El Castel Nuovo.
—… en esa torre que se ve allá, por ejemplo, se libró la batalla de Agostino, el Invencible. Y creo que en el puerto que está al norte, fue donde los ogros tomaron posesión de la isla en 1256…
— ¡Vaya! —exclamó Albus, aburrido.
La Isla de Capri en Italia era un lugar muy concurrido por la comunidad mágica, gracias a sus diversos puntos de interés histórico. Era por eso que Rose había insistido en que no solo no podían arriesgarse a presentarse con sus nombres reales, sino que además debían cambiar su apariencia con la poción multijugos que Albus se había robado de la Academia de Aurores, solo para estar seguros de que ninguno de los magos que rondaba por ahí pudiera reconocerlos.
Casi después de aparecerse en el oscuro callejón en donde la familia Malfoy solía hacerlo cuando viajaba a ese lugar, Scorpius había ido a buscar algunos cabellos que pudieran serles de utilidad. Mientras, Albus intentaba realizar un hechizo de extensión indetectable para únicamente cargar una mochila de viaje, lo cual había resultado increíblemente sencillo con la ayuda de su prima.
— ¡Oh, desde aquí se puede ver la Certosa di San Giacomo! —exclamó Rose observando el horizonte. Parecía una niña pequeña en su primer viaje a la feria—. ¡Hubiera sido maravilloso visitar este lugar en otras circunstancias! ¡Hay tantas cosas por ver! ¡Ojalá que la primera visita del Programa Nacional de Investigación Histórica de la Magia hubiese sido aquí! Aunque, Alejandría tampoco se queda atrás…
—Ve el lado bueno —Albus se encogió de hombros—. Si no hubieses ido a Alejandría, no habrías encontrado el pergamino que habla sobre el Aurea Pergamena. Por cierto, ¿alguien más sabe que leíste eso?
—No, entré sin que nadie me viera. Estaba prohibido, ya te lo había dicho —dijo Rose asomando la cabeza fuera del callejón.
—Ya, pero pensé que tal vez tu novio sabía algo. Después de todo, casi no se te despegaba.
—No, a Ned no le hubiera gustado lo que hice —explicó Rose—. Para él, nada justifica el quebrantar una regla.
—Oh, suena como una relación muy emocionante —comentó Albus soltando una risita. Su prima soltó un bufido de exasperación—. Por cierto, ¿dónde piensa que estás ahora?
—Donde sea que nuestros padres le hayan inventado.
— ¿No le dijiste nada?
— ¿Querías que lo hiciera? —preguntó Rose arqueando las cejas—. No tenía por qué involucrarlo. Además, está bien. Ambos necesitábamos un respiro.
— ¿Otro respiro? ¿Te das cuenta de que te has tomado respiros con ese idiota desde que tenías trece años? —Albus se cruzó de brazos—. Lo que deberías hacer es mandarlo a…
—Bueno, ¿y donde piensa Lizza que estás ahora? —lo interrumpió Rose frunciendo el ceño. Albus desvió la vista—. Tampoco le dijiste, ¿verdad?
—Iba a hacerlo —dijo Albus sintiendo una punzada en el estómago.
Mereces a alguien mejor que yo, Albus. Eres un Potter.
Recordaba con claridad el tono de su voz, acompañado por esa mirada fría que no sabía que tenía. ¿Qué demonios había pasado esa noche? Albus aún no lo entendía. ¡Él estaba dispuesto a explicarle todo! ¡Iba a contarle absolutamente todo! No comprendía cómo es que las cosas habían terminado tan mal. Los días en los que Lizza y él se reunían para comer, ahora le parecían demasiado lejanos. Le hubiera gustado pasar más tiempo con ella…
Seguramente Rose notó que su expresión había cambiado y decidió no tocar el tema por el momento, porque volvió a asomar la cabeza fuera del callejón y dijo:
—Malfoy ya se demoró.
—Debe estar por llegar.
— ¿Confías en él, Al? —preguntó su prima de repente.
—Si —dijo el muchacho con seguridad.
— ¿De verdad?
—Confió en él tanto como en ti.
