XXV
La paz volvía a Konoha cuando Mito Uzumaki falleció. Había alcanzado dignos 70 años, y su almidonada cabellera carmesí se había tornado de un rígido grisáceo, mientras la expresión en su rostro caía lentamente en los surcos de sus arrugas. Su carácter había empeorado con los años, y lo achacaron al Kyubi y la soledad. Cada vez más crítica con la política de la Aldea, Danzo tomó el primer decaimiento de su salud para desterrarla al descanso médico sin tregua, donde solo tenía poder sobre sus pantuflas. La alegría de ver a la irreverente Himeko convertida en Gran Sacerdotisa se esfumó con la desgracia de su impávida muerte crepuscular. Apenas si pudo darse el gusto de verla ataviada con las indumentarias espiritistas, que fundían la influencia de las sedentarias Fey y las Uzumaki trotamundos, consiguiendo una gracia de originalidad originaria.
—Tanto para volver a lo mismo... —suspiró, acariciando la vena de su dorso, temblante en los inicios de la trombosis—, las Uzumaki siempre hemos sostenido el mundo para que los Uzumaki lo echen por la borda...
Maldijo el día en que su abuela Muto la comprometió con ese hombre preocupantemente optimista llamado Hashirama, apartándola para siempre de su protocolar peinado de muñecas. Pero al ver a Himeko, enmascarada con el Ookami, cargar el Zulian dorado por las calles de Konoha, aunque haya sido solo una vez y como parte de un ensayo, sentía que todo eso había valido la pena. Las Uzumaki ostentarían el poder de los Sellos un tiempo más, como siempre debió haber sido, sin nunca trastocarse. Maldijo el día que llegó esa forastera de capas moradas y cabellos negros, y al mismo tiempo se reencontró con el profundo cariño de la primavera imperecedera en su mente, cuando se reunían ella, la risueña May Fey, esa mujer llamada Korra que le parecía una desvergonzada, y su gran amiga Naori, y fumaban anchamente y se reían de cómo los hombres creían que iban a salvar al mundo. El vicio dio paso a la necesidad, y esta con el tiempo se trastornó en nostalgia, que era casi la única fuerza que la mantenía respirando. Había sido el Kyubi, cruel destino, el que había consumido su vitalidad, y la tan conocida longevidad Uzumaki enfrentaba un final abrumador. Le habían dicho hace mucho que dejase el opio, pero nunca hizo caso a médicos de ojos lechosos y rubias melenas cuando estuvo sana, menos lo iba a hacer ahora que se estaba muriendo.
—Ninguno de mis esposos jamás me prohibió nada, y eran los hombres más poderosos del mundo.
La pipa la remontaba a las viejas conversaciones, a las amistades perdidas en los pasillos de la memoria y la conspiración y a los amores que marcharon a guerras ridículas a morir por sus tiernas ideas. Varias veces la sorprendieron muerta, solo para descubrir que se hallaba en un sueño muy profundo, quizás rodeada de mariposas, quizás espiando la marcha de los zorros.
—A mí el único que me dirá cuándo es Papá Lindo —desvariaba, acariciando su vientre surcado—, pero ay mis hijas, ¿a quién cargar este muerto?
Para su trémula sorpresa, Kushina había resultado ser la viva imagen de su madre, con una especial fijación por pelearse y las grandes fuentes de Chakra rebosante y propio. La traslación debería hacerse lo más pronto posible, por lo que apenas Kushina alcanzó la edad del sangrado se le informó. Lloró amargamente en el regazo de su abuela, que jamás podría perdonarse por cargar tal poder desgraciado en tan floreciente retoño. Pervertir su signo, ¿podría haber reivindicación para ello?
—¿Por qué te tienes que morir, abuelita? Yo no quiero que te mueras... —le suplicaba con el rostro hecho un llanto.
Mito descubrió que todavía poseía un corazón, porque Kushina se lo estaba rompiendo.
—Pequeña... ¿Por qué deben morir las flores? —Susurró con su hálito agónico—, ya lo entenderás. Ahora debes saber que esta decisión afectará tu vida para siempre... Pero debes ser fuerte, decidida, jamás olvidar quién eres ...
—Jamás, jamás.
—El poder y la soledad que sentirás al ser el Jinchuriki del Kyubi no tendrán parangón. Un gran vacío se abrirá en tu alma una vez el Zorro entre... Es tu deber llenarlo con el amor de tus seres queridos...
Kushina abrazó a ese tierno remedo de mujer que quedaba de Mito Uzumaki, y esta se sintió vilmente traicionada por el remolino de su ventura.
