Siguiendo el Camino.
Certificado de Comprobación para la Comisión de Registro de Hijos de Muggles
NOMBRE: Potter, James Sirius
EDAD: 19 años
OCUPACIÓN: Miembro del Equipo Inglés de Quidditch "Puddlemere United"
ESTADO CIVIL: Soltero
ESTATUS DE SANGRE: Mestizo
— ¿Es enserio?
—Sí. Abajo está la firma de esa vieja, Miranda Savage.
— ¿Y eso es todo?
—Algo así.
Sortilegios Weasley era tan grande que ocupaba ya cuatro locales del Callejón Diagon.
Lo que había iniciado como una pequeña tienda de bromas, con el tiempo se había convertido en un imperio con varias sucursales en Gran Bretaña y una pequeña fábrica que vendía sus productos por toda Europa, llevando siempre consigo el sello de George y de su difunto gemelo, Fred.
Aquella tarde, la tienda no estaba tan concurrida como de costumbre y era una suerte, porque en vez de preocuparse por los clientes, Dominique estaba sentada encima del mostrador, conversando con James, Louis, Lorcan y Lysander.
— ¿Algo así? —la muchacha frunció el ceño.
—Bueno, primero hicieron que me formara en una fila enorme de gente que iba a registrarse también —explicó James, mientras se metía en el bolsillo su hoja de registro—. Cuando al fin fue mi turno, unos tipos me preguntaron esos datos y me pidieron identificación. Luego comenzaron a hacerme preguntas sobre de dónde provenía mi sangre muggle y tuve que explicar que mi abuela paterna era hija de muggles y esas cosas.
—Entonces, no fue algo…
—Espera, viene la mejor parte —James torció una sonrisa irónica—. Justo cuando creía que ya podía largarme, uno de esos tipos me dijo que iba a pincharme el dedo para tomar una gota de mi sangre.
— ¿Cómo? —Dominique abrió los ojos como platos—. ¿Para qué?
—Eso es lo que todos nos preguntamos, hermanita —dijo Louis sentándose a su lado.
—Dijeron que era parte del procedimiento, porque quieren averiguar por qué los hijos de los muggles nacen con magia y no sé qué tantas estupideces más —James soltó un suspiro—. Iba con papá cuando me registré y a él tampoco le gustó la idea. Estaba muy serio… Aunque claro, no es como si últimamente fuera el sujeto más feliz del mundo.
Se formó un tenso silencio.
A pesar de que ellos y sus demás primos estaban involucrados en espiar a los mayores para averiguar todo lo relacionado con el escape de Albus, Rose y el idiota de Malfoy, James no había conversado con nadie sobre la situación que estaba atravesando su familia en esos momentos.
Por un lado, cuando su madre regresaba del trabajo se encerraba en el despacho de su padre (que por supuesto, había sido encantado con hechizos de protección para que James no pudiera curiosear) y se pasaba horas hablando por la red flú. Además, durante la cena siempre se mostraba callada, casi no probaba bocado y aunque no la había visto llorar, James sabía que esos ojos hinchados no eran provocados por sus desvelos.
Luego estaba su padre, al que apenas y había visto en las últimas semanas. Él se iba temprano, regresaba tarde y en las pocas ocasiones que James había podido hablar con él, se mostraba tan ausente que al final prefería no molestarlo.
Incluso Kreacher parecía triste debido a la preocupación que sentía por sus amos y James comenzaba a temer que su odiado y viejo elfo muriera a causa de una fuerte depresión.
Alice había intentado hablarle, por supuesto y James se lo agradecía, pero lo único que él podía hacer era asegurar que todo estaba bien, torcer una sonrisa y comentar que Albus iba a sufrir una fuerte paliza cuando volviera.
—Molly irá hoy en la tarde al registro —dijo Dominique rompiendo el silencio—. Querrá saber lo que le espera.
— ¿Quién más deberá de registrarse? —preguntó Lorcan.
—Bueno, nosotros no. Mi encanto sobrehumano es culpa de las veelas, pero no tenemos parientes muggles —dijo Louis sacudiéndose el cabello rubio.
—Solo Molly y Lucy, por la tía Audrey, Rose y Hugo por la tía Hermione, Teddy por su madre… —comentó Dominique mientras se ponía un dedo en la barbilla.
—Y mis hermanos y yo —completó James—. Lily mandó una carta en la mañana, diciendo que esos tipos ya habían ido a Hogwarts para que se registraran.
—Es una estupidez, si lo piensan bien —comentó Lysander—. Ni siquiera las personas que no tenemos parientes muggles cercanos, gozamos de una sangre completamente "limpia". Es casi imposible.
—Y ese registro parece una broma —Lorcan rodó los ojos—. ¿Enserio? ¿Formarse durante tanto tiempo solo para que te den una hojita con tus datos y recibas un pinchazo en el dedo? ¡Menuda estupidez!
— ¿Con esa boca besas a tu madre, Scamander?
Fred acababa de entrar al local, con el cabello pelirrojo revuelto debido al viento. Dio un vistazo a la tienda y luego se acercó a los demás.
— ¿Qué está pasando?
—Pocos clientes, es decir, una oportunidad perfecta para hablar de cosas serias —explicó Dominique mientras bajaba la voz—. Solo estábamos esperándote.
