Entre Música y Máscaras.

— ¡Lily! ¿Estás escuchándome?

Cécille le pegó en las costillas, haciéndola gemir de dolor. Estaba señalando hacia el frente, en donde Emma Montgomery y Eleanor Wright la miraban con las cejas arqueadas y las manos en las caderas. Ni siquiera se había dado cuenta de que estaban ahí.

—Oh, lo siento—dijo Lily alzando la cabeza. Estaba tirada en el pasto, a la orilla del Lago Negro y no pensaba levantarse—. ¿Qué estabas diciendo?

— ¡Últimamente estás muy distraída! —se quejó Emma haciendo un puchero—. Te decía que todos en la sala común están preguntándonos si este año también habrá una fiesta de Halloween en la Sala de Menesteres.

—Oh, no lo sé.

— ¡Pero, tú y tus primos siempre son los encargados de organizar esa fiesta! —exclamó Eleanor.

—Ya no quedan muchos de mis primos en Hogwarts.

— ¡Tonterías! Tú y Hugo pueden arreglárselas perfectamente —insistió Emma—. Tú prima de Hufflepuff… ¿Lucy? ¡Seguro ella querrá ayudarles! Y Roxie se les unirá aunque aún esté en tercero…

—Además, hemos escuchado algo que quizá te interese —Eleanor dio unos brinquitos, emocionada—. ¡Escuché que Charlotte le decía a Irene que los amigos de Quinn estaban diciendo que Donald McLaggen quiere invitarte a salir! Al parecer estaba esperando hasta la fiesta de Halloween para…

— ¡Justo lo que necesitaba! —exclamó Lily compartiendo una mirada de desagrado con Cécille—. No soporto a ese idiota. Su ego pesa tanto que no sé cómo puede levantarse del suelo cuando monta una escoba.

— ¡Oh, de verdad no te entiendo, Lily! —exclamó Emma mirándola con el ceño fruncido—. Has recibido por lo menos una docena de invitaciones desde que empezaron las salidas a Hogsmeade y las has rechazado todas, ¿a quién estás esperando?

—A nadie. Es solo que no estoy de humor para soportar a esos imbéciles.

— ¡A ti te pasa algo! No puedes engañarnos, Lily. Somos tus amigas. Estamos seguras de que…

—Iba a decirles algo.

Las tres volvieron la vista hacia Cécille, que había permanecido callada durante todo el rato y ahora hablaba en un tono muy bajito, retorciéndose las manos y mirando hacia otro lado.

—Yo… Bueno, es que escuché en los lavabos que Daniel Green acababa de terminar con Jessica Lane.

Emma y Eleanor soltaron un gritito de emoción.

— ¿Qué? ¡Oh, por Merlín! ¿Por qué no nos habías dicho nada, Cécille?

— ¡Apuesto a que Jessica debe estar llorando en el baño! ¡Lo quería tanto!

— ¡Seguramente Daniel la estaba engañando con Marilyn! ¿Te fijaste en cómo se veían en clase de Encantamientos el otro día?

— ¡Seguro que Charlotte conoce todos los detalles! ¡Hay que ir a preguntarle!

Se despidieron de las otras dos, olvidándose de la fiesta de Halloween y del extraño humor de su amiga. Cuando estuvieron lo suficientemente lejos del lago, Lily arqueó las cejas y miró a Cécille.

—Daniel y Jessica no han terminado, ¿verdad?

—Bueno, pero al menos te han dejado tranquila —dijo Cécille encogiéndose de hombros.

—Buena idea, entonces —Lily soltó un suspiro y desvió la vista hacia el otro extremo del lago, en donde el calamar gigante salpicaba agua hacia el cielo—. No creo que ni Hugo, Lucy o Roxie estén de humor para organizar una fiesta clandestina en la Sala de Menesteres. Yo no lo estoy.

—Pero, tienes que recordar lo que dijo tu madre sobre actuar con naturalidad, Lily —Cécille convirtió su voz, normalmente baja, en apenas un susurro—. Si alguien se entera de que tu hermano ha escapado…

—Lo sé, lo sé —Lily torció la boca—. No te preocupes, fuera de la familia, eres la única que lo sabe.

—Gracias.

—No importa.

—No, de verdad… —Cécille se apartó el cabello castaño de la cara y alzó la vista—. Es increíble que confíes en mí de esa manera. Nadie nunca lo había hecho. No tienes idea de lo que significa para mí. Siento que no merezco que…

—Cierra la boca —dijo Lily rodando los ojos—. Te mereces eso y más. Tal vez en tu hogar no te traten como deberían, pero eso no quiere decir que en todos lados tenga que ser igual, ya te lo he dicho muchas veces.