Fue Biwako quien realizó el trasplante de la Bestia usando el Gran Jutsu del Sello Consumidor del Demonio de la Muerte que había traído May Fey, siendo una versión mucho más sólida y efectiva, menos destructiva que la antes empleada, y que le había transmitido a Himeko sin saber que se utilizaría en su propia hija. La vida tomada fue, cómo no, la de Mito Uzumaki, que exhaló su último respiro ante la visión de su nieta, pintada toda de marcas y signos, reteniendo el Chakra desbordante del maldito Kyubi.
—Perdóname... —tal vez susurró, dejando este mundo impuro.
Cuando amaneció, el Sol se había tornado en una espiral roja, tiñendo las casas de granate y los bosques del tinte colorado. El cuerpo de Mito fue cargado y llevado en procesión hasta el castillo del Hokage. Fue en la plaza principal donde se congregó el mayor número de fieles, aunque ignorantes y movilizados por una fuerza más allá de su voluntad, y se arremolinaron alrededor del cadáver alzado de esa mujer tan desconocida pero que tan magnánimamente vivió y tan solitariamente murió, solo para dispersarse sin pésame alguno volviendo a una rutina de la que habían sido extraídos sin consulta. Ese día y por dos semanas los ninjas, presos de un entusiasmo inexplicable, y con una fascinación casi obsesiva, lucieron los remolinos rojos de sus uniformes con orgullo.
Agotada en los inicios de su destino, Kushina se fue a dormir, y soñó con un mundo extraño de bestias mudas y relojes con ojos. Todo había cambiado en el mundo, pero como iban con él, apenas se habían dado cuenta. Sus vidas, a través de metódicos ajustes, se habían tornado distintas pero iguales en tanto vidas. Vidas que van, vidas que vienen, vidas que transcurren sin mayor milagro.
Hiruzen Sarutobi Lord Tercer Hokage, por ejemplo, que se había levantado aquella mañana con sabores sospechosos en la boca, anduvo difuso por los pasillos del Castillo, hasta que llegado el almuerzo apareció en su mente con una claridad que dolía de lo brillante: Un Shinobi se define por el momento de su muerte. No sabe bien por qué lo dijo, pero le gustó. Pudo bien haber sido uno de esos excedentes del espíritu cuando se acumulan las gracias y lamentos, así que se pasó la tarde ensayando otros refranes que carecieron del impacto natural del primero. Dijo cosas como: El Ninja es como la Hoja, por un lado lo baña la luz y por otro oculta la sombra; o también Una Aldea no es más que los hombres que la habitan, pero un sensor le previno de lecturas atolondradas y acusaciones misóginas; y más rato probó con La vida del guerrero es larga y dura, ¡saborea la vida!, pero recordó haberlo leído en algún texto de humor calentón de Jiraiya. Ya con el ocaso deprimido en el balcón se cansó y a golpe de carpetazo soltó: Los refranes son como los Kages, hay para todos los gustos pero puede que ninguno para ti.
El Tercer Kazekage, por su parte, amaneció de pronto poseído por la idea malsana de la vacuidad existencial. Ni sus consejeros ni sus generales pudieron reanimarlo: era como si de pronto su espíritu guerrero se hubiese evaporado en un instante sin avisar. De pronto Tenma se veía más intrigado por la arquitectura de arenisca que sostenía su Castillo, y pasaba las mañanas interrogando a las gentes comunes sobre tareas comunes que lo fascinaban como a un filisteo. Cuando empezó a probar con la poesía, sus hombres supieron que lo habían perdido para siempre. Pocos poetas ha habido que no naufragan en el mar de la especulación literaria, y Tenma, sospechoso de haberse intoxicado con su propia Arena Ferruginosa, no parecía uno de ellos, y sin embargo, un día salió a caminar y ya no volvió. Algunos juraron que lo vieron volverse arena e irse con los vientos, y les cortaron las lenguas y les trepanaron los cráneos por si estaban mintiendo o si sabían algo más. Los resultados no fueron concluyentes. Muchos esfuerzos se centraron en buscar al Tercer Kazekage, sin arrojar el más miserable éxito. De la incertidumbre surgió el pánico, y de este el descontrol, y de aquel brotaron como zánganos docenas de pequeños líderes que reclamaban el título de sucesor, y de ellos se elucubró una cruenta guerrita conocida como el Conflicto de las Tres Arenas, que desembocó en una intervención generalizada y pendeja de los enemigos extranjeros, que nomás les arrancharon tajos de tierra inútil por el placer de que ellos ya no las tuvieran. Y todo nació de una terrible ausencia.
