El Temor Más Grande.
—Bienvenido, compañero, ¿terminaste con esos asuntos en Sheffield?
— ¿Sheffield? Sabes perfectamente que fui a…
Ron lo miró significativamente y Harry guardó silencio. Solo hasta que atravesó la puerta de aquella habitación, entendió por qué era mejor no hablar sobre su reciente visita al Castel Nuovo cerca de ese lugar.
Cerca de veinte personas levantaron la vista cuando él entró. Estaban sentados en lo que parecía ser una sala de espera improvisada dentro del ministerio. Mortífagos. O gente que se había relacionado con ellos en el pasado. Todos, sin excepción, mirándolo con una mezcla de rencor y fastidio imposible de ocultar.
—En la mañana estuvo aquí Lorenzo Giordano y nos comentó que hubo una especie de ataque —le explicó Ron. Varios aurores se paseaban por la habitación, mirando de reojo a los que estaban sentados—. Un hombre fue asesinado. Knoffler, me parece. Era inglés, pero en ese momento se encontraba en Venecia. Esa misma noche, el cuartel de aurores de allá le perdió el rastro a Zabini. Te mande llamar porque Kingsley… —Ron bajó la voz—. Ya sabes, quería que hiciéramos algo.
—Y los citaste a todos ellos para interrogarlos acerca del paradero de Zabini y las otras familias que se han ido de Inglaterra —dijo Harry asintiendo.
—Sumpter está adentro preguntándoles cosas —Ron señaló con la cabeza el otro extremo de la habitación, en donde había un despacho con la puerta cerrada—. No quería molestarte mientras estabas allá, pero…
—Está bien —dijo Harry desviando la mirada. Era cierto que no había encontrado nada de utilidad en el Castel Nuovo, ninguna pista que lo condujera al paradero de su hijo. Sin embargo, sentía que quedarse en el ministerio era una verdadera pérdida de tiempo. No obstante, también pensaba que Benjamin Lodge y Dimas Mabroidis estaban relacionados con las familias de mortífagos que habían salido sin permiso de Inglaterra y era mejor ocuparse de ese asunto cuanto antes.
— ¡Ya he dicho todo lo que sé, maldición! —gritó una voz ronca y la puerta que estaba cerrada se abrió de golpe.
Harry observó como Jude Selwyn (el hijo de un mortífago que seguía cumpliendo su condena en Azkaban) se tambaleaba hacia la salida, despidiendo un fuerte olor a hidromiel. Harry conocía la reputación que tenía ese hombre en cuanto a problemas de bebida, pero nunca se imaginó que se atrevería a visitar el ministerio en ese estado. Él y Ron se atravesaron en su camino.
—No tengo nada más que decir, he terminado —dijo cuándo los observó frente a él. Hipó con fuerza, luego intentó seguir avanzando, pero Ron lo tomó por el hombro—. ¿Qué quieren de mí? Nunca tuve contacto con la familia Zabini, ni con todos esos idiotas que se han ido del país.
—Estás bastante mal, ¿eh, Selwyn? —gritó Sumpter asomando la cabeza desde el despacho—. Aún tengo preguntas para ti, así que no te muevas mientras interrogo a los demás.
—Ya lo escuchaste —gruñó Ron y apuntó hacia una de las sillas vacías. Selwyn apretó los puños y después de dirigirles una última mirada gélida, tomó asiento. Sumpter gritó el apellido de otra persona, que ingresó al despacho de inmediato.
— ¿Tenemos los datos del hombre que fue asesinado en Venecia? —preguntó Harry mientras su amigo se recargaba en la pared sin perder de vista a Selwyn.
—Un hombre viejo, profesor, me parece. Según Giordano, lo mataron con la maldición asesina —explicó Ron torciendo la boca—. Estaba en ese lugar por un baile que celebraron los miembros del Programa Nacional de Investigación Histórica de la Magia. Es donde Rose estaba estudiando, ¿te acuerdas? Giordano dice que justamente fue en ese baile donde le perdió la vista a Zabini.
— ¿Un profesor de historia? ¿Y tienen alguna idea de quien podría haber…?
—El lugar está limpio. No dejaron ninguna pista.
Harry frunció el ceño, pensando…
Los ataques provocados durante los últimos meses por Dimas Mabroidis y Benjamin Lodge tenían esa característica en común: los aurores nunca podían encontrar pistas. Al parecer eran bastante buenos ocultando la evidencia de sus crímenes. Sin embargo, eso no quería decir que repentinamente hubieran decidido viajar a Venecia y matar a un viejo profesor de historia… ¿Cierto? No a menos que éste supiera algo de utilidad. Algo relacionado con el Aurea Pergamena, por ejemplo. Algo que Albus también estaría persiguiendo, sin duda.
— ¿Todo bien? —le preguntó Ron arqueando las cejas.
— ¿Dónde está el informe? Quiero revisar ese caso con más detalle.
—Oh, claro, pero… ¿No quieres esperar a que terminemos con esto? —preguntó Ron extrañado—. El departamento de Giordano puede encargarse de…
—No, lo haré yo mismo.
—Harry…
—Estoy haciendo lo que dijo Kingsley, ¿no? —murmuró Harry, aun con el ceño fruncido—. Me hago cargo de los problemas del mundo mágico.
—Lo sé, pero un interrogatorio requiere de la presencia del jefe del cuartel. Además, faltan pocos por interrogar. Sabemos que Zabini, Goyle, Macnair y Avery están fuera del país, así que solo tendríamos que esperar a Travers, Mulciber y…
La puerta por la que Harry había entrado se abrió en ese preciso momento y el lugar fue invadido por un tenso silencio, pues Draco y Astoria Malfoy habían entrado en la habitación.
— ¿Por qué están los dos aquí? —preguntó Harry observándola a ella. Estaba mucho más delgada a cómo la recordaba.
—Solía juntarse con la esposa de Zabini —murmuró Ron.
Ambos atravesaron la habitación, en busca de un par de sillas vacías, ignorando las miradas despectivas que les dirigían todos en la sala. Tanto mortífagos, como aurores. Solo encontraron espacio cerca de Selwyn, que torció una sonrisa burlona, sin poder controlar su hipo.
— ¿Se te ha perdido algo, Malfoy? Citaron aquí únicamente a la gente que puede estar ayudando a mortífagos. Tú no entras en esa categoría, ¿o sí?
