Revelaciones.
—Un solo movimiento y te juro que le rebano el cuello a tu querida hermanita.
Benjamin Lodge presionó la daga dorada contra la garganta de Lily que miraba a su alrededor llena de pánico. El hombre del medallón se acomodó el manto negro que le cubría el rostro y soltó una risita curiosa, como si estuviera disfrutando de la situación.
— ¡Ella no tiene nada que ver en esto! —bramó Albus incorporándose. Lodge se movió bruscamente y una mueca de dolor atravesó el rostro de su hermana—. ¡NO!
—Tranquilízate, Potter —dijo el hombre del medallón—. No le sucederá nada mientras accedas a cooperar con nosotros. Ahora, por favor, suelta tu varita.
Albus obedeció al instante y con un golpe sordo, su única arma cayó al suelo. Miró a Lily y quiso decirle que todo estaría bien, pero la furia y el miedo hacían que las palabras se le atoraran en la garganta.
—No dijeron nada sobre atacar a los hijos de Potter —dijo uno de los hombres que lo rodeaba. Tenía el cabello muy corto y una barba rala le cubría el rostro.
—No tiene la menor importancia —el hombre del medallón se acercó a Albus y torció una sonrisa—. Aunque debo admitir que este asunto se volvió mucho más interesante cuando supe que eras hijo del Elegido. Es una verdadera lástima que tenga que matarte.
Alzó su varita y apenas estaba pronunciando las primeras silabas de la maldición asesina, cuando el humo que los rodeaba comenzó a agitarse de manera violenta, esparciéndolo por todos lados y cegándolos a todos por igual.
Albus se tiró al suelo, se escuchó un grito de furia y un destello de luz verde iluminó la oscuridad por unos momentos. Con las manos temblorosas, el muchacho comenzó a palpar en la superficie de piedra para buscar su varita y después de unos segundos, la encontró.
Otro resplandor verde pasó rozándole la cabeza. Albus se incorporó rápidamente y miró hacia ambos lados, pero la negrura de aquel extraño humo no le permitía ver absolutamente nada.
— ¡LILY!
Varios rayos de luz iluminaron su alrededor. Sus enemigos, también ciegos a causa del humo, lo habían localizado debido a su grito, pero… ¿Qué otra opción tenía? Su hermana corría un grave peligro. Estaba a punto de volver a llamarla cuando otra voz salió de la nada y lo imitó.
— ¡LILY!
Era Scorpius.
Albus corrió, sin saber a dónde se dirigía. Escuchaba chillidos y detonaciones causadas por los hechizos que rebotaban en las paredes de la estación. Pasados unos segundos, el humo fue aclarándose un poco, permitiéndole ver las siluetas de las personas que peleaban en torno a él; entonces chocó con alguien.
— ¡Potter! —exclamó el hombre de barba rala lanzándole un maleficio.
Albus esquivó el ataque con facilidad y comenzó a pelear con él, pero entonces un agudo gritó de dolor resonó por todo el lugar, helándole la sangre.
—Lily…
El hombre aprovechó aquel pequeñísimo momento de distracción para desarmarlo y Albus lo miró aterrado, consciente de que pronto sería pronunciada la maldición que acabaría con su vida. Su cuerpo inerte caería al suelo, igual que el de su padre en aquel espantoso recuerdo…
Pero la maldición nunca llegó.
La mano del hombre temblaba tanto que su varita parecía a punto caérsele, estaba sudando y miraba a su víctima con temor. Entonces Albus supo que, por alguna extraña razón, él no iba a matarlo. Se inclinó lentamente para recoger su varita.
— ¡ACABA CON ÉL, MONTAGUE!
El hombre del medallón acababa de llegar, empuñando un cuchillo muy parecido al que le había clavado a Albus hace unos días. No tenía varita y parecía enloquecido.
— ¡Es el hijo de Potter! —exclamó el hombre de barba rala mientras Albus le apuntaba a ambos e intentaba mantener la calma—. ¡Jamás dijiste que era él, Dimas! ¡Jamás! No pienso meterme con Potter…
— ¡No importa quién sea! Creí que estabas dispuesto a todo.
— ¡Te has metido con cosas que...! ¡No, no puedo! —Montague parecía muerto de miedo—. ¡Y esas hojas…! ¡La has sacado de la tumba de Merlín, yo lo sé! ¡No puedo hac…!
Con un rápido movimiento, el hombre del medallón levantó el cuchillo y lo hundió en el pecho de Montague, que abrió la boca intentado proferir un grito que nunca llegaría a escucharse.
— ¡Desmaius! —gritó Albus, sin embargo, no dio en el blanco y lo único que consiguió fue que el hombre del medallón cayera al suelo junto con Montague, cuya túnica rápidamente se tiñó de un rojo sangre.
—No te sientas mal por él, Potter. Era un cobarde.
Albus gritó y lo tomó del cuello bruscamente, estampándolo contra la pared. El manto negro que siempre cubría su rostro se cayó y por primera vez, el muchacho pudo ver de cerca esos ojos negros y penetrantes. A pesar de que parecía mayor que su padre, las arrugas apenas y habían tocado aquellas facciones finas. El hombre se rio cuando Albus le encajó la varita en el cuello.
— ¡¿Dónde está Lily?!
