Júbilo y Rabia.
Con el pasar de los días, Albus entendió por qué muy pocos aspirantes habían logrado entrar a la Academia de Aurores.
Las clases se volvían cada vez más complicadas, los profesores eran tan estrictos que Albus casi extrañaba la mirada severa de la profesora McGongall y el entrenamiento físico era tan pesado que al final del día la mayoría de los alumnos terminaba con el cuerpo adolorido.
— ¡Los aurores tienen que estar en buena forma! —les gritaba el profesor Harrison, mientras los estudiantes corrían en círculos alrededor del salón de duelos—. ¡De nada les servirá conocer todos los hechizos defensores del mundo, si no van a poder esquivar los ataques del enemigo!
—Oh, pobre Lodge —comentó Scorpius alcanzando a Albus. Esbozó una sonrisa burlona y apuntó con la cabeza hacia el otro extremo del salón, donde Devon Lodge jadeaba ligeramente mientras intentaba mantener el ritmo de sus compañeros—. Le doy dos días más para que se largue.
Sin embargo, Albus dudaba que Lodge se diera por vencido tan fácilmente. Después de todo, en el poco tiempo que llevaban ahí, su enemigo ya se había convertido en uno de los mejores alumnos de la academia, cumpliendo con las expectativas de los profesores que habían visto todos los EXTASIS que consiguió en Hogwarts.
—De todos modos, Rose consiguió mejores resultados que él, ¿no? —le dijo Scorpius en clase de pociones. Del caldero de Lodge brotaba un vapor violeta que consiguió elogios de la profesora Dench—. Tu prima pudo ser una buena auror, si no se hubiera ido al programa ése…
—A Rose le gusta mucho la historia —repuso Albus encogiéndose de hombros. Su poción empezaba a tornarse de un color rosa chicle—. Creo que, de mi familia, es la que más sabe cosas sobre la guerra contra Voldemort y todo eso… No porque se lo hayan contado, claro. Ella lo investigó por su cuenta.
—Por cierto, ¿Te ha escrito? ¿Es ese programa tan aburrido cómo me imagino?
— ¡Malfoy, dije tres gotas de sangre de dragón! ¿No estás poniendo atención? —lo reprendió la profesora observando la poción amarillenta de Scorpius.
—Imbécil —murmuró Scorpius mirando a Lodge. El muchacho le había lanzado una mirada despectiva sin que la profesora se diera cuenta—. No lo soporto. Me da gusto que lo hayas superado en clase de Laurie.
—No lo superé —dijo Albus, aunque sonrió ante el recuerdo.
Si bien él sabía que tenía cierto talento para los duelos y encantamientos de defensa (no por nada había sacado excelentes calificaciones en sus exámenes de Defensa Contra las Artes Oscuras), para él fue toda una sorpresa descubrir que la oclumancia no se le deba tan mal.
—Con la legeremancia podrán conocer la mente de su enemigo, pero ¿qué pasa si es él quien quiere penetrar sus pensamientos? —había preguntado el profesor Laurie unos días antes, mientras se paseaba por el salón—. Es el arte más difícil de la magia, si me permiten opinar. Debes limpiar tu mente de cualquier pensamiento o sentimiento. Solo pocos magos pueden hacerlo a la perfección.
Luego había formado a los alumnos en una fila para intentar leer sus pensamientos, y aunque ellos le informaron que aún no habían tenido experiencia con ese tipo de magia y que por lo tanto no podrían evitar ser invadidos, el profesor insistió.
Albus, al final de la fila, observó fallar a sus compañeros una y otra vez. Cuando llegó su turno se puso rígido, pero intentó relajarse.
—Nada mal, Potter —le había dicho Laurie con una sonrisa torcida—. Puedo ver tu mente, sí. Pero está borrosa. Te falta un poco de práctica, es todo.
Y Albus no pudo evitar sentirse orgulloso, no solo por la expresión de odio que le dirigía Lodge, ni por la palmada que Scorpius le había dado en la espalda, sino porque su padre le había contado muchas veces cuanto le había costado aprender esa disciplina. Ser bueno en algo que se le dificultaba al gran Harry Potter, lo hacía sentirse extrañamente bien.
