Saber y No Saber.
Ira. Una ardiente ira que le recorría cada centímetro del cuerpo, que le quemaba la garganta y que nublaba su vista. Una ira que aumentaba cada vez que recordaba, cada vez que las memorias envolvían su mente.
—Es solo que… No me gustaría que fuera porque mi apellido es Potter… He trabajado mucho por esto, ¿sabes? Y si no… Si yo no me lo hubiera ganado realmente…
—Te entiendo. Te prometo que ni yo, ni el apellido Potter tuvimos nada que ver con el contenido de esa carta.
Era ira, sí. Pero, también eran otras cosas. Un poco de resentimiento, un poco de desilusión. Era un poco de envidia disfrazada de admiración y un poco de orgullo ofendido. Se combinaban y palpitaban en su interior, desplazando los buenos recuerdos, aquellos dónde realmente pensaba que podía confiar en ese mundo diseñado para protegerlo.
—Quiero que me digas todo lo que averigüen sobre Lodge y su compañero. Todo.
—Albus…
—¡No puedes seguir ocultándome la verdad! No con esto, por favor… ¡Debes confiar en mí! No te pido mucho…
—Tú ganas. Te contaré todo lo que averigüe.
—¡Albus!
Pero, no existía tal mundo. Jamás había existido realmente. Y lo peor era que Albus sabía. No como se sabe que el cielo es azul o que la lluvia está mojada. Sabía de la manera en la que se sabe que un ser querido te está mintiendo o en la manera que se sabe que algo placentero te está haciendo daño. Igual a cómo se saben todas las cosas de las que uno no está consciente. Albus sabía desde hace mucho. Desde el momento en el que Scorpius le había contado sobre el legendario duelo entre Lord Voldemort y Harry Potter, desde que fue señalado por haber quedado en Slytherin, desde que descubrió que todo el mundo mágico conocía mejor a su padre que su propio hijo.
—No me dijiste que habían robado la daga.
—Yo solo…
—Me lo prometiste, pero como siempre, creíste que la mejor opción era ocultarme la verdad.
—No podrías entenderlo.
—¡Oh, por Merlín! ¿Qué es lo que pasó?
—¡Ayúdame! ¡Ayúdame a ponerlo en el sofá!
Albus sabía, sí. Pero todas aquellas sensaciones e ideas negativas habían estado escondidas durante años, esperando el momento apropiado para salir y colapsar. Habían estado ocultas bajo el inmenso cariño que le tenía a su familia, bajo las risas compartidas, los sabios consejos y las largas caminatas en el Valle de Godric. Él, su padre y el lazo que los mantenía unidos. Un lazo que, en vez de romperse luego de cada desliz, se fortalecía.
O eso había creído él.
—No soy como tú. No soy así, no importa lo que digan. Soy más capaz de lo que tú crees, de lo que todos creen. No me interesa ser un Potter, ni las cosas extraordinarias que tú hayas hecho.
—Albus, no…
—¡Albus! ¡Albus! ¡Las vendas! ¡Rápido! ¡Están en la cocina!
—¡Sostenle la pierna! Creo que se la ha roto…
Había llegado a un punto sin retorno, dónde los secretos y las mentiras opacaban a las buenas acciones y solo había ira. Luego, dolor, dolor y más dolor. Sentimientos suyos, tan suyos, que explotaban igual a llamaradas de fuego, consumiendo todo a su paso. Y quemaban, lastimaban, pero él no podía hacer nada para evitarlo. Ya no. Porque junto a todos esos sentimientos que ardían en su interior, Albus distinguía otra cosa. Algo que también sabía y no quería saber. Algo que parecían ansias, que parecía codicia, que parecía ambición. Algo que no tenía nada que ver secretos y mentiras, pero que había aumentado gracias a ellos.
—¡Toda mi vida he sido comparado contigo! Me enferma. Soy más, soy mucho más que el hijo del Elegido. ¡Yo no me escondería de la verdad! ¡Yo jamás podría fingir que nada importante pasó en mi vida! ¡No sabiendo que hubo personas que dieron la vida por mí!
—¡Cállate, Albus!
—¡Oh, por favor! ¡Albus, despierta! ¡Despierta!
Quería poder.
Un poder grande, extraordinario, único. Albus quería demostrar que era digno de él.
Y había dolor, pero éste se mezclaba con una insaciable sed de probar su lugar, de demostrar que merecía la grandeza que tanto ansiaba. No por ser un Potter. Jamás. Él merecía algo maravilloso porque era Albus. Porque podía ser mejor auror, mejor mago, más hábil, más fuerte. Porque no quería ser igual a él… Albus quería ser mejor. Porque de haber estado en su lugar, él habría triunfado con creces, habría abrazado la oportunidad de ser el Elegido, habría conseguido que la cicatriz en su frente iluminara el cielo igual a un relámpago real…
—¡LAS HUBO! ¡QUE TU NO ME LO CUENTES, NO QUIERE DECIR QUE NO LO SEPA! ¡EL TÍO FRED, LOS PADRES DE TEDDY Y MUCHOS OTROS! ¡CIENTOS DE PERSONAS INOCENTES QUE MURIERON POR TU CULPA!
Y ahí estaba el Aurea Pergamena, ofreciéndole la oportunidad que tanto anhelaba.
Aquellos fascinantes pergaminos dorados no eran de su padre. Eran suyos, solo suyos. Era poder y le pertenecía. No al hijo de Harry Potter, no a su sombra. Le pertenecían a Albus.
El Aurea Pergamena era suyo y no iba a dejar que nadie se interpusiera en el camino que debía recorrer para obtenerlo…
—¡ALBUS!
Despertó.
Le dolía todo el cuerpo. El pecho le punzaba y un caliente líquido le resbalaba por la frente. Sentía que había miles de astillas enterrándose en sus piernas y algo le palpitaba con dolor en el costado. Tuvo que hacer un esfuerzo descomunal para poder abrir los ojos y, a través de la luz de una ventana, observó un rostro de facciones delicadas y ojos marrones, muy cerca de su cara.
—¿Molly?
Apenas un susurro salió de su garganta y mientras su prima le colocaba una venda empapada en la cabeza, los recuerdos comenzaron a llegar a la mente de Albus, acompañados de más y más punzadas de dolor.