—Ese lugar no es mi hogar —dijo Cécille y por primera vez desde que llegaron al lago, su voz sonó firme y clara.

Lily soltó otro suspiro. Ella, que gozaba de una familia numerosa y afectiva, no podía imaginar cómo se sentía su amiga.

Los padres de Cécille, muggles, habían muerto en un accidente cuando ella era muy pequeña y su custodia había quedado en manos de una vieja y huraña tía, su único familiar con vida. La mujer la había sometido a todo tipo de maltratos y abusos, y para cuando Cécille cumplió los once años y recibió su carta de Hogwarts, ya era una niña introvertida e insegura que hablaba muy poco. Sin embargo, el día de su selección, el Sombrero Seleccionador insistió en enviarla a Gryffindor, donde rápidamente entabló amistad con Lily, quien estaba algo harta de todas las preguntas que sus compañeros hacían sobre la historia (hasta entonces desconocida para ella) del gran Harry Potter, su padre. Como Cécille no sabía nada y además era demasiado tímida para preguntar, Lily congenió de inmediato con ella.

—Quisiera salir de casa de mi tía —comentó Cécille sentándose y abrazando sus rodillas.

—No tienes que esperar a ser mayor de edad, podrías hacerlo ya —Lily arqueó las cejas—. Falta cerca de un año solamente y te he dicho miles de veces que eres bienvenida en el Valle de Godric. Mis padres no tendrían ningún problema y estarías cerca de Hugo todo el tiempo.

Ella soltó una risita y negó con la cabeza.

—No podría, yo… ¡Oh, desearía ser tan valiente como tú! Quisiera hacerlo, pero me aterra. Tú lo haces parecer tan fácil.

—No es verdad. Eres valiente, eres una Gryffindor. Ya tendrás la oportunidad de demostrarlo —Lily estiró los brazos y volvió a suspirar—. Por lo pronto, vendrás a pasar las vacaciones de Navidad en mi casa.

— ¡Oh, Lily! Sabes que no me gusta molestar…

—No lo digo por ti, sino por mí. Si no han encontrado a Albus para esas fechas, las cosas estarán muy tensas y no voy a poder sobrevivir sin mi mejor amiga.

—No debes pensar así, Lily —le dijo Cécille, mirándola con severidad—. Seguro que pronto lo encontrarán.

—Tu no lo conoces —la vista de Lily se perdió en el horizonte—. Es un idiota testarudo, pero al menos antes permitía que mi papá lo cuidara. No sé qué pasó para que dejara de ser así, para que se fuera. Sea lo que sea que Albus esté haciendo, no quiere que papá lo encuentre.

—Verás que…

—No, es un imbécil —Lily agachó la cabeza. Sus ojos se habían puesto brillosos—. Y no solo él. Después de Hugo, Rose es mi prima favorita y aun así, se fue con él sin decirle nada a nadie. Y Scorpius es un gran amigo, yo lo creía más sensato. Pero, son unos imbéciles. Los tres.

— ¿Quiénes son imbéciles?

Hugo caminaba hacia ellas por la orilla del lago, con una enorme mochila colgándole del hombro y un pergamino doblado en la mano derecha.

—Nuestros hermanos y Scorpius.

—Oh —el muchacho hizo una mueca y se tiró en el pasto, en medio de las dos—. ¿Has sabido algo?

—Nada —respondió Lily, negando con la cabeza. Su primo soltó un lamentoso suspiro y luego comenzó a desanudarse la corbata de Gryffindor.

— ¡Anímense, por favor! —dijo Cécille, angustiada—. Las cosas mejoraran. Además, el partido contra Slytherin será muy pronto y no es posible que la cazadora estrella y el mejor guardián que nuestra casa ha tenido en años, estén distraídos.

— ¿El mejor…? —Hugo carraspeó. Las orejas se le pusieron coloradas—. Entonces, ¿tú piensas que…? ¿Qué yo soy…?

—Oh, bueno —Cécille desvió la vista, se mordió el labio y comenzó a retorcerse las manos nuevamente—. Tú sabes que… Bueno, eres el capitán y… Yo solo quería…

— ¡Oye, eso tiene mi nombre! —exclamó Lily mirando el pergamino que Hugo sostenía.

—Oh, sí —dijo él, apartando la mirada de Cécille—. Una lechuza lo tenía en la Sala Común y antes de que alguien más lo tomara… ¡Eh, te lo iba a entregar! —exclamó, cuando Lily se lo arrebató de las manos.

— ¡No vuelvas a tocar las cartas que son para mí! —gruñó ella mientras se levantaba y se sacudía la túnica.

