XXII
El Clan Kaguya no era un clan como tal. Los miembros no necesariamente compartían sangre. El Clan Kaguya era más bien como una hermandad, una gran secta que aceptaba marginados, exiliados, desposeídos, asesinos, violadores, siempre y cuando estuvieran dispuestos a renunciar a todo por el Amor a la Diosa Kaguya. Muy temprano en el Clan, nacido de la denuncia de Rikudo Sennin como falso profeta, se posicionó una rama alterna de los Hyuga del País del Agua. El despertar del Tenseigan no fue más que la esperada confirmación de que todos sus delirios eran de hecho acertados. Con aquel beneplácito divino y el poder de Dios en la Tierra, los Kaguya emprendieron la conquista, lo que devino en la Segunda Guerra, tras la que el País del Agua fue el único en no variar sus fronteras. No mucho después, y sin motivo aparente, los Clanes de Shinobigatana iniciaron la revuelta. La llegada del Buque a Vapor y la huelga de los pescadores terminaron de sellar la suerte del nebuloso Clan. Sus templos fueron quemados, sus ídolos lunares destruidos, y cada cual se encontraban con los dos puntos rojos en la frente, característicos de los iniciados, eran apedreados u ahogados en las orillas. Los Kaguya, no obstante, vieron esto como las prisas del destino por completar su misión divina y se lanzaron en la mayor y más sangrienta campaña: el Terror Blanco. El territorio que llegaron a conquistar era particularmente gigantesco, rivalizando con la extensión del País del Fuego. Ellos lo llamaron: El País del Cielo y el Reino Eterno.
Las Naciones, tardíamente alertadas, pausaron su masacre para enviar sus mejores tropas contra el nuevo país. Ahora, de maneras que solo podían recordar a los días de la Invasión del País del Hierro, Shinobis de distintas bandanas se cruzaban y no intentaban devanarse. Un saludo marcial era suficiente. Quizás actuaban juntos, pero no cooperaban ni compartían información. Eso, de manera no intencionada, ayudó en la victoria. La amplia y brillante mirada de Mizaki se extendía por campos y atravesaba montañas, descubriendo enemigos, trampas y vetas minerales, y pronto el mundo con todas sus cosas le fue tan insuficiente que sus ojos se fueron adelantando a los hechos, pero tantas posibilidades habían entre las siempre pendientes traiciones de supuestos aliados, tan atomizado su pensamiento y su amor, que Mizaki jamás llegó a darse por enterado de batalla más allá de en la que participase. Pero seguro eso no lo descubrieron los Shinobis que veían al Ex Tercer Mizukage, ahora Tenkage, expandir su Niebla Blanca tras aspirar de su gigantesca pipa de caoba negra con detalles de oro cincelado.
—Nuestro primer Mizukage era un loco —declaraba—, Un día amaneció pegando gritos, corrió por el castillo, resbaló con un cubito de hielo y atravesó una ventana. Encontraron su cuerpo rio abajo, atrapado en una deshilachada red de pesca. ¿Entienden lo que quiero decir?
Y sin tiempo para reflexionar los Shinobis caían degollados por hojas de hielo, en una muerte tan profunda como su ignorancia.
—El Segundo Mizukage era un chulo —continuaba, recorriendo el puente de madera—, disfrutaba de las mujeres, el jazz y el buen vino. Se mató junto al Segundo Tsuchikage, un hombre silencioso y vulgar. ¿Comprenden lo que significa?
Y cuando terminaba de silabear, la madera del puente se tiñe de roja.
—El Tercero ha sido expulsado, y ahora el que se hace llamar el "Cuarto" es solo un niño con un poder abominable, ¿ahora lo entienden? ¡Díganme, pueden entenderlo!
Era un grito ahogado, y después de eso, nada más que silencio.