—Está bien, entonces —Rose se encogió de hombros.
—Tú no lo conoces, Rosie.
—Sé que se preocupa por ti —admitió ella soltando un suspiro—. Cuando aún creías que todo esto eran puras patrañas, ¿te acuerdas? Fue él quien me buscó para que le explicara mejor todo el asunto y también fue él quien me recordó que tú seguías soñando con el día en el que atrapamos a Lodge, pero… —volvió a suspirar—.Lo conté lo del Aurea Pergamena porque él también estuvo ahí la noche en la que tocaste la daga, pero… No lo sé. No quiero equivocarme.
—Confió en él —reiteró Albus mirando a su prima con severidad—. Tal vez no lo tragues, pero yo confió en él.
—No es que no lo trague…
— ¡Aquí están! —exclamó Scorpius entrando al callejón y bajándose la capucha del jersey. Tenía en las manos tres pequeños recipientes, cada uno con un mechón de cabello de diferente color—. Siento la tardanza, pero tuve que buscar a muggles que ya estuvieran saliendo de la isla, para evitar confusiones y eso.
—Bien —dijo Rose tomando los recipientes y acomodando la poción (que ya tenían fuera) en tres vasos de plástico.
—Ese es el de la chica —dijo Scorpius señalando el recipiente que Rose tenía en la mano izquierda—. Solo para que sepas. No querrás que tu anatomía cambie demasiado.
La muchacha rodó los ojos y siguió preparando la poción. Unos segundos después, le entregó a cada uno un vaso de plástico. Albus hizo una mueca al notar el líquido color rojo oscuro que tenía enfrente.
—Tengo que confesar que nunca he probado la poción multijugos —dijo Scorpius arrugando la nariz.
—Yo tampoco.
—Ni yo.
Los tres se miraron y soltaron un suspiro de resignación.
—Ahora —indicó Rose llevándose el vaso a los labios. Los dos muchachos hicieron lo mismo.
El espeso líquido resbaló por su garganta y Albus sintió como si se hubiera tragado serpientes vivas que comenzaban a retorcerse en su estómago con violencia. Un sabor parecido a carne seca inundó su paladar y luego todo comenzó a quemarle. Cerró los ojos y apretó los puños, intentando calmar el dolor, pero luego, éste se fue tan rápido como había llegado.
— ¿Todo bien? —preguntó una voz áspera a su lado. Albus abrió los ojos y descubrió a un muchacho de cabello castaño y largo hasta los hombros que llevaba puesta la ropa de Scorpius.
Rápidamente se acercó a una ventana rota que estaba en uno de los muros del callejón. Un par de ojos enormes y oscuros le devolvieron la mirada. Se había vuelto más bajo, más moreno y mechones de cabello rizado le hacían cosquillas en la frente.
—Bueno, ya está —dijo una voz chillona. Albus se volvió y descubrió a una muchacha muy bajita, flacucha y de cabello corto parada donde hasta hace un momento estaba Rose—. Funcionó. Ahora, hay que ir a la Grotta Azzurra. Te seguimos, Malfoy.
—No me llames así —dijo Scorpius mientras los tres salían juntos del callejón—. Recuerda que ya no somos nosotros.
Los muggles que visitaban la Isla de Capri creían que el resplandor azulado que había en las aguas de la Grotta Azzurra (o "Gruta Azul") se debía a la piedra caliza que reposaba bajo del mar; sin embargo, las personas que poseían magia sabían que ese lugar había sido encantado hace muchísimos años por Tiberio, el único emperador romano con magia y uno de los peores en la historia (al ser amenazado por otros magos, se había escondido en esa isla y su lugar favorito para descansar habían sido esas grutas).
Al igual que la tumba de Merlín, esa zona era visitada tanto por turistas muggles, como por magos que disfrutaban de sus vacaciones y debían fingir normalidad para no quebrantar el Estatuto Internacional del Secreto Mágico.
Luego de unos minutos de caminata silenciosa, los tres llegaron a un pequeño puerto y se formaron detrás de una multitud. Algunos tenían cámaras fotográficas y mapas desplegados, mientras una mujer con un megáfono gritaba delante de todos.
