XXIII
Cuando el Tercer Raikage descubrió que Sarutobi mantenía conversaciones con Onoki para cesar las hostilidades al otro lado del Gran Bosque, se sintió ofendido y luego furioso de no poder probar esos canapés que las nodrizas sirvieron tras la plática. A era un digno y orgulloso heredero y continuador de la tradición militar de Kumo, y había criado a su hijo con la insolvente misión de sucederle y superarle, y lo había llamado también A para crear en la mente del pueblo de Kumo la imagen de un ininterrumpido linaje de líderes tan supremos y fieles a sí mismos que parecieran siempre el mismo y pudieran así dejarle siempre la política a los políticos y la guerra a los guerreros. Y a pesar de todos sus inigualables logros militares, A nunca había superado aquella ocasión en que Mito Uzumaki lo mandó a sentar de un grito. Era joven entonces, sin mucha labia, un amante primigenio y su barba no alcanzaba su manzana de adán. Regresó indignado, y fue trabajando desde entonces el sueño de destruir Konoha algún día. Muchos años pasaron hasta que su aparato militar estuvo tan hinchado que tuvo que aligerarse con las rápidas campañas que expandieron el País del Rayo hasta encontrarse con el País del Fuego. Aunque las tropas de ambos países llegaron a entablar combates, estos no fueron intensos ni largos, y pronto ambas naciones se vieron desorientadas en una franja llena de enemigos comunes. Con ese conflicto apaciguado, y las grandes rebeliones estallando por aquí y por allá, A calibró sus fuerzas y las enemigas, elevándolas exponencialmente según el índice del engaño ingenioso, y concluyó que no era provecho entonces encontrarse en combate abierto. Entonces llegó la noticia de las concertaciones privadas que lo excluían de los manjares de la post-guerra, y resolvió matarlos a todos. Pero su secretaria Mabui (a la que en más alta estima tenía entre sus consejeros e intérpretes de pesadillas por ordenarle todo en un código fascinante de colores) le persuadió de ello, y le sugirió que enumerase las razones de su cólera y juntos escribirían una carta muy contundente hacia las demás naciones. A lo consideró, y por la noche ideó una propuesta irrechazable: un duelo entre todos los que ostentasen el título de Kage reconocido al menos por algún país, por pequeño que fuese. El sobreviviente sería nombrado la Sombra de todas las Sombras, el Okinakage, el Furuikage, o el Kagekage, y tendría el derecho de diseñar el Mundo Ninja como quisiera y nadie podría criticarlo. Nadie respondió. Eso terminó de quebrar su paciencia: ¡Konoha le temía a Kumo!
Furioso y valiente, A se encaminó al campo de batalla, despojándose de cualquier tela que cubriese su maciza anatomía, y ni siquiera la súplica de Mabui le detuvieron de pegar el brinco desde el Castillo Flotante. Primero mató al Hoshikage, el más peligroso entre los rebeldes del Oeste, y lo hizo de tal forma que nadie tuvo duda ya nunca que la luz era más rápida que la sombra que busca ocultarle. Luego fue hacia el norte, siguiéndole los pasos al Yugakage a quien, según nos dicen los que pasaban por allí, hizo mierda solo con sus enormes puños revestidos con su Chakra eléctrico. Cruzó de un brinco la Aldea del Sonido, y moviendo la cabeza de un lado al otro vio toda la Tierra de las Nieves y alcanzó al Shimokage en su cobarde huida por las montañas del norte y lo destrozó a él y a toda su escuadra de feroces osos acorazados. Tan efectivo fue en su labor que pronto sus hombres lo apodaron el Kage Asesino de Kages, místico y severo. Cuando de esto se enteraron, gracias a las secretas líneas telegráficas, en el País del Fuego pandió el cúnico entre los sombreros menores y todas las tropas dispuestas a kilómetros cogieron sus bolsas y se internaron en los bosques, huyendo de la tormenta que se avecinaba. A, el Tercer Raikage, por cierto, era conocido antes como La Tormenta Shinobi, y no por nada. En 20 años de duro entrenamiento, se enfrentó a todos los relámpagos que el cielo pudiera enviarle. Acostumbrado a comer anguila eléctrica viva, hizo que sus ingenieros construyeran un collarín que le diera toques constantes durante el día, y tras una temporada sobreviviendo a sus propios hombres, tras ordenarles que lo atacasen mientras menos lo esperara, ya no pudo volver a dormir con los ojos cerrados. Hombre colosal, jamás aprendió las finuras de la mesa, pero desposó a una buena cocinera de caderas anchas que le dio siete tremendos hijos. Entre el tercero y el cuarto es que se convirtió en el Líder de la Nube, y sintiéndose no lo suficientemente hombre para estar al frente de tan dignos Shinobis, fue a buscar la tormenta. La encontró en las costas más septentrionales, ensañada con buques mercantes, y se enfrascaron en un duelo que duró semanas. Dicen los