— ¿Y papá? —preguntó él mirando de reojo la puerta de la oficina de su padre, al final del corredor.
—Hace rato que se encerró con una tipa de lo más desagradable —Dominique arrugó la nariz—. Cuando entró le pregunté si quería comprar algo y ella me dijo que venía aquí por un asunto importante con el señor George Weasley, que no tenía tiempo de tonterías.
—Intentamos usar las orejas extensibles, pero creo que ese truco ya ha sido demasiado usado en esta familia —se lamentó Louis—. No pudimos escuchar nada.
—Bueno, a lo que vinimos —dijo James y todos pegaron las cabezas, quedando a solo pocos centímetros de distancia—. Teddy no escupió nada, pero estoy seguro de que sabe algo. Cuando le pregunté si sabía por qué nuestros padres estaban reuniéndose, se puso nervioso.
—Lo mismo con Vicky —dijo Louis—. Esas son las cosas que no me gustan de esta familia… Sea lo que sea que estén haciendo, ¿Por qué lo compartieron con ellos y con nosotros no?
—Porque son una feliz pareja casada y todos creen que son más maduros que nosotros —le explicó Dominique torciendo la boca—. Y más capaces de guardar un secreto.
—Lo cual, obviamente, es cierto —opinó Lysander encogiéndose de hombros—. Si cualquiera de nosotros hubiera averiguado algo, se lo contaría a los demás de inmediato.
—Y ellos siempre han sido los "mayores", ¿saben? —Louis soltó una risita—. Es como cuando éramos niños, que Teddy y Vicky eran los encargados de cuidarnos cuando los adultos no estaban.
La puerta que había al final del corredor se abrió en ese momento y todos se separaron, fingiendo despreocupación. George salió de su oficina, seguido por una muchacha de cabello corto y rostro afilado.
— ¿Esa tipa? —Lorcan la miró de reojo—. A mí no me parece nada desagradable, Minie.
—Oh, Merlín… —la boca de Fred se abrió hasta formar una perfecta letra "o" —. Quítale los ojos de encima, Lorcan y respeta más a la futura señora Weasley.
Se alejó del mostrador rápidamente, entusiasmado y antes de que alguien pudiera decir algo, se atravesó en el camino de su padre y Rachel Carter.
— ¡Hola, Rachel! ¿Estabas buscándome? —Fred torció una sonrisa—. ¡No puedo creerlo! Tengo que admitir que me siento halagado…
— ¿Te conozco? —preguntó ella frunciendo el ceño.
James soltó una risita que poco a poco se convirtió en una carcajada, mientras los que estaban a su alrededor hacían lo posible por no imitarlo y George le dirigió a su hijo una mirada burlona, nada disimulada.
—Soy Fred —dijo él enrojeciendo de repente—. Fred Weasley.
—Lo siento, yo no…
—Nos conocimos en San Mungo hace unos días… ¿No? Hum… Fuiste a verificar que mi primo Albus Potter estuviera bien y yo estaba… Fue después del ataque que sufrió en el examen que le pusiste en la Academia de Aurores…
—Oh, eres el chico que cargaba el pollo de hule —dijo Rachel Carter asintiendo—. Sí, ya me acuerdo de ti.
— ¡Qué bien! —Fred volvió a sonreír—. Te invito un café.
—No, muchas gracias.
Se volvió para despedirse de George con un educado apretón de manos y luego caminó hacia la salida del local, mientras los gemelos Scamander comenzaban a desatornillarse de risa. Fred frunció el ceño y siguió a la muchacha.
—Bueno, no estoy seguro de lo que una guapa auror como tú tiene que hacer con el dueño de una tienda de bromas, pero yo puedo ayudarte en lo que sea —como ella siguió caminando sin voltear a verlo, Fred se atravesó en su camino de nuevo, justo antes de que llegara a la puerta—. ¿Estabas buscando algo en específico? Acaba de llegarme una nueva carga de bombas fétidas…
—Aunque te parezca increíble de creer, no me gustan las bromas —dijo ella frunciendo más el ceño—. Vine por asuntos confidenciales y si me disculpas…
— ¿Qué pasa con el café que te invité? Conozco un buen lugar cerca de aquí. Después podemos ir a cenar a mi departamento y como el cielo luce algo pálido y seguramente lloverá, puedes quedarte a dormir. Y si pasa algo más entre nosotros mientras estás ahí, no te preocupes, ya veremos qué hacer.
Rachel Carter arqueó las cejas y lo miró.
— ¿Cómo dijiste que te llamabas?
—Fred Weasley —respondió él, ignorando la estridente risa de los otros.
—Bueno, Fred Weasley, aunque tu ofrecimiento suena excesivamente tentador, debo declinar la invitación —lo miró despectivamente—. Tengo cosas que hacer, con permiso.
Esquivó al muchacho con facilidad y luego salió de la tienda con la cabeza erguida. George se acercó a su hijo y le dio una palmada en el hombro, sin borrar su sonrisa burlona.
—Eres todo un conquistador, ¿verdad?
Fred soltó un resoplido y se acercó nuevamente al mostrador, mientras su padre se alejaba para atender a un par de niños que buscaban varitas de pega.