— ¿Por qué? —preguntó Hugo con ceño—. ¿Sabes? Empiezo a creer que James tiene razón y que realmente te estás viendo con alguien para…

— ¿Ya te dijo Cécille que pasara las vacaciones de Navidad en el Valle de Godric?

Y solo esa pregunta bastó para que Hugo desviara su atención hacia la muchacha, con las orejas rojas y los ojos brillantes por la emoción. Lily sonrió satisfecha consigo misma y se alejó un poco, mientras desdoblaba su carta.

Lily:

¿Escuchaste la canción que puse en la mañana? Porque seguro estás todo el día pegada a la radio, endulzándote los oídos con mi melodiosa voz. "Secretos en el Caldero", se llama. Es el nuevo éxito de los "Cuernos de Erumpent" y de inmediato me hizo pensar en ti y en como insistes aun en esconder lo que tenemos para que James no me haga pedacitos.

Te extraño. Y seguro piensas que soy un cursi al decírtelo, pero no me importa. Estoy ansioso por tu próxima visita a Hogsmeade, aunque creo que esta vez deberíamos hacer algo mejor distrayendo a las chismosas de tus amigas… ¿Te parece encerrarlas en la Casa de los Gritos?

Sobre el otro asunto: Nada. Absolutamente nada. Lorcan, James, Louis y yo hemos estado vigilando a los mayores, de verdad, pero no hemos logrado descubrir nada de utilidad.

Aunque estamos seguros de que se están juntado para algo, todos, incluso mis padres y los de Alice. James dice que intentará sacarle algo a Teddy cuando vayan al partido de los Cannons el próximo viernes y Louis hablará con Vicky, aunque no estamos seguros de que ella vaya a soltarle algo.

En fin, no quiero que te preocupes. Averigüemos algo o no, los mayores están haciendo lo posible para resolver "el problema", ya sabes. No te angusties que tienes que estar concentrada en el partido contra Slytherin (aunque el sanador te dijo que no debías jugar. Aun no estás del todo recuperada de lo que te hicieron esos estúpidos en el andén 9 ¾, no se me olvida).

Eres una testaruda. Muero por verte.

Lysander.

— ¿Ya podemos irnos? —preguntó Hugo detrás de ella. Lily dio un brinco y arrugó la carta rápidamente, metiéndola en el bolsillo de su túnica—. ¿O prefieres buscar un lugar más tranquilo para leer tu carta secreta?

— ¿Ir a dónde? Las clases ya acabaron —dijo ella confundida. Cécille se había levantado también y caminaba junto a Hugo en dirección al castillo.

—Sí, pero la profesora McGonagall nos quiere a todos en el Gran Comedor, es por eso que vine a buscarlas. Van a explicarnos algo sobre unas reformas.

— ¿Qué reformas?

—La Comisión de Registro de Hijos de Muggles. Lo dirige una vieja que se llama Miranda Savage —Hugo arrugó la nariz—. No la conozco, pero mamá la odia. Y eso no puede significar nada bueno.


Con el pasar de los días, la temperatura en el pueblo de Trieste fue disminuyendo y para cuando llegó el 31 de octubre, una espesa niebla cubría ya el pequeño bosque en donde estaba la tienda de Albus, Rose y Scorpius.

Su tiempo ahí había transcurrido con total normalidad (si por normalidad se le podía decir a vivir en medio del bosque mientras trataban de obtener los trozos de un legendario libro, pensaba Albus) y fuera de las constantes discusiones de Rose y Scorpius, todo había estado de lo más tranquilo. Incluso las horribles pesadillas que solían invadirlo por la noche, habían disminuido; Albus creía que se debía a que su mente estaba ocupada maquilando los detalles de su plan para asistir al baile de máscaras del Programa Nacional de Investigación Histórica de la Magia en Venecia.

Y ese plan no le parecía tan difícil, comparado con haber escapado vivos del Castel Nuovo.

El baile se llevaría a cabo en un salón ubicado varios metros debajo del Palacio Ducal, donde solían tener lugar las celebraciones de los antiguos magos y brujas de Italia. Afortunadamente, Scorpius había visitado ese edificio un par de veces y sabía dónde podían aparecerse sin ser vistos; Rose, por otro lado, había conseguido hacer dos copias de su invitación para los muchachos y cuando los tres estuvieran dentro, hablarían en privado con alguno de los directivos y lo interrogarían sobre la historia de Merlín y el Aurea Pergamena.

Lo único de lo que en realidad tenían que cuidarse era de no ser reconocidos y de no separarse en ningún momento.

Esa mañana Rose había acudido al pueblo para conseguir túnicas de gala y máscaras que pudieran usar en el baile y cómo las tiendas estaban llenas de los disfraces con los que los muggles acostumbraban celebrar el Halloween, la tarea no le resultó difícil.