Malfoy endureció el gesto, pero no volteó a verlo. Astoria le apretó un poco el brazo y Harry reconoció ese gesto como el que había hecho varias veces en la cocina de su casa, intentando calmar a Draco por la partida de su hijo.
— ¿Sabes que hay una propuesta para poner a los dementores de nuevo en Azkaban, Malfoy? —preguntó Selwyn, como si fuese un comentario al azar—. Es una pena por los presos, ¿no crees? Mi padre aún está cumpliendo condena ahí y dice que esa prisión es horrible, aun sin esos monstruos.
—Creí que no tenías muchas ganas de hablar, Selwyn —dijo uno de los aurores que se paseaban por habitación.
—Solo intento conversar con un viejo colega sobre lo horrible que es Azkaban —Selwyn ensanchó su sonrisa y volvió a hipar—. Aunque claro, él no puede saberlo porque a diferencia de otros mortífagos, Malfoy si consiguió librarse de la prisión.
Astoria volvió a apretar el brazo de su esposo, que desvió la vista y se irguió en su lugar sin decir nada. Algunos de los que estaban sentados soltaron risitas nada disimuladas y los aurores aferraron con precaución sus varitas.
—Dicen que has estado visitando el ministerio con mucha frecuencia últimamente, Malfoy —continuó Selwyn poniéndose un dedo en la barbilla—. ¿Qué es lo que buscas?
Solo entonces, Draco miró al hombre a los ojos. Y después, durante una milésima de segundo, a Harry.
—No es nada que pueda interesarte, te lo aseguro, Selwyn —dijo Draco volviendo a mirarlo.
—Oh, de eso puedes estar seguro. Los asuntos de cobardes no me interesan en lo absoluto.
—Basta ya, Selwyn —gruñó uno de los aurores, pero eso no consiguió opacar las expresiones burlonas de los que estaban sentados.
—Le agradecería, señor Selwyn, que dejara de hacer ese tipo de comentarios —dijo Astoria educadamente, sin embargo, los ojos verdes le brillaron de manera amenazante—. Estamos aquí porque la gente del ministerio nos ha citado. No teníamos ninguna intención de toparnos con usted y sus problemas de bebida, se lo aseguro.
—Tan vivaz como siempre, querida Astoria —comentó Selwyn soltando otro hipido—. Nadie nunca podrá entender por qué terminaste con alguien como él.
—Cállate, Selwyn —dijo otro de los aurores, mientras la cara de Draco se contorsionaba por la rabia contenida—. ¿Quién te dijo que podías hablar mientras estabas aquí en…?
— ¿Sabes, Malfoy? He oído ciertos rumores… ¿Es verdad que tu hijo decidió esconderse para evitar algunos ataques en su contra? —Selwyn soltó una ligera carcajada—. No creí que la cobardía fuese algo hereditario…
Draco se levantó de su asiento bruscamente, soltándose del agarre de su esposa.
— ¡No te atrevas a decir que mi hijo…!
Los aurores reaccionaron y se interpusieron en su camino antes de que llegara hasta Selwyn, mientras Harry y Ron apuntaban con sus varitas a este último, asegurándose de que se quedara quieto. Astoria se levantó también y rápidamente sujetó la muñeca de su marido con firmeza.
— ¡Basta, Draco! Está ebrio, ¿no lo ves? Es justo lo que él quiere…
— ¡Lo que yo quiero es que pagues igual que los demás, Malfoy! ¡Igual que mi padre! —gritó Selwyn. Iba a ponerse de pie, pero Harry se lo impidió.
—Cállate, Selwyn o me encargaré de que mañana estés compartiendo celda con tu padre.
El hombre dejó de mirar a Malfoy con rencor y fijó su vista en Harry. Se quedó callado por un momento y luego se encogió en su asiento. Ron lo tomó bruscamente por los hombros y lo encaminó hacia la salida. Una vez fuera, los aurores miraron con precaución a Malfoy y comenzaron a apartarse poco a poco.
—Vuelvan a su lugar —ordenó Harry y todos asintieron. Los que estaban sentados miraban a Malfoy con desagrado—. Si alguien más se atreve a…
—No hace falta ya, Potter —Draco correspondió al agarre de Astoria y se dio la vuelta, caminando hacia la salida.
— ¡Malfoy! —exclamó Harry antes de que cruzara la puerta. Él se detuvo, pero no se volvió—. Te citaron a un interrogatorio y debes quedarte.
—No sé nada sobre Blaise y su familia, puedes poner eso en el informe.
—Te quedarás —dijo Harry terminantemente. Se acercó a ellos y Astoria lo miró, como disculpándose por la situación.
—Lo haría, si tan solo los asuntos de tu departamento estuviesen más organizados —Draco se volvió y dibujó una sonrisa torcida en su rostro—. Veo que los rumores acerca de cómo el jefe a descuidado a sus aurores últimamente son ciertos.
— ¿Y que hay sobre los rumores de tus visitas al ministerio, Malfoy? —Harry se acercó aún más—. ¿Son ciertos también?
La sonrisa se borró de su rostro y todos en la sala se mantuvieron en silencio, expectantes, observando las miradas desafiantes que se dirigían Harry y Draco. Solo hasta que Astoria se aclaró la garganta, Draco desvió la vista.
—Volveremos más tarde al interrogatorio. Con permiso.
Salió de la habitación, casi chocando con Ron en la puerta. Ellos intercambiaron sus habituales miradas llenas de irritación, mientras Harry los observaba con un único pensamiento en la cabeza: las cosas cada vez iban peor.
Resultó que Scorpius nunca había visitado el condado de Gloucestershire, en Inglaterra, así que ni él, ni Albus o Rose, pudieron aparecerse en algún callejón oscuro como lo habían estado haciendo desde que escaparon de sus hogares.
En vez de eso, se aparecieron en uno de los límites del Bosque de Dean y tuvieron que viajar al estilo muggle, tomando un autobús hasta el pueblo más cercano de Puzzlewood para montar su tienda de campaña en una colina lejos de la civilización, cerca de una iglesia abandonada.
—Hemos regresado a Inglaterra ya y no quiero que alguien nos reconozca —había dicho Rose ante las peticiones de los muchachos sobre hospedarse en un hotel—. No podemos arriesgarnos a seguir encontrándonos a personas que conocemos.
Albus había intentado convencerlos de llevarse todo al bosque de Puzzlewood y visitar de inmediato las cuevas donde, el profesor de Rose creía, podría haber algún rastro del Aurea Pergamena. Sin embargo, su prima seguía aferrada a la idea de que aquello era todavía muy peligroso.