—Rose… Scorpius… Ellos… La cueva, no…
—¡Despertó! —exclamó una voz detrás de él y Albus distinguió a Dominique, acercándose rápidamente—. ¡Ha despertado!
—¿Sabes hacer que tu patronus hable? —le preguntó Molly a una persona junto a ella, mientras vertía un poco de una poción azulada en un vaso.
—¿Es enserio? Aún tengo problemas para aparecer mi patronus siquiera —dijo otra voz y Albus reconoció el tono sarcástico de su primo Fred.
—Entonces, hazlo por la chimenea, envía una lechuza, ¡algo! —exclamó Molly apurada—. Pero, avísale al tío Harry, ¡rápido!
—No… —trató de decir Albus, pero su voz no se escuchó.
—Tranquilo, Al —le dijo Dominique acariciándole el cabello—. Está bien, todo irá bien ahora…
—No… Rose y Scorpius… Ellos…
—¡Minie, pásame esa otra poción! —Molly revolvió todo lo que tenía a la mano en el vaso que sostenía y se acercó aún más a Albus—. Levántale la cara para que pueda tomarlo.
—Molly, no…
—Es para calmar el dolor, Albus —le dijo ella con suavidad, luego se volvió—. ¡Fred! ¿Qué demonios estás esperando?
—No lo hagas… —dijo Albus y gritó de dolor cuando intentó levantarse. Dominique le puso una mano en el pecho, impidiéndole moverse—. Por favor…
—Cálmate, Al…
—¿Qué pasa si no está en el Ministerio? No puedo decirle nada a nadie, Molly, recuerda lo que nos han dicho…
—¡Tienes que traer al tío Harry ahora!
—¡NO!
Albus sujetó a Molly por la muñeca y ella, sobresaltada, derramó un poco de poción en el suelo. Sentía que la cabeza iba a estallarle. Cada centímetro de su cuerpo ardía al rojo vivo. Las piernas estaban matándolo. Aun así, reuniendo toda la fuerza que le quedaba, trató de pronunciar cada palabra con claridad.
—No lo llames, no… Por favor…
—Tienes que tranquilizarte, Albus —dijo Molly intentando soltarse del agarre, pero Albus se aferró más a ella.
—No entiendes… Nadie puede, no… Nadie debe saber dónde estoy… —dijo, con la respiración entrecortada y las manos temblorosas. Sentía que en cualquier momento iba a perder nuevamente la conciencia—. Es peligroso… Molly, por favor… No lo llames… Promételo, promete que…
—Albus…
—No, no… Es importante… No pueden, ellos… Nadie puede saber… Promételo, por favor… Molly, promételo… Te… Te lo suplico…
—Está bien, está bien, Albus —dijo Molly rápidamente—. Te lo prometo, ¿de acuerdo? Ahora suéltame para que pueda curarte.
—Gracias.
Y entonces, Albus volvió a derrumbarse desmayado en el sofá.
Rose y Scorpius cayeron de rodillas en el suelo.
—Creo que necesitamos algunas respuestas.
Uno de los hombres que estaba en el salón los miró con las cejas arqueadas. Se tambaleaba y despedía un fuerte aroma a hidromiel. Observó a ambos muchachos, inclinados en el suelo a la mitad de aquel sucio y oscuro salón. Ellos se removieron bajo las gruesas sogas encantadas con las que los habían atado.
—Entonces, preciosa —dijo el hombre, acercándose más que los otros cuatro, casi pegando su nariz al rostro de Rose—. ¿Cómo te llamas y qué estabas haciendo en esa cueva?
—Nada —dijo ella alzando la cabeza. El hombre sonrió con ironía—. Solo paseábamos. No sé quiénes son, ni por qué nos han traído hasta aquí, pero exijo que ahora mismo…
—¿Exiges? —soltó una carcajada y comenzó a juguetear con un mechón de su cabello—. Creo que no estás en posición de exigirnos nada, preciosa…
—Déjala —gruñó Scorpius. Todos voltearon a verlo.
—¡Ah, joven Malfoy! Casi me había olvidado de ti —dijo apartándose de Rose y mirando al muchacho con desagrado—. ¿Te habían dicho que tienes el mismo rostro despreciable de tu padre, niño?
—Selwyn —dijo Scorpius frunciendo el ceño—. ¿Qué te trae por aquí?
—Es lo que nosotros deberíamos de preguntarte a ti, Malfoy —dijo otro de los hombres, calvo y con ojos pequeños—. Tu padre le dijo al Ministerio que te habían llevado lejos para esconderte.
—Oh, ¿enserio? —Scorpius torció una sonrisa—.Pero, eso no es asunto suyo, ¿verdad?
—No te pases de listo, niño —dijo Selwyn y se tambaleó un poco cuando caminó hasta él—. ¿Qué estabas haciendo en esas cuevas?
—Estábamos paseando, ya te lo dijo ella. Me cansé de ese internado en Francia y escapé. No sé qué es lo que ustedes están haciendo, pero… —Scorpius alzó las cejas—. No mencionaré nada si ustedes no dicen que me han visto, ¿de acuerdo? Todos salimos ganando.
Los cinco hombres intercambiaron miradas entre sí. Uno de ellos tenía las varitas de sus prisioneros en la mano y después de un suspiro, fue a guardarlas en un armario. El calvo dio un paso al frente.
—Es una coincidencia bastante curiosa que nos hayamos topado en ese lugar precisamente, Malfoy, ¿estás seguro de que nos estás diciendo la verdad?
—¿Por qué tendría que mentirles?
—Sí, ¿por qué tendrías que mentirnos? —el hombre entrecerró los ojos—. Dime, Malfoy, ¿alguna vez has estado en el Castel Nuovo de Italia?
—Sí, un par de veces cuando era más pequeño.
—¿Recientemente?
—Acabo de decirles que estaba en un internado en Francia, ¿no? —dijo Scorpius rodando los ojos—. No es como si hubiese tenido mucho tiempo para andar de excursión, ya sabes.
—Pero… Bueno, es que ellos solo son dos. Las personas que nos topamos en el Castel Nuovo eran tres —dijo un tipo gordo, que parecía bastante nervioso.
—Había otra persona con ellos —dijo el que había guardado las varitas, mirándolos con ojos acusadores—. Yo lo vi. Iba con ellos alguien más.
—Estás demente —dijo Scorpius—. Íbamos solos. Ya se los dijimos. No sabemos qué hacen, pero tampoco nos importa. Ahora, sean buenos y suéltennos.