La clase que menos les gustaba a todos era sigilo y rastreo. Los alumnos constantemente se quejaban cuando debían dejar las cómodas instalaciones de la academia para entrar en el salón que estaba encantado para parecer un bosque. Además, la profesora Carter (que era muy guapa y tenía solo un par de años más que sus alumnos) era muy estricta y acostumbraba restarles puntos de su calificación final siempre que se equivocaban al rastrear las huellas de sus compañeros.
—Pronto anunciaré la fecha de su primer examen —les dijo al término de una clase—. Debo advertirles que no será fácil. Así que vayan haciéndose a la idea de qué muchos no podrán pasar mi materia.
— ¡Está loca! —exclamó Scorpius cuando salían de la zona industrial de Londres—. ¡Loca, en verdad! Llevamos solo unos días aquí y ya quiere examinarnos. No entiendo cómo puede ser tan despreciable y atractiva al mismo tiempo. En fin, tengo que ir al Callejón Diagon por unas cosas, ¿vienes?
—No, lo siento —dijo Albus—. Iré a comer.
—Oh, claro. Lo olvidaba —comentó Scorpius con una sonrisa burlona. Le dio una palmada en la espalda y antes de alejarse, exclamó—: ¡Saluda a Lizza de mi parte!
Albus no había comido en el Valle de Godric desde su ingreso en la Academia de Aurores y tenía que admitir que empezaba a extrañar la comida de su madre. Sin embargo, existían otras razones para soportar los emparedados de jamón que siempre servían en la cafetería que estaba cerca del Ministerio de Magia.
— ¡Hola! —lo saludó Lizza cuando atravesó la puerta de entrada—. Me has ganado. Tuve que quedarme a ordenar un montón de pergaminos en la oficina de Teddy. ¿Tienes hambre?
Lo único que Albus recordaba de Elizabeth McAbee en Hogwarts era que había estado en Hufflepuff y que a veces caminaba junto a Rose en los pasillos. Nada más. Y no lo entendía, porque durante los pocos días que habían comido juntos, la chica le había caído muy bien. Demasiado bien.
—Bueno, es que eres muy distraído —le había dicho ella, cuando Albus le comentó sus inquietudes—. No entiendo cómo podías atrapar la snitch en los partidos de quidditch, siendo tan ciego.
—Si fuera tan ciego como dices, Slytherin no habría ganado la copa el último año —repuso Albus con una sonrisa.
—Ganaron porque fuiste un buen capitán —admitió ella—. Ideaste buenas estrategias. Eso de distraer al capitán de Gryffindor con una bludger, mientras los demás se encargaban del guardián…
Resultó que la muchacha sabía muchísimo sobre quidditch y por eso había conseguido tan rápido un puesto en el Departamento de Juegos y Deportes Mágicos. Sin embargo, nunca había jugado para el equipo de su casa en Hogwarts.
—Te vas a reír de mí —le advirtió ella unos días antes, cuando Albus le preguntó la razón de por qué nunca se había presentado a las pruebas del equipo de Hufflepuff—. Me gusta mucho el quidditch, pero creo que es solo una forma de fomentar la rivalidad entre las casas.
—Bueno, pero no puede haber quidditch sin rivalidad. Creo que lo que sucede en realidad es que no sabes jugar…
— ¡No es cierto! Sé que debe haber rivalidad, pero es estúpido. Las casas son estúpidas. Godric, Helga, Rowena y Salazar se habrían ahorrado muchos problemas si no las hubieran creado.
—Eso no…
— ¡Oh, por favor! No me digas que no te hubiera gustado solo entrar a Hogwarts y ya —le había dicho ella con fastidio—, sin tener que ser etiquetado por un sombrero parlante. ¿Tú? ¿El Potter que quedó en Slytherin? ¿No te habría gustado ahorrarte todo ese drama?
Lizza solía hablar de esa manera, sin detenerse a pensar en las palabras que pronunciaba. No parecía darse cuenta de que había hablado de más hasta que Albus hacía un gesto de incomodidad o se quedaba callado por más de diez segundos, entonces ella torcía la boca, disgustada consigo misma y decía:
—Lo lamento. Soy una bocona, ya sabes.
Y entonces Albus sonreía, asegurándole que no pasaba nada. La verdad es que le agradaba que alguien se atreviera a hablarle así, con tanta franqueza.
— ¿Fue muy difícil estar en Slytherin siento tú? —le preguntó otro día, cuando ambos compartían un pastel de manzana.