— ¿Qué vas a hacer? ¿Matarme? —volvió a reírse—. ¡Por favor, Potter! Tú y yo sabemos que eso no pasará.
— ¡Te lo advierto! —rugió Albus—. ¡¿Dónde está?!
—Tengo que admitir que eres fuerte, Albus… ¿Puedo llamarte por tu nombre? Estoy cansado de las formalidades. Esas son más propias de Lodge, ¿no te parece?
Albus le lanzó un maleficio y el hombre cayó de rodillas en el suelo, aun riéndose.
—Yo no le he tocado ni un pelo a tu preciosa hermanita, ¿de acuerdo? —se levantó y soltó un aullido de dolor cuando Albus volvió a estamparlo contra la pared—. Si me hubieras dejado matarte, nada de esto estaría pasando. ¡Oh, pobres niños inocentes! Ellos estaban ansiosos por ir a Hogwarts y de pronto atacan la estación… ¡Que calamidad!
—Solo unos idiotas atacarían un lugar lleno de magos a plena luz del día —gruñó Albus.
Los ruidos de su alrededor estaban disminuyendo y aunque el humo aún no se dispersaba del todo, las cosas parecían más claras. Sabía que tenía que seguir buscando a su hermana, pero la rabia de tener a ese hombre burlándose frente a él, no lo dejaba pensar con claridad.
— ¿Estás seguro? Porque yo ya estoy visualizando los titulares de mañana en El Profeta —dijo el hombre torciendo una sonrisa—. "Ataque en el andén 9 ¾, los aurores no pueden hacer nada al respecto". Creo que tu papi tendrá mucho trabajo con todas las críticas que va a recibir.
—Entonces, lo que quieres es arruinarlo…
— ¿A él? ¡Oh, no! ¿Qué cosas dices? Creo que Harry Potter ya tiene suficiente protagonismo en el mundo, ¿no te parece? Al único que yo quiero, es a ti, Albus… —el hombre borró su sonrisa—. Claro, si de paso podemos desacreditar al Elegido, no hay ningún problema.
— ¿Qué es lo que quieres de mí? ¿Venganza? ¿Por Lodge? —el hombre volvió a reír y sus ojos se posaron en el medallón que le colgaba del cuello—. Acaso es… ¿Es sobre el Aurea Pergamena?
Lo dijo sin pensar, olvidándose por un momento de que aquella historia le parecía estúpida, de que era imposible que Merlín hubiera escondido todos sus poderes mágicos en un libro perdido… El hombre lo miró, pero ya no había burla en su semblante. Estaba asombrado, casi atónito. Movió su mano lentamente y se sacó de la túnica un libro viejo y despastado; Albus lo reconoció al instante pues lo había visto en manos de Benjamin Lodge hace seis años y todos habían pensado que, en medio del alboroto de aquella fatídica noche en el Bosque Prohibido, el libro se había quemado.
Al parecer, no era así.
—Tengo que admitir que me sorprende que sepas sobre el Aurea Pergamena —el hombre le acercó el libro y Albus sintió de repente un extraño calor dentro de sí; la misma sensación que había experimentado cuando se acercó a la daga por primera vez—. ¿Lo sientes, verdad? Siempre creí que Lodge era un estúpido por haber dejado que un niño tocara la daga antes que él, pero tal vez así tenía que ser… El pergamino de Merlín te reconoce, Albus Potter.
—No... Yo no…
—Sí, aquí esta —dijo el hombre señalando el libro—. Una de las muchas partes que escondió Merlín antes de morir. Y tú eres quien debe encontrarlas. ¿No te das cuenta, Albus? Todo sucede por una razón. Y si tú aceptaras buscarlas conmigo, yo no tendría que matarte, y tu familia y el mundo mágico entero dejarían de sufrir las consecuencias de tu afán por sobrevivir.
— ¡DIMAS!
En ese momento hubo una gran explosión. Albus cayó al suelo, completamente aturdido, la cabeza comenzó a darle vueltas y un potente zumbido lo ensordeció. En medio de los restos del humo negro, pudo ver a Benjamin Lodge ayudando al hombre del medallón a levantarse. Les lanzó un hechizo, pero no acertó y luego observo cómo ambos se alejaban de ese lugar hasta desaparecer.
— ¡Albus!
Scorpius estaba arrodillado junto a él, sacudiéndolo y dándole palmadas en la cara. Albus veía su rostro borroso y apenas entendía lo que decía. No sabía cuánto tiempo llevaba tirado en el piso, pero sentía que la cabeza estaba a punto de estallarle.
—Lily… —murmuró Albus intentando incorporarse—. Tenemos que… Lily…
—Está viva —dijo Scorpius ayudándolo. Albus suspiró aliviado—. Ahora deben de estar atendiéndola. Tú también tienes que ir a que te revisen. Los heridos están en aquella parte de… ¡Por Merlín!
Scorpius se quedó pasmado al ver el cuerpo inerte de Montague junto a ellos. Sujetó a Albus, que estaba tambaleándose y desvió la vista mientras lo ayudaba a caminar.
