IX
Aunque reconstruir la historia Ninja sea una meta loable, resulta una tarea ridícula, ya que nos sostenemos en especulaciones vacías. No sabemos si Tobirama utilizó el Jutsu Invocación al Mundo Impuro en Hashirama, así como desconocemos las circunstancias del Asalto de Kakuzu, o los detalles sobre la vida amorosa de Tsunade, y no nos arriesgaremos a afirmar la existencia de esa alianza nipona con Madara blandiendo la Totsuka de Susanoo. De igual forma, los conflictos de las Aldeas, así como las grandes leyendas narradas sobre la virilidad de ciertos personajes, están cubiertos por un espeso manto de misterio, muy propio de la profesión Ninja. Este "Mundo Ninja" es un castillo de naipes de cristal de textura engañosa, pero si hay una figura que supera a todos en ser enigmática pero poderosa, fascinante al tiempo que desconocida, es Hanzo de la Salamandra.
Un joven y entusiasta guerrero vagaba por campos de cadáveres compungidos, tropezando con restos de sus compañeros, cerros de rostros le miraban con sus expresiones tiesas. Consumido por la desgracia, el joven resolvió quitarse la máscara que cubría la casi totalidad de su rostro y que sentía había cubierto todo su ser. Añoró respirar el nepente que había liberado a sus camaradas, con la esperanza de reunirse con ellos en el más allá, pero pronto se dio con la horrible sorpresa de su inmunidad.
Se cuestionó entonces, ¿por qué había sido maldecido con tal don? ¿Por qué está condenado a ver a sus compañeros caer como moscas, y con sus rostros muertos reclamarle el por qué no viene con ellos? ¿Qué vida es esta sin poder sentir el menor de los contactos humanos, destrozando los jardines, ahuyentando a todo animal, sin la diminuta gracia y la inmensa alegría del más pequeño beso? En su soledad eterna palpa la cicatriz en el costado de su abdomen donde introdujeron aquel intenso veneno de Salamandra Negra, ¿obligado a deambular con esa pequeña muerte a todos los rincones de la tierra? ¿Qué hacer, entonces, con esa vida que está condenado a vivir? ¿A dónde has de parar, Hanzo de la Salamandra, heraldo de la muerte?
Cuando las grandes Aldeas se fundaron, reinó una pesada incertidumbre entre los clanes relegados. Apenas encontraron unas zonas tranquilas, los grandes conflictos azotaron con fiereza. Si los asaltos nipones y chinos habían dejado una manchita que se quitaba con frotarle duro-duro en las grandes Aldea, había dejado en cambio una cicatriz gigantesca en las aldeas menores, obligadas a desplazarse y no olvidar el dolor. Hanzo aprendió mucho del dolor, de líderes codiciosos, de feudales ineficaces, de bandidos descorazonados, de poderosos ciegos que no veían a quiénes pisaban en su monstruoso andar. Y también aprendió los secretos de la industrialización en sus viajes más allá de las montañas, comprendiendo que incluso un pueblo castigado por la geografía y la política podía ponerse de pie si ponía a los elementos a trabajar a su favor hendidos en la fortaleza del hierro y el maquinismo. Hanzo, que ya se había librado de sus imbéciles jefes, volvió y aprendió a escuchar el dolor de la Primera Guerra, con sus sonetos espeluznantes y sus gritos encadenados, y aunque nunca pudo terminar de acostumbrarse, conocía la pieza en sus pies más modestos. Hanzo escuchó los miles de dolores desperdigados por sus torrentosas tierras, y supo hacer de todas ellas un solo canto general, una suerte de discurso totalizante que dibujaba un futuro brillante para los ninjas a través de los caminos del hierro y el carbón. Fundó la Aldea Oculta entre la Lluvia, una tierra gris de eterno llanto escondida en la intersección de los países del Fuego, la Tierra y el Aire, y tanto creció y tan rápido que las demás Aldeas consideraron tenerla en cuenta.
Un día lluvioso, Danzo Shimura apareció ante Hanzo de la Salamandra.
—No creo que no haya escuchado de usted —a pesar de la enorme máscara de gas, la voz de Hanzo llega dura, entera aunque pesada—, Danzo de las Sombras de Konoha. Esparce la discordia por los Países Ninja.
