XXVI
No podemos cerrar esta etapa de la historia ninja sin referirnos a aquel oscuro episodio que tuvo lugar durante esos trece días de discusión que se tomaron antes de decidir al Cuarto Hokage. Los hechos fueron contundentes y contados, la relación entre estos solo queda en la interpretación de quienes descubran estos profanos folios, un poco como con todo.
Por supuesto, la opción de los Sannins se puso sobre la mesa. El primero de ellos, quizás no el más brillante, ni el que mayores logros bélicos tuvo, pero sin duda sí el más carismático de los tres, fue Jiraiya. Por supuesto, interpusieron su denodada inmadurez como objeción, pero los defensores alegaron que Lord Primero no era mucho más maduro que el Sannin, pero les respondieron que eso era otra cosa, eran otros tiempos, que ellos no lo conocieron, y que se callaran la boca, que no se podía hablar del Primero si no era para alabar su figura, que en paz descanse en las raíces de Konoha. Sarutobi, aunque apreciaba a su discípulo y confiaba en su capacidad, sabía bien que a él hace mucho había dejado de interesarle dicho cargo y que poner a alguien a hacer algo que no quería solo podía dar mediocres cuando no malos resultados, como fue su propio caso. Tenía que sacarlo del tablero, así que Jiraiya le hizo un favor al rechazar la oferta de los consejeros Mitokado y Utatane y luego armar una saga de reventones legendarios donde se aseguró de quedar muy vergonzoso a ojos de los clanes, cubriendo sus partes solo con la bandana de Konoha. Los líderes, negándose a hacerle la misma oferta a Tsunade alegando su participación en los jolgorios de Jiraiya, su impúdica vida pública y su lamentable género (y omitiendo convenientemente su abolengo Senju), tuvieron que recurrir al tercero de los Sannins. Conocían la codicia sigilosa del serpentario, respetaban sus pocos escrúpulos para hacer lo que un Shinobi debe hacer, cualidad necesaria y útil ayer, hoy y siempre, y esta vez Sarutobi miró con preocupación crispada el silencio guardado por Danzo, que no desautorizaba aquellas extrañas pretensiones.
Claro, Orochimaru confiaba en que su sensei le traspasara el cargo con la unilateralidad de su poder, y por eso su tono durante esa última conversación.
—Los higos han madurado vigorosamente este año —Orochimaru observaba el amplio y frondoso campo.
—En un ambiente tranquilo, crecen los mejores frutos —Sarutobi fumaba en su pipa.
—Pero aquellos que se han abierto camino entre condiciones adversas adquieren un gusto muy particular...
—Puede ser —Sarutobi levantó la mirada hacia los retratos del Primer y el Segundo Hokage. Eran dibujos muy cuidadosos, preciosistas, pero no se parecían a ellos—, Pero una gran cosecha se verá reducida a un solitario fruto, y no sé tú, Orochimaru, pero prefiero un plato lleno a comer un único higo pasado por una tormenta.
—Cuestión de gustos, supongo.
Sarutobi sabía que no podía perder más el tiempo. Orochimaru estaba listo para saltar al puesto de Hokage como una cascabel se arroja y se enreda en una comadreja tras observarla con un hipnótico sigilo. Hipnosis, quizás a ello podía parecerse el insano aprecio que se profesaba por el Sannin. Pero Sarutobi conocía los terribles rumores que corrían tras su pupilo, no dormía pensando en las lúgubres tareas a las que se abocaba, y que a lo largo de muchos años se habían acumulado, como basura en una represa, hasta ser insoportables. Si había un momento para plantarle cara, éste era; así que sacando a relucir una inédita y aguda visión política, Sarutobi se arrojó a la redada, en lo que era más bien una campaña para limpiar su consciencia.
—Orochimaru...
Habían descubierto la compleja red de pasajes subterráneos, construida en una época ahora disipada y extendida como las raíces ocultas de una convicción oscura. Llevaba de las morgues a laboratorios, y contaba con numerosas celdas y almacenes refrigerantes, sin olvidar tantos pasajes trampas o a medio construir. Esa noche, Hiruzen Sarutobi, acompañado de un escuadrón de Jounins de distintos clanes, se presentó ante su discípulo, que no pareció extrañarse y más bien sonreía a la luz de sus fluorescentes bamboleantes, pérfidamente refractado por esos estanques ponzoñosos.
—Sensei...
Sarutobi lo supo entonces. Siempre lo había sabido y siempre se había negado a verlo: esa terrible ambición en su alumno, ese oscuro semblante visionario que lo llevaría más allá de lo que cualquiera podría tolerar, que lo empujaría a trasgredir cualquier barrera moral. ¿Por qué se había condenado a ignorarlo hasta que lo tuviera tan claro frente a él? Cuando Orochimaru intentó dar un paso, Sarutobi se plantó con una firme posición de manos.
—¡Orochimaru!
El serpentario hizo más grande su sonrisa.
—No me diga, Sensei... No me diga que piensa matarme...
—Orochimaru, tú... Lo que has hecho... ¡Como Hokage, es mi deber acabar contigo justo ahora!
—Ya veo... Y dígame, Sensei, ¿acaso podrá hacer algo como eso?
Su cabeza se elevó. El cuello se estiraba y curvaba, desprovisto de vértebras. Sarutobi, que por primera vez pudo ver sin tapujos la perversidad espiritual de su alumno, no retrocedió, pero sí se preguntó ¿podré vencerlo? Hace ya algunos años que Sarutobi había visto su mejor época, así que sus dudas, formuladas con terror inocente, y hablamos de inocencia escatológica, casi estupidez, eran dulces. ¿Esta es la reacción de aquel que llaman Profesor Shinobi?