—Sigo pensando que no es una buena idea —comentó Scorpius mientras se ajustaba el cuello de la túnica plateada que Rose le había comprado.

Cuando el atardecer llegó y él y Albus hubieron terminado de arreglarse, se dedicaron a empacar todo en la mochila del primero (era la única a la que le habían puesto un hechizo de extensión indetectable), mientras esperaban a Rose afuera de la tienda.

—Tenemos que avanzar —le dijo Albus encogiéndose de hombros. Admiró su reflejo en un pequeño riachuelo que tenían cerca y se ajustó la corbata negra. También intentó aplacar su cabello, pero no tuvo éxito.

— ¿Te has puesto a pensar en qué pasará si realmente lo conseguimos? —le preguntó Scorpius con seriedad—. Es decir… Si realmente logramos juntar todas las piezas del Aurea Pergamena y quitarle la daga a Lodge y Dimas… ¿Qué haremos entonces, Al?

Albus apartó la vista de su reflejo y se mordió el labio. Por supuesto que había pensado en eso. El Aurea Pergamena era algo que no conseguía sacarse de la cabeza, ni por un momento. Sabía que las posibilidades de tener éxito en su misión eran escasas, pero si lo conseguían… ¿Qué harían? ¿Guardarían el libro de Merlín y la daga? ¿Luego volverían a casa? ¿Volvería él con su padre? ¿Le entregaría el Aurea Pergamena para que él decidiera que hacer con él? Era lo correcto, lo que hubiera hecho sin pensar antes de discutir con él esa noche en el Valle de Godric…

—Creo que ya habrá tiempo para preocuparnos por eso —respondió Albus sintiendo una extraña presión en el estómago—. Por ahora, lo único que tenemos que hacer es concentrarnos en ese baile, ¿de acuerdo?... ¿Scor?

Pero, su amigo no contestó. Estaba mirando por encima del hombro de Albus, con las cejas alzadas y la boca ligeramente abierta.

— ¿Qué…? —preguntó Albus siguiendo su mirada y entonces vio a Rose, apenas saliendo de la tienda.

Su prima se había amarrado el cabello con una cinta y solo pocos mechones pelirrojos le caían sobre los hombros descubiertos. Traía puesto un vestido azul, brillante y largo y a Albus le pareció que era la primera vez que la veía con zapatos altos.

— ¿Qué te parece? —preguntó ella sacudiéndose la falda—. La chica de la tienda dijo que era bonito, pero no estoy segura si…

—Te ves muy bien, Rosie —dijo Albus con una sonrisa—. Estás guapa, ¿verdad, Scor?

—Bueno —Scorpius carraspeó y desvió la vista—. Sí, eso… Eso servirá, supongo.

Después de empacar la tienda, los tres se tomaron de las manos y desaparecieron del bosque. Cuando Albus abrió los ojos se encontró con un callejón con paredes de ladrillo y un contenedor de basura.

— ¿Siempre tiene que ser en un callejón, Malfoy? —le preguntó Rose mientras le entregaba a cada uno una máscara del mismo color que su atuendo.

—Oh, disculpa, la próxima vez apareceremos en la plaza principal, Weasley —dijo Scorpius frunciendo el ceño—. Seguro a los muggles les encantará.

—De hecho, es una suerte que Scorpius conozca tantos lugares, Rosie —intervino Albus—. Si no fuera por él, seguiríamos en la tumba de Merlín, sin saber a dónde ir.

—Por aquí —dijo Scorpius saliendo del callejón, mientras Rose soltaba un ligero bufido.

El sol ya se había ocultado por completo y las luces de los faroles resplandecían en el reflejo de las aguas que inundaban las calles de Venecia. Albus y Rose siguieron a Scorpius por un puente y luego caminaron por una callejuela hasta llegar a un edificio blanco, con grandes ventanales y arcos adornando la entrada.

—El Palacio Ducal —anunció Scorpius—. Ahora lo único que necesitamos es saber…

—Es por aquí, pónganse las máscaras —ordenó Rose caminando hacia una de las esquinas del edificio, en donde había un muchacho recargado en una vieja puerta de madera.

—Pero… —alcanzó a decir Scorpius, mientras los tres se cubrían la cara con las máscaras. Sin embargo, Rose alzó una mano para callarlo y se acercó al muchacho.

—Programa Nacional de Investigación Histórica de la Magia —dijo ella y le entregó las invitaciones. Una verdadera, dos falsas.

—Adelante —dijo el muchacho abriendo la vieja puerta de madera—. Un momento, ¿Qué lleva ahí? —y señaló la mochila de viaje que Albus traía colgando del hombro.

