La Tormenta

Rose temblaba.

Una helada brisa recorría el calabozo y las mohosas paredes, húmedas y agrietadas, parecían congelarse a cada minuto. La muchacha se abrazó a sí misma y se subió la chaqueta que le cubría el cuerpo hasta la nariz. Más y más escalofríos le recorrían la espalda con violencia.

—Basta, Weasley —gruñó Scorpius desde el otro extremo del calabozo—. Si sigues castañeando los dientes de esa manera, no podré dormir en toda la noche.

—Bu-bueno —murmuró ella con enfado—. Trataré d-de ya no molesta-tarte, Malfoy.

Apretó los labios, pero sus dientes seguían chocando unos contra otros. Scorpius volvió a gruñir y luego se levantó de su lugar.

—Hazte a un lado —dijo cuando llegó hasta Rose. Ella levantó la cabeza y frunció el ceño—. Pronto, Weasley. Yo también estoy muerto de frío.

—¿Qué estás…?

Tomó asiento a su lado antes de dejarla terminar la pregunta, se quitó la chaqueta y tomó uno de los pliegues de la de Rose. Ella se apartó bruscamente, sin dejar de temblar.

—¿Qué crees que haces?

El muchacho pareció titubear por un segundo al ver la expresión desconfiada en su rostro, pero luego la miró con fastidio.

—Creí que acordamos tratarnos mejor, ¿no, Weasley? —rodó los ojos—. No voy a hacerte nada. Tenemos menos probabilidades de morir congelados si son dos las chaquetas que nos cubren.

Señaló ambas prendas y con cuidado, sin hacer ningún movimiento brusco, las tomó. Rose se quedó quieta, aún con el entrecejo fruncido, observando cómo el muchacho las acomodaba para que ambos quedaran cubiertos hasta los hombros.

—Ya está.

Se dio la vuelta y se recostó. Rose solo alcanzaba a verle la espalda, pero lo miraba igual a aquella vez en Venecia cuando él le pidió bailar, como si estuviera conteniendo las ganas de lanzarle un maleficio. Luego de unos segundos, sin embargo, decidió optar por la opción más pacífica y se recostó a su lado sin decir nada.

—¿Lo ves? Es mejor así —comentó Scorpius. Los dientes de Rose ya no castañeaban con tanta fuerza—. ¿Alguna vez has estado en Suecia, Weasley?

—No —respondió ella con la vista fija en el techo. Parecía dispuesta a no moverse más de lo estrictamente necesario, aunque sus brazos seguían temblando.

—Yo fui una vez. El clima es más frío que aquí, seguro. Allá la gente usa abrigos con piel de oso para protegerse.

—Que horrib-ble. No me gusta el frío y además esa cr-crueldad con los osos… Me encantan. M-mi patronus incluso es un cachorro…

—Lo sé.

Rose arqueó las cejas. Scorpius carraspeó.

—Recuerdo bien esa clase de Defensa Contra las Artes Oscuras en el último trimestre —explicó—. El idiota de Devon Lodge casi se ahogaba en su propia bilis porque fuiste la única que pudo hacer un patronus casi al primer intento.

—Bueno, no es un hechizo sencillo.

—No, no lo es. Yo todavía tengo problemas con el mío, y Albus… —se calló de golpe. Rose suspiró.

—Albus pudo conjurarlo, pero no le gustó la forma que tomó —completó ella—: Una serpiente.

Scorpius asintió, aliviado de que estuviera al tanto de la situación.

—Nunca entendí por qué. Él ya estaba en Slytherin. Aunque su patronus haya t-tomado esa forma, no…

—Es que no es sólo el emblema de nuestra casa, Weasley. Es el emblema de Lord Voldemort —dijo Scorpius torciendo la boca—. Digamos que no es el animal predilecto del mundo mágico.

Rose cerró los ojos y se llevó las manos a la boca para calentarlas con su aliento. Las chaquetas no alcanzaban a cubrirles los pies y los temblores seguían contorsionando su cuerpo. Sin embargo, no era eso lo que le preocupaba.

—¿Crees q-que esté bien, Malfoy? —preguntó—. Albus, él… ¿C-crees que haya logrado escapar a salvo d-de la cueva?

—Creo que Albus sabe arreglárselas solo —respondió Scorpius y procuró utilizar el tono de voz más calmado y neutral que tenía. No quería que ella notara lo angustiado que en realidad estaba—. Sí, seguro que él está bien.

—Pero, no es sólo Albus, es…

—Lo sé —dijo y se volvió. Rose no levantó los párpados, pero sus hombros se tensaron cuando sintió que él se movía debajo de las chaquetas—. Tu familia también está a salvo, Weasley. Y mientras esos idiotas sigan creyendo que eres Jeanette, todo estará bien.

La helada brisa arreció. Rose soltó un quejido, su cuerpo se contrajo y escondió casi toda la cara debajo de las chaquetas. Scorpius movió la mano lentamente, para que ella no lo notara, y acomodó las prendas de manera que la cubrieran más que a él.

—¿M-malfoy?

—¿Sí?

—Tu familia también e-está a salv-vo.

—Por supuesto que sí —dijo Scorpius y soltó una amarga risita—. No creo que Dimas y Lodge sean malvados con las familias de sus cómplices, ¿o sí?

Y no dijeron nada más durante toda la noche.


—Me gusta Irlanda —comentó Draco Malfoy—. Uno de mis lugares favoritos para escapar de Inglaterra, sin duda.

Estaba mirando a través de un gran ventanal, dónde la nieve adornaba un bello jardín. Benjamin Lodge se acercó a él con dos copas de vino entre las manos.

—Ha viajado mucho, señor Malfoy —dijo, entregándole una—. Es algo extraño, si me permite decirlo, con todas las políticas de restricción que tiene el Ministerio para…

—Los mortífagos, sí —Draco le dio un trago a su bebida—. Hasta ahora, todos mis viajes habían sido legales. El papeleo es algo terrible, pero valía la pena con tal de alejar a mi familia de Londres, al menos por un momento.

