Planes.
—… en cuanto mi compañero regrese, todas sus dudas serán aclaradas, se los aseguro.
—¡Basta de estupideces, Lodge! ¡No puedes tenernos así! ¡Nunca dijiste que debíamos atacar al hijo de Harry Potter! ¡No sabemos dónde estamos, ni a quien servimos y no vamos a permitir que tú y tu amigo…!
—Mabroidis.
Todos los presentes volvieron la vista hacia la persona que había interrumpido el discurso de aquel hombre. Estaba recargado en la gran puerta de madera, ocultando su rostro bajo un manto negro.
—Mi nombre es Dimas Mabroidis —aclaró.
—¡Al fin volviste! —dijo Benjamin Lodge con algo de resentimiento. Estaba de pie frente a la multitud que se amontonaba en aquel sucio cuarto y lucía bastante cansado—. Nuestros amigos están algo inquietos por lo que pasó esta mañana en el andén 9 ¾.
—Oh, ¿ahora son nuestros amigos? —preguntó Dimas. Se descubrió la cara y torció una sonrisa—. Tienen miedo de meterse con Potter, ¿no? No se preocupen, es comprensible. Como exmortífagos, ustedes poseen unas vidas mediocres por culpa del niño-que-vivió.
—¡Tiene a todo el mundo mágico de su lado! —exclamó un hombre de cabello gris—. El ministerio tiene el ojo puesto sobre nosotros y nuestras familias todo el tiempo…
—Sin embargo, eso no ha evitado que varios de sus antiguos compañeros huyan de Inglaterra —comentó Dimas—. Tengo entendido que Goyle, Macnair, Avery, Nott y Zabini han dejado el país junto con sus familias. Tal vez me lo esté tomando como algo personal, pero me parece que no quieren jugar con nosotros.
Soltó una carcajada y se sentó encima de un escritorio mohoso mientras jugueteaba distraídamente con el medallón que le colgaba del cuello.
—No quieren trabajar para alguien que no conocen —dijo una mujer mirándolo con precaución—. En cuanto se enteraron de que querías reclutarnos, salieron de aquí. No son idiotas y tampoco nosotros. No podemos obedecer a ciegas las órdenes de un maniático que…
—Es curioso, porque creo que hace algunos años eso era exactamente lo que todos ustedes hacían por Lord Voldemort.
Todos los presentes se estremecieron. El hombre de cabello gris golpeó la pared con un puño.
—Lo que mi compañero intenta decir… —intervino Benjamin Lodge, alzando las manos para calmar a la multitud—. Es que todos ustedes fueron llamados porque sabemos que comparten nuestra ideología y porque creemos que, al igual que nosotros, también están hartos del control que Harry Potter tiene sobre el mundo mágico. Dimas y yo tenemos algo que puede ayudarlos a recuperar el poder que tenían antes de que el Señor Tenebroso fuera derrotado.
—No vamos a…
—Quiero que por un momento piensen en todo lo que tenían antes de la guerra —Lodge se paseó por su alrededor—. Es cierto. Yo no estaba aquí cuando aquello ocurrió y tampoco Dimas, pero de haberlo estado, habríamos peleado de su lado. No podemos concebir la idea de que nuestro mundo sea dominado por traidores y sangre sucia. Es lo que les proponemos aquí: regresarles los tiempos de gloria. Es verdad que ha habido algunos contratiempos, el hijo de Potter, por ejemplo…
—Oh, pero ese ya no será un problema —lo interrumpió Dimas. Todos lo miraron sin comprender—. He decidido dejar en paz a Albus Potter, por ahora.
—Un problema menos, entonces —dijo Lodge y aunque parecía confundido con la noticia, siguió mirando a todos con firmeza—. Ahora, yo les pregunto, ¿en realidad quieren continuar así? ¿Quieren ser marginados en una sociedad que debería pertenecerles? Juntos podríamos conseguir lo que antes no se pudo lograr.
—Ni siquiera sabemos dónde estamos… —comentó un hombre frunciendo los labios. Los demás asintieron, aunque casi todos parecían interesados en lo que Lodge estaba diciendo.
—Por supuesto, hemos sido unos terribles anfitriones al no contarles toda la verdad y por eso les pido disculpas —Lodge hizo una leve reverencia—. El objeto que nosotros poseemos, el que puede ayudarnos a derrotar a los héroes de guerra y a recuperar el control del Ministerio de Magia, es el antiguo libro de hechizos de Merlín.
El cuarto se quedó en completo silencio. Benjamin Lodge sonrió satisfecho, pero Dimas Mabroidis apretó los puños con furia.
—Nosotros tenemos una parte, sí. Mi compañero es el único heredero vivo de Vivian, la amada de Merlín —continuó Lodge—. Como ustedes saben, ella fue la única hechicera que consiguió derrotarlo y justo ahora, nos encontramos en su antigua mansión. No estamos actuando al azar, nuestro plan es el fruto de muchos años de esfuerzo y dedicación. Si ustedes deciden apoyarnos, serán recompensados.
—¿El pergamino de Merlín, eh? —dijo un individuo de tez morena—. ¿Por qué habríamos de confiar en ustedes dos?
—Porque nosotros sabemos lo que se siente ser tratados como la escoria del mundo mágico —respondió Lodge—. Dimas pasó toda su vida desterrado y a mí me encerraron en Azkaban durante seis largos años. Pero no lo hagan por nosotros, no. Háganlo por sus hijos que son juzgados solo por llevar apellidos de mortífagos. ¡Tomen a Montague como ejemplo! Los aurores lo asesinaron solo por ser quien era, ni siquiera se detuvieron a enterarse de lo que estaba pasando, ¿eso es lo que ustedes quieren? ¿Seguir siendo esclavos en un mundo que pertenece al niño-que-vivió?
Se miraron unos a otros, tensos. Nadie dijo nada y Lodge volvió a sonreír.
—¿Por qué no se toman unos días para pensarlo? Cuando estén listos, les contaré todo con detalle.
Poco a poco, el sucio cuarto fue quedándose vacío. Después de varios minutos, únicamente quedaron Lodge y Dimas en él. El primero cerró la puerta de madera y miró con severidad a su compañero, que seguía jugueteando con su medallón.
—Me dejaste solo por una hora. No fue lo que acordamos.
—Pudiste manejarlo muy bien. Tu discurso fue inspirador, casi me has hecho llorar.
—Deberías de interesarte un poco más en ellos —dijo Lodge frunciendo el ceño—. Si en verdad queremos lograr nuestro objetivo, necesitamos apoyo. No podemos hacerlo solos.
—Y de toda la gente que hay en el universo, recuérdame ¿por qué se te ocurrió pedir la ayuda de ratas callejeras?
—Porque su lealtad no está con Harry Potter.
—Su lealtad está con quien tenga el poder.
—Y el poder lo tendremos nosotros.
Dimas bajó del escritorio y comenzó a dar vueltas alrededor del cuarto, como si estuviera paseando.
—Tengo que admitir, Lodge, que estoy algo inquieto por lo que les has contado.
—Solamente les dije que eras descendiente de Vivian y que teníamos parte del libro de Merlín. No obedecerán si no les damos algo de información, Dimas.
—El último idiota con quien compartiste información intentó traicionarnos.
