VIII

Fue cuando Nawaki contrajo la Enfermedad del Árbol que el semblante de Tsunade lució ensombrecido como nunca antes, muchísimo más que con la desaparición/muerte de su propia madre. El pequeño Senju, que era muy tímido y siempre de complexión delicada, apenas conocía la Aldea, y sus cuidadoras siempre le habían desinfectado cuidadosamente todo espacio donde discurría, incluyendo remojar sus sábanas en yodo y relavar sus calzones hasta 3 veces en una solución de bicarbonato. Que enfermara era solo explicable a través de la genética, de la que Danzo estaba leyendo recientemente.

—Sí, ya veo, esto se debe a las células de Hashirama —dijo Danzo, o algo así, aunque nadie sabía por qué estaba allí y nadie pudo descubrir cómo se filtró el cadáver del Primer Hokage a la tierra y los alimentos, a pesar de las sospechas que rondaban al Segundo Hokage. Tsunade estaba devastada, aunque sus llantos eran silenciosos y su dolor nada comparado con las terribles y largas sesiones de terapia a las que Nawaki, con todo el poco valor que reunía su frágil corazón, se tenía que enfrentar. No soportaba los gritos de su hermano, aunque aparentase que sí, y le sujetaba con fuerza de la manita, a pesar de las advertencias de transmisión. Pronto, las curanderas y los médicos desecharon las estimaciones optimistas y dieron paso a los pronósticos reservados, incrementando el tamaño de sus tijeras y sugirieron ahora nada más unos arreglos para que al menos muriese en un estado agradable a la vista.

La Princesa Tsunade regañó a los Haruno.

—¡Si es que mi hermano ha soportado como ningún otro, ¿cómo es que no conseguirán salvarlo?! —Tsunade era presa de la cólera.

Se sumergió en sus descuidados estudios médicos junto a Dan. Horas de horas, hasta días enteros sin ver la luz del sol, entre montañas y montañas de pergaminos que solo eran la transcripción borracha de curanderos drogadictos, por lo que a la que incrementaba sus conocimientos, iba descartando la cruda charlatanería, y mientras memorizaba esos primerizos tratados iba escribiendo nuevos más avanzados y reveladores. Tanta fue su desesperación por llegar a respuestas y curas, que empezó a rozar los estudios secretos de los Jutsus que los líderes prohibieran en los orígenes de la Aldea, y llegó a internarse en las prácticas de la disección y el estudio de los tejidos. Una tarde las sirvientas irrumpieron en el chapucero laboratorio, solo para encontrar una sombra donde Tsunade había estado recostada practicando distintos sellos. Ni siquiera Dan, que se había ido a dormir un par de horas antes, supo dar respuesta de su paradero, aunque estaban seguras de que él la había asesinado.

Sin embargo, y temiendo lo peor (que las acusasen de descuidadas), prefirieron no decir nada. Finalmente reapareció 3 días después en las puertas de Konoha, con un rombo de púrpura brillante en la frente, una babosa gigante en el hombro que respondía al nombre de Katsuyu, y los secretos del Senjutsu que desarrollara naturalmente su abuelo Lord Primer Hokage, o al menos eso es lo que les hicieron creer.

Trató inmediatamente a Nawaki. Con un ritual especial sobre un arreglo del símbolo Senju pintado con crema de arándanos salados con lágrimas de cocodrilo castrado, dispuso el azufre y minerales extranjeros, además de otras especias que trajo en una bolsa y que afirmaba haber recogido en pantanos subterráneos y de los cuernos de toros bicéfalos, Tsunade realizó una secuencia de sellos nunca vista o repetida y su cuerpo se vio rodeado de líneas como flechas que fluían del centro de su frente. Rodeado por un brillo verde intenso, Nawaki, que se había convertido en un bonsái gigante y gimiente, recobró su forma humana, adquiriendo de paso una vitalidad recargada.

Fue una gran felicidad para los Senju, y una mediana para los Haruno. El joven príncipe Nawaki se había salvado de una muerte horrible, y más todavía, volvía con una fuerza y energía que nunca había tenido. Ahora se escapaba cada que podía, se le veía hasta en pelea de Inuzuka e Izuno, trepaba por los techos de los baños y corría de un lado a otro gritando que sería el próximo Hokage. Tsunade reconoció aquellas fuerzas como una nueva luz, y decidió legarle a su hermanito el collar que el abuelo Hashirama le entregara en sus últimos delirantes momentos. Aserrín lo llevó sin prestarle respeto. Gastaba bromas pesadas, hablaba lisuras como quien dice la hora, tenía malas y raras amistades y volvía tarde a casa chacchando hojas de coca, con lo que se ganaba las reprimendas de su hermana pero de la que siempre conseguía escamotearse con un ingenio inesperado. ¡Qué felicidad trajo ese chiquito, cuántos problemas causó, pero cuán imposible era enojarse con él al ver su corazón reventando de vida! Hasta que finalmente su corazón reventó durante esa triste batalla irrelevante en la Segunda Guerra Ninja. Una lluvia de Kunais envenenados impidió recuperar el pequeño cuerpo. Cuando escampó, trajeron un cadáver que más parecía un colador. Tsunade se derrumbó ante la noticia. Le confirmaron que Nawaki fue de los más valientes y que siempre iba al frente, llenando a todos con el entusiasmo de los incautos. Ella supo que era la mascarada de un temor nunca superado o de una aún más terrible y reciente estupidez. Sosteniendo el collar kubikazari, apreciando el brillo indigno de la Kesshoseki, descubrió el reflejo de Dan.

Había atravesado la línea enemiga para darle alcance a su novia, todo para confortarla en el bajo momento del corazón hundido. Reconocieron ambos el amor en el otro, pero también algo más, algo oscuro, una carencia, aquello que se pierde cuando se ingresa a la guerra, cuando se gradúa en el crimen, cuando se cobra una vida. Se abrazaron, renegando en un intenso llanto la continuidad del imperio de las sombras dentro de sus almas. Y, sin embargo, no perdieron la claridad de su objetivo. Si acaso este se hizo más claro todavía. Reformaron los inexistentes estatutos de salubridad y diseñaron toda una red médica ninja que primaba la atención inmediata y distribuía con mayor eficacia el material humano con sus talentos bien dispuestos. Y aún con todo, tuvo tiempo para su venganza personal contra la Salamandra Hanzo.