—Debes entender que Dimas y Lodge pueden tener a gente merodeando por ahí —le dijo Scorpius un día, cuando Albus intentó obtener algo de apoyo—. No me gusta admitirlo, pero Weasley tiene razón, Al. Desde que nos vieron en el Castel Nuovo, deben de saber que hay alguien más que quiere las hojas del Aurea Pergamena y, ¿quién dice que no saben ya sobre Puzzlewood?
Pero, Albus no comprendía cómo es que quedarse a acampar iba a ayudarlos en algo. Si realmente esas cuevas podían darles alguna pista sobre el Aurea Pergamena y él no llegaba antes que Dimas y Lodge… No, no podía ni pensarlo. No quería pensarlo. Ellos no podían seguir avanzando mientras él se quedaba obedeciendo los caprichos de su prima y la indecisión de su amigo.
Dimas y Lodge ya tenían unas hojas, después de todo, aferradas a un viejo y despastado libro. Llevaban con ellas mucho tiempo, porque Albus las había visto en su poder cuando se enfrentó a Benjamin Lodge por primera vez, durante la última noche de su primer año en Hogwarts, ¿quién le aseguraba que no tenían más? Y además tenían la daga, hurtada del Departamento de Misterios.
Aunque, Albus suponía, aquello no les servía de nada. Ninguno de ellos podía utilizar esos dos objetos porque no les pertenecían. Albus era quien había tocado la daga y mientras él siguiera con vida, el Aurea Pergamena era suyo. Solo suyo… ¡Además, ya tenía algunas hojas él también! Eso quería decir que iba a la par con sus enemigos. El rollo de pergaminos que habían encontrado en el Castel Nuovo estaba guardado dentro de la caja de madera, que no salía de la mochila de Rose en ningún momento.
O al menos, eso creía ella.
— ¿Albus? ¿Qué estás haciendo? —le preguntó Rose una noche, medio adormilada. Su primo estaba de pie en medio de la tienda, con las manos ocultas detrás de la espalda—. Escuché un ruido…
—Buscaba algo para comer —respondió él atropelladamente—. No es nada.
Y solo hasta que ella volvió a darse la vuelta en el saco de dormir, Albus pudo respirar tranquilo y seguir observando las maravillosas páginas del Aurea Pergamena sin preocupaciones, como casi todas las noches.
Su textura era tan suave, tan frágil, que él casi contenía la respiración cada vez que abría la caja de madera. Siempre que sus dedos hacían contacto con la fina superficie dorada de aquellos pergaminos, una sensación de tranquilidad infinita lo adormecía. Eso sumando al extraño calor que nacía en su interior, un calor que (sonreía cada vez que pensaba en eso) únicamente podía sentir él, el merecedor del Aurea Pergamena… ¡Oh, si tan solo pudiera pronunciar alguno de los conjuros que estaban escritos ahí!
—Ya te dije que es peligroso —le recordó Rose una mañana, mientras desayunaban. Albus le había preguntado, como si fuese algo al azar, por qué no probaban alguno de los conjuros—. Ni siquiera conocemos la lengua en la que están escritos. No sabes qué son.
—Ya, pero si Merlín los hizo…
—Con mayor razón, Al. Ya te dije que Merlín no era precisamente un ejemplo a seguir. Tenía un increíble poder, pero no siempre lo usaba para el bien. Es por eso que tantas personas querían acabar con él.
—Es increíble que teniendo tantos enemigos al final lo haya matado su novia —comentó Scorpius rodando los ojos—. ¿Cómo es que pudo volverse tan idiota por una chica?
—Bueno, eso a veces pasa —dijo Albus fríamente y los tres terminaron su desayuno sumergidos en un tenso silencio.
Era sorprendente como el paso del tiempo no ayudaba en nada a disminuir su dolor. De hecho, Albus pensaba que cada vez se hacía más y más fuerte. Se sentía frustrado. Horriblemente frustrado. Porque entre más lo pensaba, menos sentido tenía todo.
No, Lizza no podía estar de parte de Dimas y Lodge.
Ellos dos querían matarlo. Ansiaban ser bendecidos con el poder de Merlín y para eso, debían asesinar a la última persona que había tocado la daga luego de la muerte de su anterior propietario. Entonces, si la lealtad de Lizza realmente le pertenecía a esos dos hombres, ¿por qué ella no lo había matado cuando tuvo la oportunidad? Ambos habían pasado muchísimo tiempo a solas, incluso antes de que el padre de él asignara una escolta de aurores para cuidarlo. Además, ¿qué interés podría tener Lizza en Merlín y su antiguo libro de hechizos? ¿No trabajaba ella en el Departamento de Juegos y Deportes Mágicos del ministerio? Si hubiera querido saber sobre el Aurea Pergamena, no habría desperdiciado su tiempo organizando partidos de quidditch y verificando las licencias de los jugadores más importantes de Inglaterra.
Albus no lo entendía y en algunas ocasiones, se sentía hasta culpable por haberse precipitado al juzgarla, por haber desconfiado de aquella dulce muchacha que tanto quería…
Sin embargo, después recordaba su mirada determinante al atacarlo, su llamado a los hombres que vigilaban el Castel Nuovo, la frialdad en sus palabras cuando Albus fue a explicarle que debía alejarse de su lado y el hecho de que (además de su familia y Scorpius) solo ella sabía que él estaría en el andén 9 ¾ el día del ataque.
— ¿Todo bien, Al? —le preguntaba Scorpius siempre que notaba que su rostro se ensombrecía.
—Sí, todo bien.
Pero, no estaba bien. Por supuesto que no. Se sentía atormentado, desesperado. Sin embargo, había otro asunto que lograba opacar un poco a Lizza, algo que conseguía lastimarlo todavía más…
Su padre.
— ¡No…! ¡No, puedo…! —gritó Albus una noche, despertando de sobresalto con la respiración agitada y la frente sudorosa. Las mantas se le habían enredado en los pies e inconscientemente se había aferrado al borde de su saco de dormir.
Desde que habían decidido acampar en aquella colina, esperando el momento que Rose considerara prudente para seguir avanzando, Albus había vuelto a tener pesadillas. Muchas pesadillas.
