La Madriguera y el Bosque.

Dos días.

Albus, Rose y Scorpius habían escapado de sus respectivos hogares hace dos días. Sin embargo, Harry sentía que había pasado una eternidad desde la última vez que había hablado con su hijo.

—Ya están todos aquí, Harry.

Ginny estaba recargada al margen de la puerta. Su voz, normalmente enérgica y animosa, se había convertido en un susurro afligido y alrededor de sus ojos se dibujaban unas profundas ojeras.

Harry asintió y pasó por su lado sin decirle nada. Se había sorprendido a si mismo evitando la mirada de su esposa un par de veces durante las últimas horas. No sabía que decirle. No sabía qué hacer para disculparse por no haber encontrado a su hijo todavía, por haber sido él el causante de que escapara…

Llegó a la sala de estar de la Madriguera.

Ron estaba sentado en el sofá junto a la chimenea con Bill y Fleur; George, Angelina, Percy y Audrey estaban recargados en la pared; el viejo Arthur ocupaba el otro sofá y limpiaba sus gafas tranquilamente con el extremo de su túnica y su mujer, Molly, entraba apenas, sacudiéndose plumas del delantal.

— ¡Oh, esas lechuzas! —exclamaba mientras tomaba asiento junto a su marido—. Están tan tristes las tres desde que sus amos se fueron, no sé si podremos guardarlas por mucho tiempo.

—Tenemos qué, Molly —decía Arthur—. Si las liberamos, irán a buscar a Albus, Rosie y el hijo de los Malfoy y esos hombres podrían rastrearlos.

Andrómeda Tonks estaba sentada en una sillita junto a Kingsley Shacklebolt y detrás de ellos estaba Victoire, recargada en el hombro de Teddy; Luna estaba parada en una esquina de la habitación con Rolf Scamander de la mano y a su lado estaba Neville, hablando en voz baja con su esposa Hannah; mientras Rachel Carter, la joven profesora de sigilo y rastreo en la Academia de Aurores, los miraba desde el otro extremo de la habitación.

—Buenas noches —dijo Harry aclarándose la garganta. Todos voltearon a verlo—. Gracias por venir tan rápido. Ron y yo acabamos de volver de Italia y estamos seguros de que… Bueno, de que los muchachos estuvieron ahí.

—Fueron al Castel Nuovo, el museo para magos y muggles en Nápoles —explicó Ron.

— ¿Y qué hacían ellos en ese lugar? —preguntó Bill arqueando las cejas.

Harry suspiró. Era hora de contarles todo lo que sabía o al menos lo que creía que estaba pasando.

Hace algunas semanas, después de que Benjamin Lodge y Dimas Mabroidis atacaran a su hijo por primera vez en su examen de sigilo y rastreo, Harry los había reunido a todos en la Madriguera con la intención de conseguir ayuda para proteger a los miembros más jóvenes de la familia y además, intentar averiguar qué es lo que estaba pasando en el mundo mágico.

No era coincidencia que un asesinato a muggles, la fuga de Azkaban de Lodge, la desaparición de varias familias de mortífagos en Inglaterra y los ataques a su hijo ocurrieran en tan poco tiempo. Algo malo estaba pasando y por eso Harry había decidido ocuparse de eso sin involucrar a los aurores o a personas del ministerio que realmente no conocía. La guerra contra Voldemort le había enseñado que sus enemigos podían infiltrarse con facilidad en el Ministerio de Magia y que en un parpadeo podían destruir el sistema tan frágil por el que se gobernaban.

Ginny solía decirle que sin darse cuenta había reestablecido a la Orden del Fénix y extrañamente así es como se referían todos los presentes al pequeño grupo que habían formado.

—Hace algunos meses, Ron, otros aurores y yo fuimos a Grecia porque el cuartel de allá solicitó nuestra ayuda —comenzó a explicar Harry—. Un grupo de magos estaba realizando magia tenebrosa en unas ruinas, a las afueras de un pueblo. Al llegar ahí, Cornelius Savage entró a revisar y lo asesinaron. Tenía una herida extraña en el cuello. Nosotros no pudimos encontrar a su atacante, solo a un tipo que parecía haber perdido la razón. Lo llevamos a Azkaban pero no pudimos sacarle nada de información ya que está prohibido utilizar veritaserum o algún otro encantamiento en prisioneros que no lo han aprobado.

