El Reencuentro.
Cuando Albus atravesó la verja de cobre, encontró a todos sus compañeros en el patio de la Academia de Aurores rodeando a la profesora Carter. Rápidamente y sin hacer ruido, se situó al lado de Scorpius.
— ¿Por qué tardaste tanto?
—Nada en especial —dijo Albus intentando borrar la sonrisa de su rostro.
—Oh, claro —dijo Scorpius soltando una risita—. Y supongo que Lizza no tiene nada que ver con tu cara de idiota.
— ¿Qué estas…?
—Me aparecí cerca de ahí y ustedes dos no estaban siendo precisamente discretos —Scorpius torció una sonrisa y le palmeó la espalda—. Me da gusto por ti. Es agradable y bastante guapa.
—Si ya terminaron de discutir sobre su ocupada vida social, señor Potter y Malfoy, me gustaría que prestaran un poco de atención —dijo la profesora Carter sin siquiera mirarlos.
Algunos soltaron risitas molestas mientras Albus y Scorpius se enderezaban.
—Esto de aquí, es una poción que los transportara al lugar de su examen apenas la abran —explicó la profesora entregándole a cada uno un pequeño frasco de vidrio. —Todos aparecerán a una distancia considerable de sus demás compañeros. Su meta es llegar hasta la bandera roja donde yo los estaré esperando. Se les calificará de acuerdo al tiempo que tarden en llegar.
—Sencillo —murmuró Devon Lodge chasqueando la lengua. Albus soltó un bufido y miró al muchacho, cuyo rostro aún tenía un par de cicatrices por la pelea con Scorpius. Sus ojos se encontraron con los de él y ambos se dirigieron miradas desafiantes.
—Además, ustedes podrán obstaculizar el camino de sus compañeros para que no lleguen antes que ustedes a la meta —continuó la profesora Carter—. Podrán utilizar cualquier tipo de hechizo o encantamiento, siempre que éste se encuentre dentro del reglamento de la academia, ¿Alguna pregunta?
Todos negaron con la cabeza y se sacaron las varitas del bolsillo.
—Muy bien —la profesora sacó un frasco propio y sonrió de lado—. A la cuenta de tres, pueden abrir sus pociones. Los espero en la meta. Una… Dos… ¡Tres!
Albus destapó su frasco con rapidez y casi al instante, una bruma morada lo envolvió, cegándolo por completo. Unos segundos más tarde, cuando recuperó la vista, descubrió que se encontraba en un terreno irregular, rodeado de rocas, maleza y enormes árboles. Parecía la parte baja de una montaña.
Aferrando su varita, empezó a caminar sin rumbo alguno, buscando alguna señal de la profesora Carter o de la bandera roja. Aquello no parecía tan difícil, pensó Albus… Entonces, un rayo de luz roja pasó junto a él, casi tirándolo al suelo y esa idea se esfumó tan rápido como él mismo después de devolver el ataque.
Era muy difícil avanzar por aquel terreno rocoso, y aunque los árboles eran lo suficientemente grandes como para servirle de escondite, Albus sabía que no podía permanecer mucho tiempo en un mismo lugar sin arriesgarse a que uno de sus compañeros lo interceptara. Pasados unos minutos, se topó con Danielle Boot, a quien paralizó sin ningún problema, pero después tuvo que escapar de un hechizo lanzado por Edward Perkins, que hubiera podido detenerlo si no hubiese tropezado a medio camino con una roca.
Con la respiración agitada y gotas de sudor resbalándole por la frente, Albus se recargó en un árbol y trató de idear una estrategia… Era estúpido correr sin rumbo alguno entre los árboles: No podía ver para donde iba, y probablemente todos sus compañeros andaban por ahí lanzándose ataques al azar. Lo mejor sería alejarse un poco de aquel lugar e intentar encontrar la bandera roja y a la profesora Carter por la zona de la montaña que parecía más despejada, así hasta le sería más fácil verla.
Pronto los enormes árboles desaparecieron y el sol comenzó a darle de lleno en la cara, mientras recorría el empinado camino hacia la meta. Y entonces, cuando estaba seguro de haberse alejado lo suficiente, escuchó un ruido a sus espaldas.
Se detuvo y empuñó con fuerza la varita, pero lo único que visualizó a su alrededor fueron las rocas y la maleza que crecía de manera desordenada en el suelo. Con un suspiro de alivio, emprendió nuevamente su camino… Y un hechizo lo golpeó de lleno en la espalda.
