reuniré con ustedes y sus demás compañeros.
—Gracias —dijo Albus.
Él y Scorpius llegaron hasta el escritorio. La chica alzó la vista con aburrimiento y arqueó las cejas.
— ¿Nombres?
—Scorpius Hyperion Malfoy.
—Albus Severus Potter.
Sacó del escritorio un grueso libro de registros y les ordenó firmar. Luego les dio a ambos un pergamino con sus horarios de clase.
—Bienvenidos a la Academia de Aurores. Cualquier duda, pueden preguntarme —dijo ella conteniendo un bostezo—. Estoy aquí todo el día.
— ¿También durante la hora de comida? —preguntó Scorpius pasándose una mano por el alborotado cabello rubio. La muchacha se sonrojó.
—Ya es tarde, Scor—dijo Albus rodando los ojos.
Ambos subieron la escalera de madera y llegaron hasta el aula que les había indicado el director Proudfoot. Encontraron a una veintena de brujas y magos de su edad sentados en sillas blancas, acomodadas en círculo. Albus apenas iba a tomar asiento cuando Scorpius lo golpeó con el codo y señaló el otro extremo de la sala, dónde había un muchacho de cabello castaño y rizado que los miraba con arrogancia.
—Lodge —gruñó Albus.
El muchacho se acercó a ellos dando grandes zancadas. Albus y Scorpius se tensaron y apretaron los puños.
— ¿Qué hacen aquí? —preguntó rechinando los dientes. Scorpius soltó un resoplido y alzó las cejas.
—Lo mismo te preguntamos nosotros, Devon.
—Mi solicitud fue una de las más impresionantes en el curso, por supuesto —dijo él levantando la barbilla—. No comprendo cómo ustedes dos pudieron… ¡Oh, claro! —una expresión desdeñosa le desfiguró el rostro mientras miraba fijamente a Albus—. Papi tiene influencias, ¿no? Seguro es la única manera en la que puedes moverte, Potter: con la ayuda de tu padre.
Albus sacó su varita, dispuesto a echarle un maleficio, pero en eso, el director entró en el aula.
— ¡Bien, bien! ¡Tomen asiento, por favor!
Devon Lodge se alejó de ellos conservando esa expresión desdeñosa en su cara. Albus se sentó en una de las sillas blancas sin poder creer su mala suerte… ¡Su peor enemigo en la Academia de Aurores! Jamás imaginó aquello. Ingenuamente había esperado no volver a toparse con él, y ahora eran compañeros de clase.
El desprecio que Devon sentía hacia Albus y a la familia Potter había aumentado con creces después de aquel incidente en el Bosque Prohibido, cuando Albus, Rose y Scorpius habían encontrado a su tío realizando un extraño conjuro con una daga y un viejo libro. Benjamin Lodge aun cumplía su sentencia en Azkaban, pero su recuerdo seguía presente en la mente de su sobrino y también en la de Albus, que inconscientemente cerró su mano derecha, ocultando la fina cicatriz que lo acompañaba desde aquel lejano día.
— ¡Bienvenidos! ¡Bienvenidos! —les dijo Craig Proudfoot y Albus alzó la vista, intentando olvidarse de Devon y Benjamin Lodge por un momento—. Ustedes son los próximos magos y brujas que defenderán al mundo mágico del caos. Han sido seleccionados entre muchos aspirantes, así que deben sentirse orgullosos. En esta institución aprenderán el arte de ser auror y espero, honestamente, que pongan todo de su parte para poder lograrlo.
A continuación les leyó el reglamento de la academia y luego ordenó que salieran del aula para asistir a sus primeras clases. Albus y Scorpius procuraron apartarse de Lodge mientras se dirigían al salón de pociones.
