XXI
Fueron en estas batallas que Minato hizo sonar su hombre, más allá que el de Fugaku, Shikaku, Hiashi y hasta los mismos Sannin Legendarios, incluso de su maestro Jiraiya. El Namikaze era consciente de lo que el Tercero había hecho por sus padres y sus clanes, aunque actualmente pobres y no muy metidos en asuntos Shinobis dedicándose paulatinamente más al sector civil de la Aldea. Como fuese, Minato no dejaría a su Hokage morir en plena guerra cuando él estaba tan cerca y pudiendo llegar tan rápido, sobre todo cuando él mismo soñaba con aquel puesto y no concebía que un líder fuese abandonado por sus seguidores.
—Kakashi, irás conmigo adelante —le habló mientras atravesaban ramas.
—Bien.
—Rin, quédate atrás con el equipo médico y garantiza la retaguardia. Obito, únete al equipo de soporte y protege la posición de Rin y la nuestra.
—Bien —exclamó Rin, pero Obito no estuvo de acuerdo.
—¡Espera! ¿Por qué no puedo ir yo adelante? ¿Acaso crees que no valgo la pena? —decía mientras se golpeaba la cabeza con unas ramas. Hablar y correr nunca fue su fuerte.
—Tu tarea es importante. Si perdemos al equipo médico podemos darnos por muertos. —Minato hablaba con comprensión pero con firmeza.
Obito entendió entonces que no debió replicar. Podría estar cerca de Rin y con suerte Kakashi moriría por algún kunai perdido. ¿Pero cómo podía pensar así? Pero... ¿se sentía mal? Sin duda sentía aflorar su feminidad quedándose detrás de la batalla, menos digno que sus compañeros varones. ¿Entonces ir adelante lo haría feliz? Sí, de todas formas, congraciarse como un guerrero para demostrar lo que valiese era un paso insondable en su camino para convertirse en el Primer Hokage Uchiha. Entonces, ¿por qué no insistió? Prefirió quedarse atrás, un poco más cerca de Rin.
Una vez separados, Minato no se guardó nada y con Kakashi, a quien llamaba su mejor alumno cuando los otros dos no estaban cerca, salieron disparados como rayos atravesando el bosque y atacando sin reparo todo campamento que encontrasen. El Colmillo Blanco y el Relámpago Amarillo, una combinación sanguinaria e imparable que cada rato prendía una parte de la naturaleza en fuego. Quizás por eso fueron más fáciles de rastrear. Los ninjas de Iwa habían plantado papeles bombas entre los árboles y no tardaron en iniciar la secuencial explosión. Cuando se dieron cuenta, maestro y alumno habían avanzado demasiado y se estaban separando del grupo, el cual comenzaba a ser atacado por distintos flancos. Debían volver, pero al hacerlo Minato temía perder las posiciones estratégicas y darles tiempo a sus enemigos de reorganizar sus fuerzas para, lo peor, atacar el pueblo donde se encontraba el Hokage. Minato, como sensei y general encargado, tomó una decisión que marcaría el futuro del Mundo Ninja, en un bosque olvidado hecho pedazos.
—Tú vuelve, Kakashi. Yo me encargo solo.
Y Kakashi dudó en obedecer esa orden. Habían demasiados factores en juego y, por muy genio que Minato fuera considerado, él lo conocía bien y sabía que a veces no tomaba las mejores decisiones por apurado, pero decidió confiar esta vez para no contrariar al destino y pensó en Rin y hasta en Obito, a quién les había cogido un cariño del que no se creía capaz o digno. Kakashi regresó, y Minato se decidió a salir victorioso o morir en el intento. Todo el tiempo llevó a Kushina en la mente.
—Voy a sobrevivir. —Sacó sus Kunais especiales y creó aquella esfera de Chakra arremolinado en la palma de su mano que le había dado su título de genio cuando se la mostró a su maestro Jiraiya y que habían convenido en llamar Rasengan. Calculó que estaba rodeado por unos 80 o 90 ninjas. Cuando comenzó la batalla, ya nada le importó.
Los Shinobi de Iwa y sus aliados obligados a luchar junto a ellos no supieron qué rayos estaba pasando. Apenas podían hacer uno o dos sellos de manos cuando eran cortados tan limpiamente que la sangre se olvidaba que salir disparada. Los sobrevivientes declararon que solo vieron un destello solaceo moverse entre los arboles como si tuviera voluntad propia. Tan extasiado estaba Minato, tan imbuido en el estado de inconsciencia que provocaba la híper velocidad, que no pudo oír ningún llamado de Cuartel alguno, grito de horror o clemencia tras la rendición y mató a un par de docenas extras de civiles, entre varones y mujeres, solo armados con tridentes y cuchillos de cocina. La cantidad exacta no se conoce, pero se dice que Minato limpió, prácticamente solo, aquel bosque en el que se ocultaban cientos de ninjas, y según se cree, luego de cotejar las listas y registros secretos, alcanzó el millar. Desde entonces se le conoció a Minato como El Shinobi que Mató a 1000.