—Creo que lo mejor será esperar a que lleguen esos dos —comentó el gordo—. Ellos decidirán qué hacer. No podemos encerrarlos, si Malfoy se entera de que tenemos a su hijo aquí…
—Entonces podrá interrogarlo él mismo —dijo Selwyn hipando.
—¿Qué? —preguntó Scorpius y la sonrisa que se había esforzado en mantener se le borró del rostro.
—¿Así que no sabes qué es lo que estamos haciendo, Malfoy? —Selwyn escupió en el piso—. Puedes preguntárselo a tu padre. Él está más enterado que nosotros, después de todo.
—Mientes.
Selwyn torció una sonrisa.
—No sabemos cuándo se dignen a aparecer esos dos —dijo el hombre calvo—. Y recuerden que dijeron que solo debíamos de contactarlos en una emergencia.
—¡Esto es una emergencia!
—No, no lo sabemos. Si solo los llamamos y resulta que estos niños no tienen nada que ver con lo que están buscando…
—Entonces, ¿qué haremos? ¿Tenerlos como prisioneros? Ellos dijeron que Malfoy estaba con nosotros, pero si sabe que tenemos a su hijo…
—¡Mientes! —gritó Scorpius y se agitó con violencia, tratando inútilmente de zafarse del amarre de las sogas.
—¿Qué? —Selwyn soltó una carcajada. No había dejado de observarlo mientras sus compañeros hablaban—. No creíste que tu papi en realidad se había reformado, ¿verdad, muchacho? Él está metido en esto. Incluso lleva más tiempo que yo. Una vez una escoria, siempre serás una escoria, Malfoy. Es por eso que no te creo, ni por un segundo, cuando dices que solo estabas paseando en esa cueva.
—¡Pero, es la verdad! —exclamó Rose y la atención volvió a recaer en ella—. Nosotros no sabemos nada, ¡nada! No sabemos qué hacían en esa cueva, no tenemos nada que ver. Tienen que dejarnos ir o…
—No nos has dicho tu nombre, preciosa —observó Selwyn volviendo a acercarse.
—Me llamo Jeanette Zabinni.
La mirada de Scorpius se había perdido en el vacío. Sin embargo, cuando Rose terminó de decir aquellas palabras, sus hombros se tensaron involuntariamente.
—¿Zabinni? —preguntó Selwyn arqueando las cejas—. Tú no eres la hija de Zabinni.
—¿Qué? ¡Por supuesto que lo soy! —exclamó ella indignada y miró a Selwyn a los ojos, sin parpadear. El resto de las personas que estaban en la sala, se miraron dudosos.
—¿Y qué hacías en esa cueva con el joven Malfoy?
—Mi padre se fue de Inglaterra, no sé por qué. Yo no quería irme con él. Cuando me enteré de que Scorpius también se había ido, decidí buscarlo. Le ayudé a que escapara y nos fuimos.
Hablaba con fluidez, sin tartamudear, ni dudar. Selwyn y los otros hombres guardaron silencio, mientras Scorpius la miraba de reojo, de manera casi imperceptible. Por unos segundos, nadie dijo ni hizo nada. Luego, Selwyn volvió a acercarse a su rostro, aun despidiendo ese fuerte aroma a hidromiel.
—Es una buena historia, preciosa. Sin embargo, no podemos hacer nada sin la autorización de esos dos. Espero que disfrutes de tu estancia aquí.
Rose gritó, pero aquello no sirvió de nada. Ambos muchachos fueron levantados del suelo y arrastrados con brusquedad fuera del salón. Recorrieron los pasillos de aquella enorme y vieja mansión sin detenerse. El tipo gordo iba detrás de los demás, frotándose las manos nerviosamente. Descendieron por una gran escalera y el que estaba calvo empujó a Scorpius hasta el último escalón cuando él intento soltarse de su agarre. Llegaron hasta unas mazmorras, con los muros mohosos y varias puertas de hierro. Hacía frío. Mucho frío. Empujaron a sus prisioneros dentro de lo que parecía ser un cuartucho pequeño y con una sola ventana, protegida con barrotes. Con un movimiento de su varita, Selwyn desató las sogas de los dos jóvenes.
—Trataremos de ser buenos anfitriones —dijo inclinando la cabeza—. Joven Malfoy. Señorita Zabinni.
Luego, pronunció un hechizo y la puerta de hierro despidió un ligero brillo cuando se cerró de golpe.
—¿Estás bien? —preguntó Scorpius levantándose y tratando de ayudar a que Rose hiciera lo mismo. Ella se apartó y se puso de pie por sí sola—. Weasley, tienes… En la frente…
—Lo sé. No es nada —dijo ella y con el dobladillo de su chaqueta se limpió la sangre que le escurría por el rostro—. No puedo creerlo… ¡No puedo creerlo! ¿Qué fue lo que hiciste, Malfoy? ¡Debiste de haberte ido con Albus! ¿En qué demonios…?
—¡Cierra la boca! —exclamó él mirando la puerta de hierro—. Van a oírte y…
—Eso que hicieron con la puerta es un hechizo de protección para que nosotros no podamos escuchar nada fuera de aquí—dijo ella y comenzó a pasearse por la celda sin voltear a verlo —. La desventaja es que ambas partes son silenciadas, ellos tampoco podrán oírnos… ¿Qué es lo que le habrá pasado a Albus? ¿Alcanzaste a ver si pudo irse? Estaba herido, ellos lo hirieron, ¡Merlín! ¡Debiste de haberte ido con él, Malfoy! No sé en qué estabas pensando, pero…
—Tiene que ser una maldita broma —dijo Scorpius frunciendo el ceño—. ¿Estás diciéndome que debí dejarte tirada en esa cueva para que esos idiotas te trajeran hasta aquí sola?
—¡Puedo cuidarme perfectamente! —exclamó ella encarándolo—. Pero, Albus está solo. Ahora está solo y todo porque tú… ¡Es por eso que los empujé hacia el barranco, Malfoy! ¡A ambos! Me habían atrapado a mí, pero ustedes aun podían escapar.