— ¡Por favor, necesito que me escuchen! Ahora, las personas que buscan la Certosa di San Giacomo, por favor vayan con mi compañero —señaló a un hombre robusto que agitaba las manos desde el otro extremo del puerto—. Los que quieran visitar la Grotta Azzurra, formen una fila. Iré acomodándolos en los botes, ¿de acuerdo?
Avanzaron por la hilera de personas hasta que la mujer les indicó un bote en el cual podían subir. Otras tres personas iban con ellos, incluyendo al encargado de utilizar los remos. A unos metros de distancia se podía observar la cueva a donde entrarían, destilando pequeños destellos en sus muros gracias al reflejo del mar.
—Oh, mira la estructura —murmuró Rose emocionada—. Aun se pueden ver rastros de los hechizos que utilizaban para atacar a Tiberio, ¿ves esas marcas entre las piedras, Al? Es impresionante.
Tuvieron que inclinarse para poder entrar, ya que el arco de piedra por donde los botes pasaban era muy pequeño. Una vez dentro, Albus tuvo que parpadear varias veces para acostumbrarse al resplandor azulado que emanaba de las aguas.
—Es un encantamiento muy poderoso —Rose se pegó a él para que nadie más pudiera oírla—. Poderoso, en verdad.
—No quisiera interrumpir tu emoción —susurró Scorpius acercándose—. Pero, no estamos aquí por una excursión.
—Ya lo sé. Únicamente decía que…
— ¿Pueden prestarme atención, por favor? —exclamó la mujer del megáfono desde otro bote. Se había levantado y miraba a todos con una sonrisa fingida—. Bueno, este es el interior de la Grotta Azzurra. Las aguas tienen este característico tono azulado debido a la piedra caliza que hay debajo. En este lugar fue donde los antiguos emperadores romanos descansaban, la leyenda cuenta que utilizaban estas aguas como…
— ¿Ven algo? —preguntó Albus en voz baja. No le parecía que hubiese nada en ese lugar salvo rocas.
Lo cuidaré por ti. Tú el más grande de los magos, con el final más injusto, reposas aquí. Yo sé que no soy digno, pero me dedicaré a cuidar lo que he encontrado. Las cuevas iluminadas por el resplandor azul. Esa será su nueva fortaleza. Descansa en paz, Merlín.
La pista que habían encontrado en la tumba de Merlín no era de mucha ayuda, pero por el momento, era lo único que tenían. Aunque Albus no alcanzaba a entender cómo es que al tal rey Alfonso V de Aragón se le había ocurrido guardar una parte del Aurea Pergamena en un lugar que tanto muggles como magos conocían. No tenía sentido.
—Disculpe, señorita —dijo Rose alzando la mano, como si estuviera en una clase. La mujer del megáfono volteó a verla con una mueca de fastidio—. ¿El rey Alfonso V de Aragón solía visitar este lugar?
—La mayoría de los reyes que residieron en Italia solían venir aquí, por supuesto —respondió—. Este lugar siempre ha sido muy importante para la comunidad…
—Pero, ¿en especial Alfonso V de Aragón? —Rose volvió a alzar la mano—. ¿Sabe si él solía pasar tiempo aquí o…?
—Bueno, estaba a punto de explicar eso, señorita —comentó la mujer mirándola con desagrado. Parecía que no le gustaba la idea de que una turista la interrumpiera—. En un momento pasaremos por el último muro de piedra, donde varios de los reyes y también emperadores romanos grabaron inscripciones sobre las rocas. Ahí están las firmas del emperador Augusto, Vitelio, el rey Alfonso V de Aragón —añadió mientras fijaba sus ojos en Rose—, el rey Hugo de Arlés, Otón III…
—Creí que debíamos ser lo más discretos posibles —dijo Scorpius entre dientes—. ¿Por qué no le preguntas también si sabe dónde está el Aurea Pergamena, eh?
— ¡Solo estoy tratando de ayudar! —dijo Rose subiendo la voz. Albus le dio un golpecito en el hombro—. Ya, lo siento. Pero, es que él…
—Aquí está el último muro de la cueva —anunció la mujer del megáfono. Albus estiró el cuello para ver mejor. A pocos metros de distancia, un muro de piedra lleno de símbolos extraños parecía brillar con el reflejo del agua.