— ¡Bueno movimiento, Freddy! Seguro que ella no notó que estás desesperado —le dijo Dominique torciendo una sonrisa. Los otros cuatro soltaron una carcajada.
—Sí, sigan riéndose, pero la futura madre de mis hijos acaba de darme una pista sobre lo que está pasando.
James se calló de inmediato y luego les dio un golpecito a los otros para que hicieran lo mismo. Fred bajó la voz y se acercó más a ellos.
— ¿Por qué creen que ella querría hablar con mi papá? Si fuera un asunto del Departamento de Aurores, el tío Harry habría venido personalmente.
—Pero, ¿eso qué…? —Lysander se encogió de hombros. —Tal vez está ocupado.
—No, saben muy bien que él nunca deja que alguien de la familia trate con los aurores personalmente —dijo Fred—. Siempre nos atiende él mismo. Además, Rachel Carter es profesora, no ejerce como auror. Y a menos que mi papá esté tramitando una solicitud para entrar a la academia, no creo que esos "asuntos confidenciales" tengan que ver con eso.
—No entiendo tu punto —admitió James.
—Bueno, sabemos que están reuniéndose para algo, ¿no? Nuestros padres —Fred miró por sobre su hombro, comprobando que nadie estaba escuchándolos—. Creo que no son solo ellos y Rachel Carter está involucrada.
— ¿Y por qué lo estaría? —preguntó Lorcan confundido.
—Porque sea lo que sea que están haciendo, han dejado a los aurores fuera —dijo Fred triunfante—. ¡Piénsenlo! El tío Harry tiene a muchos bajo su cargo, ¿por qué una joven que ni siquiera ejerce fue la escogida para venir aquí a hablar con mi padre?
—No tiene sentido, a menos que ella sea una de las pocas personas que sabe lo que está pasando —concluyó Louis.
— ¿Creen que ella…? —Dominique convirtió su voz en apenas un susurro—. ¿Creen que ella esté ayudándolos a buscar a Al, Rose y Scorpius?
—Sí y si no quieren que los aurores sepan esto, es porque el asunto es más grave de lo que habíamos pensado —comentó Fred.
—Es una posibilidad —admitió Lysander, luego se volvió hacia James—. ¿Qué piensas tú?
—Pienso que es una pista —dijo James frunciendo el ceño—. Y que, definitivamente, tenemos que vigilarla… ¿Cómo dices que se llama?
—Rachel Carter, al menos hasta que se case conmigo porque entonces su apellido será Weasley —Fred alzó las cejas y sonrió—. Y no se preocupen. Yo me encargo de vigilarla, con mucho gusto.
—Sinceramente, no veo la necesidad de esta junta.
Miranda Savage esbozó una sonrisa mientras dejaba varias carpetas en la mesa y tomaba asiento junto a Kingsley Shacklebolt. Frente a ella, Harry, Ron y Hermione soltaron un idéntico bufido de exasperación.
—La hemos citado hoy, señorita Savage, por el asunto de las familias Potter, Weasley y Malfoy, cuyos hijos han salido del país para refugiarse de los ataques que recibieron recientemente —explicó Kingsley con voz tranquila.
—Oh, pero la familia Malfoy no tiene nada de qué preocuparse en cuanto a la Comisión de Registro de Hijos de Muggles —dijo ella con voz cantarina—. Puede que ellos no sean los favoritos del mundo mágico, pero su sangre sigue siendo puramente mágica.
—Sí, eso lo sabemos —dijo Ron fríamente—. Y por eso los Malfoy no están aquí.
—Entonces, debo suponer que ustedes me citaron aquí para pedir que haga una excepción en cuanto a sus hijos, ¿verdad? —Miranda Savage sonrió aún más, enseñando todos los dientes—. La mayoría de la población que tiene un porcentaje de sangre muggle en sus venas, ha sido registrada ya, pero ellos…
—Así es —dijo Hermione y Harry estuvo seguro de que estaba haciendo uso de todo su autocontrol para no mirarla con fastidio—. Queremos pedir una prórroga para nuestros hijos. Ellos se registraran en cuanto los traigamos de vuelta y estemos seguros de que ya no habrá más ataques en su contra.
—Bueno, para lograr eso deberían de atrapar a los culpables en primer lugar —comentó ella alzando las cejas y desvió la vista hacia Harry—. Dígame, señor Potter, ¿cómo le va al Departamento de Aurores con la captura de esos malhechores? ¿Hay avances ya?
—Con todo respeto, señorita Savage, los asuntos de mi departamento no son de su incumbencia —dijo Harry dirigiéndole una mirada gélida. Pero, lejos de ofenderla, ese comentario solo consiguió acentuar su sonrisa.
— ¡Oh, por supuesto que no lo son! Es solo que me han llegado ciertos rumores, ya sabe, de que el Departamento de Aurores está siendo un poco… ¿Cómo decirlo? ¿Descuidado?
—Señorita Savage —dijo Hermione rechinando los dientes—. Tenga por seguro que el asunto se resolverá pronto, pero mientras tanto no cambiaremos la decisión de mantener a nuestros hijos alejados del peligro. La convocamos a esta junta porque esperábamos tener una atención con la comisión que usted ha creado y…
—No tiene por qué alterarse, señora Weasley —la interrumpió ella—. Yo entiendo perfectamente su situación. Sin embargo, me temo que la Comisión de Registro de Hijos de Muggles no va a detenerse por dos personas únicamente…
— ¡Oh, por supuesto! Imaginen lo que le pasará al mundo cuando nuestros hijos no reciban una hoja con su nombre y estatus de sangre —dijo Ron rodando los ojos—. ¡Qué calamidad!