—El profesor Monroe nos pidió que lo trajéramos, es confidencial —dijo Rose rápidamente. El muchacho le dirigió una mirada recelosa—. Dijo que era de suma importancia traerlo aquí. Puedes consultarlo con él, si gustas.

—Oh, no —dijo el muchacho con voz temblorosa—. Pueden pasar.

Atravesaron la puerta y caminaron por un largo pasillo hasta llegar a un ascensor de rejas blancas y brillantes. Rose presionó el único botón que había y luego, descendieron con una velocidad impresionante.

— ¿Quién es el profesor Monroe? —preguntó Albus mientras se aferraba a la pared del ascensor, cerrando los ojos.

—Uno de los más estrictos en el programa —respondió Rose con el rostro escondido entre las manos—. Nadie se atreve a contradecirlo. Ha criticado cruelmente las investigaciones de casi todos los alumnos. Las mías no, por supuesto.

Se detuvieron de golpe, tambaleándose y las rejas blancas se abrieron.

Habían llegado a un cuarto enorme, con candelabros dorados que se reflejaban en las oscuras paredes, mesas cubiertas por elegantes manteles y comida de todo tipo, saloncitos particulares rodeados por cortinas en donde la gente se sentaba a conversar y una multitud de personas que bailaban al compás de un vals, tocado por tres músicos con instrumentos mágicos.

—Para ser un montón de sabelotodos expertos en historia, saben cómo organizar una fiesta elegante —comentó Scorpius alzando las cejas.

—No veo a ninguno de los directivos —dijo Rose mirando hacia los lados—. ¡Hay demasiadas personas y todos traen máscaras! Quisiera hablar con el profesor Knoffler. Fue uno de los primeros que descubrió el derrumbe donde estaba el pergamino con la historia y estoy segura de que tiene ya varias teorías al respecto.

— ¿Alguna idea de donde puede estar? —preguntó Albus. Rose negó con la cabeza, frustrada—. Bueno, tenemos que movernos, no podemos quedarnos aquí para siempre.

—Y no debemos llamar la atención —dijo Scorpius con la boca torcida—. Es un baile. No podemos ir por ahí preguntando dónde está ese viejo. Tenemos que actuar como si estuviéramos disfrutando de la fiesta.

Entonces se puso delante de Rose y sin decirle nada, le rodeó la cintura con los brazos.

— ¿Qué demo…?

—Hay que bailar, Weasley —dijo Scorpius encogiéndose de hombros—. Así podrás recorrer el salón buscando a tu maestro.

Albus creyó que Rose iba a lanzarle un maleficio a su amigo y ya estaba preparándose para intervenir… Pero ella no lo hizo. En vez de eso, su prima se quedó callada por unos segundos, como evaluando la situación y luego asintió y posó sus manos alrededor del cuello de Scorpius.

—Bueno, ¿y yo qué? —preguntó Albus frunciendo el ceño.

Scorpius señaló con la cabeza a una muchacha con vestido verde que estaba sentada cerca de ellos, bebiendo cerveza de mantequilla. Albus gruñó y fue a preguntarle si quería bailar. Ella se levantó, entusiasmada.

Avanzaron entre la masa de gente al compás del vals. Uno, dos, tres. Uno, dos, tres. Albus seguía torpemente a su amigo y a su prima, mientras sostenía la cintura de su pareja, que de pronto había comenzado a hablar sobre zapatos y listones. Contuvo otro gruñido. Nunca se le había dado bien eso de bailar. Mucho menos con una desconocida. Mucho menos cargando una pesada mochila de viaje. Mucho menos rodeado de tanta gente que no debía reconocerlo. Mucho menos cuando intentaba no perder de vista a Rose y Scorpius, a los que no parecía estarles yendo tan mal.

Scorpius se movía con naturalidad, seguro y con la cabeza erguida. Con zapatos altos, Rose era casi tan alta como él, pero se dejaba guiar sin oponer resistencia, aunque su cabeza no paraba de moverse, buscando entre la multitud al profesor Knoffler.

Estuvieron así por varios minutos, dando vueltas por el salón, perdiéndose entre la masa de gente con coloridas túnicas y máscaras. Otra canción comenzó a escucharse, luego otra y otra más. Albus estaba casi al borde de la desesperación, cuando observó que a unos pasos de él, Rose y Scorpius detenían su baile, interrumpidos por un muchacho con una máscara color escarlata y el cabello negro pulcramente peinado.

—Discúlpame —le dijo Albus a su pareja y la dejó en medio de la pista, para poder acercarse a los otros dos.

