Desesperación.

La mujer retratada en la pintura era hermosa: cabello largo, rubio y ondulado, delicadas facciones y ojos oscuros que parecían estar observando todo lo que ocurría en esa enorme mansión. El cuadro parecía tan fino, tan exquisito que contrastaba con aquella habitación llena de telarañas, polvo y muebles casi deshechos.

—Vivian Lake… —leyó Lizza, fijándose en la placa dorada que había debajo del retrato.

—Era muy hermosa, ¿no?

Se volvió, sobresaltada. Recargado en el margen de la puerta, un hombre con gafas y cabello castaño la observaba, aparentemente entretenido.

—Muchos magos poderosos intentaron vencer al gran Merlín antes, pero ella… —Benjamin Lodge señaló a la mujer de la pintura—. Ella fue la única que lo consiguió. Y lo hizo sin necesidad de recurrir a la violencia, únicamente utilizando sus encantos femeninos como arma letal. Una técnica que, según me han dicho, usted domina a la perfección, señorita McAbee.

Lizza arqueó las cejas.

—No había tenido la oportunidad de hablar con usted antes —Lodge entró en la habitación y se recargó en un sucio sofá—. Me parece que la última vez que la vi fue en su examen final de Defensa Contra las Artes Oscuras, en su primer año en Hogwarts. Tengo que admitir que… —sus ojos la recorrieron de pies a cabeza—. Ha cambiado muchísimo.

—¿Dónde está Mabroidis? —preguntó ella cruzándose de brazos.

—Mi compañero me ha dicho que gracias a usted tuvimos la oportunidad de atacar a Albus Potter ese día en el andén 9 ¾. Tengo que agradecérselo, entonces. Sin usted no habríamos sabido que se encontraba ahí. Y si no me equivoco, también le ha proporcionado a Dimas bastante información sobre el muchacho, ¿no es así?

—¿Dónde está Mabroidis? —repitió ella.

—Seguramente sabe que Dimas la considera un elemento bastante útil para lograr nuestros propósitos —Lodge chasqueó la lengua—. Pero, eso no quiere decir que yo piense igual, señorita McAbee.

—¿Por qué no se lo menciona? Son muy amigos, ¿no es así?

—Resulta que él tiene una extraña tendencia a fascinarse por cierto tipo de personas —Lodge soltó un largo suspiro y se talló las sienes—. Y me temo que usted ha entrado en esa categoría. No entiendo por qué deposita su confianza en gente tan insignificante…

—Sí, seguramente es mucho mejor confiar en todos los mortífagos que están en el salón de al lado —comentó Lizza alzando las cejas—. ¡Usted sí que sabe en quien depositar su confianza!

Benjamin Lodge se levantó y frunció el ceño. Iba a decir algo, pero una fuerte carcajada lo interrumpió.

—¡Oh! ¿No es encantadora? —preguntó Dimas Mabroidis entrando en la habitación. Se acercó a Lizza y le besó la mano—. Siento mucho que hayas tenido que soportar a mi compañero, querida. Lodge está algo malhumorado porque nuestro pequeño viaje tuvo que cancelarse.

Tomó asiento en el sofá y cruzó las piernas.

—Entonces, dime, querida… ¿Qué fue lo que pasó en el Castel Nuovo?

—Pues, no sé exactamente —admitió Lizza ignorando la mirada sulfurada de Benjamin Lodge—. Yo estaba donde me dijiste, haciendo guardia. Escuché que ese hombre… ¿Travers? Estaba quejándose de que pronto se les acabaría la poción multijugos y que ni él ni los otros querían estar en un lugar así de concurrido con su apariencia normal, ya sabes… Se supone que no deben salir de Inglaterra y esas cosas. Se fue a buscar al que tenía el resto de la poción y me quede sola. Pasó un rato y luego escuché la alarma de incendios…

—¿La qué?

—Es un aparato que los muggles utilizan para saber cuándo algo se está quemando —explicó Lizza rodando los ojos—. Después de eso, la gente comenzó a salir del castillo, pero yo escuché un alboroto en los pisos de arriba. Cuando llegué ahí, Travers me dijo que había intrusos y señaló a uno que iba entrando en una habitación. Logré alcanzarlo. Estaba a punto de capturarlo cuando llegó una chica y me desarmó. Luego hubo una explosión y un muchacho de cabello largo llegó corriendo, tomó a los otros dos y se desaparecieron juntos.