—Afortunadamente acabaste con él —dijo Lodge soltando un resoplido—. Admito que confiar en Montague no fue una buena idea. Pero, es necesario decirles al menos una parte de lo que estamos haciendo. No tienen por qué enterarse de la daga, ni de que Albus Potter es el único que puede controlarla… A propósito, ¿a qué te referías cuando dijiste que dejarías en paz a ese mocoso?
Una sonrisa curiosa iluminó el rostro de Dimas Mabroidis.
—Me parece que hemos juzgado mal a ese niño. Albus Potter es una persona sumamente interesante, Benjamin.
—¡Es un idiota! Solo un idiota con suerte que por alguna maldita razón conoce la historia del Aurea Pergamena… ¡Otro motivo para hacerlo pedazos cuanto antes! —gritó Lodge con la cara contorsionada.
—Se inteligente, por favor. Después de dos ataques, todo el mundo mágico estará al pendiente de su seguridad, ¿en verdad vamos a arriesgarlo todo por ese niño? Yo creo que no.
—¡Si no lo asesinamos, no podremos obtener los poderes de la daga y el Aurea Pergamena jamás será nuestro! ¡Tiene que morir, Dimas! ¡Tenemos que…!
—Creo que te estás tomando esto como algo personal, Benjamin… ¿Acaso estás resentido por que un niño te mandó a Azkaban? —Dimas soltó una carcajada—. Tienes que controlarte, viejo amigo. Lo asesinaremos, claro, pero todo a su tiempo.
—Va a contarle a su padre sobre el Aurea Pergamena, si no es que ya lo sabe —insistió Lodge. Se pasó una mano por el cabello, frustrado.
—Harry Potter no es un enemigo tan grande, Benjamin. De hecho, me parece una persona común con demasiadas debilidades. Me atrevería a decir que tiene más debilidades que su propio hijo —dijo Dimas acentuando su sonrisa. Tenía la cara de un niño curioso que acababa de descubrir un juguete nuevo—. Pero no me voy a preocupar por ninguno de los dos ahora. Nuestra prioridad será encontrar las hojas del pergamino que faltan y solo hasta que las tengamos todas, solo entonces… Albus Potter morirá.
—Dimas, yo creo que…
—Ahora, por favor, discúlpame. Estoy verdaderamente exhausto y lo único que quiero es ir a dormir.
Los pasillos de Hogwarts, que durante el día solían estar llenos de magia y jovialidad, se volvían tétricos cuando la luna se asomaba por las montañas de Escocia.
Lily Potter caminaba con dificultad por los oscuros corredores, guiada únicamente por la ruta señalada en el Mapa del Merodeador y la tenue luz de su varita que iluminaba pobremente el camino. Se ajustó la capa invisible sobre la cabeza, temerosa de que el viejo Filch (que según el mapa, rondaba por un pasillo de la izquierda) la descubriera durante su primera ronda nocturna del año.
La muchacha esbozó una sonrisa al recordar que Albus había salido ya de Hogwarts y que por lo tanto, los dos objetos más atesorados en la historia de las travesuras eran completamente suyos hasta que ella también se graduara dentro de dos años.
—Dissendium —murmuró mientras golpeaba la estatua de la bruja tuerta que había en el tercer piso.
El pasillo que tantas veces había recorrido para llegar a Honeyducks le pareció interminable al caminar con punzadas de dolor en las piernas. Sentía que las heridas que le habían hecho aquellos idiotas iban a abrirse en cualquier momento. Había comenzado a sudar, así que se quitó la capa invisible de un tirón.
—¿No deberías estar en cama?
La luz de su varita no le permitía ver a nadie que estuviera a más de dos pasos de ella, sin embargo, reconoció esa voz al instante.
—Sabes que no me gusta quedarme quieta demasiado tiempo —Lily torció una sonrisa—. ¿Tú no deberías estar trabajando?
—Eso quería, pero hay una niñita que está perdidamente enamorada de mí y me suplicó venir para aliviar sus penas.
—¡Que terrible debe de ser para ti! Me sucede algo parecido con un idiota que no me deja tranquila, no sé cómo deshacerme de él…
Pero no pudo seguir hablando porque entonces, Lysander Scamander salió de entre las sombras y la besó con un entusiasmo que rayaba en la desesperación. Los labios de ambos chocaron con brusquedad, ansiosos por el contacto; las manos de ambos se perdieron entre los pliegues de sus túnicas y varios suspiros resonaron por el pasaje secreto que llevaba a Honeyducks.
Al ser aprisionada contra el muro de piedra, Lily soltó un ligero quejido y Lysander se apartó de inmediato.
—¿Te he hecho daño?
—¿Acaso estás empezando a preocuparte por mí? —el muchacho soltó un gruñido mientras ella se dejaba caer en el piso para descansar las piernas—. Fue solo un rasguño, no tienes que hacer tanto drama.
—Eso no es verdad, James nos dijo que esos bastardos habían… —apretó los puños, furioso—. No quiero ni pensar en lo que pudo haberte pasado. Debimos esperar a que te mejoraras para encontrarnos, no está bien que camines demasiado.
—Si no querías verme, podrías haber…
—¡No es eso y lo sabes! —exclamó Lysander frunciendo el ceño. Lily le tapó la boca y volteó apurada hacia la entrada del pasadizo—. Lo siento, pero eres demasiado necia. Si quisiera dejar de verte, ya lo habría hecho. No es como si encontrarnos fuera la cosa más fácil del mundo.
—Las vacaciones se acabaron, ahora será menos complicado. Por lo menos mientras yo esté en Hogwarts y tú sigas trabajando en la radio mágica de Hogsmade.
—Pero, aun tienes familiares aquí…
—¡Tranquilízate! Roxie no se meterá en mis cosas y Lucy está en Hufflepuff, así que ni siquiera me verá escaparme de la torre de Gryffindor. Y mientras Cécille siga cubriéndome, Hugo no se enterara de nada —Lily cerró los ojos al notar una fuerte punzada cerca de la rodilla—. ¡Maldición!
—¿Qué? ¿Te duele? ¡Déjame ver! —pidió Lysander acercándose rápidamente. Ella lo apartó de un manotazo.
—¡Ya te dije que no es nada! Estoy perfectamente bien —se apartó el largo cabello de la cara y volvió a sonreír—. La temporada de quidditch empieza en un mes y no puedo darme el lujo de estar incapacitada.
—¡Estás loca! ¡No puedes hacer eso! James dijo que el sanador te ordenó…
—¡Me importa un rábano lo que James o el sanador hayan dicho! Ahora Hugo es el capitán y no voy a dejar que se consiga a otra cazadora, no mientras yo…
—¡Tú no puedes jugar! —Lysander se cruzó de brazos—. ¡Eres una necia! ¡Si juegas te lastimaras! Sé que de nada serviría hacerte prometer lo contrario, porque no cumples tus juramentos, pero quisiera…
—¡Oh! ¿Enserio vas a seguir con eso? —exclamó Lily rodando los ojos—. Solo porque le conté a mamá que habían incendiado el pub de La Bruja Jorobada…
—¡Te lo conté porque confiaba en ti! ¡No creí que te aprovecharías de eso para meter en problemas a James!
—No es mi culpa que en sus noches de juerga el estúpido de mi hermano, Louis, Lorcan y tú se metan en tantos problemas. Por cierto, no me he olvidado de la chica que mencionó Louis, ¿de verdad tenía buenas piernas, Lysander?