—Salgan.
El Hokage habló, y sin miradas extras, el escuadrón retrocedió hasta el pasillo. Nadie sabe de qué hablaron dentro del laboratorio, pero en cierto momento se escucharon exabruptos muy preocupantes, y jurarían que una invocación, y sin embargo, todo terminó sin Kunais manchados. Orochimaru había usado uno de los pasadizos para salir, y hasta era posible que hubiese tenido tiempo más que suficiente para reunir parte importante de su investigación. El Escuadrón no se quejó, ellos en el fondo apoyaban al Serpentario y solo actuaban por órdenes del Hokage, pero sí que vieron en ello la oportunidad de patear un tanto más la figura del viejo hombre. Comenzaron a circular rumores sobre los horrores de Orochimaru, de niños desaparecidos, de tumbas profanadas, de llamadas a larga distancia, todo endemoniadamente realista, pero claro, se incidió con ahínco en cómo el Tercer Hokage había llegado a un acuerdo para salvar su propio pellejo. Se habló de traición, de intereses sucios, de debilidad por la carne, y Danzo, como si no pasara nada, envió a los muchachos del ANBU a limpiarlo todo, se apoderaron de los hallazgos de Orochimaru, (apenas una fracción, supuso el tuerto y ahora manco hombre) y se encargó de lapidarlo públicamente, aunque rehusó por años poner su nombre en el Libro Bingo, y todo mientras continuaba financiando su investigación en alguno de los muchos escondites que habían preparado durante años cuando ésta eventualidad inevitablemente llegara y en donde llegaron a convivir varios criminales y algunos héroes, a veces confundidos, de otras naciones, y casi siempre residentes de esas regiones difusas de la moral. Por supuesto, con tanto rumor correteando como si les prendieran las patas, Danzo dio por hecho que tendría la elección del próximo Hokage en su callosa mano, pero aun con todo, no supo calcular qué tanto los Uchiha estaban dispuestos a hacer valer su derecho al puesto, ni pudo prever la reacción de la muchacha Mitarashi, incorregiblemente dolida, y vio venir la debacle de los Sannins restantes que siguió.
—¡Orochimaru!
Jiraiya logró dar el alcance a Orochimaru al interceptar uno de sus canales de informantes, al cual Tsunade torturó sin dejarle marcas. Lo halló en un viejo castillo abandonado, un fortín de sombras conquistado por la naturaleza.
—Siempre tan escandaloso —con un gesto fútil, el serpentario encaró a su compañero—, ¿has venido a darme otra estúpida charla? ¿Aún no te has dado cuenta de lo mucho que te avergüenzas a ti mismo?
Jiraiya, que no termina de comprender el olor del día, el extraño encaminamiento de los hechos, su inesperada realización interna, chiquita pero feroz, bien parada, no dijo nada. Sentía, más allá de sus dudas y penas, que esto era parte de la profecía. Minato tenía el potencial de ser ese chico que cambiara el Mundo Ninja desde su nueva posición, ¿quién era él para enfrentarse a ese destino? Y si el destino, en su caprichoso espiral, había empantanado a algunos para hacer relucir a otros, ¿quién era él para decir que no? ¿Acaso...? ¿Acaso podía resistirse al tiempo y su tributo?
—Ha sido culpa mía...
Y aunque Jiraiya lo pensaba, no lo dijo.
Tsunade apareció detrás de los Sannins. Le pesaba la mirada.
—Orochimaru... Tú ya no tienes salvación, y lo hemos sabido hace mucho... —Tsunade se remanga, truena los nudillos. Da un paso en la húmeda madera, pero Jiraiya la frena con el brazo.
—No, Tsunade. Yo me encargaré de esto.
—¿Eh, y por qué debo hacerte caso, imbécil? —se indignó la Sannin.
—¡Joder, siempre es lo mismo contigo!
—Realmente... —Orochimaru, con una cadencia lúgubre, iba avanzando por el pasillo oscurecido—, no creo que los vaya a extrañar.
Abrió la boca tan grande como un lagarto, liberando una lengua gruesa y briosa como un tentáculo de pulpo, y desde el fondo de su garganta asomó una serpiente negra de ojos amarillos y brillantes como faros, que abrió su boca también, liberando ahora un mango de oro rodeado por una piel de anguila negra. Orochimaru la tomó, revelándola como la Espada Serpiente, la irrompible Kusanagi. Jiraiya unió sus palmas, entrelazando los diez dedos, y las marcas de los sabios aparecieron alrededor de sus ojos, y Tsunade se deshizo en un centenar de babosas que se regaron por todo el escenario. Aquello solo sería una pequeña precuela de futuros y más catastróficos enfrentamientos en los que el destino de toda Konoha estaría en juego, atrapado entre la prisión de un terrible pasado, o la horrenda libertad de un peligroso futuro.
El fortín quedó derruido, aunque los informes oficiales no constataron nada extraño esa noche. Sarutobi, como nunca vencido por los designios de la vida, incapaz de augurar desgracias peores, se encerró en sus aposentos a fumar toda la noche y contemplar un tablero de Shogi que llevaba años y años ya petrificado. Los Clanes seguirían discutiendo tardes y tardes, intransigentes y antipáticas tardes, rebuscando cada vez más hondo en el cajón de las posibilidades, hasta que finalmente un día, Hiruzen se pararía firme frente a todos, como quien se para firme ante el fin de su historia.
FIN DE LA SEGUNDA PARTE