Miranda Savage borró su sonrisa y a Harry le pareció que fruncía ligeramente el ceño. Kingsley le dirigió a Ron una mirada cargada de severidad y se aclaró la garganta.
—No se trata de detener nada, señorita Savage —le dijo—. Los padres de los muchachos pueden proporcionarle los datos que necesita para registrarlos y la sangre que pretende estudiar se le facilitaría en cuanto decidamos que su regreso a Inglaterra es seguro.
—Por supuesto, señor ministro —Miranda Savage suspiró y arqueó las cejas—. ¿Quién podría negarse a tal petición? Especialmente cuando la han solicitado las tres personas más importantes en el mundo mágico.
—De ninguna manera nosotros pretendemos… —comenzó a decir Hermione, pero la mujer se levantó y tomó las carpetas que había llevado consigo.
—Por supuesto que se les concederá una prórroga para sus hijos, no tienen de que preocuparse —volvió a esbozar una sonrisa—. Ahora, si me disculpan, debo volver a mi trabajo. Hay muchas cosas que hacer en la oficina, ¿verdad, señora Weasley?
Soltó una risita y luego salió de la sala. Ron dejó caer la cabeza en el borde de la silla y bufó.
—Despídela, Hermione. Por favor.
—Ron… —dijo ella con severidad, pero por su expresión parecía que estaba pensando en algo parecido—. No tengo razones para hacerlo. Ni siquiera con la Comisión de Registro de Hijos de Muggles ha descuidado sus deberes en la oficina.
La sala se sumió en el total silencio por unos momentos, pero luego Kingsley se inclinó hacia adelante en su asiento y los miró.
—Escúchenme bien —suspiró—. No puedo ni imaginar la situación por la que están pasando. Lo que ha pasado en sus familias es una tragedia, lo entiendo, pero no pueden dejar que interfiera con otros asuntos. Si ustedes realmente quieren proteger a sus hijos, deben de seguir haciendo lo que hasta ahora: hacerle creer a todo el mundo que están a salvo, vigilados por ustedes…
—Nosotros no…
—Estoy hablándoles como alguien que los conoce desde hace años, no como Ministro de Magia. Estuve de acuerdo en mentir sobre el paradero de sus hijos y en que reunieran nuevamente a la Orden del Fénix. Tienen razón al suponer que no podemos confiar en toda la gente del ministerio, pero si ustedes tres descuidan sus deberes con el mundo mágico, no voy a poder ayudarlos por mucho tiempo.
Harry sintió todo el peso de su mirada sobre él. Miranda Savage tenía razón, había rumores sobre el repentino descuido que había sufrido el Cuartel de Aurores al no haber averiguado nada sobre la fuga en Azkaban de Benjamin Lodge, ni sobre los ataques que él y los otros hombres habían realizado. La situación era grave y la culpa recaía en él, en el jefe de los aurores… Sin embargo, en todo lo que Harry Potter podía pensar era en su hijo, perdido en alguna parte del mundo.
—Tienes razón, Kingsley —dijo Hermione—. Nosotros… Ahora que Miranda Savage ha aceptado dejar de presionarnos con el registro de Rose y Albus, tenemos un problema menos encima.
—Está bien —dijo levantándose. Harry sintió que de nuevo lo miraba solo a él—. De verdad quisiera hacer más para ayudarlos.
Hermione le agradeció e intercambió unas cuantas palabras más con él. Luego de unos minutos, el ministro salió de la sala, dejándolos solos. A Harry le pareció que sus amigos intercambiaban miradas cómplices entre ellos, como si estuvieran decidiéndose a hablar.
—Habías dicho que querías ir de nuevo al Castel Nuovo, ¿verdad, Harry? —le dijo Hermione—. Para seguir buscando rastros de los muchachos.
—Sí.
—Hermione y yo habíamos pensado en que, si tú quieres, podemos hacernos cargo de eso nosotros —comentó Ron mientras hacía sonar los dedos contra la mesa—. Y tú puedes quedarte aquí, por si…
—No.
—Harry, nosotros… —Hermione intentó tomarle la mano, pero él se apartó.
—No voy a quedarme a encargarme de los asuntos del ministerio —dijo ásperamente—. Los aurores son perfectamente capaces de…
—No te lo decimos por eso, Harry —aclaró Hermione mordiéndose el labio—. Es que… ¡Oh, luces tan cansado!
Harry frunció el ceño.
—Gracias por preocuparse, pero puedo arreglármelas perfectamente.
—Lo sabemos, compañero, pero…
—Partiré de inmediato al Castel Nuovo. Les informaré si encuentro algo nuevo.
No esperó una respuesta. Salió de la sala sin mirar atrás, atravesando los pasillos del Ministerio de Magia con firmeza y sin detenerse a corresponder los saludos que le hacían varios empleados. No le importaba realmente.
