XX
Minato pegó el estirón. No tenía ni 20 años, pero había sido promovido a Genin al desarrollar el Jutsu de Cuerpo Parpadeante, una donación generosa y secreta de Kumo, mejorada por los presupuestos de Konoha. Al rato nada más, Jiraiya apareció en su puerta, con una gran botella de sake. Se había dado de alta él mismo y pretendía celebrar a lo grande. Minato le invitó un té.
—Escuché que te asignarán un equipo.
—En Konoha todo se sabe —rio Minato—, creo que los muchachos se ven prometedores.
Minato buscaba la conocida jovialidad de su maestro, pero se encontraba con un rostro derrotado. Jiraiya se rascó largo rato, ante de volver a hablar.
—Esta guerra está durando demasiado. Los viejos hablan de empezar a enviar a los más jóvenes. Esto... no se parece en nada a lo que conocía... Yo...
—Maestro Jiraiya —interrumpió Minato, manteniendo la buena actitud—, usted ya luchó en su tiempo... Creo que ahora es tiempo de que la nueva generación haga lo suyo.
—Yo... Yo no entiendo esta guerra.
—Bueno, quizás estemos equivocados.
Jiraiya cortó su respiración en un instante. Frente a él, sí, estaba ese muchacho, con el rostro amable, pero la mirada determinada.
—Pero será responsabilidad de las generaciones futuras determinar si fue un error o no. Solo a ellos les corresponde, no a nosotros. No se torture, Maestro Jiraiya. Mientras tanto, hagamos lo posible por defender Konoha.
Jiraiya pudo respirar tranquilo. La inocente esperanza de Minato lo reconfortaba. Ojalá no tuviese que hacer nada de lo que él tuvo que hacer.
—He estado intentando escribir una nueva historia... Será algo diferente, algo... Una aventura.
—Me encantaría leerla. Disculpe, Maestro, ¿le caliento el té?
—No hace falta...
La guerra siguió extendiéndose, como un fuego fuera de control. Hombres volvían cada fin de semana, con brazos de menos, piernas echadas en falta, ojos perdidos, la fe desquebrajada. El equipo de Minato reunió al prodigio de su generación, el ya Chūnin Kakashi, la descendiente Nohara, la Señorita Rin, y al hiperactivo y apestado Uchiha, Obito. Los padres de Obito, igualmente marginados, murieron en las primeras semanas de la guerra, en una trampa perfectamente evitable. Obito había aprendido a cuidarse solo desde entonces, a comer solo, a entrenar solo, a amar silenciosamente, a llorar sin que se le salieran las lágrimas, y a exclamar, motivado por su sensei, que él sería el Primer Hokage Uchiha de Konoha.
—Un sueño tonto... —respondía, con su aire enrarecido, el cubierto Kakashi—, propio de un niño tonto.
—¡¿Quieres pelear?!
Pero Rin mediaba. Tenía un rostro redondo aunque moderado, más bien vulgar, aunque una voz dulce pero marcada, que dejaba recordatorio. Su sonrisa, aunada a su amplia mirada de bellota, tranquilizaba los ánimos cada que era necesario, lo que solía agradecer Minato, que no tenía madera con los jóvenes. Claro, no le costaba darse cuenta del incómodo triángulo que formaban los muchachos. Quizás la idea de formación de equipos de Tsunade fuera práctica, pero en el hecho creaba tensiones innecesarias. Podía pensar en una o dos sugerencias, pero Tsunade había vuelto como una mandona terca e intimidante, que no podía esperar el fin de las hostilidades para desaparecer de una vez.
—Definitivamente no estamos en nuestro mejor momento...
Obito usaba visores, que él creía le daba cierta reputación. Solo era reconocido como el Uchiha de los ojos defectuosos, un hecho que sumado a su linaje, lo terminaban de convertir en una Oveja Negra. Pero Rin consideraba que se veía lindo, y además necesitaba algo con lo que competir con la máscara de Kakashi, porque en todo lo demás estaba muy pero muy por debajo. Tras fracasar en los Exámenes, tendría que esforzarse el doble, no, el triple para alcanzar al creído Hatake. Sentía que para cuando aprendiera bien a colocarse la banda, el emo platinado ya sería Hokage. A Kakashi no le interesaba un cargo tan vistoso y de tan poca maniobra. Él sabía, porque no era un tonto, que el verdadero poder ninja está en las sombras. Minato reconocía la dureza en la infancia del muchacho, que se tambaleaba intermitente entre dos caminos, uno más iluminado que el otro, con un destino más bien gris. Sabía, también, que una guerra podía terminar de definirlo, o bien de arruinarlo malamente. Cuando llegó el tercer verano, el equipo fue asignado a reforzar el frente Este.
—Reforzaremos la triada Ino-Shika-Cho —el Capitán Henshin Inuzuka señalaba en un mapa de regiones descoloridas— su división lleva dos semanas atrapada en el cañón, y se les están acabando las provisiones, ya saben cómo comen esos Akimichi, malditos gordos. Bien, los Iwa hijos de perra están usando camuflaje Bokudan, y bombardean constantemente los pasos anexos.
—Debemos romper el cerco para establecer una líneas de comunicación y suministro —intervino Kakashi, el más pequeño de todos.
—Silencio, mocoso —lo calló Henshin—, nuestra misión es romper el cerco y establecer líneas de comunicación y suministro.
—Necesitamos un Aburame y un Hyuga —volvió a hablar Kakashi—, podemos hacerlo si los tenemos. No es algo complicado, teng estrategias ya en mente.
—No es complicado, ¿eh? ¿Eres una suerte de genio o algo?
—Cualquier novato podría pensar en una solución.
El Capitán Henshin arrugó el mapa. Los viejos capitanes, muchos con heridas aun sin sanar, le clavaban la mirada al muchacho platinado.
