XVII
Jiraiya recuperó el ánimo muy pronto. Aunque el muchacho era exasperante y había vuelto loco y humillado a todos sus sensei anteriores, con Jiraiya se topó con un monte de saber irreverente y desautoridad demasiado fascinante para dejarlo pasar. El rostro radiante de Minato, junto a esa mirada visionaria, había reavivado la fe del Sannin en las profecías anfibias, así que lo abocó a un entrenamiento serio, intensivo, desesperante, que fue tan fácilmente superado que sobró tiempo para llevarlo a comer ramen y a veces a ver un par de obras en el Teatro de Sombras. Ramen Ichiraku había abierto durante la ausencia de Jiraiya, que se sorprendió buenamente al ver que la humilde carretilla se había convertido en un puesto acogedor que congregaba curiosas gentes todos los fines de semana con jarana y timbal. Para no levantar sospechas, Hiruzen asignó dos ninjas más a Jiraiya, a fin de simular un equipo. Esos dos eran Heigan Hiyake, el talentoso hijo de Ichiraku, que conseguía rápida atención y yapas bondadosas; y Umeka Senju, una larguirucha descendiente no muy resaltante del marchitado árbol.
Así que de esa forma Jiraiya se sintió cómodo y entusiasmado, que era lo que los Consejeros Utatane y Mitokado deseaban, ansiosos de buscarle un reemplazo ya a Sarutobi, cuyo gobierno ya había superado las dos décadas. Las gracias de la victoria lo habían catapultado como un gran líder, fortalecido por los rumores que Danzo esparciera, por lo que su sustitución era por el momento innecesaria, aunque de llegar a darse no sorprendería que el escogido fuera alguno de los Sannins, como tanto saboreaba Orochimaru que enfrascado en sus nuevas tesis experimentales había olvidado la sensación de la luz solar en su pálida y frágil piel. Había vuelto entusiasmado por sus revelaciones en la guerra, y sumergido en su oscuro laboratorio sentía que cada vez se aproximaba más a desenmarañar el nudo de los sentimientos que tienen los humanos en el corazón.
Por su parte, Minato estaba convencido de que su Hilo Rojo del Destino lo conducía inequívocamente hacia esa melena sangrienta, la agresiva Kushina, que continuaba en sus estudios de Sellos y sin duda destacaba en los entrenamientos de Taijutsu en la Escuela del Puño Fuerte, donde había proporcionado numerosas y resonadas palizas a los niños de cintas superiores, incluyendo el mismo Minato. Él entrenaba en la Casa de los Kunais Voladores, pero se había dado una escapada para retar al Habanero Sangriento, que tras ser derrotada, tendría que aceptar una cita con el rubio. Salió humillado del Dojo, y Jiraiya le explicó que las mujeres rudas quieres que demuestres que eres un chico sensible. Minato no se convenció, pero consideró abordarlo así.
Le escribió un Haiku.
Ven, tú, hermosa
Habanera de Sangre
Con tu papaito.
Recibió otro golpe. Atribúyanselo a la intuición femenina, pero Kushina sabía que el delicado Minato poco tenía que ver en esas moras. Probablemente estaba siendo mal aconsejado. Mala suerte, pero mientras no fuera capaz de mostrar una pizca de hombría, ni se detendría a dedicarle un desprecio. De cierta forma se acostumbró a golpearlo, su rostro siempre era muy suave, y parecía en realidad un chico resistente, aunque no entendía cómo siempre conseguía llegar a ella, sorprenderla desde los árboles o aparecer en las esquinas más inesperadas. Eso la hastiaba, y regresando a casa, refunfuñaba. Casa es un término cuestionable, es verdad. Los Uzumaki habían ido siendo relegados de sus funciones políticas en Konoha, apenas permitiendo que Mito mantuviera sus aposentos en el Castillo del Hokage, ya que no podían sacarla con todo y el lecho donde consumó con Hashirama. Kushina vivía entonces en un caserón protegido por jardines silvestres, junto a muchas otras mujeres Uzumaki que entraban y salían a todas horas, recibiendo y expulsando invitados, y a las que llamaba indistintamente "tías". Pero ese día no encontró a nadie. Todo estaba silencioso. Ni un pan sobre la mesa, pero algo en la humedad del lavado la perturbó, y cuando se ponía nerviosa, tenía la manía de acariciarse el cabello. Con todas sus fuerzas, pudo despegar su mirada del hipnótico brillo acuoso, cuando los Ninjas de la Hierba emergieron cuales espectros pantanosos tras la jovencita. Corrió aterrada por un pasillo infinito, pero solo un dedo alcanzó la ventana.
