XIX
Un fantasma recorre el Mundo Ninja. El fantasma del Akatsuki. Por todos los Países los grandes Shinobis unen fuerzas para aplastar al Akatsuki. No saben cómo son, no saben qué principios manejan, no saben cómo hablan, pero al primero que hondee una bandera negra con una nube roja y promulgue absurdeces como la liberación de los campesinos, tierra para quien la trabaja, y progreso en base a industria y educación en lugar de guerra y doctrina, será tildado de Akatsuki y exterminado en la brevedad posible. No saben cómo, como no saben muchas cosas más, es que un grupo tan grande, tan numeroso y tan bien organizado apareció de pronto, hizo tantos avances, amenazó como nunca el poder de las Grandes Aldeas, para luego verse extinguido con las mismas prisas. Tampoco sospecharían que el origen de tan grande caos, conocido como La Revolución Carmesí, estaría en un grupo de muchachos medio muertos de hambre que recibieron las migajas de un Shinobi de Konoha de blanca melena.
La misma tarde en que Jiraiya se despidió de los muchachos, estos promovieron una insurrección en el mercadillo cercano. Denunciaron el impuesto abusivo de los comerciantes extranjeros sobre el producto local, y más por rabias que por razones, se les sumó un contingente considerable. La resistencia fue sofocada esa misma noche. Una gran fábrica ardió y se circuló que los muchachos habían muerto. Hasta se presentaron cuerpos chamuscados como prueba. A la semana siguiente, muchachos muy similares incentivaron un reclamo en los carretilleros. Esta vez consiguieron mejores éxitos, al lograr que les aumentaran un centavo el sueldo diario. Los chicos llamaron a no dormirse en los laureles, que los poderosos se conforman con migajas, como darle una galleta a un niño para que deje de mirar con cara de borrego el filete del patrón. Fundaron los primeros sindicatos. Pronto, los trabajadores de las purificadoras gravitaron alrededor de la idea de tener descansos que no significaran la reducción del sueldo. La Premisa de las 10 Horas de trabajo fue el novamás. Se respiraba huelga.
Durante las noches, tras los escarpados entrenamientos, Konan sigilosamente aprovechaba para leer los libros de cubierta roja que había rescatado del baúl prohibido de su padre, antes de marchar hacia su muerte y después del derrumbe general del hogar. Allí encontró un texto singular y deshilachado: El Manifiesto del Partido Comunista. Su lectura la abrumó, pero también la belleza de esas letras llenas de dolor la mantuvieron en vilo. Tras instruirse en las bases del visionario Marx y navegar por las experiencias revolucionarias del inflexible Lenin, llegó a la conclusión de que el Mundo Ninja necesitaba algo de comunismo para cambiar. Encandilada, durante los almuerzos le explicaba lo aprendido a Nagato, que no sabía ni le interesaba leer, y con ejemplos sencillos, como vacas o cultivos, fue comprendiendo las necesidades reales y renegó de sus manías. Incluso Yahiko, enfrascado en su edulcorado nihilismo, llegó a interesarse en la predica, y se vio impulsado por el tímido pero inmenso amor que profesaba hacia los débiles. El trío creyó descubrir las claves del progreso en aquellos libros de hoja barata, e invirtieron largas jornadas en interpretar los textos no traducidos. Los nombres de Stalin, Breznev y Kruskaya retumbaron en sus jóvenes mentes con un brillo cegador. A base de texto descubrieron el revisionismo de Jrushchov y cía., descartaron a la Escuela de Frankfurt como idealistas inconformes y determinaron la senda de luz que habrían de transitar. Sin embargo, ningún nombre significó nada ante la presencia cuasi-divina del último gran profeta del marxismo: El Presidente Mao Tse Tung era una suerte de Buda revolucionario. Sus 5 Tesis Filosóficas eran un mundo nuevo lleno de respuestas. Su entendimiento de la táctica y la estrategia, su comprensión de las costumbristas relaciones entre campesinos, y sublime visión militar del partido, conformaron el manual vital de los jóvenes ninjas. Desde entonces, cada que llegaba una nueva edición de Pekín Informa, con 2 años de retraso, los niños se nutrían de nuevas experiencias que de inmediato intentaban acomodar a su realidad de fierros y lluvias. Leían, y llevaban a la vida. Vivían, y lo iban anotando en hojas de bambú. Así estuvieron hasta que llegó a ellos una máxima brutal.