—Ned, de verdad, puedo explicártelo… —decía Rose, mientras soltaba rápidamente a Scorpius.

Albus lo miró con atención y descubrió que, efectivamente, bajó la máscara escarlata se encontraba el rostro de Ned Goldstein, el tipo con el que su prima había estado saliendo.

—Es solo que… Yo no… No puedo creer que te encuentre aquí —balbuceó el muchacho esbozando una sonrisa. Después, su mirada se posó en Scorpius y su cara se ensombreció—. ¿Quién es él? ¿Y qué estás haciendo aquí? Tus padres me dijeron que…

— ¡Basta! —Rose lo tomó del brazo y lo condujo por entre la multitud. Albus y Scorpius los siguieron hasta llegar al extremo de la pista, en donde no había gente y la música sonaba tan alto que si alguien pasaba por ahí, no escucharía lo que estaban diciendo.

—Creo que merezco una explicación —dijo Ned—. Fui a buscarte a tu casa y tu padre casi me hecha un maleficio, luego tu madre me dijo que habían decidido esconderte a ti y a tu primo, por lo de los ataques… ¿Por qué no me dijiste nada, Rose? Yo podría haber…

— ¿Escondernos? —preguntó Albus. Así que eso era lo que sus padres habían decidido decirle al mundo sobre su escape.

— ¿Eres Albus Potter? —Ned entrecerró los ojos, luego volvió a posar su vista en Scorpius—. Y tú eres su amigo, ¿no? Al que le quité puntos una vez en Hogwarts, por estar jugando snap explosivo…

— ¡Ned, escúchame! —exclamó Rose—. Te lo explicaré todo, pero por ahora necesito que guardes silencio. Nadie debe saber que estamos aquí.

— ¿Qué? ¿Por qué? —Ned frunció el ceño—. ¿Estás haciendo algo…? ¿No estarás metida en algo incorrecto, verdad, Rose?

Albus se hubiera reído si el éxito de su plan no dependiera del muchacho que tenían enfrente. "Incorrecto" era una palabra demasiado pequeña para describir la situación en la que estaban metidos.

—Ned, por favor —le dijo Rose seriamente—. Te juro que te explicaré todo, pero tienes que decirme donde está el profesor Knoffler.

—Pero, ¿por qué? ¿Qué es lo que están…?

— ¡Ned!

—Estaba en esa sala la última vez que lo vi —se apresuró a decir el muchacho, apuntando hacia uno de los saloncitos cubierto por cortinas, al otro lado de la pista—. Pero, Rose, yo…

—Gracias. Por favor, no digas nada —dijo ella y se adentró de nuevo en la pista de baile, caminando con rapidez, con Albus y Scorpius detrás.

— ¿Es seguro dejarlo ahí? —preguntó Scorpius mientras esquivaban a las parejas que bailaban animadamente. Los músicos habían dejado de tocar vals y ahora era un ritmo alegre lo que retumbaba en las oscuras paredes—. Si lo perdemos de vista, puede decirle a alguien…

—No lo hará —respondió Rose. Habían llegado al saloncito que Ned les había indicado—. Escuchen, yo entraré y hablaré con él profesor Knoffler. Deben quedarse aquí por si… Por si pasa algo más…

— ¿Estás segura? ¿No quieres que entremos contigo? —preguntó Albus.

—No porque tendré que decirle quien soy para que me responda con sinceridad y no quiero que nadie más sepa que ustedes están aquí —explicó ella—. Es mejor si solo yo…

—Dijimos que no debíamos separarnos —dijo Scorpius frunciendo el ceño.

—Estarán aquí afuera, no pasará nada —Rose no esperó más replicas y atravesó las cortinas que la separaban del saloncito.

Albus y Scorpius apartaron ligeramente un extremo de la tela y vieron a Rose, hablando con un viejo gordo y calvo que bebía una copa de hidromiel. El hombre pareció sorprendido, pero entonces le ofreció sentarse y ambos comenzaron a hablar en voz baja.

—Entonces, solo nos queda esperar —dijo Albus pasándose una mano por el cabello—. Estúpido Goldstein. A buena hora se le ocurre aparecer.

— ¿De verdad crees que no nos acuse? —preguntó Scorpius escudriñando entre la multitud. Ned Goldstein no parecía estar cerca.

—No lo sé.

—Ojalá tu tío Ron de verdad le hubiera echado un maleficio, nos habría ahorrado problemas.

— ¿Scorpius Malfoy?

Los dos se volvieron sobresaltados. Afuera del saloncito de al lado había una muchacha morena usando un vestido color rosa, muy escotado y una máscara brillante. Estaba mirándolos a ambos y después de unos momentos, se acercó, sorprendida.