Rodó por la superficie, arañándose los brazos y la cara. Buscó a tientas su varita, que se le había resbalado de las manos con la caída, pero entonces le golpearon la cara con tanta fuerza que al instante sintió el sabor metálico de la sangre resbalándole por el labio.
—Que gusto verlo otra vez, señor Potter.
Albus levantó la vista, y en medio del resplandor brillante del sol, vio el rostro de la persona que había protagonizado sus pesadillas durante los últimos seis años.
—Usted…
Benjamin Lodge estaba de pie junto a él.
Al intentar levantarse, otro hechizo parecido a una descarga eléctrica, le recorrió cada centímetro del cuerpo, impidiéndoselo. Al parecer, su antiguo profesor no estaba solo…
—No tengo mucho tiempo, niño.
Lodge se acercó a él y Albus observó las cicatrices que Azkaban había dejado en aquel hombre: Le faltaban un par de dientes, su rostro estaba más surcado de arrugas que antes y tras las gafas, los ojos castaños habían perdido todo su brillo.
—Hace seis años… ¿Te acuerdas de lo que pasó hace seis años, Potter? ¿Recuerdas como interferiste en mi misión? ¿Cómo arruinaste todo? Quiero que me lo digas… ¡Dime que pasó esa noche, Potter!
—No pierdas tiempo, Lodge. Es él —dijo la persona que lo acompañaba. Al volver la cabeza, lo único que Albus pudo ver fue la silueta de un hombre cubierta por un manto negro. Del cuello le colgaba un medallón… Un medallón extrañamente familiar—. Tú mismo me lo dijiste. Los otros dos ni siquiera estuvieron cerca.
—Firmaste tu sentencia de muerte aquella noche en el Bosque Prohibido, Potter —dijo Lodge tomándolo del cuello—. Y ahora, es momento de pagar…
Varios gritos de júbilo hicieron que los tres se sobresaltaran. A lo lejos, uno de sus compañeros había encontrado por fin la bandera roja de la profesora Carter, y Albus aprovechó aquel pequeñísimo momento de distracción para tomar su varita del suelo.
De inmediato se quitó a Benjamin Lodge de encima y después arremetió contra el otro sujeto, intentando hacer el mayor escándalo posible con sus hechizos para que alguien se diera cuenta del ataque. Pero, Lodge se levantó antes de que alguien de la academia pudiera percatarse de la situación y corrió a ayudar a su compañero.
Albus siempre se había enorgullecido de su habilidad para las clases de duelo y Defensa Contra las Artes Oscuras, pero en aquel momento, cuando su vida dependía de ese talento, se dio cuenta de que no tenía ni idea de cómo luchar en el mundo real. Las clases no eran nada comparadas a lo que estaba viviendo en ese instante.
— ¡Avada Kedavra! —gritó Lodge con voz atronadora.
Albus esquivó la maldición por un pelito y luego, con el corazón palpitándole violentamente contra el pecho, vio que varios relámpagos de luz, lanzados desde lejos, caían sobre sus atacantes… Alguien se había dado cuenta de lo que estaba pasando.
— ¡Vámonos! —gritó Lodge esquivando los hechizos.
Corrió hacia el otro lado de la montaña. Albus lo siguió para intentar detenerlo, pero una fría punzada en el costado se lo impidió. No entendió qué era lo que estaba pasando hasta que escuchó la suave risa del acompañante de Lodge junto a él y vio, con horror, como le clavaba una especie de cuchillo en medio de las costillas. Entonces el frío se fue, y todo el cuerpo comenzó a quemarle, como si su interior ardiera al rojo vivo.
—Nos veremos luego, Potter.
Y lo último que Albus vio antes de desmayarse en un charco de su propia sangre, fue el rostro de facciones finas y los ojos grises que se escondían debajo de aquel manto negro.
Al abrir los ojos, Albus no reconoció la habitación en la que se encontraba. Se parecía a la enfermería de Hogwarts, solo que era más pequeña, con las paredes tapizadas de un color verde y tenía una sola cama (que él estaba ocupando).
— ¡Oh, cielo!
Unos delgados brazos lo apresaron con tanta fuerza, que el muchacho creyó asfixiarse en medio de aquel abrazo.