—Fue el tipo del medallón —dijo Albus dirigiéndole una última mirada al hombre que había decidido dejarlo con vida—. Estaba aquí con Lodge y otros más… Se llama Dimas…
Scorpius guardó silencio y tiró de su brazo, guiándolo hasta el otro extremo del andén. Conforme iban avanzando, los estragos del ataque se volvían cada vez más evidentes: Había niños pequeños que lloraban llamando a sus padres, lechuzas que chillaban dentro de sus jaulas o volaban inquietas sobre sus cabezas y muchos aurores que trataban de controlar a personas enfurecidas.
El zumbido apenas empezaba a desaparecer de sus oídos cuando llegaron a un rincón de la estación en donde varios magos y brujas atendían a casi treinta personas heridas. Albus se soltó del brazo de su amigo en cuanto distinguió una larga cabellera pelirroja a unos metros de él.
— ¡Oh, ahí estás! —exclamó Lily en cuanto lo vio aparecer. Tenía una manta encima de las piernas y aunque parecía aliviada, lucía muy pálida. Estaba sentada en el suelo junto a Hugo y su amiga Cécille.
— ¿Estás bien? ¿Qué fue lo que te hicieron? —preguntó Albus recordando el agudo grito que había escuchado mientras peleaba con Montague.
—No es nada, no te preocupes —dijo ella torciendo una sonrisa, pero Hugo alzó las cejas con severidad y le quitó la manta de encima.
La muchacha tenía las piernas enteras cubiertas por cortes profundos y sangrantes que parecían haber sido hechos con la punta de una espada. Había unas delgadas vendas blancas intentando cubrir algunas partes, pero con cada segundo que pasaba, las manchas de sangre se expandían hasta teñirlas por completo.
Albus volvió a tambalearse y Scorpius se apresuró a sujetarlo. Sentía la garganta quemarle y tuvo que apretar fuertemente los puños para no ponerse a golpear algo ahí mismo.
—Te digo que no es nada. Ni siquiera me duele —dijo Lily al ver la cara que ponía su hermano. Hugo le colocó la manta encima de las piernas nuevamente y ella soltó un ligero quejido—. Fue una suerte que Hugo y Cécille llegaran a tiempo, claro…
—Yo les dije que se quedaran en el tren —comentó Scorpius con el ceño fruncido.
—Si hubiéramos hecho eso, no habríamos salvado a Lily, Malfoy —replicó Hugo mirándolo con desagrado. Aunque solía tolerar al muchacho cuando éste visitaba la Madriguera, todos sabían que en realidad nunca había terminado de aceptarlo; únicamente era más educado que James.
—Pero, Scorpius también ayudó —comentó Cécille sin atreverse a mirar a nadie, como de costumbre—. Fue él quien halló a los aurores que cuidaban a Albus. Estaban petrificados, ¿no? Y también gritó el nombre de Lily para que esos tipos se confundieran y no atacaran únicamente a Albus.
— ¡Hijos!
Harry Potter llegó corriendo hasta ellos. Tenía la cara contorsionada por la preocupación y antes de que alguien dijera algo, envolvió a sus dos hijos en un fuerte abrazo. De inmediato, Albus experimentó una sensación de profundo alivio dentro de sí. Ahora que su padre había llegado, estaba seguro de que todo estaría bien.
Entre todos comenzaron a contarle con exactitud qué era lo que había pasado. Albus, sin embargo, no mencionó ni una palabra acerca de la información que el hombre del medallón (se llamaba Dimas, ahora lo sabía) le había revelado, pues consideraba que todo el asunto del Aurea Pergamena debía de ser tratado con discreción y que Lily, Hugo y Cécille no tenían por qué verse involucrados.
—… y entonces, Cécille encontró a Lily siendo atacada por uno de esos tipos. La verdad es que si no fuera por ella, quien sabe qué habría pasado. Actuó muy rápido, fue brillante.
Hugo dijo aquello muy rápido y entonces, las orejas se le pusieron coloradas. Cécille también se sonrojó y agachó la cabeza, avergonzada.
Harry observó las heridas de su hija con la misma expresión con la que había visto a Albus el día que le contó que Benjamin Lodge casi lo había alcanzado con la maldición asesina. En sus ojos brillaba algo más fuerte que la furia, algo mucho más doloroso.
Permaneció en silencio durante varios segundos y todos se quedaron callados esperando a que dijera algo. Finalmente se enderezó cuan alto era, le acarició el cabello a Lily y dijo:
—Ven conmigo, Albus.
El muchacho lo siguió hasta una parte del andén en donde casi no había gente. Harry se plantó frente a él sin abandonar aquella expresión y suspiró.
— ¿Viste a Benjamin Lodge?
—Sí, y también al sujeto del medallón —se apresuró a decir Albus—. ¡No vas a creerlo! Me ha dicho cosas que no creí que…
— ¿Te ha dicho cosas? —preguntó Harry frunciendo el entrecejo.
—Después de que mató a ese hombre… Montague, me parece, pude acorralarlo. No traía varita, así que fue fácil…
— ¿Quieres decir que empezaste a interrogarlo en medio del alboroto? —preguntó Harry y Albus se asustó por el severo tono de voz que utilizó—. ¿Te acercaste a la persona que intentó matarte sin pedirle ayuda a nadie?
—Había perdido su varita —repitió Albus confundido—. No hubiera podido…
—Debiste salir de ahí inmediatamente. Esos hombres intentaban matarte, ¿es que aún no lo entiendes? No es un juego, Albus. Tu hermana está herida.
