XII
A diferencia de la primera, la segunda guerra comenzó lenta y dolorosa, como una tocada nocturna que prepara al espíritu para su explosivo crecento forjando así una horrenda sinfonía de carnicería y fuego. Los Kaguya, entusiasmados por los permisos de Danzo, comenzaban a abandonar sus islas para internarse en tierra, robando y matando sin moderación. Al otro lado, los mercenarios de la Tierra habían ganado tanto terreno como para pretender fundar sus pequeños países, como el País de los Abismos y el País de las Estalactitas, en perpetuo conflicto con el País de las Estalagmitas, amenazando cada día más con la guerra civil general.
Ignominiosas nubes de guerra asomaron cuando Kumo, dirigida por su enérgico Lord Tercer Raikage A, envuelto en su Armadura del Rayo (ganada tras domesticar al Kirin), marchó sobre la Aldea oculta entre las Nieves, alegando los deseos compartidos de unir los territorios; y el silencio de las naciones ante el asedio de la Aldea oculta entre los Ríos hubiera indignado a alguno si alguno hubiera estado prestando atención. Por supuesto, Danzo dio luz verde al rescate de algunos observadores de Kumo que eran atendidos con pan y quinua en la Aldea de los Cerezos, en la frontera del País del Fuego, dándose lugar a la terrible Matanza de los Cerezos que nomás no terminó de extinguir a la población porque las tropas fueron llamadas de vuelta para sofocar la Conspiración de los Gorros, una rebelión de los Horai. Aquellas empresas militares sin duda empoderaban al Tercer Raikage en las mentes, pero Danzo entendía que los Shinobis de las Nubes desgastaban sus fuerzas en escaramuzas menores. Ellos, no obstante, extrajeron una conclusión divergente, Konoha teme ir a la guerra.
La alianza Danzo-Hanzo, secreta y enconada, terminó de escandalizar a los espías ninjas. La Aldea oculta entre la Lluvia había sido la única en importar máquinas extranjeras para construir sistemas de drenaje e instalar purificadores de agua con tal de resistir las mitológicas precipitaciones que devastaban lo poco que se levantaba. Pronto innovaron en sistemas de riego y cultivo, hicieron tratamiento químico y descartaron la homeopatía, además de masificar la práctica de hervir el agua para evitar infecciones estomacales. Así que cuando Danzo ofreció más comida y suministro de lo que Suna jamás podría proveer, el Tercer Kazekage entró a rabiar. Hanzo, que había descubierto que los caminos de la felicidad y el control iban por el correcto manejo de la mierda que producía todo humano, canceló el proyecto de ayudar a construir viaductos y canales de desagüe en Suna que tan ensoñada tenía a la población del desierto, y poniendo más sal en la herida, obstruyó las rutas comerciales y creó una serie de abusivos aranceles, cobrándoles hasta el lodo en las ruedas de las carrozas. Danzo, muy contento ahora cómodamente instalado en su nuevo inodoro, esperaba una reacción que llevase a la guerra, pero Suna se acercó a su histórico enemigo, Iwa, consciente de su inferioridad militar, a suplicar humanidad o exigir venganza, los informes difieren. Por ese entonces el Tercer Raikage aceptaba la realidad: iban a pelear solos contra Konoha. Así que desempolvó las antiguas conversaciones de Alianza, conviniendo que Konoha regalaría el molesto País de las Avestruces y luego se partirían los territorios del País del Agua, y cuando ello llegó a las mojadas orejas de los Kaguya, el caos en Kirigakure estalló.
Como dicen, sin querer queriendo, Danzo se vio con las manos tan llenas de guerras que se le escurría entre los dedos. Las grandes naciones en alianzas convenientes marcharon las unas contra las otras, pisoteando las esperanzas de los países pequeños y sus tristes aldeas de que una generación viviera sin ver los desdichados logros de la guerra. Las primeras bajas del conflicto fueron los pactos de los beligerantes, revelándose otras alianzas más desesperadas si cabe. Suna con Kumo e Iwa con Kiri, lo que significaba que Konoha estaba rodeada de los enemigos a los que estuvo jodiendo por años. La desgracia embargó a Danzo, junto a un gran entusiasmo, y se dedicó entonces con insomnio a multiplicar las penas y ahogar el mundo en males, reproduciendo con fidelidad los últimos avances en matanzas que habían alcanzado las naciones civilizadas y a los que él había tenido acceso gracias a los Manuales para la Guerra Moderna.