Kingsley esbozó una sonrisa irónica. Él también detestaba esa ley.

—Después, cuando Benjamin Lodge escapó y comenzaron los ataques contra Albus… —Harry cerró los ojos, perturbado ante el recuerdo de su hijo recostado en una cama de San Mungo—. Cuando lo lastimaron en su examen de sigilo y rastreo, descubrimos que la herida que tenía era muy parecida a la que mató a Cornelius Savage. Se la hicieron con un extraño cuchillo que provoca quemaduras internas en sus víctimas.

—En el ataque en el andén 9 ¾, Montague fue asesinado —continuó Ron, seguramente notando la incomodidad en la voz de su amigo—. No sabemos por qué, ya que él… Bueno, estaba con ellos, con los atacantes. Pero, la herida que lo mató era exactamente igual.

—Es decir que fue la misma persona —dijo Teddy—. La que asesinó a Cornelius Savage y a Montague, la que hirió a Albus… Era la misma persona.

—Intentamos volver a interrogar al tipo que habíamos encontrado en Grecia —explicó Harry—. Y está vez nos dio un nombre: Dimas Mabroidis.

—No hemos encontrado ningún registro de él —dijo Ron pasándose una mano por el cabello—. Y no tenemos ni idea de quién es.

—Pero, ¿Qué tiene que ver ese hombre con los niños? —preguntó Molly, angustiada.

—Bueno, en la familia Lodge nunca hubo mortífagos, pero cuando la guerra contra Voldemort comenzó, ellos huyeron de Inglaterra para que no se les relacionará con lo que estaba pasando. Volvieron al país hace algunos años—Harry miró a Neville—. No sé si recuerdas que yo no quería que Benjamin Lodge impartiera clases en Hogwarts, a pesar de su insistencia.

—Claro que si —respondió él—. Sin embargo, fue el que mejor calificó para el puesto y a la profesora McGonagall no le quedó más remedio que aceptarlo.

—La última noche de su primer año trabajando en Hogwarts, Benjamin Lodge salió al Bosque Prohibido, llevando consigo un pergamino viejo y una daga. Fue esa noche cuando los chicos lo siguieron y lo descubrieron haciendo magia tenebrosa. Logramos apresarlo y guardamos la daga en el departamento de misterios durante todos estos años, pero hace poco… —Harry suspiró—. Robaron la daga.

—¿Qué? Pero, los inefables son muy cuidadosos con su departamento —dijo Arthur contrariado—. Solo alguien interno podría conocer bien su sistema de seguridad.

—Es lo que nos preocupa y hemos hecho todo lo posible, pero no hemos averiguado nada —admitió Ron.

—Unos días después, Benjamin Lodge escapó de Azkaban —continuó Harry—. Y durante todos los ataques a Albus, era acompañado por ese hombre, Dimas Mabroidis. Creíamos que lo buscaban por venganza, pero…

Los miró a todos y volvió a suspirar.

—Es más que eso, ellos… Ellos creen que Albus es el merecedor del Aurea Pergamena.

Ni siquiera Luna, que conocía las historias más extrañas que Harry hubiera escuchado nunca, dio muestras de reconocer ese nombre.

—Es latín, me parece. Significa "pergamino dorado" —comentó Percy pomposamente—. Pero, me temo que no estoy relacionado con ese término, Harry… ¿A qué te refieres?

Y durante los siguientes minutos, Harry les relató la historia que Albus le había contado la noche antes del ataque en el andén 9 ¾.

Les habló sobre Merlín y su libro de conjuros, sobre la traición de Vivian y su afán por poseerlo; les dijo todo sobre cómo el mago había prevenido el engaño y se había desprendido de su magia, guardándola en el libro y esparciendo los trozos por todo el mundo; les explicó que solamente la persona que tocara un objeto designado por Merlín podía controlar los trozos del libro y que ese objeto era la daga que habían robado del departamento de misterios, la daga que Lodge tenía esa noche en el Bosque Prohibido… La daga con la que, accidentalmente, Albus se había cortado la palma de su mano derecha.