rumores que A logró domesticar al Kirin, y montándolo atravesó cúmulos oscuros rompió los truenos de su corazón agitando un látigo de rayos. Cuando A terminó con la tormenta, se había convertido en la Tormenta. Los rumores, falsos o no, siempre resultan muy reveladores, y A ciertamente experimentó un cambio notable en aquel tiempo. Los Shinobis de Kumo juraron una lealtad desmedida por su líder, contagiados por una especie de vibra electrizante en el aire. Cerca de su Raikage se sentían poseídos por un entusiasmo poderoso que los volvía invencibles. El Raikage, avanzando a campo traviesa, al frente expuesto de todo su ejército, resultaba en una fuerza incontenible que transformaba los climas y hacía temblar las nubes. Sus próximos objetivos eran el Hokage y el Tsuchikage, protagonistas de su desdén. Sarutobi, como era de esperarse, se ocultó en su bosque, pero Onoki envió al grueso de su ejército a detenerle, y este se desplazó, con sus Tejones de Cobre al mando, por debajo de la tierra esperando emboscar a la Tormenta.
La Tormenta se había reducido, es verdad. Movilizar a tantos hombres por una extensión de terreno tan amplia produce el descenso de la densidad militar. Había ido dejando hombres atrás, defendiendo las posiciones, hombres delante, examinando las futuras conquistas, y muchos en los márgenes, controlando las regiones menores. Según se expandía la Tormenta, se diluía su poder. Al final, A se encontraba al mando de un regimiento de no más de 500 ninjas, pero Kumo siempre se había caracterizado por primar la eficacia sobre los tumultos, aunque promovía la unidad en sus diminutas tropas con el Espíritu Fraterno como el pegamento que cohesionara al ejército más poderoso del Mundo Ninja. Caso muy distinto al Ejército de la Tierra, montonero y mal organizado. Onoki se había encargado de incrementar las filas de ninjas a su disposición reduciendo la edad de reclutamiento, negando el retiro por minusvalía e integrando a grupillos mercenarios que solo le eran fieles al dinero o las especias. Más tarde, Onoki redujo los periodos de entrenamiento y facilitó los requisitos para los ascensos. Así obtuvo nuevas divisiones, llenas de hombres apenas preparados y dirigidos por jóvenes sin experiencia alguna. Luego creó nuevos regimientos armando campesinos con picos y palas e insuflándoles el gran honor de morir por su País, aunque muchos apenas venían a enterarse de que una cosa como la otra existiera. El resultado fue el esperable: tus hombres caían como moscas. Centenares de hombres, a veces millares, entraban al campo en desbandada, caían en trampas tontas y accionaban todos los explosivos, dejando libre el camino a los Shinobis bien entrenados. Desorganizados, desconocidos, muchos de ellos incapaces de comunicarse dado la diferencia de sus dialectos, iban solo a llenar los campos de cadáveres. Eran masas miserables, solo hermanadas en su cruel destino, y la cosa no mejoró con el inicio de la Tercera Guerra y las grandes deserciones. Onoki recurrió entonces a los criminales, a los autómatas, los hombres de barro y el abuso del Jutsu Clones de Sombra. Por eso es que resulta difícil de creer que el Raikage se haya enfrentado a 10 000 hombres de Iwa. Primero porque el número resulta infladísimo incluso para la imaginación de Onoki, quien sin embargo nunca ha dicho nada contra la leyenda porque supondría desbaratar la imagen de "El Ejército Más Grande de la Tierra". Segundo está el hecho de que es más bien Kumo quien ha presentado las mayores dudas al respecto, afirmando que a lo mucho eran 1500 o 2000. Sobre algo sí no existe discusión: El Raikage los enfrentó a todos él solo.
Era mediodía y sin embargo anocheció de pronto. Los Shinobis buscaron el astro mayor solo para encontrarlo taponeado por oscuras materias que se precipitaban vertiginosas desde el vacío y sobre sus cabezas. Reducidos en su moral, fueron reducidos ahora en lo físico. Huyeron como pudieron, se lanzaron, corrieron y se agazaparon, esquivando en una mezcla de habilidad y suerte los proyectiles ígneos que acribillaban la tierra y la dejaban humeante y desgraciada. Apenas conscientes, los Shinobis de la Nube sintieron cómo la tierra se abría bajo ellos, como una gran garganta buscando engullirlos. Saltaron y se sujetaron de piernas y brazos, muchos sin cuerpos, y cayeron a profundidades jamás exploradas. Otros, no más afortunados, fueron disparados por el intenso escupitajo ardiente de geiseres espontáneos y se perdieron en alturas convexas. Y, no obstante ese apocalíptico ataque, la mayoría de los hombres sobrevivieron, protegidos por la extensa Armadura de Chakra Eléctrico de su Raikage, que una vez los viera recogidos y reagrupados, les infló el alma con graves arengas solo para ordenar el retiro inmediato.