—Estás celosa —dijo él con una sonrisa de satisfacción adornándole la cara. Lily lo golpeó con el codo—. Sabes que no me he acercado a nadie desde que "esto" empezó.
—¿"Esto"?
—Tú eres la que insiste en seguir escondiéndose. Si por mí fuera, ya habría hablado con tu familia, incluso con James…
—Sí, sería genial ver cómo te cortan en pedacitos para enterrarte en nuestro jardín —dijo Lily soltando un suspiro—. No me importa estar así. De hecho, es divertido esconderse. Me gusta la adrenalina.
—Si tan solo no fueras la hermanita de mi mejor amigo…
—Si tan solo tú no fueras el mejor amigo de James…
El muchacho iba a replicar, pero entonces Lily volvió a besarlo y solo eso bastó para que el pasadizo se quedara en silencio por varios minutos. Se separaron solo hasta que escucharon unas lejanas campanadas anunciando la medianoche y Lysander le ofreció la mano para levantarse.
—¿Estás bien? —preguntó él entrecerrando los ojos—. Te noto preocupada.
—Es solo que… Oh, no dejo de pensar en Albus y esos maniáticos que están persiguiéndolo —confesó ella borrando su sonrisa por primera vez desde que se había encontrado con Lysander.
—Él estará bien, tu familia está cuidándolo.
—Lo sé y es lo único que me consuela —Lily suspiró—. El saber que, aunque le de rabia, Albus obedecerá a mi padre. Estoy segura de que solo eso puede mantenerlo a salvo.
—¡Señor Potter! ¡Señor Potter! ¿Está presentando atención?
Albus reaccionó solo hasta que sintió el codo de Scorpius hundirse entre sus costillas. La clase entera estaba mirándolo y la profesora Carter se hallaba de pie frente a él con los brazos cruzados.
—Lo siento, me distraje.
—Un auror jamás debe distraerse —la profesora frunció el ceño—. Sus compañeros y yo hablábamos sobre el ensayo de "Las huellas y su utilidad en el rastreo" que encargué ayer. ¿Qué tal le fue al escribirlo, señor Potter?
—Oh, no lo hice —dijo Albus. Sus compañeros comenzaron a cuchichear entre sí y Danielle Boot soltó un silbido de impresión. Nadie faltaba a los trabajos de Rachel Carter.
—Espero que esté consciente de que su calificación final se verá afectada por este descuido.
—Estoy consciente —respondió el muchacho sin inmutarse. La profesora Carter entrecerró los ojos, mirándolo con atención y luego se dio la vuelta para seguir con la clase, como si nunca la hubiera interrumpido.
Albus no había cumplido con ninguna de sus tareas desde que se había enterado del verdadero motivo por el cual había ingresado en la Academia de Aurores: El apellido Potter y el ridículo respeto que todos sentían por su padre.
Los profesores habían notado, desde luego, un cambio en la actitud de su alumno más entusiasta; sin embargo, ninguno lo había reprendido todavía. Seguramente, pensaba Albus, todos creían que estaba muy angustiado por los ataques de Benjamin Lodge y su compañero, así que se habían propuesto no molestarlo hasta que todo ese asunto se resolviera.
O tal vez solo era que nadie se atrevía a sermonear al hijo de Harry Potter.
Pero la falta de interés que Albus sentía por los trabajos escolares, no era nada cuando se le comparaba con su indiferencia ante la rutina en la que se había transformado su vida.
Después de salir de la academia, Albus caminaba hasta el restaurante donde solía encontrarse con Lizza y cinco aurores le seguían los pasos sin molestarse si quiera en aparentar discreción.
—Creo que ya se han encariñado con los emparedados de tocino —comentó Lizza una tarde, observando de reojo a uno de los aurores. Albus gruñó, pero ella le acarició el dorso de la mano—. A mí no me molesta nada de esto, Albus. Mientras tú estés seguro, yo soy feliz.
Luego de comer y despedirse de la muchacha, se aparecía junto con sus fastidiosos vigilantes en un callejón del Valle de Godric y caminaba hasta su casa mientras ellos rodeaban el perímetro para asegurarse de que los niños que jugaban en la acera no fueran magos tenebrosos. Albus se encerraba en su habitación hasta que su madre llegaba a la casa y lo llamaba a cenar, entonces se sentaba en el comedor y escuchaba las insistentes bromas que James le contaba en su afán por sacarlo de su ensimismamiento (Albus ni siquiera se esforzaba en fingir que reía), terminaba su comida, le agradecía a su madre y volvía a encerrarse en su habitación hasta la mañana siguiente.
A su padre lo había visto únicamente un par de veces desde la discusión y no habían intercambiado palabra alguna.
Albus sentía un extraño vacío dentro de sí. Ni siquiera cuando estaba en Hogwarts dejaba de comunicarse con él. Sin embargo, apenas empezaba a sentirse culpable, la rabia acudía en su ayuda y recordaba de golpe todos los motivos que tenía para desear ser hijo de otra persona… Y también todos los motivos que tenía para poner sus planes en marcha.
Las únicas dos personas que seguían insistiendo en hablar del Aurea Pergamena eran Rose y Scorpius, aunque lo hacían por separado.
Albus le había contado a su prima todo lo que le dijo Dimas en el andé Rose, además de decirle un montón de veces "te lo dije", lo visitaba todas las tardes para exponerle sus nuevas teorías o hipótesis sobre el tema.
Scorpius, por otro lado, aprovechaba los pocos momentos que tenían libres en la academia (dentro de la escuela, los aurores que hacían de guardaespaldas no podían molestar a ninguno de los dos) y no dejaba de preguntarle si su nueva actitud de "rebelde sin causa" tenía algo que ver con la daga y el pergamino de Merlín.
Albus deseaba que dejaran de insistir porque, después de todo, no podía contarles lo que planeaba hacer y eso lo hacía sentirse aún más miserable de lo que ya se sentía.
—Necesitas dejar de pensar en el engaño de tu novia, Finnigan —dijo el profesor Laurie en la clase de Oclumancia y Legeremancia de aquel día. Marcus enrojeció mientras sus compañeros soltaban risitas burlonas.
Estaba evaluando los avances de sus alumnos respecto a cómo evitar que algún enemigo pudiera leerles la mente, pero ninguno había conseguido todavía satisfacer las exigencias de la clase, ni siquiera Devon Lodge, que permanecía cruzado de brazos en un rincón del aula desde que su profesor le había dicho que definitivamente no tenía ninguna habilidad para la oclumancia.
—Potter, tu turno —dijo el profesor Laurie y Albus estuvo seguro de haber visto una sonrisa ansiosa surcando su rostro.
Caminó hacia él arrastrando los pies. El profesor levantó su varita, apuntó y al instante, Albus experimentó la sensación ya conocida de que alguien hurgaba dentro de su cabeza.
Acababa de cumplir nueve años y James y él peleaban por el último trozo de pastel…. Los ojos amarillos de Joey lo miraban suplicantes desde la jaula de una tienda… Lily lloraba de rabia en el jardín de la Madriguera porque los gemelos Scamander y James habían rotó su escoba de juguete… Lizza se ponía de puntitas para darle un beso en la mejilla… Su padre estaba de pie frente a él, reprendiéndolo…
No.
No debía pensar en eso, no quería recordarlo. Lo único que deseaba verdaderamente era vaciar su mente. Quería olvidarse de todos los problemas, de sus futuros planes, del apellido Potter y de su padre… Quería dejar de sentir y ese deseo fue suficiente para alejar cualquier otro pensamiento.