—Weasley —dijo Scorpius rechinando los dientes—. No estoy diciendo que no me preocupe Albus, ¿de acuerdo? Pero tú no conoces a esos tipos. Unos fueron mortífagos alguna vez y los otros están relacionados con ellos de alguna manera. Son peligrosos. No habrías sabido que…
—¡Yo sé muy bien a qué me estoy enfrentando, Malfoy! —Rose apretó los puños—. ¡Lo sé! Son cómplices de Dimas y Lodge, supongo que lo habrás notado. La forma en cómo se referían a ellos, "esos dos", ¿ves? ¡Yo tenía razón! Han estado reclutando a los antiguos mortífagos y a sus familias, es por eso que tantos han escapado de Inglaterra, porque no querían unirse. Y ahora van a tenernos aquí hasta que sus jefes vuelvan. Yo sola me las habría ingeniado, Malfoy, tenlo por seguro, ¡pero, Albus está solo! ¡Está solo y todo porque tú…!
—Sí, Weasley, pero si ellos realmente están buscando el Aurea Pergamena con Dimas y Lodge…
—¡Eso están haciendo!
—Lo sé, pero…
—¡Y te dije que pasara lo que pasara, no podíamos decirles nuestros nombres! Si se enteran que nuestros padres realmente no nos escondieron y qué estamos buscando el Aurea Pergamena también…
—No sé si lo notaste, Weasley —la interrumpió Scorpius—. Pero yo no dije mi nombre. Esos hombres me conocen, saben quién…
—¡Pudiste inventar otra cosa! Yo dije que era Jeanette Zabinni por qué dijiste que ella se había ido, que estaba huyendo junto con su padre. No van a descubrir quién soy, pero tú… ¡Merlín! ¡Saben tu nombre y van a averiguar que no estuviste en Francia como dijeron tus padres! ¡Si tan solo te hubieras quedado con Albus…!
—¡Ya basta! —exclamó él, levantando la voz por primera vez desde que los habían metido en aquella celda. Rose enmudeció—. ¿Crees que nuestro pequeño viaje por Europa ha sido difícil? No tienes ni idea de lo que te espera si esos tipos siguen siendo tan peligrosos como antes. Ahora no dependemos de tu brillante cerebro para salir vivos de aquí, afróntalo de una vez. Y haz el favor de dejar de tratarme como si estuviera en tu contra, porque si por alguna maldita razón no lo has notado todavía, ¡estamos del mismo lado! Que mi padre esté con ellos no significa que yo… —la voz de Scorpius comenzó a apagarse—. No significa que yo… Yo no…
Ahogó un gritó y se alejó. Le dio un puñetazo a la pared y Rose se sobresaltó. Después de unos segundos, se dejó caer en el piso y se tapó la cara con ambas manos.
—Yo lo sé —murmuró Rose y la voz se le quebró un poco cuando se volvió—. Yo ya sé todo eso.
Pero, no. En realidad, Rose no sabía.
Estaba tan cómodo que por un momento creyó que había vuelto a su cuarto en el Valle de Godric.
Creía que al abrir los ojos encontraría a su hermosa lechuza de manchas negras, Joey, dormitando en su jaula; que en un segundo le llegaría el aroma del tocino recién tostado desde la cocina; que pronto escucharía las peleas matutinas de James y Lily; que su madre enviaría al viejo Kreacher a su habitación para que pudiera despertarlo; que su padre estaría esperándolo al pie de la escalera…
Sin embargo, pronto la imagen de una cueva derrumbándose en medio del bosque acudió a su mente y Albus abrió los ojos, sobresaltado.
Se descubrió recostado en el sofá del pequeño y desordenado departamento en el que vivían Molly, Fred y Dominique. Intentó levantar la cabeza, pero el dolor lo hizo caer de nuevo en el cojín. Trató de voltear su cuerpo, pero lo único que logró fue soltar un ronco quejido.
—Si yo fuera tú, no haría eso.
Albus volvió la vista hacia la derecha. Sentados en el piso estaban sus tres primos, rodeados de vendas, botellas de pociones y pedazos de tela ensangrentados. Molly tenía su varita en la mano y fue la primera en acercarse al sofá.
—Tómate esto —ordenó y le acercó un pequeño frasco de vidrio—. Te ayudará un poco.
—Gracias —dijo Albus intentando ignorar el dolor que se apoderó de él cuando utilizó su brazo para acercar aquella pócima hasta sus labios.
—Tenías rotas las dos piernas y una costilla —le informó Molly y aunque procuró mantener una actitud de seriedad absoluta, Albus distinguió un par de notas preocupadas en el tono de su voz—. También un feo corte en la cabeza y varios golpes. Una herida en el costado va a tardar en cicatrizarte y aunque las pociones que te di van a disminuir el dolor, lo más recomendable es que te mantengas recostado por el momento.
—Claro —dijo Albus. Si se sentía así gracias a los tratamientos de su prima, no quería ni imaginar cómo estaría sin ellos—. Pero, ¿por qué…? No entiendo qué fue lo que…
—¿Estás confundido, primito? Créeme, nosotros lo estamos aún más —dijo Fred cruzándose de brazos. Parecía enojado y Albus pensó que era la primera vez en toda su vida que lo veía así—. Llevas desaparecido más de dos meses y de repente Molly llega contigo herido e inconsciente. No sabemos qué demonios te ha pasado y…
—Vamos por partes, ¿de acuerdo? —dijo Molly alzando una mano para callarlo. Se volvió hacia Albus y suspiró, probablemente intentando mantener la calma—. Mis superiores me enviaron a hacer una investigación sobre plantas sanadoras a Gloucestershire. Estaba en Puzzlewood cuando escuché una explosión. Iba a avisarle a alguien, pero entonces te vi ahí… Tú… ¡Te vi cayendo de un barranco, Albus!
—Nos han dicho hasta el cansancio que hay gente peligrosa que te está buscando por todo el asunto de Benjamin Lodge —dijo Dominique. Se acercó hasta el sofá y le acomodó el cojín que tenía detrás de la cabeza, para que pudiera levantar la vista un poco más—. Es por eso que Molly decidió traerte aquí en vez de llevarte a San Mungo. Aunque dice que tal vez con la aparición tus heridas empeoraron un poco.
—Pensábamos avisarle al tío Harry que te habíamos encontrado, pero entonces tú dijiste…
—No.
—Sí, justo eso —dijo Fred con un bufido—. Ahora, ¿puedes decirnos qué demonios…?