Mizaki Kaguya trasformaba la realidad circundante con el poder tremendista de su presencia. Dirigía una masa blanca de sanguinarios e incansables guerreros convencidos de su inmortalidad extra-terrenal, y allá donde iban las piedras adquirían forma propia, las aves se amontonaban con el batir poético de sus alas y el pasto era más verde. Entonces llegaron, en las entradas del Gran Bosque tres grandes ejércitos. Uno era dirigido por Jiraiya El Sannin de los Sapos, y estaba conformado por anfibios bípedos que empuñaban lanzas de roble oscuro con picos dorados y escudos broncíneos. El segundo era comandado por Orochimaru El Sannin de la Serpiente, y consistía de los temidos escuadrones de reptiles asesinos, criaturas marginadas en la gruta abisal, que se encuentra en la frontera con el País de los Valles. El tercero tenía al frente a la Princesa Tsunade Senju La Sannin Babosa, y traía consigo a los cuerpos de especialistas médicos de manos sudorosas, capaces de transferir Chakra de un brazo a otro con solo tocarlos. Los Tres Sannins, finalmente reunidos ante el Tenkage, presentaron sus respetos. El Tenkage, sin abandonar su alta imagen, reconoció dignidad en sus adversarios del destino, pero más allá de eso, vio espíritus a punto de quebrarse.
—¿Cuánta guerra puede soportar un mismo mundo? —preguntó.
Los Sannins no respondieron, pero cuando el Tenkage abrió los ojos, sintieron el peso divino de una presencia muy superior y buscaron rápidamente el resguardo de sus tropas y el alejarse de aquella mirada que era como un faro poderoso en una noche profunda.
—Ya saben lo que dicen. Ojo por Ojo y Jutsu por Jutsu —sus compañeros nunca se acostumbraron al humor de Orochimaru.
—Ustedes representan apenas una fracción del sufrimiento total que este mundo experimenta a diario... ¿tiene alguna idea de lo que significa ser el prisma por el que todo ese sufrimiento adquiere un significado?
El Tenkage atacó con un banco de neblina que era como una pared blanca que avanzaba contra los ejércitos. Los anfibios escupieron una brea negrísima y los reptiles unos chorros ígneos que combinados crearon una gran bola de fuego que se enfrentó a la nube inmensa que pretendía tragarlos.
—Almas maltrechas como ustedes jamás podrían comprender el sufrimiento de este mundo —el Tenkage avanzó un paso, lo que hizo que todos en frente de él retrocedieran uno—, solo yo... desde esta nueva altura puede ver el mundo en toda su desgracia...
—¿Y te crees un Hombre Divino? —Habló Jiraiya—, multiplicas el sufrimiento de este mundo, ¿y te atreves a condenarlo?
—¿Hombre Divino? —dijo el Tenkage—no, yo... Yo Soy un Condenado.
Se encontraron de pronto los Sannins rodeados de cadáveres dolientes. Era un campo inmenso de cuerpos putrefactos que se quejaban y pedían explicaciones, aferrándose a los tobillos cercanos.
—Maldito —odió Tsunade—, crea ilusiones poderosas...
—¿Ilusiones? No oses rebajar el poder del Tenseigan. No busco camuflar el mundo. Se los muestro tal cual es. En otras palabras, ¡los enfrento a sus verdades más profundas!
Los Sannins se vieron de pronto inmovilizados, presas de sus propios demonios. ¿Acaso Jiraiya se enfrentó a los horrores de la guerra, único legado que reciben las siguientes generaciones? ¿Acaso Tsunade encaró el peso de las pérdidas, y las secuelas de la batalla en los inocentes? ¿Acaso ambos no se encontraron de pronto ante el estrépito espantoso de existir en un mundo y representarlo con todas sus luces y sus sombras? Pero fueron capaces de ver incluso más allá del dolor inmenso de los pueblos, y el dolor pequeño de los individuos, igual de intensos, y vieron la fuerza de los ríos, la entereza de las montañas, la belleza de los bosques, la quietud de las noches, la razón del fuego, el honor del rayo, lo cambiante de la arena, lo hermoso de las playas y lo aterrador de los mares, y en fin, la infinitud del universo contenido en sí mismo. Y se dieron cuenta de algo, que al son de una flauta de pan y un tambor de piel, todo puede ir cambiando. La hierba en su rocío, el sol en sus viajes, el metal en su brillo y los sentires de un amante. Lo superficial y lo profundo. El camino y el caminante. ¿Quién está condenado realmente?
—Ahora lo entiendo... —susurró Jiraiya en los megáfonos de su pensamiento—, quien ve solo oscuridad, no puede ver nada.
