XV
Jiraiya se había convertido en un hombre derecho, de valores potentes, y aunque Hiruzen se lo acreditaba cada que podía, él sabía bien que todo se los debía a los sapitos de Myobokuzan. Por supuesto, no había renunciado a todos los gustos humanos, como las mujeres y la rabia.
—Mataré a Hanzo —le susurró Tsunade, con las lágrimas secas.
—Ese día llegará —confirmó Jiraiya.
Ese día llegó. Estaba nublado, como siempre. Esta vez el calor de encuentros anteriores había dado paso al gélido viento de la muerte campante. Sobre un santuario metálico oxidado esperaba Hanzo, en flor de loto. Jiraiya, Orochimaru y Tsunade esperaban a las 2, 6 y 10, a que la caída del senbo en medio de la lluvia dictase la acción. Inició. Hanzo rápidamente dispuso un sello: era una bolsa de veneno de Salamandra que se volatilizaba al contacto con el aire, liberando una gigantesca nube de gas.
—¡Veneno!
Los 3 de Konoha apartaron. Orochimaru disparó un Jutsu de Fuego Gran Bola de Fuego, contrarrestando con las llamas y el humo la expansión del gas. "Listo, pero pierde potencia por la lluvia" pensó Hanzo, mientras Tsunade hacía aparece una gran raíz de trébol. "¡Jutsu de la Hoja, Remolino Trébol!" y generó una poderosa ventisca que empujo el gas y avivó las llamas contra el Amekage.
—¡Hace falta mucho más!
Hanzo corrió un pergamino que guardaba docenas y docenas de Kunais con papeles bombas, que se elevaron en la lluvia y descendieron hacia los ninjas, explosionando en el acto, levantando un gran desastre de polvo y escombros.
—¡Jutsu Secreto, Lluvia de Espinas! —sin preverlo, Hanzo recibió un acribillamiento de agujas, que eran en realidad cabello endurecido con Chakra.
Jiraiya observó mientras se dispersaba la nube venenosa, pero solo vio un paraguas negro metálico extendido, con gran cantidad de sus espinas clavadas. Hanzo ya no estaba detrás. ¡Atacaba por la derecha! Jiraiya se defendió de la gran Hoz del Amekage interponiendo su Kunai, pero el impacto lo hizo retroceder y la hoja sí que se hundió en su brazo.
—Es tu fin...
Jiraiya se deshizo en un chorro de agua. "¡Le quité los ojos de encima solo un segundo!", de pronto, una fría mano sujetaba su tobillo. Salía de la tierra, era el Jutsu de Cazador Subterráneo, y pronto Orochimaru asomó la cabeza, abriendo las fauces y mostrando los colmillos venenosos.
—¡Iluso! —lo atravesó, pero se trataba de una serpiente transformada, pero en su sombra ¡Jutsu de Sombra Serpiente! Emergió Orochimaru como una proyección fantasma directamente al cuello de Hanzo, que le cortó con la Hoz en todo el estómago para que se retirara. "Ya veo, él es inmune... Bueno, no es el único". Hanzo incrementó la distancia, pero el suelo a sus pies se convirtió en grumos, una suerte de viscosidad amarillenta que empezó a engullirlo. Era el Jutsu de Ciénaga Trampa, bien enseñado por los sapos—, ¿y ahora?
—¡Muere, maldito!
Tsunade atravesó todo el campo con un salto impulsada por ramas elásticas, directamente yendo hacia Hanzo, disponiendo todo el puño cerrado para destrozarlo. Ni lo vio venir, el golpe le dio de lleno y destruyó su máscara.
—¿Lo conseguimos? —interrogó Jiraiya saliendo de una grieta.
—No...¡Espera! —Orochimaru pudo darse cuenta al morderlo.
Hanzo estalló. Era una suerte de muñeco de goma relleno de un tinte púrpura, y Tsunade lo hubiera aspirado y hasta bebido si Jiraiya no la sacaba de allí con el Jutsu Gran Lengua de Sapo.
—Todo este tiempo... ¿un clon? —se cuestionó Tsunade.
—Impresionante, ninjas de la Hoja —Hanzo estaba todavía más arriba, en las barandillas metálicas del único tramo de puente que se sostenía—, pero esto recién comienza.