Primero era Lizza, luego Dimas vestido con el manto negro que cubría su rostro y Lodge sosteniendo la daga dorada, después Lily con las piernas ensangrentadas igual que en el andén 9 ¾, luego su madre, James o alguno de sus primos siendo atacados, el Aurea Pergamena, Devon Lodge… Incluso Lord Voldemort invadía sus sueños con frecuencia.
Pero siempre, cada noche, sin falta, aparecía Harry Potter.
Ya fuera gritándole, abrazándolo, diciéndole lo decepcionado que estaba, conversando sobre alguna trivialidad o simplemente observándolo, el rostro de su padre aparecía en todos sus sueños. Era entonces cuando Albus despertaba con un enorme vacío en el pecho, extrañando más que nunca su vida en el Valle de Godric. Sensación que solo conseguía calmar cuando se aceraba al Aurea Pergamena.
Por supuesto, sabía que el asunto de las pesadillas y los remordimientos se acabaría en cuanto su mente volviera a estar ocupada, ideando algún plan para buscar pistas en Puzzlewood y así poder avanzar en su cruzada. Y aunque no estaba dispuesto a explicarle eso a Rose, tampoco había dejado de insistir en salir de ese lugar, cosa que exasperaba bastante a su prima.
— ¡Acordamos que estaríamos aquí por un tiempo! —exclamó una noche antes de irse a dormir, después de las constantes peticiones de Albus. Soltó un bufido y luego se volvió hacia Scorpius, que estaba recostado en un sofá—. ¡Tú dijiste que nos quedaríamos aquí! ¡Que sería un punto medio para…!
—Oh, yo no estoy diciéndote nada —dijo él sin inmutarse—. Por mí podríamos quedarnos aquí para siempre, pero haz que él lo entienda.
Sin embargo, quedarse ahí para siempre tampoco era una opción factible y entre más pasaba el tiempo, a Rose comenzaban a acabársele las excusas para no visitar Puzzlewood todavía.
El frío se había incrementado de una manera sorprendente y aunque la tienda de campaña estaba encantada para protegerlos del clima, no se comparaba en nada al calor de una habitación verdadera. Además, ninguno de los tres había pensado en empacar ropa invernal en sus mochilas (debido al espacio que ocupaba) y las mantas que Rose había llevado consigo no eran suficientes para los tres.
—Es que yo organicé todo pensando en que únicamente tú y yo vendríamos —le dijo a Albus una tarde especialmente fría, mientras los tres revolvían entre sus cosas, buscando algo con que abrigarse—. No sabía que…
—…que yo vendría. Lo sabemos, Weasley —Scorpius rodó los ojos—. Lo repites todos los días.
Y era cierto. Rose solía hacer esa clase de comentarios diariamente y aunque Albus sabía que su amigo trataba de contenerse lo más posible, no siempre lograba hacerlo y la situación se tornaba aún más tensa si eso era posible.
—Podrías haber cambiado esos galeones que trajiste por dinero muggle desde el principio y no hubiéramos tenido tantas complicaciones —comentó Rose una mañana mientras hacía un rápido inventario sobre la ropa y los alimentos (poco a poco escaseaban también) que habían llevado.
—Sí, tienes razón. Como llevábamos planeando estas vacaciones por meses, debí haberlo previsto —le respondió Scorpius con el ceño fruncido.
—Solo digo que mi dinero muggle está a punto de acabarse y tenemos que saber lo que haremos una vez que no tengamos nada.
Estaba de más decir que las cosas se ponían cada vez más difíciles. Entre los planes para sobrevivir con lo poco que les quedaba, el horrible clima, la soledad, la molesta actitud de Rose y la poca paciencia de Scorpius, Albus notó que poco a poco comenzaban a descuidar los asuntos verdaderamente importantes.
Ya no se turnaban para leer el pergamino que Rose se había robado de la biblioteca de Alejandría, ese que tenía escrita la leyenda del Aurea Pergamena, firmada por un tal G.G. Tampoco se habían sentado a discutir por qué Dimas y Lodge conocían esa historia en primer lugar, ni a conversar sobre todos los detalles que tal vez pudieron pasar desapercibidos aquella lejana noche cuando siguieron a Benjamin Lodge por el Bosque Prohibido… ¡Ni siquiera sabían qué significaba el símbolo de la línea curva atravesada por la flecha! El símbolo del Aurea Pergamena tal vez llevaba alguna pista consigo, pero parecía que ellos no tenían tiempo de averiguarlo.
Estaban a mediados de noviembre cuando una fría nevada los sorprendió. Afortunadamente no era demasiado intensa, pero si no resolvían el problema de las mantas y los abrigos de inmediato, seguro pasarían una mala noche.
—Si se nos va a acabar el dinero muggle que sea de una vez —dijo Rose mientras se calzaba las botas. Había decidido ir al pueblo a comprar lo que necesitaban—. En nuestra siguiente parada veremos cómo cambiar los galeones de Malfoy.
— ¿Quieres que vayamos contigo? —le preguntó Albus asomando la cabeza fuera de la tienda. Nubes grises y enormes cubrían el cielo, mientras pequeños copos de nieve comenzaban a pintar de blanco el césped.
—Será mejor que no, ya saben que si alguien nos reconoce…
— ¿Estás segura? —Scorpius torció la boca—. Ya comienza a anochecer.
—No, ustedes son muy lentos para comprar cosas —dijo Rose despectivamente. Luego se colgó el pequeño bolso donde guardaba el dinero—. Mejor encárguense de calentar un poco aquí. He estado pensando en que puede haber bastantes muebles viejos en la iglesia abandonada. Pueden echar un vistazo y utilizar esa madera para mantener encendida la estufa, ya que también se les dificulta cortar leña de los árboles.
—Es que no es tan fácil —murmuró Scorpius ofendido.
Cuando Rose se hubo ido, él se ofreció a revisar la iglesia abandonada, siempre y cuando Albus se encargara de preparar la cena.
—He descubierto que no se hacer otra cosa más que emparedados y estoy harto de comerlos —confesó mientras se abotonaba la chaqueta—. Todo es culpa de los dos pobres elfos que atienden la Mansión Malfoy, ¿sabes? Siempre se encargaban de la comida. No creo que ni mi madre ni mi abuela sepan cocinar siquiera.
—Con todo el espacio que tienen que limpiar entre dos, me sorprende que tus elfos aun puedan cocinar —dijo Albus mientras su amigo salía de la tienda.