Las reacciones fueron variadas. Algunos alzaron las cejas sorprendidos, otros torcieron sonrisas incrédulas y unos cuantos se llevaron las manos a la boca.

—Conocemos esa historia porque Rose se la contó a Albus y él a Harry —explicó Ron—. No sabemos cómo es que ella lo supo, pero…

—El prisionero que capturamos en Grecia, el que nos dio el nombre de Dimas Mabroidis, mencionó algo sobre el pergamino de Merlín y Vivian —dijo Harry—. Y luego nos dijo que se llamaba el Aurea Pergamena.

—Entonces, Albus tocó la daga y por eso esos hombres están detrás de él, ¿cierto? —George soltó un silbido de impresión—. ¡Ya decía yo que ese niño se parece mucho a ti, Harry! ¡En qué problema está metido!

—¿Y enserio es eso posible? —preguntó Audrey mirando a su esposo—. ¿Ustedes pueden…? ¿Pueden deshacerse de su magia y guardarla?

—Jamás había escuchado nada igual —respondió él.

—Yo tampoco —dijo Fleur alzando las cejas—. Me pagece una histogia demasiado…

—En realidad no importa si es verdad o no —la interrumpió Ginny dando un paso al frente—. Lo que importa es que esos hombres y los chicos creen que si y justo ahora están a la mitad de una cacería para obtener los trozos de ese maldito libro.

Se sumieron en un tenso silencio. Harry apenas estaba preguntándose si habría sido una buena idea explicar todos los detalles de esa historia tan ambigua, cuando Luna se acercó y sonrió.

—Bueno, ahora ya sabemos lo que tenemos que hacer, ¿verdad? —los miró a todos y amplió su sonrisa—. Hay que participar en esa búsqueda. Si seguimos los rastros que dejó Merlín, entonces estaremos siguiendo el camino de los chicos y podremos encontrarlos.

En ese momento se encendieron las llamas de la chimenea y Hermione ingresó a la sala de estar sacudiéndose las cenizas del cabello.

—¿Cómo te fue? —preguntó Ron ayudándole a quitarse la capa.

—Nada bien —respondió ella—. La conferencia de prensa que solicitó Miranda Savage era para dar a conocer por fin el procedimiento que va a utilizar en la Comisión de Registro de Hijos de Muggles, pero no desperdició el tiempo y aprovechó para plantear las nuevas reformas que tiene en mente y de paso decir otra vez que los héroes de guerra deberían dejar de controlar el mundo mágico y…

—¿Qué nuevas reformas? —preguntó Harry frunciendo el ceño.

—Quiere que los dementores se encarguen otra vez de la seguridad en Azkaban —dijo Hermione y algunos soltaron gemidos de impresión—. Ya lo había dicho, ¿se acuerdan? Solo que ahora será una propuesta formal.

—No pueden, ellos… No se puede, ¿verdad? —preguntó Andrómeda Tonks dirigiéndole una mirada de terror a Kingsley.

—Espero que no —dijo él soltando un lamentoso suspiro—. Lamentablemente, si la mayoría del consejo decide seguir las ideas de Miranda Savage, no podemos hacer nada —se puso un dedo en la barbilla y frunció el ceño—. Conocí muy bien a su padre, Cornelius, cuando era auror. Era un buen hombre y si aún viviera, no creo que estuviera de acuerdo con lo que está proponiendo su hija.

—Únicamente se está aprovechando de su nombre para ganarse la simpatía del consejo —dijo Hermione con desagrado.

—Aún no tenemos que preocuparnos por eso —dijo Molly seriamente—. Creo que lo más importante ahora es encontrar a los niños.

—Dicen que estuvieron en el Castel Nuovo, ¿verdad? —preguntó Angelina torciendo la boca—. Es un lugar antiguo y probablemente un buen escondite para el Aurea Pergamena…

—¿Cómo dices? —preguntó Harry sorprendido.