En esos momentos él único pensamiento que ocupaba su mente era Albus y los días que llevaba fuera de casa… ¡Días! ¿Cómo podía haber pasado tanto tiempo? Sabía que estaba bien, tenía que estar bien. No podía permitirse pensar lo contrario. El solo imaginar que algo malo pudiera pasarle a su hijo… No. Albus iba a regresar sano y salvo.
Harry se encargaría de eso.
Albus, Rose y Scorpius habían aparecido de nuevo a la orilla del pequeño bosque que había en el pueblo de Trieste. Iban agitados, jadeaban y gotas de sudor resbalaban por sus rostros. Sin embargo, no se quedaron en ese lugar por demasiado tiempo.
Era de madrugada y no sabían qué camino tomar para llegar al claro en donde habían acampado durante los últimos días, así que Scorpius sugirió buscar un hotel en el pueblo que, después de todo, no parecía ser muy concurrido por magos; luego de recorrer algunas calles, finalmente encontraron una pequeña posada en donde pudieron registrarse gracias a la identificación falsa de Rose.
Ninguno de los tres habló mientras acomodaban las cosas en la habitación y cuando se hubieron quitado las túnicas de gala y vestido con ropa más cómoda, Scorpius comenzó a preparar emparedados con la comida que llevaban en la mochila de Albus, mientras Rose se encargaba de poner hechizos de protección en las puertas y ventanas.
—No es qué piense que alguien llegará a atacarnos mientras estemos aquí, pero es mejor prevenir —comentó cuando vio que Albus se acercaba a ella.
—Por supuesto. Eres increíble en esto de los hechizos —Albus torció una sonrisa—. Hace un momento con Goldstein, por ejemplo. Ni siquiera vi cuando sacaste tu varita para borrarle la memoria. Lo único malo de esto es que ese idiota no recordará que rompiste con él.
—Ya me encargaré de recordárselo después —dijo ella y sonrió, pero luego desvió la vista y siguió pronunciando hechizos en voz baja. Albus suspiró y le puso una mano en el hombro.
—Lo siento mucho, Rosie.
—Creí que lo odiabas.
—No, solo pienso que era demasiado estúpido para estar contigo —Albus se encogió de hombros—. Pero, eres como mi hermana, así que cualquier tipo me parece demasiado estúpido para estar contigo.
La muchacha soltó una risita.
—Algún día iba a acabarse, supongo —pronunció un último conjuro y se guardó la varita en el bolsillo—. No podíamos terminar y regresar para siempre.
— ¿Entonces, por qué siempre lo hacías? ¿Por qué volvías con él? —preguntó Albus frunciendo el ceño.
—Creo que… —Rose volvió a desviar la vista—. No lo sé. Supongo que me parecía… Parecía lo correcto.
Albus no entendió su respuesta, pero no pudo seguir hablando con ella porque en ese momento, Scorpius anunció que los emparedados estaban listos y los tres se acomodaron en el suelo junto a la pequeña chimenea que había en la habitación.
—Entonces, ¿Qué tenemos? —preguntó Scorpius tomando uno de los emparedados.
—La siguiente pista, me parece —respondió Rose, repentinamente más animada—. El profesor Knoffler no tuvo objeciones en hablarme sobre el Aurea Pergamena. Le dije lo que hice cuando estuvimos en Alejandría, eso de entrar al derrumbe de la biblioteca sin permiso y llevarme una copia del pergamino que hablaba sobre la historia de Merlín. Al principio pareció molesto, pero luego me felicitó por mi interés histórico en…
—Sí, pero, ¿Qué te dijo? —preguntó Albus, impaciente—. ¿Él también leyó la historia? ¿Sabe algo más?
—Sí, la leyó. Solo él revisó esa historia con extremo cuidado, los demás profesores aún no han tenido oportunidad. Por supuesto no le dije lo que estamos haciendo, ni que sabemos que el objeto con el que se puede controlar el Aurea Pergamena es una daga, ni que tú eres quien la tocó hace años. Solo le comenté que estaba muy interesada en el asunto y que quería averiguar más sobre los lugares donde podrían estar escondidos los trozos del pergamino…
— ¿Y no te preguntó nada sobre abandonar el programa ése? —preguntó Scorpius—. Ahora sabemos que el mundo mágico entero piensa que nuestros padres nos escondieron para protegernos de los ataques, ¿no le pareció extraño que aparecieras de repente en ese baile?
—Al profesor Knoffler poco le importa lo que suceda en la vida de sus alumnos —explicó Rose haciendo un ademán despreocupado con la mano—. Se sorprendió al verme, pero luego no comentó nada. Supongo que se emocionó cuando comencé a hablarle sobre el Aurea Pergamena.
— ¿Y cuál es nuestra siguiente pista, entonces? —Albus se inclinó hacia adelante, mirando ansioso a su prima.
—Puzzlewood en Gloucestershire, Inglaterra —respondió Rose.
—Eso está en el Bosque de Dean —comentó Scorpius con la boca llena de migajas.
—Exacto. Es solo un rincón de ese bosque. Yo lo he visto en fotografías únicamente, pero es inmenso y con una gran vida vegetal.
—Bueno, ¿y por qué tu profesor piensa que el Aurea Pergamena puede estar ahí? —preguntó Albus.