En lo que tampoco hay consenso es en cuánto tiempo realizó tal hazaña genocida. Algunos dicen que fueron segundos, pero si fuera así, no se entiende por qué tardó tanto en llegar a la aldea o por qué no volvió con sus fuerzas o con sus estudiantes. De haberlo hecho, quizás, tan solo quizás, hubieran sobrevivido los tres y la historia sería muy distinta.
Los médicos habían sido atacados a traición. Aunque lucharon ferozmente, Onoki había dado la orden expresa de liquidarlos, considerándolos "incordios modernos" que robaban el buen nombre de los curanderos, y para ello dedicó al Cuerpo de Explosivos, que los haría volar en pedazos para así no poder curar heridos ni suturar miembros amputados. Rin, según los sobrevivientes (entre los que se cuenta a la misma Rin), pese a su juventud, dio muestras de gran gallardía, aunque le apuñalaron un muslo y se rompió tres dedos en la pedrería aérea. Obito se estuvo paralizado de miedo e intentaba tomar la iniciativa de rato en rato, pero solo se decidió del todo cuando Rin salió herida. Hizo uso de su Sharingan y cuando se dio cuenta había soportado 15 segundos con el ojo irritadísimo.
—¡Puedo ver sus ataques, bastardos!
Pero mostrar su Sharingan fue un error. Los de Iwa tenían órdenes directas de apoderarse de los ojos rojos apenas los vieran en el campo de batalla. No temían a sus maldiciones suicidas porque eso era básicamente lo que hacían en cada misión. Cuando Obito se vio rodeado de codiciosos (o desesperados) enemigos, intentó recordar todas sus lecciones de la Academia Ninja para escapar de la inevitable muerte, pero ellos tenían planes incluso más humillantes. Lo sujetaron entre varios y un Shinobi de Iwa llamado Guraru, que era experto en pulverizar rocas con los dedos, se acercó y le arrancó el ojo izquierdo como si sacara una uva del racimo. Rin quiso aparta la vista pero estaba totalmente absorbida por la mórbida escena.
Entonces volvió Kakashi, como un ángel guardián de blanca melena. Irradió de electricidad su Colmillo Blanco y desactivó al Cuerpo Explosivo, cortando en pedazos a los ninjas roba ojos. Solo quedó Guraru, quién tenía el ojo de Obito en un bolsillo. Kakashi sabía que dejarlo escapar con ese ojo era igual que traicionar a Konoha, y eso era inadmisible para él. La sombra de su padre se lo impedía.
—Les dejaré vivir, pero a cambio me iré de aquí. —Guraru sabía perfectamente que si regresaba a Iwa con ese ojo sería un héroe, le darían una casa, dinero y mujeres.
—Puedes irte si dejas el ojo
—Eso no va a pasar.
—Entonces te diré lo que sí va a pasar.
—Lo que va a pasar aquí... es un asesinato.
Ambos se dejaron caer hacia adelante y en un parpadeo de Rin ya estaban del lado contrario. Guraru le había arrancado el ojo izquierdo a Kakashi, pero Kakashi le había atravesado el corazón. Quizás si aquel loco no estuviera estado tan obsesionado con arrancar ojos, hubiera podido tomar el corazón de Kakashi y acabar con su leyenda antes de que iniciara. Pasó tantos años picando piedras en la prisión de Iwa, en lo profundo de un cañón colorado, que su pica se había roto y como no le dieron otra pero tampoco le iban a dejar holgazanear, lo obligaron a picar piedras con las manos, confiando en que se las destrozara y muriera de una infección o al no poder sostener una cuchara. Sin embargo, fue todo lo contrario. Sus manos y dedos se volvieron tan fuertes que fue capaz de escapar de prisión escalando la alta pared de roca usando solo la fuerza de agarre de sus dedos. Todo esto lo podía lograr gracias a la absurda cantidad de Chakra que era capaz de concentrar en sus manos, consideradas ahora armas letales. Fue recapturado a los dos días, borracho en una zanja, pero Onoki le dio amnistía a cambio de que sirviera en su ejército. Necesitaban soldados y no le importaba emplear criminales: aumentaba su capacidad militar y reducía la población carcelaria. Ganar y ganar. Todos en su escuadrón sabían que de aparecer un Uchiha o un Hyuga, él era el mejor para despojarlos de sus orgullos. Había practicado mucho, pero todo eso ahora no importaba. Acababa de morir.