— ¡Mamá! —gruñó Albus, intentando incorporarse.
— ¡Gracias al cielo que estás bien! ¡Oh, Albus, estaba tan preocupada! —Ginny Potter lo soltó y luego su rostro angustiado se convirtió en una mueca de furia—. ¿Por qué te alejaste de tus compañeros? ¿Estás loco o qué? ¿No te dijo tu padre que ese tipo podría estarte buscando para cobrar venganza? ¡Nunca haces caso de nada de lo que…!
—Cálmate —pidió Albus rodando los ojos—. ¿Dónde estoy?
—En San Mungo, por supuesto —dijo Ginny mientras le tocaba la frente para revisar su temperatura—. La profesora Carter te trajo aquí luego del ataque y después fue a buscarnos a tu padre y a mí. Ahora está afuera con él y con tu director.
— ¿Qué me pasó? —preguntó Albus recordando la apuñalada que le había dado aquel desconocido. Aun le dolía el costado, pero al levantarse la túnica descubrió que no tenía ninguna herida
—Ese maldito… —gruñó Ginny, apretando los puños—. Te hirió con una especie de cuchillo, pero… Era extraño, Al. Los sanadores dijeron que estaba quemándote por dentro. Jamás vieron algo parecido. Tu padre se lo llevo al ministerio para examinarlo. Afortunadamente, pudieron curarte antes de que esa cosa te hiciera más daño.
Albus recargó la cabeza en las almohadas y suspiró con pesadez. No entendía muy bien que era lo que había pasado en la montaña… ¿Qué buscaba Benjamin Lodge? ¿Por qué le había preguntado si recordaba aquella noche en el Bosque Prohibido? Y, ¿quién era esa persona que estaba acompañándolo? Con tantos problemas nuevos, le era difícil creer que hace unos horas se encontraba besando a Lizza McAbee.
Su madre le acarició el cabello con ternura.
—Estoy bien, mamá.
—Ya lo sé —dijo Ginny con una triste sonrisa.
La puerta se abrió en ese momento y por ella entraron (para sorpresa de Albus) sus primos Molly y Fred.
— ¡Has despertado de tu lecho de muerte, Al! —exclamó Fred dejándose caer en la cama despreocupadamente. Traía en las manos lo que parecía un pollo de hule—. ¡Qué mala suerte! Ya estaba negociando con la tía Ginny tu colección de tarjetas del Puddlemere United.
— ¡Oh, Fred, no hables tan alto! ¡Van a sancionarme por dejarte entrar! —masculló Molly. Traía puesta una bien planchada túnica de sanadora y el cabello castaño amarrado cuidadosamente en una trenza—. ¿Cómo te sientes, Al?
—Bien —respondió Albus. Miró a su primo y torció una sonrisa—. ¿Qué estás haciendo aquí? ¿No tiene Molly suficiente viviendo contigo y con Dominique? ¿Ahora también vas a fastidiarla en el trabajo?
—Nadie la obliga a vivir en el mismo departamento que Minie y yo —dijo Fred, jugueteando con el pollo de hule—. Y vine a traerle el almuerzo que olvidó en casa. Aunque tú no lo creas, querido primo, la prefecta perfecta es bastante despistada.
— ¡No me llames así! —exclamó Molly golpeándole el hombro.
—Nos encontramos al tío Harry en el pasillo y nos dijo que estabas aquí —explicó Fred—. No te preocupes, como sé que esto es algo que debe tratarse con discreción, solo le avise a la familia.
—Muchas gracias, Freddy —dijo Ginny rodando los ojos.
La puerta volvió a abrirse. Esta vez, Harry Potter entró al cuarto seguido de la profesora Carter y el director Proudfoot. En cuanto Harry vio que su hijo estaba despierto, una expresión de infinito alivio se le dibujo en el rostro.
— ¿Estás bien? —preguntó mientras le daba un fuerte abrazo.
Albus asintió y luego ambos compartieron una significativa mirada: Más tarde hablarían sobre lo que había pasado en la montaña.
—En nombre de la Academia de Aurores, le ofrezco una sincera disculpa, señor Potter —dijo Proudfoot mirando apenado al muchacho—. Esos criminales paralizaron a uno de sus compañeros antes de que tomara la poción y así es como pudieron llegar a la montaña.
— ¿Quién fue? ¿Está bien?