—Solo limpian lo esencial. Hay pasillos de la Mansión tan abandonados que ni siquiera yo los conozco, pero mi padre solo pudo quedarse con dos elfos después de la guerra, los demás fueron vendidos —se abrazó a sí mismo y suspiro—. Bueno, nos vemos en un rato, Al.
Estar solo le provocó una extraña, pero agradable sensación. Sin embargo, Albus no solamente se dedicó a preparar la cena.
Aprovechó esos momentos de inusual tranquilidad para concentrarse en la verdadera razón de su escape y olvidar, por un momento, los problemas que éste había traído consigo.
Así, los minutos transcurrieron y Albus tuvo la oportunidad de revisar la leyenda del Aurea Pergamena una y otra vez, hojear varios libros de Rose que hablaban sobre Merlín y Vivian, repasar en su mente todo lo que había pasado la primera vez que vio la daga dorada (aun recordaba todo con detalle) y analizar las pistas que habían encontrado, desde la tumba de Merlín, hasta la Grotta Azzurra y el Castel Nuovo. Sin embargo y a pesar de que casi se había olvidado de la cena por sentarse a leer y pensar, no consiguió encontrar nada nuevo.
"… solo la persona que tocara ese objeto después de la muerte de su anterior propietario, sería capaz de controlar el Aurea Pergamena… Lo que Merlín buscaba no era alguien que pudiese suplirlo… Todo comenzó con el amor de un pobre mago y es así como debe de terminar… Espero ayudar a aquel que ha sido bendecido con el poder del Aurea Pergamena…"
Nada.
Sabía que probablemente las pistas estuvieran frente a él y que debía de esforzarse por leer entre líneas. Pero, estaba consiente también de que tarde o temprano (no importaba lo difícil que le resultara) él terminaría por descifrarlas. ¿No se lo había dicho el propio Dimas? Que tal vez que él tocara la daga no había sido un accidente y que realmente todo estaba predestinado para que él poseyera el poder de Merlín… Inconscientemente, su vista se desvió hacia la mochila de Rose.
Quizás, si probaba alguno de los conjuros, todo estaría más claro. Quizás era lo que Merlín hubiera querido, que el merecedor de su libro de hechizos probara que era digno… Después de todo, ¿Cómo pretendía Albus seguir el camino de Merlín si no lograba entenderlo del todo? ¿Cómo podía comprender el poder que le correspondía si no era capaz de leer un simple conjuro? Y ahora que estaba completamente solo…
Sin darse cuenta, ya había sacado la caja de madera de la mochila. Lentamente, sintiendo como ese extraño y reconfortante calor crecía dentro de sí, sacó los pergaminos. Con manos temblorosas por la emoción acumulada, los desenrolló cuidadosamente. La tinta negra contrastaba con su textura dorada y esas palabras, escritas en un idioma desconocido, relucían más que nunca antes…
— ¿Qué crees que estás haciendo?
Pegó un brinco. Rose estaba en la entrada de la tienda, cargando una enorme bolsa entre las manos. Tenía los labios morados por el frío y los ojos abiertos como platos.
—Yo… No es… Yo no… —balbuceó Albus, sin embargo, no soltó los pergaminos en ningún momento.
— ¿No estabas…? ¿Acaso pensabas leerlo? —Rose lo miró con severidad y luego soltó un bufido. Se acercó a él, frunciendo el ceño—. ¿No lo has entendido todavía, verdad? Merlín no era…
Pero cuando ella estiró las manos para tomar los pergaminos, Albus se apartó.
—Dámelo, Albus —dijo Rose y él escuchó claramente como le rechinaba los dientes.
— ¿Por qué?
— ¿Qué? ¿Acaso te has vuelto loco? ¿Qué no has entendido nada de lo que…?
—Solo quiero leer alguno…
— ¡No lo harás!
— ¿Qué es lo que…?
— ¡Silencio! —dijo Rose de repente y su expresión de enfado fue sustituida por una mueca nerviosa—. ¿Escuchaste eso?
Y entonces, hubo un grito.
—Scorpius —dijo Albus y un segundo después, los dos salieron apresuradamente de la tienda, soltando la bolsa de compras y también los pergaminos de Merlín.
La nieve había cubierto por completo el suelo y una densa neblina se había formado a su alrededor, obstruyéndoles la vista. Ambos encendieron sus varitas, pero ni siquiera esa luz lograba iluminar su camino en medio de la oscuridad.
—La iglesia —indicó Rose y apuntó hacia la tenue y enorme silueta de aquella construcción abandonada.
Otro gritó resonó cerca de ellos. Albus corrió, blandiendo su varita, buscando la entrada. Al fin la encontró, abierta de par en par. Adentro, la oscuridad era aún más atemorizante y solo los pocos rayos de luna que se colaban por un gran ventanal roto le permitían seguir avanzando.
—No veo mucho, Rose… ¿Rose? —Albus se volvió, pero su prima no estaba a su lado. Agitó su varita, intentando ver con claridad su alrededor, pero lo único que consiguió fue que un par de murciélagos salieran de la grieta de una pared, chillando—. ¡Rose! ¡Rose! ¡Scorpius!
Comenzó a caminar con lentitud y el ruido de sus pasos chocó contra el alto techo de piedra, produciendo un eco siniestro. Había puertas abiertas a su alrededor, y el viento provocaba que se mecieran, crujiendo y golpeándose contra diversos objetos destruidos. Albus se dio la vuelta y entonces, en medio de la oscuridad, la luz de su varita iluminó el rostro de una persona, de pie donde hasta hace un momento no había nadie.
—Papá… —dijo Albus con la garganta seca.
Harry Potter se acercó a él. Llevaba las manos detrás de la espalda y por alguna extraña razón, sonreía.
— ¿Qué estás…? ¿Por qué…? —alcanzó a preguntar Albus, pero su padre solamente acentuó su sonrisa.
—Es mío —dijo y lentamente levantó ambas manos, permitiendo que Albus observara lo que había estado ocultando.
La daga. El Aurea Pergamena. Sostenía uno en cada mano y su rostro se desdibujó en un gesto siniestro, nada propio de él. Albus sintió que su corazón se detenía y luego comenzaba a palpitar muy rápido. Bajó la varita y sin ser consciente de sus movimientos, retrocedió unos pasos.
—Es mío —repitió Harry—. Tú no lo mereces, Albus.
—No…
— ¿Creíste que podrías ser digno de algo así? ¿Qué realmente obtendrías este poder? —una risa burlona escapó de sus labios—. Nunca lograrás superar lo que yo ya he hecho, hijo.