No gritó en ningún momento, sin embargo, Albus sintió como si sus palabras lo traspasaran igual que afilados cuchillos en todo el cuerpo. Odiaba que le hablara de aquella manera, como si él no fuera capaz… Sacudió la cabeza, intentando alejar esos dañinos pensamientos. Tenía que concentrarse en la situación.
—Papá, han robado el ministerio —dijo con calma—. Tenían la daga, la que estaba guardada en el Departamento de Misterios. Benjamin Lodge la traía en la mano, yo lo vi.
Harry desvió la vista y volvió a suspirar. No estaba sorprendido, ni extrañado. Entonces, con una extraña sensación de vacío en el estómago, Albus comprendió todo.
—Ya lo sabías —dijo apenas en un susurro—. Sabías que habían robado la daga…
Su padre le devolvió la mirada y no respondió, pero fue precisamente ese silencio el que le otorgó a Albus la respuesta a su pregunta.
— ¿Desde cuándo?
—Eso no importa —dijo Harry severamente—. Lo que hiciste estuvo muy mal. No debiste quedarte ahí con ese sujeto mientras otros estaban…
— ¿Desde cuándo? —repitió Albus con voz temblorosa. La cabeza seguía dándole vueltas, pero ya no era culpa de la explosión. Una repentina ira se había apoderado de él.
—Antes de que Lodge escapara de Azkaban —respondió Harry. Albus apretó los puños, pero él se mantuvo impasible—. ¿No te das cuenta de qué fue imprudente el haber interrogado a ese hombre por ti mismo? ¿No te detuviste a pensar en que debías salir de ahí cuanto antes? Las cosas pudieron haberse salido de control, podrías haber…
— ¡Sabías lo de la daga! —exclamó Albus sin poder contenerse—. ¡Prometiste que me contarías todo con respecto a Lodge y aun así…! ¿Por qué no me lo dijiste?
Harry estaba a punto de contestarle, pero en ese momento, ambos se vieron rodeados de las bocanadas de humo blanco que despedían las cámaras fotográficas. Un montón de reporteros, salidos de quien sabe dónde, se apretujaban unos contra otros para poder interrogarlos.
— ¡Señor Potter! ¡Señor Potter, por favor! ¿Qué piensa de este ataque? ¿Cómo es posible que alguien agrediera la estación?
— ¿Qué puede esperar el resto de la comunidad mágica si los malhechores deciden atacar otros lugares públicos? ¡Señor Potter!
— ¡Una fotografía, por favor, señor Potter!
Los aurores se acercaron rápidamente para alejar a los reporteros de ahí. Albus quedó atrapado en medio de un completo caos; había manos que tiraban de su brazo, bocanadas de humo que le nublaban la vista y personas que le gritaban al oído preguntas que él no alcanzaba a entender.
En medio del barullo, padre e hijo se separaron. Harry alzó la cabeza por encima de la masa de gente y gritó:
— ¡Ron!
Casi al instante, Ron Weasley apareció junto a Albus, lo tomó por los hombros y lo sacó de aquel alboroto. Juntos atravesaron la estación a toda velocidad y al pasar por el rincón donde estaba la gente herida, Albus vio de reojo a Lily subiendo a una camilla ayudada por un par de magos corpulentos.
—No podemos detenernos, Al —le dijo su tío mientras cruzaban la barrera del andén 9 ¾.
La estación muggle estaba en paz y la gente iba y venía con tranquilidad, ignorando la batalla que se había librado a pocos metros de ellos. Ron no soltó a Albus hasta que estuvieron en la calle y entonces, se detuvo.
— ¿Estás herido? —preguntó. Albus negó con la cabeza—. Entonces, creo que lo mejor es que vayas a la Academia de Aurores, Al.
— ¿Qué?
—Seguramente tu madre aun estará en El Profeta, así que no habrá nadie en tu casa y no creo que Harry quiera que vayas al ministerio. Al menos por ahora, es mejor que te alejes un poco de todo esto.
— ¡Albus!
Scorpius había conseguido salir de la estación y se acercaba a ellos con rapidez. Al verlo, Ron endureció el gesto y puso una mano sobre el hombro de su sobrino.
—Señor Weasley —dijo el muchacho a modo de saludo y sin esperar respuesta, se volvió hacia Albus—. ¿A dónde vas?
—Mi tío piensa que debo ir a la academia mientras se calman las cosas.
—Bueno, voy contigo.
Ron entrecerró los ojos y lo miró con desconfianza, pero como Albus asintió sin esperar su aprobación, no le quedó más remedio que aceptar la compañía del muchacho. Los tres desaparecieron juntos en un callejón solitario y unos segundos después, estaban parados frente a la gran verja de cobre que había delante de la Academia de Aurores.
Ron los encaminó hasta la entrada, palmeó la espalda de su sobrino, le dirigió una mirada recelosa a Scorpius y se desapareció luego de verlos entrar al edificio.
En cuanto pusieron un pie en el elegante vestíbulo, Scorpius le bloqueó el paso a su amigo. Parecía muy preocupado y se le notaba más pálido de lo habitual
— ¿Estás bien?
—Si —dijo Albus, aunque en realidad no sabía cómo se sentía. Habían pasado tantas cosas en tan poco tiempo, que le era difícil procesarlo todo con claridad.