La profesora Helena Dench hablaba muchísimo y Albus procuró tomar nota de lo que le parecía importante, tal y cómo le había aconsejado su padre. Después tuvieron que ir a una enorme aula que parecía encantada para simular un bosque, ahí, les dijeron, serían las clases de sigilo y rastreo, impartidas por una guapa profesora llamada Carter. En los pisos de abajo estaba el salón del profesor Laurie, que enseñaba oclumancia y legeremancia.
—Voy a enseñarles el arte de leer el pensamiento y también de ocultar sus más profundos secretos. Aquí van a aprender a ver la mente de otros y a cerrar la suya —les dijo con seriedad, cuando todos los alumnos estuvieron sentados—. Un auror debe aprender a hacer ambas cosas, pues no es suficiente con atacar a tu enemigo físicamente, debes entrar en su mundo y conocerlo a la perfección si quieres derrotarlo de verdad.
Luego tuvieron que ir al salón de duelos, que era el más grande de todos y tenía una enorme tarima donde los alumnos solían entrenar. También había un espacio dónde podían ejercitarse para mantener la condición física que exigía el trabajo de auror y unos grandes muñecos encantados que simulaban ser magos tenebrosos y atacaban a los alumnos que hacían ejercicio sin pleno aviso.
Albus estaba fascinado.
Pronto llegaron las tres de la tarde y Albus tuvo que esperar a Scorpius junto a la gran verja de cobre porque antes de salir, su amigo se había detenido a preguntarle algo (que seguramente no tenía nada que ver con la academia) a la chica que los había atendido al entrar.
Unos minutos después, ambos salieron de la zona industrial de Londres bastante animados y con mucho apetito. Sin parar de hablar sobre las clases y los nuevos profesores, llegaron a la cafetería en la que Albus y Rose habían acordado verse para comer antes de que ella tuviera que irse a Alejandría.
Aunque Scorpius se mostró algo incómodo por la idea de tener que quedarse ahí, el hambre terminó venciendo a su orgullo y antes de que Albus pudiera ordenar, él ya estaba sentado en una mesa junto a la ventana.
Cuando los dos ya estaban devorando sus emparedados de jamón, la llamativa cabellera pelirroja de Rose atravesó la puerta, seguida por una muchacha menuda que se dirigió al mostrador.
— ¡Lamento mucho la tardanza! —exclamó Rose llegando hasta la mesa donde estaban sentados. Al ver a Scorpius, frunció un poco el entrecejo—. Buenas tardes, Malfoy.
Scorpius hizo un gesto con la mano, sin dejar de masticar su emparedado.
—Me encontré con Lizza en el camino y…
— ¿Quién?
—Elizabeth McAbee —Rose señaló hacia el mostrador. La chica menuda que había entrado a la cafetería con ella intentaba cargar un par de emparedados y dos botellas de agua al mismo tiempo—. ¿No la recuerdas? Estaba en Hufflepuff pero nos llevábamos bastante bien.
—Oh, si —dijo Albus acordándose vagamente de la muchacha.
—Recién entró a trabajar en el Departamento de Juegos y Deportes Mágicos en el ministerio, con Teddy. Es su hora de comida y le dije que podía venir.
Entonces la muchacha se dio la vuelta y caminó hasta la mesa maniobrando con ambas manos para no tirar los emparedados y el agua. Albus se levantó para ayudarla.
—Gracias —dijo mientras se sentaba junto a Rose. Tenía el cabello oscuro, muy largo y los ojos castaños le brillaban bajo gruesas pestañas—. Me parece que de ahora en adelante vendré a comer aquí. No está tan lejos del ministerio y es mucho mejor que esa asquerosa cafetería que me recomendó Harrison… ¡Oh! —miró a Albus y a Scorpius—. Espero que no les moleste que haya venido.
—No, no hay problema —dijo Scorpius terminando de comer.
— ¿Y qué tal te fue en la academia, Al? —preguntó Rose entusiasmada.
El muchacho le contó con lujo de detalles todo sobre la Academia de Aurores, sus clases y sus nuevos maestros. Además le platicó la desgracia de compartir de nuevo clases con Devon Lodge. Rose parecía tan sorprendida como él.