—Basta…
—Nunca serás mejor que el Elegido.
— ¡Basta! —los pies de Albus retrocedieron con rapidez y tropezaron con una madera suelta en el piso. Cayó al suelo, astillándose los brazos, mientras su padre avanzaba sin quitarle los ojos de encima.
—Eres un niño solamente. Jamás lo lograrás, Albus.
—No es cierto…
—El Aurea Pergamena es mío.
—No…
Los ojos de ambos se encontraron. Verdes, intensos, idénticos. Harry lo miraba despectivamente y no borraba la sonrisa de su rostro, mientras continuaba diciéndole cosas que él no deseaba escuchar. Albus estuvo a punto de gritarle de nuevo, pero entonces, se percató de que la cicatriz que Harry Potter tenía en la frente brillaba de manera inusual, resaltando más que nunca contra su piel, casi como si irradiara luz en medio de la oscura iglesia.
Fue hasta entonces cuando se dio cuenta. En realidad, la cicatriz en forma de rayo era apenas una fina línea en el rostro de su padre y solo en sus pesadillas la había visto resplandecer de esa manera.
—Tú no eres él —dijo Albus con la voz temblorosa y se levantó del suelo, aferrando su varita—. ¡No eres él!
— ¡No! ¡No! —gritó la voz de Rose, salida de quien sabe dónde. Parecía que estaba llorando—. ¡Riddikulus!
—Un boggart… —murmuró Albus y observó con atención el rostro ensombrecido de su padre, levantando la daga dorada y el Aurea Pergamena—. ¡Riddikulus!
Al instante, la figura de Harry Potter desapareció y fue sustituida por un payaso regordete, que se alejó brincando hasta ocultarse en un viejo y destartalado armario.
— ¡Albus! ¡Albus!
—Aquí… —dijo él apenas moviendo los labios, con los ojos fijos en el punto por donde su padre había desaparecido. Las manos le temblaban.
— ¡Oh, aquí estás! —Rose salió de una de las puertas que estaban abiertas y llegó corriendo hasta él. Mechones de cabello pelirrojo se le habían pegado a la cara a causa de las lágrimas que derramaban sus ojos. También estaba temblando—. ¿Estás bien? Yo… Creí haber escuchado algo, pero… Era solamente…
—Un boggart —Albus asintió—. Sí, yo también…
Otro gritó resonó en la oscuridad. Ninguno esperó a que el otro dijera algo, simplemente comenzaron a correr, buscando el origen de aquel angustiante sonido. Rose señaló unas escaleras de madera bastante estrechas y ambos subieron apresuradamente, sin separarse, hasta llegar al campanario de la iglesia.
— ¡Cuidado! —chilló Rose al entrar, empujando a Albus contra la pared. Un hechizo pasó rozándoles la cabeza.
— ¿Qué demo…?
— ¡CÁLLATE! ¡NO ES CIERTO! —gritaba Scorpius, hecho un ovillo en el suelo, agitando con violencia su varita. Lanzaba hechizos sin control, haciendo que luminosos rayos de colores se impactaran contra los muros de piedra.
—Tú sabes bien quien eres.
Albus ni siquiera se había fijado en esa otra persona en la habitación. Iba vestido con una túnica negra, que se confundía a la perfección con las mohosas paredes y avanzaba con lentitud hacia su amigo.
—Está en tu naturaleza y lo sabes —dijo el desconocido y cuando levantó la cara, Albus ahogó un grito.
Era Scorpius, pero no lo era. Se movía diferente, hablaba diferente. En sus ojos resplandecía un brillo extraño, desconocido y cruel. No sonreía, pero se miraba con devoción el antebrazo izquierdo, donde relucía una horrible marca que Albus solo había visto en libros que su padre no le dejaba leer. El símbolo de Lord Voldemort. La Marca Tenebrosa.
—Es inevitable.
— ¡CÁLLATE! —bramó Scorpius y su voz resonó en todo el campanario. Levantó su varita otra vez.
— ¡Expelliarmus! —gritó Rose evitando otro cúmulo de hechizos. Después de tomar la varita del muchacho, corrió hasta ponerse frente a él. El otro Scorpius se desfiguró y tomó la forma de un cuerpo tendido en el piso, inmóvil, larguirucho y pelirrojo.
Hugo tenía los ojos abiertos y un hilo de sangre le resbalaba por la frente. Lucía más joven a como realmente era, parecía apenas un niño. Albus notó que su prima se turbaba un poco ante la imagen, pero con decisión levantaba su varita.
— ¡Riddikulus!
Sin embargo, el cuerpo sin vida de Hugo no desapareció y de pronto otro boggart idéntico salió por el espacio que había entre dos columnas de piedra, cayendo justo delante de Rose que, sin poder evitarlo, soltó un grito.
— ¡Es una plaga! —exclamó aterrada y sacudió bruscamente a Scorpius—. ¡Malfoy! ¡Levántate ya! ¡Tenemos que salir de aquí!
Albus volvió la vista cuando escuchó a alguien subiendo las escaleras. El pánico se apoderó de él cuando vio claramente la silueta de su padre, acercándose y aferrando la daga y el Aurea Pergamena entre sus manos.
—Es mío, Albus.
— ¡Larguémonos de aquí ahora mismo! —gritó Albus acercándose a su amigo. Lo tomó del brazo, intentando levantarlo—. ¡Venga, Scor! ¡Reacciona!
— ¡MALFOY!
Scorpius pareció volver en sí y se puso de pie con dificultad, mientras los otros dos lo sostenían por los costados. Caminaron hasta las escaleras y como Rose iba delante, el boggart que Albus había visto se transformó en Hugo tendido entre los escalones y los tres tuvieron que pasar por encima de él para poder bajar.
La iglesia pronto se vio llena de cuerpos inertes y sangrantes que se parecían a Hugo, mortífagos con el rostro de Scorpius que se acercaban amenazadoramente y palabras hirientes pronunciadas por Harry Potter, que hacían eco en el alto techo de piedra y formaban un vacío especialmente doloroso en el pecho de Albus. Corrieron. Los tres. Entre sollozos y gemidos de angustia. Entre lágrimas que se esforzaban por reprimir e imágenes que procuraban no mirar. Esquivaron sus peores temores transformados en realidad, sin la voluntad necesaria para detenerse y pronunciar el hechizo que acabaría con ellos. Se aferraban el uno al otro, sin soltarse, mordiéndose fuertemente los labios para no gritar.
