XVI
El primero de los chicos tenía una cara redonda, un cabello trinchudo de naranja brioso y se le encendían potentes los ojos mientras exigía comida alegando algún tipo de responsabilidad a los Shinobis de Konoha. Estaba también una muchacha de corto cabello azul marino, que aconsejaba con su temblorosa voz pedir las cosas amablemente, y ponía los ojitos tristes pero lindos, como llenos de sueños vencidos pero aún latientes. El tercero era un niño muy delicado, carilargo, que escondía sus ideas y facciones bajo mechones rojizos encarnados, sin destacar más de la cuenta. Aun cuando Jiraiya les dio su última ración de galletas, tal vez conmovido por esos enclenques miserables, los niños les siguieron hasta más o menos la mitad del puente en la frontera, cuando Tsunade, ciertamente fastidiada, se giró y los amenazó con degollarlos.
Ellos retrocedieron, preparados para el conflicto.
Jiraiya la apaciguó, pero Orochimaru racionalizó su fastidio.
—Estos niños seguro que no sobrevivirán al fin de semana. De hacerlo, les tocará crecer en un país lleno de carencias y vacío de oportunidades.
—¡Está así porque así lo han dejado ustedes! —gritó el primero de los niños—, malditos Shinobis de Konoha, malditos...
—¿Ves, Jiraiya? —Inquirió Orochimaru—, no vale la pena dejarlos vivos.
—Si es así, que así sea —soltó Jiraiya, terminando de confirmar las malas sospechas de los niños—, pero ahora que lo pienso, tampoco vale la pena matarlos, cielos, ¿quién se mancharía con la sangre de estos miserables? Seguro que hasta es difícil de limpiar...
—¡Pues échele candela! —gritó el primero, pero la niña lo detuvo.
—Niños... ¿Dónde están sus padres? —interrogó Tsunade con los primeros signos de una voz gruesa y fuerte.
—¿Dónde más van a estar? ¡Muertos! —gritó el niño de la voz cantante, antes de ocultar el rostro con el antebrazo, brotándose incontenibles lágrimas.
—Nuestros padres murieron en los combates —hablaba la niña—, ellos eran ninjas... murieron luchando por la Aldea, ellos...
—¡Fueron asesinados por ninjas de Konoha! —volvió el primero.
—Ya veo... —Jiraiya recorrió los rostros de ese trío infantil que arremolinaba dolor y rabia, pero también algo que se podía asemejar a la esperanza—, niños... sus padres fueron héroes, quiero que lo sepan.
—Pues lo dudo mucho —declaró Tsunade—, ¿qué héroes puede tener una nación tan derrotada y humillada? No les queda una pisca de honor...
La niña agachó la cabeza, dolida por las palabras de la Senju.
—Tsunade —se fastidió Jiraiya.
—Aun así... —volvió la niña—, Nos levantaremos, reconstruiremos nuestro hogar, ¡salvaremos nuestra Aldea!
—En ese caso —volvió a hablar Orochimaru, que había expectado la situación desde una parcialidad inquietante—, lo mejor será ciertamente asesinarlos. Si crecen, buscarán venganza contra Konoha. Es mejor ahogar a las amenazas desde la cuna.
—Basta, Orochimaru —se puso de pie Jiraiya— estos niños...
—¡Nos vengaremos, que lo sepan! —Gritó el primero de los niños, señalándoles con los dedos—, ¡todos los que han humillado a Ame recibirán su merecido!
Los Sannins observaron desde una altura oscurecida por la lluvia. El niño se mantuvo firme, la niña, igual de firme, dejaba ver un poco más su tembladera, mientras el tercero se mantenía en un absoluto silencio.
—¿Qué hay de ti? —Señaló Jiraiya al último niño—, ¿hablas de vez en cuando? Anda, dinos, ¿cuál es tu sueño, niño?
El niño no respondió.
—Vaya...
—Poder.
Lo dijo bajo, pero firmemente llegó hasta los oídos de todos.
—Mi objetivo es obtener un gran poder, llegar a ser el ninja más poderoso de todos y entonces... —los Sannins observaban, suspicaces, algo decepcionado Jiraiya, con un interés perverso Orochimaru, con una rabia vengativa Tsunade—, entonces, traerá la Paz al Mundo Ninja.
Un relámpago partió la noche, iluminando las tres mitades izquierdas de los rostros infantiles, dotándolos de un aura intensa.