Le cubrieron la cabeza con un saco y la amordazaron con cuerdas de caña marcadas con un sello que inducía su Chakra a un estado dormitante. No era capaz de darse cuenta qué tan rápido se alejaban de la Aldea o en qué dirección iban, solo podía pensar ¿por qué le estaba pasando esto a ella? ¿Acaso es que su vida no importaba nada en Konoha? ¿Era simple mala suerte? Después de todo, era una niña sin padres, y ya saben lo que dicen sobre las niñas sin padres, que son enviados, que son parias, que no tienen abolengo, que los Uzumaki solo traen el desastre, ¿por qué entonces...? ¿Acaso es una simple y sucia moneda de cambio? En todo esto y más pensaba Kushina sin darse cuenta cuándo la bajaron de los árboles, cuándo la hierba rozaba sus tobillos, cuándo los ninjas a su alrededor empezaron a caer, asediados por un relámpago dorado que nada más alcanzaban a ver, los dejaba noqueados. Alguien la detuvo. Le quitó el saco. La luz dorada la cegó momentáneamente. Era una melena, una sonrisa ancha, una felicidad destellante.
—Estás a salvo —dijo Minato, y la cargó de vuelta a Konoha.
Mientras volaban sobre las copas de los árboles, suspendidos de la tierra y sus desgracias, Kushina se sintió espiritualmente protegida por ese muchacho y su mirada futurista. Era como si un dios la protegiera.
—... ¿Cómo me encontraste?
—Tu cabello. Dejaste un hilo con tu cabello.
Era un Jutsu Secreto del Clan Uzumaki, del estilo Cabellera Endemoniada, muy versátil en realidad. Uno de sus artes menores, el Unmei No Akai Ito, una manera de resguardo cuando debía recorrerse caminos inexplorados o cuando se sufría un secuestro, y era de los primeros en enseñarse a las niñas.
—Te diste cuenta... Supongo que ese realmente era... Tu Hilo...
Minato se detuvo en la copa de un alto pino.
—Te protegeré. Nadie te volverá a lastimar.
Jiraiya se rio tanto que se tuvo que sobar la panza cuando Minato confesó que se encontró con sus 3 amigos en la puerta de su casa, que habían estado esperando en el frío y con hambre la orden del rubio para ejecutar el plan de llevarse a Kushina al rio para que él pudiese hacerse el héroe. Minato se quedó de piedra ante las sonrisas entusiastas de sus ignorantes amigos.
—¡Idiotas!
Aun así, Jiraiya se tomó en serio la situación. Investigó el bosque fuera de Konoha y capturó a los ninjas reintentando su secuestro. Los llevó ante la Unidad de Investigaciones, que los delegaron al Cuerpo de Interrogadores, presidido por el tiránico Shikuro Aburame. Con el último desarrollo del Clan Nara, confirmaron antiguos reportes despreciados. Numerosas Aldeas nuevas habían aparecido y se encontraban en constante movimiento, desarrollando incursiones en Aldeas aliadas y ajenas, azuzando rebeliones y reuniendo marginados. Deberían seguir cuidadosamente el asunto, y tratarlo con calma, ya que cualquier paso en falso podía convertirse en un sangriento enfrentamiento. Los muchachos merecían un tiempo de paz.
Por esos meses es que Kakashi ingresó a la Academia Ninja. Había sobrevivido a 2 meses abandonado en el bosque, cazando su comida y enfrentándose a zorros, amaestrado a todos los perros del mercado y hacía todos los mandados en tiempos records, llegando a ser reconocido como La Sombra de Mercadillo, pero solo entre las 3 y las 6, y excepto los domingos, porque había pichanga; pero su mayor desafío fueron las duras palabras que le dedicó su padre esa tarde que logró la inscripción y se cruzaron con Duy El Poderoso y su hijo Guy, el no tan poderoso, un niño ciertamente feo.