—Es algo difícil de explicar —respondió Rose mordiéndose el labio—. Verás, cuando comenzamos a hablar sobre lo poderoso que sería el Aurea Pergamena si "hipotéticamente" existiera, el profesor Knoffler comenzó a explicarme que ese tipo de magia tendría que dejar un rastro muy grande en cualquier lugar. Es decir que Merlín guardó todo su poder en los trozos de ese libro, ¿no es así? Y éstos estaban hechizados para esparcirse por el mundo, para ocultarlos de Vivian, y cuando los pedazos del Aurea Pergamena llegaron a sus destinos, no pudieron pasar desapercibidos. Debió de haber algo notorio en los lugares donde éstos cayeron.
—No había nada extraordinario en la Grotta Azzurra, ni en el Castel Nuovo —comentó Scorpius.
—Porque las hojas que encontramos no "cayeron" ahí, fueron colocadas en esos lugares por el rey Alfonso V de Aragón.
—Y tu profesor piensa que algunas cayeron en Puzzlewood.
—En una de las cuevas que hay ahí —respondió Rose y luego le dio una mordida a su emparedado—. Me contó que después de leer la historia de Merlín, de inmediato pensó en ese lugar. Hace muchísimo tiempo hubo una explosión que casi destruye una de las cuevas, con rastros de magia poderosa, pero hasta ahora, ningún historiador ha podido explicar lo que sucedió o encontrar algo.
—Bueno, pero, ¿eso qué? —dijo Albus un poco decepcionado—. Pudo ser cualquier otra cosa lo que explotó en ese lugar.
—Sí, pero resulta que la fecha en la que se registró esa explosión coincide con la época en la que, se supone, murió Merlín —Rose sonrió con petulancia—. Y eso no es una coincidencia.
—Nada perdemos con seguir ese rastro —Scorpius se encogió de hombros—. Si dices que ese profesor sabe de lo que está hablando…
—Es el mejor historiador de la época, de verdad. Confió plenamente en su juicio.
—Después de todo, parece que nuestra intromisión al baile de máscaras de esos sabelotodo no fue en vano —Scorpius estiró los brazos y bostezó—. Tenemos la siguiente pista, averiguamos lo que dijeron nuestras familias sobre por qué no estamos en Inglaterra y tengo una túnica de gala nueva.
—Sin mencionar tu conmovedor reencuentro con Jeanette Zabinni —comentó Rose frunciendo el ceño—. Por cierto, Malfoy, no estábamos en una reunión social, estábamos intentando encontrar información sobre…
—Scorpius solo intentaba alejarla de nosotros —la interrumpió Albus, tratando de evitarle a su amigo un regaño—. Ya te lo había dicho, Rose.
—Pero que bien que la mencionas, Weasley —le dijo Scorpius—. Porque me dijo algunas cosas que… Bueno, no sé si sean importantes o no, pero… Bueno, es que los aurores que aparecieron en el baile estaban buscando a su padre.
— ¿Cómo? ¿Él era el fugitivo que mencionaron?
—Sí, mientras bailábamos Jeanette me preguntó si mi familia no había decidido dejar Inglaterra todavía —se volvió hacia Rose—. ¿Recuerdas que nos comentaste que muchas familias de mortífagos estaban yéndose del país?
—Sí, Hugo escuchó a mis padres hablando sobre eso.
—La familia de Jeanette fue una de las que salió de Inglaterra sin la autorización del ministerio, pero ella no sabe por qué —explicó Scorpius—. Su padre estaba en ese baile porque uno de los invitados era su amigo y de alguna forma iba a arreglarle un viaje a América.
— ¿Y por qué estaban buscándolo los aurores? —preguntó Albus.
—Le siguieron la pista hasta Venecia, supongo —respondió Scorpius y como los otros dos lo miraron sin comprender, rodó los ojos—. Claro, a veces olvidó que sus familias no están extremadamente vigiladas por el Ministerio de Magia. No es el caso de familias como la mía o como la de Jeanette que estuvieron relacionadas con las artes oscuras en el pasado. El ministerio tiene los ojos puestos sobre nosotros y nuestros padres todo el tiempo, intentando evitar que cometamos crímenes o algo así… Salir de Inglaterra sin permiso, definitivamente es algo que va contra la ley si eres familiar de algún mortífago y por eso el señor Zabinni es un fugitivo.
Los tres guardaron silencio y de pronto, Albus recordó algo que su amigo le había comentado antes de que salieran en busca del Aurea Pergamena.
—Tu familia también quería irse. Dijiste que tu padre había mencionado algo sobre Francia…
—Sí y aunque me encantaría decir que el viaje que estaba planeando mi padre era completamente legal, la verdad es que no estoy seguro —Scorpius torció una sonrisa—. Y ahora, con lo de Jeanette, no dejo de preguntarme las razones por las qué todas esas familias están saliendo de Inglaterra.
—Tal vez… Tal vez estén huyendo de algo —sugirió Rose y le dirigió a Scorpius una mirada que Albus encontró extraña, como si los comentarios que el muchacho hacía sobre su familia le parecieran sumamente desconcertantes—. No pretendo decir que… Bueno, es que me parece demasiada coincidencia que justo ahora esté pasando todo esto.
— ¿Qué quieres decir? —preguntó Albus.