—¿La paz, dice? —se sonrió Orochimaru.
—Un sueño de niño —afirmó Tsunade.
—Está bien —dijo Jiraiya—, escuchen, Orochimaru, Tsunade. Voy a quedarme con estos niños. Los entrenaré y los convertiré en Shinobis.
Los rostros de los niños se iluminaron, entusiastas.
—¿Qué? ¿Estás loco? —Le recriminó Tsunade.
—¿Loco? Ya antes me has llamado así, así que... quizás.
—¿Qué es lo que pretendes, Jiraiya? —preguntó Orochimaru.
—Bueno... en realidad no lo sé, quizás —se rio, relajado— quizás busco hacer una buena acción por un pueblo al que le hemos causado gran sufrimiento, aunque sea indirectamente, ya sabes, como enmendar algo...
Jiraiya le dedicó una rápida mirada a Orochimaru, y este de inmediato entendió lo que ocurría. Encargarse del entrenamiento de estos muchachos, aunque no fueran a tener algún talento, podría ser una buena oportunidad para infiltrar ninjas de Ame, no solo neutralizando el deseo de venganza de estos sino ganando aliados potencialmente útiles. Decidió dejarlo ser.
—¿Por eso? —Tsunade se indignó—, ¿un sentimiento de culpa sacado de ningún lado? No seas ridículo, Jiraiya...
—Sí, qué raro, ¿no? —Se burla el melenudo—, de todas formas, Tsunade, que sepas que no dejaré que le hagas nada a estos niños... De ninguna manera permitiría que te mancharas las manos otra vez...
Tsunade sintió un pequeño vuelco, como si destrenzaran un grueso nudo dentro de ella.
—Bien, como sea, no tenía ninguna intención de hacerles nada...
—Bien —aplaudió Jiraiya—, me quedaré con ellos. Ustedes pueden volver a Konoha ya. Ya yo les daré el alcance cuando pueda.
Tardó casi 3 años en volver, pero cuando lo hizo, dejó detrás a 3 vigorosos y resaltantes adolescentes con perfecto control de sus elementos y una idea más o menos clara de su futuro, aunque admite que no esperaba ni la mitad de eso cuando se quedó solo con esos chiquillos buscando dónde refugiarse de esa sempiterna lluvia. Al primer minuto descubrió el noble corazón de la astuta Konan, la niña peli azul, que le regaló una flor de loto hecha con el papel que envolvía las galletas; el entusiasmo sin igual de Nagato, el trinchudo anaranjado, que no acababan de secarse y ya exigía iniciar los entrenamientos; y dejando para el final al sensible pero sincero Yahiko, el introvertido soñador, difícil de conocer, fácil de querer. Fue lo entrañable de estos chicos lo que convirtió una estancia originalmente pensada de 6 meses en una de poco más de 34 meses llenos de arduo entrenamiento, aunque no es falso que muchas veces lo sacaban de quicio, ya que descubrieron sus puntos débiles, y más tarde, las zonas sensibles de su corazón por donde era mejor ir de puntillas.
—Tsunade no es tan mala, sí, intimida un montón, pero es como una cebolla, ¿saben? Te puede hacer llorar, pero tienes que pelarla, no rendirte, llegar hasta el final, ah... Vaya... —cosas así solía soltar Jiraiya cuando se le pasaban las copas de sake—, Tsunade, Tsunade, gran luna silenciosa, dime qué quieres, dime qué deseas...
Y cuando se despertaba tenía el rostro pintado como de gatos y pollos, y como no había más espejos que los de los charcos sucios, Jiraiya llevaba el entrenamiento sospechando de las risas aguantadas de sus alumnos. Cuando se enteraba, que eran las menos de las veces, los premiaba por su sigilo con el doble de entrenamiento. Araban las tierras con las manos, llevaban cargamentos de construcción para los que eran necesarios equipos enteros, meditaban, o intentaban, haciendo equilibrismo sobre los picos de los ríos, resistiendo los golpes de tormenta. Jiraiya era un maestro muy práctico. De niño aprendió a las malas, pensaba que los niños tenían que pasar por su propio proceso de frustración para apreciar la dedicación. No esperó que los muchachos tuvieran verdadero talento, tanto que pronto hubieron sobrepasado al maestro, descubierto y manejado su elemento y hasta innovando en técnicas que dejaban visco al Sannin.