—Rose y Scorpius… Molly, ¿los viste? —preguntó Albus ignorando a su primo, apurado—. ¿Cayeron por el barranco también? ¿Estaban heridos o…? ¡Molly! Tuviste que haberlos visto, no…
—Yo… —Molly lo miró con atención, con el labio temblándole ligeramente—. No, yo… ¿Estaban ahí contigo, Albus? Solo te vi a ti… No había nadie más cuando te encontré.
Las palabras llegaron a él igual a un eco lejano. Un dolor horrible, mucho más intenso que el que le habían provocado las heridas, se apoderó de su cuerpo.
Rose y Scorpius podían haberse desaparecido a tiempo… O podían haber sido capturados. Si así era, si esos hombres que los habían perseguido estaban de parte de Dimas y Lodge, Albus no tenía ni idea de dónde buscarlos. Jamás se había puesto a pensar en dónde radicaban y no quería ni imaginar lo que serían capaces de hacer una vez que descubrieran que no eran los únicos buscando el Aurea Pergamena.
Cerró los ojos y apretó los puños, frustrado.
Era culpa suya. Lo sabía. Porque le habían advertido que después de su enfrentamiento en el Castel Nuovo, las cosas se pondrían más difíciles. Porque ellos, Dimas y Lodge, estarían esperando a quien les había arrebatado las hojas del pergamino dorado. Porque era él, Albus, quien había insistido hasta el cansancio en seguir con la búsqueda, viajar a Puzzlewood y luchar si era necesario. Y solo podía pensar en Rose y en Scorpius. En ella siendo atrapada por aquellas enredaderas encantadas, en él saltando hacia las rocas para poder alcanzarla, en ambos, heridos, capturados, sometidos ante esos hombres.
Comenzó a respirar entrecortadamente y algo le quemó en la garganta. No, no quería. Odiaba sentirse así. Deseaba que esas horribles sensaciones desaparecieran cuanto antes. Y, en medio de un jadeo, recordó algo que podía ayudarlo a dejar de sentir.
—¿Dónde está mi mochila?
—¿Tú…?
—¡Mi mochila! —exclamó él. Intentó levantarse, pero sus huesos crujieron de dolor—. Iba cargando una mochila de viaje, no la solté en ningún momento, ¿dónde está?
—La pusimos por allá —dijo Molly apuntando hacia una esquina del departamento—. Pero, no entiendo qué es lo que…
—La quiero —dijo Albus y se irritó al ver que ninguno de sus primos se movía—. Dámela, la necesito.
—Albus, primero…
—¡La necesito! —gritó. Nuevamente intentó levantarse y un gemido escapó de sus labios cuando sintió todo su costado palpitar con fuerza.
—¡Deja de hacer eso! —chilló Dominique sujetándolo cuidadosamente por los hombros.
—¡Estás muy mal, Albus! —dijo Molly angustiada—. No debes moverte, no puedes…
—Quiero mi mochila —siseó él apartando las manos de su prima—. Tienes que dármela, necesito…
—Necesitas explicarnos qué está pasando —lo interrumpió Fred. Se había levantado del suelo y miraba a Albus con una expresión severa que nadie sabía que tenía—. A menos que prefieras explicárselo a tu padre, claro.
Albus desvió la vista y se mordió los labios para no seguir hablando. Repentinamente, recordó la pequeña piedra que habían encontrado en la cueva y tuvo un ligero momento de calma cuando la sintió dentro de su bolsillo.
—No puedo. Lo que está pasando es… No pueden saberlo —dijo procurando modular el tono de su voz—. Es peligroso. Entre menos cosas sepan, es mejor.
—Benjamin Lodge tiene a muchas personas de su lado —dijo Dominique rodando los ojos—. Y te están buscando. Tú estás haciendo algo que tiene que ver con Merlín y el tío Harry ha reunido a toda la familia para buscarte. Se llaman entre ellos "la Orden del Fenix", porque así es como se llamaba una asociación secreta que luchó en la guerra.
—Y han dejado al Ministerio y a los aurores fuera de esto —continuó Fred—. Excepto a tu sensual profesora de Sigilo y Rastreo. Ella está vigilando a ese tipo que te molestaba, Devon Lodge, porque piensa que sabe algo sobre su tío.
—En resumen, ¿es eso lo que no puedes decirnos? —le preguntó Molly y Albus abrió la boca, sorprendido.
—¿Cómo es que…?
—James —dijo Dominique—. Nos ha estado dirigiendo a todos en una misión para espiar a los adultos y averiguar qué es lo que sucede. Deberías de verlo, realmente se está luciendo.
—¿Rachel Carter está vigilando a Devon Lodge? —preguntó Albus extrañado.
—Oh, bueno, al menos hay algo que nosotros sabíamos y tú no —dijo Fred—. Ya te diste cuenta de que no somos unos ignorantes, ahora, ¿podrías rellenar los campos vacíos de nuestra investigación?
—No —dijo Albus e ignoró el bufido exasperado de sus primos—. Tienen razón, Benjamin Lodge sigue buscándome y si se entera de que no estoy escondido como dijeron mis padres, le va a ser fácil encontrarme. Supieron lo que le pasó a Lily en el andén 9 ¾, ¿verdad? Y ahora Rose y Scorpius…
—Pero, ¿qué es lo que pasó con ellos?
—No lo sé. Tengo que volver a Puzlewood y buscarlos.
—Sí, y después podemos ir de paseo encima de un dragón, ¿te parece? —Fred se fingió entusiasmado—. Así como estás de magullado, seguro te divertirás.
—Esto no es un juego —dijo Molly severamente—. Ya te dije que no puedes moverte. Debe de haber otra manera de contactar a Rose y a Scorpius.
—No, no la hay. Tengo que…
—¿Por qué no les envías un mensaje con tu patronus? Así sabrás dónde están y…
—¿Acabas de aprenderte eso o qué? —le preguntó Fred—. Si tú no sabes cómo conjurarlo, ¿porque piensas que los demás podremos…?
—Que tú no sepas hacerlo, no significa que Albus…
—No sé hacerlo.
Recordaba haber visto esa clase de magia solo una vez, cuando era más pequeño y uno de los aurores de su padre había enviado un comunicado a su casa. Albus le había suplicado que le enseñara cómo hacerlo, aunque aún era muy chico para ese tipo de encantamientos. Su padre solo había sonreído y le había dicho "espero que nunca tengas que enviar un mensaje de esa manera". Cuando Albus al fin pudo conjurar su patronus, se espantó tanto de la forma que éste tomó, que no insistió más en esa enseñanza.