Cuando al fin llegaron a la salida, resbalaron con la nieve que había en el suelo. La tormenta había arreciado. Rose se volvió y pronunció un conjuro que logró sellar las puertas antes de que los boggart salieran de la iglesia.
Los tres temblaban. Mucho. Y el sonido de sus respiraciones agitadas se confundía con el del viento, que poco a poco se hacía más fuerte.
— ¡Malfoy! —exclamó Rose y Albus se dio cuenta de que su amigo estaba sujetándose el antebrazo izquierdo tan fuerte que su piel comenzaba ya a tornarse morada—. ¡Basta ya, Malfoy!
Scorpius volteó a verla y luego, lentamente obedeció. Apartó la vista y se levantó sin decir nada. Los otros dos lo siguieron hasta llegar a la tienda de campaña. Solo hasta que estuvo dentro, Albus se dio cuenta del frío que había sentido durante todo ese rato, opacado seguramente por el terror que le había producido aquella horrible imagen…
Tenía trece años la primera vez que había visto un boggart. Lo recordaba bien. En ese momento su mayor temor había sido un papel, una carta de rechazo en la Academia de Aurores. Creía que era lo más espantoso que podía llegar a pasarle… ¡Que ingenuo! Y pensar que hubiese preferido ser rechazado a solo ingresar por ser un Potter, como realmente había pasado. Ironías de la vida, suponía Albus. Y ahora, su mayor temor era nada menos que su padre, Harry Potter. No, no él, sino la daga y el Aurea Pergamena en sus manos… ¿Qué se supone que significaba eso?
—Es diferente. Mi boggart —murmuró Rose sentándose en el sofá, abrazando sus rodillas. Albus volteó a verla—. Antes era una acromántula enorme.
—El mío también es distinto —dijo Albus. No sabía si ellos habían visto su nuevo boggart, pero deseaba que no.
—A la mayoría de las personas les pasa. Los miedos infantiles se superan y son reemplazados por otros más crueles —el rostro de Scorpius se ensombreció—. Algunos otros vemos lo mismo desde siempre.
Luego les dio la espalda y se sentó en el piso, ocultando su rostro con las manos.
Albus volvió su vista hacia la mesita de centro donde había dejado las hojas del Aurea Pergamena antes de salir corriendo. Las tomó con lentitud, dispuesto a guardarlas de nuevo en la caja de madera, pero tranquilizándose en cuanto sus dedos tocaron la fina superficie. El doloroso vacío en su pecho fue sustituido por aquel maravilloso calor…
—Suelta eso —ordenó Rose fríamente. Se había limpiado las lágrimas del rostro y miraba a su primo con dureza.
—Solo estoy…
—No creas que no sé lo que estás haciendo —dijo ella—. ¿Piensas que no me ha dado cuenta? Lo has estado sacando de mi mochila, ¿verdad?
—Yo no… —comenzó a decir Albus, pero luego aferró las hojas del pergamino entre sus manos, tal como lo había hecho el boggart que se parecía a su padre—. ¿Y qué si lo he hecho?
—No lo entiendes, Albus.
—No, tienes razón. No entiendo, Rose. No entiendo por qué hemos estado arriesgando el pellejo para conseguir esto si debemos tenerlo escondido como si fuese algo malo —Albus correspondió a la dureza de su mirada—. No entiendo por qué dejamos nuestros hogares para quedarnos aquí esperando a que se te dé la gana dejar este lugar. No entiendo por qué insististe en ir a ese baile de máscaras a buscar pistas si de todos modos nos íbamos a quedar estancados aquí.
—Casi nos atrapan, ¡dos veces! —exclamó Rose. Respiró hondo, seguramente tratando de mantener la calma—. En el baile casi nos ven los aurores y en el Castel Nuovo, los seguidores de Dimas y Lodge casi…
—Lo sé, estaba ahí. Fui yo el que casi muere a manos de Lizza, ¿recuerdas?
Hubo un silencio sepulcral. Albus todavía temblaba y seguía escuchando en su cabeza, igual a un eco lejano, las palabras de aquel horrible boggart. Sentía que en cuanto soltara esas hojas doradas, las palabras resonarían con más fuerza dentro de él y que jamás podría callarlas.
— ¿Por qué estás haciendo esto, Albus?
— ¿De qué hablas?
—Del Aurea Pergamena —Rose entrecerró los ojos—. ¿Por qué estás buscando el Aurea Pergamena realmente?
Eres un niño solamente… El Aurea Pergamena es mío… Tú no lo mereces, Albus…
Guardó silencio. Rose cruzó los brazos.
—Dámelo, Albus —extendió la mano. Albus dio un paso hacia atrás—. Se supone que lo buscamos para que Dimas y Lodge no lo encuentren, para que nuestra familia esté a salvo y no pase lo mismo que con Lily en el andén…
Es mío… ¿Creíste que podrías ser digno de algo así?... Nunca lograrás superar lo que yo ya he hecho, hijo…
—Si no estás intentando salvar a tu familia, ¿qué haces entonces, Albus? —Rose lo miró severamente, pero en sus ojos aún brillaban restos de lágrimas—. ¿Acaso estás…? ¿Tiene algo que ver con el tío Harry que…? ¿Estás tratando de probar…?
—No —dijo Albus dándose la vuelta—. No, no sabes de lo que hablas.
— ¡Entonces explícame, por favor! —exclamó Rose perdiendo lo que le quedaba de paciencia—. ¿Tú no quieres…? ¿No quieres quedarte con eso, verdad? —y apuntó hacia los pergaminos que Albus traía entre las manos, mirándolos como si fuesen algo sucio—. ¡No se supone que deberías…!
— ¿Y por qué estás haciendo tu esto, Rose? —preguntó Albus y cuando se volvió, sintió un vengativo placer al observar el rostro aturdido de su prima—. Piensas que yo escapé de casa por otros motivos, pero ¿qué hay de ti? ¿De verdad renunciaste a tu querido programa de historia para ayudarme? ¿No querías algo más? Porque he notado que disfrutas bastante de todo esto. Resolver misterios, viajar y buscar cosas que gente del pasado ha escondido es más divertido para ti que ayudarle a esos ancianos a escribir la nueva versión de "Una Historia de la Magia", ¿verdad?
—Cállate —dijo ella con el labio tembloroso.