Nagato se mantuvo en un estado de fascinación por casi medio día. No daba fe a su entendimiento mientras daba vueltas bajo la lluvia. Nunca nada se había sentido tan real, los cientos de golpecitos de esas agujas de agua, el sol tras esas nubes oscuras, la tierra húmeda bajo sus pies, su cuerpo presa de un entusiasmo silencioso y arrollador. Se sentó con sus hermanos, y mirando un horizonte ahora prometedor, dijo:
—Salvo el Poder, todo es Ilusión.
Los muchachos sonrieron. Se probaban hablando en las fábricas, a la salida de los trabajadores, que solían ignorar y tirar los volantes en los que Konan tanto se había esmerado. El pobre Yahiko, que tenía vena de poeta, no podía articular dos sílabas, y fue entonces cuando Nagato se enfureció y gritó ante los hombres. Sus rostros taciturnos se detuvieron ante él. La realidad de esa pobreza lo sobrecogió, pero no se echó para atrás. Descartó el discurso preparado y dejó que las emociones tomaran el control. Los hombres, viejos y cansados, se vieron poco a poco recuperados ante esa llama bella de vitalidad que ni la peor lluvia podía apagar.
—¡Necesitamos unir a todos los proletarios del Mundo Ninja!
—Oye, ¿qué es un proletario?
—No tengo idea, pero suena genial.
—Cállense los hocicos, quiero oír al mocoso.
Desde entonces Yahiko se limitó a recoger las donaciones.
Quizás era la inocencia de los niños contagiando a los adultos, pero pronto se vieron buenos brotes de organización. Las protestas espontáneamente devenían en motín y sabotaje, y los chicos pronto eran desplazados de las decisiones. Supieron entonces que era necesario crear su propio partido, ahora que Jiraiya ya no estaba con ellos. Sería el Partido Comunista del Mundo Ninja, un solo gran frente que reuniría a todos los inconformes de todos los Países Shinobi. Claro, no podían usar ese nombre, para permitir una variedad de opiniones que luego serían barridas, así que discutirían un nombre en la primera reunión. Se llevó a cabo en un bodegón, con 7 miembros y una cabra. Esa noche de fiebres, Nagato decidió el nombre de la organización y diseñó la bandera con un feo dibujo. Ellos serían Akatsuki y sobre una bandera negra colocarían una nube carmesí.
—Porque somos más rojos que el rojo.
Armados con su marxismo mutante, la organización ganó adeptos más rápidamente de lo que jamás podrían imaginar. Pronto tantos grupos actuaban con el nombre de Akatsuki y con tan poca coordinación entre sí, que parecía la organización más grande que haya visto el Mundo Ninja, todo por convertir el desorden en la ilusión del orden. También ocurrió que algunas misiones secretas eran sorprendidas y al miembro callado del grupo se le ocurría decir que eran enviados del Akatsuki. Se extendieron los rumores, y estos se materializaron en desórdenes que fueron escalando. Cuando el Tercer Tsuchikage mandó a deshacer una huelga pacífica de los picapedreros, esta se convirtió en una brutal represión que contó con docenas de muertos.
Danzo y Hanzo miraron con preocupación. No eran ignorantes de los avances del comunismo en el mundo moderno, y más que preocuparles su llegada a sus tierras, les preocupaba que alguien pensase que era posible algún tipo de aplicación.
—Es como una enfermedad, que se extiende cuando la tratas mal —le comentaba Danzo, haciendo un 2-1-2 Nuevo Shinobi en el Gungi.
—Hablando de enfermedades —Hanzo observó la mano magullada de Danzo—, te veo muy desmejorado, viejo amigo.
