XVIII

La Tercera Guerra surgió de las cenizas que dejó la Segunda. Tan cercanas quedaron la una de la otra, en lo emocional y lo político, que fácilmente una podría considerarse una prolongación de la otra, si no la hubiera superado en carnicería y desgracia, así como en extensión y logros. Como tales, se pueden considerar como una sola gran guerra, de más de 12 años de duración, con una breve tregua en medio en la que se redefinieron las alianzas y los cargos, durante los cuales surgieron como por generación espontánea decenas de Aldeas menores que, hartas de los pisotones de los grandes países, emprendieron la lucha por su supervivencia.

Todo lo bueno que construyó la Segunda Guerra lo pervirtió la Tercera. Jiraiya fue enviado al Oeste, donde tuvo que reponerse a terribles derrotas contra la Alianza de Hoshigakure, con su oscuramente poderoso Hoshikage y su terrible poder de eclipsar el Sol; Kawagakure, donde la heroína Suiren Tanaka del Clan de las Rosas levantaba jardines con polen que adormilaba los más recios lomos y cuyos lazos pulposos capturaban numerosos y valerosos ninjas, convirtiéndose en granjas de cadáveres; y también estaban Tsukigakure y Getsugakure, aldeas hermanas nacidas a sendos lados de un rio que había erosionado un monte hasta partirlo en dos, llegados a considerar pueblos gemelos, especialistas en la guerra refractaria con espejos mágicos, capaces de rechazar la mirada de un Hyuga y regresársela. Tan desastrosa fue la expedición que Jiraiya, sin saber cómo, terminó naufragando hasta terminar a orillas de la Aldea Nadeshiko, donde fue atendido por hermosas mujeres que habían convertido al resto de hombres en conejos. Que se salvara del hechizo, y de las grandes dosis de veneno que colocaban todos los días en su comida, fue gracias a los restos mágicos que se le habían pegado en la Tierra de los Sapos y a que llevaba catando la comida de Tsunade en cada salida semanal, pero bastó para convencerlas de que era el salvador que auguraba su delirante mito.

—Es libre de irse, Sabio Jiraiya —le decían las mujeres envueltas en velos de arcoíris—, siempre que despose a la Hija principal.

Pero la hija principal apenas había nacido. Consciente que el aceptar lo condenaría a permanecer al menos década y media como preso entre barrotes de oro, y también muy enterado que un rechazo podría granjear rivales nuevos a Konoha, pero principalmente preocupado por su libertad sexual, decidió ofrecer una solución mediadora. Cuando la muchacha alcanzase la edad conveniente, se casaría sin dudar con el Sannin, y si no era conveniente, pues con el hijo que este tuviese. Al principio no estaban muy entusiasmadas, pero las convenció al explicarle que su hijo llevaría su mejor sangre y sería en resumen una versión rejuvenecida de él mismo, además de garantizarles parte de la riqueza de Konoha cuando se consumase la boda. Las muchachas aceptaron felices de la vida, y tras una fiesta con charamusca y pejerrey, despidieron al Sannin acompañado con una comitiva de las mejores guerreras de la corte, dispuestas a unirse al ejército Shinobi apenas lo encontrasen.

El ejército las encontró a ellas. Sobre cómo hay dos versiones: Primero, un Inuzuka hocicón cuenta que siguieron un extraño rastro de menjunjes y ropas rasgadas hasta una cueva donde se estaba armando la grande. El Sannin había sido dopado con poderosas infusiones y era prisionero de cada guerrera, una a la vez, tantas ya que lo habían dejado en los puros huesos. La segunda versión es muy similar, solo que modifica las causas al traspasarle la iniciativa al Sannin y agregar poses solo imaginables en las más retorcidas películas checoslovacas. Como fuere, las mujeres fueron sacrificada, o tomadas, alguna de las dos opciones, y el Sabio retornó por la puerta chica.

Por su lado, Orochimaru dirigió batallones contra la Alianza que Kusagakure había reforzado con Yumegakure y Kemurigakure, donde los bestiales e hipnóticos clanes Tenro, Amagiri y Hirasaka se habían apoderado de grandes trozos del País del Fuego. Tuvo que retirarse, no por debilidad, más bien por fascinación. Era un espectáculo ver a Kiwii Aburame, líder de la Hierba, comandando plagas de langostas carnívoras que dejaban campos de esqueletos tras ellas. Por esos mismos lares Tsunade se agenció un nuevo título: La Benefactora de los Caídos, aunque no tenía tanta pega como ese otro que obtuvo casi al mismo tiempo, La Matrona del Norte. Lo había ganado a pulso, tras desangrar poblaciones enteras, condenando a huérfanos varios a la famélica existencia en la saga de campos arruinados. Con fuerza indomable, liquidó las últimas resistencias en Amegakure, y rehusó prestar apoyo médico a los heridos enemigos, aunque cierto es que se negó a asaltar los hospitales civiles cuando los capitanes lo sugirieron y que tras un ataque de Jutsu Nube que Carcome, fue la primera en auxiliar a los inocentes. Pero por lo que resta, sus métodos de medicina vengativa de la Segunda Guerra fueron llevados a los límites de la razón en la Tercera. Los pueblos purgados jamás podrán terminar de contarse, y los inmensos conciertos de llantos y penas apenas si opacaban un poco el menguante lloro del corazón de la Senju. Estos dos Sannins, por mérito propio y sin ayuda, se convirtieron en el terror de la zona, y los que se quejaron de la separación del trío vieron tranquilizadas sus expectativas al descubrir que Jiraiya era el elemento débil, el talón moral, la traba militar.