La reputación de la Hoja se hizo contradictoria, más todavía. Si protegía a los campesinos del arroz, masacraba a los del té. Si salvaban a los huérfanos de la hierba, se les sindicaba como responsables de la muerte de los padres. Si daban abrigo y calor a los desplazados, también eran responsables de los asoladores incendios que los perseguían. Parecía que la suerte ponía a prueba la credulidad de los afectados, pintando a los Shinobi de Konoha como héroes inmaculados que llevaban liberación al pueblo de Kiri azotados sin descanso por sus tiránicos y desvariados líderes a la vez que se convertían en demonios con cola que asaltaban cual rapaces carroñeros los vestigios de una ciudadela cargando con todo lo que podían, desde joyas y secretos, hasta mujeres y niñas. Uno, cómo no, se suele acostumbrar a estas tendenciosas informaciones, y ninguna versión estaba completa sin agregar su contraparte refutadora, por lo que pronto hasta los desdentados eran diestros es distinguir los trabajos de la imaginación de las verdaderas barbaries. Tras la popularización del Jutsu de Clones y todas sus ricas variantes, se fue haciendo más fácil el simplemente creer en todas las posibilidades de fama y deshonra, por no hablar del preocupante perfeccionamiento del Jutsu de Transformación, con el cual ahora las brutalidades de unos se achacaban al historial de otros, aunque pronto sospecharon que eran los Mapaches, los originarios dueños del arte de transmutar sus cuerpos, legado a los Senju a cambio de crearles frondosos bosques para revolcarse y aparearse en libertad, ahora molestos por la cabalgante desforestación que los Ninjas impulsaban para conseguir troncos para el Jutsu del Cambio, los que habían declarado su propia y silenciosa guerra contra los humanos.
Una guerra tan devastadora solo podía dejar grandes héroes nacionales, aparte de cantidades ingentes de muertos e infraestructuras destruidas.
Ya hablamos de Sakumo, el Colmillo Blanco de Konoha, que al volver congraciado pudo finalmente oficializar su matrimonio con Hanako del Clan Hideki, un antiguo aliado de clan Uchiha que había visto sin duda mejores épocas, y eran conscientes que su alianza motivaba su marginación, y su orgullo la prolongaba sin necesidad. Ni qué decir de los 3 Legendarios Sannins, que se impusieron como la epítome del poder ninja a nivel internacional [sic] y merecen su apartado propio más adelante, pero hubo otros héroes, quizás más ambiguos, quizás más poéticos, tanto dentro como fuera de Konoha, y esta historia no estaría completa sin mencionarlos aunque sea superficialmente. Algunos de ellos se han mantenido en un portentoso olvido, así que son particularmente inéditos, aunque sin duda resultarán familiares para más de uno.
Hablemos entonces de Suse el Señor de los Areneros, y que no los engañe su mocedad, allá donde lo ven, ese muchachito estoico era el líder de los despiadados bandidos de las dunas, a los que impuso una moral rígida para adaptarse a los tiempos del caos. Ahora no robaban si había escases y redujeron sus cobros en un 33%. Suse, además, fue el responsable de concretar la tantas veces repudiada alianza con el Clan de los Vientos, maestros especialistas en los aires, capaces de planear como las aves al usar máquinas artesanales de madera y papel, por lo que al entrar en su territorio no era raro verlos surcar los cielos impulsados por una fracción de Chakra. Más todavía, Suse le cayó bien a Yukata, la poseedora del Abanico de Kaguya, que la misma diosa utilizaba para crear tifones y tornados y a veces para espantar las moscas del cerdo a la brasa, y ambos, muy bien emparejados, consiguieron el favor de la Casa de Marionetistas, que era regentada en ese momento por el siniestro y pesimista Omukade del Ciempiés Gigante. Fue aquel triunvirato el que sostendría Suna durante tan duros años, logrando erradicar la aterradora Enfermedad de la Arena Blanca, un tipo de anemia prominente y bastarda que provocaba profusos y espontáneos sangrados por cada poro de la piel. Descubrieron que una ancestral criatura dormitaba en el desierto, extendiendo por grandes territorios unas venas gruesas que recordaban a viaductos de gas natural, que ejercía una poderosa atracción sobre los glóbulos rojos de las criaturas que habitaban sobre él. Era un gran corazón, monstruoso y oscuro, que con su latido llegaba a trastornar el sueño y la vigilia de quienes lo rodeaban, llevándolos a pensar que solo rituales sangrientos podían amenguar este horror divino. El corazón fue atravesado, sellándose sus poderes, y la gente recobró su vitalidad poco a poco, pero nunca se estableció alguna relación directa entre la pobreza crónica y este silencioso enemigo, lo que era bastante conveniente para el Tercer Kazekage, que convocó al trio de guerreros como su consejo especial. Juntos, salvarían a la Aldea de la debacle total, y de cierta forma se les podía llamar "Los Sannins de la Arena", pero nunca nadie lo ha hecho.