Realizó una invocación. Apareció bajo él una gigantesca Salamandra rojiza, que sudaba una toxina mortal y cuya boca guardaba poderosas pestes. Era Ibuse, su más letal arma y más cercana confidente. Los Ninjas entendieron que esto era el todo por el todo, y cada uno realizó su propia invocación, Jiraiya trajo al Gran Jefe Sapo Gamabunta, rudo y gruñón hasta el fin, un gran espadachín y sigue fumando; Tsunade a Katsuyu, gigantesca y babosa, curandera milagrosa, que era distinta a la que cargase ese día que descubrió el Senjutsu pero de alguna forma era la misma, y finalmente Orochimaru hizo aparecer a la maligna Manda, cruel y sádica, que exigía como pago 100 jugosos cuerpos que poder engullir.
—Silencio, Manda. Esto es algo serio —decretó Gamabunta.
—Sí, ya veo. Cuando acabe con Ibuse, seguirás tú, Gama.
—Quisiera ver lo que intentaras, serpiente asquerosa ¡y tonta!
—Cállense los dos, o patearé sus traseros de vuelta al Mundo Espiritual.
El trio de invocadores intercambiaba miradas incómodas, y luego se dispusieron para la batalla. Cuando esta amainó, Hanzo les dedicó una larga mirada a esos Shinobis que ya apenas se sostenían apoyándose entre sí.
—Konoha ganará esta guerra —decretó desde su cima.
—¿Qué fue lo que dijo? —preguntó Tsunade.
—No sé, es difícil escucharlo a esta distancia y con esta lluvia, además que con esa cosa en la cara no se le entiende nada... —respondió Jiraiya, fastidiado por el tobillo torcido que había frustrado sus planes.
—Hay ocasiones en las que la Victoria significa una Maldición —prosiguió Hanzo, recorriendo los salones de su mente—. Konoha caerá ante el peso de sus glorias, los fantasmas de los vencidos rondarán y atormentarán a las generaciones venideras, sí. Yo creo firmemente que alcanzaremos un reino de paz, estamos cada vez más cerca, y esta terrible masacre, este inmenso dolor que hemos dejado en la tierra, servirá como recordatorio eterno a las futuras generaciones. Una desgracia así... jamás se repetirá —concluía, alcanzando la tranquilidad en su respiración, estirando el cuello todo regocijado.
Al controlar los caminos de tierra y agua, junto al casi monopolio sobre la producción del acero, Amegakure dominó esta guerra. Hanzo tuvo a los países bailando sobre su mano a cambio de usar su territorio como campo de prueba de mortíferos Jutsus desarrollados en época de paz pero mal perfeccionados con las prisas de guerra. Devastó su país, a cambio de controlar los corazones de sus enemigos. Volvió hacia los Shinobis, todavía dispuestos a batírsela contra el Amekage, aun en sus lastimeras condiciones.
—Esto me recuerda una vieja leyenda... —pensó en voz alta Hanzo—, ¡Listo! ustedes tres, por haberme sobrevivido, serán conocidos desde hoy como Los 3 Sannins Legendarios y esparciré su leyenda.
Sobrevivieron y retornaron, imbuidos de un prestigio impresionante. Tsunade, la última Princesa Senju, la gran reformadora médica, inventora de medio centenar de procedimientos de curación –la mayoría importados, claro, pero siendo ella la primera en importarlos- y actualizados gracias a su amplia gama de Jutsu Médico. Orochimaru, el gran Serpentario, que dispuso estrategias que reordenaron la realidad misma, dirigió misiones de logros inauditos y por supuesto, no vaciló ni un segundo con respecto a los implacables asaltos que cogieron a los enemigos de Suna, Iwa y Ame con los pantalones abajo y los hicieron correr como chinchillas ciegas. Y Jiraiya, el gran guerrero Maestro de los Sapos, que luchó con un valor intachable que su torpeza no pudo opacar, que siempre mantuvo los ánimos altos con buenos chascarrillos o al ser vapuleado tras ser sorprendido por las rabonas del pueblo cuando les espiaba mientras se lavaban los pies en el riachuelo, pero aun así fue gracias a él que escaparon de emboscadas inauditas, salvando vidas propias y ajenas y demostrando poder y manejo que nadie jamás sospechó. Congraciados con un título nunca escrito, los Sannins se dispusieron a regresar a su hogar, dejando por fin esa triste tierra, pero en la última tarde, bajo el último toldo levantado, se les acercó un trío de niños malnutridos que se ocultaban en escafandras holgadas con grandes cascos de lentes rajados.
Les exigieron comida, y Jiraiya les ofreció sus últimas galletas.
—Esto es la guerra, después de todo... —dijo, ya solo—, pero esto somos nosotros...