—Tienes que tener mucho cuidado, Albus —le advirtió su prima, adquiriendo un tono severo que se parecía mucho al de la tía Hermione—. Lodge siempre te provocaba en Hogwarts y ahora no será diferente.
—Oh, ya lo provocó —dijo Scorpius encogiéndose de hombros—. Y será mejor que ese idiota no busque más problemas, porque no estoy dispuesto a tolerar…
— ¡No puedes hacerle nada! ¡Ya no se trata de los puntos que le quiten a Slytherin porque ustedes dos se anden peleando! —exclamó Rose. Soltó un bufido y miró a Scorpius, enojada—. Ya no estamos en Hogwarts y los pueden expulsar fácilmente de la Academia de Aurores si causan problemas.
—No pasó nada —dijo Albus intentando calmar las aguas, porque su amigo estaba a punto de replicar—. Y no dejaré que Lodge nos moleste, tranquila.
—Devon Lodge es un perfecto imbécil —comentó Elizabeth mientras le daba un trago a su botella de agua—. Se peleaba con todo el mundo y nadie lo tragaba. Era igual que su odioso tío, el tipo que nos enseñaba Defensa Contra las Artes Oscuras en primer año, ¿se acuerdan? Benjamin Lodge.
Albus, Rose y Scorpius se tensaron a la vez. Elizabeth pareció notarlo y luego se golpeó la frente con una mano.
— ¡Pero, claro que lo recuerdan! Fueron ustedes los que lo pusieron tras las rejas —sonrió—. No sé cómo pude olvidarlo, en Hogwarts no se habló de otra cosa por varios meses.
—Es algo del pasado —dijo Rose torciendo la boca—. Entonces, Liza, ¿me dijiste que ya visitaste la biblioteca de Alejandría? ¿Es verdad que tiene más de un millón de registros del mundo mágico?
Y después de ese repentino cambio de tema, los cuatro comenzaron a platicar de cosas banales mientras terminaban sus emparedados. Luego de media hora, Rose y Scorpius se habían enfrascado en una discusión sobre las horribles túnicas que tenían que ponerse los empleados de mantenimiento en el ministerio de magia, mientras que Albus y Elizabeth intercambiaban miradas de divertida exasperación por los ridículos argumentos que daban sus amigos.
—Los demás empleados no tiene por qué llevar uniforme, ¿verdad? ¿Por qué ellos sí?
—Porque así dice en el reglamento, Malfoy. Además, no están tan mal las túnicas.
— ¿No están tan mal? ¡Son espantosas! Parece que le quitaron la piel a una doxy y se la pusieron encima.
— ¡Oh, Merlín! —exclamó Rose de repente, desviando la vista hacia el reloj que colgaba en la pared de la cafetería—. Debo irme ya. Quedé de verme con Ned.
— ¿Qué es lo que le tienes que ver? Va a acompañarte en el viaje, ¿no? —Albus rodó los ojos—. Me enfermas, Rose.
Ella puso los ojos en blanco, pero sonrió. Se levantó de su lugar, le dio un rápido abrazo a su amiga y luego se abalanzó sobre Albus.
—Sé bueno, Al. No te metas en problemas, ni siquiera con Lodge. Pórtate bien y demuéstrales tu talento. Eres un gran mago, ya lo sabes. Te extrañaré.
—Y yo a ti —dijo Albus estrechándola más contra sí—. Cuídate mucho, Rosie.
Ella se separó del abrazo y sonrió con melancolía. Scorpius también se levantó de la mesa.
—Yo también me voy —anunció. Al ver que su amigo lo miraba con las cejas arqueadas, explicó—: La chica de la academia. Quedé en pasar por ella para ir por unas cervezas de mantequilla.
Albus se rio y le palmeó la espalda. Scorpius se despidió de Elizabeth y luego caminó junto con Rose hasta la puerta de entrada. Ninguno se dirigió la palabra y después de intercambiar una seca cabezada en señal de despedida, ambos tomaron caminos separados para después adentrarse en las calles de Londres.