—Puedo imaginármelo, por supuesto. Ningún Lodge cooperó con el Señor Tenebroso. No directamente, al menos. Sin embargo, desde que regresamos a Inglaterra, mi sobrino tuvo que crecer con las consecuencias de que esos sangre sucia y traidores ganaran la guerra.

—Dar clases en Hogwarts no me parece una razón suficiente para volver, Lodge —comentó Draco alzando las cejas—. ¿Por qué regresó usted realmente?

—Tenía asuntos importantes que atender —dijo el hombre con una sonrisa curiosa—. Asuntos que, por supuesto, se vieron frustrados una noche hace seis años, cuando tres estudiantes guiaron a Harry Potter y a sus aurores hasta mí. Uno de ellos era su hijo, Malfoy, estoy seguro de que recuerda con claridad el incidente.

La vista de Draco volvió a perderse en el cristal de la ventana, empañado debido al calor de las brasas que despedía la chimenea de la habitación. Los copos de nieve que caían del cielo eran cada vez más constantes y densos, como si una tormenta estuviera a punto de comenzar.

—Mi hijo es una persona deficiente al momento de seleccionar a sus amistades —dijo Draco con el ceño ligeramente fruncido. Se volvió y miró a Lodge a los ojos—. Pero, está fuera de esto, Lodge. Se lo aseguro. Ese internado en Francia a dónde lo envíe, impedirá que vuelva a juntarse con Potter o cualquiera de esos…

—Lo sé, lo sé, Malfoy. Por favor, hay que conservar la calma —pidió Lodge alzando su copa—. Dimas y yo no tenemos ningún interés en su hijo.

Draco asintió con lentitud y luego vacío su copa de un solo trago. Lodge se apresuró a servirle más vino.

—¿Por esa razón tardaron tanto en reclutarme?

—Me resultaba algo inquietante la relación de su hijo con ese mocoso Potter —admitió Lodge sin poder disimular el desagrado que sentía al hablar de Albus—. Pero, después de meditarlo con cuidado, llegué a la conclusión de que alguien como usted, un mortífago absuelto de todo cargo en el Ministerio de Magia, me resultaría bastante útil para mis propósitos.

—Su compañero, sin embargo, no piensa lo mismo —dijo Draco y Lodge soltó un gruñido—. O esa es la impresión que me ha dado, al menos.

—Dimas no está de acuerdo con muchas de mis decisiones. Buscar aliados, por ejemplo.

—Si me permite, Lodge, creo que debería de escuchar a su compañero. No tengo simpatía por ninguno de los hombres y mujeres que ha escogido como reclutas.

—Para ganar una guerra, se necesitan soldados.

—Tiene usted un buen punto. Y reconozco que ha sido una excelente estrategia el no revelar la identidad de todos los involucrados. Hay menos posibilidades de una traición cuando no se conoce la lista completa de los cómplices.

—Por supuesto —Lodge volvió a sonreír. Parecía complacido de que su interlocutor hubiese notado aquello—. Pero, Dimas no puede entenderlo. Es alguien complicado. Le cuesta tolerar a la mayoría de las personas.

—Lo conoce usted bien —observó Draco—. ¿Hace mucho tiempo?

—Desde que terminé mis estudios en Durmstrang. Acababa de concluir la guerra contra el Señor Tenebroso. Lo único que escuchaba en todos lados era el nombre de Harry Potter y su gran triunfo, ya sabrá usted —Lodge apretó su copa—. Quería alejarme un momento del mundo mágico y fui a un pueblo apartado en Grecia. Dimas vivía ahí con su hermano.

—Ya veo —comentó Draco y miró distraídamente el vino en su copa—. Y dígame, Lodge, ¿cómo es que logró ser parte de esa minoría que Dimas Mabroidis es capaz de tolerar?

El hombre se encogió de hombros.

—Él tiene cierta… Tendencia. Suele fascinarse por algunas personas. Fijarse en ciertas actitudes, en características que los demás ignoramos. Supongo que notó algo en mí. Aunque, en ocasiones esa fijación… —Lodge frunció el ceño—. Me resulta incomprensible.

—Así que él también tiene aliados —adivinó Draco. Lodge se acomodó las gafas.

—No es únicamente eso.

Soltó un suspiro frustrado que no se escuchó debido al rechinar que hizo la puerta al abrirse. Dimas Mabroidis entró en la habitación, jugueteando con el medallón dorado que le colgaba del cuello. Miró a uno y luego al otro, sin expresión alguna en el rostro. Luego, clavó sus ojos negros en Draco.

—Entonces… —dijo— ¿Llegaron a una conclusión sobre la reina Maeve o solamente están tomando el té?

—La familia Fawley —anunció Lodge, sin darse cuenta de que la atención de su compañero estaba concentrada en Draco—. El señor Malfoy dice que tienen relación con la reina.

—No dejaban de hablar de ello —dijo Draco y no pudo evitar agachar la cabeza ante la penetrante mirada de aquel hombre—. Presumieron ser sus descendientes durante mucho tiempo.

—Van a pasar las fiestas en su mansión de York.

—Hay que llevarles un presente de Navidad, entonces —dijo Dimas. Al fin desvió su vista de Draco y luego le quitó a Lodge su copa de vino. Bebió todo de un trago—. Por cierto, encontré al desertor que querías. Está hospedado en un puerto cerca de aquí, quiere partir a América.

—¡Oh, excelente! También tenemos que hacerle una visita —dijo Lodge y Draco le dirigió una mirada interrogante—. Conoce usted a Blaise Zabini, ¿no es así, señor Malfoy? Lo invitamos a colaborar con nosotros también, pero huyó de Inglaterra para no tener que darnos una respuesta, ¿puede imaginárselo? Por supuesto no podemos arriesgarnos a que alguien le comente al Ministerio de Magia lo que estamos haciendo. Es una lástima. Hubiese sido un buen elemento.

—Benjamin, de acuerdo contigo, todos son buenos elementos —dijo Dimas y una desagradable sonrisa le adornó el rostro.

—Oh, pero tienes que aceptar, viejo amigo, que he tenido mis aciertos —Lodge volvió a levantar su copa de vino en dirección a Draco. Éste correspondió el gesto.

Afuera, la tormenta comenzó.