—No con mis padres. Lo fue con la gente de Slytherin —le había explicado Albus—. La mayoría de mis compañeros eran hijos de mortífagos y no estaban muy contentos conmigo y mi familia. Tuve algunos conflictos, pero… ¡Tú debes saberlo! ¡Sabes todo sobre todo el mundo!
—Si en verdad supiera todo, sabría cómo es que te las arreglabas para que los profesores nunca te atraparan metido en tanto lío. Rose siempre decía que tenías un par de cartas bajo la manga, pero nunca quiso decirme más.
Solo pocas personas sabían por qué los hermanos Potter nunca habían sido descubiertos rompiendo las reglas del colegio. James se lo había contado a Louis, Lorcan y Lysander; Lily a su amiga Cécille y a Hugo; y Albus había pensado que él solo llegaría a compartir ese secreto con Rose y Scorpius, pero ese día se dio cuenta de lo equivocado que estaba.
Le contó a Lizza todo con respecto a la capa de invisibilidad y el Mapa del Merodeador que James se había robado del despacho de su padre cuando apenas iba a iniciar su primer curso en Hogwarts. Obviamente, con el pasar del tiempo, Harry Potter había notado la ausencia de esos dos objetos, pero por alguna extraña razón había decidido obsequiárselos a su hijo mayor, siempre y cuando éste prometiera que los compartiría con sus hermanos cuando fuera su turno de entrar al colegio.
— ¡Eso explica tantas cosas! —había dicho ella sorprendida.
Las charlas con Lizza llegaron a tal punto, que Albus se atrevió a confesarle que él no sabía mucho sobre la verdadera historia de Harry Potter, y que aunque él y su padre llevaban una buena relación, ese seguía siendo un tema tabú para toda la familia.
Aquel día de agosto, el sol iluminaba Londres. Albus y Lizza se habían quedado conversando más de lo normal en la cafetería, pero hubo un momento en el que ya no pudieron seguir ignorando más el reloj que colgaba de la pared, y tuvieron que abandonar el local para que Lizza pudiera regresar al trabajo.
—Albus, no tienes que acompañarme todos los días, ¿sabes? —le dijo ella mientras caminaban por la calle—. Seguro tienes cosas más importantes que hacer que comer emparedados conmigo.
—No, no —dijo Albus rápidamente e intentó no sonar nervioso—. A menos que a ti te moleste…
— ¿Qué? ¡No, claro que no! ¿Cómo puedes decir eso? ¡Me encanta estar contigo! —Lizza se ruborizó y desvió la vista. Al parecer, nuevamente había hablado de más—. Es decir… No quiero que pienses que estás obligado a… No es necesario que tú…
—Ya —dijo él con una sonrisa—. Será mejor que nos vayamos o Teddy se pondrá loco al ver que no llegas.
Lizza sonrió y pronto llegaron a la calle por la que acostumbraban separarse.
—Bueno, te veo mañana —dijo Albus con una cabezada.
Ella se mordió el labio y Albus sintió todos los músculos de su cuerpo tensarse cuando la vio pararse de puntillas para darle un beso en la mejilla. Nuevamente, un aroma parecido a la miel inundó sus fosas nasales.
—Hasta mañana.
Una sensación de júbilo lo acompañó durante todo el trayecto a su casa y Albus todavía seguía sonriendo cuando, unos momentos más tarde, salió despedido por la chimenea de su sala de estar.
—Acabas de liarte con alguien, ¿verdad?
Louis Weasley estaba recostado en el sofá con el cabello rubio desparramado sobre la frente. A su lado estaban James y Lorcan jugando snap explosivo y bebiendo cerveza de mantequilla. Los dos levantaron rápidamente la cabeza después de escuchar aquel comentario.
— ¿Qué? —preguntó Albus sintiendo enrojecer sus mejillas.
—Oh, por favor, primo —Louis esbozó una sonrisa—. Tengo bastante experiencia en estas cosas y tú estás sonriendo cómo imbécil. ¿Quién es ella?
— ¿Es de la Academia de Aurores? —preguntó Lorcan alzando las cejas—. Las chicas que son aurores siempre me han parecido muy atractivas… ¿Está buena?
—No sé de qué están hablando —sentenció Albus acercándose a las escaleras para escapar de ellos.
James soltó una carcajada.
—Por lo menos, ¿ya la besaste o apenas estás intentando acercártele? No lo presionen, amigos —James se desordenó el cabello con una mano y sonrió—. No todos nacen con la habilidad natural para tratar a las mujeres. Soy de los pocos afortunados.