Kirigakure en realidad no quedó muy atrás. ¿Quién hubiese pensado que ese montón de islas escondidas en la niebla perpetua de la ceguera doctrinaria podía haber estado preparando tan iracundo ataque? Cierto es que poco hay que atribuirle a los Kaguya, interesados nada más que en la propagación violenta de su verbo lunar. Fueron más bien los clanes marginados los que reconstruyeron la estructura militar de la Niebla en el más profundo de los silencios, y no era que, como en Suna, fueran unos relegados de los que no esperaban nada, sino más bien se les apartaba por su tendencia al Kinjutsu y su fuerte olor a pescado podrido y muerte. Uno casi podía oler la sal en el ambiente justo antes de que las fosas nasales se convirtieran en cascadas sangrientas gracias al rápido y efectivo accionar de la angular fuerza de asalto: Los 7 Espadachines de la Niebla. Un grupo de Shinobis selectos, maestros del Kenjutsu, cada uno cargando con una espada única y excelente, aunque a veces pusiesen en duda el concepto de espada misma. Habían sido forjadas por Shura, la más grande herrera de Kirigakure, en grandes jornadas de fundición que más parecían rituales por el esoterismo que dominaba el aire ya que había pedido ayuda y robado consejo a los mismos demonios, obteniendo secretos prohibidos de las artes de la herrería mística. En su locura obsesiva llegó a forjar 700 espadas para una armada entera, pero solo 7 de ellas eran realmente perfectas, y esas 7 fueron legadas a 7 Clanes de Kirigakure, que pasarían luego a ser denominados los 7 Grandes Clanes de Kiri. Tras su hazaña inhumana, Shura abandonó los países ninjas y no se le volvió a ver, aunque llegaron noticias de que un día, paseando por plaza en Pamplona, su cuerpo empezó a ser cortado por cuchillos invisibles. Corrió confundiendo su sangre con la de los toros, y frente a un público sediento de barbarie, sus extremidades fueron cercenadas por espadachines incorpóreos u ocultos en los centímetros del polvo. Al final, sus 72 partes fueron abandonadas en una dependencia donde nadie las reclamó.
Las espadas eran la Kubikiribocho (Cuchillo Decapitador), la gigantesca espada de hierro que se regeneraba al bañarse con la sangre de los enemigos; la Samehada (Piel de Tiburón), la horrible criatura desgarradora que come Chakra; la Hiramekarei (Gemelas Lenguadas), un dúo de anchas y artísticas hojas capaces de metamorfosear la necesidad del usuario; la Kiba (Colmillo Electrizante), una espada doble conectada por un extensor por el que corre una corriente fatal; la Kabutowari (Mazo Fracturador), la que es capaz de romper toda defensa gracias a su a veces impráctico equipamiento; la Nuibari (Aguja Cosedora), de la que se cuenta unió a todos los enemigos en esculturas monstruosas tituladas Ejércitos-de-Uno. Finalmente; la Shibuki (Rollo Pulverizador), la que utilizaba rollos corredizos de papel bomba, por lo que cada impacto es una explosión que alerta y aterra.
Los usuarios de tales armas, aunque loables y apreciados, no eran tan importantes como las mismas Espadas Demonio. Aquellos que solían cruzarse en los caminos de estas armas, no vivían para contar su asombro y desconcierto, por lo que poco se extendieron los nombres de los primeros "dueños", algunos llegando a morir en el anonimato, tragados por la densa bruma del olvido. Cuando eso ocurre, el arma debe ser pasada a un nuevo usuario siempre del mismo Clan en una ceremonia de sangre en la que se descompone el antecesor y se determina si la espada acepta a su nuevo portador. Se sabe que Samehada es particularmente quisquillosa e, insaciable, ha llegado a rechazar a varios y perderse por años, enterrándose en las playas o hundiéndose en las profundidades, durmiendo y ocasionalmente devorando alguna bestia, a la espera de un ninja digno con un Chakra apetecible.