Pero dentro de aquella inmensa proyección interna, Orochimaru ni se inmutaba. Con todas las atrocidades presentadas, todos los crímenes acumulados echados de frente así de pronto, con aquellas montañas de desgracias sin alpinista que la coronase, ¿qué podía perturbarse Orochimaru? ¿En qué alma podía indagarse, si no se poseía?
—Qué pobre miserable —dijo Tsunade, sin ánimo compasivo—, solo está buscando quién pueda liberarlo de su condena. Quiere que lo maten.
Pero Orochimaru no le entregó la dicha de la muerte, sino un veneno paralizante (un derivado de la fórmula que Hanzo inyectara en sus víctimas) que lo redujo a un estropajo de poderes inútiles. Lo alcanzó, no obstante, sacrificando ambos brazos y estirando el cuello, con una mordida incisiva en el hombro izquierdo, donde más le pesaban las culpas. El Tenkage, temblando de la emoción por su inminente fin, recibió de pronto los miedos de quien enfrenta un valle desconocido, más oscuro y frío que aquel donde los Hyuga ciegos deambulan recogiendo pasos perdidos. ¿Qué le esperaba a un hombre tan cercano al cielo como a la tierra? ¿Qué podía haber más allá para el más divino de los humanos, el más humano de los dioses? En ese entonces, sintió verdadero terror ante el verdadero fin, y huyó hacia dentro, volvió sus ojos dentro de su cráneo, y se sumergió en un sueño profundo que era más parecido a la omnisciencia. Reconciliado con el tejido de la realidad, se convirtió en una divinidad inútil, un ídolo sin devotos.
—Él podía ver el futuro... —dijo Tsunade—, quizás siempre vio que esto terminaría así. Quizás era el único camino... Quizás el destino así lo dijo...
Jiraiya se irguió y contempló el inmenso horizonte.
—Sea el dolor de una persona, o de un pueblo entero, sigue siendo siempre igual de real —intentó elaborar un colofón a la escena—, ellos así lo sienten...
Fue cuando la cabeza de playa estuvo recuperada que descubrieron el suicidio masivo que los Kaguya cometieron al saberse abandonados por su líder. Centenares de cuerpos eran bañados por olas entintadas, y sus blancas manos destellaban bajo la luz de un sol chismoso. Se pasearon por una costa inundada de desquiciados. Orochimaru intentó reconocer cuerpos interesantes. Mientras andaba, se escuchaba el tronido de los huesos y el chillido de la carne hinchada. Era como pisar galletas húmedas. Sobre una pila de cadáveres sonrientes, encontró a un niño. Tenía el cabello blanco, y en la frente las costras de la quemadura con incienso pintadas con el fruto sangriento. Orochimaru, rápidamente interesado, le extendió la mano. Sus ojos reflejaban un horror pasado. Fue más o menos a esas horas, cuando Tsunade se preparaba para retornar al País del Fuego y supervisar las últimas campañas médicas, que recibió una noticia que le hizo caer de costado. Jiraiya se apresuró a asistirla.
—¿Qué ha pasado?
—Que lo han matado... Me lo han matado... A mi Dan...
Cuando Dan murió, aun soñaba con ser Hokage, para llevar la medicina a los campesinos y reducir la mortandad infantil y con ellos esos incómodos funerales de ataúdes pequeños a los que juró ya no asistir. Cuando la Segunda Guerra acabó, Dan, entusiasmado por el éxito de su campaña médica y aún más por su sobrevivencia, se animó a pedirle la mano a Tsunade. No le importaba el asunto de Clanes, solo colocarle la más hermosa corona de ramas y flores a Tsunade para sellar así un amor que había salteado la muerte. Tsunade rechazó el compromiso, preocupada por el hecho de que formar una familia podría truncar sus proyectos, cada día más elaborados y ambiciosos; pero para demostrar que no se trataba de una duda amorosa, le obsequió el collar de Hashirama como muestra de su inquebrantable afecto. Cuando inició la Tercera Guerra, hicieron un compromiso aún más fuerte.
—Sobrevivirás, y entonces me casaré contigo —y le apuntó con el dedo, con la determinación de quien predice lo que sucederá o bien reta al destino a cumplir su maldición—, ¡y serás el Cuarto Hokage, esa es mi apuesta!