—No nos dejará bajar a revisar —dijo Albus torciendo la boca. La mujer seguía proporcionándoles datos históricos a los turistas mientras el encargado de los remos intentaba dar la vuelta—. Y si hay alguna inscripción en ese muro que pertenece al rey o al Aurea Pergamena…
—Entonces, yo solo espero que todos aquí sepan nadar —murmuró Scorpius torciendo una sonrisa.
Albus ni siquiera supo en que momento su amigo había sacado la varita, pero casi un segundo después de pronunciar esas palabras, su bote comenzó a llenarse de agua. Las personas que estaban con ellos comenzaron a gritar y Rose le dirigió una mirada escandalizada. Pronto se vieron inundados y Albus cayó al agua azulada, percibiendo el sabor salado del mar en los labios. Nadó hasta el muro, ignorando el alboroto que se estaba desarrollando detrás de él. Rose y Scorpius lo siguieron.
—Rápido —murmuró ella observando cómo entre la mujer del megáfono y los hombres de los remos intentaban subir a los turistas caídos en los otros botes.
— ¡Très haut et très excellent et très puissant! —exclamó Scorpius salpicando agua al señalar el borde del muro—. ¡El lema en el escudo del rey Alfonso!
Albus hizo caso omiso a las réplicas de la mujer del megáfono. Se apoyó en el delgado borde de piedra que había bajo el muro y subió. Su vista viajó de un lado a otro con rapidez, desde la inscripción en la que se leía el lema del rey hasta los demás símbolos extraños y frases en idiomas que él no alcanzaba a entender, pero no había nada que se pareciera al símbolo del Aurea Pergamena…
— ¡He dicho que bajes de ahí, muchacho! —exclamó la mujer. Los hombres de los remos ya habían arrastrado a Rose y a Scorpius a otro bote.
Y entonces, algo llamó su atención.
No era una inscripción. Era un hueco, el único en el muro, justo debajo del lema del rey. Se había desprendido una de las rocas, dejando un espacio profundo en el que se reflejaban los destellos azulados del mar. Pero, su contorno no estaba erosionado como todo lo demás, era como si alguien hubiese sacado limpiamente la roca que faltaba… Como si alguien la hubiese sacado limpiamente con un encantamiento.
Albus se inclinó para verlo mejor. Estaba vació, pero dentro había una pequeña, casi imperceptible inscripción: una torre al lado de las letras "F" y "L".
De pronto, tiraron del cuello de su chaqueta y volvió a caer al agua. Uno de los hombres que manejaban los remos había ido por él e intentaba guiarlo hasta el bote en donde estaban Rose y Scorpius junto a los demás turistas.
— ¡Lo siento tanto! —exclamó la mujer del megáfono a la multitud—. Me temo que tenemos que regresar, solo para asegurarnos de que no haya más problemas con los botes.
Llegaron al puerto nuevamente, escuchando las quejas de los turistas y las disculpas de la mujer. Albus bajó del bote rápidamente y se hincó en la arena, para poder dibujar la inscripción antes de que ésta se borrara de su memoria.
— ¿Qué es eso? —preguntó Rose acercándose a él junto con Scorpius.
—Estaba ahí, en el hueco —explicó Albus con voz atropellada—. No sé, pero…
Su prima le dio la espalda y le pidió a un anciano que estaba junto a ellos un bolígrafo. Pronto, trazó la torre y las letras en la palma de su mano, luego se dirigió a la mujer del megáfono.
—Disculpe, este símbolo, ¿sabe qué significa?
— ¡Oh, niña! El paseo ha terminado, ¿de acuerdo? —replicó ella, molesta.
—Solo quiero que me diga qué significa este símbolo, por favor —dijo Rose apurada. Albus y Scorpius se pusieron de su lado, mirando expectantes a la mujer. Ella rodó los ojos y se fijó en lo que Rose estaba mostrándole.
—Es la marca que usaba el escultor Francesco Laurana en todas sus obras. Era su sello.