—Si, por eso siempre que Alice se aparece frente a ti pones cara de idiota —comentó Louis rodando los ojos.
Las llamas color esmeralda de la chimenea se encendieron justo cuando James iba a replicar. Lysander Scamander se sacudió las cenizas del cabello rubio y tomó asiento junto a su gemelo.
— ¿Por qué tardaste tanto?
—Trabajo —dijo Lysander mientras tomaba una de las botellas de cerveza de mantequilla que James tenía en la mesita de centro.
— ¿Qué tanto trabajo puedes tener? Lo único que haces es anunciar las canciones de "Los cuernos de Erumpent". Además, tu programa se terminó hace más de una hora—dijo Lorcan.
Lysander trabajaba como presentador en la estación de radio mágica.
—Lo siento, mamá —dijo él con una sonrisa burlona—. Llegaré temprano la próxima vez, no me castigues, por favor.
— ¿También te estabas liando con alguien? Porque Albus…
— ¡Púdrete!
Las llamas de la chimenea se encendieron nuevamente y Lily entró en la sala de estar. Observó a todos los presentes y una mueca de disgusto, imposible de ocultar, se dibujó en su cara.
— ¿No están grandecitos para jugar snap explosivo?
— ¿Y tú dónde estabas? —preguntó James frunciendo el ceño.
—En casa de Cécille —Lily se dio la vuelta y comenzó a subir las escaleras.
—Oh, ¿y siempre vas a ver a tu amiga con esa ropa? —James señaló la falda y los pequeños zapatos de tacón de su hermana.
— ¡Por favor, James! No intentes jugar al hermano responsable y maduro, ¿sí? No te queda.
Luego rodó los ojos y sin decir nada más, subió a su habitación.
—Pareces un niño —lo criticó Louis—. Si yo enloqueciera por cada pervertido que intenta acercarse a Victoire o Dominique… Bueno, Teddy ya estaría muerto, para empezar.
— ¿De qué hablas? —preguntó Albus sin entender.
—Jimmy piensa que tu hermana está saliendo con alguien —explicó Lorcan.
— ¿Por qué? —preguntó Lysander mirando a James con preocupación.
—Se la ha pasado fuera durante todas las vacaciones, según ella porque va a visitar a su amiga. También se escribe con alguien, he visto a una lechuza entrar y salir de su habitación varias veces —James miró con el ceño fruncido el punto por donde Lily había desaparecido—. Además está comportándose rara. No la veía así desde que salía con ese idiota de Alan Wood…
—Pues, aunque eso sea cierto —repuso Louis rodando los ojos—. A ti no tiene por qué importarte, viejo. Lily ya está grandecita para hacer lo que quiera.
—Es cierto —opinó Lysander y desvió la vista. Le dio un largo trago a su cerveza de mantequilla y accidentalmente derramó un poco sobre la alfombra.
— ¿Tú no has notado nada?—le preguntó James a Albus, ignorando los comentarios de sus amigos.
El muchacho recordó, con cierto fastidio, el chocolate que Lily había comprado hace unos días en el Callejón Diagon y cómo se había negado rotundamente a explicar por qué lo envolvía con tanto esmero. Sin embargo, negó con la cabeza. Pensar en un tipo sobrepasándose con su hermanita no era un pensamiento agradable, pero sabía que Louis tenía razón y que ellos no tenían por qué involucrarse en esos asuntos.
—Entonces, Albus —Lorcan le dio un trago a su botella y sonrió—. ¿La chica está buena o no?
Albus se dio la vuelta y subió las escaleras, escuchando tras él las carcajadas burlonas de James y sus amigos. Lily estaba afuera de su habitación y lo miraba con una sonrisa torcida.
— ¿De qué chica están hablando?
—Cállate —masculló Albus y cerró la puerta de su dormitorio.
Joey, su lechuza de manchas negras, lo esperaba en el alféizar de la ventana. Cuando Albus le quitó la carta que llevaba atada en la pata, el animal se metió en su jaula y comenzó a comer un par de ratones muertos que había llevado consigo.
Albus se tiró en la cama y desplegó la carta.
Albus:
¡Me alegra tanto que estés disfrutando tu estancia en la Academia de Aurores! Y me tranquiliza (como no tienes idea) saber que no has tenido problemas con Lodge.
