XIV

Orochimaru no se ríe. Tampoco se le suele ver comiendo. Una sola gran engullida a la semana lo suele saciar por lo que no se fastidia en sus salidas cargando provisiones. Ya de pequeño las matronas de la casa Sarutobi descubrieron en él las curiosas cualidades que desplegaba. Desde la poca necesidad del sueño hasta un sutil poder de precognición puesto a prueba siempre demasiado tarde y que desapareció cuanto más el pequeño se alejó del nacimiento y se acercó a la muerte, lo que marcaba en un tono sombrío la fatalidad de su concepto. Otra habilidad del joven, cuya piel era tan suave como el papel y sus manos tan frías como esculturas de hielo, obligando el mayor de los cuidados de las mujeres al frotarlo, parecía ser una ligera capacidad para partir su imagen, logrando aparecerse en los lugares más inoportunos. Fue él quien descubrió el amorío entre los corrales, denunció el robo sistemático de calzado y atajaba a las comadres en la ducha, que ante la impresión caían de patas abiertas como compás.

—¿Qué le pasó? —cuestionó Orochimaru observando el sexo avejentado.

—Ay, hijito, es que de chiquita me dieron un hachazo —mintió la mujer.

—Pues se lo dieron en toda la chucha.

Orochimaru fue un silencioso prodigio. Aunque nunca se afanó de sus increíbles y prácticamente inexplicables habilidades, y su tendencia a la perfección tenía a los capitanes y sensei sudando la gota gorda diaria, Orochimaru se regodeaba internamente en los logros de su capacidad. Cada vez se volvía un docto en cada secreto ninja, y los que no le explicaban, los intuía. De decisiones simples y arriesgadas, siempre llegaba con la resolución pragmática, aunque nunca soportó un buen golpe. Despreció a la Escuela del Puño Fuerte cuando esta se asentó y fue bien respetada. Huyendo de las triquiñuelas chinas, encontraron una tierra acogedora una vez cerraron las primeras bocas con las demostraciones de su Taijutsu. Eran dirigidos por un hombre montaraz aunque bajo, grueso aunque fornido, que andaba de un lado a otro con gigantescas pesas en los tobillos y las muñecas, pero que resaltaba más por su prominente bello facial, consistente de un bigote pesado y unas cejas azotadoras. Su nombre era Duy, El Poderoso, e implantó una rigidez del entrenamiento físico que hubiera sonrojado a Tobirama Senju, condimentada con un ejemplo del entusiasmo hecho discurso que hubiese conmovido hasta las lágrimas a Hashirama Senju. Su pequeño hijo, Guy, creció viendo a ninjas desapareciendo en nubes de humo, jugando a clavar Kunais en blancos a más de 300 metros, conversando con perros o insectos o tendiéndose trampas para ser vengadas con trampas más ingeniosas; y nunca se sintió inferior por no poder hacer nada de ello, porque su padre le explicó la recompensa del esfuerzo, y que cuando era joven, apenas llegado a la Aldea, derrotó por ancho margen a un supuesto prodigio invencible.

—Ese tipo era más delicado que una flor.

Orochimaru siempre detestó su enfermiza condición. Jamás se perdonó por esa humillación pública que, como suele ocurrir, todos olvidaron menos él. Aquella obsesión lo atormentaba en las largas noches, y fastidiado por no comprender los distintos caminos del honor, llevó sus dudas al hombre de su mayor confianza, el Lord Tercer Hokage Hiruzen Sarutobi, el único hombre vivo al que podía llamar padre.

Hiruzen, que pensaba que aquel pequeño niño serpiente era un designio de suerte, no había considerado la idea de criarlo y desoyó sus lamentos arrojándolos al traste de las quejas menores, y lo invitó a relajarse ante el atardecer en Konoha.

—Esta mirada siempre me llena de paz... sin importar qué problemas haya... Vengo aquí y veo... —suspiró—, que todo estará bien.

Orochimaru no veía nada especial es ese tono peculiar que adquirían las cosas a esa hora naranja. Para Hiruzen no había mayor misterio que los detallitos de la vida, esas intrascendentes cuestiones que dotaban al día a día con el aroma especial de las existencias dignas.

—Dime, Orochimaru —a veces se ponía reflexivo en sus paseos por los bosques—, ¿Por qué viven las personas?

—¿Por qué? —Pensó, un segundo—, Creo que la mayoría de personas viven sin un motivo, sin una meta, llevan vidas vacías, carentes de valor...

—Vaya... ¿Y no es tu vida, Orochimaru, carente de valor?

—Mi meta es convertirme en un gran Ninja.

—¿Y por qué? ¿Qué lograrás cuando eso llegue?

—... ¿Qué?