— ¿Un escultor? —preguntó Rose mordiéndose el labio. Albus casi podía sentir la velocidad con la que su prima estaba pensando, intentando recordar algún dato sobre ese hombre.
— ¡Por el amor de Dios, niña! —exclamó la mujer frunciendo el ceño—. Fue uno de los más importantes escultores en Europa. Él construyó las esculturas en las catedrales de Palermo y Noto, la tumba de Giovanni Cossa, estuvo a cargo de la remodelación del Castel Nuovo en Nápoles…
— ¿El Castel Nuovo? —Rose abrió los ojos como platos—. ¡Ahí vivió el rey Alfonso V de Aragón!
— ¡Oh! Sabes un poco de historia, al menos —comentó la mujer y torciendo la boca, se alejó de ellos.
— ¡Ahí es! —Rose se volvió hacia los otros dos, emocionada.
—Ve más despacio que estoy completamente perdido —dijo Scorpius mientras se sacudía el largo cabello castaño—. ¿Cómo es que hará este tipo para secarse el cabello?
—El rey Alfonso probablemente si escondió la parte que encontró ahí, en la Grotta Azzurra, tal como nosotros lo habíamos pensado…
— ¿Nosotros? —Scorpius arqueó las cejas.
—… pero, con el tiempo probablemente se arrepintió de haberlo hecho —continuó Rose sin prestarle atención—. Es decir, es un lugar que todo el mundo conoce, tanto magos como muggles…
—Entonces, decidió moverlo —concluyó Albus—. Estaba en ese hueco, en el muro de las inscripciones, pero lo cambió. Y dejó ahí ese símbolo porque… ¿Por qué?
—Alfonso V de Aragón fue muy criticado por la comunidad mágica, porque al mudarse al Castel Nuovo no respetó la obra que, después de todo, había sido construida por muggles inicialmente. Él decía que la estructura del castillo necesitaba estar mejor protegida ante futuros ataques, así que contrató al escultor Francesco Laurana para que lo hiciera según sus órdenes. Pero, el castillo ya estaba protegido y modificarlo fue una decisión tan repentina que nadie entendió verdaderamente sus motivos… ¿Qué tal si fue por otra cosa? ¿Qué tal si en ese momento él decidió llevarse algo al castillo? ¡Algo que tenía que proteger a toda costa!
—Quería guardar ahí la parte del Aurea Pergamena que encontró —murmuró Scorpius mientras los tres comenzaban a alejarse del muelle.
— ¡No hables tan alto!
— ¿Yo? ¡Tú casi le cuentas todo a la vieja esa!
— ¡Necesitábamos saber qué era ese símbolo!
—Suponiendo que estés en lo correcto —dijo Albus antes de que su amigo replicara—. ¿Por qué dejaría el rey una pista sobre a dónde se llevó el pergamino? ¿No sería más fácil solo dejar el hueco intacto y ya?
—El rey no tenía la daga, así que no podía utilizar la parte del libro que encontró como debería —respondió su prima—. Además, recuerda lo que decía en la tumba de Merlín "yo sé que no soy digno, pero me dedicaré a cuidar lo que he encontrado". Probablemente quería facilitarle el trabajo a la persona que, en un futuro, fuera "digno" de encontrar la daga y el resto de las partes.
—Es decir, yo —dijo Albus con una extraña sensación en el estómago.
— ¿Sabes llegar a Nápoles? —preguntó Rose cuando hubieron llegado al callejón.
Scorpius torció una sonrisa.
— ¿Qué hubieras hecho sin mí en este viaje, Weasley?
Los tomó de las manos y los tres se adentraron en el conocido remolino de confusos colores que provocaba la desaparición. Unos segundos después llegaron a otro callejón mucho más sucio y estrecho. Rose sacudió su varita, secando sus ropas mojadas.
—Bueno, el castillo que dices está a unas calles, pero como siempre hay muggles cerca, mi familia se aparece aquí —explicó Scorpius comenzando a caminar. Los otros dos lo siguieron—. ¿Cuánto tiempo tenemos antes de que comencemos a cambiar?