—No me parece que estés bien…
No pudieron seguir hablando porque el director Proudfoot apareció frente a ellos y les ordenó entrar al aula de pociones antes de que la profesora Dench se enfadara por su retraso.
Aquel día estudiaron la importancia del ciclo lunar en la elaboración de veritaserum, pero Albus no prestó nada de atención a la clase. La cabeza le dolía tanto que creía que de un momento a otro de verdad iba a estallarle.
Fijó su vista en Devon Lodge, sentado al otro extremo del salón. Su enemigo lucía bastante tranquilo y prestaba mucha atención a lo que decía su maestra de pociones… ¿Acaso él sabría sobre el ataque? ¿Y sobre el Aurea Pergamena? ¿Habría visto a su tío cuando éste escapó de Azkaban? Su padre le había dicho que estaban investigando a la familia Lodge, pero Albus ya no sabía que pensar al respecto. Su padre le había dicho tantas cosas…
Las horas pasaron sin que él fuera consiente de ello y antes de darse cuenta, el reloj marcó las tres de la tarde.
Él y Scorpius se encaminaron hacia la salida sin hablar, pero antes de atravesar la puerta, la muchacha morena que atendía el mostrador los alcanzó y comenzó a contarle a Scorpius lo mucho que quería ir al próximo concierto de "Los cuernos de Erumpent". Mientras su amigo se libraba de ella, Albus se pusó a mirar los enormes retratos de aurores famosos que adornaban las paredes del vestíbulo.
Harry Potter esbozó una sonrisa cuando su hijo pasó por delante de él, sin embargo, Albus no se la devolvió.
—Seguramente estará muy orgulloso de su padre, señor Potter.
El director Proudfoot estaba detrás de él y también admiraba los retratos. Albus no respondió.
—Harry Potter es una persona admirable. Ha salvado al mundo mágico incontables veces, pone todo su empeño en vigilarlo y ahora también, cuida a su hijo de aquellos que intentan dañarlo —Proudfoot lo miró a los ojos—. Obviamente siendo aurores, todos los profesores estamos enterados de su situación, señor Potter.
— ¿Mi situación?
—Sí, sobre los ataques y la venganza de Benjamin Lodge —dijo Proudfoot con un suspiro—. Y lo que pasó esta mañana en el andén 9 ¾… Le aseguro que nosotros también intentaremos mantenerlo a salvo. Se lo debemos a su padre, después de todo.
—Gracias —murmuró Albus y sin saber por qué, nuevamente sintió una extraña ira recorriéndole cada centímetro del cuerpo.
—Usted también es un gran mago, por supuesto. El profesor Laurie me ha comentado que es brillante en oclumancia, señor Potter —comentó el director con una sonrisa—. Dijo que no ha tenido un alumno así en varios años. Me complace saberlo. Tengo que admitir que no me gusta equivocarme, pero me alegra haberlo hecho con usted… ¡Pensar que estuvo a punto de no entrar en la academia! ¡Qué grave error hubiera sido!
— ¿Disculpe? —preguntó Albus confundido.
— ¡Oh, por su solicitud! Casi es rechazada. No era tan impresionante como otras, debo decir. Sus calificaciones eran buenas, pero no excelentes… Excepto por Defensa Contra las Artes Oscuras, me parece… —Proudfoot se puso un dedo en la barbilla y siguió hablando, sin percatarse de que el rostro de su alumno se había tornado verdoso—. ¡En fin! Recuerdo muy bien que estábamos a punto de rechazar su solicitud cuando el profesor Harrison dijo "Pero, es el hijo de Potter" y yo le dije que no podíamos hacer excepciones, pero la profesora Dench se levantó y dijo que algún talento debías de tener al ser hijo del Elegido. "Verás que si le das la oportunidad, sus genes saldrán a flote" me dijo. Al final, todos estuvimos de acuerdo y, aunque tarde, decidimos enviar tu lechuza de confirmación.
— Pero, Scorpius tampoco… Él recibió su lechuza el mismo día que yo —balbuceó Albus.
— ¡Oh, el señor Malfoy! —Proudfoot hizo una mueca y miró al muchacho que seguía intentando zafarse de la chica del mostrador—. Su caso es completamente opuesto. No estábamos seguros de aceptarlo en la academia, por sus antecedentes familiares, ya sabe usted. Sin embargo, su solicitud era bastante buena y no nos quedó más remedio que enviar también su confirmación… ¿Señor Potter? ¿Está usted bien?
Albus asintió y se alejó lentamente de aquel lugar, sin despedirse de su director. Llegó hasta la verja de cobre y entonces Scorpius (que había dejado a la muchacha morena hablando sola) lo tomó del brazo.
— ¿Todo en orden?
—No —dijo Albus conteniendo las ganas de gritar—. No porque… Porque el Aurea Pergamena es real, Scor. Me lo dijo el tipo del medallón. Ellos tienen una parte y están buscando lo demás. Yo fui quien tocó la daga esa noche y por eso quieren matarme.
La voz le temblaba tanto que Albus dudó por un momento que su amigo hubiera entendido aquella confesión. Sin embargo, a los pocos segundos Scorpius abrió los ojos como platos y dejó caer la mandíbula.
—Señor Potter, señor Malfoy —dijo una voz grave a sus espaldas.