—Además, no serviría de nada —continuó—. Si Rose y Scorpius fueron… Si ellos están en problemas, un patronus parlante solo va a causarles más conflictos.
Fue un minuto entero de completo silencio. Luego, Dominique alzó la mano, como si estuviera en clase y comenzó a hablar.
—Propongo algo. Nosotros iremos a Puzzlewood a buscarlos… ¡Déjame terminar, Molly! Pero, los encontremos o no, Albus tiene que quedarse aquí hasta que se recupere por completo.
—¿Y no le diremos nada a nadie? —preguntó Molly escandalizada.
—Bueno, en caso de que no te haya quedado claro todavía, abrir la boca justo ahora es peligroso —dijo Dominique rodando los ojos—. Una vez que Albus mejore, veremos qué hacer.
—Pero, el tío Harry…
—Estoy de acuerdo con Minie —dijo Fred torciendo la boca—. Nos han dicho que no debemos decirle a nadie que Albus no está escondido, ¿verdad? Técnicamente, no estamos rompiendo las reglas…
—¡No es momento para bromear! —Molly se levantó, indignada—. ¡Esto es serio! No podemos esconderlo aquí, no… ¡Oh, por favor! ¡No pueden de verdad estar considerándolo!
Cómo ninguno le contestó, Molly se dio la vuelta, con los brazos cruzados. Estaba moviendo el pie, nerviosa, alterada. Albus solo la había visto así en Hogwarts, cuando él iba en tercero y ella en séptimo, preparándose para los temidos E.X.T.A.S.I.S. La situación estaba escapando de su control y eso la perturbaba.
—Molly, tienes que creerme —dijo él, alzando la cabeza con dificultad, dispuesto a mirarla a la cara—. Yo… Haré lo que dice Minie, ¿sí? No me moveré de aquí hasta que tú me lo pidas. Pero, Rose y Scorpius… Tengo que saber dónde están.
—¿Estás completamente seguro de que no podemos saber nada más sobre lo que está pasando? —le preguntó ella y se volvió. Los ojos se le habían puesto llorosos—. ¿No puedes decirnos?
—No, lo siento.
—¿Y nadie más puede saber qué estás aquí? ¿Ni siquiera tus padres? ¿James?
—No.
—¿Y no hay nada que tú quieras decirles? ¿Alguna información que ellos deban saber? Porque si todo esto es tan grande como me lo imagino, tal vez sepas cosas que puedan ayudarlos.
Lizza.
Albus podía hablar. Podía decirles que aquella bonita muchacha lo había engañado y que era cómplice de esos dos hombres que deseaban matarlo. Sabía que sus primos la denunciarían inmediatamente con su padre y que él no dudaría en interrogarla. La verdad sobre ella al fin saldría a la luz y tal vez, con eso, podrían atrapar a Dimas y a Lodge y todo el asunto del Aurea Pergamena se acabaría.
Sin embargo, Harry Potter no haría nada hasta averiguar de dónde habían sacado esa información sus sobrinos. Albus lo sabía y algo en su interior se agitó con fuerza cuando pensó en la posibilidad de enfrentarse a su padre.
No podía hacerlo. No todavía. No ahora que Rose y Scorpius no estaban con él. No herido, débil y derrotado. No con apenas un rollo de pergaminos y una inútil pista en las manos. No cuando aún no encontraba lo que había salido a buscar.
—No.
—No hay otra alternativa, entonces —dijo ella y volvió a sentarse—. Iremos a buscar a Rose y a Scorpius, pero pase lo que pase, tú te quedarás aquí. Lo único que quiero es que te recuperes, Al.
Decidieron que el sofá no era un lugar lo suficientemente cómodo para su pronta recuperación y entre los tres lo ayudaron a subir a la habitación de Fred. Él y Molly irían a Puzzlewood, mientras Dominique se quedaba para ayudarlo con un par de heridas en los brazos. En cuanto se fueron, Albus le pidió a su prima que le alcanzara su mochila, pero no pudo sacar el Aurea Pergamena porque ella no se fue de la habitación en ningún momento.
—¿Seguro que no quieres comer nada?
—Estoy seguro.
—Porque tienes un aspecto horrible.
—Muchas gracias, Minie.
—¿Aun piensas que vamos a delatarte? —preguntó ella dejándose caer en la cama con los brazos detrás de la cabeza. Albus guardó silencio—. ¡Oh, vamos! Molly ya te lo ha prometido y ella era la más difícil de convencer. Ya me encargaré yo de que no se arrepienta, no te preocupes.
—Gracias.
—Dime, Al, ¿tu padre alguna vez te contó sobre el tiempo que estuvo viviendo en la casa de mis padres? —Albus la miró extrañado—. Sí, Harry Potter vivió en El Refugio por una temporada. Fue durante… Aquella época, ya sabes. Él, el tío Ron y la tía Hermione se aparecieron en la playa, heridos, y mi padre dejó que se quedaran ahí por unos días.
—¿Cómo es que sabes…? —comenzó a decir Albus olvidándose por un momento de todo lo demás. Sabía que la guerra y lo que había pasado durante esa época era un tema prohibido para su familia.
—Mi padre nunca estuvo de acuerdo en que nos ocultaran cosas. Vicky, Louis y yo no lo sabemos todo, pero si algunas historias… —torció una sonrisa melancólica—. El punto es que mis padres los mantuvieron ahí, Al. No sabían de dónde venían, por qué se habían ido, quién los había herido… ¡Ellos no sabían nada! Y aun así, los dejaron quedarse.
—No lo sabía.
—Siempre creí que aquello había sido muy valiente —dijo Dominique con un suspiro—. El hecho de que quisieran protegerlos sin tener idea de qué sucedía realmente. Yo sólo… Siempre me gustó pensar que yo hubiese hecho lo mismo de haber estado en su lugar.
—Minie, yo… Si yo les dijera lo que pasa realmente…
—Tranquilo, ya entendimos —dijo ella rodando los ojos—. Y lo único que queremos es ayudarte, Al. Toda la familia quiere hacerlo, de hecho. Pero si tú piensas que debes hacerlo solo, está bien.
—Minie —dijo Albus y su voz se escuchó extraña, débil—. ¿Cómo…? ¿Cómo están los demás?