—Marcus Finnigan —dijo Proudfoot pasándose una mano por el cabello blanco—. Y sí, está bien. Yo debo volver a la academia, pero…
—No se preocupe —dijo Albus—. Todo está bien.
El hombre sonrió y, después de estrechar la mano de Harry, salió de la habitación. Pasados unos segundos, Fred soltó un fuerte resoplido.
— ¡Claro! Casi te matan por culpa de la poca seguridad que emplearon en ese estúpido examen, pero ¿a quién le importa? ¡El viejo ya pidió disculpas!
— ¿Tú estás hablando de seguridad? —preguntó Ginny arqueando las cejas.
—Bueno, es que se necesita ser un idiota para alejar a los alumnos de la academia cuando hay un lunático suelto que busca venganza —dijo Fred con simpleza, y Albus miró con terror a su profesora.
—Fred… —le advirtió Harry, pero cómo su sobrino no le prestó atención, suspiró y dijo—: Te presento a Rachel Carter, profesora de sigilo y rastreo en la Academia de Aurores.
Al muchacho se le cayó el pollo de hule de las manos.
— ¿Disculpa? ¿Tú eres la maestra de Albus? —se levantó de la cama y abrió mucho los ojos—. ¿Enserio? ¿De verdad? ¡Pero…! ¿Cómo puede…? ¡Te ves tan…! ¡Estás tan…! ¡Joven!
—Yo también debo volver a la academia —dijo ella ignorando por completo a Fred—. Solo quería asegurarme de que el señor Potter estuviera bien y ofrecerles una disculpa.
—No fue culpa de nadie —dijo Harry—. Muchas gracias por sacar a mi hijo de ahí.
—No, ya enserio —dijo Fred interponiéndose entre su tío y la muchacha—. ¿Cuántos años se supone que tienes? Pareces de mi edad y… ¿Ya eres auror?
—Tu también pareces de mi edad y hasta hace unos segundos sostenías un pollo de hule entre las manos —dijo ella alzando las cejas. Albus se hubiera reído, pero la profesora le daba un poco de miedo.
—Es una varita de pega. Trabajo en Sortilegios Weasley, la tienda de bromas del Callejón Diagon.
—Muy interesante.
—Cuando quieras puedes ir a verla, Rachel…
—Profesora Carter —lo corrigió, mirándolo de manera despectiva—. Y si me disculpas, debo volver al trabajo.
Se encaminó hacia la puerta, despidiéndose de los demás con una cabezada. Cuando pasó por la cama de Albus, torció una ligera sonrisa.
—Felicidades, señor Potter. Si no hubiese sido por esos criminales, usted habría llegado primero a la meta. Lo espero mañana en clase.
—Será mejor que pronto vuelvas a lastimarte en clases, primito —dijo Fred cuando la puerta del cuarto se cerró—. ¡Muero por ver otra vez a esa lindura!
Unas horas más tarde, los sanadores accedieron a que Albus abandonara el Hospital San Mungo.
Al llegar a su casa en el Valle de Godric, Lily se le colgó del cuello, dándole un abrazo casi tan asfixiante como el de su madre. James estaba detrás de ella y lucía una expresión seria, nada propia de él.
—Lily me avisó y me escapé un rato del entrenamiento —explicó—. ¿De verdad era Lodge? ¡Maldito infeliz! ¿Qué te hizo, Al?
—James, tu hermano está muy cansado —dijo Harry antes de que Albus pudiera contestarle—. Y seguramente querrá dormir.
Lo tomó por los hombros y ambos subieron las escaleras. No hablaron hasta que estuvieron dentro de la habitación de Albus, entonces, Harry cerró la puerta y suspiró.
—Quiero que me digas todo lo que pasó allá, hijo.
Albus se dejó caer en la cama y le contó todo a su padre. Cada vez que mencionaba algo sobre los hechizos y golpes que Lodge y el otro sujeto habían usado en su contra, la cara de Harry se contorsionaba en una mueca de furia y sus nudillos se tornaban blancos de tanto apretarlos.
Sin embargo, Albus no omitió ningún detalle. Sabía que después de un suceso así, los aurores se encargaban de interrogar a los testigos para sacar toda la información necesaria y, la verdad, prefería que fuera su padre quien hiciera aquel trabajo con él.