—Cerca de media hora —respondió Rose agarrándose del brazo de Albus. Nápoles era una ciudad mucho más agitada que la Isla de Capri y cuando cruzaron la calle, varios automóviles hicieron sonar sus bocinas.
—Entonces, a menos que quieras entrar al castillo con la mitad de tu cabeza llena rizos de fuego y la otra mitad cubierta por ese horrible corte —Scorpius arrugó la nariz mientras señalaba el corto flequillo de la muchacha—. Sugiero que camines más rápido.
Llegaron a los pocos minutos.
El castillo era usado como un museo y tenía cinco gruesas torres que se alzaban bajo el sol abrasador del medio día. Era muchísimo más pequeño que Hogwarts, pero aun así, Albus se sintió impresionado. Scorpius los guio a través de un largo pasillo hasta dos enormes puertas de madera que permanecían abiertas al público. Encima de ellas había un arco de piedra en donde relucían figuras talladas.
Rose pagó la cuota de entrada a un hombre viejo que estaba sentado detrás de un escritorio y luego los tres entraron al Castel Nuovo.
Los muros eran blancos, cubiertos por montones de pinturas antiguas; había grandes ventanales por los que se colaban rayos de sol, provocando destellos en los candelabros de cristal que colgaban del techo, y varias escaleras de mármol que conducían a otras habitaciones.
—Es… esto es… —Rose se soltó del brazo de Albus y miró a su alrededor con los ojos brillantes de emoción—. ¡Es increíble!
—Y apenas es el vestíbulo —dijo Scorpius mirándola con una sonrisa torcida.
—Entonces, estamos buscando los lugares que Alfonso V de Aragón mandó remodelar cuando se mudó aquí —dijo Albus—. ¿Tienes idea, Rosie?
—Yo, bueno… —la muchacha frunció los labios—. No estoy muy segura, pero… ¡Oh, ya lo tengo!
Se acercó al escritorio del viejo que les había cobrado la entrada y después de dialogar un poco, tomó varios panfletos que él le ofrecía. Regresó y le entregó todos a Scorpius.
—Están en italiano. Tú eres el experto, ¿no?
El muchacho rodó los ojos y comenzó a revisarlos, mientas Albus paseaba la vista por su alrededor… ¿Cómo es que iban a encontrar las hojas del Aurea Pergamena en ese lugar tan grande? Estaban improvisando demasiado y en unos cuantos minutos la poción multijugos dejaría de hacer efecto. Sin embargo, a pesar de lo peligrosa que era la situación en la que se encontraba, aun sentía esa sensación extraña en el estómago. No era emoción, era algo mucho más grande, más grato…
Alguien chocó contra él, interrumpiendo sus pensamientos. Era un hombre alto, moreno y con una barba ceniza. Albus tuvo la sensación de haberlo visto en otro lado, pero antes de que pudiera reconocerlo, el hombre continuó su carrera hacia las escaleras, sin voltear a verlo.
—Ya está —anunció Scorpius. Rose y Albus se acercaron rápidamente—. Aquí dice que durante el periodo en el que Alfonso V de Aragón vivió aquí, se modificó una torre, el salón principal, cuatro recamaras… —frunció el ceño—. ¡Esto! "… el famoso escultor Francesco Laurana se encargó únicamente de remodelar el arco triunfal de la puerta principal".
— ¡El arco triunfal que está encima de la entrada! —exclamó Rose—. ¡El que tiene figuras talladas!
—Está subiendo las escaleras de la esquina, a mano derecha —el hombre del escritorio señaló hacia el otro lado del vestíbulo, con una mueca de aburrimiento en el rostro.
Los tres se miraron por un momento y luego corrieron, siguiendo la indicación.
El corazón de Albus latía violentamente mientras se acercaban a su destino. Si las hojas que Alfonso V de Aragón había encontrado realmente estaban ahí, quería decir que él ya tenía una parte del Aurea Pergamena y que le llevaba ventaja a Dimas y a Benjamin Lodge, porque aunque ellos también tuvieran un fragmento del libro de Merlín, no podrían utilizarlo, porque no habían tocado la daga…
— ¡Aquí! —exclamó Rose.
