XIII
El Capitán Hayato Hyuga, a pesar de joven, un autoritario consumado, apenas logró salir entero de su avanzada por la costa. A punta de regaños reagrupó a sus supervivientes en las montañas y tras levantar un modesto campamento esperó la llegada de los refuerzos. Los que intentaron escapar fueron, cómo no, cazados por el infalible Ojo Blanco del Capitán, inmovilizados con no más de 3 golpes certeros en articulaciones claves con la yema de los dedos como piquetazos, atados a árboles a la espera de un juicio, y fueron los primeros en ver aparecer a los lobos armados, aunque no pudieron gritar por tener paños remojados en orina en las bocas. La visión total del Capitán Hayato le permitió darse cuenta que estaban rodeados por completo por una jauría, aunque no se preocupó.
—Son aliados, aunque no parezcan.
Dirigiendo la jauría, apareció la Capitana Sachiko Inuzuka, una de las más feroces rastreadoras, aunque nadie sospecharía de esas mejillas sonrojadas. Había una relación de alto y tenso respeto entre ambos capitanes, tal vez algo de rubor, tal vez un fastidio somero. Hijo de líneas secundarias, ambos estaban comprometidos a unir los clanes desde los 9 años.
—Es extraño que no pudieras encontrar a los ninjas de Kiri con tu Byakugan —comentó Sachiko, montando su gran lobo Geru al lado de Hayato.
—No seas ridícula —, respondió, la vista siempre al frente, pero siendo un Hyuga, era capaz de ver el temor en la chica—, están utilizando un Jutsu nuevo de Ocultación, además, saben que viene un Hyuga, me atacaron directamente... Se nos está filtrando información por todos lados... Carajo.
Se detenían ante un roble caído, una evidente trampa.
—Pero, si los Hyuga no pueden localizar al enemigo, tal vez sea mejor retroceder y solicitar a un Uchiha —pensó en voz alta Sachiko.
—¡Estúpida! —Bramó Hayato, furioso, ante las rabias de los Inuzuka y la pena de Sachiko—, el día que un Uchiha haga algo que un Hyuga no pueda, será el final del clan ¡y de todo Konoha!... —respiró, frustrado, y mandó a remover el roble—, Por el momento, debemos reunirnos con el escuadrón de Chisaki.
El roble estalló en una nube de humo, y los ninjas, que habían saltado en retroceso, prepararon sus armas. Pero resultó que eran 5 ninjas realizando en conjunto una Transformación, y la líder de estos era la Capitana Chisaki Hyuga. Una mujer igual de joven que Hayato, pero mucho más parsimoniosa y racional, vitalista y vegetariana, con un Byakugan igual o más potente aún.
—Me sorprende que no te percataras, hermanito —habló Chisaki.
—No debo mostrarle al enemigo mi Byakugan.
—Hemos preparado un refugio.
Se dirigieron todos a unas cabañas ocultas tras un Jutsu Evanescente que debía ser reforzado cada hora por un ninja sensorial. Dentro, los capitanes informaron el estado de su tropa y recibieron informaciones sobre los movimientos de la Niebla. Hayato desoyó y desestimó los consejos de Sachiko, y en cambio tomó como la palabra de dios hasta la menor de las intuiciones de Chisaki. Una vez caída la noche, incluso los metros más cercanos lucían profundísimos y oscuros. Los Hyuga se encargarían de la vigilia, lo que les dio tiempo de calidad en familia. Apenas se vieron solos, y Chisaki confirmó que nadie espiaba o escuchaba, Hayato se lanzó por sus labios, a saborear su cuello, a palpar las dimensiones de esa mujer tan suya pero tan ajena.
—No puedo creer que te vas a... ah... casar con esa perra... —Chisaki, la ostentosa líder, sucumbía ante las caricias de Hayato.
—Jamás me casaría con esa piojosa —respondía en las pausas que hacía entre besos, para respirar y apreciar la hermosa piel de Chisaki—. Yo solo tengo ojos para ti.
Se entregaron al placer en aquel silencioso cuarto sin necesidades de luz. Una vez más, Hayato y Chisaki se fundían gloriosamente en sus sexos, humedecidos por el secretismo de su amor, enconados contra la acidez de un destino que los había puesto como hijos de una misma madre aunque distinto padre.
—Tienes que decirlo... —lo acariciaba Chisaki, y Hayato, el cruel líder de escuadrón, parecía un niño en su pecho, tranquilizado por su latir.
—... ¿El qué?
—No te hagas el tonto. Tu Byakugan está débil, cada día ves menos. Si lo sigues forzando...
—Soy un guerrero, soy un Hyuga... —se levantó, tieso de rabia—, ¿Qué sería sin mi Byakugan? Ni siquiera podría trabajar, sostener un hogar, encontrar mis pantalones... ¡No sería ni un puto ser humano de mierda! Aun peor... —y esta vez tembló—, Me enviarían a ese horrible lugar...