Por ese entonces nadie podía imaginar que la guerra escalara todavía más en horror. Pero Iwa envió a Gari del Bakuton, un estilo secreto monstruoso capaz de hacer volar en mil pedazos a los enemigos. Una palma limpia y vacía se convertía en un arma especialmente aterradora. Suna envió a Pakura, la Kunoichi del Shakuton, única dueña de Jutsus espeluznantes capaces de calcinar hasta los huesos un escuadrón enemigo. El encuentro de estas dos escuadras en Ishigakure desató lo más parecido a un infierno. La putrefacción se arremolinaba en montañas que ponían a prueba la cordura de los ninjas. Era tal carnicería, tantos los cuerpos apilados y tan inmensos los lagos de sangre formados, que los mismos ninjas se encontraban atrapados entre los restos de sus colegas y enemigos, bañados por una mezcla de todas las sangres, enloquecidos por la muerte total que los rodeaba, incapaces de diferenciar amigo o enemigo, humano o bestia. Fue entonces cuando apareció sobre una torre torcida Amaya Arata, altísima, hermosa y mitológica Kunoichi de Otogakure que se arrancó una costilla y con ella tocó una inmensa melodía que llevó la calma a los corazones de los guerreros, viajantes fatigados. Se encontraron de golpe en un inmenso jardín lleno de geranios, amapolas y girasoles, embriagados por un intenso sentimiento de paz. Todos los horrores se vieron expulsados de sus mentes y los rencores, tanto tiempo arrastrados, se convirtieron en anécdotas de tarde, nimiedades que no justificaban ni una mala mirada. Fue un grito de paz tranquilo, una breve súplica que no tenía destinatario pero llegó a todos. Los lobos salieron de los bosques de empalados, y lloraron sobre las almas de los niños formaditos, que eran haladas por pequeños Mushis ahora sin hogar. Fue un momento bello y efímero, del que poco se habló después. Se dice que Arata murió de una infección en el costado de la costilla arrancada, y todas las versiones afirman que un enemigo aprovechó ese flanco débil para ensartarle con una lanza.

Mientras más se adentraba la historia en esta séptima década, más inacabable parecía el conflicto. Siempre venía una nueva misión de algún lado, siempre estallaba algún conflicto en alguna frontera perdida, los rebeldes siempre parecían multiplicarse mientras los Shinobis solo tendían a la baja. No fue hasta que el batallón de Duy el Poderoso, en una nueva misión en la que reconocieron los ríos y los montes, las chozas y las pinturas ofensivas y descubrieron en los adolescentes llenos de cicatrices del ahora a los niños heridos del pasado, que se dieron cuenta no hacían más que ir en círculos, y se atrevieron a preguntar, por primera vez en esa locura en la que el honor, el poder y el tiempo habían perdido sentido:

—¿Contra quién es esta maldita guerra?

Nadie supo dar una respuesta conciliadora. Alguno se arriesgó con ¡contra los extranjeros! Pero no convenció más que a los pro-Sarutobi. La mayoría era imparcial y Hyuga. Luego otro intentó con ¡contra los pobres, que se han puesto malcriados! Y aunque tuvo mayor aceptación, no terminó de tranquilizar a los Inuzuka, que siempre se olían las peores. Hasta que finalmente el único Aburame del grupo, que no hablaba con nadie, intervino con una respuesta tan clarificadora como espeluznante: Luchamos contra Fantasmas. Ante la inevitable pregunta de ¿qué fantasmas? Dijo: Contra todos.

Tras hacer sus oraciones, Duy El Poderoso dirigió su tropa hacia Las Colinas con Ojos, en el País de la Tierra, donde dicen las viperinas lenguas, se enfrentó al Escuadrón de los Hombres Topos, geoquinéticos y ciegos. El apoyo Uchiha jamás llegó. El Capitán Yashiro, nieto del original Yashiro, sobrino de Setsuna el Desafortunado, prefirió resguardar a su gente primero. Habían estado con esa política de Primero ellos que nosotros desde la última traición, y Danzo lo había permitido porque por el momento cumplían con su cuota militar. No hacía demasiado, pero tampoco muy poco. Eso sí, el bueno de Fugaku estaría dispuesto a comandar la más complicada de las misiones con tal de ganar el reconocimiento suficiente para ser el próximo Hokage, así que aceptó ir a Kirigakure a derrocar al Mizukage con su Tenseigan.