—Ginny tiene razón —admitió Bill encogiéndose de hombros—. No importa si es real o no. Tenemos que pensar que lo es para poder encontrar a los chicos.

—¡Oh, en Francia hay todo tipo de lugages que podgían seg escondites pegfectos paga guardar algo así! —exclamó Fleur—. ¡Gabrielle conoce tantos! Le preguntaré si ha escuchado algo sobge Meglín…

—Podemos buscar en los registros de nuestro viaje a África… —sugirió Rolf Scamander.

—Y no nos vendría mal revisar algunos documentos del ministerio —comentó Victoire—. Puede ser con discreción, por supuesto.

Uno a uno, comenzaron a formular teorías y a hacer sugerencias para comenzar cuanto antes la búsqueda del Aurea Pergamena y encontrar a los muchachos. Harry los observó por un momento y de golpe recordó por qué los había reunido, por qué confiaba plenamente en todos ellos…

—¿Te ha dado noticias sobre el chico Lodge? —le preguntó Hermione en voz baja. Estaba mirando a Rachel Carter, que acababa de acercarse a Victoire para opinar sobre el asunto.

—Aun no —respondió Harry y como presentía lo que estaba pasando por la cabeza de su amiga, añadió: —. Necesito que alguien vigile a Devon Lodge, Hermione. Es el sobrino de ese maniático y según Albus, parece saber muchas cosas sobre lo que está pasando.

—Ya, eso lo entiendo —dijo ella mirando a la muchacha con desconfianza—. Pero, en la Academia de Aurores hay muchos profesores que te son fieles.

—No sé hasta qué punto —dijo Harry con pesar—. No me conocen, conocen el apellido Potter. En cambio, he trabajado con Rachel Carter en el pasado y te puedo asegurar que a ella no le importa cómo nos llamemos. Es leal porque debe serlo. Además, fue quien sacó a Albus de ese lugar la primera vez que Lodge y ese maldito lo atacaron…

—Lo sé, lo sé —Hermione suspiró—. Es solo que… ¡Oh, es tan joven, Harry!

Tenía razón, por supuesto. Rachel Carter era muy joven, igual que Teddy y Victoire. Sin embargo, ahí estaban, asistiendo a reuniones secretas y adentrándose en el peligro… Y Harry sentía que era él quien los estaba poniendo en peligro a ellos, a toda la familia.

Durante años había intentado protegerlos, había querido olvidar quien era y fingir que la guerra solo era un mal recuerdo que nunca tendrían que volver a vivir. No lo había conseguido.

Sintió que Ginny lo observaba desde el otro extremo de la habitación y nuevamente se vio obligado a apartar la mirada.

Lo único que verdaderamente deseaba era que esta nueva amenaza se terminara antes de que alguno de ellos tuviera que sufrir y que Albus volviera a casa sano y salvo.


El Stagno Bosco Bazzoni era un bosque muy pequeño ubicado al lado de Trieste, en Italia. La tienda de campaña en la que se hospedaban Albus, Rose y Scorpius estaba a la mitad de un claro, rodeada por unos cuantos hechizos de protección que habían colocado entre los tres luego de su primera noche ahí y hasta el momento, todo estaba calmado y sereno. En sus mochilas habían empacado suficiente comida, pero Rose había insistido en acudir al pueblo un par de veces para comprar más víveres antes de que tuvieran que trasladarse a otro lugar.

—Es que no sabemos cuánto tiempo estaremos fuera de casa —les había dicho mientras guardaba su dinero muggle—. Y no quiero ni pensar en lo que pasará si se nos acaba la comida.

Scorpius también había llevado consigo muchos galeones, pero al encontrarse en un pueblo donde los magos escaseaban, no había podido utilizarlos todavía.

—De haber sabido que solo utilizaríamos dinero muggle, no habría tocado esto —le dijo un día a Albus, señalando la bolsita llena de monedas de oro que reposaba sobre la mesa—. Es lo único que el viejo Lucius Malfoy le dejó a su futuro nieto antes de morir en Azkaban. Mi padre siempre dijo que era para mí y por eso nunca lo sacó de Gringotts, ni siquiera para pagar todas las deudas de la familia.