Era un hombre muy alto y corpulento que Albus había visto algunas veces en la oficina de su padre. Estaba acompañado por otras tres personas y entre todos comenzaron a explicarle que, después de dos ataques, Harry Potter había decidido aceptar la oferta del ministro y poner a su hijo bajo el cuidado de una escolta.
Scorpius seguía con la boca abierta y únicamente dejó de mirar a Albus cuando escuchó que dos de esos hombres también iban a acompañarlo a él hasta la mansión Malfoy; tenían órdenes de vigilar a todos los implicados en la captura de Benjamin Lodge hace seis años.
—Supongo que Rose Weasley también tiene una escolta, entonces —comentó Scorpius con el ceño fruncido—. Ella también estaba ahí esa noche.
El hombre les aseguró que otros aurores estaban encargándose ya de cuidar a Rose y que varios vigilantes estaban al pendiente de las casas de sus familiares. Mientras hablaba, Albus vio de reojo a una silueta menuda que se acercaba a ellos cautelosamente y el corazón le dio un vuelco.
— ¡Oh, estás bien! —exclamó Lizza cuando Albus llegó hasta ella. Lo abrazó con fuerza y los aurores sujetaron firmemente sus varitas sin quitarles el ojo de encima—. El ministerio está hecho un desastre. Todos hablaban sobre lo que pasó en el andén y recordé que dijiste que ibas a acompañar a Lily… ¡Oh, Albus!
El muchacho la estrechó más contra sí, sin encontrar las palabras adecuadas pare decirle lo mucho que le alegraba verla y el alivio que sentía al tenerla cerca.
—No sabes cuánto lo siento… —murmuró ella con tristeza y Albus supuso que se refería al ataque.
— ¡Señor Potter! —lo llamó el hombre corpulento—. Lo siento, pero debemos irnos.
—Lizza… —Albus se separó de ella y la miró a los ojos—. Tengo que…
—Lo sé —dijo ella devolviéndole la mirada. Le dio un beso en la mejilla e intentó sonreír—. Ve a casa. Todo irá bien, ya verás.
Unos minutos después, Albus estaba atravesando las puertas de su casa en el Valle de Godric, mientras los aurores que lo habían acompañado hasta ahí se acomodaban estratégicamente en la plaza de enfrente.
—Estoy bien —murmuró al recibir el angustiado abrazo de su madre. James estaba detrás de ella junto a Alice Longbottom y los dos lo miraban con preocupación, como si temieran que fuera a desmayarse en cualquier momento.
— ¡Oh, cielo! ¡Debieron traerte aquí enseguida! —exclamó su madre con la voz crispada—. Voy a matar a Ron, seguro que sí... ¡Llevarte a la academia después de lo que pasó! ¡Si yo salí del trabajo en cuanto me entere!
—Seguramente papá quería que los profesores hicieran de niñeras —comentó Albus y la voz le salió extraña, amarga—. ¿Tienen noticias de Lily?
—Se llevaron a los heridos a San Mungo —respondió James con un suspiro—. Ella está bien, el sanador dijo que tendrá que guardar un poco de reposo y que no podrá jugar quidditch por unos días, pero está fuera de peligro.
—Mi padre acaba de enviar un patronus —dijo Alice—. Al parecer, la profesora McGonagall ordenó que la chimenea de su oficina se conectara con San Mungo, para que los heridos pudieran ir a Hogwarts en cuanto fueran atendidos. Lily llegó hace unos veinte minutos.
— ¿Dónde está papá?
—Volverá en unas horas —dijo Ginny evitando la mirada de todos. Le acarició el cabello a su hijo menor, pero él se apartó.
—Voy a esperarlo en mi habitación.
Albus se dirigió a las escaleras rápidamente, sin detenerse a escuchar las protestas de los demás. Subió los peldaños de dos en dos y cuando llegó a su habitación, cerró la puerta con tanta fuerza que el ruido hizo vibrar los cristales de su ventana. Joey, encerrada en su jaula, emitió un sonoro chillido.
Las manos le temblaban y su habitación comenzaba a dar vueltas. Ahora que estaba solo, todo parecía mucho peor que antes. Vivía rodeado de mentiras y nunca había estado tan consciente de ello.
Había soñado con la Academia de Aurores desde que era pequeño, se había matado estudiando en los TIMOS y después en los EXTASIS. No fue suficiente. Nada era suficiente. Si ahora se encontraba estudiando ahí era únicamente por el nombre de su padre, por el gran respeto que todos le tenían a Harry Potter.
"Te prometo que ni yo, ni el apellido Potter tuvimos nada que ver con el contenido de esa carta".
Eso le había dicho su padre la noche en que su lechuza de confirmación había llegado al Valle de Godric. ¡Él no lo sabía, por supuesto! Su padre era tan inocente algunas veces… No podía entender que el apellido Potter interfería. Siempre interfería.
Si Albus no llevara ese apellido, no hubiera habido ningún problema cuando el Sombrero Seleccionador lo mandó a la casa de las serpientes. Si Albus no fuera un Potter, nadie se habría enfadado al saber que era amigo de Scorpius Malfoy. Si su padre no fuera El Elegido, su vida sería mucho más fácil.