Molly no se explicaba cómo es que Albus estaba recuperándose tan rápido.

De acuerdo a sus amplios conocimientos en sanación mágica, las heridas que su primo se había hecho al caer del barranco, requerían de un tratamiento especializado en San Mungo.

Era imposible que mejorara sólo con los escasos cuidados que habían podido proporcionarle en ese pequeño departamento y con las pocas pociones que se había robado. Cuando intentó compartir sus inquietudes con Dominique y Fred (que no sabían absolutamente nada acerca de sanación), no consiguió el apoyo que esperaba. Según ellos, todo se debía a la increíble condición saludable de Albus y los maravillosos genes de la familia.

—Sí, siempre me he recuperado rápido —le dijo Albus un día, luego de que ella le comentara sus preocupaciones—. ¿Recuerdas cuando Louis me contagió de viruela de dragón? Ni siquiera duré enfermo una semana.

Sin embargo, él sabía que su maravillosa recuperación no tenía nada que ver con la genética y mucho menos con la suerte. Si sus heridas estaban sanando, era únicamente porque él había seguido leyendo el conjuro del Aurea Pergamena.

Luego de aquella primera vez, había recitado esas mismas palabras por varios días. El dolor desaparecía poco a poco y todas las marcas en su piel (incluso las cicatrices previas a aquel incidente) se convertían en finas y casi imperceptibles líneas.

Todavía no leía ninguno de los otros conjuros escritos en aquellas hojas doradas. Escasamente estaba solo y además, sabía que había tenido suerte al encontrar un conjuro cuyo significado no fuese desastroso. No entendía la lengua en la que estaban escritos después de todo, y no quería poner en peligro a ninguno de sus primos. Albus esperaría a estar lejos de ese departamento para leérselo todo en voz alta.

Y es que, no sólo estaba recuperándose físicamente. Todo su interior parecía renovado. Se sentía bien, completo y por primera vez en mucho tiempo, libre de pesadillas.

No había dejado de pensar en Rose y Scorpius, por supuesto. Tampoco en Lizza, ni en su familia y en todos esos horribles recuerdos que lo atormentaban. Sin embargo, sentir la magia de Merlín recorriéndole las venas era una sensación insuperable. Mucho mejor que sólo tocar los pergaminos. Era como si siempre le hubiera faltado algo, algo que al fin había encontrado.

Y eso le asustaba. Pero, también le fascinaba.

—¿No piensas comer o qué?

Aquella mañana Albus se había levantado más tarde de lo usual, debido a un placentero y tranquilo sueño. Cuando llegó a la cocina, Dominique ya tenía hecho el desayuno y en ese momento, lo miraba con las cejas arqueadas.

—Molly dijo que necesitabas alimentarte mejor —dijo acercándole un plato lleno de pan tostado. Se sentó a su lado y le acercó el periódico El Profeta. Albus había estado revisándolo todos los días, con la esperanza de encontrar algo sobre Dimas y Lodge—. Aun que, si no te gustan los huevos que preparé, puedes esperar. Seguro que Fred se pasará al Caldero Chorreante y traerá algo para comer.

—Me gustan —dio Albus probando un bocado—. ¿Por qué irá al Caldero Chorreante? Creí que el tío George ya estaba quejándose de sus faltas.

—El tío George respeta las fiestas, incluso aunque esté molesto —dijo Dominique encogiéndose de hombros y Albus la miró sin comprender—. Bueno, es que hoy, ya sabes, es Nochebuena.

Albus parpadeó, confundido. Se fijó en la fecha que había en la primera plana del periódico y, efectivamente, era la mañana del 24 de diciembre.

—¿Enserio no lo habías notado? —preguntó Dominique.

Negó con la cabeza y abrió el periódico sin decir nada más. Si sus cálculos no fallaban, llevaba más de tres meses fuera del Valle de Godric y había pasado una semana desde la última vez que había visto a Rose y a Scorpius.

—Tengo que decirte algo. Es importante, pero no quiero que te vayas a alterar —Dominique se removió incómoda en su lugar y no esperó a que Albus respondiera—. Hoy iremos a la Madriguera en la noche y Molly quiere decirles a todos que estás aquí.

—¡¿Qué?! —soltó Albus. Se levantó de la silla, casi tirando el plato que su prima le había servido—. Pero, ella dijo… Molly lo prometió, dijo que…

—Que podías quedarte hasta que te recuperaras —completó Dominique—. Tienes que entendernos, Albus, esto es muy difícil para nosotros.

—Así que tú también piensas delatarme —dijo Albus volviéndose.

—Eres un estúpido —dijo ella, dolida—. Me he pasado estos días rogándole a Molly para que te dé más tiempo. Pero, te has recuperado demasiado rápido y está muy preocupada por Rose y Scorpius.

—¿Y acaso piensa que yo no? —preguntó Albus con brusquedad. Tenía el estómago revuelto—. ¿Acaso cree que estoy muy tranquilo si ellos…?

—Te lo estoy diciendo porque debes estar preparado y hablar con ella si quieres evitar que te delate —Dominique lo miró con severidad. Albus se quedó callado—. Fred está de su lado también. Dice que tus hermanos estaban muy preocupados la última vez que habló con ellos, ¿no entiendes? Todos están haciendo lo que está en sus manos para encontrarte y nosotros estamos mintiéndoles, Al.

La cocina se quedó en silencio por un buen rato. Albus volvió a sentarse, pero no miró a su prima a la cara.

—Quiero ayudarte, enserio. Pero, creo que ya es momento de decir la verdad.

Dominique se levantó y salió. Albus dejó caer la cabeza contra el respaldo de la silla y por un instante sintió la asfixiante necesidad de correr por su mochila y sacar el Aurea Pergamena. Sin embargo, antes de que pudiera hacerlo, algo en El Profeta, olvidado en la mesa, llamó su atención.

Era una fotografía con tres personas que sonreían, altaneras. El primero era un hombre de la edad de su padre, que alzaba su imponente barbilla con exageración. La segunda, una mujer bajita y de rostro finísimo, le tomaba la mano. Y la tercera (la primera en la que Albus se había fijado) era una joven de su edad, morena y muy guapa.