—¿Alguna idea de quiénes eran? —preguntó Dimas, jugueteando distraídamente con el medallón que le colgaba del cuello.

—Nunca los había visto en mi vida.

—¿Estás segura? —preguntó Lodge rechinando los dientes.

—Pueden leerme la mente, si quieren. Así podrán ver sus caras.

—¿Algo más?

—No, yo… —Lizza observó el medallón que colgaba del cuello de Dimas y entrecerró los ojos—. ¡Espera! El tipo que detuve traía una caja de madera que tenía ese símbolo, el de tu medallón.

El ambiente se puso tenso de inmediato.

—Una caja con este símbolo… —repitió Dimas. Su voz estaba calmada, impasible, pero su rostro se había ensombrecido de repente—. Potter.

—¿Qué? —dijo Benjamin Lodge extrañado. Lizza volteó a verlo—. Pero, tu dijiste que ese mocoso… ¡Dijiste que su familia había decidido esconderlo!

—Sí, eso fue lo que me dijo su madre hoy—se apresuró a decir Lizza—. Además, el muchacho que vi no se parecía en nada a Albus. Te digo que nunca lo había visto en mi vida. No era él.

—¿No creerás que…?

Dimas alzó una mano y Lodge guardó silencio. Pasados unos segundos, Lizza rodó los ojos y dijo:

—Bueno, ya te conté todo, ¿puedo irme? Es tarde y seguro mi papá empieza a preocuparse.

—No queremos molestarlo, por supuesto —dijo Dimas. Tenía los ojos entrecerrados y el ceño ligeramente fruncido—. Puedes irte, querida.

Lizza caminó hasta la puerta alzando la cabeza, intentando ignorar los ojos desconfiados de Benjamin Lodge. Sin embargo, antes de salir de la habitación, miró a ambos hombres con preocupación.

—¿Qué otra explicación existiría, Benjamin? —preguntó Dimas poniéndose un dedo en la barbilla—. No sabemos cómo, pero Albus Potter conoce la historia del Aurea Pergamena. Y sabe que es él quien tocó la daga, yo mismo se lo dije…

—Sí, no fue uno de tus momentos más brillantes, querido amigo —comentó Lodge frunciendo el ceño.

—… y justo el día en el que desaparece, alguien roba las hojas que estaban en el Castel Nuovo. Unas hojas que, por cierto, nosotros no pudimos encontrar en meses. Sabíamos que estaban ahí, pero no sabíamos dónde con exactitud y ahora él…—una extraña sonrisa se dibujó en su rostro—. Creo, Benjamin, que Albus Potter no es tan idiota como tú creías.

—¡Lo es! —gritó Lodge—. ¡Es un maldito idiota que…!

—… que ha encontrado una parte del Aurea Pergamena.

—¡No! —Lodge se pasó una mano por el cabello y resopló—. Es imposible, Dimas… ¡Él no puede…! Es un maldito mocoso, solo eso. Estoy seguro de que él no ha encontrado nada.

—Bueno, entonces debemos suponer que alguien más se nos ha adelantado —dijo Dimas arqueando las cejas—. Nadie sabía sobre el Aurea Pergamena, Benjamin. Nadie. Tú mismo conoces la historia por mí y solo por mí. Y ahora, lo que pretendes decirme es que unos desconocidos simplemente supieron dónde buscar…

—Tal vez no eras el único que conocía la historia. ¿Cómo supo Albus Potter que el Aurea Pergamena existía, entonces? Tuvo que escucharlo de algún lado… ¿No te das cuenta, Dimas? Tal vez hay más gente que sabe.

—¿Y cómo? ¿Cómo si soy yo el único descendiente de ella? —Dimas se levantó y apuntó hacia la pintura—. ¿Cómo si solo por mis venas corre la sangre de Vivian Lake?

—No lo sé —admitió Lodge—. Tal vez tú querida peón, la señorita McAbee…

—Ella no sabe nada sobre el Aurea Pergamena, Benjamin —Dimas se acercó a él y se irguió cuan alto era—. No puedo decir lo mismo de tus amigos mortífagos, por supuesto.

—Ellos únicamente saben que…

—¡Que tenemos parte del libro de hechizos de Merlín y que soy descendiente de Vivian!