—Ese niño no tiene ningún talento —comentó Kakashi, que ya disfrutaba de ocultar su rostro desde un accidente de cocina que le dejó una cicatriz en el labio—, pierde su tiempo entrando en la Academia.
—Kakashi, enséñame tus manos —le pidió su padre, Sakumo.
Estaban limpias y suaves, recién cortadas las uñas.
—¿Has visto las manos de ese niño? Están astilladas y entumecidas, ¿sabes por qué, Kakashi?
—¿Porque es un cochino?
Sakumo suspiró, y luego le sonrió, como tan extrañamente solía hacerlo.
—... Algún día ese muchacho será más fuerte que tú, Kakashi. Lo sé.
Poco después recibiría un llamado del Hokage. Se realizó por medios pocos convencionales: unos ninjas encapuchados con máscaras de Tori entraron por la noche en su casa. Supuso Sakumo que no se trataba de Sarutobi, sino de Danzo. Lo recibieron en un salón oscuro donde la danza de las cortinas cortaba las siluetas y el humo de las pipas no encontraba escape.
—Nuestros enemigos se mueven silenciosamente. Son como hormigas, buscan no llamar la atención.
—Hormigas, eh. Pareciera un trabajo más para los Aburame.
—Sakumo Hatake. Debemos detener el caos antes que se extienda, pero Konoha no puede verse comprometida, ¿comprendes?
¿Danzo tenía miedo, miedo real? Si así era, ¿miedo a qué, exactamente? Sakumo no sabría decirlo, ¿cómo poder leer al Hokage de las Sombras, si apenas se dejaba ver y no nos llegaba de él más que las prolongaciones y consecuencias de sus órdenes susurrantes? ¿Tenía que ser así, por el bien de nuestro mundo, que hombres buenos se manchen las manos mientras hombres menos valerosos vivan en las sombras? ¿Reconocimiento a pesar de la infamia, o poder a cambio del olvido?
Mientras recorría los pasillos subterráneos de Konoha, que tenían una edad similar a la del Shinobi, aunque cueste creer, Sakumo iba pensando, pensando, ¿en qué podía pensar un hombre como Sakumo? ¿Su hijo crecerá con rectitud, guiado por los rígidos valores que le ha inculcado a base de retarlo y subestimarlo? ¿El fuego de Konoha llegará a ser algún día un remanso cálido que no queme a quienes lo tienten? Sin importar qué, sin futuro o sin pasado, Sakumo seguiría por la senda de un valor magnánimo, guiado por una luz reconfortante, que calmaba su consciencia, con el único interno crimen de no haber entendido nunca al hijo del Colmillo Blanco.
Cuando Sakumo volvió de su larga misión, lo hizo envuelto por el manto de la deshonra y la vergüenza. Algo había salido mal, terriblemente mal, y nadie quiso explicar nada. Se limitaron a tildarlo y hablar a sus espaldas, y los que menos sabían, eran los que más rajaban. Kakashi recuerda con una extraña coloración y una peculiar arritmia aquellos días en que su padre se dedicaba a marcar su sombra en la pared, tirado como un remedo, sumergido en litros y litros de alcohol barato, hasta que harto de su soporífera existencia, arrastró su cuerpo hacia el salón de meditación, encendió inciensos tenues y se abrió el estómago de lado, para morir desangrado frente a su hijo.
—Recuerda, por favor... —le dijo antes de levantar la espada, con esas ambiguas sonrisas suyas—, Nunca el Fuego quemará a la Hoja.
Tal intervención no era válida. El autor de esa frase, nunca inscrita, había muerto hace años, y con ello desautorizado todo lo que hubiese dicho o pensado. Apenas un rastro noctámbulo de acciones fue lo que quedó en el sendero de una vida que se revuelve y confunde con tantos otros ninjas, una vida que Kakashi se vio obligado a transitar guiado por una hoja eternamente manchada. Se acababa de graduar como Chūnin, y su regalo fue la Colmillo Blanco con la que su padre se sacó las tripas.