—… parecía como si Lodge quisiera que yo recordara algo importante. Entonces, el otro sujeto le dijo que no perdiera más tiempo, que era yo al que estaban buscando porque los otros dos no habían estado cerca…
— ¿Cerca de qué? —preguntó Harry con el ceño fruncido.
—No lo sé —dijo Albus soltando un bufido—. La verdad es que no entendí muy bien… Ese cuchillo con el que me hirieron, era magia tenebrosa, ¿no?
—Nunca había visto nada así —confesó Harry asintiendo.
—Querían matarme —dijo Albus intentando no sonar preocupado—. No se detuvieron mucho a torturarme o algo así, y Lodge casi me alcanza con la maldición asesina…
Algo diferente a la furia ensombreció el rostro de Harry Potter. Era algo más fuerte, más doloroso, una expresión que Albus nunca había visto antes. Sin embargo, estaba seguro de que no era la primera vez que su padre sentía algo así.
—Quiero pedirte algo —murmuró Albus—. Ya estoy involucrado en esto, no podemos cambiarlo. Y mientras vuelven a atraparlo, él va a estar buscándome… Por favor, papá, solo mantenme informado, ¿sí?
— ¿Qué?
—Quiero que me digas todo lo que averigüen sobre Lodge y su compañero. Todo.
—Albus…
— ¡No puedes seguir ocultándome la verdad! —exclamó el muchacho y su voz sonó más amarga de lo que pretendía—. No, con esto, por favor… ¡Debes confiar en mí! No te pido mucho…
El silencio reinó la habitación por varios segundos. Ambos, padre e hijo, se miraron con esos ojos idénticos, verdes e intensos. Al final, Harry suspiró y desvió la vista.
—Tú ganas. Te contaré todo lo que averigüé.
— ¿De verdad? —preguntó Albus emocionado.
—Sí —dijo Harry. Volvió a mirarlo y sonrió—. Ahora, duerme un rato. Los sanadores dijeron que debías descansar y tienes peor pinta que Kreacher antes de lavar los platos.
Conciliar el sueño fue más fácil de lo que esperaba. Sin embargo, luego de unos momentos, se hizo presente aquel sueño en el que recordaba con una claridad impresionante lo que había pasado aquella noche en el Bosque Prohibido, hace seis años…
Lodge, la daga que se había robado de Hogwarts, el libro despastado que había sacado de su túnica, el extraño símbolo tallado en la tierra, el resplandor dorado… Y ese hombre. La persona que había visto cuando caminaba con su padre hacia el castillo no era una alucinación, era real y habían vuelto a encontrarse. Lo había herido con un cuchillo y Albus había visto colgando de su cuello ese medallón…
Se despertó sobresaltado, y entonces fue consiente de la delicada mano que tocaba su frente.
—Lo siento, no quería despertarte, pero parecía que tenías una pesadilla.
Lizza McAbee estaba sentada al borde de su cama.
Albus se incorporó con torpeza y se pasó una mano por el cabello, intentando peinarlo un poco. Lizza soltó una risita.
— ¿Qué estás haciendo aquí?
—Puedo irme, si te molesta… —dijo ella haciendo ademán de levantarse.
— ¡No! —exclamó Albus. Ella volvió a reír—. Hablaba de… No lo decía por…
— ¡Cálmate, Albus! —dijo ella sin dejar de sonreír—. Estaba esperándote en la cafetería y Scorpius llegó a contarme lo que pasó. ¿Cómo estás? ¿De verdad era Benjamin Lodge? ¿Qué fue lo que te hizo?
—No es nada —dijo él encogiéndose de hombros—. Ya pasó.
Si quería contarle a Lizza todo lo referente a Lodge y su acompañante, pero no en ese momento. No ahora que se encontraba tan cansado y lo único que realmente deseaba era olvidarse de aquello. Ella pareció comprenderlo con tan solo una mirada, porque sonrió aún más y cambió de tema.
—Tu elfo doméstico es muy interesante —dijo—. Yo no sabía que tenía piernas huesudas y el cabello tan largo como una banshee… ¿Por qué nunca me lo dijiste? ¡Así salgo a la calle, Al!
—Oh, no, por favor no le prestes atención —pidió Albus apenado—. ¡Está loco y muy viejo! Nadie lo aguanta, de verdad…
— ¡Relájate! ¡Estoy jugando! —exclamó ella, divertida—. Aunque, esperó que no haya sido una imprudencia venir a tu casa sin avisar…
—Para nada. Me alegra verte.