—Jeanette Zabini —murmuró Albus reconociendo la mirada altiva de la antigua novia de Scorpius. Las palabras saltaron a sus ojos con rapidez.

Familia de magos asesinada en puerto irlandés

Puerto Waterford en Irlanda… Un muggle encontró los cuerpos… La pareja de Blaise y Genevive Zabini de 45 y 39 años, respectivamente… Su hija, Jeanette de 18 años… El diagnóstico de los sanadores… La maldición asesina… La familia Zabini había dejado Inglaterra ilegalmente… Harry Potter, jefe del Cuartel de Aurores, se ha negado a dar declaraciones…

El periódico se deslizó por la esquina de la mesa, sin que Albus se diera cuenta. Una extraña opresión en el pecho lo dejó sin aire por un instante. Sólo podía pensar en lo que había dicho Rose, sobre las familias de antiguos mortífagos que escapaban de Inglaterra para no involucrarse con Dimas y Lodge.

Cuando estuvieron en el baile de máscaras de Venecia, Jeanette le contó a Scorpius que su padre quería huir a América. Tal vez habían estado a punto de lograrlo. Tal vez por eso los habían asesinado.

Albus los conocía, a Benjamin Lodge y a Dimas. Los conocía muy bien.

El primero estuvo un año entero dando clases en Hogwarts, era muy hábil y ya había estado a punto de matarlo en más de una ocasión. El segundo le había confirmado que él era el dueño del Aurea Pergamena, había hablado con él y había asesinado a uno de sus aliados.

Cualquiera de los dos era perfectamente capaz de haber matado a la familia Zabini. Las cosas estaban muy claras, pero había algo que aún no podía entender.

¿Qué estaban haciendo esos dos hombres en Irlanda? ¿Habrían encontrado algo más sobre el Aurea Pergamena? Tal vez incluso ya tenían otra parte, más páginas, más conjuros… Ellos avanzaban y él sólo tenía un rollo de pergaminos y una piedra con el símbolo de la flecha atravesando la línea curva.

Golpeó la mesa con el puño, frustrado. No terminó su desayuno.


—Weasley…

La voz de Scorpius era apenas un susurro ronco, débil. Le salía de la garganta y se perdía entre sus labios, partidos y azulados. Estaba recargado en el suelo de piedra. Un brazo sujetaba las chaquetas, el otro era aplastado por la cabeza de Rose.

Se habían quedado enredados bajo las prendas, luego de una nevada la noche anterior. Ella había rodado el cuerpo, él no se había movido. No habían hablado desde entonces.

—Weasley —volvió a decir él—. No te quedes dormida.

Le dio un empujoncito y Rose apenas se movió.

—Es enserio. No es bueno quedarse dormido mientras hace tanto frío.

—Hmmmh —Rose tenía los ojos cerrados y su respiración era cada vez más pausada. Scorpius intentó levantar el torso y soltó un gruñido cuando el movimiento desacomodó las chaquetas que los cubrían. Con ambos brazos movió el cuerpo inerte de Rose y los dos quedaron recostados en la pared.

—Abre los ojos, Weasley —dijo y le dio otro empujoncito, más fuerte que el anterior—. Si te quedas dormida, vas a morirte o algo así.

—Basta, Malfoy —alcanzó a decir ella. Su voz era tan baja y delgada, que por un momento Scorpius creyó haberla imaginado. Apenas parecía estar consciente.

—Venga, háblame de algo.

—¿De qué?

—No lo sé, maldición, lo que sea. Debería de ser fácil, nunca te callas —dijo él y cuando intentó moverla de nuevo, su cabeza cayó en un su hombro. Tragó con fuerza—. Tú dices algo y luego yo, ¿te parece? Así ninguno se quedará dormido.

—¿P-por qué?

—Porque debes mantenerte despierta —dijo él y aunque su cuerpo estaba casi inmóvil, parecía desesperado—. Habla ya, Weasley.

—Od-dio el invierno.

—Ciertamente ya no es mi época favorita del año —dijo Scorpius y soltó un suspiro ahogado, aliviado de que ella hiciera un esfuerzo descomunal por seguirle el juego—. Ahora me gusta más la primavera. Tu turno, Weasley.

Pasaron unos segundos de silencio antes de que Rose pudiera hilar una frase que (a pesar de los temblores en su voz y su estado seminconsciente) Scorpius pudo entender. Algo sobre primavera, flores y la Madriguera.

—La Madriguera… —suspiró el muchacho—. Recuerdo la primera vez que Albus me invitó. Estaba fascinado. Navidad. Segundo año en Hogwarts.

—James… Él… T-te pegó un puñetazo.

—Oh, lo recuerdas —Scorpius sonrió—. Metí un tanto más que él en el partido de quidditch y no lo pudo soportar. La verdad es que no le agradaba que fuese amigo de Albus.

—A n-nadie le ag-gradaba eso. Después l-le gustaste a tod-dos.

—Mentira. No le gusté a James.

—E-es un celoso insoportab-ble.

—No le gusté a tu padre.

—No p-pidas milagros, Malfoy.

—Tampoco te gusté a ti.

Scorpius sintió como el cuerpo de Rose se tensaba junto a él. Trató de acomodar las chaquetas para que la cubrieran por completo, pero aún se le salían los pies. Estaba ideando una manera de conseguir su objetivo, cuando ella volvió a hablar.

—Y-yo tampoco t-te gustab-ba a ti.

—¿Qué?

—Eso —la voz de Rose se escuchaba un poco, solo un poco más alta—. Yo t-tampoco te gustab-ba a ti.

—Oh —dijo él. Hizo una mueca y al ver que sus intentos por extender más las chaquetas eran inútiles, volvió a recargarse—. No. Pero, no porque fueses una Weasley o algo así. Es decir… Toda tu familia me agrada. No me gustabas porque, francamente, eres bastante pesada. Tu turno, Weasley.

—No era p-porque fueses u-un Malfoy.

—Ya.

—B-bueno, pero… Había escuchado-do tantas cosas sobre t-tu familia que…

—Está bien.

—T-también eres un p-pesado, Malfoy.