—¿Y acaso crees que no lo sabemos? —Casi masticaba las palabras el Capitán, rascándose las prominentes patillas—, mocoso de mierda, hemos estado en esta situación precisamente porque los Aburame están en Kusa intentando matar a su primo hormonado, y los Hyuga en Kiri tratando con los desquiciados shinobigatana, ¿entiendes lo que son las condiciones de una guerra, mocoso impertinente? Ganaríamos en días si tuviéramos todo a nuestro favor, sin estúpidos sabelotodo incluso, pero solo tenemos nuestras manos ¿sabes? y con eso nos la arreglamos...
El Capitán Henshin, un triple veterano, voló por los aires en mil pedazos. Los Iwa habían dispuesto una red subterránea cargada de explosivos en los pases. Al final, no podían diferenciar sus restos de los de su bestia, Ridomaru. El plan funcionó, no obstante, porque para eso habían enviado a Minato Namikaze, que desaparecía delante de sus Kunais y reaparecía tras los enemigos tan deprisa que ya podían sentir su respiración en el cuello mientras lo seguían viendo frente a ellos.
—¿Estarás bien?
—Ja, por supuesto —Obito se hacía el fuerte ante a Rin. Su misión era usar su Sharingan en lo alto de la torre para detectar al enemigo, pero le causaba tal ardor que no podía mantenerlo más de 10 segundos. Obito aguantó un minuto entero, enumerando y describiendo las posiciones enemigas, y cuando terminó, le alcanzaron un pañuelo para limpiarse las lágrimas sangrientas. Durante la batalla estorbó de más, pero tras ella ayudó todo lo que pudo, cargando heridos y preparando macerados. Por aquellos lares siempre parecía que estaba amaneciendo o anocheciendo todo el tiempo, por lo que incluso las post-batallas adquirían un aura pictórica algo idílica no escamoteada por los gimoteos largos como la sangre regada. Cuando la triada Ino-Shika-Cho apareció, reuniendo 2 frentes al fin, solicitó al capitán, y todos los dedos solo señalaron a Minato, el más joven de los Genin.
—Ya te enteraste, supongo —le dijo Shikaku Nara.
Minato, que era lento para varias cosas, se hundió de hombros.
—El Hokage viene para acá.
La guerra tenía ya el séptimo año bien entrado y demasiada sangre se había derramado sobre la hermosa y fría Tierra Ninja. Hiruzen y Onoki, dos de los tres más viejos en sus cargos, ya habían tenido suficiente. No solo se les estaban acaban los ninjas, sino la simpatía de los campesinos con sus cruzadas. Cada vez daban los granos con menos entusiasmo y ocultaban un número más alto de arroces en cada entrega. Muchos, asolados por las crueles consecuencias del régimen cuartelar, se arrojaron al bandidaje, al extremismo y al fundamentalismo, pulsos que recorrían los cimientos mismos de sus sociedades. Sarutobi confiaba en que una paz firme con Onoki terminaría arrastrando a Kumo a la ecuación. Kiri y Suna tendrían que resignarse. Y como todo buen diplomático instruido durante su excursión al Mundo Exterior, debía presentarse con una ramita de olivo en una mano y una kunai en la otra. Si quería paz, debía dar muestras inequívocas de fortaleza.
Por ello la concentración de tantas fuerzas en aquel lugar era vital, sobre todo garantizar la presencia del trío Ino-Shika-Cho; pero la situación, como siempre, no se desarrolló como lo tenían previsto. La llegada del Hokage tuvo que retrasarse ya que, al filtrarse la información, los ninjas Iwa lanzaron desesperados ataques suicidas con la intención de liquidar al líder de la Hoja y con la esperanza enlodada de terminar tan cruenta guerra con una nota positiva. Danzo tuvo que disponer el envío de varias docenas de caravanas vacías que servían de señuelos, pero pronto hubo que mandar a construir más y encontrar tontos que quisieran hacerse pasar por ninjas para llevarlas. Cuando Onoki ordenó dinamitar las rutas de escape de vuelta al País del Fuego, un sudor frío recorrió todo el cuerpo arrugado de Hiruzen. En las aldeas cercanas se corría entre gritos y rumores las frases: El Hokage no sale vivo. Ese Kage ya no vuelve. Hoy muere el Kage, hoy muere el Kage. Sarutobi trató de encontrar consuelo en el hecho de que hablaran de un Kage en general y no necesariamente del Hokage, aunque para muchos campesinos que vivían en el extremo del País del Fuego el único Kage que conocían era el Hokage. Viéndose cada vez más encerrado, ordenó a los escuadrones de avanzada que volvieran para romper el cerco, decisión que fue muy cuestionada por los líderes de los Clanes y los Consejeros, quienes consideraban que ello significaba debilitar posiciones fuertemente protegidas hasta entonces y conseguidas con muchos sacrificios por un capricho fugaz.
Sin embargo, cuando los generales de los batallones apostados entre el País del Fuego y el País de la Tierra recibieron la orden no dudaron en salir a rescatar a su Hokage, quien realmente no estaba atrapado por nadie. El Hokage era como un padre para ellos y un abuelo para la Aldea. Lo habían conocido desde niños en ese puesto, y algunos de ellos toda su vida no habían visto nada distinto bajo el sombrero rojo. Verlo partir de él, arrancado por las garras callosas de Onoki, era inadmisible. Los ninjas se dispersaron por los bosques y las aldeas para limpiar todo el terreno posible de ninjas enemigos, no solo de Iwa, sino toda banda que no fuera aliada directa y expresa de Konoha, e inclusive a toda pequeña presencia deambulante y aparentemente ajena. Abandonar al Hokage significaba traicionar a la Hoja.