—¡¿De qué está hablando, Lord Raikage?! ¡Estamos con usted, moriremos con usted, todo es por y para usted, Lord Tercer Raikage!
—¡Yo no entrené unos tontos! —Su voz severa silenció el campo—, ¡son el futuro de Kumo, y yo... yo soy momentáneo! —Y muchas más cosas dijo que apenas fueron audibles por el crepitar del desastre que pisaban—, hoy... ¡hoy me toca a mí salvarlos, hoy me toca convertirme en un Héroe!
Era el último paso de su plan. Se había saltado varios, sí, pero consideró digno enfrentarse al inmenso ejército de Iwa, o al menos esa es la interpretación más aceptada. La verdad es que no había nadie más convencido de que podía salir victorioso que el propio A: Era un Hombre Mítico y Severo, después de todo, la Tormenta Humana, incapaz de desfallecer, imposible de olvidar, y los hombres de Iwa, faltos de ideal y supersticiosos, lo secundaban en ese magnánimo pronóstico. Inició con un tifón que cubrió los cielos de hombres débiles, y le siguió un flash de luz que dejó viscos y mutilados a los descuidados. Intentaron detenerle con Jutsus que convirtieran el firme suelo en pantanoso barro, pero A tan solo se deslizaba sobre las superficies, dejando unas líneas perfectas que se cortaban en ángulos notables. Intentaron bombardearlo con harina, pero el Raikage pegaba unos saltos olímpicos con los que alcanzaba a los ninjas ocultos entre nubes, y los pulverizaba tan rápido como les decía:
—¿Creen que me podrán ganar en mi elemento?
Por tres días la batalla se extendió. Muchos intentaron desertar al ver al hombre de la Nube convertido en una auténtica tormenta que con garras brumosas cogía batallones como piedritas dulces y los engullía con fauces chispeantes y caían en entrañas de ventiscas cortantes, pero se encontraban con los Batallones de Castigo, encargados de asesinar a los abanderados de la cobardía y devolver a los borregos al caos. Ya cuando fueron testigos de cómo el Raikage partía una montaña con el estruendo de sus puños y continuaba en su andar aunque cientos de hombres se cogiesen a sus piernas, empezaron a considerar si esto no había sido el peor error jamás cometido en una Guerra, oriental u occidental. Dudaron de impartir órdenes cuando los nuevos batallones llegaban, y se sintieron auténtica basura de enviar esos rostros jóvenes e ignorantes a su inevitable muerte. Un enorme hospital se levantó en las cercanías, donde eran rehabilitados a toda prisa aquellos que se considerase no estaban impedidos de volver, pero más grande resultó el cementerio que tuvieron que improvisar a un lado del pabellón de traumatizados, que era la mejor excusa para desentenderse de todo y pronto se llenó de dañados cerebrales que hablaban de realidades paralelas y futuros híper-realistas, muchos de los cuales retornarían a la Aldea solo para perpetuar su trastorno y devenir en una camada de terroristas sin explicación. Solo entonces Onoki consideró asunto grave la salud psicológica, y se interesó en estudiar las secuelas que la guerra dejaba en el cerebro desde un punto de vista benéfico en lugar de aprovechado. Y es que había que estar loco ya para no volverse tal al presenciar las montañas de muertos que se levantaban según el Raikage se paseaba. Había que tener el alma negra para no sentirse menos contemplando los ríos de sangre que corrían, y había que tener muy mal olfato para no expulsar los alimentos con tan solo acercarse a ese campo de cuerpos putrefactos y calientes, por lo que se recomendaba a los refuerzos venir en ayunas. Y al final del tercer día, con el Sol todavía sobre el horizonte, caído el último ninja, dejada la última arma, el Raikage pudo respirar y sintió su interior quebrándose. Entendió de pronto que quizás no era tan malo morir así, después de la mejor batalla de su vida, y pensó que a lo mejor ya había vivido lo suficiente, hecho demasiado y que el mundo no lo merecía. Se dio cuenta entonces que él no moriría: el mundo se apagaría.