Rin se puso de pie y trató de ayudar a Kakashi, quien se retorcía de dolor. Obito, medio testigo de la escena, lo entendió finalmente.
—El ojo... —logró decir Kakashi—, recupera el ojo...
—Sí, tú ojo...
—¡No! ¡El Sharingan! —le gritó
—Entiendo... claro... —Rin revisó el cuerpo y tomó el ojo aun rojo de Obito y entonces tuvo la oportunidad de apreciarlo como nunca lo había hecho. Ese bello color rojo y esas manchas negras, ¿había algo realmente mal en Obito? Nunca se había dado cuenta de qué ojos tan bonitos tenía. Lamentablemente el ojo de Kakashi había sido aplastado entre el cuerpo de Guraru y las rocas circundantes. Obito aún tenía un ojo en su cara pero eso parecía no importarle mucho a nadie. Entonces Rin fue contactada por un Yamanaka, que le avisó que más Ninjas de Iwa se dirigían a su posición—. Obito... debemos reunirnos con los demás. ¡Rápido! —Trató de ponerlo de pie, pero entonces el ojo aun rojo de Obito vio cómo se reactivaba el Chakra de los cuerpos explosivos. Asustado, apartó de su lado a Rin con un fuerte empujón.
—Váyanse ustedes.
—¿De qué estás hablando, Obito? —le recriminó Rin.
—Los tres estamos heridos y cansados. Si escapamos no lo lograremos. Váyanse ustedes. Yo los retrasaré.
—Obito... —intentó intervenir Kakashi.
—No te preocupes por mi otro ojo. Me lo llevaré conmigo. —Ambos lo entendieron en ese entonces— Jamás dejaría que el enemigo se apoderara de un Sharingan... pero un amigo... Te lo confió a ti, Kakashi. Tómalo como ese regalo de cumpleaños que nunca te quise comprar.
Obito no sabía porque estaba soltando todas esas estupideces. Tal vez sea la pérdida de sangre o los deseos de tener una muerte épica. Quizás soñaba con que ese ojo sería más una maldición que una bendición para Kakashi, o esperaba apoderarse del cerebro del Hatake a través de su ojo y estar para siempre con Rin. ¿No estaba deseando su muerte hace poco? ¿Cuándo se convirtió en su amigo? Quizás compartir la muerte era más importante que compartir la vida.
—Kakashi... cuídala... —Quería quedar bien. Cuando vio los ojos de Rin llorando quiso arrepentirse, pero ya era tarde y hubiera quedado muy mal. Ojalá ocurriera un milagro, pensó— Ojala Minato estuviera aquí...
Kakashi tomó a Rin por los hombros y se retiraron. El joven prodigio no sabía bien qué había sucedido, pero unas palabras resonaban en su mente: Aquellos que fallan una misión son unas basuras, pero aquellos que abandonan a sus camaradas son peor que basuras... sin embargo, Obito había pedido ser dejado solo para salvar a sus camaradas. ¡Eso era ser un Shinobi! ¿Sería él capaz de un sacrificio semejante? Obito no pudo ver si miraron atrás una última vez. Cuando los ninjas de Iwa encontraron todos los cuerpos y al Uchiha tuerto rodeado de papeles bomba, supieron de inmediato lo que había sucedido y lo que iba a suceder. A lo lejos, un estruendo hecatómbico lo remeció todo, y un Uchiha perecía. Su nombre era Obito, y era el más tonto de todos.
—¡Obito! —gritó Rin al ver la nube de fuego y humo elevarse sobre la copa de los árboles.
Para ese momento la ofensiva de Minato ya había culminado y entraba en el pueblo para reunirse con la comitiva del Hokage y celebrar el éxito innegable de su misión. La historia del Relámpago Amarillo se esparciría más rápido que su propio Jutsu de Tele-transportación, y desde entonces dejó de ser el pupilo de Jiraiya y Jiraiya se convirtió en el Maestro de Minato.
Hiruzen lo recibió con los brazos abiertos, ebrio de triunfalismo. Ahora estaba convencido: Onoki tendría que negociar. Al conocer la noticia de que el Relámpago Amarillo era de Konoha y no de Kumo como se supuso en un inicio, entendió delicada situación en la que se encontraba y aceptó el llamado de Sarutobi para negociar una tregua. El Tercer Hokage Hiruzen se reuniría con el Tercer Tsuchikage Onoki en un castillo en la País de la Hierba, auspiciados por una comitiva de Señores amanerados y sudorosos que dieron todas las garantías a las partes y sobre todo estaban deseosos de acabar con las incursiones militares en sus tierras. Muchas cosas se discutieron en esa reunión, pero el tema principal sin duda fue la necesidad de dar un descanso a los Kunais para lidiar con los Kaguya.