—Nunca se han llevado bien, ¿verdad? —le preguntó Elizabeth con una sonrisa—. Recuerdo cuando estábamos en quinto y accidentalmente Scorpius derramó su poción envejecedora sobre Rose. El cabello le quedó completamente blanco y faltó poco para que le lanzara un maleficio a tu amigo.
— ¡Es cierto! No lo recordaba —comentó Albus sonriendo—. Pero, no es que se odien o algo así. Cuando estábamos en primero, se hablaban muy poco, y solo para hacer comentarios hostiles. Pero después de que fueron a buscarme al Bosque Prohibido y pasó todo el asunto de Benjamin Lodge… Bueno, no son amigos, pero al menos se soportan mientras están conmigo.
—Oh, sí, el asunto de Benjamin Lodge —dijo ella y torció la boca—. Lamento haberlo mencionado hace rato, no sabía que…
—Está bien —dijo Albus negando con la cabeza—. Es solo que a ninguno de nosotros nos gusta recordarlo.
—No veo por qué. Uno siempre aprende de los recuerdos. Tú aprendiste algo de aquella experiencia, no tendrías por qué querer olvidarlo.
Dijo aquello de una manera tan directa, que Albus sintió que conversaba con alguien que conocía de toda la vida. Lejos de molestarse por aquel comentario, el chico se impresionó un poco.
Unas gruesas nubes tapaban el sol de la tarde cuando ambos salieron del local y empezaron a caminar por la calle. Elizabeth se sujetó el largo cabello en una trenza y Albus percibió un ligero aroma a miel emanando de su cuello.
—Entonces, tu prima está saliendo con ese tipo presumido: Ned Goldstein —comentó mientras cruzaban una avenida llena de peatones —Scorpius se fue con una chica a beber cervezas de mantequilla, y tú estás caminando conmigo… ¿Qué no tienes a nadie que te esté esperando?
—No —dijo Albus esbozando una sonrisa.
— ¿De verdad? ¿El codiciado Albus Potter no está saliendo con nadie?
— ¿Codiciado?
— ¡Oh, no finjas que no lo sabes! —exclamó ella soltando una risita—. Tú, tus hermanos y todos tus primos encabezan la lista de los solteros más queridos por el mundo mágico.
—Claro, los hijos de los héroes de guerra, ¿no? —dijo Albus recordando el apodo que su prima le había mencionado hace unos días.
—Exactamente. Teddy me contó que cuando se casó con tu prima tuvieron que echar a cientos de reporteros que intentaban colarse a la celebración. Pero, estábamos hablando de ti… ¿Qué hay de esa chica? Hum… ¡Casey Pucey! ¿Solían salir en Hogwarts, no?
— ¿Cómo es que recuerdas todo eso? —preguntó Albus sorprendido—. Yo apenas y…
—Apenas y me recuerdas a mí, ¿no? —completó ella arqueando las cejas. Albus balbuceó una disculpa, pero ella alzó una mano para callarlo—. Tranquilo, no importa. Digamos que soy algo perceptiva y tengo muy buena memoria. Llámame entrometida, si quieres.
—No, hasta ahora has acertado en todo: Qué Rose y Scor no se llevan bien, que Goldstein es un tipo presumido, que Devon Lodge es un perfecto imbécil…
—No está bien juzgar a alguien si no lo conoces del todo, lo sé —admitió ella, aunque no parecía preocupada en lo más mínimo—. Pero, ¿Qué puedo hacer? Es un don.
— ¿Qué hay de mí? ¿Puedes percibir algo? —preguntó Albus sin poder contenerse. Su estómago se sacudió ligeramente cuando la chica lo miró a los ojos.
—No te lo voy a decir. Vas a enojarte conmigo.
— ¿Por qué? ¿Es malo?