Lizza se sonrojó, pero se acercó un poco más a él. Albus se tensó en su lugar al sentir su respiración tan cerca.
—A mí también me alegra verte, Albus…
Y después de un segundo que se hizo eterno, la distancia se esfumó por completo. Albus la besó una y otra vez, hundió sus manos en sus cabellos y aspiró ese olor a miel que tanto le gustaba. La besó como (estaba seguro) nunca había besado a nadie, disfrutando cada roce, cada suspiro…
Y entonces, su madre tocó la puerta.
— ¡Albus! Quería avisarte que ya está lista la cena —sin esperar una respuesta, entró al dormitorio. Albus y Lizza se separaron rápidamente, sonrojados—. La cena, hijo.
El muchacho soltó un gruñido y se levantó de la cama. Ginny, que parecía divertida con la actitud de su hijo, invitó a Lizza a cenar.
—Oh, por favor. Yo no aceptó un "no" por respuesta —le dijo antes de que la muchacha respondiera.
—Entonces, será un placer, señora Potter —dijo Lizza sonriendo.
Le dirigió una mirada amable y luego salió de la habitación. Albus suspiró con pesadez.
— ¿Puedo preguntarte algo? —la chica asintió—. Yo te gusto, ¿no es así?
— ¡Y dices que soy yo la que pregunta las cosas sin tacto! —exclamó ella soltando una ligera carcajada. Lo miró a los ojos y se mordió el labio—. Si, puede que me gustes un poco.
—Bien —dijo Albus—. Solo no olvides eso mientras estés cenando con mi familia.
Bajaron las escaleras riendo y encontraron a James sentado en el sofá del vestíbulo con Alice Longbottom tomada de la mano.
—Creí que ya te habías muerto, Al —dijo James, que al parecer había recuperado su actitud despreocupada. Al ver a Lizza, una sonrisa burlona le iluminó el rostro—. Por favor, dime que no has entrado a la habitación de mi hermano mientras dormía… ¡Qué vergüenza que lo hayas visto babear!
—Lizza, él es mi hermano James —dijo Albus, preguntándose que había hecho para merecer aquello—. Y ella es Alice Longbottom, una gran amiga de la familia y, por alguna extraña razón, su novia.
—Nos conocemos —dijo Alice sonriéndole amablemente—. Estábamos juntas en el club de gobstones en Hogwarts.
—Jugabas muy bien —dijo Lizza—. Cuando te graduaste, tuvimos que buscar a una nueva capitana y fue un fracaso total.
—Porque ella es la mejor, claro —dijo James acariciando el cabello rubio de su novia—. Tú también pareces ser una chica lista, Lizza… ¿Por qué diablos estás saliendo con mi hermanito?
—Tienes que disculpar a James, se golpeó la cabeza cuando era bebé —dijo Lily apareciendo en el vestíbulo—. Hola, soy Lily. Seguramente Albus te habrá hablado de mí… ¿Tu eres su novia?
— ¡La cena! —gruñó Albus encaminándose al comedor junto con Lizza, que parecía bastante entretenida.
Los Potter solo comían en el comedor cuando tenían invitados, pues la cocina era demasiado pequeña para que más de cinco personas pudieran sentarse cómodamente. Ginny y Kreacher estaban acomodando los últimos cubiertos cuando todos entraron a la habitación.
— ¿Por qué no le dijiste a Cécille que viniera a cenar, Lily? —preguntó su madre mientras tomaban asiento.
— ¿A Cécille?
—Sí, hace rato estabas en su casa, ¿no?
— ¡Oh, sí, por supuesto! —dijo Lily mientras Kreacher les servía zumo de calabaza—. Yo… La invité, pero no pudo venir.
—Sí, claro —murmuró James con escepticismo. Albus supuso que su hermano seguía creyendo que Lily se veía con alguien a escondidas.
Se escuchó el ruido que hacía la chimenea cuando expulsaba a alguien y unos segundos más tarde, Harry apareció en el comedor. Kreacher corrió hacia él rápidamente.
—Kreacher le desea buenas noches, amo, ¿Desea que le sirva la cena?
—No, solo se paró por aquí para vernos comer a todos, Kreacher —dijo James rodando los ojos. Alice le dio un golpecito en el hombro.