—¡Exacto! —Lodge alzó la voz, pero luego resopló, tratando de calmarse—. Dimas, tienes que entender que no podemos hacer esto solos… Si de verdad queremos tener éxito, necesitamos a más personas de nuestro lado y ellos no nos ayudaran si no les contamos al menos una parte de la historia, ¡métetelo en la cabeza!

Dimas se alejó de él y comenzó a pasear por la habitación, jugueteando con su medallón.

—Conociste a Albus Potter un año entero, Benjamin. Fuiste su profesor.

—Así es.

—Podría decirse que conoces las habilidades que tenía en ese entonces, cuando apenas era un crío.

—Sí.

—Y siendo apenas un crío logró detenerte esa noche en el Bosque Prohibido, cuando estabas a punto de tocar la daga…

—Un fallo en el plan.

—Un gran fallo en el plan —aclaró Dimas volviéndose—. Si esa noche no hubieras subestimado a Albus Potter, ahora no tendríamos tantos problemas, Benjamin. El plan era que ambos tocáramos la daga, pero fuiste demasiado impaciente, hiciste el conjuro antes de que yo llegara y, ¿qué fue lo que pasó? ¡Oh, sí! Un niño terminó siendo elegido para poseer el Aurea Pergamena.

—Todo eso pasó porque Harry Potter llegó al bosque —replicó Lodge soltando un resoplido—. ¿No lo entiendes, Dimas? Ese mocoso no hizo nada más que estar ahí en el momento indicado, fue su padre quien lo salvó aquella vez, quien me envió a Azkaban… ¡No él! ¿Qué pasó las veces que lo atacamos? ¡Siempre había alguien ahí para salvarlo! ¡Es por eso que ha sobrevivido! ¡No tiene nada que ver con sus habilidades! —Lodge suspiró y miró a su compañero a los ojos—. Estoy completamente seguro de que Albus Potter no es capaz de encontrar las hojas del Aurea Pergamena.

Dimas volvió a sentarse en el sofá y cerró los ojos.

—Tienes que confiar en mí, Dimas —dijo Lodge irguiéndose—. Tú mismo has dicho que debemos dejar a Albus Potter, por lo menos hasta encontrar el resto del Aurea Pergamena. Entonces, lo mataremos, pero solo hasta entonces… Mientras tanto hay que preocuparnos por averiguar quiénes eran esos intrusos del Castel Nuovo, seguir buscando las hojas, planear estrategias y…

—Está bien —dijo Dimas levantándose.

—¿Cómo…?

—Dije que está bien —repitió ante la mirada asombrada de Lodge—. Lo haremos a tu manera, viejo amigo.

Lodge pareció sorprendido, pero entonces asintió con solemnidad. Ambos salieron de la habitación y recorrieron una enorme galería, vieja y empolvada, como cada rincón de la mansión. Llegaron hasta un espacioso cuarto en el que diez hombres esperaban su llegada.

—Nos han explicado ya lo que sucedió en Italia, no tienen de que preocuparse —dijo Lodge con seriedad. Ellos suspiraron aliviados—. Pueden regresar a Inglaterra. Los contactaremos después.

—¿Ya no vigilaremos ese castillo? —preguntó Travers.

—¿Qué se supone que quieres vigilar? ¿Las esculturas? Se han llevado lo que estábamos buscando, idiota —dijo Dimas ásperamente.

—Después les informaremos sobre su siguiente misión —comentó Lodge mirando a su compañero con severidad—. Pueden irse, señores.

Salieron del cuarto, uno por uno, evitando la mirada de Dimas Mabroidis. Éste rodó los ojos y se recargó en la pared.

—¿Cuál es el siguiente movimiento, entonces?

—Nosotros iremos a buscar las demás partes —explicó Lodge—. Mientras ellos seguirán encargándose del ministerio. Tu querida señorita McAbee puede seguir vigilando a la familia Potter, solo por si el mocoso decide volver.

—¿Y piensas que esos idiotas pueden encargarse del ministerio solos? —Dimas torció una sonrisa—. Oh, Benjamin…

—No están solos. Tú tienes a otro peón ahí, ¿no? Por eso pudiste sacar la daga del Departamento de Misterios —Lodge se acomodó las gafas—. Además, tenemos un nuevo recluta.

—¡Otro mortífago frustrado! —Dimas se golpeó la frente—. Creo que ya me estoy arrepintiendo en eso de dejarte hacer las cosas a tu manera…

—Él no es un mortífago cualquiera, Dimas —dijo Lodge caminando hacia el otro extremo del cuarto, abriendo una puerta de roble—. Y realmente creo que nos será bastante útil.

