XXIV

Esa fue la historia de uno de esos Shinobis que vale la pena recordar, pero antes de que el Tercer Raikage encontrase su destino en el norte del Mundo Ninja, al suroeste del mismo, en otro teatro de operaciones, donde corrían miles de Shinobis a encontrarse entre sí, aspirando aunque sea a una mínima fracción de la gloria que A había recibido con su muerte, su hijo estaba por enfrentar uno de los más importantes enfrentamientos de su vida. Para ese momento, y gracias a las locuras del viejo y el nuevo gobierno, la situación de Kirigakure era de total inestabilidad, dejando los territorios del País del Agua descoordinados y desgastados, a la merced de sus hambrientos vecinos. Así que de pronto controlar esa triple frontera, aquella franja costera llena de puertos, era de vital importancia tanto para Konoha como para Kumo, pues determinarían quién se haría con sus inmensos recursos y se serviría de ella como punto para lanzar nuevas ofensivas a donde fuera necesario; pero por sobre todo, sabían que quien controlase la Península Ballena controlaría el grifo del poder en todo el Mundo Ninja.

En aquel lugar había un punto específico que conectaba al continente con las islas que conformaban la Aldea de las Olas. Se trataba del Puente Kannabi, hecho entero de un pequeño bosque, barnizado en bronce y sostenido por gruesos pilares de concreto macizo. Se extendía por kilómetros sobre el mar y representaba, luego de inmensas derrotas militares y el descontrol de las regiones con todas sus poblaciones desplazadas, el único nexo reconocible entre Umi, una isla menor que había tomado mayor protagonismo en los últimos meses como reserva provisional, y la Tierra de los Ríos y por allí la perdida Aldea Nadeshiko. Kiri se empecinó en que mantener aquel puente era fundamental para su campaña, hasta convertirlo en un símbolo de su inquebrantable resistencia, aunque en realidad carecía de cualquier valor estratégico. Konoha identificaba otro problema: cientos o miles de desposeídos estaban entrando al País del Fuego usando el puente, y muchos recursos militares ajenos al mando militar de la Hoja se desplazaba con el puente como cubierta. Para Kumo otra era la nuez. Dominar la zona y ocupar el puente significaba hacerse con una ruta directa al corazón de Kiri (con la que no contaba por culpa del impenetrable Muro Blanco en el norte), y con la que podría amenazar con cerrar una ofensiva de pinza sobre su rival. A estas alturas del conflicto, ello se traducía en una victoria incontestable. Básicamente, el Puente Kannabi no significaba nada, pero quién se hiciera con él, ganaba la guerra.

Por ello, Konoha envió al Relámpago Amarillo a dirigir tan importante operación. Para su mala suerte, un batallón entero de Kumo dirigido por el hijo del Tercer Raikage ya se había apoderado de la punta de la península y comenzaba a ocupar pequeñas islas en los alrededores de Umi, alistando un asalto. Las fuerzas de la Hoja intentaron echar al mar a los ninjas de la Nube, pero solo consiguieron que estos últimos abrieran una brecha en sus defensas. Para las dos de la tarde del viernes llegó la noticia de que el General A había comenzado la invasión de la isla Umi. Era prioridad mantenerla como terreno neutral, y confiaron que los ninjas que enviaron infiltrados a Umi pudieran organizar una resistencia lo suficientemente duradera. La isla cayó en 6 horas. Aquella noche se estaban haciendo los últimos preparativos para la batalla final, que tendría lugar sobre el mismo Puente Kannabi, cuando se confirmó el tan aterrador rumor que corría desde hace una semana en la península.

—¡El Ocho Colas está aquí!

Todos los ninjas de Konoha entendieron que lo que harían quizás sea su última misión, pero Minato se encargó de impartir ánimos y aislar a los derrotistas. Aseguró que debían tratarse de mentiras difundidas para causar el pánico en sus filas, y que en todo caso él se encargaría del hijo del Raikage y del Hachibi. No le creyeron, pero al menos tenían la certeza de que su mozo general moriría con ellos, ya sea porque era un idiota o un verdadero patriota. Los que no se convencieron fueron permitidos de retroceder a cambio de dejar su banda y su kunai. Iban a necesitar todos los disponibles. Una confrontación entre el Relámpago Amarillo de Konoha y el Relámpago Dorado de Kumo era inevitable, y ocurrió a las 6 de la mañana del sábado siguiente.

—El Relámpago Amarillo de Konoha... debí suponer que no serias más que un niño bonito. ¡Los de Konoha no saben hacer nada más que robarse nuestros nombres! Primero el Colmillo Blanco, luego el Chidori y ahora el Relámpago Amarillo. ¡Es imperdonable!

—No sé de qué rayos hablas. ¡A pelear!

Cada uno estaba secundado por mil ninjas, pero todos se fueron haciendo a un lado al presenciar la confrontación principal, la batalla entre el genio de Konoha y el futuro de Kumo. Ambos ya habían vuelto a sus respectivas Aldeas como héroes, pero cuando se les fue asignada esta nueva misión con la esperanza de terminar con esta guerra de una vez por todas, no dudaron en aceptar la responsabilidad, aunque hicieron enojar a más de una novia.