—Sí —admitió él y torció una sonrisa—. Eres bastante fácil de molestar, Weasley. Como aquella vez en la que te rocié poción envejecedora en el cabello. Quinto año, me parece.

—O c-cuando perdiste el l-libro de pociones que l-le había prestado a Albus.

—Tercer año —dijo Scorpius asintiendo—. O cuando invité a salir a Jeanette sólo para hacerte enfadar.

Soltó una risita débil, que se perdió de inmediato en la amplitud del calabozo. Se mordió los labios y desvió la vista, esperando que Rose no hubiese escuchado aquella última confesión. Sin embargo, cuando se atrevió a voltear la cabeza de nuevo, ella ya tenía los ojos abiertos.

—¿Q-qué?

—No, no así precisamente —balbuceó él. Rose trató de levantar la cabeza, pero falló en el intento—. No te esfuerces, Weasley…

—¿P-por qué harías a-algo así? —preguntó ella. No podía mover los músculos del rostro, pero una pequeña arruguita apareció en medio de sus cejas cuando el muchacho no respondió—. Q-querías hablar. Es t-tu turno, Malfoy.

—Bueno, pero no es… —Scorpius volvió a tragar—. Estábamos en séptimo año, el último partido de quidditch de la temporada. Era uno de esos extraños momentos en los que no salías con ese idiota de Ned Goldstein…

—A-ahórrate el p-prólogo.

—El buscador del equipo de Gryffindor estaba molesto porque Albus atrapó la snitch en sólo diez minutos —continuó él—. Nos buscó en el campo luego del partido y empezó a decir cosas sobre ti… —Scorpius hizo una mueca de desagrado y se animó a verla de reojo. Aún mantenía los ojos abiertos, pero éstos parecían perdidos en algún punto de la pared—. No podía creer que salieras con un tipo que se llevaba tan mal con Albus.

—N-no entiendo.

—Te había escuchado hablar de Jeanette antes, no la tragabas y yo… Bueno, decían que yo le gustaba, así que le pedí salir.

—¿L-la invitaste por qué c-creías que yo salía con e-ese imbécil? —preguntó Rose levantando ligeramente la barbilla.

—Ya te lo dije, me sentía mal por Albus —Scorpius se encogió de hombros—. Hablemos de otra cosa. Es tu turno, Weasley.

—N-no debió ser mucho s-sacrificio para ti, Malfoy —dijo Rose y aunque su voz continuaba siendo un susurro, el ligero tono despectivo que distinguía a algunas de sus frases consiguió escapar de sus labios—. Estuviste c-con ella bastante t-tiempo…

—Fanática de la sangre. Albus nunca entendió qué hacía con ella —Scorpius rodó los ojos—. No pude quitármela de encima hasta que habló mal de tu familia y…

—¿Q-que? —los párpados de Rose parecían agotarse con cada palabra. Caían, lentamente, sin que ella pudiera evitarlo.

—Me agrada tu familia —repitió él con la voz ronca—. Toda tu familia. No sé por qué tú y yo jamás… Ya sabes, ni siquiera podemos llamarnos por nuestro nombre.

—Lo hic-iste —dijo Rose. Sus ojos ya estaban completamente cerrados de nuevo y fue Scorpius quien se sobresaltó esta vez al oír aquello—. U-una vez.

—¿Te llamé por tu nombre?

—Primer año…En el B-bosque Prohibido… Benj-jamin Lodge…

—¡Vaya! Sí que estaba asustado esa noche —Scorpius soltó un largo suspiro y cerró los ojos también. Dejó caer la cabeza y su cabello y el de Rose se tocaron—. Deberíamos de hacerlo. Llamarnos por nuestros nombres. Es… Es tu turno, Weasley.

Realmente parecía que ella iba a contestar. Abrió la boca y un hilo de espeso vapor chocó contra la barbilla de Scorpius. Pero en ese momento, un ruido estruendoso interrumpió la calma y la puerta del calabozo se abrió de golpe.

Las chaquetas fueron arrancadas y ambos se separaron en medio de un tumulto de manos que tiraban de aquí y de allá con violencia. Cabellos que se estiraban. Gritos ahogados. Uñas enterrándose en su piel. Los arrastraron fuera de la celda, escaleras arriba. Sus cuerpos entumidos chocaban contra los escalones y apenas eran sujetados. Otra puerta se abrió y ambos cayeron al piso, torpes, casi inertes, sin la fuerza necesaria para anteponer los brazos y evitar un golpe en la cara.

—Feliz Nochebuena.

Scorpius estaba respirando entrecortadamente cuando al fin pudo levantar la cabeza. Tenía la vista nublada, pero de inmediato distinguió la primera habitación en la que habían estado el día de su captura, dónde estaba el armario con sus varitas. Ahí, hacía calor. El fuego de una enorme chimenea iluminaban las siluetas de los hombres que los habían arrastrado hasta ahí.

Junto a él, Rose apenas se movía y un delgado hilo de sangre le resbalaba por la barbilla.

—No queríamos interrumpir las celebraciones —dijo Selwyn parado frente a él. Olía como a una bóveda entera de botellas de whisky de fuego—. Pero, nos ha llegado una noticia muy lamentable.

Caminó por la sala con las manos en la espalda y el cabello revuelto. Los otros se quedaron inmóviles, observando.

—¿Cómo dijiste que te llamabas, preciosa? Recuérdamelo, por favor.

—Se llama Jeanette Zabini —respondió Scorpius. Iba a levantarse, pero las rodillas se le doblaron. Dos de los hombres que estaba ahí se apresuraron a sujetarlo por los hombros, como si realmente representara algún un peligro.

—No te pregunté a ti, muchacho —gruñó Selwyn y con un brusco movimiento, levantó el rostro de Rose. Ella gimió de dolor—. ¿Y bien, preciosa?

—Z-zabini —murmuró. Apenas podía mantener los ojos abiertos—. Jeanette Zab-bini.

—Oh —dijo Selwyn con una sonrisa. Lentamente, sacó del bolsillo de su túnica un papel arrugado y lo puso frente a la muchacha— ¿Te digo algo, preciosa? Ella no se parece en nada a ti.