La sombra que siempre lo había perseguido se había extendido hasta opacarlo por completo. Para el mundo mágico, él no era nadie. Solamente era el segundo hijo del gran héroe; el muchacho extraño que no pertenecía a Gryffindor y no era aceptado en Slytherin; aquel que era igual a Harry, excepto por esa maldita cicatriz en la frente… Nadie entendía que Albus no era como él. No deseaba ser como él.
Su padre tenía tantas cosas a su favor y aun así insistía en pasar desapercibido, en no aceptar las alabanzas que el mundo con tanto esmero le ofrecía. Prefería quedarse en casa y simular que era un mago común y corriente, ocultar su pasado y fingir que Lord Voldemort había sido solamente una pesadilla de la que había logrado despertar. Albus no lo entendía. Jamás había logrado comprender por qué su padre nunca hablaba de aquello, por qué tenía que guardar secretos… ¡Él era su hijo, maldita sea! Albus siempre le había contado todo, siempre había confiado en su padre, ¿por qué él no hacía lo mismo?
¿Protegerlo? Eso era lo que él decía, pero ¿cómo podía protegerlo al esconderle tantas cosas? ¿Cómo era capaz de hacerlo vivir en un mundo alejado de la realidad? ¡La daga! Había prometido que le contaría todo con respecto al caso de Lodge, pero nunca mencionó el robo de la daga. Se sentía herido, traicionado por su propio padre.
¿Qué otras cosas le había ocultado? Tal vez incluso sabía sobre el Aurea Pergamena mucho antes de que él se lo contara, antes incluso de que Rose lo hubiera averiguado… Albus recordó la extraña sensación que experimentó cuando el hombre del medallón le enseñó el libro despastado. El Aurea Pergamena era real, ahora lo sabía y estaba sumamente aterrado.
"Tal vez así tenía que ser… Todo sucede por una razón… Tú eres quien debe encontrarlas…".
Aun escuchaba la voz de ese hombre, retumbando en su cabeza con punzadas de dolor.
El libro de hechizos de Merlín y todos sus poderes le pertenecían… ¡A él! O al menos, eso creían las personas que habían intentado asesinarlo. De pronto, el terror que sentía se transformó y el orgullo invadió todos sus sentidos. Se sintió extrañamente poderoso, como si pudiera hacer cualquier cosa. Estaba predestinado a encontrar los trozos perdidos del libro; él era… era… Él era el Elegido.
Pero había otras personas que buscaban ese poder y todos parecían dispuestos a torturar y a matar si la situación así lo requería, Montague era la prueba de ello. Aun podía ver a Lily con vendas ensangrentadas en las piernas. Si los demás no hubieran llegado a tiempo…
"…si tú aceptaras buscarlas conmigo, yo no tendría que matarte, y tu familia y el mundo mágico entero dejarían de sufrir las consecuencias de tu afán por sobrevivir…".
Un manto de brillantes estrellas se había extendido por el cielo de Inglaterra, cuando Albus por fin escuchó el sonido de las llamas de la chimenea al encenderse.
Abrió la puerta y atravesó el pasillo que daba a las escaleras sin hacer ruido. Podía ver desde ahí a su padre, que acababa de llegar y a su madre sacudiéndole las cenizas de la capa.
—… llegó bien. Neville dice que se encargó personalmente de llevarla a la torre de Gryffindor para que descansara y esperara a sus compañeros. ¿Cómo está todo?
—Mal —dijo Harry con un suspiro—. Luego del ataque, Miranda Savage le dijo a la prensa que todo lo que está pasando es culpa de la administración actual del ministerio. Hermione se quedó ahí, tratando de calmar las cosas. Ron y yo intentamos seguirle la pista a esos tipos, pero…
— ¿Avisaste ya a la Orden?
— ¡Ginny, no hables tan alto! James y Albus pueden…
— ¿Escuchar? —dijo Albus sin poder contenerse, parado al pie de la escalera.
— ¡Cariño! —exclamó Ginny pegando un brinco. Harry se limitó a desviar la vista—. Creí que estabas dormido. ¿Quieres cenar? Debes tener hambre, no has probado bocado desde que llegaste y…
—Quiero hablar con papá.
Harry alzó la cabeza y asintió sin decir nada. Ambos se dirigieron al estudio y cerraron la puerta cuando estuvieron dentro.
—Aún no hemos encontrado nada —admitió Harry recargándose en su escritorio. Con una seña le indicó a su hijo que se sentara, pero él no le hizo caso—. Si tan solo tuviéramos más información sobre Lodge y el otro sujeto…
—Dimas.
— ¿Cómo dices?
—Se llama Dimas. Lodge y Montague gritaron su nombre.
—Dimas —repitió Harry. Caminó hasta la ventana y su vista se perdió entre los faroles que brillaban en medio de la noche—. Necesito que me cuentes todo lo que pasó, Albus. Necesito saberlo todo con exactitud.
—No.
Harry se volvió. Albus endureció el gesto.
—No voy a contarte nada. No hasta que tú me cuentes todo lo que sabes.
—Albus…
—No me dijiste que habían robado la daga.
—Yo solo…
—Me lo prometiste, pero como siempre, creíste que la mejor opción era ocultarme la verdad.
—No podrías entenderlo —aseguró Harry tensándose en su lugar.
Albus apretó los puños. Sentía que volvía a ser el mismo niño de once años que acababa de descubrir la verdadera historia de Harry Potter.