— ¿Scorpius? ¿Eres tú, verdad? —la muchacha lo miró de pies a cabeza y luego torció una sonrisa—. Reconocería esa voz en cualquier lado.

—Hola, Jeanette —dijo Scorpius tragando saliva.

Y entonces, Albus tuvo un ataque de terror.

Esa muchacha era Jeanette Zabinni, la última novia de Scorpius. Habían salido en Hogwarts, durante algunos meses antes de la graduación (Albus nunca había entendido por qué, ya que ella era una fanática de la pureza de la sangre, algo que Scorpius odiaba) y la última vez que habían escuchado de ella, había sido cuando Rose les habló de las familias de mortífagos que estaban escapando de Inglaterra… ¿Qué demonios estaba haciendo en un baile de máscaras en Venecia?

—No te había visto desde Hogwarts —dijo ella acercándose más al muchacho—. Te ves increíble.

— ¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó él, seguramente recordando, al igual que Albus, su conversación con Rose.

—Mi padre está atendiendo unos asuntos —explicó Jeanette señalando con fastidio el saloncito de al lado—. ¿Qué me dices de ti, Scorpius? ¿Qué haces tan lejos de tu hogar?

— ¿Justo ahora? —preguntó él y para sorpresa de Albus, torció una sonrisa—. Me gustaría bailar contigo.

La muchacha se apartó un mechón de cabello de la cara y sin decir nada, tomó a Scorpius de la mano, llevándolo hasta la pista. Albus no entendía que estaba pasando, pero entonces su amigo le dirigió una mirada desesperada por encima del hombro de Jeanette y lo comprendió: Scorpius trataba de alejarla de ahí, de distraerla para que no comenzara a preguntar más.

Los minutos transcurrieron con una lentitud asfixiante. Albus estaba nervioso, tratando de idear un plan para deshacerse de esa chica, de Goldstein y poder salir de ahí sin llamar la atención. Luego, Rose volvió a atravesar las cortinas y se colocó a su lado.

—Lo tengo, nuestro siguiente paso a seguir —le susurró emocionada—. Además, el profesor me prometió que será sumamente discreto y… —su mirada se perdió en la pista, donde Jeanette Zabinni y Scorpius bailaban, tan pegados que costaba distinguir de quien era cada mano—. Veo que Malfoy no pierde el tiempo.

—Es Zabinni —dijo Albus y le explicó cómo los había sorprendido y por qué su amigo había decidido llevársela de ahí.

—Bueno, pues no parece que se esté sacrificando mucho —comentó Rose con saña, sin quitarles la vista de encima.

Albus estaba a punto de preguntarle más sobre su conversación con el profesor, cuando un grupo de personas irrumpieron en el salón. Todos iban vestidos con túnicas uniformadas y llevaban fuera sus varitas. La música se detuvo y los invitados se dispersaron, rodeando a los recién llegados.

Buona notte —dijo el hombre que iba al frente de los demás. Un viejo que llevaba bastón se acercó a él, sonriendo.

— ¡Lorenzo, amigo mío! ¿En qué puedo ayudarte?

—Aurores —murmuró Albus con el corazón dándole un vuelco. Rose lo miró con los ojos como platos—. Son miembros del cuartel de aurores de Italia. Papá ha tenido varias juntas con ese hombre, Lorenzo Giordano.

—No queremos interrumpir su celebración —dijo Giordano con un marcado acento italiano—. Lamentablemente tenemos que pedirles que se queden dónde están mientras nos encargamos de unos asuntos. Hemos estado siguiendo a un fugitivo y las pistas nos han conducido hasta aquí.

Los comensales soltaron gemidos de impresión y comenzaron a dispersarse, mientras los aurores empezaban a recorrer la pista y a revisar cada rincón del salón, haciendo preguntas a algunas personas y bloqueando la puerta del ascensor hacia la salida. Albus y Rose se acercaron rápidamente a Scorpius, que tenía a Jeanette Zabinni aferrada a su pecho.

—Oh, no, no… —sollozaba ella.

—Jeanette…

—No, tengo que… Yo debo… Mi padre… —soltó al muchacho y después de dirigirle una última mirada, se alejó de ahí, en dirección al saloncito donde la habían encontrado.