Si aún quedaba algún rastro de color en el rostro de Rose, en ese momento desapareció. Scorpius alcanzó a alzar la cabeza lo suficiente como para admirar la fotografía que había en El Profeta y a leer el encabezado que la adornaba. El pánico comenzó a apoderarse de él.

—"Familia de magos asesinada en puerto irlandés" —recitó Selwyn de memoria. Con una mano le indicó a los otros que sujetaran a Rose de la misma manera que a Scorpius—. "Blaise y Genevive Zabini... Y su hija, Jeanette".

—No —murmuró el muchacho—. Es un error, ella es…

—¿Dónde está Travers? —preguntó Selwyn observando a su alrededor. Soltó a Rose y se acercó a una pequeña repisa dónde había varias botellas de alcohol.

—Lodge y Mabroidis lo llamaron —respondió un hombre calvo—. Debió de estar con ellos cuando mataron a los Zabini.

—Va a hablar —dijo Selwyn con desagrado—. Va a decirles que tenemos a estos niños aquí y que no tenemos idea de…

—¿Ese cobarde? No dirá nada.

—No sabemos si Mabroidis y Lodge mataron a los Zabini… —comenzó a decir uno de los hombres que sujetaba a Scorpius.

—Ellos estaban en Irlanda —dijo el otro—. Estaban allá en sus asuntos y encontraron a Blaise. Por supuesto que fueron ellos.

—¡Sus asuntos! ¡Sus asuntos! —exclamó una mujer, exasperada—. ¿Lo ven? ¡Ni siquiera sabemos con exactitud lo que están haciendo! Primero Montague, ¿enserio piensan que fue asesinado por los aurores? Después Zabini y toda su familia, ¿quién será el siguiente? No sabemos todos sus planes, ni siquiera quienes (además de nosotros) están involucrados y ese hombre… ¡Merlín, Mabroidis está loco! Esos artefactos que guarda aquí son…

—Eso —masculló Selwyn y cruzó la habitación para llegar hasta un enorme mueble. Puso la botella en el suelo y sacó un baúl de hierro. Los demás lo miraron impresionados.

—¿Qué estás haciendo? Ellos dijeron que no tocáramos nada —dijo el calvo.

—Ella no es Zabini —dijo Selwyn rebuscando en el baúl, desesperado—. No es Zabini… ¿Por qué no quiere que sepamos su nombre? Ellos saben algo que nosotros no...

—No… —alcanzó a decir Rose, pero entonces Selwyn se acercó a ella, sin soltar la botella que había tomado. Sostenía también una especie de látigo entre las manos.

—Verás, preciosa —dijo—. Ese hombre, Dimas Mabroidis, guarda aquí todos sus juguetes. Le gusta encantar las armas para que sus víctimas se quemen por dentro, ¿sabes? Es bastante curioso.

—No sabemos nada —Scorpius intentó soltarse, pero con cada esfuerzo soltaba un quejido de dolor—. ¡Nada! ¿Entiendes?

—Quiero saber tu nombre, preciosa —Selwyn acarició el látigo. Todos en la sala se tensaron.

—Y-ya lo he d-dicho —dijo Rose débilmente. Logró levantar la cabeza por sí misma y miró a Selwyn a los ojos. Scorpius volvió a sacudirse—. Me llamo Jeanette.

—Perfecto —dijo Selwyn volviendo a sonreír. Se irguió cuán alto era y le dio un largo trago a su bebida—. Creo que llegó la hora de probar los juguetes de Dimas Mabroidis.

Scorpius gritó y utilizó toda la fuerza que tenía para librarse de sus captores. Otro hombre tuvo que sujetarlo por el cuello para que dejara de moverse. Rose estuvo a punto de ser llevada hasta el centro de la habitación, delante de Selwyn, pero entonces él levantó la mano.

—No —dijo y amplió su sonrisa, como si aquello le resultara extremadamente divertido—. Quiero al joven Malfoy.

—¡Selwyn! —gritó el calvo frunciendo el ceño. Los captores de Scorpius se adelantaron y uno de ellos le desgarró la camisa con la varita—. ¡Es el hijo de Malfoy! No, no podemos… Él está…

—Malfoy se lleva bien con Lodge. Probablemente sabe más que todos nosotros. Eso quiere decir que su hijo…

—¡No! —gritó Rose. La voz le salió quebrada, enferma—. N-no, de verdad… No, por favor… Nosotros no sabemos, no…

—Haremos un trato, preciosa —dijo Selwyn y se tambaleó cuando se paró detrás de Scorpius—. Si nos dices tú nombre y todo lo que saben, pondré esto de nuevo en el baúl. Si no, el joven Malfoy sufrirá las consecuencias.

La mitad de los hombres en aquella sala parecía no estar de acuerdo con las intenciones de Selwyn, sin embargo, ninguno dijo nada. El calvo suspiró e hizo un gesto con la mano, como diciendo "haz lo que quieras". Scorpius seguía respirando entrecortadamente y el fuego de la chimenea le iluminaba el rostro, acentuando su palidez. Rose, con los ojos vidriosos, se removía débilmente entre los brazos de sus captores, desesperada, sin la fuerza necesaria para luchar.

Los ojos de ambos muchachos se encontraron. El azul profundo y el frío gris. Y tenían que aferrarse a una mentira, por Albus, por lo que buscaban, por la historia que habían ideado sus familias para protegerlos. Porque si la verdad salía a la luz, Dimas y Lodge se verían iluminados con ella. Porque Rose lo había dicho y "pase lo que pase, no menciones nuestros nombres. No pueden saber quiénes somos…"

Scorpius asintió, lenta, casi imperceptiblemente. Rose ahogó un sollozó.

—Y-ya he dicho mi nombre —murmuró y una lágrima solitaria le recorrió la mejilla—. Me llamo J-jeanette Zabini.

Un sonido desgarrador cortó el aire.

El cuero del látigo se impactó contra la espalda desnuda de Scorpius. Un grito que murió en su garganta. Un dolor profundo. Varios jadeos sobresaltados. Una mueca de satisfacción en el rostro de Selwyn.