—¿Por qué no lo habrías tocado, entonces?

—Porque no creo que este pequeño regalo del abuelo haya sido… Ya sabes, ganado honradamente. Nunca lo utilicé porque no es mío, es de un mortífago que nunca conocí. Y entre menos relación tenga con el pasado de mi familia…

—Lo sé —había dicho Albus, consciente de que a su amigo no le gustaba hablar de aquello—. ¿Y por qué sacarlo de Gringotts precisamente ahora?

—Porque no iba a dejar que te murieras de hambre, Al —Scorpius había sonreído con presunción—. Eres tan impulsivo que sabía que habías huido de tu casa sin considerar los gastos de un escape. Creo que Weasley pensó lo mismo.

Y tenía razón porque Albus solo había llevado consigo unas cuantas latas de comida, botellas de agua, algo de ropa y las fotografías que antes adornaban la pared de su habitación. Rose, por otro lado, casi había cargado con toda la biblioteca de su casa.

—Pensaba solo empacar la copia del pergamino que encontré en Alejandría, para tener la leyenda del Aurea Pergamena a la mano —le dijo una tarde a Albus, cuando éste le preguntó acerca de la pila de libros que guardaba en su mochila—. Pero, mientras buscaba otras cosas para llevarme, me di cuenta de que probablemente necesitaríamos muchísima información para nuestro viaje, así que decidí traerme lo esencial.

—¿Lo esencial? —Scorpius había arqueado las cejas al mirar dentro de su mochila—. Esos son más libros que los que hay en la biblioteca de Hogwarts.

Albus de verdad creía que él había sido discreto y cauteloso a la hora de escapar, pero ahora se daba cuenta de que ellos dos realmente habían planeado todo minuciosamente y eso lo hacía sentir un poco mal… Aunque últimamente, todo lo hacía sentir un poco mal.

Scorpius siempre trataba de evitar el tema y Rose parecía haber entendido que su primo no quería tener una conmovedora charla sobre el amor y la traición. Ninguno había vuelto a mencionar el asunto de Lizza, sin embargo, Albus no había dejado de pensar en ello.

Jamás en su vida se había sentido tan mal. Casi no podía dormir y cuando lo hacía, lo azotaban pesadillas horribles sobre ella, Dimas, Benjamin Lodge y hasta imágenes sobre el aterrador recuerdo que había visto en el pensadero cuando tenía once años, el de Lord Voldemort asesinando a su padre en el Bosque Prohibido.

Era terrible y normalmente, cuando se sentía así, solo había una cosa que deseaba hacer más que nada en el mundo: hablar con él, con su padre.

Pero cada vez que la tentación de volver al Valle de Godric se apoderaba de él, acudían en su ayuda la rabia y el resentimiento que sentía al saber que su padre nunca había sido completamente sincero con él y que lo único que quería era encerrarlo en una cajita de cristal por el resto de su vida. No quería que eso volviera a pasar, no quería ser de nuevo el hijo del gran Harry Potter, no quería que los compararan, que le atribuyeran logros que él no se había ganado, que lo quisieran solo por ser hijo del Elegido.

Todos esos pensamientos lo atormentaban más que nunca, pero por suerte, había descubierto una manera de calmarse, de tranquilizar su mente y serenar su espíritu… El Aurea Pergamena.

Una noche, luego de tener una pesadilla especialmente escalofriante y de despertarse anhelando un consejo paterno, Albus había sacado de la mochila de Rose la cajita de madera que contenía el rollo de pergaminos de Merlín. Y no supo que pasó entonces, pero le parecía que esas delicadas hojas doradas tenían un poder especial que lo hacía olvidarse por un momento de todos sus problemas. Las dificultades se reducían y todos sus sentidos se concentraban en el calor que sentía cada vez que los tocaba, en ese maravilloso calor interior que únicamente podía sentir él, el dueño del Aurea Pergamena…

Todavía no había leído en voz alta ninguno de los conjuros que relucían con tinta negra sobre la superficie del pergamino, porque cada vez que estaba a punto de hacerlo, escuchaba la voz de Rose en su cabeza, advirtiéndole lo peligroso que podía ser conjurar algo desconocido. Sin embargo, ya casi se los había memorizado todos, aunque aún no podía entender el lenguaje en el que estaban escritos.