Una figura ingresó en la habitación, provocando eco con sus pisadas y produciendo un ligero susurro con el borde de su larga y oscura túnica.

—Buenas tardes —dijo Draco Malfoy.


—¡Eso fue intenso! —exclamó Scorpius levantándose de un salto.

Los tres habían caído de rodillas en el suelo, chocando entre sí, jadeando sin control. Habían aparecido en el claro de un bosque, rodeados por delgados árboles y pequeños arbustos. Albus tenía las uñas enterradas en la caja de madera que traía entre las manos.

—¿Dónde demonios…? —dijo Rose secándose el sudor de la frente. Aún tenía el cabello corto, pero ya había recuperado su color rojo intenso.

—Se llama Stagno Bosco Bazzoni —respondió Scorpius sacudiéndose las ramitas de la ropa—. Estamos a las afueras de Trieste, al norte de Italia… No sé, fue el primer lugar que se me ocurrió. Una vez fui con mi familia a la ciudad y me escapé en este bosque… ¿Crees que deberíamos ir a otro lugar? —miró a su alrededor—. Tal vez prefieran buscar un hotel de nuevo…

—Está bien, al menos por ahora. Empaqué una tienda en la mochila —dijo Rose respirando entrecortadamente—. Podemos quedarnos aquí.

—¡Oh, creí que no salíamos vivos! —Scorpius soltó una carcajada y se recargó en un árbol—. ¡Ojalá lo hubieran visto! Hice que una puerta explotara en la cara de esos idiotas. Eran tan estúpidos que…

—Malfoy, basta —le advirtió Rose, mirando con precaución a su primo.

—¿Por qué? ¡Fue algo increíble! ¡Y tenemos el Aurea Pergamena! ¡No puedo creer que fuera tan…!

—¡Basta! —gritó ella con los ojos cristalinos. Scorpius, completamente desconcertado, no le respondió como normalmente lo haría y guardó silencio. Rose se acercó a Albus—. Lo que… Yo no creo que… Es que, me parece imposible que ella

—Quiero estar solo.

No esperó una respuesta. Caminó con decisión por entre los árboles, alejándose de ellos. El suelo del bosque estaba disparejo y Albus trastabillaba mientras recorría el lugar, sin siquiera observar los árboles, las rocas o los pequeños animales que corrían cerca de él. No estaba consciente de los pasos que daba, ni del camino que había tomado. Solo quería alejarse, alejarse de todo.

Se detuvo al llegar a un pequeño arroyo y se sentó al borde, empapándose la ropa de lodo. Temblaba. Sus músculos estaban acalambrados, se había golpeado el hombro y aun le resbalaba sangre por el labio. Sin embargo, ninguna de esas sensaciones podía compararse con el dolor que sentía dentro, en el pecho. Un dolor que amenazaba con hacerlo gritar de un momento a otro.

Aquello no estaba pasando… ¡No podía estar pasando! Deseó con todas sus fuerzas que todo fuera una pesadilla, un sueño. Incluso pensó en la posibilidad de haberlo imaginado, de haberse confundido debido a las ganas que tenía de verla, de hablar con ella, de besarla… Pero, sabía que no era así. Sus sentidos no se habían equivocado y la persona que lo había atacado era sin duda Elizabeth McAbee.

—Lizza…

La garganta le ardía, el aire se escapaba de sus pulmones y el pecho seguía doliéndole. Mucho. Era insoportable. Nunca había sentido nada parecido. Era horrible, horrible. Trató de calmarse, de encontrarle algún sentido a lo que acababa de pasar…

Los hombres con los que se habían topado en el Castel Nuovo trabajaban con Benjamin Lodge y Dimas. Albus había reconocido a uno, de la vez del ataque en el andén 9 ¾… ¿Qué hacía Lizza con ellos? ¡Ella! La muchacha agradable y carismática que tan pronto lo había cautivado, la amiga de Rose que había estado en Hufflepuff, la chica que lo había apoyado durante los ataques, la que siempre le hablaba con la verdad… Tenía que haber una explicación razonable. Algo que se le estuviera escapando, algo, algo, ¡algo!