Orochimaru se enfrentó por primera vez ante el miedo del vacío interno. Atormentado por desconocer sus orígenes, Orochimaru se abocó a investigar a extraño pueblo de los hombres serpientes. Encontró hombres lobos, hombres lagarto y hombres tiburón, y muy aparcado en la estantería, una pequeña fábula sobre la gente serpiente, que vino del centro de la tierra, era inmune al engaño y desapareció sin explicación. Otras fuentes solo confundieron su sentido. A veces traían la suerte, otras la muerte. En algunos lugares eran criaturas sinceras, por ser idénticas a sus reflejos, pero en otros su lengua traía la mentira susurrante. Pecado, perversión, mentira y suerte, eran apreciaciones subjetivas. Lo que realmente llamó su atención, y carecía de comentarios de escribanos impertinentes, fue la tendencia a la Reencarnación.

Orochimaru se gira hacia el monte rocoso en el que han tallado los rostros de los 3 Hokage que habían gobernado la Aldea. Con sus rostros toscos, lanzaban una mirada petrificada hacia el horizonte, a la espera de cualquier enemigo, sin imaginar que el mal pudiera crecer bajo sus narices como el musgo.

—Incluso los hombres más fuertes como los Hokage, terminan muriendo...

—La vida sigue un ciclo... —Hiruzen había empezado a fumar. Tenía pulmones fuertes y siempre estaba ejercitándose, por lo que le compensaba, o eso creía él— venimos del barro, y al barro volvemos...

—No tiene por qué ser así...

—... ¿A qué te refieres, Orochimaru? —preguntó, tras una respiración pesada pero serena, Hiruzen, observando la mirada de Orochimaru. Había un fuego en sus ojos muy peculiar, muy oscuro, algo que ni siquiera el Tercer Hokage podría entender, ¿ambición?

—Estuve estudiando... Aparentemente existió una vez un método para volver de la muerte. No es tan extraño, he escuchado que más allá del desierto existen civilizaciones que han perseguido el mismo fin, buscan piedras con poderes mágicos, crean elixires de la vida eterna y...

—Ya basta, ¿has estado hablando con Danzo de nueva cuenta? —lo amenazó Hiruzen con su pipa. Orochimaru no se inmutó.

—Él me comentó una vieja técnica del Segundo Hokage... —se acercó al extremo del balcón—. Se llamaba, Edo Tensei...

—... ¿Co...Cómo dices?

—Ahora es considerado un... Kinjutsu, —se asomó a los precipicios del Castillo del Hokage—, ¿no es irónico? Los ninjas se han enfrentado a la pena de la pérdida y la muerte por tantos años que incluso llegaron a desarrollar una técnica para ello, ¿acaso no se dan cuenta de que la solución a todo el dolor de este mundo...?

—¡Silencio! —Pisoteó Hiruzen—, ¡No se hablará más de eso! ¡¿Tienes acaso alguna idea de en qué te estás metiendo, Orochimaru?!

Un silencio incómodo se tendió entre ambos, maestro y pupilo.

—Vaya... Sí que es un viejo tonto.

Hiruzen castigó a Orochimaru. Lo puso a régimen de lechuga por dos semanas, tiempo por el que no vio el sol, aunque la lechuga le era más que suficiente y el sol siempre le creaba ulceraciones que se infectaban y sangraban, por lo que Orochimaru tuvo oportunidad para darle vueltas a sus ambiciones y reafirmarla con toda la fuerza de su frialdad.

Orochimaru regresó a la sombra de Danzo, que incentivaba su superlativa curiosidad y no ponía trabas morales a sus avances. Extasiado porque al fin sus recurrentes ideas, algunas tan perturbadoras que lo dejaban a él mismo sumido en el más profundo de los terror trasnochadores, encontraban provechoso asilo al fin y, ciego por la libertad de la que disponía, Orochimaru no pudo ni terminar de asombrarse ante el gran material de estudio e investigación al que tenía acceso ahora y quizás por ello nunca se percató en qué momento cruzó la invisible línea del insalvable no retorno. Tal vez fue cuando empezó a desenterrar cuerpos frescos una vez que la Segunda Guerra hubo concluida, o cuando realizó su primera de muchas peregrinaciones a la Cueva Ryuchi, donde conoció al Sabio de la Serpiente Blanca, una gigantesca Naga ornamentada con cadenas de oro, que despreció al Shinobi al primer vistazo pero lo reconoció como un digno heredero de la Profecía de Taka no Hebi al auscultar su ambición interna, con lo que le dio un extraño pergamino susurrante; o quizás fue cuando decidió dejar la Marca Maldita en el cuello de su devota pupila Anko Mitarashi, la entusiasmada muchachita que le seguía fascinada por la habilidad y el misterio que emanaba su sensei, y a la que botó en primera oportunidad, despreciando su entrega, sueños y valores, junto al cariño con el que acariciaba sus serpientes en entrenamientos desvelados e incluso el ofrecimiento de su cuerpo como nuevo contenedor de su alma inmortal si fuese necesario. Orochimaru estaba más cautivado por fuerzas mucho más superiores de la que pudiera profesar una chica mortal que ya no le ocultaba ningún secreto ni despertaba intriga alguna. Llegó a descubrir al fin el misterioso poder del Senjutsu, una sinergía que sincronizaba al usuario con las fuerzas de la naturaleza, y descubrió que el pueblo de los hombres serpientes del que desciende se encontraba en un permanente estado Sennin que solo había que incentivar para terminar de controlar cuotas obscenas de poder ninja.