El Aurea Pergamena se había vuelto como una droga para él, algo que lograba adormecer el dolor. Ansiaba con todo su ser encontrar las otras partes, tener todos los pergaminos que había escrito Merlín y luego recuperar la daga que tenían Lodge y Dimas… Pero, no estaban teniendo mucha suerte.

—¡Es que así es imposible! —exclamó Rose una tarde. Había pasado más de dos horas revisando el pergamino que había traído de Alejandría y parecía muy enojada—. ¡Aquí no dice nada de utilidad! Solo cuenta cómo Vivian engañó a Merlín, cómo él guardó sus poderes en el libro, cómo lo ocultó por todo el mundo… ¡Pero, eso ya lo sabemos!

—Si tan solo averiguáramos quien es ese tal G.G. que escribió la historia… —comentó Scorpius hojeando un par de libros—. ¡Pero, hay demasiados magos con esas iniciales! Suponiendo que realmente se trata de un nombre.

—Ese tal G.G. dice que conoció a un descendiente de Vivian… —Albus se acercó a su prima y leyó por sobre su hombro—. ¡Aquí! "… si conozco esta historia es por qué, creedlo o no, conocí a un descendiente de Vivian y éste me ha contado todo lo que yo os he relatado en este humilde pergamino". Tal vez si pudiéramos encontrar a los descendientes de Vivian…

—Eso sería casi imposible porque los apellidos desaparecen conforme pasa el tiempo —dijo Rose con un suspiro—. Se saben muy pocas cosas de Vivian antes de que fuera aprendiz de Merlín y luego de que lo matara, no hay ningún registro de ella. Algunos historiadores aseguran que su apellido era Lake, pero… ¿Sabes cuantas personas podemos encontrar con ese apellido? Y eso ni siquiera garantiza que sean descendientes…

—Yo creo que ese tal Dimas conoce a los descendientes —dijo Scorpius encogiéndose de hombros—. Quizás Benjamin Lodge sea uno o tal vez el propio Dimas… ¿Por qué no? Conocían la historia del Aurea Pergamena antes que nosotros.

—Es posible —admitió Rose. Volvió a leer el pergamino que tenía delante y torció la boca—. ¡Sé que hay una pista escondida por aquí! "… todo comenzó con el amor de un pobre mago y es así como debe de terminar. El amor y el poder no deben mezclarse, porque las sensaciones que estos dos sentimientos provocan son muy diferentes y si no os andáis con cuidado, pueden causar demasiados males en el mundo".

—Pues, yo no capto ninguna pista —dijo Scorpius dejando caer la cabeza en el sofá—. Pásame otra galleta, ¿si, Al?

—Tenemos que cuidar la comida, Malfoy —le dijo Rose sin despegar la vista del pergamino.

—No me fastidies, que yo no te dije nada ayer cuando te comiste cinco ranas de chocolate —masculló Scorpius mientras desenvolvía el paquete de galletas que Albus le había pasado—. ¡Oh, delicioso! Tienen menta. Adoro la menta.

—¿La adoras? —preguntó Albus alzando las cejas.

—Sí, de verdad —Scorpius le dio un mordisco a la galleta y suspiró—. Incluso es uno de los olores de mi amortentia. Menta, el cuero de mis guantes de quidditch y algo que huele como a limpio.

—¿Algo limpio?

—Bueno, nunca he sabido qué es, pero huele delicioso —dijo Scorpius, con la boca llena de trocitos de galleta.