Albus observó su reflejo en el arroyo: ya no tenía el cabello rizado, su piel se volvía más blanca a cada segundo y sus ojos eran otra vez verdes. Esos hombres no sabían quién era cuando lo habían atacado. No sabían que Albus Potter había entrado al Castel Nuovo, porque él tenía el aspecto de un turista muggle gracias a la poción multijugos. Ellos no podían saber que la imagen de Lizza lo paralizaría, que se detendría en cuanto la viera aparecer frente a él… No lo habían engañado. Era ella la que había estado ahí, sin ser consciente de que había arremetido contra Albus… Sin ser consciente de que acababa de lastimarlo en lo más profundo de su ser, sin la necesidad de utilizar ningún encantamiento o hechizo.

Ella estaba con ellos. Con Dimas y Lodge. Por alguna maldita razón, ella estaba involucrada en los ataques, en los planes egoístas de esos dos hombres. Era su cómplice, un peón más en el juego que estaban jugando.

Golpeó una roca con el puño. Luego otra. Otra, otra, otra. Los nudillos comenzaron a sangrarle.

Se sentía estúpido, utilizado… ¿Cómo es que no lo había visto antes? ¿Cómo es que le había creído? ¿Cómo es que había confiado en ella tan rápido? ¡¿Cómo?! ¡Por supuesto! Rodeado de personas que solían ocultarle la verdad todo el tiempo, Albus se había impresionado con la sinceridad de la muchacha, con su peculiar manera de decir las cosas, tan directa, tan honesta, tan franca, tan… ¡Le había contado tantas cosas! Sabía lo que él había tenido que enfrentar al ser sorteado en Slytherin, al ser comparado todo el tiempo con su padre. Sabía sobre la capa invisible y el mapa del merodeador, sobre sus gustos, sus miedos, sus demonios… ¡Había confiado en ella, maldita sea! Había entrado a su casa, convivido con su familia. Se sentía asqueado, perturbado. ¿Por qué Lizza había hecho aquello? ¿Quién era él para merecer una traición así?

Observó la caja de madera que aun sostenía entre las manos. Ahí estaba la respuesta. La línea con las esquinas curvas y la especie de flecha atravesándola, el símbolo del Aurea Pergamena. Era eso lo que Dimas y Lodge querían, lo único que había hecho que Lizza se acercara a él.

Las horas pasaron y el bosque se oscureció. Solo hasta que un manto de brillantes estrellas cubrió el cielo, Albus escuchó pasos lentos, acercándose a él.

—¡Oh, al fin te encontré! ¿Quieres? —dijo Scorpius tendiéndole una botella llena de un líquido color rojizo—. Whisky de fuego. Mi padre tiene una bóveda en la mansión Malfoy llena de estas cosas y, bueno… Uno nunca sabe cuándo va a necesitar un poco.

Albus observó a su amigo. Ya había recuperado su apariencia normal y el desordenado cabello rubio le cubría la frente. Tomó la botella, le dio un largo trago y al instante un agradable calor invadió su garganta.

—Weasley me dijo lo que sucedió en… —Scorpius lo miró con precaución y se sentó a su lado—. Bueno, ya sabes. ¿Enserio piensas que era ella, Al?

—Si —dijo Albus y sintió la necesidad de darle otro trago a la botella, uno mucho más largo—. Estoy seguro.

—¿Y quieres hablar sobre eso? —preguntó Scorpius. Albus negó con la cabeza—. Está bien, supongo. No imaginó lo que debes estar sintiendo. Yo… No soy muy bueno con esto, pero… Ya sabes, si en algún momento quieres seguir tomando whisky de fuego y tachar de insensibles a las mujeres, pues… Yo, bueno…

—Lo sé —dijo Albus, consciente de que a su amigo le estaba costando bastante trabajo decir aquello—. Gracias.

—No hay problema —Scorpius se encogió de hombros—. Ahora será mejor que vayamos a la tienda y escondamos esto —señaló la botella—. A tu prima no le va a gustar la idea de que estés ahogando tus penas en whisky de fuego. Hablando de mujeres insensibles, ya sabes.

Rose y Scorpius se las habían ingeniado para levantar una tienda de campaña en medio del pequeño claro. Albus la reconoció de inmediato, pues había acampado varias veces en ella, junto con todos sus primos.

El interior era tan amplio como el vestíbulo de su casa en el Valle de Godric, tenía dos cómodos sofás, una mesita y varias bolsas de dormir amontonadas en un rincón.

Rose estaba sentada en el suelo sacando varios libros de su mochila de viaje y cuando ellos entraron, se levantó rápidamente, mirando a Albus como si fuera un cachorrito herido.