Danzo, por su parte, veía un gran prospecto en el muchacho, capaz de otorgarle años sino es que décadas de ventajas técnicas a Konoha por sobre las demás Aldeas, pero por sobre todo, experimentaba un pequeño regocijo en el acto de robar y/o pervertir al alumno de su viejo amigo, tan singular y estremecedor que muchas veces se encontró a sí mismo ante el reflejo desigual e inaudito de su realización. Una caída de caballo había echado a perder su lado derecho, condenándolo a la asimetría y a cargar la parcial visión de su viejo amigo. Danzo, que nunca era de cabalgatas más que en sinfonías alemanas, asediado por una verruga experimental, fue recluyéndose de la vida pública y limitando sus apariciones a las meramente transcendentales, nunca ante más d personas, mientras se dedicaba a alimentar una suerte de leyenda extraña sobre el misterioso cargo del Kage de las Sombras, que no inventó, pero llevó hasta sus máximas expresiones, apenas opacada, intencionalmente, por la terrible leyenda negra de Orochimaru, que no solo atacó Konoha y luchó contra su maestro el Tercer Hokage, sino que se atrevió a utilizar el despreciable Jutsu Resurrección al Mundo Impuro en el Primer y Segundo Hokage, tratándolos como simples marionetas carentes de personalidad y con apenas, dicen, una fracción de su poder original.

Aquella técnica la descubrió en sus grandes inmersiones en las artes oscuras, navegando por mares de prohibiciones y medias verdades. De lo que tuvo que hacer Tobirama para desarrollar el Jutsu Resurrección al Mundo Impuro es mejor no hablar. Por respeto a su memoria, y por temor de contribuir con un interés malsano que dé pie a prácticas todavía peores, nos negamos a reproducir el método por el que el Segundo Hokage llegó a esa técnica maldita y consiguió dominarla, con todo los sacrificios y errores de por medio. Consideramos, al igual que ese antiguo Consejo de Clanes, que esta técnica está mejor en el olvido, sin tentar las nostalgias ni destruir las corduras. Por supuesto, Orochimaru no estaba de acuerdo con esto. Para él, «los Jutsus son para usarse y aquel que los usa con maestría es digno de ser llamado un Shinobi», y Orochimaru estaba dispuesto a ser el más grande del que se haya tenido constancia o sospecha. La guerra es un campo fértil para desarrollar sus investigaciones, conseguir materiales y ganar prestigio. No advirtió el lento deterioro de su mente, obligada a observar y procesar las penas que lo embargaban a diario, como la caída del joven Nawaki, un prospecto interesante, desbordante de energías naturales y deseoso por guerrear, el pequeño hermano por el que tanto lloró Tsunade al recibir de vuelta el collar de cristal que le regalara el día que lo curó de la Enfermedad del Árbol. Se creyó entonces listo para probar su técnica de forma seria, pero no se terminó de convencer. No porque el resultado podría acabar en peores términos, ciego o con disfasia, o no valiese la pena desde un punto de vista militar. Tampoco porque el cuerpo sirviese de gran probeta de esos venenos raros de los que cultivaba Hanzo, que lo fue, o porque fuese mejor sujeto de estudio con sus células quietecitas e intactas, que lo era, sino porque vio más productivo dejar al mundo obrar, endureciendo así el carácter de la Senju. Era un mejor regalo, consideraba, con una oscura esperanza. Al darle la noticia, aderezándola con reportes sobre una agonía lenta, Tsunade se quebró. Jiraiya, que permaneció al lado nuevamente, comprensivo y prestando el hombro (al menos hasta que Dan llegó, varios días después), no dijo nada esta vez, ni una sola de sus estupideces. Orochimaru pensó que su lección se había resbalado.

—Los humanos son seres tan frágiles.

—Somos, Orochimaru —habló Jiraiya, sin girarse—, los humanos somos así, Orochimaru... —pero el serpentario no vaciló lo más mínimo, apenas se retiró en silencio mientras Jiraiya observaba el terrible clima—, Nos espera un crudo invierno.