Fue la segunda gran derrota de Tsunade. Derrumbada por las fuerzas de un destino inmenso y maligno, tuvo que recomponerse en tiempo récord, con la fortaleza de su abolengo, para asumir su rápidamente adquirido puesto de General del Frente Este, lo que le acarreó un síndrome de estrés post-traumático in-diagnosticable. Se aferraba entonces a aquel cristal verdoso que llevaba colgado del cuello desde que tenía memoria, y vio en él la causa de todas sus desgracias. ¿Por qué lo seguía cargando? Pensó en deshacerse de él, pero creyó injusto condenar a cualquier otro inocente que encontrara esa reliquia y se la pusiera como adorno, y se negó a legarlo a los caídos porque ya suficiente mala suerte tienen estando muertos como para ofrecerles baratijas engañosas. Así que decidió asumir la carga de llevarlo para siempre. ¿Por qué no simplemente lo guardó en algún cofre y lo enterró? Pues tal vez había pasado tanto tiempo con él que lo sentía como parte de sí o sencillamente había aceptado su destino y estaba dispuesta a esperar a la muerte para retarla directamente cuando apareciera y quizás hacerle una apuesta.
—Tengo una terrible mala pata —se burló en una de las primeras tardes tranquilas después de tantos años de una guerra que ya parecía el estado común de las cosas—, tendré que mejorar mis apuestas.
Jiraiya vio la tristeza de esa sonrisa. Tsunade fue abandonando sus proyectos, pasando a un íntimo retiro de la vida amorosa y entregándose de lleno a la apuesta y la bebida. Nada parecía quedar de la muchacha entusiasta, arruinada para siempre tras dos terribles guerras, perdida sin remedio tras esa densa niebla salerosa en las playas del Mundo Ninja.
Cuando la niebla se disipó, solo quedó muerte. Más allá del Bosque de Espigas, ahora conocido como Bosque de Lamentos, Orochimaru descubrió bajo el templo de un kami a un muchacho pálido. Era flacucho y tenía miopía.
—¿Qué haces allí? —le preguntó, con una sonrisa pérfida.
El niño no respondió. Solo temblaba, como un carnerito manso, lleno de heridas. Su cabello blanco estaba manchado de hollín y sangre.
—Dime, ¿quieres vivir?
El niño movió imperceptible la cabeza de arriba hacia abajo.
—Pero, ¿por qué yo debería permitirte vivir? ¿De qué me servirías?
El niño quedó paralizado, todavía cabizbajo. Llegaron entonces los golpes de una campanilla metálica. Una mujer aparecía a la distancia.
—No seas tan cruel, Orochimaru —era una muchacha cándida aunque frágil, que cubría con un griñón su cabello naranja—, Es solo un niño.
Orochimaru encontraba casi intrigante su delicada dulzura. Su campanilla en la mano brillaba acogedoramente. Tras ella, algunos cogidos a su faldón, le seguía una larga fila de huérfanos.
—Sólo que tú eres demasiado amable, Nono... Dejas vivir a los débiles.
—Orochimaru... —con su suave sonrisa, Nono se acercó al niño tembloroso, rompiendo su escudo psicológico. Le acarició el rostro sucio. El niño descubrió tras esos anteojos grandes y delgados la mirada comprensiva de Nono—, ¿No sabes que juzgar erróneamente la fuerza de los débiles podría llevarte a la perdición? Veo que desconoces la mayor fuerza de todas...
La melodía de una citara atravesaba la bruma, acariciando cuerpos carbonizados. Esa cálida mañana, los Shinobis que atravesaban como sonámbulos los restos de la batalla no pararon de cruzarse con los fantasmas de sus antiguos compañeros y enemigos, algunos enredados en sus costillas y otros sirviéndose de muleta. Había ese olor de chamusca que tanto revitalizaba a Fugaku, que ahora, suelto de escoltas, paseaba por su obra, cogiendo el hombro a su primogénito. Era un regalo de cumpleaños retorcido, que el padre defendió como "iniciación" y la madre alentó de "curar del susto", y que el hijo solo entendió como "vacuna contra el odio". De ver tanta muerte regada el muchachito cayó sobre sus rodillas. Itachi, inhumanamente sobrecogido por la desgracia, era incapaz de cerrar los ojos. Shisui, su amigo, el parpadeante, lo recogió.
—Hay que ver hacia el futuro...