—Bien hecho, Potter —dijo el profesor Laurie retirando su varita. Albus se sentía un poco mareado, pero aun así permaneció de pie—. Al principio te sentí algo flojo, pero después te recuperaste y lograste sacarme por completo de tu mente. Definitivamente, tienes un talento natural, muchacho.
Cuando la clase acabó, los alumnos de primer año caminaron a través de un largo corredor para llegar hasta el gran salón en dónde podían hacer ejercicio. Albus iba detrás de todos los demás, pero desde ahí alcanzó a escuchar la voz ponzoñosa de Devon Lodge, hablándole a dos de sus compañeras.
—¿"Talento natural"? ¡Cómo no! Me gustaría ver que ese idiota de verdad tuviera talento para algo —le sonrió a las dos muchachas, pero ellas volvieron la cabeza, procurando ignorarlo—. Lo único que sabe hacer es esconderse detrás de su apellido. Como si de verdad pudiera lograr algo sin la ayuda de Harry Potter…
Cayó al suelo sin saber que lo había golpeado. Las dos muchachas que estaban a su lado gritaron, pero Albus las ignoró y tomó a Lodge por el cuello, estampándolo contra la pared.
—¡Repítelo! —lo retó—. ¡Repite lo que dijiste!
—¿Eso quieres? —Lodge sonrió, intentando ocultar su miedo, mientras desesperadamente trataba de alcanzar la varita que tría en el bolsillo—. Dije que no puedes hacer nada sin tu papi, Potter. De hecho, me preguntó cuánto habrá suplicado para que te dejaran entrar en la academia…
Albus lo soltó para sacar su varita y Lodge hizo lo mismo. Pronto, grandes destellos de colores iluminaron el corredor junto con estallidos y gritos de algunos de sus compañeros. Sin embargo, Albus no escuchaba nada, porque en su cabeza únicamente seguían resonando las palabras de Lodge, repitiéndose una y otra vez igual que un eco dañino.
—¡Mald…!
Lodge cayó de rodillas cuando un hechizo lo golpeó directamente en el pecho y su varita salió disparada a varios metros de distancia. Creyendo que el duelo había acabado, los demás suspiraron aliviados, pero entonces Albus volvió a apuntar a Lodge con su varita y su enemigo empezó a retorcerse de dolor en el suelo.
—¡Albus! ¡Albus! —Scorpius se acercó, tirando bruscamente de su brazo—. ¡Albus, basta! ¡BASTA!
Fue como si despertara de un mal sueño. Estaba jadeando y las manos le temblaban. Frente a él, Devon Lodge soltaba ligeros quejidos con la cara pálida y la respiración agitada. Todos los demás parecían espantados.
—Venga, vámonos —lo apremió Scorpius y con discreción le arrebató la varita de la mano—. Vámonos de aquí, Al.
Lo empujó por el corredor y sus compañeros se hicieron a un lado, temerosos. Albus se dejó guiar, sintiendo como la ira aún recorría cada centímetro de su cuerpo y cuando al fin llegaron al salón en donde podían ejercitarse, se tiró en el piso y se puso a hacer abdominales sin decir nada. Scorpius lo miró con preocupación, puso su varita a un lado y lo imitó.
Sus demás compañeros entraron al salón luego de varios minutos. Albus se fijó en que algunos alzaban la cabeza para mirarlo. Devon Lodge llegó al final, aun pálido y con una mueca de dolor en el rostro. Ambos se miraron por unos segundos, pero luego Devon volvió la cabeza y se dirigió al otro extremo del salón, en donde no había nadie.
—¿Crees que te delató? —preguntó Scorpius.
—No me interesa.
—Hace unos días te habría interesado.
Albus se encogió de hombros y continuó con su ejercicio. Scorpius resopló.
—Sabes que puedes confiar en mí, ¿cierto? —no obtuvo respuesta—. Eres un imbécil, ¿lo sabías? Ni siquiera he tenido la oportunidad de contarte sobre el internado en Francia porque has estado actuando como un…
—¿El qué? —preguntó Albus parando sus ejercicios.
—¿Ahora me escuchas? Bien —Scorpius resopló y se dejó caer de lleno en el piso. Parecía muy enojado—. Mi padre quiere que nos vayamos de Inglaterra. Dice que hay un lugar en Francia donde puedo seguir estudiando para ser auror, si eso es lo que quiero.
—¿Qué? No puede… Él… —balbuceó Albus. No se esperaba aquello—. ¿Por qué lo haría?
—No me ha dado razones, pero en realidad, él nunca las da. Sin embargo, ¿recuerdas lo que dijo Rose sobre las familias de mortífagos que han estado saliendo del país? No es coincidencia, algo está pasando.
—Pero, no pueden irse así nada más…
—Lo único que podría retener a mi padre en este país es la Mansión Malfoy. Es lo único que le queda, lo sabes. Todas las demás propiedades están hipotecadas o fueron usadas para pagar las deudas que tuvo después de la guerra —Scorpius torció una sonrisa—. No entiendo por qué la gente sigue creyendo que mi familia nada en oro.
—Pero, ¿tu…? Tu no quieres irte, ¿verdad?
—Hum… Déjame pensar —Scorpius se puso un dedo en la barbilla y fingió meditar la situación—. Soy un Malfoy, ¿verdad? Eso significa que no encajó en la sociedad mágica porque soy descendiente de mortífagos, pero tampoco encajó entre los mortífagos porque soy descendiente de cobardes. Mi abuelo murió en Azkaban y mi padre se libró de la prisión solo porque su peor enemigo abogó a su favor en el juicio… En pocas palabras, Inglaterra no es el mejor lugar para mi familia.
Levantó la vista y luego soltó un largo y melancólico suspiro.
—Sin embargo… Inglaterra es mi hogar, Al. Aquí crecí y yo… No lo sé, jamás pensé en irme. No quiero hacerlo. Al menos no por las razones equivocadas.
Si su mejor amigo se iba del país, Albus tenía aún menos motivos para interrumpir sus planes. Por el contrario, debía acelerar las cosas.
Aquella tarde, mientras estaba encerrado en su habitación, repasó la lista que había hecho en una hoja de pergamino tras la discusión con su padre. Únicamente le faltaban dos cosas para completar su plan, ambas muy difíciles de conseguir.
—¡Albus! —exclamó la voz de Rose desde el otro lado de la puerta—. ¿Puedo entrar?
Rápidamente, el muchacho metió el pergamino en la enorme mochila negra que estaba sobre su cama y luego la arrojó en el armario.
—¡Adelante!
Rose tenía los ojos entornados cuando entró a la habitación, como si intentara detectar algo inusual alrededor de su primo. Albus se limitó a sentarse en la cama, procurando actuar con naturalidad.
—He estado pensando en algo —dijo su prima cerrando la puerta. Albus sintió que la sangre le bajaba hasta los pies cuando la vio recargarse en su armario—. Sobre el Aurea Pergamena.
—Oh, si —balbuceó, nervioso—. ¿Qué con eso?
—Ese tal Dimas te reveló que tú eras quien había tocado la daga, ¿verdad? Pero, ¿cómo supo lo del pergamino de Merlín, en primer lugar? —Rose se apartó un mechón de cabello de la cara y suspiró—. Yo lo supe por los pergaminos que había en la biblioteca de Alejandría, pero estaban ocultos…
—Tal vez él ya los había leído —dijo Albus incorporándose. Se recargó junto a su prima, solo para asegurarse de que la puerta del armario estuviera bien cerrada.
