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Por si se habían olvidado, que sería lo normal, se prometió intercalar el cargo de Hokage entre los Senju y los Uchiha. Esa tarde en que Tobirama asumió, Hikaku reclamó, pero fue mandado a callar. Tras esa humillación, fue lentamente desplazando, pasándose las decisiones importantes a Sensetsu, jefe de la reciente Policía Militar que los Uchiha monopolizaban. Imaginemos ahora la indignación que expresaron sus rojos ojos al saberse que Tobirama había designado a Hiruzen Sarutobi como Hokage. ¡Era una vergüenza, hasta Kagami podría haber sido Kage en ese importunado caso! Por supuesto, interpusieron quejas y alegaron que el mal de guerra había afectado al Senju, nublando su juicio como la niebla cubre a Kiri.
Nadie reconoció derecho alguno a los Uchiha. El pacto de alteridad había sido firmado con el traidor Madara, por lo que carecía de estatuto moral. Otros señalaron el vacío, ya que al ser el Hokage la máxima figura de autoridad, nada le impedía designar a su sucesor como a él le viniese en gana. Más aun, tras el caso del Tercero, los Clanes acordaron que la figura del Hokage pasaría a ser un atril apenas simbólico, y así lo hicieron cumplir y todos fueron debidamente informados excepto, cómo no, el Hokage. El poder estaba en los Clanes ahora, como siempre lo habían deseado y dentro de los cuales, los Uchiha llevaban una notable minoría que se extinguía como una llama al vacío.
El cargo de Kage había nacido con talones de Aquiles por todos lados, pero cuando alguien sugirió convocar a un abogado constitucionalista todos se rieron y se olvidaron pronto. Poco después, sobrevino la muerte de Setsuna, y Naori pasó a dominar el Clan. Pero mientras los Uchiha colaboraban felizmente ante el ojo bueno de Naori, conspiraban a rabiar bajo el ojo ciego. Ella, mujer indómita y gran apreciadora de flores, solo podía confiar en el olfato de los Izuno.
—Gran Abuela Gato —Naori hizo una reverencia ante la ancha mujer de ralo cabello abierto como una sombrilla. La nariz pintada de negro, también sombras como ojeras, y tres bigotes por mejilla—, vengo a pedir su consejo.
Por el templo se desplazaban los gatos en colonia, hacían su gusto en cada rincón y lamían sus partes obscenamente. Un sol cálido pero deslumbrante entraba por la ventana, y un viento suave mecía los cipreses.
—Los gatos escuchan... —habló la Abuela Gato—, los gatos me comentan... Cuídate de hermanos, Naori, cuídate de los prolongadores del odio...
—... ¿Cómo puedo reconocer a mi enemigo, Gran Abuela Gato?
Unas mariposas negras revoloteaban en el cáñamo.
—Tigres que actúan como mininos, esperando el momento para soltar las zarpas. Sigue la senda de sangre, y encontrarás a los verdugos.
Los gatos observan, vigilan a las mariposas, las tientan con las garras, pero éstas les dan rápidos golpecitos en la nariz.
—Sobre mis hombros ha caído una responsabilidad que nunca deseé...
—Los caminos de un Ninja son extraños... La mente debe disciplinar los deseos del corazón, pero los Uchiha suelen dejarse llevar por los arrebatos de sus emociones... Tú eras una niña entonces, Naori, no puedes culparte...
Naori se irguió, revelando el parche que cubría un tercio de su rostro.
—Amaba a ese hombre... Estaba dispuesta a morir por él, pero él... La amaba a ella... —el cuadro de una hermosa mujer yacía entre los arreglos y las velas. Se trataba de Haruko Uchiha, considerada una matriarca del Clan Izuno.
—La semilla que dejó Madara, traerá la desgracia a los Uchiha...
—Pero... ¿cómo puedo detenerlo? ¡¿Qué puedo hacer?! ¿Están condenados a auto-destruirse esos tontos por sus sueños estúpidos?