La velocidad de A era impresionante para todos, incluso para Minato, pero no se comparaba a su Jutsu de Tele Transportación. Antes de que se diera cuenta el Namikaze ya le estaba enterrando el Rasengan en toda la espalda. Aunque A no fuera tan rápido como el joven rubio, su defensa era infinitamente superior. La esfera de Chakra no hizo ningún daño en la armadura de rayo del General. Ante el más mínimo descuido Minato perdería la cabeza. Quizás estaba subestimando a su enemigo, otra vez. Habían tomado una isla en una hora, después de todo. Quizás sí tenían al Ocho Colas con ellos, pero en ese caso, ¿dónde estaba? Lo entendió cuando vio a ese joven tan parecido a A en la retaguardia, cerca para intervenir cuando fuera necesario pero alejado de los ataques inmediatos y protegido por un escuadrón completo, pero como indiferente a lo que estuviese ocurriendo.

—¡Es él! —Minato arrojó su Kunai hacia ellos, aunque pasó muy por encima del muchacho. Sin embargo, Minato ya había aparecido detrás de él y a través de toda su barrera. Lo amenazaba con un kunai en la nuca y un Rasengan en el riñón. — ¡Diles que se rindan!

—Tú estás muy equivocado, terminarás asesinado. — rimó cuando Minato sintió el filo de la espada trasera del joven clavarse en su estómago. Se desvaneció en ese instante, alcanzando a ver un tentáculo gigantesco intentar atraparlo. — Ríndete ahora, ninja de Konoha.

—Un ninja rimador... Es el Jinchuriki del 8 Colas. Qué interesante. —Logró esquivar el golpe de A que perforó el puente hasta el océano debajo de él.

—¡Hermano, ahora pelearemos juntos! —gritó A.

—¡Bien, hermano, te daré una mano, derrotemos juntos, a este Shinobi bruto! —envolvió su cuerpo en una armadura de Raiton. Minato entendió que la había podido usar todo este tiempo, pero había bajado su guardia intencionalmente.

—Esta será una verdadera batalla.

Los hermanos de Kumo, hijos del Raikage, eran unas verdaderas bestias por separado, pero juntos eran virtualmente invencibles. Minato los mantenía a raya, pero sus ataques eran inefectivos. Peor aún, la velocidad de ambos era suprema y sus reflejos se estaban acostumbrando a su tele transportación. Los demás ninjas no podían ver más que un espectáculo de luces en el que un rayo azul y otro dorado perseguían y chocaban contra un rayo amarillo, y que causó algún que otro ataque epiléptico que fue interpretado como una posesión espontánea. Entonces Minato sintió perder la respiración y la cabeza casi le revienta. Se había transportado justo en medio de un tremendo Lariat que A y su hermano habían cerrado sobre su cráneo, y de no ser por sus increíbles reflejos no se hubiera vuelto a transportar para salirse de esa trampa mortal.

—Increíble... descubrieron el truco de los sellos... intuyeron el lugar donde me transportaría y casi me arrancan la cabeza... —Minato escupió un trozo de diente y estaba decidido a utilizar su técnica final con tal de acabar con sus enemigos. Ya se estaba disculpando con Kushina nuevamente cuando vio al hermano de A ir directo hacia él con un Chakra rojo y cientos de veces más oscuro que el que tenía hasta ese momento. Vio claramente ocho brazos detrás de él, o mejor dicho colas, ¿o eran tentáculos? Se pensó acabado cuando un Shinobi se puso delante de él y frenó el ataque del Ocho Colas.

—¡Killer B! ¡¿Qué rayos sucedió?! —gritó A

—Hermano... Creo que es...

—¿Kushina...? —preguntó Minato.

La ninja de cabello carmesí había llegado al campo de batalla. Al enterarse que Minato se iría de nuevo a la guerra cuando ya se lo habían regresado, se decidió por romper con él, sin importar si volviese o no esta vez, pero cuando llegó el rumor de que Kumo estaba usando al Ocho Colas en la batalla fue donde el Hokage y los Consejeros para exigirles respuestas de por qué ellos no utilizaban al Nueve Colas. Básicamente los ancianos no confiaban en la capacidad de Kushina de dominar al Kyubi y temían que terminara causando más daños al ejército propio que al ajeno. Además, siempre estaba el riesgo de que muriera o el Kyubi fuera atrapado, lo cual era un peligro que no podían admitir. El Kyubi debía permanecer en Konoha como disuasivo y amenaza para cualquier Aldea indefensa y/o inofensiva. En caso de Invasión, siempre podrían soltar al Zorro Demonio para limpiar todo y empezar de nuevo. De llegar ese caso, era la mejor opción. Pero Kushina se negó, y amenazó a todos con liberar el Kyubi allí mismo si no se le autorizaba ir al campo de batalla, y aunque no se le autorizara los destruiría a todos e iría igualmente, así que les convenía autorizarla. A los Consejeros no les quedó de otra más que aceptar las exigencias de Kushina, aceptando de paso que el entrenamiento había sido mucho más efectivo de lo que se habían percatado hasta entonces. Visto lo visto, dieron el visto bueno al uso del Nueve Colas en la Operación del Puente Kannabi. Tres días se tardaron en llegar al lugar, y había dejado a sus acompañantes muy atrás gracias a su velocidad de zorro, dejando también campos arrasados y aldeas atemorizadas. La historia de la Mujer Zorro Demonio Roja se cuenta por esos lares hasta nuestros días para hacer dormir a los niños temprano. Finalmente había llegado, a tiempo, con su chaleco verde, como una Jounin oficial, para combatir al rayo con fuego, oponer al Ocho Colas las Nueve Colas.