— ¿Cómo podría entenderlo si jamás te has detenido a explicármelo, papá? —lo miró a los ojos, con la cara contorsionada por la rabia—. ¿Qué otras cosas no nos has dicho? Para empezar, supongo que el ministerio ni siquiera está enterado de las juntas de emergencia que tienes ahí, ¿verdad? ¿Y con quién estabas hablando anoche por la red flú? ¿De qué Orden hablaba mamá?
—Lo único que debería preocuparte en estos momentos, es que tú y todos los que te rodean corren peligro —dijo Harry con dureza—. Hoy tu hermana pudo haber… No quisiera ni pensar en lo que esos hombres pudieron haberle hecho a Lily.
—Así que crees que es mi culpa…
—Yo no dije eso. Sin embargo, tienes que entender que obraste mal al quedarte interrogando a ese hombre sin ayuda de nadie. Debiste haber esperado a que alguien…
—No soy uno de tus empleados, papá. Y creo que ya es tiempo de que dejes de tratarme como un niño.
—Lo haré cuando dejes de comportarte como uno —sentenció Harry. Unos momentos después, pareció arrepentirse de lo que había dicho, porque suspiró y cerró los ojos para calmarse—. Escucha, Albus… Hay cosas en este mundo que simplemente no puedes entender. La maldad es una de ellas y lo único que yo quiero es que tú y tus hermanos…
—No soy como tú —dijo Albus con la voz temblorosa. El poco autocontrol que había logrado conservar pareció romperse de repente—. No soy así, no importa lo que digan. Soy más capaz de lo que tú crees, de lo que todos creen. No me interesa ser un Potter, ni las cosas extraordinarias que tú hayas hecho.
—Albus, no…
— ¡No necesitó de ti para lograr lo que quiero! —gritó Albus. Ahora que había comenzado, no podía parar. Estaba harto, realmente harto de todo—. ¡No soy igual a ti! ¡Deja de tratarme como si así fuera! ¡No tengo por qué alabarte igual que todo el mundo! ¡Ni tampoco sentirme orgulloso de alguien que quiere mantenerme encerrado todo el tiempo!
— ¡Suficiente! —exclamó Harry elevando la voz.
— ¡Toda mi vida he sido comparado contigo! Me enferma. Soy más, soy mucho más que el hijo del Elegido. ¡Yo no me escondería de la verdad! ¡Yo jamás podría fingir que nada importante pasó en mi vida! ¡No sabiendo que hubo personas que dieron la vida por mí!
— ¡Cállate, Albus!
— ¡LAS HUBO! —gritó Albus temblando de pies a cabeza—. ¡QUE TU NO ME LO CUENTES, NO QUIERE DECIR QUE NO LO SEPA! ¡EL TÍO FRED, LOS PADRES DE TEDDY Y MUCHOS OTROS! ¡CIENTOS DE PERSONAS INOCENTES QUE MURIERON POR TU CULPA, Y A TI NI SIQUIERA…!
La mano de su padre surcó el aire con una rapidez impresionante y Albus recibió el golpe de lleno en la mejilla.
Las estrellas iluminaban las calles del Valle de Godric, un lugar que había sido testigo de muchos acontecimientos importantes para el mundo mágico y que ahora presenciaba una unión rota, un lazo familiar destruido a base de engaños y resentimiento.
A lo lejos se escuchó el ulular de Joey, aun encerrada en su jaula.
—Yo… —Harry volvió a cerrar los ojos. Parecía angustiado—. No quería… Albus, yo…
—No soy como tú —repitió Albus.
Se dio la vuelta, con la mano en la mejilla. La bofetada ni siquiera le había dolido, pero se sentía desfallecer, como si algo se hubiera quebrado dentro de él. Con la garganta quemándole, abrió la puerta y salió del despacho de su padre sin mirar atrás.
"Todo irá bien, ya verás".
El recuerdo de la voz de Lizza muy cerca de su oído le dio fuerzas para llegar hasta su habitación. Tenía que creerle a ella porque al parecer, era la única persona que siempre había sido sincera con él, que siempre le decía la verdad sin importar cuanto doliera…
Todo iba a estar bien. Él se encargaría de eso. Las cosas iban a mejorar. Dimas, el hombre del medallón, tenía razón en algo: Albus no podía permitir que su afán por sobrevivir pusiera en riesgo la vida de más personas. Tenía que actuar y rápido. No importaba que su padre no estuviera de acuerdo, porque al fin y al cabo, él no era el Elegido. Al menos, no en esta situación. El Aurea Pergamena le pertenecía a él, a Albus. Si quería detener aquellos ataques, tendría que hacerlo solo. Estaba seguro de que lo iba a conseguir.
Todo estaría bien.
¡Lo sé! No tengo perdón de nadie. Pero de verdad que la escuela me tiene muy estresada y este fue uno de los capítulos más difíciles en la historia de los capítulos difíciles del mundo. Anyway...Se los compense haciéndolo un poco más largo y dándoles datos reveladores sobre TODO.
Personalmente siempre me he imaginado a Harry como el mejor papá del mundo, pero eso no quiere decir que no sea algo sobreprotector. ¿A quien le dan la razón ustedes? ¿Albus o Harry? ¿Quién está equivocado? ¡Quiero opiniones! Ok, ya.
Muchas gracias a todos. ¡Reviews plis!