Se detuvieron ante el arco de piedra, pero por dentro no exhibía esos tallados que se podían admirar desde la parte de afuera. Albus se asomó por el borde. Debajo de él, las personas entraban y salían a través de las puertas de madera y alrededor, figuras talladas de hombres y mujeres parecían devolverle la mirada.
— ¿Y bien? —preguntó Scorpius impaciente.
—Ahí está la firma de Francesco Laurana —dijo Rose señalando el borde del arco. Las letras "F" y "L" estaban grabadas junto al pequeño dibujo de una torre.
—Bueno, ya sabemos que él hizo esto, pero no es lo que estamos buscando… ¿Qué hay del símbolo del Aurea Pergamena? —murmuró Scorpius asomándose al borde del arco junto con Albus—. Tiene que estar por aquí, ¿no?
Pero no había nada.
La línea con las esquinas curvas y la especie de flecha atravesándola no estaba en aquel arco de piedra. Albus, Rose y Scorpius pasaron la vista por cada rincón, analizaron cada una de las figuras talladas, cada ladrillo que había en esa pared… Nada. El símbolo del Aurea Pergamena no estaba ahí.
—Era demasiado bueno para ser verdad, supongo —dijo Scorpius soltando lamentoso suspiro—. Será mejor que nos larguemos de aquí. Creo que tu cabello se está poniendo rojo, Weasley.
Y entonces Albus, frustrado por su búsqueda fallida, golpeó uno de los ladrillos que adornaban el borde del arco… Y lo sintió.
Era la misma sensación que había tenido a los once años, cuando estaba a punto de alcanzar la daga que flotaba en medio del Bosque Prohibido; la misma sensación que experimentó cuando Dimas le acercó ese libro despastado en el andén 9 ¾, las hojas del Aurea Pergamena que él tenía en su poder… Un extraño calor, interior y agradable.
—Aquí está… —dijo en un murmullo. Rose y Scorpius lo miraron—. ¡Aquí! Está en… ¡Ven, tócalo! —tomó la mano de su prima y la puso encima del ladrillo—. Es lo mismo que… ¿No lo sientes?
— ¿Sentir qué? —preguntó ella con las cejas arqueadas.
Scorpius apartó la mano de Rose y tocó el ladrillo, luego alzó las cejas y negó con la cabeza, confundido. Entonces, Albus lo entendió.
Aunque alguien hubiera seguido las mismas pistas que ellos, aunque hubiera personas que también conocieran la historia del Aurea Pergamena y hubieran podido seguir el mensaje que dejó el rey Alfonso en la tumba de Merlín, aunque alguien hubiera llegado hasta ahí… Únicamente él podía encontrar las hojas restantes del libro. Era Albus quien tenía una conexión con ese objeto, era él a quien le pertenecía. Solo a él.
Inconscientemente se tocó la cicatriz en la palma de su mano derecha, sonriendo.
Antes de que Rose pudiera detenerlo, se sacó la varita del bolsillo y apunto hacia el ladrillo.
— ¡Diffindo!
Con un crujido, éste se partió por la mitad. Albus retiró los pedazos rotos y las manos comenzaron a temblarle cuando descubrió, ahí en medio de los escombros, una delgadísima caja de madera.
— ¡Oh, vaya! —exclamó Scorpius.
—Es el… Es el símbolo… —dijo Rose con la voz temblorosa, señalando la cubierta de la caja. La línea con las esquinas curvas y la flecha atravesándola relucían con tinta dorada.
Albus la abrió: Un rollo de pergaminos, envueltos con un listón negro reposaban en el interior.
—… la maldita poción multijugos que ha dejado de hacer efecto.
Al principio, aun con sus pensamientos fijos en el objeto que tenía entre las manos, Albus no se dio cuenta de lo que había escuchado. Pero después de unos segundos de silencio, volvió la cabeza bruscamente.
Ni Rose ni Scorpius habían pronunciado esas palabras. Había dos hombres, parados al pie de la escalera a unos metros de ellos. Albus reconoció al más alto, pues hace apenas unos momentos había chocado con él y entonces, recordó de golpe dónde es que lo había visto antes… El día del ataque en el andén 9 ¾, al lado de Dimas y Benjamin Lodge.
