XI
Uno podría preguntarse y a todo esto, ya que estamos a puertas de una terrible Segunda Guerra Ninja, ¿dónde está Hiruzen, qué ha estado haciendo por la paz? Pues se terminó casando, contra pronósticos viperinos y objeciones concejales, con una muchacha esmerada que repartía su tiempo como enfermera ayudante de las curanderas Haruno y sus prácticas como sacerdotisa de la Escuela Fey, un séquito fundado e instruido por la amiga espiritista del Avatar Korra, que decidió quedarse una temporada al enamorarse del interminable aroma primaveral que se respiraba en la Aldea, temporada que se alargó todo un lustro, decidiéndose por compartir las técnicas secretas de su Clan solo a las más habilidosas. Biwako, que es como se llamaba esta vigorosa mujer castaña, comenzó solo lustrando con arsénico las estatuas de Buda a cambio de los diezmos dejados a sus pies, pero rápidamente mostró mucha más capacidad de aprehensión que las muchachitas de clanes nobles, y pronto anduvo gastándoles bromas embrujando cacerolas o proyectando apariciones de esqueletos de gigantes o haciendo que pequeños Yokai le escondieran las babuchas. Cuando May la descubrió, no la regañó, sino todo lo contrario, la felicitó exclamando "¡Aquí hay talento hasta en la mugre de las uñas!". Pronto Biwako era parte de la clase y la mejor con sobra, pero debieron corregir su confianzuda actitud además de su desprecio evidente contra sus compañeras. Pero fue una fortuita amistad la que revolucionó su concepción de las cosas, reajustando su moral tras dolores de abdomen. Ella era Himeko Uzumaki, una hija menor de Mite, y hermana lejana de una Mito que cada vez se encerraba más en sus aposentos y cóleras; y aunque su enamoradiza actitud risueña podía ser cargante al principio, sus atrevidas hazañas, llenas de soberbia fundamentada, le conferían el respeto bravo de sus compañeras, y eso fue lo que le enseñó a Biwako: que no todos los nacidos en cuna noble eran unos capullos insalvables. El golpe más fuerte lo recibió cuando la Maestra May tuvo que irse, ya que el Avatar Korra requería sus servicios astrales en los inicios de la terrible crisis Indochina, y dejó a cargo de la Escuela a Himeko y no a ella. Con el orgullo herido, aceptó su prolongada equivocación y enserió el ceño. Lo quebró con un llanto amargo cuando Himeko murió desangrada en el parto. Había llegado embarazada tras una semana de peregrinación en el bosque de los zorros y Ookamis, meditando bajo la Cascada del Juicio, donde fue poseída por un salvaje desconocido que le dejó la espalda marcada para siempre con tríos de arañazos. La acusaron de traer la semilla del demonio atravesada en el vientre, y tras unas escaramuzas que resultó en la muerte de dos Uzumaki borrachos, permitieron que el feto creciera bajo la vigilancia de los médicos y el ojo Hyuga, que no detectaba Chakra maligno, pero tal vez un soplo cardiaco. Y un día, durante un crespúsculo enrojecido, nació Kushina Uzumaki, la conocida Habanera Sangrienta, que fue amadrinada por Biwako, la nueva Maestra de Sellos, próxima de recibirse como partera oficial y de las más respetables en los tratamientos curanderos. El clan no la recibió con los brazos abiertos. Sospechaban de su concepción y su débil corazón, pero su cabello rojizo intenso la autentificaba como Uzumaki y su violencia intrínseca hizo que todos olvidaran su enfermiza condición. A los 10 años, conoció al entusiasta hijo que Nadeko y Takeshi habían procreado en sus escapadas al río. Había heredado la mirada azul de su madre y el cabello caótico de su padre, y todos halagaban al buenmozo muchacho, hábil con las manos y rápido en los mandados.
—Hola. Mi nombre es Minato Namikaze. Algún día seré Hokage, ¿quieres ser mi novia?
—¡Cállate, baboso! —le intimidó Kushina y le pegó en el brazo.
Era una niña violenta que no permitía ser el blanco de las burlas de los tontos niños de la academia, a quienes zarandeaba como juguetes. Las nodrizas le advertían que nunca conseguiría esposo si no corregía su carácter.
—Me da igual eso. No necesito ningún hombre. ¡Yo seré Hokage!
Pero todos se reían de ella, y le decían El Tomate Malvado, y ella los amenazaba, y así se fueron acostumbrando todos, excepto que Minato se le quedaba mirando y cuando lo descubría atinaba a sonreír y pedir otra cita.
—¿Qué me estás mirando, tarado?
—Es que tu pelo es muy especial.
—¿Te estás burlando de mí?
—Eh, no, no, eh, quiero decir...Yo, eh, lo siento.
Kushina, que consideraba a Minato un triste afeminado, descubrió que ese chico más bien era tomado como prodigio y que el mismo Tercer Hokage era su padrino. Por eso lo volvía a ver en las ceremonias, donde Hiruzen compartía el sake y jugaba dominó con Takeshi Namikaze, a quien todos parecían considerar el lameculo oficial de Sarutobi, y Sakumo Hatake, que a la constante pregunta de dónde estaba su hijo, él respondía que por ahí debe andar, que suele perderse por unos días y convivir con los perros, pero siempre vuelve con un truco nuevo.
—¿Pero no tiene dos años?
—Ya, debería dejar de consentirlo.