Y lloró en los brazos de su amada, recuperando las infantiles ideas de escapar, de encontrar un hogar tranquilo en una isla lejana del País del Agua, allá de donde vinieron sus antepasados atraídos por la idea utópica de una gran Nación Ninja, conformándose con la promesa de estabilidad y algo de poder. Sachiko, de oídos entrenados, no era tonta.
Dispuso una emboscada en las fauces enemigas, y sus guerreros Inuzuka dispersaron sus fuerzas. Sabían que no sería fácil separar a los Hyuga, y que una distancia moderada no sería suficiente para escapar del poderoso Byakugan de Chisaki, por lo que requeriría la ayuda de un silencioso colega Aburame, que accedió al contársele la abominación que se estaba cometiendo. Utilizaron una Araña de Lirio, que es conocida porque su abdomen segmentado finge ser una brillante flor que atrapa a los mosquitos que en ella se posan y más todavía, puede disparar un poderoso corrosivo cuando se siente amenazada por algún herbívoro. Así que la colocaron en el cadáver de un Shinobi con rostro de preso, y cuando Chisaki se inclinó, fascinada por tan extraño espécimen, esta le escupió un chorro en los ojos que los irritó insoportablemente empujándola a una ceguera frustrante.
Confiando falsamente en la habilidad de Hayato, se dirigieron a la siguiente misión sin esperar refuerzos y desestimando prevenciones. Le tembló la tripa todo el camino, y solo pudo pensar en su amada Chisaki, abandonada en esa choza húmeda de ese pueblo abandonado sobre tierras precipitadas. La idea, que era forzar a Hayato a admitir su discapacidad, y si era posible, hacerlo huir para tacharlo de cobarde, pronto se abandonó al ser desbordados implacablemente por la respuesta de enemigos inesperados.
Aterrizaron con una explosión en medio de la playa que convirtió la arena negruzca en una escultura de cristal irregular. Hayato fue del todo incapaz de seguir los movimientos de esa pareja de hermanos de Kumo. Se trataba de los Hermanos del Relámpago Negro, Jei Shoden El joven Tigre Negro, un ícono entre las damas, que con su brutal mordida doble segmentaba a los rivales y estos echaban a correr antes de darse cuenta que ya no tenían las piernas pegadas al cuerpo; y Jaina Shoden con su Dragón de Nube Oscura, cuyo rayo teledirigido decapitaba justo cuando tenías la mala suerte de darte cuenta que el enemigo que tenía al otro lado del campo era una muchacha de no más de 16 años que exageraba con el maquillaje oscuro. La confusión reinó y muchos Shinobis se vieron en franca desbandada. Los que quedaron se entusiasmaron en matarse con demasiada pasión, y pronto los lobos acuchillados se lamentaban por los bosques buscando un claro donde desfallecer mientras barcazas incendiadas iban a impactar embarcaciones camufladas en hojas y brumas. Los hermanos Shoden se adueñaron de la situación, pero decidieron esperar que sus tropas les dieran en alcance antes de internarse en la Bahía Azul, donde Sachiko llegó a parar casi sin darse cuenta solo para encarar al líder de la cuadrilla de Kiri, tan oculta en la neblina que solo el olfato le podía ser de utilidad. Pero mientras pensaba que la neblina también la ocultaba a ella, recibió un tremendo flechazo en el hombro que la paralizó.
—Pero... ¿qué diablos?
Iba apareciendo entre la niebla, una solemne figura de negro que elevaba la vista bajo el anguloso sombrero.
—...¿Acaso es...? No puede ser —Se desangraba, mareada por el veneno, cayendo sobre sus rodillas—, ¡El Mizukage!
Las ironías del cruel destino quisieron que fueran idénticos ojos lechosos los últimos que alcanzara a ver en esa batalla.
—Mizaki del clan Kaguya... ¡¿Tiene un Byakugan?!
—Claro que no —apareció a su lado un espadachín con el arma dispuesta y afilada—, Lord Tercer Mizukage tiene el Tenseigan.
Y rebanó.
Hayato se tambaleó por el camino de piedras mientras se arrancaba las vendas de lino y era lastimado por los rayos de un inusual sol. Alcanzó el portón de acacia con la hipersensibilidad de sus yemas y se arrojó dentro de la cabaña, donde apenas su vista pudo estabilizarse pegó un grito desgarrador.
Era su amada Chisaki, sin duda, con su rostro petrificado en el cénit de su horror, la garganta destrozada por los alaridos de dolor al sentir el arranque de sus tripas y la ruptura de las costillas. Hayato no pudo identificar al que lo hacía, al ser, el monstruo que, gigantesco y putrefacto, se mantenía sobre el cadáver pálido bañado en oscurecida sangre, y que le miraba, con la boca llena de restos, con esos ojos de verde brillante.