—No, los profesores dijeron que nadie había descubierto ese pasaje hasta el derrumbe. De hecho, ni siquiera leyeron los pergaminos porque debían esperar a más expertos para analizarlos. Fui yo la que entró sin permiso, ¿te acuerdas? Es decir que únicamente tú, tu amigo Malfoy y yo deberíamos de conocer esa historia, porque yo se las conté a ustedes.
—Tal vez te equivocaste y hubo alguien más que encontró esos pergaminos antes… —Albus tomó a su prima por los hombros y la guio hasta la silla que estaba frente al escritorio, alejándola del armario en donde se escondía la mochila.
—No, él conoce esa historia por otro lado —Rose se mordió el labio—. Estoy casi segura, porque él y Benjamin Lodge ya buscaban la daga desde hace años. Esa es otra cosa que me inquieta… ¿Qué demonios hacía la daga en Hogwarts? ¿Y cómo sabían ellos que estaba ahí?
Albus se encogió de hombros. Las preguntas de su prima eran puntos clave en todo ese asunto, desde luego, pero ahora lo único que quería era quedarse solo otra vez para seguir repasando su plan. Rose lo miró con ceño, como examinándolo.
—¿Estás bien?
—Si —dijo él rápidamente. Se pasó una mano por el cabello y sonrió—. Solo estoy algo apurado con la tarea de pociones, no es nada.
—¿Te puedo ayudar?
—Bueno, puedes decirme cuánto tiempo lleva hacer una poción multijugos —dijo Albus esquivando su mirada—. Es la pregunta número cuatro del cuestionario y no la encuentro en ningún libro.
—Bueno, si preparas todos los ingredientes como es debido… —dijo Rose, como recitando lo que decía su antiguo libro de pociones—. Cerca de un mes.
—¿Un mes?
—Eso creo —dijo Rose y volvió a fruncir el ceño—. ¿Por qué?
—Ya te lo dije, mi tarea de pociones —respondió Albus.
Rose torció la boca y suspiro. Se dirigió a la ventana y por unos momentos no dijo nada, se dedicó a admirar la plaza del valle que se veía desde ahí.
—Sabes que puedes confiar en mí, ¿cierto, Albus? —dijo sin voltear a verlo.
Albus se sorprendió. Hace apenas unas horas, Scorpius le había preguntado exactamente lo mismo con un tono parecido, angustiado y suplicante.
—De hecho, quería preguntarte algo muy importante —dijo Albus intentando sonar despreocupado, como cuando conversaba de cosas triviales con ella—. Mañana no podré ir a comer con Lizza porque estará trabajando con Teddy hasta tarde, pero yo quisiera… No quisiera dejar de verla, ¿sabes? Me preguntaba si tu… Bueno, si tú sabes su dirección.
—¿Iras a su casa? —preguntó Rose volviéndose—. ¿Para qué?
—¡Vamos, Rosie! ¿Acaso yo te cuestionó sobre lo que haces o dejas de hacer con el estúpido de Goldstein? —las orejas de Rose se pusieron coloradas—. ¿Sabes dónde vive o no?
—Sí, una vez la visité, en las vacaciones de sexto año —Rose se dirigió al escritorio y escribió la dirección en un pergamino —. Es un pequeño edificio a las afueras de Londres.
Inmediatamente después, Rose anunció que tenía que irse porque sus tareas en el Programa Nacional de Investigación Histórica de la Magia la tenían muy ocupada y Albus se sorprendió un poco, porque normalmente sus visitas para discutir sobre el Aurea Pergamena le llevaban más de una hora. Sin embargo, mientras su prima cerraba la puerta de la habitación, Albus le agradeció en silencio.
Ahora sabía lo que tenía que hacer para conseguir las dos cosas faltantes.
La mañana siguiente transcurrió sin pena ni gloria, pero Albus se sentía más nervioso que nunca antes. Si todo salía bien, podría poner su plan en marcha esa misma noche.
La profesora Dench estaba explicando cómo preparar un fluido explosivo mientras la clase entera se arrullaba con los vapores que emanaban de su caldero. Albus supo que era el momento indicado cuando vio a su maestra volverse para escribir las instrucciones en el pizarrón.
Con su varita hizo levitar la bengala que había guardado en su mochila, casi rozando el suelo para que los demás no pudieran verla. La pequeña barra (que tenía una enorme letra W en el centro) se alzó por los aires y después cayó dentro del caldero de la profesora Dench… Un estruendo ensordecedor logró despertar a los alumnos.
Llamaradas de colores inundaron el aula y un fuerte humo comenzó a asfixiarlos a todos. La profesora soltó un grito y les ordenó que salieran de ahí al instante, pero nadie podía ver nada y los alumnos chocaban unos contra otros, soltando chillidos de terror.
Pero Albus no intentó llegar a la salida, porque lo único que le importaba era abrir el armario de pociones que estaba al otro lado del aula. Logró esquivar a sus compañeros con rapidez y luego apuntó su varita hacia la cerradura que se abrió con un "click" casi al instante.
—¡Accio! —exclamó Albus apuntando hacia la botella negra que reposaba en la repisa más alta.
¡La tenía en sus manos! Y apenas estaba pensando en que aquello había sido demasiado fácil, cuando un rayo de luz pasó rozándole el brazo. Se dio la vuelta, alarmado y encontró a Devon Lodge apuntándole con su varita.
—Me debes una, Potter —dijo con la cara desencajada.
Albus no tuvo tiempo de reaccionar, porque Devon le lanzó un hechizo que lo paralizó por unos instantes y después lo tiró al suelo, cerca de las llamaradas que poco a poco consumían el salón de clases. La botella negra cayó al suelo y se hizo añicos.
Furioso, Albus levantó su varita, pero entonces Devon cayó al suelo, víctima de otro hechizo lanzado por Scorpius que acababa de llegar con la mitad de la túnica chamuscada.
—¿Atacas por la espalda, Malfoy? —dijo Devon, levantándose con dificultad.
—Solo hice lo que tú le acabas de hacer a Albus, Lodge —Scorpius ayudó a su amigo a incorporarse y torció una sonrisa—. Solo que yo no fui tan estúpido como para fallar.
Volvieron a alzar sus varitas, pero entonces se escuchó otra explosión y los tres cayeron al suelo. Albus sintió una mano tirando de su brazo con firmeza y, consciente de que ya no podía hacer nada para recuperar la botella negra, se dejó guiar por el camino de humo y fuego que tenía delante.
Sus pulmones se llenaron de oxigeno cuando logró salir del aula. La profesora Carter jadeaba a su lado, con su hermoso rostro cubierto de hollín. Unos segundos después apareció Devon Lodge apoyándose en el hombro del profesor Harrison y luego Scorpius, socorrido por el profesor Laurie. El director Proudfoot lanzaba encantamientos hacia el interior del salón, intentando apagar el fuego y mientras, los demás profesores guiaban a los alumnos hacia el vestíbulo.
Las cosas se habían salido de control. Albus no había planeado crear un incendio, solo un tumulto lo suficientemente grande como para distraer a su clase… ¡Y ni siquiera había podido robar la poción!
—No creas que lo he olvidado —Devon Lodge lo alcanzó. Tenía una fea herida en la mano izquierda y lo miraba con rencor—. Me las vas a pagar, Potter.