—¿Podrían dejar de decir tonterías y ayudarme a resolver esto? —preguntó Rose mirándolos con el ceño fruncido—. Por si no lo habías notado, Malfoy, aún no hemos encontrado la siguiente pista para…

—Ya, solo quería aligerar el ambiente. Estoy cansado de leer, deberíamos tomar un descanso —Scorpius bostezó y estiró los brazos—. ¡Distráiganse un poco! Pueden contarme a que huelen sus amortentias, si quieren.

—No lo recuerdo —dijo Albus desviando la vista. Lo recordaba, pero dolía mucho. Empanadas de carne recién horneadas, el césped que crecía en el campo de quidditch de Hogwarts y miel. El perfume que usaba Lizza olía a miel.

—Bueno, ¿y a qué huele la tuya, Weasley?

—No voy a… ¡Oh, ya lo tengo! —Rose se levantó de un salto y corrió hacia su mochila. De una bolsa pequeña sacó una carta que desdobló con rapidez—. ¿Por qué no lo pensé antes? ¡Es perfecto!

—¿Qué cosa? —preguntó Albus, ansioso por olvidarse de esos tormentosos recuerdos y concentrarse en la búsqueda del Aurea Pergamena—. ¿Tienes alguna pista nueva? ¿Has descubierto algo? ¿Qué es, Rosie?

—No, no, pero sé cómo podemos continuar —dijo Rose emocionada—. Verás, te conté que uno de los objetivos del Programa Nacional de Investigación Histórica de la Magia era viajar a lugares de importancia histórica para recopilar datos, ¿verdad? Por eso yo estaba en Alejandría cuando encontré el pergamino…

—¿Y eso que tiene que ver con…? —comenzó a preguntar Scorpius, pero ella alzó la mano para callarlo.

—Bueno, pues uno de los lugares que íbamos a visitar era Venecia y ahí se celebraría un baile de máscaras, porque los antiguos magos y brujas de esa región acostumbraban a vestir con…

—¡Weasley, te juro que no entiendo cuál es tu punto! —exclamó Scorpius exasperado.

—Toda la gente del programa se va a reunir en Venecia el 31 de octubre—explicó ella—. Algunos de los profesores que asistirán son los que descubrieron el derrumbe en la biblioteca de Alejandría y los pergaminos que estaban guardados ahí. Seguramente ya los habrán leído, pero siguen guardándolos como secretos hasta que hayan averiguado más sobre ellos. ¡Tienen mucho conocimiento sobre estos temas! Y si ya han leído lo que escribió G.G. sobre el Aurea Pergamena, habrán formulado sus propias teorías… No hay nadie en el mundo que pueda ayudarnos más en una búsqueda que ellos, se los puedo asegurar —alzó la carta que tenía en la mano y se las mostró—. Es una invitación para el baile, me llegó antes de irnos del Valle de Godric. Es la oportunidad perfecta para que podamos conversar un poco con ellos y…

—¡Un momento, un momento! —exclamó Albus—. ¿No dijiste que nadie debía saber sobre el Aurea Pergamena? La gente que lo sepa correrá peligro, porque Dimas y Lodge…

—Pero los profesores solo habrán especulado un poco sobre el tema. Además no les diremos que tú eres quien ha tocado la daga, ni todo lo que ya sabemos. Si yo pudiera hablar con ellos y decirles…

—¿… que los desobedeciste y que entraste al derrumbe de la biblioteca, aun cuando se le prohibía la entrada a los estudiantes, y que después usaste la maldición geminio para copiar uno de los pergaminos para poder llevártelo a casa y explicarnos la historia de Merlín? —Scorpius torció una sonrisa—. Oh, sí. Quisiera ver eso.

—Aunque pudieras hablar con ellos y te dieran alguna pista, nos estaríamos arriesgando a que alguien nos reconociera —dijo Albus pasándose una mano por el cabello—. No nos queda mucha poción multijugos y…

—Es un baile de máscaras, Al —Rose arqueó las cejas—. Y no usaremos la poción multijugos. Los profesores le van a responder cualquier duda a Rose Weasley, no a una extraña.