Kumogakure y Kirigakure vieron ambas transformados sus gobiernos. Y aunque el ascenso de A como Cuarto Raikage garantizaba la permanencia de todo el sistema como lo conocían, cuando no su afianzamiento más rígido, las nuevas políticas del Cuarto Mizukage, más paranoico y persecutor que el anterior, transformarían la vida de la Aldea de una forma grotesca que mejor será relatar en futuros momentos. El Tercer Tsuchikage, en cambio, fue el único que sobrevivió al conflicto con el gorro bien puesto, aunque no dejemos de mencionar que toda posible opción de sucesión había perecido en ofensivas desastrosas o resistencias heroicamente omitidas de las enseñanzas. Tampoco nos quedemos sin mencionar que siguieron naciendo opciones disidentes e insurgentes que rápidamente fueron aplacadas por la ruda realidad y bajo el lema, la roca no se moldea. Cuando Hiruzen volvió a la cama, y Biwako ya se iba desvaneciendo en la adormidera, él susurró: creo que ya es suficiente.
A la mañana siguiente, hizo públicas en la pizarra de las remesas el menú de la semana y sus intenciones de retirarse del cargo de Hokage. Antes de la novena hora, un Consejo de Clanes había sido convocado de emergencia y Hiruzen aprovechó para ratificar su decisión ante los líderes, aparte de aclarar que no se había zampado tremendo cañazo, no le habían dado alguna medicina rara o agua de poto, ni le habían diagnosticado enfermedad de ningún tipo. Así que, con el dolor de todos sus orgullos apenas triunfalistas, debían aceptar que Hiruzen Sarutobi, Lord Tercer Hokage, en pleno uso de sus facultades mentales y sin coacción ninguna, estaba dejando el cargo que Lord Segundo le había transferido hace tantos, tantísimos años. Por supuesto, algunos aceptaron de buena manera la voluntad del Hokage, pero otros, la mayoría, ya estaban proponiendo y discutiendo al sucesor. Por supuesto, Hiruzen tenía una propuesta que no hizo más que escandalizar a todo el salón, porque ¿cómo carajo iba a ser un muchachito sin abolengo ni propiedades como Minato Namikaze el que llevara el gorro de Hokage?
Era inadmisible. Hiruzen tentó con utilizar su derecho como Hokage, que era más bien su autoridad como Hokage, para imponer su decisión, pero los líderes reacios desempolvaron los viejos acuerdos, convenientemente grabados en ramas de bambú, que indicaban que si el Tercer Hokage dejaba el cargo, si es que eso llegaba a pasar alguna vez, sería el consenso de los clanes el que designara al siguiente en portar el sombrero rojo, y eso estaba escrito, escrito en bambú, era incuestionable. Sarutobi entonces alegó su gran amistad con Takeshi Namikaze (caído en batalla), y la todavía más grande deuda que tenía la Aldea con los Uzumaki (desperdigados), y algún tipo de "gratitud existencial" para los clanes venidos de otras villas, porque Konoha siempre había sido una villa hecha de otras villas o algo así, pero todo aquello era solo circunstancial y sospechosamente conveniente y muy incómodo de pensar, así los clanes estaban dispuestos a cerrarse y morir en su proverbial cinismo. Pero para la decimotercera tarde en que esto seguía en discusión, aciaga y de robles otoñales, Sarutobi, harto de tanta alaraca y zangoloteo impúdico o velado, se puso ya de pie, y como nunca en todo su mandato, se impuso con todo el peso de su autoridad como líder supremo de la Aldea y mandó a callar a todos los líderes que empezaban a abogar por Hiashi Hyuga como buena opción.
—¡Pero el bambú!
—¿Dices que esas ramas de bambú tienen más autoridad que tu Hokage? ¿Respetas más ese viejo bambú que a tu viejo Hokage?
Hiashi volvió a sentarse, tranquilo y sereno.
—No, Lord Tercero.
Hiruzen fue claro y firme, como árbol al amanecer, y nada podría hacer que cambiase su primera y última decisión como Hokage: la designación de su sucesor. Piensa que así lo hubiera querido su antecesor. Y con ese pensamiento, se fue a dormir. Mañana, mañana habría un nuevo Hokage.
El Lord Cuarto Hokage, Minato Namikaze.
Cuando Kushina despertó, se encontró con un clan al borde del barranco de la extinción, una Aldea a las puertas de una nueva y excitante era, y un esposo lleno de esperanzas y proyectos. Empezaba ya una nueva década.