—¿Por qué? —Albus se detuvo, apretando los puños—. ¿Qué fue lo que te hice, Lodge? No habíamos intercambiado ni una palabra en Hogwarts cuando ya estabas retándome a un duelo, ¿por qué?
—Porque tú y toda tu familia me enferman —frunció el ceño y se alzó cuan alto era—. Se han ganado un respeto que no merecen, se aprovechan de su apellido para conseguir lo que quieren, mientras todos los demás debemos esforzarnos para ser reconocidos.
—Será mejor que vayas a que te revisen eso, Lodge —lo interrumpió Scorpius mirando su mano. Se había acercado sin que los otros se dieran cuenta—. Puedes morir o algo así. Nadie lo lamentaría, claro…
Lodge le dirigió una mirada gélida y luego se alejó sin mirar atrás. Albus sabía que sus patéticos intentos de venganza no habían llegado a su fin, pero no le preocupaba. Devon Lodge era un peligro insignificante comparado con lo que venía.
Profesores y alumnos se arremolinaron en medio del vestíbulo para revisar a los que estuvieran heridos. Como Albus no tenía nada más que hollín en la ropa, se dirigió a la salida junto con las personas que habían logrado librarse de las llamas a tiempo. Estaba a unos pasos de atravesar la verja de cobre cuando Scorpius lo tomó por el hombro.
—Tienes que considerar que las bengalas de Sortilegios Weasley son demasiado poderosas, Al —no estaba sonriendo y fruncía ligeramente el entrecejo—. La próxima vez deberías intentar con algo más ligero.
—¿De qué estás hablando? —dijo Albus aparentando confusión.
—Sea lo que sea que estés haciendo, puedes decirme —Scorpius se sacó del bolsillo lo que quedaba de la bengala que Albus había arrojado al caldero—. Creí que me considerabas tu amigo.
—Yo… No, es lo que… Yo solo estaba…
—No importa —dijo Scorpius encogiéndose de hombros. Se guardó la bengala y luego sacó una botella negra, idéntica a la que se había roto durante el incendio—. ¿Poción multijugos, eh? Tranquilo, nadie me vio —aclaró ante la mirada atónita de su amigo—. Dench siempre guarda un duplicado de sus botellas y antes de que Laurie me sacara de ahí, la tomé.
Se la entregó a Albus (que continuaba pasmado) luego se dio la vuelta y caminó hasta la verja de cobre, donde los aurores que hacían de sus escoltas los esperaban para llevarlos a sus respectivos hogares.
Aquella tarde en el Valle de Godric, cenaron empanadas de carne, la comida favorita de Albus, que solo atinó a acomodarse en su lugar mientras su madre y James discutían por alguna trivialidad.
—¡Harry! —exclamó Ginny. Albus volvió la cabeza rápidamente: su padre acababa de entrar en la cocina—. ¡Llegaste temprano!
—Así es —dijo él tomando asiento. James le dio una palmada en la espalda a modo de saludo, pero Albus desvió la vista—. No hubo mucho que hacer hoy.
—Me alegra, luces cansado —dijo Ginny.
Y era cierto. Albus observó de reojo el rostro de su padre y se sorprendió al notar unas profundas ojeras extendiéndose alrededor de sus ojos. Era como si hubiera pasado varias noches en vela, y Albus se preguntó qué es lo que lo mantenía tan ocupado… Pero no podía preguntárselo, claro. No iba a decírselo.
—Estoy bien —dijo Harry mientras Kreacher le servía puré de patatas—. ¿Llegó carta de Lily hoy?
Después de que James les relatara lo que había dicho su hermana en la carta que había llegado esa misma mañana, los tres se pusieron a hablar sobre la nueva temporada de quidditch, mientras Albus los observaba en silencio.
Sentía que le quemaba la garganta y por un momento deseó que todo volviera a la normalidad, deseó conversar con ellos sobre su deporte favorito, bromear con James, admirar la sonrisa de su madre y confiar plenamente en su padre…
—He terminado —dijo Albus levantándose de su lugar. Si se quedaba ahí, no sería capaz de continuar—. Voy a salir.
—¿A dónde? —preguntó Ginny preocupada.
—No vi a Lizza hoy, pasaré a visitarla.
—Albus —dijo Harry.
Parecía que había pasado una eternidad desde que se habían hablado por última vez. Albus encaró a su padre, creyendo que iba a decirle que se detuviera, que no tenía permiso de salir y que se encerrara en su habitación hasta nuevo aviso, pero Harry únicamente lo miró a los ojos y dijo:
—Ten cuidado, hijo.
Asintió y salió de la casa. Unos minutos más tarde ya estaba apareciendo en un barrio a las afueras de Londres, acompañado por los fieles aurores que cuidaban de él.
En la dirección que indicaba la fina caligrafía de Rose, había un viejo edificio con varios departamentos. Se quedó de pie frente a la puerta de entrada por un buen rato y luego, dando un último suspiro, tocó el timbre que había junto al apellido McAbee.
Los aurores se alejaron un poco cuando vieron a la muchacha abrir la puerta. Albus no se sentía nervioso, pero una rara opresión en el pecho le quitó en aire en cuanto vio a Lizza frente a él. Sentía como si se estuviera ahogando y estuviera a punto de soltar su único soporte a la superficie.
—Hola —dijo Lizza mirándolo con sorpresa. Se acercó a él y arqueó las cejas—. ¿Qué haces aquí?
Pero Albus no respondió. Se acercó a ella con rapidez y la besó. La besó como nunca antes. Se embriagó con ese aroma a miel que tanto le gustaba. No era un beso tierno, era uno desesperado, demandante, angustiado… Y ella lo correspondió. Dejó que él invadiera su boca y luego lo abrazó con fuerza, como si tuviera miedo de soltarlo. Sus caderas chocaron, sus respiraciones se agitaron. Era como si se sintiera de la misma manera, como si también estuviera atormentada… Pero, Albus sabía que eso no era posible. Ella no podía sentir lo mismo…
—Tengo que admitirlo —dijo cuándo se separaron. Albus alcanzó a ver un atisbo de frustración en su semblante, pero fue tan rápido que casi creyó haberlo imaginado—. Eso de las visitas inesperadas es muy romántico.
—No quería molestarte. Rose me dijo donde vivías y yo… Debo hablarte.
—Te invitaría a entrar, pero papá estaba intentando cocinar y el asunto no salió muy bien. Claro, que si no te molesta el olor a plástico quemado…
—No, yo prefiero… Está bien aquí —Albus se pasó una mano por el cabello—. No sé por dónde empezar.
—El principio sería una buena opción —lo miró preocupada—. ¿Está todo bien, Albus? Parece como si…
—No podemos seguir viéndonos.
Una ligera brisa les agitó el cabello. Lizza aún tenía la respiración agitada por el beso y las mejillas sonrojadas; Albus nunca la había visto más bonita y tuvo que desviar la vista, porque se sentía incapaz de continuar si seguía mirándola a los ojos.
—Ya veo —dijo ella mordiéndose el labio.
—Yo… No es por… Tengo que decirte tantas cosas, yo he… Todo lo que me ha pasado estos días…
—Descuida, yo entiendo.
—No, no puedes entenderlo porque no te he dicho nada. Déjame explicarte desde el principio… En el último ataque, yo…
—No hace falta —dijo Lizza fríamente—. Era solo cuestión de tiempo, supongo.