Pero por lo general la pasaban bastante bien, viviendo de las latas de conserva que sobraban en las tiendas luego de ayudarles a descargar y repartir, y los viernes tenían presentación en la placita, donde Konan maravillaba con el vuelo de sus pajaritos de papel y Nagato dejaba alucinados con sus altas muestras de artes marciales y Jutsus de Agua, como el Dragón Marino, su favorito, mientras Yahiko recogía las donaciones que luego eran donadas a los niños pobres que no eran ninjas, quedándose ellos igualmente pobres. Tras un año, Jiraiya vio realizada la primera adaptación de una de sus obras adolescentes, una suerte de drama mitológico en un Reino de Ranas y Sapos, que aunque muy rebajada de tono y cortadas las mejores partes, resultó en una puesta en escena muy simpática, donde Konan interpretó todos los papeles femeninos y Yahiko se encargó de los efectos especiales, cosa que encantó al chanchullo y la cabra melera que hacían de público, cosa que a su vez llenó de ilusión el corazón del buen Jiraiya, que no evitó ver el fastidio de Nagato ante un niño que lloraba ante su madre por una paleta sucia. Tras eso, iban a jugar Mojados al descampado lodoso, con una pelota llena de agua arremolinada con Chakra. Luego, tomaban una sopa de betarragas acurrucados al lado de la vieja caldera, y Jiraiya les contaba historias que consideraba épica pero que ellos encontraban inconsistentes e involuntariamente cómicas.
Jiraiya, que tenía comezón en el pie, descubrió a Nagato viendo por la ventana, hacia un horizonte difuso.
—Nunca has hablado de tus padres, Nagato —comentó Jiraiya, viendo el techo—, ¿no te gustaría recordarlos de alguna forma?
—Este es el mundo Ninja... —dijo Nagato, y Jiraiya pudo detectar su rabia contenida—, ¿Cómo sabes quién es tu papá? Porque tu mamá te dijo.
—Vaya... —respiró relajado Jiraiya—, yo solía pensar como tú. No me interesaba saber sobre ellos o recordarlos. En realidad, pienso que nuestro pasado no debería definir nuestras vidas, solo el futuro importa...
Jiraiya no sabe cuándo empezó a tomarles cariño, pero pronto se vio tratándolos como los hijos que nunca tuvo o tendría, casi olvidándose de ese impulso intenso y secreto de intentar encontrar al Niño de la Profecía en esa triada de huérfanos, y ciertamente encontrándolos talentosos y sinceros, no terminó de determinar si algo en ellos los haría dignos de salvar o destruir el Mundo Ninja o serían niños soñadores, como los que suelen morir jóvenes, apenas destetados, sin su primera afeitada.
Cuando Jiraiya volvió a Konoha dejó a tres muchachitos vigorosos, llenos de futuro. Muchas cosas habían cambiado en la Aldea, muchos niños habían al fin empezado a enfilar sus rostros y muchos ancianos habían desaparecido en el silencio de su muerte, dejando apenas una imagen espectral tenue que duró lo que tuvo que durar para Jiraiya pudiese despedirse. Tras quitarse la mochila y estirar los pies, le llegó al oído la noticia, que había estado persiguiéndolo todo el camino, de la muerte de sus jóvenes pupilos. Tomó ron puro toda una tarde, cantando con su voz grumosa temas de sapitos, y fue así como lo encontró Hiruzen.
—Parece que la vida da vueltas —dijo el Hokage sin asomar cabeza—, ganamos una guerra, pero mírate, parece que te quedaste con todas las consecuencias para ti solo.
—Oye, Hiruzen... ¿por qué no te relajas? Ven, yo invito.
—Uhm... Bueno.
Estuvieron compartiendo copa y pena por un rato, hasta que el sol se retiró cansado de calentar y la luna surgió como vengativa.
—Siempre me he preguntado por qué siempre estamos inmersos en guerras y muertes —Jiraiya vio el eco de su reflejo en el ron—, pareciera un ciclo infinito de dolor...
—Ah, ¿sí? —Hiruzen siempre había pensado que Jiraiya era demasiado filosófico para su propio bien, y para el bien de Konoha misma—, por cierto, Jiraiya, hay un muchacho que me gustaría que entrenaras... Se llama Minato, es hijo de un buen amigo, pero tiene talento.