—¡Ahora estamos igualados! ¡Biju contra Biju!

Killer B recibió la autorización de su hermano mayor para soltarse. El poder del Hachibi hizo temblar el puente entero y enloqueció el mar bajo el mismo, pero a su maldad chiclosa se opuso la maldad pura del Kyubi, que enloqueció a los ninjas de bajo nivel que se encontraban presentes y prendió fuego los bordes de la estructura. Se dice que Minato y A montaron a sus compañeros y batallaron durante horas entre sí. El remolino de colas las hacía imposible de contar, y apenas se distinguían las peludas de las tentaculares. Los cuernos del Hachibi se clavaron en el costado del Kyubi, y las garras y colmillos del zorro destrozaron la carne del toro. El Relámpago Amarillo y Dorado bailaban entre ellos estallando ante cada pequeño choque. Pocos podían presenciar lo que estaba sucediendo.

—¡Los monstruos cayeron al agua!

En el mar, el Hachibi tenía ventaja. Convocó a miles de criaturas marinas que atacaron la piel de Kushina e intentaron abrir su carne. No tenían garras, pero sí puños, y con ellos castigaba el hocico de tan maleducada bestia. Los ninjas de Konoha intentaron retomar la ofensiva, pero vieron levantarse tentáculos enormes a ambos lados del puente, los cuales los tomaron prisiones, los arrojaron lejos o simplemente los aplastaron contra la estructura. Intentaron volar sus extremidades, prenderlas en fuego y cortarlas, pero eran protegidas por una energía muy poderosa y malvada. Minato apareció como caído del cielo, ahora oscuro, para cortar uno de los tentáculos como un rayo, pero A lo intersectó y lo estrelló contra el puente, atravesándolo y llegando hasta el fondo marino.

Killer B creía tener la situación controlada, pero la marea comenzó a dar vueltas sobre sí. El viento sopló y las nubes se tornaron eclépticas. Un torbellino, un tornado y un huracán aparecieron de repente, se fusionaron y envolvieron al Hachibi en el centro. Algunos veteranos creyeron reconocer la maldición del remolino, solo oída en cuentos infantiles, aparecer ante ellos, y se tiraron de rodillas para entonar alguna oración nunca aprendida. El cuerpo del Ocho Colas y el Nueve Colas, enredados entre sí y en el centro del Remolino, chocaron contra el puente Kannabi y lo comenzaron a despedazar por completo.

—¡El puente se cae! ¡Retroceder todos!

Los ninjas abandonaron la estructura en desbandada. Los largos kilómetros de Kannabi ahora estaban siendo barridos como quien sopla los pétalos de una flor. Si había una Tormenta Perfecta debió ser esta, y Minato de Konoha y A de Kumo pasarían a la historia luego de esto como dobles leyendas de sus respectivas Aldeas, no solo por haber desatado un pequeño infierno y vuelto a cerrarlo, sino por haber terminado con esa estúpida guerra y ese tonto puente. Sin él, el conflicto no tendría más que llegar a su inexorable fin, unas tablas predecibles, y aunque ambas Aldeas vieron esto como una victoria propia, la verdad es que el único perdedor fue la Aldea de las Olas, a salvo del Mundo Ninja y condenada a su propio aislamiento.

Minato y Kushina, su novia, prometieron reencontrarse con A y Killer B, su hermano, para poder conversar tranquilamente, ya sin tanta guerra de por medio. Cuando la muerte del Raikage se hizo noticia, Minato envió una carta muy sentida a A, el cual solo respondió con un firme y soplado "OK". Killer B y Kushina intercambiaron más correspondencia que esa y hasta se volvieron amigos, dándose consejos sobre sus respectivos Bijus y compartiendo anécdotas graciosas y poemas improvisados. Ambos se felicitaron cuando su novio y hermano, respectivamente, llegaron a ser Kages en sus aldeas, respectivamente, y convencieron a la otra parte de que mediara saludos para sanar relaciones. Era muy difícil, sin embargo, establecer cualquier tipo de cooperación después de semejante matanza, y ambos líderes, reconociendo los muertos ajenos y la imposibilidad de perdonarse, decidieron guardarse profundo respeto.

—Te has ganado el nombre de Relámpago Amarillo. — Le dijo en la carta oficial que le hizo llegar.

Mientras ambos estuvieron en sus cargos, Konoha y Kumo tuvieron en paz.