Lo hemos llamado Hatake, pero la verdad es que no recibió ese apellido hasta sus hazañas de guerra, tras lo cual se le permitió fundar su clan y darle como regalo de 3er cumpleaños a Kakashi la magnificencia de un apellido, aunque recordase a su época como cuidador de espantapájaros cuando era un arrimado de los arrimado de los Inuzuka, los Nohara. Fue una ventisca helada la que se llevó el gorro de Larry Pippins, el muñeco de paja favorito de la señorita Rin, y Sakumo volvió a esas montañas de las que había salido tantos años atrás, hecho un niño de las bestias, para volver esta vez hecho un Señor de las Bestias. En su incursión, tras una caída en una caverna donde tuvo que matar sanguijuelas gigantes, devorando osos en plena hibernación y enderezándose los huesos con maderos, alcanzó la cueva donde habitaba el demonio que había devastado pueblos. Se reconocieron como similares, ejemplos dignos de cada especie. Era Garu, el Huargo Gigante de Tobirama. Montado en su nuevo colega, regresó y no tuvo que limpiar más suciedades que las propias, y aunque la señorita Rin se entristeció de perder al bueno de Sakumo, se alegró al recuperar el gorro de brujo campirano de Larry.
Nunca obtuvo ningún grado, nunca algún título mobiliario, apenas una finca de aire tranquilo, Sakumo, que nunca toleró que le llamasen capitán o líder, fue querido y respetado al liderar las más grandes victorias de Konoha durante la Segunda Guerra. Con frecuencia revisaba los planes de sus superiores, a los que tampoco reconocía por, según sus términos, no pertenecer a "ese montón de burocracia amariconada" que era el ejército. Cambiaba las horas de los asaltos, escogía mejores rutas al tener mejor conocimiento de los terrenos de acción y reubicando a dos Chūnin aumentó la eficacia de los escuadrones un 78%. Los generales enfurecían, claro, pero no podían discutir con los resultados. La Campaña de la Roca había sido un éxito rotundo. Sakumo, escondido en las grietas de los cañones, en los bosques de piedras, silueteadas por la luz de Kaguya, agüeitaba unas figuras oscuras chupando cigarros gringos. Con los Aburame encargándose de las Hormigas León ya y los Nara extendiendo su silenciosa sombra esquivando lagartijas, observaba la caravana de suministros donde se escondían los ninjas de Iwa. Los Kunais se clavaron en la madera, y el papel bomba inició su desesperante combustión. Las explosiones iluminaron la noche. Escuadrones dispuesto mordieron el señuelo, y el equipo de Sakumo pudo disponer el asalto violento del 4to Cuartel de Iwa. Infiltración y cero prisioneros, suplantación y ruptura de códigos. Se sospecha que los desvíos de Sakumo acortaron la guerra en varios años, nada celebrable para Danzo, que esperaba llevar al desgaste a los oponentes y así neutralizar sus posibilidades de volver a alzar cabeza, aunque cierto es que no le disgustaba la idea de una guerra perpetua.
Decidió enviar a Sakumo al norte. El maldito del Tercer Kazekage estaba dando problemas con su arena magnetizada que averiaba las minas explosivas y robaba los Kunai que tan furibundamente se forjaban en Amegakure. Sakumo lo comprendió como una prolongación de la campaña que más todavía podría causar choques entre Suna e Iwa, por lo que pronto se le vio en brutales batallas donde ostentaba un gran Sable de hoja refulgurante y blanca, cruzando los campos montado sobre el gigante Garu dejaba una impresión fuerte en la mente de Chiyo, guerrera predilecta de la Casa de las Marionetas, que la remontaba a su mansa niñez cuando veía al terrible Segundo Hokage avasallando a los líderes de su villa y alegrándose de sus desgracias. Impulsada por una rabia que no había envejecido nada, se lanzó con sus 15 marionetas contra ese guerrero de nívea melena, que solo le dejaría otra desgracia: la muerte de su hijo y su nuera, hábiles marionetistas que tenían el objetivo de reemplazar con títeres a los Señores Feudales del Viento y el Fuego. Al probar el filo de Sakumo, dejaron solo a un inocente nieto de melena roja, que trastornado por la sorpresiva soledad, o quizás con la idea de que no necesitaba amigos o familiares que envejecieran, se pusieran feos y murieran para pudrirse bajo la tierra, sino amigos eternos que jamás osaran perseguir sus propias metas con tal de cuidarlo a él, y sin duda gracias a los conocimientos en Técnicas de Marionetistas que le enseñó su abuela Chiyo en un intento de alivianar su culpa, y luego considerando que no fue buena idea hacer marionetas de los propios padres del pequeño, ese niño se fue lentamente convirtiendo en un psicópata que regó los desiertos de sangre durante la Tercera Guerra, donde se le conocería como Sasori de la Arena Roja, y de pura antipatía se cargaría al Tercer Kazekage, cumpliendo indirectamente la misión fallida que le costó el honor a Sakumo y lo llevó hasta el Harakiri. Chiyo jamás fue consciente de esta irónica vuelta en la espiral del destino, y podría haber sospechado de la procedencia de su esposo, hace tanto enterrado, que se había pasado a su hijo decapitado, para terminar de enloquecer a su nieto fugitivo; pero en lugar de ello, entre los espacios en los que curaba a los Shinobis que sufrían los venenos de Hanzo de la Salamandra, se dio tiempo de odiar para siempre al recientemente titulado Colmillo Blanco de Konoha.
Y a todo esto, ¿qué iba haciendo Hiruzen Sarutobi el Tercer Hokage? Bueno, no es que sea algo relevante, a nadie le importa de todas formas ¿a quién podría interesarle? La Segunda Guerra Ninja había comenzado.