Yo estoy bien. He aprendido un montón de cosas en este programa y algunos profesores me hablaron de ser pasante en la investigación que están haciendo para escribir la nueva versión de "Historia de la Magia". ¡No podría estar más feliz! Aunque los extraño mucho a todos, claro.
La biblioteca de Alejandría es enorme, ya te imaginaras mi reacción al verla. Y cuando estábamos ahí, hubo un derrumbe… ¡Tranquilo, no pasó nada! Pero, gracias a eso los profesores descubrieron un nuevo pasaje, con pergaminos que no habían sido descubiertos hasta el momento. Te contaré los detalles luego. Los alumnos tenemos prohibido entrar… ¡Pero, muero de la curiosidad! Sé que si estuvieras conmigo y tuviéramos la capa de invisibilidad, podría entrar.
En fin, no dejes de escribirme. No falta mucho para que regrese.
Te quiere.
Rose.
—Por supuesto que estoy contenta con que Rose haya sido aceptada en ese programa. Es solo que estoy un poco preocupada, es todo.
Hermione Weasley caminaba con prisa por los pasillos del Ministerio de Magia cargando un grueso fajo de pergaminos entre los brazos. A su lado, Harry Potter intentaba seguirle el paso.
—Solo ha estado fuera unos días —le recordó Harry, mientras saludaba con la cabeza a un par de empleados—. Ron está mucho peor, ¿no?
—Ni lo menciones. Se la pasa diciéndome que jamás debimos dejarla ir sola a Alejandría. Rose nos escribe una carta diariamente, pero a él no le basta… Por cierto, ¿Dónde está?
—Terminando el informe sobre el robo en el Departamento de Misterios. Se está tratando con demasiada discreción porque los inefables no quieren que se sepa que les han robado.
En el Departamento de Aplicación a la Ley Mágica había un largo y estrecho pasillo con varias puertas de roble a los costados. Hermione alzó la varita cuando llegaron a la última puerta y ésta se abrió de inmediato.
—Es mejor que se mantenga así, con discreción. No quieres que la prensa se enteré de que un objeto desconocido ha desaparecido del ministerio —comentó mientras depositaba el fajo de pergaminos en un reluciente escritorio de madera. Las paredes estaban adornadas por enormes estantes repletos de libros, y con otro movimiento de varita, Hermione hizo que dos volaran hasta su mano.
—Sí, pero tarde o temprano lo sabrán y nosotros no tenemos ninguna pista todavía —dijo Harry tomando asiento en un cómodo sofá de piel.
Hermione suspiró.
—Lo sé, pero solo es cuestión de tiempo, estoy segura —le sonrió—. No te preocupes.
La puerta de roble se abrió y Victoire Weasley apareció en el umbral, cargando un montón de carpetas entre los brazos.
— ¡Hola, tío Harry! —exclamó. Luego depositó las carpetas en el escritorio de Hermione, mientras ella hojeaba con rapidez los dos libros que había sacado—. Es todo lo que pude encontrar en el archivo.
—Muchas gracias, Vicky. Puedes irte ya, si quieres.
—Voy a esperar a Teddy en el Atrio. Si necesitas algo más, no dudes en…
—Descuida —Hermione despegó la vista del libro y sonrió.
—Entonces nos vemos luego —Victoire esbozó una resplandeciente sonrisa y salió del despacho agitando su larga cabellera platinada.
—Teddy dice que está muy emocionada con este trabajo —comentó Harry.
—Lo está haciendo bien. Unas semanas más y podrían promoverla, estoy segura —respondió Hermione. Frunció ligeramente el ceño y luego se puso a rebuscar entre las carpetas que le había llevado su sobrina.
— ¿Qué tanto estás haciendo? —preguntó Harry, que de pronto recordó a una Hermione más joven, volviéndose loca por los TIMOS en Hogwarts—. ¿Y para que querías que viniera?
Ella alzó la vista y miró a su amigo con preocupación.
—Necesito que testifiques ante Kingsley y el Wizengamot.
— ¿Qué?
— ¿Recuerdas lo que te conté sobre la Comisión de Registro de Hijos de Muggles? Ya no son solo rumores, Harry. La propuesta para establecer de nuevo toda esa locura es algo real —Hermione se dejó caer en la silla que había detrás del escritorio. Parecía agotada—. Hoy en la mañana Kingsley me dijo que Miranda Savage había presentado sus términos ante el Wizengamot y, no sé qué pudo decirles, pero parece que los dejó impresionados…
—Kingsley jamás lo permitiría —repuso Harry.