—¿Y cómo quieres que estén, imbécil? —preguntó ella, olvidando la suavidad con la que había estado hablando—. Desde que James nos contó todo lo que sucedió la noche en la que te fuiste del Valle de Godric, hemos estado tratando de averiguar qué demonios está pasando, porque nadie quiere decirnos nada. Solo Vicky y Teddy tienen información, pero no hemos podido sacárselas. Ni siquiera los abuelos quieren contarnos, solo nos han dicho que están cuidando bien a sus lechuzas para que no vayan a buscarlos.
—¿Y en mi casa? —preguntó Albus y sin darse cuenta siquiera, lentamente, la correa de su mochila comenzó a deslizarse por entre sus manos.
—Bueno, James está muy ocupado siendo el general de guerra, ya sabes. Sé que la está pasando mal, pero finge que no. No ha hablado con nadie realmente, ni siquiera con Alice. A Lily no la he visto, pero él dice que está bien. Le ha contado ya todo lo que nosotros sabemos y está dispuesta a ayudarnos a averiguar más ahora que vuelva al Valle de Godric por Navidad. La tía Ginny disimula bastante bien. Luce preocupada, pero siempre que nos ve tramando algo, nos sermonea. Y tu padre…
Se quedó callada y desvió la vista. El corazón de Albus comenzó a palpitar con fuerza.
—¿Qué con él?
—No lo he visto en todo este tiempo —respondió ella con pesar—. Casi ninguno de nosotros, de hecho. El otro día fui a comer con Vicky y Teddy y se les escapó decir algo sobre algunos problemas en el Ministerio. Según entendí, la gente está comenzando a quejarse bastante sobre el Cuartel de Aurores y es que, de acuerdo con ellos, el tío Harry anda bastante distraído.
—¿Qué?
—Bueno, es obvio, ¿no? Te está buscando como un demente, Albus. No tiene tiempo de atender al mundo mágico si su hijo está perdido, pero eso la gente no lo sabe.
Un terrible silencio inundó la habitación. Y por primera vez en mucho tiempo, Albus pensó en ellos. No en lo que harían una vez que él volviera a verlos, no en recuerdos que abrumaban su mente, ni en la última vez que vio sus rostros. Pensó en ellos y en el ahora, en lo que estaban haciendo y en lo que les había afectado su partida. Pensó en Lily, seguramente recibiendo la noticia en Hogwarts, en James y su rostro sorprendido, en las lágrimas que su madre había derramado sin dejar que nadie la viera, y en su padre…
En su padre.
Su mochila de viaje cayó al suelo, sobresaltándolo.
—Toma —le dijo Dominique entregándosela. Las manos de Albus comenzaron a temblar cuando recordó lo que había dentro—. Estaré abajo, si me necesitas. Trata de descansar. Te avisaré en cuanto Molly y Fred regresen.
Salió de la habitación. Y unos segundos después, Albus ya tenía la mochila abierta y la caja de madera entre sus manos. Porque sabía que solo así podría seguir la indicación de su prima y descansar un poco.
—Me dijeron en el Cuartel que podía encontrarte aquí.
Harry escuchó los pasos de Ron acercándose, haciendo eco contra los muros, pero él ni siquiera se inmutó. Su amigo se colocó a su lado y luego suspiró con pesadez.
—¿Qué se supone que estás haciendo?
No respondió, pero señaló con la cabeza al prisionero que estaba detrás de los barrotes. El hombre se agitaba con violencia en el suelo y las gruesas cadenas que rodeaban sus muñecas y tobillos, provocaban un fuerte tintineo. Aquel sonido se mezclaba con los lamentos y gritos de furia que lanzaban los demás habitantes de Azkaban.
—No va a decirte nada ya, Harry.
Era cierto. Desde que les había mencionado el Aurea Pergamena y a Dimas Mabroidis, el prisionero sin nombre que habían encontrado en Grecia lucía más enloquecido que antes, como si aquella última confesión lo hubiera hecho perder la poca razón que le quedaba. Harry hacía un esfuerzo por encontrarle algún sentido a sus constantes balbuceos, pero lo único que conseguía era perder la calma, cada vez más.
—¿Pasó algo importante?
—Una explosión en Gloucestershire —dijo Ron—. Un par de pueblerinos lo reportaron. Envíe a un equipo a investigar qué pasó porque una de las cuevas se derrumbó. Ellos dicen que seguramente fue causado por algunos vándalos o algo así…Harry, ¿por qué no...?
—Si eso es todo, está bien. Me quedaré aquí un rato. Más tarde haré el informe.
—Aunque él supiera algo más, tú no tendrías manera de saberlo —dijo Ron negando con la cabeza— ¡Míralo cómo está! Ni siquiera puede… ¿Qué estás...?
Le tomó solo un segundo comprender lo que Harry planeaba hacer y con un rápido movimiento, le sujetó el brazo, alejándolo de los barrotes y evitando que sacara su varita del bolsillo.
—No, Harry, no es...
—Tienes razón, él sabe algo más —dijo Harry e intentó apartarlo, pero su amigo lo sujetó con más fuerza—. No va a podernos decir nada, pero eso no significa que yo no pueda...
—¿Qué? ¿Leer su mente? No puedes. No está bien, es ilegal, tu no...
Harry soltó una risa amarga.
—No sabes ni siquiera qué vas a averiguar o si realmente vas a descubrir algo de utilidad. Si ésta fuera la solución, lo habríamos hecho desde que lo atrapamos hace meses...
—Hace meses yo sabía dónde estaba Albus —dijo Harry y se soltó del agarre. No volvió a levantar el brazo, pero tampoco se apartó de los barrotes.
—Lo sé —dijo Ron y su voz se endureció—. Tu hijo no es el único que está perdido.
Harry cerró los ojos y se alejó de su amigo. El tiempo corría, rápido y cada segundo perdido era una oportunidad menos para encontrar a su hijo. Estaba desesperado. No sabía que más hacer, avanzaba en círculos y todos los demás se movían en su dirección. La Orden esperaba instrucciones, el Departamento de Aurores necesitaba a su jefe, el mundo mágico entero quería una respuesta a sus problemas y él... Él lo único que quería era saber si Albus estaba a salvo.
—¡Mitera!
Ambos se apartaron de la puerta y sacaron sus varitas a la vez, sobresaltados. El prisionero sin nombre se había levantado del suelo y golpeaba los barrotes con desespero.