—¡Oh, hola! Estaba revisando, bueno… ¿Cómo estás?

—¿Cómo se supone que debería de estar, Rose? —preguntó él frunciendo el ceño.

—Lo sé, lo lamento. Es solo que… —se mordió el labio—. Pienso que deberíamos de hablar sobre… Albus, ella también era mi amiga y yo pienso que…

—Pienso que justo ahora deberíamos de atender otras cosas —dijo Scorpius mirándola con severidad—. No es el mejor momento, Weasley.

Rose le dirigió una mirada glaciar, pero al igual que él hace unos momentos, decidió no responder. En cambio, miró preocupada a su primo y luego comenzó a sacar de su mochila un par de vendas y una botellita con una sustancia amarillenta.

—Ven acá —dijo Rose tomándole la mano. Untó un poco de la sustancia amarilla en el labio abierto de Albus y luego en sus nudillos—. Esencia de Murtlap. Traje un poco, ya sabes, solo por sí la necesitábamos.

—Hay algo que… Bueno, es que ella… —dijo Albus, sintiéndose incapaz de pronunciar su nombre—. Aun puede estar en contacto con mi familia… La conocen, Rose. Saben que teníamos algo y…

—Te preocupa que pueda sacarles información, ¿verdad? —Rose suspiró mientras envolvía cuidadosamente los nudillos de su primo con las vendas—. No, Al. Eso no va a pasar. Ya te lo dije, el tío Harry hará hasta lo imposible para ocultarle tu escape a todo el mundo. No va a arriesgarse a que Benjamin Lodge o Dimas sepan que ya no estás bajo su protección.

—Ya, tal vez no le digan nada, pero ¿qué pasa con ellos? ¿No crees que deberíamos de avisarles que ella está con…?

—¿Y cómo pretendes que hagamos eso? Si les enviamos una lechuza, ellos la rastrearan y nos encontraran —Rose suspiró—. No, Albus. Si Lizza quisiera hacerle daño a tu familia, lo habría hecho desde hace mucho. Pienso que lo que ella pretendía únicamente era…

—Acercarse a mí —soltó él con amargura. Aun le quemaba la garganta.

—Tu familia está a salvo de ella. No le contaran nada y no les hará nada —dijo Rose intentando mantener la calma, aunque sus ojos se habían puesto cristalinos otra vez—. Ahora será mejor que… Será mejor que…

—Que nos concentremos en eso —completó Scorpius señalando la caja de madera que Albus aun traía entre las manos.

Él asintió y se encaminó a la mesita, mientras Rose se pasaba una mano por los ojos disimuladamente. Los tres se amontonaron alrededor de la caja y luego, con sumo cuidado, Albus la abrió.

Dentro había un rollo de varios pergaminos, atados con un listón negro. Con manos temblorosas, los tomó, dejando que se apoderara de él el agradable calor que sentía cuando estaba cerca del Aurea Pergamena, intentando concentrar cada fibra de su ser en ese objeto, olvidándose de todo lo demás, incluso de ella…

—¿Son realmente? —preguntó Scorpius, ansioso—. ¿En verdad son…? ¿Es parte del pergamino de Merlín?

Albus tiró del listón y desplegó los pergaminos en la mesa. Se sentían suaves, cálidos y frágiles, como si fueran a romperse en cualquier momento. Eran dorados y había en ellos palabras que él no alcanzaba a entender, trazadas con tinta.

—No es… No conozco ese idioma —admitió Rose frustrada, leyendo por encima del hombro de su primo. Volteó a ver a Scorpius, con la boca torcida—. ¿Malfoy?

—Ni idea —dijo él soltando un suspiro.

—Entonces, deben de ser conjuros e instrucciones —dijo Rose acercándose más a los pergaminos. Los otros dos la miraron sin entender—. Bueno, ya les había dicho yo que los hechizos o encantamientos que utilizamos hoy en día, se consideran magia moderna. En la época de Merlín, no te enseñaban que debes decir expelliarmus para desarmar a alguien o que si no pronuncias con claridad accio, no podrás atraer un objeto. En la edad media, la mayoría se valía de rituales para realizar magia. Estos son los rituales que debió de haber inventado Merlín, por eso no conocemos el lenguaje.

—Entonces, ¿si creen que realmente encontramos una parte? —Scorpius tocó el borde de un pergamino con los ojos brillantes—. ¿Qué verdaderamente tenemos un trozo de los poderes de Merlín guardados aquí?