—¡NO! —chilló Rose. Su cara se contorsionó en la desesperación. Encajó las uñas en las manos de aquellos hombres, dispuesta a soltarse. Ellos la sujetaron con facilidad, atentos a los movimientos de Selwyn, no a los de ella—. ¡No, oh, por favor!

—¡Tu nombre!

—¡Lo dije! Por favor… P-por favor, no…

Otro corte en el aire. Gotas de sangre cayendo al piso. Un grito que Scorpius ya no pudo contener.

—¡NO, POR FAVOR! —los dedos de aquellos hombres dejaron marcas violetas en los delgados brazos de la muchacha. Tenía el cabello desparramado por el rostro y lágrimas, lágrimas, lágrimas—. ¡Basta, por favor! ¡Déjalo! ¡A mí! ¡No a él!

—¡Tu nombre!

—¡No, por favor! ¡Déjalo, déjalo! ¡A mí! ¡A mí!

Más golpes. Más gritos. Más llanto. Los hombres soltaron a Scorpius y éste se dejó caer en el piso, temblando. Rose se retorcía, chillaba enloquecida y toda la inconciencia que la había abrumado en el calabozo parecía haber desaparecido de golpe, despertándola a la cruda realidad.

—Selwyn… —murmuró el hombre calvo observando la espalda sangrante del muchacho con una mueca curiosa.

—¡Quiero tu maldito nombre! —gritó él balanceando el látigo de un lado a otro, sin escuchar o notar la mirada de advertencia que le lanzaban los demás—. ¡TU NOMBRE!

—¡Basta, por favor! ¡Déjalo, déjalo!

El látigo cruzó el aire una vez más. Todos en la sala, sin excepción, contuvieron la respiración.

—¡WEASLEY! ¡ROSE WEASLEY!

El golpe no pegó en su objetivo. Selwyn soltó el arma y ésta cayó con un ruido sordo en el suelo, junto a su víctima. Scorpius no fue capaz de levantar la cabeza, pero ladeó el rostro y observó a Rose. Sus ojos volvieron a encontrarse y ella lloraba.

—Weasley —repitió Selwyn.

—¡Lo que faltaba! —exclamó la mujer golpeando un mueble con el puño, furiosa—. ¡Una Weasley! Estamos todos condenados.

—No cualquier Weasley. Es la niña que dijeron que estaba escondida —comentó el calvo, apartando la mirada de Scorpius—. La hija de Ronald Weasley y esa sangre sucia.

—Tienes muchas cosas que explicar, preciosa —dijo Selwyn acercándose a ella, escupiendo todo su aliento con olor a whisky de fuego. Le acarició una hebra de cabello y cuando ella intentó apartarse, él la tomó bruscamente la barbilla, obligándola a mirar el cuerpo inmóvil de Scorpius. Los cortes de su espalda ardían al rojo vivo—. Y lo vas a hacer, ¿verdad? No querrás que el joven Malfoy vuelva a sufrir por tu culpa.

De la boca del muchacho escapó un horrible sonido de dolor cuando aquellos hombres lo levantaron y lo arrastraron hasta la salida. Los hombros de Rose se contorsionaban por el llanto y no apartó la vista de Scorpius hasta que las puertas se cerraron tras él. Todos la rodearon, con las varitas en mano. Selwyn tomó otra botella de la repisa.

—Ahora, preciosa, estamos listos para escuchar tu historia.


Albus sabía que, normalmente en Nochebuena, el departamento de sus primos no se encontraba tan lúgubre como en esos momentos. Ellos estaban terminando de arreglarse para ir a la Madriguera y él estaba sentado en el sofá de la sala, evaluando las posibilidades de un escape rápido y silencioso.

Desaparecerse sería sencillo con su recuperada energía. El problema radicaba en sacar la mochila con sus cosas (y con el Aurea Pergamena) del cuarto de Fred sin que nadie lo notara. Apenas estaba ideando la manera de aturdirlos a los tres sin tener que pelar, cuando un chillido proveniente de la cocina lo sobresaltó.

—¡Oh, Merlín!

Era la voz de Molly. Se levantó, con la varita en mano y Dominique y Fred lo alcanzaron casi un segundo después. Su prima estaba inclinada sobre la chimenea, hablando con una persona.

—Ya, lo entiendo. Voy para allá enseguida.

—¿Qué sucedió? —preguntó Dominique cuando el fuego se hubo apagado.

—Una familia en York —explicó ella atropelladamente. Corrió hasta la sala y tomó un enorme maletín que colgaba del perchero—. Están atrapados, no han podido sacarlos de la casa… Se está incendiando, no lo entendí bien, pero… Hay heridos, seguro que hay muchos heridos…

—¿Un incendio y no pueden controlarlo? —preguntó Fred confundido—. ¿Cómo es…?

—No fue un accidente, fue un ataque —dijo Molly recogiéndose el cabello en una trenza—. Todavía siguen ahí. Tengo que… Están llamando a los sanadores y los aurores irán para…

—¿Un ataque? —preguntó Albus. Los labios se le secaron—. Dimas y Lodge.

Sus primos lo miraron con extrañeza, pero él no les dio ninguna explicación. De acuerdo con lo que había leído en El Profeta esa mañana, ellos estaban en Irlanda, pero… ¿Quién más podría atacar de esa manera a una familia de magos? Si no ellos, los mortífagos que estaban ayudándolos… Los mismo que lo habían atacado cuando se separó de Rose y Scorpius.

—Molly, debo ir contigo.

La respiración agitada de su prima se detuvo de golpe.

—¿Qué? Por supuesto que no, ¿estás demente?

—Escúchame —pidió Albus. Trataba de hablar con calma, pero las palabras se le amontonaban entre los labios—. Molly, si las personas que atacaron a esa familia son las mismas que están persiguiéndome, entonces podré averiguar si Rose y Scorpius realmente pudieron escapar.

—Oh, será muy fácil, seguro —comentó Fred frunciendo el ceño—. ¿Qué harás si los encuentras, Al? Tengo curiosidad. Seguro te acercaras a hablarles y dirás "Disculpe, señor, la última vez que intentó asesinarme y falló, mis amigos se perdieron, ¿de casualidad usted no vio a dónde…?"