—Vámonos —dijo Scorpius—Esos son…

—Aurores, si —Albus alzó la cabeza para ver la puerta del ascensor. Tres hombres armados impedían el paso. Era imposible salir de ahí sin armar un escándalo—. Tal vez no tengamos que irnos, entramos con invitación después de todo…

—Invitaciones falsas —le recordó Rose mientras empujaba a ambos muchachos hacia el otro extremo del salón—. Tal vez el chico de la puerta no haya encontrado nada raro en ellas, pero si los aurores se ponen a examinarlas con atención, lo descubrirán. No deben interrogarnos. No es cómo si nuestros apellidos pasaran desapercibidos y se supone que estamos escondidos en alguna parte de…

— ¿Y a dónde vamos? ¿No podemos desaparecer y ya? —preguntó Scorpius. Rose los había llevado hasta un saloncito detrás de los músicos, en donde había unas pequeñas escaleras de madera que llevaban a un pasillo.

—No, el salón está encantado. Tenemos que irnos. El profesor Knoffler me habló de una salida de emergencias, solo por si pasaba algo —Rose comenzó a avanzar por el pasillo. Al final se veía una puerta de madera—. Solo hay que apurarnos para…

— ¡Oh, aquí estás!

Ned Goldstein corría detrás de ellos, con la respiración agitada y la máscara escarlata torcida. Pasó por delante de los muchachos y se puso frente a Rose, impidiéndole el paso.

—No pensarás irte, ¿verdad? No puedes dejarme así, Rose… Tienes que… Dijiste que me explicarías todo lo que…

—Lo sé y lo haré, pero tienes que entender que debemos irnos —dijo Rose apurada.

— ¿Los aurores están buscándolos a ustedes? ¿Son los fugitivos que buscan? —preguntó Ned con una mueca de terror—. Es eso, ¿verdad? ¡Están metidos en algo malo!

— ¿Qué? ¡Por supuesto que no!

—Mi deber… Mi deber es entregarlos, entonces…

—No, Ned, no lo entiendes…

—Tienes razón, no te entiendo, Rose y creo que lo que haces no es correcto —el muchacho se irguió cuan alto era y frunció el ceño—. Y sinceramente no sé si quiero estar con alguien que está involucrada en este tipo de asuntos.

—No deberías, entonces —dijo Rose fríamente.

—Creo que necesitamos un respiro.

—No, no más respiros —determinó Rose. Su voz sonó clara y firme—. Se acabó, Ned. Lo nuestro. Es todo. Ahora, haz el favor de quitarte de mi camino.

El muchacho pareció sorprendido, pero solo por unos segundos porque después volvió a fruncir el ceño y su mano comenzó a descender lentamente hasta el bolsillo de su túnica, donde tenía guardada la varita…

—Oh, claro que no —dijo Scorpius y antes de que alguien pudiera hacer algo, le pegó un fuerte puñetazo en la cara.

Ned se derrumbó en el suelo, con la nariz sangrando y antes de que pudiera incorporarse, Rose le apuntó con su varita y gritó "¡Obliviate!". Los ojos del muchacho se perdieron en la nada y su boca se torció en una extraña mueca, luego se desplomó, inconsciente.

Albus, Rose y Scorpius corrieron hasta llegar a la puerta de madera. Después subieron tantas escaleras que Albus deseó haber llevado consigo su escoba, para volar y olvidarse del dolor en las piernas y de las punzadas en el costado. Rose se quitó de un tirón los zapatos altos y Scorpius se desanudo la corbata. Los tres estaban jadeando y se sostenían del barandal a cada rato, sin detenerse.

Albus nunca supo cuántos escalones subieron, cuantos pisos ascendieron. Justo cuando creía que el dolor en las piernas no lo dejaría avanzar más, llegaron a otra puerta y salieron del Palacio Ducal.

Estaban en una calle, al otro lado de por donde habían entrado. Rose estaba sudando y el cabello se le había desprendido de la cinta, sin embargo no se detuvo a recuperar el aliento y tomó a ambos muchachos de las manos. Scorpius asintió, jadeando, y luego los tres desaparecieron de las calles de Venecia.


¡Hola! ¿Qué tal la están pasando? Yo estoy estresadísima con la escuela, pero les juro, les juro que aunque los trabajos finales terminen por comerme, siempre trataré de actualizar cada mes por lo menos :) Bueno, ese es el plan...

Oh, sí. El capítulo. Tengo que decir que me divertí mucho escribiéndolo y la verdad me gustó el resultado final, espero a ustedes también. Como pueden ver, el registro que propuso Miranda Savage ya está en marcha. A ella volveremos a verla pronto, sé que la aman (es broma, la odian, lo sé). Por otro lado, Jeanette Zabinni había sido mencionada solo una vez, en el capítulo "La historia de Merlín". No tendrá mayor trascendencia en la historia, pero me gustaría que recordaran su nombre... Solo digo... OK YA.

¡Feliz cumpleaños atrasado AmyGlml! Traté de publicar esto el 27 pero me fue imposible, igual espero que lo disfrutes :)

Creo que es todo por hoy... ¡Reviews plis!