Se encontraron con una revuelta en ciernes. Los Clanes de Shinobigatana emprendieron los desmadres semanas antes, hartos de la irregular política de los Kaguya, pero confiados del poder militar y el prestigio que habían acumulado tan rápidamente. Mizaki lo vio venir, por supuesto, con su Ojo Divino podía ver en las almas de sus enemigos y aliados, escudriñar en los recovecos de su corazón, vislumbrar sus intenciones mucho antes de que las tuvieran, mismo por lo cual sumía en una profunda paranoia al portador. En una mente no lo suficientemente entrenada, eso se convertía en una esquizofrenia paranoide cuyas voces encerraban el secreto del porvenir: Todo el tiempo escuchaba conspirar a sus espaldas, y estaba tan delante de sus conspiradores que incluso estos se encontraban con la sorpresa de su complot al ser arrestados. Irónicamente, esto propició mayores secretismos a su alrededor, lo que no hizo más que empeorar su política de Labios Cerrados en cuerpos inertes, oídos fríos en cabezas cortadas. Sus medidas, a vistas ajenas caprichosas y azarosas, pronto hartaron a los aliados, y la rebelión llegó tan sin proponérselo nadie, tan sin planearlo realmente, que el Mizukage fue interrumpido en su partida de Gungi con la orden de su deposición. Ese era el fallo del Tenseigan.

No obstante, Fugaku entró como un cid campeador en las aldeas famélicas del País del Agua. La otrora impenetrable fortaleza marina de Kirigakure ahora se veía desmoronada desde las entrañas. Por primera vez en tanto tiempo, la densa neblina blanca se disipó para dejar expuesto un pueblo que sin ser la gran maravilla, tampoco estaba nada mal, a excepción de sus hombres-pez, sacerdotisas medusa y sus endogámicas costumbres de circuncisión temprana y la promoción del harem. Por supuesto que los Shinobis de Konoha hicieron llegar relatos horrendos y absurdos. Ejemplos de canibalismo pesadillezco, donde los hijos de una familia debían sacar palitos y el que sacaba el más corto servía de cena para la semana. Contaron cómo la procreación con familiares y animales había creados quimeras híbridas que se arrastraban por las calles suplicando ser asesinadas, sin nadie que les complaciera porque era ley que esos engendros debían arreglárselas para llegar al mar o ser propiedad del gobierno. Por supuesto, la Leyenda del Sanbi no se quedó atrás. La luz de su ojo místico guiaba a los pescadores perdidos, su grotesco canto enamoraba a las doncellas que saltaban de sus torres, y su hambre colosal había sumido en la escasez al pueblo de Kiri. Su ira había hecho desaparecer islas, y sus pedos formaban otras. Cuando jugueteaba, creaba los remolinos que arruinaban las embarcaciones, y cuando bostezaba, un sonido gutural y grave atravesaba los cuerpos a cualquier hora. Para apaciguar a la bestia, una joven sacerdotisa llamada Masumi Karatachi realizó un gran ritual en la cima de un faro, ataviada con joyas místicas y pinturas de pulpo por todo el cuerpo. Se dice que el canto de la sacerdotisa fue tan bello que el mismo Sanbi quedó cautivado, cayendo en el Jutsu de Sellado. Esta historia, que ocurrió 20 años antes de la llegada de Fugaku, fue llamada en Kirigakure La Leyenda de la Sacerdotisa y el Biju, una obra de amor cuya puesta en escena estuvo prohibida por décadas. El principal precursor de esta censura fue el Cuarto Mizukage, Yagura Karatachi, el puberto heredero del Clan Karatachi, y el nuevo Jinchuriki de la Bestia de Tres Colas.

Danzo y Hanzo brindaron juntos por el logro, cada uno en su lejano agujero. Pero cuando iban a servir la segunda copa, llegaron noticias de los desmadres que se promovían en el Sur, a lo largo de las costas. Cuando la guerra empezaba a amainar es que iniciaron esta serie de revueltas religiosas, asaltos a mercados, peregrinaciones forzosas y éxodos latigueantes que estallarían en los alrededores del País del Agua pero se extenderían por la franja sur del Golfo Ninja a velocidad de mula, subiría por las montañas introduciéndose en el País del Rayo, engullendo Aldeas innumerables, llenando de crímenes escandalosos, de inocentes descalzos, de caminos pedregosos, y que llegarían a ser conocidos en su conjunto como La Rebelión Kaguya.