—Que por primera vez en mucho tiempo hay ataques en el mundo mágico, ataques graves causados por Benjamin Lodge y Dimas. Y durante esos ataques… Ellos no estaban solos, ¿verdad? —Rose se mordió el labio—. ¿Qué tal si han estado reclutando gente? Personas que ya han estado relacionadas con ataques así en el pasado…
—Mortífagos —dijo Scorpius amargamente—. O gente que se relacionó con ellos. Tendría sentido. El día del ataque en el andén 9 ¾, ¿recuerdas al hombre que Dimas asesinó, Al?
—Por supuesto.
¿Y cómo podría olvidarlo? Ese hombre no lo había matado, aunque había tenido la oportunidad. Había bajado su varita, aunque él estaba desarmado y distraído por la seguridad de su hermana menor. Después, Dimas había llegado, oculto bajo el manto negro que cubría su rostro y lo había asesinado a sangre fría, atravesando su pecho con un cuchillo. Luego Albus lo había acorralado y fue entonces cuando la verdad sobre el Aurea Pergamena le fue revelada…
¿Lo sientes, verdad? Siempre creí que Lodge era un estúpido por haber dejado que un niño tocara la daga antes que él, pero tal vez así tenía que ser… El pergamino de Merlín te reconoce, Albus Potter.
—Ese hombre se llamaba Montague —continuó Scorpius, sacando a Albus de sus recuerdos—. Yo lo conocía. Era compañero de mi padre en Hogwarts.
—Tal vez Dimas y Lodge ya han reclutado gente, gente como él —dijo Rose—. Y los demás están huyendo por qué no quieren verse relacionados con las artes oscuras otra vez.
—Sí, tal vez —la vista de Scorpius se perdió en el fuego de la chimenea por unos instantes, pero luego suspiró y volvió a sonreír—. Entonces, ¿cuándo nos vamos?
— ¿A dónde?
—A Puzzlewood, por supuesto. Es el siguiente lugar, ¿no?
— ¡Oh, sí! Pero yo no creo que sea prudente ir por el momento.
— ¿Qué? —Albus frunció el ceño y miró a su prima—. ¿No dijiste que confías plenamente en el juicio de ese profesor? ¡Él piensa que ahí puede haber una parte de…!
—Sé lo que dije, Albus —Rose lo miró con severidad y se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja—. Pero sería sumamente peligroso ir ahora. No debemos olvidar que Dimas y Lodge están sobre el rastro del Aurea Pergamena y que gracias a lo que pasó en el Castel Nuovo, ahora saben que hay gente que también está buscándolo. No creo que sepan que somos nosotros, porque utilizamos la poción multijugos y se supone que ellos piensan que estamos escondidos, ¿no? Tal como nuestros padres le han dicho a todos, pero…
—Rose, no podemos quedarnos aquí —dijo Albus levantándose del suelo—. No podemos… ¡Debemos ir a Puzzlewood! ¡Tenemos que avanzar! Si esperamos tal vez ellos…
—Iremos, claro que iremos —Rose también se levantó y suspiró, intentando mantener la calma—. Pero debes entender, Albus. No quisiera que… Tenemos unas hojas del Aurea Pergamena en nuestro poder ya, ¿verdad? Y sabemos dónde pueden estar las siguientes, pero… Si ellos tenían a gente vigilando el Castel Nuovo, ¿qué te hace pensar que no será lo mismo en Puzzlewood? Logramos escapar una vez, pero sinceramente, no sé si la suerte nos dure para siempre.
—Quedarnos aquí no es una opción —determinó él, comenzando a enfadarse—. Tú eres la que insistió en ir a ese estúpido baile para buscar más pistas y ahora resulta que prefieres quedarte aquí porque te parece peligroso…
— ¡No estoy diciendo que nos quedemos aquí! —exclamó ella y al soltar un fuerte bufido, Albus supo que ella también estaba perdiendo la paciencia—. Solo digo que deberíamos esperar un tiempo antes de visitar Puzzlewood, solo para planearlo bien y tener más posibilidades si nos encontramos con ellos…
— ¡No vamos a…!
—Bueno, bueno, ¿alguien quieren escuchar mi opinión? —Scorpius también se levantó. Estaba sacudiéndose las migajas de la boca y miraba a los otros dos con las cejas arqueadas—. Pienso que ambos tienen razón, ¿de acuerdo? Si vamos a Puzzlewood de inmediato, corremos el riesgo de encontrarnos con nuestra competencia para hallar el Aurea Pergamena y probablemente no salgamos tan bien librados como la última vez, ya que ahora ellos saben que hay alguien que también está buscándolo. Pero, por otro lado, si no nos apuramos en ir ahí, corremos el riesgo de que ellos encuentren las hojas antes que nosotros.
—Una increíble contribución a la discusión, Malfoy —dijo Rose fríamente—. ¿Qué propones, entonces?
—Propongo esperar, pero irnos ya a Inglaterra —respondió él—. Podemos acampar cerca de Gloucestershire, así al menos no estaremos lejos y cuando tengamos un plan bien hecho, podemos partir a Puzzlewood.
Albus y Rose se quedaron callados, con los brazos cruzados y una mueca de disgusto adornándoles la cara. Finalmente, luego de unos segundos, Rose soltó un suspiro y dijo:
—Si no hay más remedio, que así sea.