—¿De qué estás hablando? Yo no quiero dejarte, pero es…
—No tienes que inventar excusas, Albus. De verdad entiendo. Con todo lo que ha pasado, te has dado cuenta de que no puedes estar con alguien como yo. Eres demasiado importante.
—¿Qué? —preguntó Albus sin entender.
—¡Por favor! —exclamó Lizza—. Justo ahora todo el mundo mágico está más al pendiente de ti de lo que había estado nunca, y eso ya es mucho decir. No puedes darte el lujo de perder el tiempo con una insignificante hija de muggles como yo, ¿verdad?
—¿Qué? No, estás… No, yo… —algo se quebró dentro de él—. Si me dejaras explicarte…
—Ya te dije que no hace falta. Fue lindo mientras duró, pero ahora… No importa, Albus. Entiendo tu posición.
—No puedes… No puedes estar hablando enserio —murmuró Albus. Realmente acababa de soltar su único soporte. Se estaba ahogando—. No puedes pensar que yo creo eso de ti…
Los ojos de Lizza, usualmente cálidos, se habían tornado fríos e inexpresivos. Se acercó a Albus y luego habló, y sus palabras atravesaron al muchacho igual que afilados cuchillos.
—Mereces a alguien mejor que yo, Albus. Eres un Potter.
Él no fue capaz de decir otra palabra y ella aprovechó ese momento para darse la vuelta y entrar al viejo edificio. Subió corriendo las escaleras hasta su departamento y con manos temblorosas abrió la puerta. Por la ventana que daba a la calle pudo observar a Albus de pie justo donde lo había dejado; los aurores se acercaban con lentitud, seguramente para convencerlo de volver a su casa cuanto antes.
—¿Y bien? ¿Qué quería?
Las luces del recibidor estaban apagadas y por eso Lizza no había podido ver a la persona sentada en el sofá, sin embargo, no se sobresaltó cuando escuchó esa voz. Se volvió y arqueó las cejas.
—Terminó conmigo.
—¿Por qué?
—No lo sé… Quizá sospecha algo.
Un rayo de luna atravesó el cristal de la ventana iluminando el fino rostro de Dimas Mabroidis. El hombre sonrió y se levantó del sofá.
—No, él está demasiado enamorado como para pensar mal de ti. Eso es lo terrible del amor, ¿sabes? Vuelve ciego al más astuto.
—¿Y por qué no lo matas ahora que está aquí? —preguntó Lizza cruzándose de brazos.
—Porque los perritos falderos de Harry Potter están detrás de él —dijo Dimas sin borrar su sonrisa—. Ellos son más, querida. No soy estúpido. Además, he decidido dedicarme de lleno a otras cosas, al menos por el momento.
—¿Qué sucede, Dimas? —preguntó Lizza con una sonrisa burlona—. ¿Albus Potter ha logrado intimidarte?
—No, de hecho he quedado muy intrigado con ese muchacho, ahora que lo mencionas—Dimas se puso un dedo en la barbilla y luego soltó una carcajada—. Pero, no te preocupes, querida. Lo mataré, tenlo por seguro, pero todo a su debido tiempo.
—Creímos que tardarías más.
—Seguro que Lizza empieza a fastidiarse de ti, hermanito.
—¡James, déjalo tranquilo!
—Solo digo la verdad, mamá.
Albus sonrió con algo de esfuerzo (no lo había hecho en varios días), le dio una palmada en la espalda a su hermano, un beso en la mejilla a su madre, les deseó buenas noches y subió las escaleras. Su padre estaba arriba, recargado en el barandal… Se miraron un instante, Harry abrió la boca pare decir algo, pero Albus pasó de largo y cerró la puerta de su habitación. La garganta le quemaba otra vez.
Las siguientes horas las dedicó a verificar que todo estuviera listo.
Tenía que ocupar su mente en otra cosa o se arrepentiría y todo lo que había hecho sería en vano. Repasó sus planes, revisó la enorme mochila negra, leyó la lista escrita en el pergamino una y otra vez… Las últimas dos cosas que le faltaban ya estaban hechas: Tenía la poción multijugos y se había separado de Lizza. No había salido exactamente cómo lo había planeado, pero al menos ya estaba hecho.
Terminó cerca de las dos de la madrugada.
Su casa estaba en completo silencio y Joey dormitaba en su jaula, inconsciente debido a la poción para dormir que Albus había puesto en su comida esa misma tarde. Se asomó por la ventana y descubrió a su escolta de aurores durmiendo en una banca del parque que estaba frente a su casa… ¡Había sido tan fácil! Después de volver de casa de Lizza les había ofrecido un bocadillo, ¿Quién lo diría? ¡Aurores capacitados para velar por su seguridad, derrotados por un par de galletas!
Albus observó la luna llena iluminando las calles del pueblo y pensó que seguramente Teddy estaría con un humor de perros esa noche (esa fase de la luna siempre lo ponía un poco irritable) y que Victoire lo ignoraría durante toda la semana, para después reconciliarse con un apasionado beso en la Madriguera. También imaginó a Minnie burlándose del carácter cambiante que tenían su hermana y su cuñado, y a Fred siguiéndole el juego. Molly seguro intervendría en la discusión y luego se quedaría callada porque James, Louis, Lorcan y Lysander entrarían al juego y nadie podía con ellos cuatro juntos, excepto Alice, que los dejaba indefensos al llevarse a su líder. Lily, Hugo, Lucy y Roxy se burlarían del mayor de los Potter y luego se pondrían a conversar de quidditch, mientras Rose los miraba a todos con ojos exasperados…
Hubiera deseado despedirse de sus primos, de sus tíos y de sus abuelos. Hubiera deseado despedirse de alguien.
Lo último que guardó en la gran mochila negra fueron las fotografías que adornaban la pared junto a su ventana. La de su padre balanceándolo entre sus brazos quedó encima de las demás y por primera vez, Albus dudó de verdad en poder cumplir con su plan.
—No… —se dijo a sí mismo—. Es… esto es por ellos.
Se colgó la mochila en el hombro.
—Pórtate bien, Joey —dijo acariciando el ala de su lechuza. Dio un último vistazo a su cuarto, preguntándose cuando es que volvería a dormir ahí… Si es que alguna vez lo hacía. A partir de ese momento, todo podía pasar, no debía olvidarlo.
—Adiós —dijo, sin saber realmente si se refería a Joey, a sus hermanos, a su madre, a su familia, a Scorpius, a la Academia de Aurores, a Lizza, a su antigua vida o a su padre… Albus suspiró y luego trepó por el alfeizar de la ventana.
Algunos años atrás, James le había dicho que la mejor forma de escapar de casa era absteniéndose de la magia, porque así los encantamientos protectores (que habían aumentado desde la fuga de Benjamin Lodge) no se activaban. Albus nunca lo había hecho antes y no entendía cómo es que su hermano se las arreglaba para no rasparse las rodillas y los brazos al bajar por el muro.
Finalmente, sus pies tocaron el suelo. El corazón le latía con fuerza contra el pecho… Había llegado el momento. Salió del jardín sin apresurarse, procurando no hacer ruido y casi conteniendo la respiración. Echó un vistazo a los aurores que dormían en el parque y después comenzó a avanzar por el camino solitario. Se desaparecería hasta llegar a la siguiente calle y así el fuerte "¡crack!" no despertaría a nadie…
En medio del silencio, se escucharon unos pasos. Albus se detuvo y se sacó la varita del bolsillo.