—No subestimes el poder de los sueños... Hubo una niña que una vez soñó ser una mariposa, y al despertar ya no estuvo segura si era una niña que soñó con una mariposa o una mariposa que soñaba era una niña.
—Da igual. Con mi Sharingan... ¡Veré más allá de sus ridículas fantasías!
Naori arrojó un kunai hacia la ventana. Cortó el aire, y partió a una mariposa en dos, ante la sorpresa de los gatos. El arma se clavó en el árbol.
—¿No es...? —preguntó la Abuela Gato.
—El Clan Aburame —dijo Naori—, Han estado informando a Danzo.
—Mis gatos han tenido garrapatas últimamente.
—Me retiro, Gran Abuela Gato —se puso de pie Naori, y presentó un último respeto— muchas gracias por su sabiduría.
—Tsubasa te acompañará... —susurró la anciana mujer.
Naori salió y saludó la estatua del Gato Maneki, le depositó unos cuantos níqueles y se introdujo en los enrevesados barrios de Konoha. Atravesaba los callejones con atención de las esquinas como quien atraviesa las encrucijadas del corazón, cada vez más profundo y oscuro a la espera de algún recuerdo salvaje que aparezca.
—El Sharingan es un arma realmente terrible y fascinante —reflexionaba la Gran Abuela Gato—, una espada de doble filo. Solo un usuario de Sharingan es capaz de experimentar el gran poder que consagra y sufrir el profundo terror que conlleva.
Con la uña del índice se realizó un corte en la palma, liberando un hilillo de sangre. Unió sus palmas, entrelazando los dedos.
—¡Jutsu de Invocación!
Una nube de humo invadió el callejón. Los acechadores tentaron sus filos.
—Los Uchiha han sido siempre un clan conflictivo —fumaba Danzo de una larga pipa—, ¿por qué, Kagami, puedes explicármelo?
—El camino de un Uchiha es tortuoso —respondió Kagami, colérico de frustración—, pero tengo fe en que alcanzaremos algún día la paz.
Un gigantesco tigre blanco esperaba en el callejón, con su ronronear amenazante mantenía escondido a los atacantes. Naori esperaba, atenta, en el lomo de la bestia.
—Pero la paz es una ilusión —decretó Danzo, con todo el peso de su pragmatismo—. Y lo que les espera tras esa ilusión solo es la muerte.
Años de meticulosa planeación y todas las duras decisiones que había tomado –y las que faltaban tomar- le habían pasado factura en su seño, su composición, su andar, su cabello.
—Si la paz es un sueño tonto, supongo que soy un tonto —Kagami se inclinó—, he confiado en ti por años, Danzo, esta vez decido confiar en Konoha.
—Ya veo. Así que irás de hocicón. Dime, ¿Quién crees que va a creerte? ¿Realmente piensas darle motivos a los inquietos de tu clan?
Los acechantes de ojos rojos emergieron de su sombra. Empuñaban espadas y cubrían sus rostros con telas. Naori escuchaba el tambor de su alma.
Aquellas veces el clan realizaba sus ritos en los bosques. Creaba un sendero con tambores rojos que llevaban el símbolo del Cuervo de Tres Patas. Cuando los jóvenes llegaban a cierta edad, sus párpados eran pintados con sangre natural por 7 días, y peregrinaban en ayunas hacia un monte plagado de conejos, donde debían sobrevivir una semana. Volvían inhibidos de su sentido de conservación, y uno de cada cinco, con el Sharingan. El gran tesoro del clan, temido y adorado por propios y ajenos, aliados y enemigos sin distinción, ocultado celosamente pero exhibido con orgullo, codiciado sin igual, se negaron siempre a reconocerlo como un regalo de una región más allá del hombre, esa mañana bastarda en la memoria cuando Indra descendió del monte cargando una tabla de piedra en la que se registraban las tragedias vividas y por vivir.