Todos se quedaron estáticos por unos momentos.
La vista de aquellos hombres pasó desde el ladrillo roto que había en el arco hasta la caja de madera y luego a la varita que Albus tenía entre las manos.
Luego, todo pasó demasiado rápido.
Rose apuntó con su varita hacia un detector de humo que reposaba en el techo y el fuerte sonido de una alarma los ensordeció a todos. La gente que estaba dentro del castillo comenzó a salir apurada. Dos haces de luz roja se impactaron contra el arco de piedra. Albus, Rose y Scorpius corrieron, esquivando los demás hechizos que lanzaban esos dos hombres. Uno de ellos gritó. Otro hombre les bloqueó el paso. Scorpius lo derribó. Siguieron corriendo, subiendo y bajando escaleras, ingresaron a una habitación y luego a otra. Albus cruzó tantas puertas que no se dio cuenta de cuando Rose y Scorpius dejaron de seguirlo.
Se detuvo.
Estaba en una habitación enorme con lujosos armarios y algunos sofás llenos de cojines. Respiraba entrecortadamente y sujetaba la caja con tanta fuerza, que sus uñas parecían a punto de encajarse en la madera. Se miró en el espejo que colgaba de uno de los armarios y con alivio descubrió que aún era muy bajito, muy moreno y que tenía el cabello rizado, sin embargo sus ojos se tornaban más verdes con cada segundo que pasaba. Tenía que encontrar a Rose y a Scorpius antes de que…
— ¡Everte Statum!
Cayó al suelo, golpeándose la cara. Se había abierto el labio y un hilo de sangre comenzó a resbalarle por la barbilla. Ignorando el dolor, se volvió sin soltar su varita, dispuesto a desarmar a su atacante.
Nada podría haberlo preparado para lo que sucedió a continuación.
Cabello largo. Ojos oscuros. Pestañas gruesas. Manos blancas y pequeñas.
— ¡Tengo a uno! —gritó Lizza sin dejar de apuntarle—. ¡Travers, ven rápido!
Fue como si el mundo se detuviera. Creyó estar sumido en un sueño, una terrible y cruel pesadilla en la que la muchacha que tanto quería estaba frente a él, a punto de atacarlo.
— ¡Expelliarmus!
Rose había salido de la nada, aun disfrazada como la muchacha flacucha de cabello corto. La varita de Lizza cayó al suelo y ella volvió a apuntarle…
— ¡No! —exclamó Albus incorporándose rápidamente y empujó bruscamente a su prima.
— ¿Qué diablos haces? —exclamó Rose, pero entonces miró hacia el frente y reconoció a su amiga, que miraba angustiada hacia la puerta, seguramente esperando recibir ayuda.
Una fuerte explosión hizo temblar el suelo bajo sus pies.
— ¡Maldito mocoso!
— ¡Me las vas a pagar, idiota!
Scorpius (aun con el cabello largo, aunque un poco más rubio) entró a la habitación corriendo y sin detenerse tomó a Rose y a Albus de las manos.
Un segundo después, Albus giró sobre sí mismo y lo último que percibió antes de desaparecer del Castel Nuovo fue un embriagante aroma a miel inundando sus fosas nasales.
¡Hola! Para todos los que extrañaban al nuevo trío, espero que en este capítulo hayan quedado satisfechos :) ¿Qué más tengo que decir? Hum... batallé montones con este capítulo, pero quería subirlo antes de entrar a la escuela, así que ahorita son como las tres de la mañana, pero en fin. La historia de las grutas azules, el rey Alfonso y el Castel Nuovo en parte son reales, me di tiempo de investigar :) claro que tuvieron que adaptarse varias cosas para que coincidieran con mi historia, pero en fin...
Espero como siempre sus comentarios para que me digan que tan mal lo estoy haciendo y esas cosas XD no tienen idea de lo feliz que me hacen cuando comentan. Emmm... No sé que más decir, creo que es todo.
¡Reviews plis!