—¿Hay alguien ahí? —preguntó. Se escuchó una suave risita y Albus levantó su varita—. ¿Quién es? ¡Se lo advierto, yo…!
—¡Oh, por favor! ¡Como si en verdad pudieras desarmarme!
Rose estaba recargada en el buzón de correos de la calle de enfrente. Tenía las cejas arqueadas, su varita en la mano derecha y una mochila de viaje colgándole del hombro.
—¿De verdad dudas de mis habilidades? He aprendido muchas cosas en la academia, ¿sabes? —Rose soltó otra risita, incrédula. Albus frunció el ceño—. ¿Qué haces aquí?
La muchacha iba a responder pero entonces, Albus alcanzó a ver una silueta ocultándose detrás de la verja de una casa. Levantó su varita, pero entonces, Scorpius Malfoy salió de su escondite alzando las manos.
—¡Venga, Al! Yo también he aprendido cosas en la academia, no querrás retarme a un duelo, ¿cierto? —Scorpius torció una sonrisa y se recogió una mochila que estaba en el suelo, muy parecida a la de los otros dos.
—¿Qué están haciendo aquí? —exclamó Albus exasperado.
—Te vi salir desde la ventana de mi cuarto —explicó Rose rodando los ojos—. No sabía que saldríamos está noche, fue una suerte que tuviera todo listo— y señaló su mochila.
Albus la miró sin comprender.
—¡Oh, vamos! No pensaras que no me di cuenta, ¿verdad? Sabía que no podías quedarte sin hacer nada por mucho tiempo. Hoy, cuando me pediste la dirección de Lizza, estuve segura de que te irías a despedirte, porque no puedes llevarla a buscar las hojas del Aurea Pergamena. Eres demasiado predecible, Albus.
—Es cierto —dijo Scorpius acentuando su sonrisa—. Yo también lo sospechaba desde hace tiempo, pero lo confirmé hoy en el incendio… ¿Para qué querrías robarte una poción multijugos? Era obvio que planeabas algo grande.
—¿Te robaste una poción multijugos? —exclamó Rose escandalizada.
—¡Oh! ¿No te lo había dicho ya Scorpius? —preguntó Albus irónicamente. Les dio la espalda y siguió caminando—. Después de todo, ahora son muy amigos, ¿no? Imagino que pasaron horas planeando cómo saldrían a perseguirme en cuanto yo…
—¿Y por qué yo voy a querer hablar con ella? —preguntó Scorpius estremeciéndose. Ambos comenzaron a seguirlo—. De haber sabido que también vendría, le habría comprado a tu tío George varios de esos "cubre-oídos-anti-aburrimiento" que guarda por ahí…
—Yo tampoco sabía que él venía —dijo Rose con un bufido—. Al salir de mi casa lo vi caminando detrás de ti, no estaba en mis planes incluirlo en la búsqueda…
—¿Qué búsqueda? ¿De qué diablos estás hablando?
—¿Qué? ¿Acaso saliste a dar un paseo nocturno con tu mochila de viaje? —Rose lo miró despectivamente—. Ya te dije que lo sé desde hace mucho. Vamos a ir a buscar las hojas del Aurea Pergamena antes de que esos maniáticos las encuentren, ¿no?
—Creí que ese era el plan —dijo Scorpius confundido.
Albus los miró con la boca abierta… ¿De verdad había sido tan obvio? Se había propuesto encontrar las hojas faltantes del pergamino, escapar de casa e ir a buscarlas. Él debía encontrarlas después de todo, ¿no? ¡Él había tocado la daga! ¡Solo él podía utilizar el Aurea Pergamena!
Además, Dimas, Benjamin Lodge y sus demás aliados habían sido muy claros: matarían a todo el que se interpusiera en su camino. Por eso Albus había decido protegerlos alejándose… ¡Y ahora tenía a Rose y Scorpius caminando detrás de él!
—No importa lo que yo vaya a hacer —dijo sin detenerse—. No pueden venir conmigo.
—Creí que no tendríamos que pasar por esto —Rose soltó otro bufido—. No le lancé un encantamiento confundus a los aurores que vigilaban mi casa solo para que ahora me digas que no puedo acompañarte.
—Vuelve a casa —Albus se dio la vuelta y frunció el ceño. Miró a su amigo, que parecía encontrar divertida la situación—. ¡Y tú también! ¿No dijiste que Inglaterra era tu hogar y que no querías irte?
—No por las razones equivocadas, es cierto. Estas, mi amigo, son las razones perfectas para irme —dijo Scorpius solemnemente—. Además, no saldremos de Inglaterra… No todavía, al menos.
—No lo sabemos, las hojas pueden estar en cualquier parte… —comentó Rose con un dedo en la barbilla.
—¡No importa donde estén, porque ustedes no irán! ¡Están locos si creen que…! ¡Demonios! —se pasó una mano por el cabello, desesperado—. ¿Cómo es que se les ocurrió? No van a ir conmigo, no tienen por qué.
—Tal vez… —admitió Rose. Se acercó a su primo y suspiró—. Hace seis años, cuando pasó lo de Benjamin Lodge, ¿te acuerdas? Tampoco teníamos que ir contigo y aun así, lo hicimos.
—Y casi terminan muertos por mi culpa —dijo Albus amargamente.
—Exacto: casi —Rose sonrió—. Escucha, tú estás decidido a ir por las hojas del pergamino pase lo que pase, ¿no? Te conozco. Bueno, yo pienso lo mismo…
—Yo también —dijo Scorpius.
—Así que podemos ir a buscarlas juntos, ayudarnos mutuamente, compartir nuestros conocimientos y de verdad tener la posibilidad de encontrarlas con éxito… —sonrió aún más—. O podemos ir cada uno por nuestro lado y morir en el intento.
—Necesitas de mis habilidades —comentó Scorpius alzando las cejas—. Y del cerebro de Weasley.
Albus tuvo la sensación de que habían viajado en el tiempo y que los tres eran niños de once años que habían salido al Bosque Prohíbido para averiguar que tramaba Benjamin Lodge. Había pasado mucho tiempo, pero el repentino brote de cariño que había experimentado esa noche hacia las dos personas que tenía enfrente no había disminuido, de hecho, se había incrementado. No podía hacerlo solo… No podía hacerlo sin ellos.
—Bien —dijo y no puedo evitar esbozar una sonrisa—. Hay que ir por el Aurea Pergamena, entonces.
Caminaron juntos hasta la siguiente calle, admiraron el Valle de Godric con nostalgia, se miraron entre ellos. Rose suspiró, Scorpius borró su sonrisa, Albus cerró los ojos. Se tomaron de las manos y, sin mirar atrás, desaparecieron en medio de la noche.
No voy a pedirles perdón porque no me merezco que me perdonen T.T la universidad es horrible, es horrible. Sumado eso a que tengo demasiadas cosas que hacer y que este capítulo fue muy, muy difícil. Ah, pero al fin quedó y más largo de lo que me esperaba XD
Fuertes revelaciones y (como diría mi profesor de guionismo) al fin tenemos el primer punto de giro de la historia :D espero les haya gustado este capítulo porque ninguno me había dado tanto trabajo!
En fin, no los aburriré más.. ¡Reviews plis! ¡PLIS!