—No —dijo ella torciendo una sonrisa. Doblaron una esquina y pequeñas gotas de lluvia comenzaron a caer del cielo.
— ¿Entonces? ¡Venga, dímelo! —insistió Albus. Por algún motivo le parecía muy importante la opinión que esa muchacha. Se detuvo y esperó a que ella también lo hiciera.
—De acuerdo —dijo y rodó los ojos—. Según mi increíble percepción, eres una persona bastante reservada, que no gusta de llamar la atención… No al menos por las razones equivocadas. Eres leal, noble y muy ambicioso, eso es obvio. Odias ser comparado con alguien y creo que, lamentablemente, eso te sucede con bastante frecuencia, ¿no?
Albus se quedó callado mientras la lluvia arreciaba sobre ellos. Elizabeth hizo una mueca y torció la boca, preocupada.
— ¿Fui muy lejos, verdad?
—No, no, no —farfulló Albus y sintió otra sacudida en el estómago, más fuerte que la anterior—. Me gusta… Siempre me ha gustado que las personas sean francas conmigo.
—Entonces, vamos a llevarnos muy bien, Albus Potter —dijo ella sonriendo. Se miró el reloj que traía en la mano y suspiró—. ¡Oh, mi hora de comida terminó! Debo volver al trabajo.
—Sí, claro. Dile a Teddy que no sea tan pesado contigo —comentó Albus. La muchacha se rio y luego se dio la vuelta. Albus la vio alejarse entre la lluvia—. ¡Nos vemos luego, Elizabeth!
— ¡Lizza! —lo corrigió ella, volviendo la cabeza—. Por favor, odio mi nombre completo.
—Entonces nos vemos luego, Lizza —murmuró Albus, y con una repentina sensación de júbilo apoderándose de su ser, emprendió su camino hacia el Valle de Godric, empapándose con la lluvia que caía del cielo.
—Por supuesto, éste asunto se ha manejado con total discreción. No quisiéramos que todo el ministerio se enterara. Sabes cómo somos, hijo. A nosotros los inefables, no nos gusta llamar la atención.
Croaker, el jefe del Departamento de Misterios suspiró y luego abrió una enorme puerta negra. Harry Potter entró con determinación y paseó la vista por la habitación: No era muy grande y de las oscuras paredes colgaban repisas con objetos extraños acomodados cuidadosamente en vitrinas de cristal.
—Todo parece estar en orden —dijo Harry frunciendo el ceño—. Si alguien verdaderamente entró a robar, como usted dice, habría al menos un poco de desorden en éste lugar.
La gente del Departamento de Misterios no solía compartir sus problemas con otros empleados del ministerio, ni siquiera con los aurores. Era por eso que Harry se había sorprendido tanto ante la visita de Croaker esa mañana. El anciano casi había suplicado la presencia del jefe de aurores en su departamento, para comunicar una emergencia que solo podía serle confiada a él.
—Por eso creo que el ladrón sabía exactamente lo que buscaba —comentó Croaker con seriedad. Harry lo miró sin entender—. Señor Potter, en está habitación se guardan los objetos que tienen algún significado oculto. Los inefables intentamos estudiarlos y averiguar sus propiedades mágicas… Falta solo un objeto. Uno al que todavía no le habíamos encontrado uso o razón de existir.
— ¿Y qué es?
—Por eso quise que viniera solo… Verá, usted lo conoce muy bien, señor Potter —explicó Croaker—. Porque fue usted quien lo trajo aquí, hace algunos años. El objeto que se robaron de esta habitación, es una vieja daga.
¡Hola! Y gracias otra vez por llegar hasta aquí, me hacen muy feliz. Anyway, aquí tienen a dos personajes originalmente míos: Devon Lodge y Elizabeth (Lizza) McAbee. Personalmente a los dos les tengo mucho cariño y así. ¡Por favor díganme que opinan de ellos! Hum... No sé que más decir, creo que ya nos estamos acercando a la trama principal de la historia. Espero les guste.
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