—El primogénito malcriado está insultando de nuevo al pobre Kreacher… Kreacher espera que se ahogue con la comida, si… El mocoso pedirá un vaso con agua, pero Kreacher no se lo dará, no…
—Por favor, Kreacher —dijo Harry, suprimiendo una sonrisa—. Muero de hambre.
—Creí que llegarías más tarde —dijo Ginny mientras el elfo se alejaba a toda prisa en dirección a la cocina. Le dio un rápido beso en los labios a su esposo y suspiró—. Con todo lo que pasó hoy…
—Voy a volver al cuartel más tarde. Solo quería ver cómo estaba… —dirigió su vista hacia el lugar de Albus y notó a la persona sentada a su lado—. Oh, buenas noches.
—Vino a visitar a Albus —dijo Lily con una risita burlona.
—Mucho gusto, soy Harry Potter.
—Buenas noches, señor Potter. Me llamo Lizza McAbee.
Y repentinamente, Albus experimentó una sensación de extraño alivio. Lizza no había dicho "Oh, es un honor conocerlo al fin, señor Potter", ni "Para mí es todo un placer ver por fin al gran héroe del mundo mágico"... La mayoría de las personas solía decir esas cosas. Ahora, pensó Albus, Lizza le gustaba mucho más que antes.
Luego de unos minutos, todos se encontraban devorando la ensalada de brócoli y pasta.
—Y Lizza, ¿estás en la Academia de Aurores con Albus? —preguntó Lily mientras le pasaba la sal.
—No, trabajo en el ministerio —respondió ella—. En el Departamento de Juegos y Deportes Mágicos.
—Teddy es algo así como su jefe —dijo Albus.
—Oh, espero que no sea pesado contigo —dijo Harry con una sonrisa—. Es un buen muchacho, pero puede ser bastante estricto en su trabajo.
—Antes era divertido. Incluso venía mucho aquí, no podías sacarlo de la casa. Pero, el matrimonio lo consumió por completo —comentó James fingiendo lástima.
— ¡James! —lo retó Ginny mientras todos soltaban una ligera carcajada—. Y, ¿Qué hacen tus padres, Lizza? ¿Trabajan también en el ministerio?
—Oh, no, no —dijo ella sonriendo—. Soy hija de muggles, señora Potter. Solo tengo a papá y él trabaja reparando computadoras, esos aparatos electrónicos que los muggles adoran cada vez más.
—Oh, sí, jamás las he entendido —confesó Ginny haciendo una mueca.
—Yo tampoco, pero mi padre las adora.
— ¿Por qué solo tienes a tu papá? —preguntó James con curiosidad. Todos lo miraron disgustados y Alice le otro golpecito en el hombro, más fuerte que el anterior.
—Oh, no hay problema, de verdad —dijo Lizza despreocupadamente—. Mi mamá murió cuando yo era pequeña.
Se formó un tenso silencio en el comedor. Albus quería decir algo, pero no sabía qué. Entonces, su padre se aclaró la garganta y con voz clara y sincera, dijo:
—Lo lamento, Lizza.
Ella sonrió con gratitud, pero se encogió de hombros, asegurándoles que no pasaba nada. Entonces Lily comenzó a hablar sobre cosas triviales, seguramente para suavizar la situación, y pronto todos se sumieron nuevamente en un entorno cálido y animado.
Luego de terminar el postre de manzana que había preparado su madre, Albus se levantó de la mesa para acompañar a Lizza a la puerta. Ella se despidió de todos con una sonrisa y felicitó a Ginny Potter y a Kreacher por la exquisita cena. Al llegar al vestíbulo, Albus se aseguró de que nadie estuviera escuchándolos y le dijo:
— ¿Por qué no me habías contado lo de tu madre?
—Porque no me lo habías preguntado —dijo ella. Albus la miró con el ceño fruncido—. Porque no tiene importancia, de verdad. Pasó hace mucho tiempo.
—He vivido toda mi vida con alguien que perdió a sus padres. Y no me parece que sea algo que deje de importar, aun con el tiempo.
—Cierto —dijo Lizza mirándolo a los ojos. Albus se sorprendió al ver que estaban un poco brillosos—. Lo siento. Tú me has contado tantas cosas y yo…
—No tienes que decírmelo si no quieres…
—Es solo que sigue siendo un poco difícil. No hay problema si me preguntan, pero al tener que explicar…—Lizza se cruzó de brazos—. Estaba enferma, Albus. No pudimos hacer nada. Lo único que recuerdo bien es que yo deseaba una solución mágica para curarla o algo así… Fue mucho antes de saber que era una bruja, por supuesto.