—Ese Hanzo... Es realmente alguien, "intrincado" —Danzo respiró hondamente—, Él me pidió "un tributo" a cambio de nuestro trato. Un hombre cruel, ¿no crees, Kagami?
—Danzo —se enserió—, jamás has amado a nadie...
Kagami se dio vuelta, dispuesto a salir, pero sus piernas no le respondieron. De pronto, sintió los muslos entumecidos y un fuerte mareo azotó su cabeza. Jamás había sentido un espasmo similar.
—Como decía, un hombre cruel... —insistió Danzo.
—¿Sientes la rigidez de tus músculos? —una voz desde un pasillo lateral. Un hombre encapuchado asomó, traía lentes negros gruesos y un mosquito descansaba en su uña—, ¿sientes el terror recorrer tu cuerpo, maldito Uchiha?
—Tatsuma...Pero... ¿cómo no...? —Kagami hablaba con dificultad, mientras los dedos se arqueaban y endurecían.
—Hanzo fue muy amable en suministrarme unos de sus potentes venenos —habló Danzo—, por supuesto, solo un espécimen muy cualificado de pulga criada por los Aburame podría transportarlo.
—Danzo, ¡bastardo! —Kagami, con todo el dolor de sus articulaciones, todavía fue capaz de volver ligeramente el rostro y, concentrando todo el Chakra posible en sus ojos, activar su Sharingan Perfecto. Era una reacción desesperada, aunque decidida, de matar en lo inmediato a Danzo.
Pero su Sharingan se encontró con el Byakugan. El Genjutsu no se concretó y el Chakra fue dispersado. Kagami cayó, mientras un hombre de traje gris aparecía detrás de Danzo.
—He estudiado tu Sharingan por 20 años, Kagami —habló Danzo—, ¿crees que no habría descubierto cómo neutralizarlo? Buen trabajo, Henshi...
—Como siempre, es un placer... —habló el Hyuga.
Danzo caminó hacia su compañero paralizado, que era levantado por Henshi y Tatsuma para que estuviera a la altura de los ojos.
—Verás, Kagami. Le prometí a Hanzo una parte de tu poder. Yo conservaré la otra, claro —Danzo deslizaba el puño, revelando un kunai quirúrgico, que enfiló rozando la córnea de Kagami—, no te preocupes, Kagami. Yo cuidaré bien de tus hijas.
El Salón Secreto de Danzo se vio manchado de sangre, estrenándose al fin, 20 años tarde. Naori había llevado a sus atacantes hacia el claro del bosque donde se realizaban los rituales Uchiha.
—¿Has decidido que este lugar será tu tumba, perra?
—He decidido que será la suya —Naori hizo desaparecer a la bestia felina que yacía herida tras de ella—, deberían sentirse honrados.
Solo uno sobrevivió. El muchacho, que alegó haber sido obligado a participar, contó, en los delirios de su fiebre, que el líder Baru, hermano menor de los caídos Setsuna y Rai, fue el primero en caer rodeado por los racimos de mariposas azules fluorescentes que Naori liberó. Un aroma de muerte asfixió a los Uchiha sublevados, y su última terrible visión fue el ver cómo sus camaradas, ante la agitación desesperada de los ojos por zafarse de sus cuencas, se los apuñalaban con los Kunais que dedicarían a Naori. Antes de caer desmayado, afirma que vio cómo Naori se envolvió en sus propias mariposas y se hubo convertida en mariposas que se elevaron y aletearon hasta las montañas del norte donde se perdieron para nunca más volver. Alegaron Genjutsu, aunque nadie volvió a ver más a Naori Uchiha, y los líderes posteriores, con Hikaku devuelta a la cabeza, profesarían un sacramental olvido sobre su figura, reduciéndola a una vil asesina de su gente, una colaboradora de Tobirama y Danzo, o en el menor de los casos, la adolescente enamoradiza que siempre le seguía los pasos a Madara.