—Es bueno no tener que presentarme entonces —sonrió Danzo, confiado—, aunque debo admitir que si mi nombre ha llegado tan lejos es porque mis hombres no están haciendo muy bien su trabajo. El término Operaciones Secretas es algo ¿glamoroso, cierto? Claro, nada como el Primer Amekage Hanzo de la Salamandra.
—¿Pretende una alianza ahora? Sabe cómo termina eso...
—No soy inocente. Las alianzas son falibles pero crean la ilusión de confianza... Yo propongo un "Eje"...
Danzo pasó a explicar su visión de un Mundo Ninja articulado por una serie de coordinaciones secretas que permitiera la guerra hasta puntos redituables y la detuviera a puertas de crisis indeseadas. Su objetivo, tras de todo, era mantener un curioso balance en el mundo que algunos podrían tildar de inmoral. Ya había conseguido el favor del Clan Kaguya en Kiri, a quienes convenía mantener vigilado, y los Areneros del Desierto mantenían en un constante jaque a las fuerzas de Suna, azuzando un revanchismo que pronto les sería útil. Hay quienes pueden poner en duda cuando se financia escuadrones de traidores de Iwa que con asesoría del ANBU dinamite plazas y mercados en el País de la Tierra, pero no puede resistirse a los resultados de frenar la expansión militar de Kumo. Esta vez, su proyecto iba más allá e involucraba una serie de truculentas pequeñas alianzas usando como satélites a esos diminutos países quejicas y sus insignificantes aldeas llena de ninjas mediocres, tal y como había leído en un libro sobre una tal Guerra Fría que se libraba alrededor de ellos casi sin tocarlos.
—¿Y por qué debería confiar en ti, Danzo de las Sombras?
—No puede, no debe. El saber que le voy a traicionar tarde o temprano debería ser su mayor garantía. Hago esta alianza por una razón egoísta, la misma por la que usted va a aceptarla.
Hanzo se puso de pie. Su mirada atravesaba ese glass grueso, y Danzo, un excelente lector de personas, pudo soportar el peso de esos ojos que tanta desgracia habían visto, pero no determinar si era furia, decepción, sorpresa o qué lo que transmitía. Hanzo caminó hacia la ventana. Un pueblo dormía bajo él, y mañana les esperaría una vida tortuosa, arrastrando la espalda en el lodo, a ver qué ha destruido el río esta vez, a ver si la marcha galopante de los guerreros les deja algo al paso, a ver quién se quedará sin comida. ¿Para qué ha vivido toda esa vida, Hanzo de la Salamandra? Un ejército de metales roncaba bajo él, un corazón hecho de un enredo de fierros hierve, abrigando una esperanza. Hanzo, Hanzo, ¿con qué soñarás esta vez?
—He vivido siempre como un Heraldo de la Muerte...
—Su fama lo secunda.
—Lo he sacrificado todo para crear una Aldea donde se pueda vivir, una posibilidad de futuro y Paz. ¿Tú qué has sacrificado, Danzo Shimura, para llegar hasta dónde estás, para ostentar el poder que tienes?
—Es cierto. Vengo de un Clan irrelevante, lleno de ninjas irrelevantes. Yo mismo no soy alguien sobresaliente, y sin embargo he llegado hasta donde estoy, usando solo mi mente, conociendo el mundo que me rodea, aprendiendo a jugar con él. Estoy seguro que mi sensei, el Segundo Hokage Tobirama Senju, fue capaz de ver esa sagacidad en mí y por eso me escogió para ser el precursor de su obra.
—Pero tú no eres el Hokage.
—Ser Hokage solo te pone en la mira de todos. Desde donde estoy, puedo verlos a todos sin que nadie me vea a mí.
—Sigues sin responder —se volvió, desafiante— ¿qué has dado, Danzo?
—Véalo así —respondió, sin él mismo tomárselo enserio—, soy un sacrificado hombre que vendería hasta su alma por su Aldea.
—Veo a través de ti.
Danzo guardó un complacido silencio.
—... ¿Qué es lo que exiges?
—Un tributo —lo encaró, imponente, decidido— Compartirás el dolor de este mundo que dices conocer tan bien.
Danzo respiró, como aliviado: Solo dilo.