—Por eso me pidió que expusiera ante el tribunal todos los motivos que tiene la comunidad mágica para detener esto, antes de que decidan aprobarlo. La cita es una semana —señaló los pergaminos esparcidos por su escritorio—. He estado todo el día intentando crear una buena propuesta, basándome en hechos históricos y demás, pero temo que necesito testimonios de… Bueno, gente importante para el ministerio.
—Entiendo —dijo Harry comprensivamente—. Tranquila, lo haré.
Hermione suspiró aliviada y se frotó las sienes.
— ¿En qué se está basando Miranda Savage para armar de nuevo todo esto?
—Lo único que yo busco es un mejor equilibrio para el mundo mágico, por supuesto.
Sin que ellos se dieran cuenta, una mujer alta y de rostro huesudo había entrado al despacho. Parecía un poco más joven que ellos, sin embargo Harry distinguió un par de brillantes canas adornando su cabello oscuro.
Hermione se levantó de la silla rápidamente.
—Miranda Savage, es un honor conocerlo, señor Potter —la mujer le estrechó la mano y sonrió de manera exagerada.
— ¿Qué hace en mi oficina? —exclamó Hermione exasperada.
— ¡Oh, tranquila, señora Weasley! Yo solo venía a informarle que el Wizengamot espera su propuesta mañana temprano. Al parecer, una semana es demasiado tiempo para…
— ¿Qué? ¿Mañana? El ministro dijo que…
—Sí, lo sé. Pero, todos los miembros del tribunal piensan que un asunto así debe tratarse inmediatamente, y por supuesto no pueden hacer excepciones ante ninguna persona, ni siquiera ante usted o amistades…
— ¡Nadie les está pidiendo hacer excepciones! Pero, una propuesta así…
—De verdad lo lamento, señora Weasley —Miranda Savage dibujó una mueca de culpabilidad que Harry encontró irritante—. Y quiero que sepa, antes de que suceda cualquier cosa, que nunca ha sido mi intención ir en contra suya o algo así. Tenemos diferentes ideas, pero yo sigo respetándola como la superior que es.
Hermione resopló y frunció los labios.
La puerta de roble se abrió una vez más. Esta vez, fue Ron quien entró al despacho apresuradamente, casi tropezando con Miranda Savage.
—Bueno, no quiero importunarlos más —dijo ella caminando hacia la salida—. Que pasen buena tarde.
— ¡Mañana! —exclamó Hermione cuando la puerta de roble se cerró—. ¿Cómo es que podré crear una propuesta contra esa ley de un día para otro? No hay ni suficiente tiempo para reunir los testimonios necesarios, ni siquiera para… ¿Ron?
Miró a su esposo, que lucía más pálido que de costumbre. Éste carraspeó y miró a Harry.
—Dijiste que venias para acá y bueno… Llegaron unas personas a buscarte al cuartel, eran… —se mordió el labio—. Eran trabajadores de Azkaban.
— ¿Qué pasó? —preguntó Harry tensándose de inmediato.
—Una fuga. Un prisionero ha escapado.
Hermione se tapó la boca con las manos.
— ¡Eso es imposible! Nadie ha escapado de Azkaban desde… No, no puede ser. La seguridad se ha triplicado desde que los dementores se fueron.
—Hay un guardia muerto. Los demás están estables, pero fueron lastimados. Ya están siendo atendidos en San Mungo…
— ¿Qué prisionero? —preguntó Harry temiendo la respuesta.
—El que estaba en la celda 198.
Harry apretó los puños y con una horrible sensación de rabia golpeándole el pecho, masculló:
—Benjamin Lodge.
¡Hola! Y perdón por la tardanza. Quería subir este capítulo antes de entrar a la escuela y todo eso. Espero que les haya gustado, aquí conocemos un poco más a Lizza... ¡Por favor díganme que opinan! Y también les presentó a un nuevo personaje, Miranda Savage, la chica que está haciendo todo eso del registro de muggles.
También les pido, por favor, por favor, a las personas que ponen esta historia en follow o favorite, pero que no comentan nada... ¡Comenten! Me dará un paro cardiaco si no... Enserio, ustedes pagaran el hospital, yo no sé. Para mi son importantes sus opiniones.
En fin, gracias por leer y ¡Reviews plis!