Albus no contestó, pero asintió con la cabeza. Recogió los restos de comida que habían dejado en el piso y luego, sin mirar a los otros dos, se tumbó en una de las camas que había en la habitación.
—Me encanta su actitud positiva —comentó Scorpius sonriendo—. Partimos en la mañana.
—Acudimos a usted porque es uno de los historiadores más reconocidos de la época. El mejor, sin duda alguna, profesor Knoffler.
Benjamin Lodge le dio un sorbo a su copa de vino y luego la dejó en la mesita de centro.
La sala en la que se encontraban era pequeña, pero acogedora. Había varios sillones llenos de cojines y muebles de madera oscura. Varios cuadros colgaban de las paredes, al igual que diplomas enmarcados y Dimas Mabroidis los observaba todos con un aire curioso propio de un niño pequeño.
—Me halaga su comentario —dijo el viejo Knoffler, aunque no parecía halagado en lo absoluto. Miraba a los dos hombres con nerviosismo, mientras sujetaba firmemente su copa de vino.
—Entonces… ¿El Aurea Pergamena? ¿Sabe algo? —preguntó Lodge con calma, como si estuviese hablando de algo trivial y sin importancia.
—Me temo que nunca había escuchado ese término —dijo Knoffler mordiéndose el labio—. Lo siento.
Benjamin Lodge asintió.
—Pero, con el conocimiento que usted posee, ha de imaginarse en dónde podría buscarse un objeto así, ¿o me equivoco?
—Yo no sé nada y la verdad, me parece una historia demasiado ambigua, caballeros —Knoffler le dio un último trago a su copa de vino y luego se levantó del sillón—. Ahora, si me disculpan…
Pero no terminó la frase. Dimas Mabroidis se movió tan rápido que el viejo hombre ni siquiera pudo ver cuando se colocó detrás de él, enredando su cuello con un látigo de cuero negro.
—Por favor… —gimió el hombre, intentando alcanzar la varita que guardaba en su bolsillo.
—A mi compañero y a mí no nos gusta la violencia, señor Knoffler —dijo Benjamin Lodge acomodándose las gafas—. Así que si por favor pudiera proporcionarnos algo de información acerca de la magia que le hemos explicado…
—Yo no… No sé nada sobre ese tipo de magia… Yo… —Dimas Mabroidis apretó más el látigo y el hombre soltó un sollozo—. Por favor… Hay… Tal vez pueda decirles que… Existe una cueva… Una cueva en Puzzlewood, oh… Por favor…
— ¿Y qué tiene de particular esa cueva, señor Knoffler?
—Hace mucho tiempo se registró una… Hubo una explosión de magia en ese lugar… Nadie sabe que pasó, pero… Pero dejó un rastro… La magia que ustedes buscan debe de dejar rastros así… Yo… No sé nada más, por favor…
—Puzzlewood —repitió Lodge poniéndose un dedo en la barbilla—. ¿Está seguro que nunca había escuchado nada sobre el Aurea Pergamena?
—Nunca, de… De verdad…
—Bien.
— ¿Y alguien más ha venido a preguntarle algo similar? —preguntó Dimas sujetando el látigo con firmeza—. ¿Alguien más ha acudido a usted?
—No, no… Por favor… Nadie me ha dicho nada…
—Muy bien. Gracias por su ayuda entonces, señor Knoffler.
Entonces, Benjamin Lodge agitó su varita, se escuchó un grito, un rayo de luz verde iluminó la habitación y el viejo Knoffler cayó muerto en el suelo.
¡Hola! Espero que hayan pasado unas fiestas muy felices y que en Navidad les hayan traído todo lo que pidieron (conmigo no fue así u.u) Pero no vengo a hablar de mis traumas navideños si no a traerles un nuevo capítulo yeiii. Hoy fue un día antes del mes, así que espero estén orgullosos de mí :D
¿Que tengo que decir sobre este? De verdad me costó trabajo, porque quería decir demasiadas cosas que están pasando en todos lados, tanto con Albus, como con Harry, como con los primos Potter-Weasley. Pero espero que lo hayan disfrutado y esas cosas. Oh, sí, volvimos a ver a Rachel Carter y a Miranda Savage (yo se que la adoran, aunque todos digan lo contrario...ok no) y volvió a aparecer James *hace un baile de felicidad* a quien amo con todo mi corazón potterico. Tambien averiguamos en qué consiste la nuevo Comisión de Registro de Hijos de Muggles y etc. Por otro lado se que muchos se mueren por ver a Draco y les prometo que pronto tendremos noticias sobre él, de verdad. También sobre Lizza.
¡Oh! Por favor, si les gusta el fic tienen que ver estas imagenes que AmyGlml hizo... fuckyeahrosemalfoy punto tumblr punto com diagonal tagged diagonal Aurea-Pergamena. Eres increíble :')
En fin, no me resta más que desearles un gran año nuevo y todas esas cosas. Muchas gracias por seguir mi fic y por dejar review (aunque, insisto, si lo lees y no dejas review... u.u no te cuesta nada, vamos... yo sé que quieres). De verdad cada vez que leo sus comentarios me emociono como no tienen idea y siento maripositas en la panza. Nos vemos en el 2015 con nuevos capitulos de Aurea Pergamena.
Gracias :3 Y...
¡Reviews plis! Los últimos del año...