—Solo hay una manera de averiguarlo —dijo Albus y aunque sabía perfectamente que esos pergaminos eran parte del Aurea Pergamena (lo sentía, no había duda), se inclinó, dispuesto a leerlos en voz alta.

—¡No! —exclamó Rose tirando de su brazo—. ¿Acaso estás loco?

—Yo puedo usarlos—dijo Albus soltándose del agarre—. ¿No lo dijiste tú? ¿Qué el rey Alfonso V no pudo hacerlo porque no era él quien había tocado la daga? ¡Tampoco Dimas ni Lodge pueden utilizar la parte que tienen, Rose! Porque soy yo el que tocó…

—¡Ya lo sé! —volvió a agarrarlo del brazo y lo miró con severidad—. Pero, es que… ¡Escúchame, Albus! No estoy diciendo que no puedas usarlos, claro que puedes. Sabemos que tocaste la daga y todo eso, no hay duda. Pero, no tenemos idea de lo que signifiquen esos conjuros y no podemos arriesgarnos si no…

—Solo quiero probar —insistió Albus. Rose lo empujó, lejos de la mesa—. ¡Entonces no ha servido de nada! ¿Para qué escapar de casa y buscarlo si de todos modos vas a evitar que lo utilice?

—Según recuerdo… —dijo Rose arqueando las cejas—. Hemos hecho todo esto para evitar que Lodge y Dimas encuentren el resto del pergamino y lastimen a nuestra familia, no para que tú obtengas los poderes de Merlín.

Albus se quedó callado, mirando al suelo. Otra vez sentía que le temblaban las manos.

—Escucha, Albus… —dijo ella procurando modular el tono de su voz—. En la historia de Merlín hay mucha oscuridad. Él no era misericordioso o una buena persona. Bien, era un gran mago, el más poderoso, pero había cosas que… Te puedo asegurar que no todos los hechizos que están en el Aurea Pergamena fueron escritos con propósitos nobles. Y si nosotros no sabemos que dice ahí, podríamos hacer algo mal y…

—Ya, entiendo —la interrumpió Albus con voz áspera. Sabía que su prima tenía razón, pero no podía evitar sentirse así, frustrado—. Será mejor guardarlos, entonces.

—Bien —dijo Scorpius, que hasta el momento había permanecido en silencio, observando a los otros dos. Con mucho cuidado, volvió a enrollar los pergaminos y a atarlos con el listón negro, luego los metió en la caja de madera.

Albus alzó las manos, esperando a que su amigo se la entregara, pero éste caminó directo hacia Rose.

—Gracias —dijo ella contrariada y sin voltear a verlo, se dirigió a su mochila para guardar la caja y seguir acomodando libros.

—¿Y qué tenemos para comer? —preguntó Scorpius aparando la mirada de la muchacha y esbozando una sonrisa—. No sé ustedes, pero yo estoy muriéndome de hambre.


Harry miró con atención al hombre que tenía delante. Los medimagos habían curado la fea herida en su brazo y aunque seguía temblando un poco, ya podía hablar con claridad. Su cabello blanco estaba empapado en su sudor y sus ojos nerviosos recorrían cada rincón del Castel Nuovo.

—Bueno, señor Bartolini, si es tan amable, ¿podría explicarle al señor Potter lo que me ha dicho? —dijo Lorenzo Giordano, el jefe del cuartel de aurores en Italia.

—Verá, usted… Yo soy el encargado de cobrar la entrada al museo —explicó el anciano, con un marcado acento italiano—. Hoy por la tarde, bueno… Estábamos a punto de cerrar para la hora de la comida, cuando sonó la alarma de incendios. Todos comenzaron a salir, pero entonces, yo vi unas luces brillando en los pisos de arriba, como fuegos artificiales… Como no vi fuego, subí para ver qué era eso y alcancé a ver a unos hombres persiguiendo a unos niños…

—¿Niños? —preguntó Harry frunciendo el ceño.

—Jóvenes, en realidad. Eran tres —el viejo se frotó las cienes—. Un chico de cabello rizado, otro de cabello largo, la muchacha que iba con ellos tenía el cabello corto y fue la que pagó las entradas. Esos hombres estaban persiguiéndolos y todos agitaban algo en sus manos, salían luces de colores y uno me hizo esto —se señaló el brazo recién curado—. ¡No estoy loco! ¡Yo sé lo que vi!