Nunca serás mejor que el Elegido… Jamás lo lograrás, Albus…
—Entonces tengo razón —Albus alzó las cejas—. Creo que el Aurea Pergamena fue la excusa perfecta para que ambos dejáramos finalmente el Valle de Godric.
—No es cierto, yo no…
— ¿Vas a decirme que no estabas cansada también de todas esas mentiras? ¿Qué no estabas harta de ser hija de los héroes de guerra? Deja de usarme como un pretexto.
—Oh, ustedes dos sí que tienen problemas graves, ¿verdad?
Scorpius se había levantado sin que los otros se dieran cuenta. Ya no estaba temblando y los miraba con una expresión ruin que Albus jamás le había visto.
—Seguro ser hijos de héroes es bastante desagradable. No sé, no puedo imaginármelo —torció una sonrisa, pero no era la misma de siempre. Lucía hiriente, irónica—. Casi siento compasión por ustedes dos, pero luego recuerdo que existimos otros marginados que seguimos pagando los crímenes de nuestros padres.
—Basta ya —ordenó Rose y ahogó un sollozo—. El encuentro con los boggart nos ha puesto…
—Tú eres el ejemplo perfecto, Weasley —continuó Scorpius—. No paras de decir que toda esta mierda estaría mejor si yo no estuviera aquí y que planeaste todo pensando únicamente en ti y en tu primo. Porque soy un Malfoy, ¿cierto? Y debes odiarme. Pero no te has dado cuenta de que sin mí, no habríamos llegado hasta aquí.
— ¿Te crees mejor que nosotros, Malfoy? —Rose lo miró con ojos llorosos—. De no estar aquí, tu padre seguramente te habría enviado a Francia, ¿no? Y el ministerio los estaría persiguiendo igual que a los otros…
— ¿A los otros qué? ¿Mortífagos? ¡Dilo, Weasley! ¡Eso es lo que piensas, después de todo!
—Eso es lo que tú mismo piensas sobre tu familia, Scor —dijo Albus y su voz se escuchó ponzoñosa, con desdén. Scorpius palideció—. ¿No es por eso que siempre buscas alejarte de ellos?
— ¡Suelta eso, Albus! —gritó Rose desviando la vista hacia él. Albus se había sentado en la mesa, con expresión ausente, solo observando los pergaminos que aun sostenía.
—Quiero leer uno de los conjuros.
— ¡No lo harás!
— ¿Por qué? —Albus volteó a verla y se levantó bruscamente—. Dimas dijo que tal vez yo era quien debía tocar la daga, que no fue un accidente, ¿no lo entiendes? ¡Son míos!
Y al decir aquello, por un momento, Albus imaginó que Rose era su padre, negándole otra vez participar en esa búsqueda, prohibiéndole reclamar su derecho, ocultándole la verdad…
— ¡Entonces, lo único que buscas es probarle a tu padre que puedes con esto! ¡Tienes que dejar de…!
Todo pasó en un segundo. Albus sujetó con fuerza los pergaminos, dejándose guiar por ese extraño calor, se acercó a su prima y sin darse cuenta de lo que hacía, sacó su varita y le apuntó directo al rostro.
Fue como la vez en la que atacó a Devon Lodge después de aquel comentario sobre Harry Potter rogando para que entrara a la Academia de Aurores, como si despertara de un mal sueño, jadeando y con la ira recorriendo cada centímetro de su cuerpo. No fue consciente de que estaba apuntándole a su prima hasta que Scorpius lo empujó bruscamente lejos de ella.
— ¡Ya basta! —chilló Rose antes de que Albus se volviera contra su amigo.
El viento movía con rudeza el techo de la tienda y el frío se colaba por la puerta. Los tres respiraban entrecortadamente y los sollozos de Rose rompieron el silencio con rapidez.
Albus se atrevió a mirar a su prima y sus ojos llorosos le transmitieron decepción, tristeza y… ¿Miedo? Fue solo entonces cuando sus manos soltaron lentamente el Aurea Pergamena y el vacío en su pecho aumentó hasta volverse casi insoportable.
—Yo nunca les pedí que vinieran conmigo —dijo y apretando los puños se dio la vuelta, consiente del daño que había ocasionado con esas simples palabras.
Por un instante, nadie hizo nada. Luego, Albus escuchó como su prima volvía a guardar el Aurea Pergamena en la caja de madera y Scorpius se tiraba nuevamente en el suelo.
—Mañana en la mañana nos iremos a Puzzlewood y buscaremos la cueva que dijo el profesor Knoffler —dijo Rose y su voz sonó extraña, como si hubiese perdido su calidez habitual.
—Dijiste que… —comenzó a decir Scorpius, pero no volteó a verla.
—No quiero más encuentros con esos boggart —comentó ella y sin decir más, se tumbó en su saco de dormir.
Albus se quedó de pie hasta que escuchó que Scorpius hacía lo mismo. Luego, se sentó en el sofá y se quedó ahí, deseando con todas sus fuerzas que el sueño lo consumiera por completo y que solo por esta noche, las pesadillas no lo visitaran.
No hacía falta, ya estaba en una.
¡Hola! Y primero que nada, si, perdón. Sé que les dije que actualizaría cada mes por lo menos y son testigos de que lo había cumplido... Hasta ahora, lo sé. Pero es que estoy en ultimo año de universidad... ¿saben lo que eso significa verdad? Así es. Tesis. Y es HORRIBLE.
Pero, hoy me tome un día libre de ese martirio y decidí arreglar los detalles finales de este capítulo que estaba listo desde hace ya bastante tiempo. Espero que les guste porque fue especialmente dificil encontrar el tiempo para terminarlo.
Las cosas están tensas, ¿no? Bueno, no es de extrañarse, ¿verdad? Bueno, quiero ver que les parecieron los boggarts de los chicos, especialmente el de Albus y que me digan sus opiniones. Como se los repito constantemente, la relación de Albus con su padre era muy, muy importante para él, pero siempre ha sido tensa y llena de complicaciones.
¡Oh, si! Traje a Draco de vuelta, aunque sea un rato. Tooooodos los que lo estaban pidiendo pueden respirar tranquilos por lo menos por ahora. Tranquilos, volverá a aparecer y ya veremos que tal le va con Dimas y Lodge.
Nuevamente les pido perdón, pero creo que con la longitud de este capítulo se compensa el tiempo de espera... ¡Salió super largo! En fin, no los entretengo más.
¡Reviews plis!