—¿Te das cuenta de todas las cosas que podrían salir mal si vamos a ese baile? —preguntó Scorpius—. A mí me parece que lo único que quieres es volver a ver a tu novio Goldstein…

—Bueno, podemos asistir a ese baile para que yo pueda hablar con los profesores y seguir buscando el Aurea Pergamena o podemos pasar aquí el resto de nuestros días intentando averiguar cuál es el tercer aroma de la amortentia de Malfoy—Rose frunció el ceño y miró a Albus—. Si realmente quieres encontrar la siguiente parte, tenemos que movernos.

Albus le devolvió la mirada a su prima.

Iban a arriesgarse muchísimo si acudían a una reunión con tantos magos y brujas (no es como si sus apellidos pasaran desapercibidos en el mundo mágico) y nada podía asegurarles que esos viejos expertos en historia iban a darles información de utilidad.

Sin embargo, seguramente Dimas y Benjamin Lodge ya estaban sobre la siguiente pista, mucho más cerca de encontrar el Aurea Pergamena que ellos. Rose tenía razón: debían moverse, ya.

—Está bien —Albus miró a sus dos compañeros y asintió—. Hay que ir a Venecia, entonces.

—¡Muy bien! —exclamó Rose y se puso a caminar por toda la tienda—. Pero, hay que planearlo bien. Tenemos que tener varios planes de respaldo y no debemos separarnos para que no nos pase lo mismo que en el Castel Nuovo, también tenemos que pensar en que haremos si vemos a alguien conocido, porque seguramente nuestros padres ya han inventado una historia sobre nuestro paradero y no hay que…

—No entiendo cómo es que se le ocurrió esto —masculló Scorpius rodando los ojos—. Yo solo les pregunté a qué olían sus amortentias…

—Ranas de chocolate, las flores que crecen en el jardín de la Madriguera y espuma de afeitar —respondió Rose distraídamente y sin mirar a nadie, comenzó a sacar más libros de su mochila.

Scorpius volvió a rodar los ojos.


¡Hola otra vez! Ahora me pase un poco del mes, pero siempre intento que las actualizaciones sean lo más pronto posible :) En fin... El capitulo, sí.

La verdad es que quise hacer como una recapitulación de todos los datos que tienen Harry y compañía y también Albus y compañía. Siento que algunas veces el autor puede tener todo muy claro, pero los lectores se pierden un poco o se olvidan de las pistas conforme la historia va avanzando (a mi me pasa muchísimo), por eso quise hacer como un recuento de lo que llevamos hasta ahora.

Por ejemplo, ¿recuerdan que a Albus se le hacia extraño que su papá fuera a tantas "juntas de emergencia" en el ministerio? ¡Pues, eran las reuniones de la nueva Orden! Tampoco quiero que olviden la historia de cómo murió Cornelius Savage, el padre de Miranda ni a personajes como Devon Lodge (el archienemigo de Albus en su época de Hogwarts) o Rachel Carter (su guapa profesora de sigilo y rastreo en la academia de aurores) ya que aunque ahora no sean tan trascendentales, tendrán su momento en el fic.

Anyway... Si ya tienen sus teorías sobre lo que está pasando, no olviden comentar y así... Oh, quiero hacer especial énfasis en el comportamiento de Albus respecto al Aurea Pergamena y todo lo que está sintiendo. Solo digo...

¡Ah! Y sé que siempre les respondo reviews individualmente y en esta ocasión no es la excepción pero quiero contestar una duda que me dejo Arashi Shinomori, solo por si a alguien más se le ocurrió... ¿Por qué Harry no le enseñó a sus hijos que la mejor forma de comunicarse sin ser detectados es a través de un patronus parlante? Porque Harry siempre ha querido tener a sus hijos lejos del peligro, se negaba a sí mismo que algún día eso les fuera a ser de utilidad, que nunca iban a temer ser "rastreados" por alguien, que siempre iban a estar a salvo y Harry, por otro lado, puede comunicarse y enviarle un lindo ciervo a Albus, claro... ¿Pero que le diría? Harry se siente muy culpable por lo que está pasando y quiere hablar con su hijo frente a frente antes que nada.

Uffff muchísimos comentarios de autor por hoy. Ya me voy, no se preocupen...

¡Reviews plis!