—Supongo que es inútil obviarlo —rio Danzo, mostrando las arrugas que se le habían acumulado en el rostro—, llamémosle, un efecto secundario de perseguir los mayores secretos de nuestro mundo.
—No permitirías que nadie lo supiera —dijo Hanzo, gruesa su voz, marcando un 5-4-1 Comandante General—, apuesto que ni siquiera Hiruzen lo sabe. ¿Por qué te muestras así ante mí, entonces?
—Ah, ¿por qué será? —se cuestionó, con una mezcla de burla y seriedad— ¿acaso confianza? No, seguro que eso no sé... Digamos, más bien lo contrario.
—Hay quienes dicen que te has vuelto débil. Temeroso.
—¿Serán los mismos que dicen eso de ti, Hanzo? —devolvió Danzo el favor con un 1-1-3 Torre Vigía—, encerrado, cada vez más precavido, siempre enviando dos o tres señuelos, ¿qué es lo que quieres que piense, viejo amigo?
Hanzo buscaba cómo ahuyentar ese pensamiento de su mente. Todos estos años, cómodamente posicionado, ¿lo habían vuelto débil, temeroso de su entorno? ¿Era esta la maldición del poder? Quizás la respuesta a esas preguntas sea la razón de su injustificable miedo hacia esos muchachitos que ahora tenía ante él. Lo había convocado, interesado en hacer una alianza. El Akatsuki había aceptado, emocionado, porque por fin reconocían su imparable crecimiento. Las revueltas campesinas habían salpicado a los ninjas, y pronto el revanchismo de las Aldeas menores incentivó palabras mayores, y esto, acciones. El Mundo entraba a una nueva guerra, y los muchachos no podían estar más entusiastas. Tras una guerra, los pobres se levantan más fortalecidos. Hanzo no sabía bien qué sentir ante los rostros que no terminaban de madurar frente a él.
—De pequeño, yo mismo fui usado por mi clan como un arma química, un avance sin precedentes para la guerra —les contó—, Yo era un instrumento con él único fin de traerles poder y dinero a mis líderes. Hoy, mi identidad no ha cambiado tanto. Sigo siendo un instrumento, pero esta vez destinado a construir un mundo de paz.
Nagato se vio interesados por la visión de mundo de Hanzo, Konan identificó la estrategia y Yahiko sospechó de los antecedentes, hasta que Hanzo se irguió con el fastidio de su cuerpo, y exclamó:
—Tras todos estos años, he entendido que hay dos caminos para llegar a esa añorada paz. Uno, como consecuencia del otro. El Dolor, y el Poder.
Un relámpago en lo lejos iluminó las miradas de Yahiko y Nagato.
—El dolor me trajo entendimiento. Una claridad que aliviaba. Me permitió descubrir de qué estaba hecho este mundo, y entre tanto dolor, pude ver una forma de salvarlo, un camino. Era como una luz de esperanza en un mundo de desesperación.
La oferta era limpia, aunque no libre de riesgos, que estaban dispuesto a asumir, porque en el Mundo Ninja de estos jóvenes, hay que estar dispuestos a arriesgarse en todos los sentidos para acercarse a algo remotamente parecido al éxito. Financiación e infraestructura a cambio de control, seguridad, reportes y engrosamiento de la fuerza militar. Convinieron en que las alianzas tácticas eran inevitables. Ya le rendirían cuentas a los inmaculados cuando los conocieran en el otro mundo. Por ahora, salvarían este.
—Han tomado la decisión correcta. Juntos... lo lograremos.
Cuando los muchachos pasaban a retirarse, Nagato se giró y le dedicó las palabras que Yahiko había estado pensando todo el rato.
—Hanzo de la Salamandra. Cualquier instrumento que es capaz de decidir su finalidad... merece llamarse ser humano.
La guerra iniciaría sus altas muy pronto. Akatsuki se ocultaría en el corazón de todas las Aldeas, ganase quien ganase, viviese quien pudiese. Esa noche, la luna se perfilaba como una fina hoz plateada.