—Señor Bartolini, dígale al señor Potter si estos hombres que usted menciona eran italianos— lo interrumpió Giordano con severidad.

—No, no. Eran ingleses, estoy seguro. Los escuché gritar. No sé de donde salían esas luces, pero yo…

—Gracias, señor Bartolini. Por favor, acompañe a mis compañeros a esa habitación —Giordano señaló un cuarto del museo en donde un par de magos vestidos de muggles aguardaban al hombre—. Ellos le darán un tratamiento final para su herida.

El anciano se levantó, aun nervioso, pero obedeció a Giordano. Al llegar a la habitación, los magos cerraron la puerta y Harry supuso que necesitaban algo de privacidad para poder realizar el hechizo desmemorizante con tranquilidad.

—Ahí lo tienes, Potter —dijo Giordano cruzándose de brazos—. Eran ingleses. Magos ingleses que realizaron encantamientos en un lugar público, lleno de muggles…

—Gracias por avisarme, investigaré el caso —lo interrumpió Harry dándose la vuelta.

—Me he enterado de que la situación en Inglaterra no está tan bien como debería —comentó él—. Una familia de muggles muerta, una fuga en Azkaban y la muerte de un guardia, el ataque en el andén 9 ¾, la aprobación de la Comisión de Registro de Hijos de Muggles…

—Agradezco tu preocupación, Giordano. Estamos trabajando en eso —lo cortó Harry, frunciendo el ceño.

—Lo único que quiero es que el descontrol se quede allá, Potter —Giordano suspiró—. Italia ha sido un lugar seguro por mucho tiempo como para que de repente lleguen los ingleses y….

—Gracias una vez más, Giordano.

Harry caminó sin detenerse por los pasillos de aquel castillo hasta llegar al piso de arriba, donde estaba el arco triunfal que había encima de la puerta. Ron estaba ahí junto con otros dos aurores, revisando las marcas de hechizos que habían rebotado en las paredes.

—Mira esto —le dijo su amigo cuando se hubo acercado. Señalaba el borde del arco, donde un ladrillo se había desprendido, rompiéndose por la mitad—. ¿Ves el corte? Lo hicieron con un encantamiento. Alguien quería sacar este ladrillo, solo éste.

—Y alguien quería que los muggles salieran del Castel Nuovo —dijo Harry con la garganta seca—. Si no, no hubieran activado la alarma de incendios. Eran ellos, Ron.

Su amigo lo agarró del brazo y lo apartó un poco de los otros dos aurores.

—¿Ellos…?

—Están buscándolo y combatieron contra la gente de Lodge y ese tal Dimas. Lograron escapar.

—¿Cómo sabes que no los capturaron? —preguntó Ron con una mueca de preocupación.

—Porque el muggle que fue testigo de todo hablaba sobre tres jóvenes —explicó Harry—. Pero, Giordano dice que cuando ellos llegaron solo alcanzaron a ver a varios hombres escapando. Los tres jóvenes ya habían desaparecido de aquí. Y aunque las descripciones no coinciden, estoy seguro de que utilizaron una poción multijugos o algo así…

—Rose sabría que nosotros jamás le diríamos a la prensa que escaparon, más sabiendo que esos maniáticos los están buscando —Ron se pasó una mano por el cabello—. Ella sabía que podían toparse con ellos, así que cambiaron su apariencia.

—Eran ellos, Ron —dijo Harry fijando su vista en el ladrillo partido por la mitad—. Eran ellos.


¡Hola! Tienen que admitir que un mes es un tiempo considerable, ¿no? ¿NO? bueno, si se les hizo demasiada la espera me disculpo una y otra y otra vez.

Bueno, sobra decir que este capítulo contiene datos muy importantes para el resto de la trama y todo eso. Les agradezco a los que han llegado hasta aquí y que además comentan que tal les ha parecido toda esta locura.

Para los que estaban ansiosos por ver a Albus sufrir por Lizza, aquí lo tienen. Para los que quieren más momentos entre Rose y mi novio Scorpius, aquí... Bueno, hubo algunas cositas que talvez pasen desapercibidas, pero...

Y quiero escuchar sus opiniones respecto a Dimas y Lodge. Ahora que pudimos verlos un poco más... ¡Díganme que opinan de ellos!

Creo que eso sería todo por ahora, muchas gracias por leer y...

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