—¡Mitera, por favor! —chilló y Harry volvió a acercarse—. No te vayas, mitera… Seremos buenos, lo prometo. Quédate con nosotros, por favor...
—Creí que no hablaba desde...
—Sí, yo también.
—Lo voy a cuidar, mitera, lo voy a cuidar bien. Te lo prometo… Siempre voy a estar acompañándolo…
Sacó un par de dedos por entre los barrotes de la celda, como queriendo alcanzar algo. Harry vio en su rostro huesudo, de facciones finas, una expresión de profunda melancolía. Parecía a punto de ponerse a llorar.
—Hay que irnos —dijo Ron mirando a Harry con precaución.
—Sí.
Se alejaron de la celda y pronto escucharon los sollozos del prisionero. Caminaron por los pasillos de la prisión, ignorando los golpeteos en las puertas y las súplicas de algunos presos. Ron bufó.
—Si están así ahora, no quiero ni pensar en cómo estarán si Miranda Savage consigue que los dementores vuelvan.
—¿Cómo ha ido todo eso? —preguntó Harry. Hacía mucho tiempo que no revisaba con detalle lo que estaba pasando en el Ministerio.
—Bueno, tiene gente de su lado, ya sabes. Pero, esto no es como su estúpido registro de hijos de muggles. Los dementores no le agradan a nadie y es difícil que consiga mucho apoyo así. De todos modos, Hermione está como loca preparando la contrapropuesta. Anoche casi no durmió. Le he dicho que lo que debe hacer es despedir a Savage, pero ya sabes cómo es. Dice que legalmente ella ha manejado las propuestas de manera correcta y que mientras siga cumpliendo con las tareas en su departamento, no hay ningún motivo para despedirla.
—… porque supongo que no todos van a apoyar a la señorita Savage.
Harry y Ron se volvieron. Habían llegado al primer piso de la prisión y dos de los guardias hablaban entre sí, recargados en los muros de piedra. Al verse descubiertos, se enderezaron y guardaron silencio.
—¿Decías algo? —preguntó Ron frunciendo el ceño.
—Nada, nada, señor Weasley —respondió uno de ellos, nervioso—. Solo… No pudimos evitar escuchar y… Bueno, es que no entendemos por qué algunas personas están en contra de las propuestas de Miranda Savage.
—Sí, es que… Los estudios que está dirigiendo para la Comisión de Registro de Hijos de Muggles, por ejemplo, al fin nos ayudarán a entender de dónde viene la magia en ese tipo de personas —comentó el otro.
—¿"Ese tipo de personas"? —preguntó Ron empleando el tono más hostil que tenía—. ¿A qué te refieres exactamente con eso?
—No, no, yo… —el guardia miró a su compañero, como esperando recibir ayuda—. Me refería a que… Bueno, es que nos parece que sus propuestas tienen buenos fundamentos, es todo.
—Los dementores ayudarían bastante aquí —dijo el otro—. La fuga que hubo hace poco, tal vez habría podido evitarse, ya saben…
—Es bueno saber que prefieren convivir con seres que consumen almas a hacer su trabajo
—No, señor Weasley, eso no es lo que quisimos… —tartamudeó el primer guardia y Harry tuvo que aceptar que Ron podía ser bastante intimidante si se lo proponía—. No decimos que… Solo nos parece que las ideas de la señorita Savage son buenas. Cuando estuvo visitando la prisión, habló con nosotros y…
—¿Qué? —Harry volteó a verlos y ambos hombres parecieron encogerse—. ¿Miranda Savage ha estado visitando Azkaban?
—Oh, hace mucho que no, señor Potter —dijo el segundo rápidamente—. Antes si nos visitaba con mucha frecuencias, pero hace mucho que ella no viene por aquí.
—¿Venía sola? ¿Y ustedes la dejaban entrar? —preguntó Ron y a Harry le pareció que los dos hombres daban un paso hacia atrás.
—Sí, si… Es que ella… Bueno, es parte del Ministerio de Magia, ¿verdad? —farfulló el primero—. Dijo que quería aprender sobre el funcionamiento de Azkaban y no vimos por qué no… ¡Solo quería informarnos a todos los trabajadores sobre las propuestas que estaba planeando! ¿Verdad?
—Sí, sí, señor Potter. Solo eso. Ella quería hablarnos de los beneficios que tendríamos si los dementores… Bueno, ya sabe usted —agachó la mirada y carraspeó—. Además, hace muchísimo que ella no viene por acá.
—Han pasado meses, señor Potter. La última vez que vino… ¡Oh, ya recuerdo! Ella dejó de venir cuando sucedió la fuga de ese prisionero Lodge.
Ambos guardias se quedaron callados al notar las expresiones en los rostros de Harry y Ron, y ellos intercambiaron una última mirada antes de salir de la prisión.
¡Hola! Me disculpo por la tardanza, pero es que, ¿recuerdan que les conté que salí al fin de la escuela? ¿Que ya era una desempleada oficial? Pues, me emplearon. Así que mi nueva oh-grandiosa-vida-de-adulta (si, es sarcasmo) combinada con mis crisis existenciales, no ayuda mucho al proceso creativo y todo eso.
En fin, el capítulo, lo sé. Noup, Albus no fue salvado por su padre, sino por tres de sus primos. Yep, Rose y Scorpius fueron capturados por los hombres que estan ayudando a Dimas y a Lodge, con un nuevo recluta: Selwyn (que es el tipo un poco ebrio que molestó a Draco en capítulos anteriores). Y, por eso les dije que no olvidaran el nombre de Jeannete Zabinni, porque así es como esos hombres conoceran a Rose a partir de ahora.
¿Les ha pasado que escriben algo y luego como que los personajes cobran vida y te dicen "no, así no"? Pues, eso me pasó aquí. Tuve una seria pelea con Albus en este capítulo. Yo me entiendo, lo sé. Como siempre, suplico sus opiniones y teorías. Quiero hacer un énfasis especial en los momentos en los que Albus "necesita" el Aurea Pergamena y en el prisionero sin nombre que (sip, adivinaron) será importante.
Solo digamos que esa misión a Grecia que tanto mencionan Harry y Ron, fue importante... Ya, es todo lo que les diré. Esperen a Miranda Savage en el proximo capítulo :D la aman, no me engañan. Y también a Fred y Rachel Carter conviviendo una vez más. Es todo, eso creo.
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