— ¿Habrías podido…?
—No, claro que no —se mordió el labio—. Lo investigué. No había manera de salvarla, ni siquiera con magia. Supongo que hay cosas que no se pueden cambiar, aun teniendo toda la magia del universo.
Y por primera vez, Albus estuvo consiente de aquello. Lizza tenía razón. Había cosas que ni siquiera la magia podía cambiar… La muerte era una de ellas. La horrible muerte que se llevaba a miles de personas inocentes, como la mamá de Lizza o los padres de Teddy, como el tío Fred, sus abuelos… Aquello era lo más injusto del mundo. Y se preguntó cómo sería poder cambiar ese destino, cómo sería ser más poderoso que la propia muerte…
Lizza lo besó en la mejilla.
—Nos vemos, Albus.
—Adiós.
La muchacha salió de la casa y caminó hasta la calle iluminada por farolas. Volteó a todos lados para asegurarse de que no hubiera nadie cerca y luego, con un movimiento de varita, desapareció del Valle de Godric.
Albus se dio la vuelta y encontró a toda su familia junto con Alice mirándolo con ojos entornados.
— ¿Qué?
—Es linda —dijo Ginny con una sonrisa—. ¿Es serio?
— ¡Claro que es serio! —exclamó Lily como si fuera la cosa más obvia del mundo—. ¡Oh, vamos, Al! Es mucho mejor que esa chica Jordan con la que salías en tercero, y definitivamente mucho, mucho mejor que esa pesada de Casey Pucey.
— ¿Quieres cerrar la boca? —gruñó Albus. Todos se rieron y se dispersaron. Harry se quedó al pie de las escaleras, con una sonrisa torcida.
—Así que ella es la razón de no venir a comer aquí desde que entraste a la academia —Albus desvió la vista, sonrojado—. Fue muy linda al venir hasta aquí… ¿Cómo seguiste? ¿Aun te duele?
—No —dijo Albus, alegrándose por el cambio de tema—. ¿Qué hay de ti? ¿Averiguaron algo ya?
—No —dijo Harry desviando la vista. Albus frunció el ceño.
—Recuerda que prometiste ser sincero, papá.
—Lo recuerdo.
Le sonrió y Albus suspiró, más tranquilo.
Al subir a su habitación, encontró a Joey compartiendo su comida con otra lechuza, más pequeña y de color canela. Tenía una carta atada en la patita y la fina caligrafía de Rose Weasley adornaba el papel. Albus desplegó la carta y se dejó caer en su cama.
Albus:
Hugo acaba de avisarme del ataque, ¡oh, solo espero que estés bien! ¡Cuando me entere, casi tomó el primer traslador a casa! Aunque, él dice que no te ha pasado nada grave, que Fred ya le dio todos los detalles. Aun así, debes cuidarte y hacer caso a todas las recomendaciones que te den los sanadores.
Tengo mucho que contarte… ¡Mucho! Este fin de semana regresó a Inglaterra, ¡al fin! Y debo hablar seriamente contigo sobre algunas cosas que descubrí acá. ¿Te parece si vas a mi casa el sábado por la mañana? Recién habré llegado y mis padres estarán en el trabajo, así podremos hablar con tranquilidad.
Por favor, mientras regresó ten mucho cuidado y no andes solo. Esto más grave de lo que piensas, Al. Por favor, por favor, cuídate mucho y no te arriesgues. Ya te lo explicaré cuando llegué.
Te quiere.
Rose.
Posdata: Te sonará extraño, pero el sábado lleva a Scorpius Malfoy contigo. Tiene que estar ahí también.
¡Hola! Y mil, mil disculpas por el retraso. No he dormido en dos días! No pretendo justificarme, pero la universidad es horrible, ¡creen que tengo todo el tiempo del mundo! Pero, prometo que el prox capítulo saldrá más rápido, de veras.
Muy bien, Lodge ha vuelto y pues... Alguien más también :) Espero les haya gustado este capítulo, porque me dio mucho trabajo.
Sorry, sorry, sorry por la tardanza y pues, ¡Reviews plis!