—Cierra el pico —ordenó Dominique, aun procesando la situación.

—No, Albus, de ninguna manera —dijo Molly. Parecía aterrada—. No voy a dejar que…

—¡Estamos perdiendo el tiempo! —exclamó él—. Molly, tengo que ir contigo, entiéndelo, por favor. Por favor.

Entonces, en la mente de su prima se iluminó una idea. Albus pudo verla porque sus ojos castaños se agrandaron y su boca se abrió ligeramente. Pudo verla y supo de inmediato cuál era, pero no dijo nada. Aquello podía significar su ruina, sí. Pero también, su única oportunidad de encontrar a sus amigos.

—Bueno —dijo Molly asintiendo lentamente. Fred y Dominique soltaron un pequeño gritito de impresión—. Ven conmigo, Albus.


Harry se miró en el espejo que colgaba junto a la ventana del salón.

Tenía un aspecto deplorable: el cabello más largo y revuelto de lo usual, enormes ojeras detrás de las gafas y una barba descuidada. No le interesaba, pero aun así trató de acomodarse la corbata que llevaba al cuello.

—No tenemos que ir.

Observó el reflejo de Ginny bajando las escaleras. Llevaba el cabello recogido y aunque estaba usando maquillaje, Harry notó sus ojos hinchados mucho antes de que ella se acercara.

—Dije que no tenemos que ir.

—Ya lo sé.

Ni siquiera lo habían acordado. Simplemente fue algo que asumieron al notar la fecha en el calendario. De pronto habían comenzado a vestirse para ir a la Madriguera y era igual a todos los años, solo que no. No había emoción y sus manos eran mecánicas mientras preparaban todo. Ginny frunció el ceño y cuando lo tomó por los hombros lo hizo volverse hacia ella para ayudarle con la corbata.

—¿Han averiguado algo ya sobre la relación de Miranda Savage con esos dos hombres?

Él negó con la cabeza.

—¿Crees que tenga algo que ver con el asesinato de los Zabini esta mañana? Puede que…

—No es momento para hablar sobre esto —Harry se dio la vuelta cuando el nudo de la corbata quedó, pero ella lo tomó del brazo antes de darle oportunidad de alejarse.

—¿Cuándo, entonces?

—Ginny…

—No —dijo ella y sus ojos brillaron de manera peligrosa—. Sólo… Ya basta, ¿entiendes? Estoy cansada.

Los pasos en la escalera los sobresaltaron. James iba bajando delante de Lily y su amiga Cécille. Ginny le soltó el brazo y Harry tragó con fuerza, saboreando las amargas palabras de su esposa.

—¿Están listos? —preguntó ella recogiendo su abrigo del sofá que había junto a la chimenea. James bufó.

—¿Para fingir que somos una tranquila familia feliz que va a celebrar la Nochebuena? Por supuesto que sí.

Ginny pronunció su nombre igual a una advertencia, con el mismo tono que usaba siempre que estaba a punto de reprenderlo. James torció la boca, pero no dijo nada más. En cambio, Lily se adelantó y puso los brazos en jarra.

—Él tiene razón, ¿enserio vamos a seguir aparentando que todo está bien? —se volvió hacia Harry—. Creo que ya es momento de que hablen con nosotros. No pueden seguir…

—Ya basta —ordenó Ginny con severidad.

—Creo que será mejor si yo… —murmuró Cécille, caminando hacia atrás con pasitos torpes y nerviosos. Lily la tomó del brazo antes de que pudiera llegar a la escalera.

—No —apretó su agarre y volvió a mirar a sus padres. Parecía estar conteniendo las ganas de ponerse a llorar—. Albus no está, ¡no está! Lleva más de tres meses perdido y no pienso seguir jugando a esto. No pueden ocultarnos lo que está sucediendo, ya no somos los mismos niños que se tragaron la historia incompleta de papá y Lord Voldemort…

—¡Lily! —exclamó Ginny dando un paso hacia adelante.

—¡Sabemos más de lo que ustedes creen!

—Lily… —murmuró James mirándola con ceño.

Ginny iba a reprenderlos. Harry iba a detenerla. Abrió la boca, pero no alcanzó a decir nada porque en ese momento, las llamas de la chimenea se engrandecieron y Ron apareció en el salón.

—Harry —dijo. Parecía apurado—. Un ataque. La mansión de los Fawley, en York. Acaban de avisarme, aun no pueden controlarlo, parece… Parece que siguen ahí.

—¿Controlarlo?

—Fuego. Parece que utilizaron fuego maligno. Están todos atrapados adentro.


Hola! No me maten, gracias.

El año empezó muy mal para mí. Ahora parece que las cosas están en su lugar de nuevo, o al menos acomodándose. Pero, no vengo a deprimirlos con mis problemas existenciales xD Ya que este capítulo quedó mucho más largo que los otros y es mejor que vayamos directo al punto.

Esta parte y las que vienen fueron de las primeras en ser planeadas, así que si: preparense para obtener respuestas muy pronto. Por lo pronto aquí, se dejaron más pistas (lo juro, aunque no las vean a primera vista). ¿Los hice sufrir demasiado con Scorpius? Lo siento, de verdad. Lo amo, ya saben, a mí también me dolió.

Por lo pronto, griten conmigo porque en el siguiente todos van a ir a la mansión esa que está quemandose y, ya saben... Con todos me refiero a Harry y a Albus. Chan, chan, chan. Tengo algunas partes escritas ya, así que, si mi vida empieza a solucionarse, espero no tardar tanto.

RESPECTO A OTRA COSA: Anda muy de moda esto de "no voy a actualizar hasta que me dejen los reviews que merezco" y me "sugirieron" que debería de participar. Respuesta: NO. Por supuesto que amo cuando me dejan un comentario y lloro (duele en el alma) cuando no dejan los reviews que uno espera, pero pienso que uno debe escribir principalmente para sí mismo y estar satisfecho mientras sientas que le estás poniendo todo tu empeño a la historia. Así que no, gracias.

En fin, creo que es todo. ¡Muchas gracias por seguir aquí!